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Asunto:NoticiasdelCeHu 185/12 - Pasajeros de Proa: El abrazo del Oso y la Foca
Fecha:Jueves, 12 de Abril, 2012  10:55:27 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 185/12
 

http://www.diariosarmiento.com/images/anexo2.jpg

 

El abrazo del Oso y la Foca

No es fácil encontrar en San Juan a alguien que ubique exactamente en el mapa a la tierra conocida genéricamente como Yugoslavia, y sepa por qué hubo siempre guerra allí. Tal vez si se supiera que la historia del Mariscal Tito, el líder que evitó hasta su muerte el conflicto que estalló en los últimos años, se relaciona íntimamente con San Juan, las noticias de horror en Kosovo, no serían tan ajenas.

El libro sobre el paso por San Juan del Mariscal Tito, del escritor sanjuanino Vicente Celany, retrotrae su crónica a 1924 en la Quebrada de Zonda, y la termina en 1947 en Moscú. En los primeros años referidos, Tito vivió en San Juan, y fue más tarde salvado por Federico Cantoni, de su seguro fusilamiento, en Buenos Aires. El libro se titula "El Abrazo del Oso y la Foca" porque, cuando Tito comenzó a luchar en la Segunda Guerra Mundial contra los alemanes, le decían el "Oso". Y lo de la "Foca" es por Federico Cantoni, que, como era robusto y alto, y con los bigotes caídos, le pusieron ese mote para este libro (firmado con el seudónimo Washington Di Leo).

Al iniciar la construcción del camino a Calingasta y del Parque Rivadavia en Zonda, Federico Cantoni contrató, por medio de la compañía FH Smith, 300 operarios yugoslavos que, además de ser hábiles picapedreros y dinamiteros, eran mano de obra de bajo costo. Muchos de ellos habían tenido que emigrar de su patria a causa de sus ideas políticas, trayendo al nuevo mundo sus conflictos étnico-religiosos. Uno de ellos daría comienzo a una historia que culminaría muchos años después y a miles de kilómetros.

Joseph Broz era muy fuerte, no muy alto y con un hablar muy fluido, ya que rápidamente aprendió el castellano. También tenía un perfil político definido, era anarco sindicalista. En San Juan, vivió un tiempo en las barracas que se construyeron para los obreros, pero posteriormente, asegura Celany, se vinculó con la familia Galiffi, reconocidos mafiosos internacionales que se asentaron un tiempo en la provincia.

Después de trabajar en los proyectos de Cantoni, durante dos años y medio, fue constructor de puentes en el Tren de las Nubes, en Salta. De allí, viaja a Buenos Aires a trabajar en Swift, un frigorífico donde había muchos eslavos contratados, gente lo suficientemente acostumbrada al frío como para tener un mejor rendimiento en su interior.

En Buenos Aires, en 1929, conoce a Cipriano Reyes, secretario general de los obreros de la carne, que en ese momento constituían un gremio muy poderoso. Desde ese momento
comienza su actividad política y guerrillera en la Argentina.

En Capital Federal se puso en contacto con Severo De Giovanni, uno de los anarquistas más fuertes de Latinoamérica.

Con él colocó una bomba en el Teatro Colón, durante una función.
Por estos hechos, De Giovanni fue fusilado. Broz fue atrapado en 1931 al salir de una imprenta clandestina. Su decreto de fusilamiento ya estaba firmado por el Presidente Uriburu. Pero Joseph, vinculado a Natalio Botana, director del Diario Crítica, y proveedor de papel del Diario La Reforma, logra hacer llegar su causa a los hermanos Cantoni. Aldo, posiblemente más afín a Broz por su cercanía con el socialismo, intenta convencer a Agustín P. Justo de revocar la pena de muerte, pero no lo consigue. Entonces Federico intercede ante el Presidente mismo, Uriburu:

"No cargue en su conciencia la muerte de este hombre, envíelo a su país de origen y que allí se encarguen".

Esas fueron las palabras que salvaron de la muerte a Joseph Broz. Con esas palabras, "el picapedrero de Rivadavia" comenzaba su viaje a la posteridad: después de la Segunda Guerra Mundial, Broz se encumbraría en el poder yugoslavo, gobernando su tierra con carisma y fortaleza. Joseph Broz ya era el Mariscal Tito, nombre derivado de la frase "ti e to", que significa "vos esto, vos aquello", frase que Tito, en su carácter expeditivo, repetía constantemente.

Pero aquí no termina la historia. A estos dos estadistas les quedaba un encuentro pendiente.

En 1947 una delegación especial yugoslava visitaba Moscú.
Todavía no se habían roto las relaciones. Ese mismo año, Federico Cantoni asumía el rol de Embajador Argentino en Rusia, y con ello, la ardua tarea de reconstruir las relaciones diplomáticas.

Después del gran desfile del 1 de mayo, Federico regresaba a la Embajada cuando le notifican que afuera hay unos uniformados que hablan español. Salió a recibirlos. Todavía no reconocía con quién estaba hablando.

"Usted no se acuerda de mí, pero yo soy una persona muy agradecida. Usted me salvó la vida, y hoy, yo vengo a agradecérselo personalmente".

Esas fueron las palabras del Mariscal Tito cuando se encontró frente a frente con Federico Cantoni. El Embajador sanjuanino se alegró mucho de ver al picapedrero de Rivadavia.

Con ese encuentro, espontáneo, cotidiano y sencillo, se cerraba una historia de más de dos décadas. Por unos minutos, Zonda y los Balcanes estuvieron más cerca que nunca.

 

 

www.federicocantoni.com