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Asunto:NoticiasdelCeHu 388/03 - Las Múltiples Caras de la Argentina
Fecha:Jueves, 8 de Mayo, 2003  08:25:12 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 388/03
 
  LAS MÚLTIPLES CARAS DE LA ARGENTNA
 

Por Claudio Katz

 

 RESUMEN: La contradicción entre la intensa lucha social y la escasa movilidad política volvió a emerger en las recientes elecciones. Estos comicios estuvieron particularmente condicionados por los mecanismos de dominación de la clase capitalista. El resultado electoral se explica por la reconstitución parcial del estado que logró el gobierno al neutralizar la principal exigencia de la rebelión popular. Esta protesta atraviesa actualmente por un tercer momento de confrontaciones más complejas que las registradas durante el año pasado.

La derecha ya no cuenta con el viejo auxilio golpista y persiste su orfandad social, mientras que en un mapa electoral congelado, ninguna facción del justicialismo ha logrado resucitar el entusiasmo popular. La centroizquierda se pliega por enésima vez al chantaje del “mal menor”, creando falsas disyuntivas y presentando como “dos modelos económicos”, lo que constituye en realidad un mismo programa neoliberal.

La izquierda ha crecido por su destacado rol en la lucha, pero este avance no tuvo expresión electoral. Dentro de este sector, la postura abstencionista fue un error porque identificó trampa con proscripción, desconociendo el estado de ánimo de la mayoría e ignorando la ausencia de instancias de organización popular necesarias para desafiar una elección condicionada. Como estrategia la abstención es equivocada, porque se apoya en cierta glorificación de la democracia directa y no toma en cuenta la experiencia de la mayoría de la población.

La ausencia de un frente entre las organizaciones que participaron del comicio fue determinante del magro resultado de la izquierda. Esta carencia no obedeció a divergencias programáticas y continúa obstaculizando la convergencia unitaria que la izquierda necesita, para hacer frente a la hegemonía que mantienen los partidos patronales. El frentismo es un camino para popularizar la identidad de la izquierda y para superar los defectos de la construcción autoreferencial. Resulta muy inefectivo discutir el carácter objetivo de la etapa y la problemática del poder, omitiendo como se resuelve esta dificultad en cualquier escenario futuro.

 


 

LAS MÚLTIPLES CARAS DE LA ARGENTNA.

                                                                                    Claudio Katz[1]

El contraste entre la rebelión social y el voto conservador es el dato más significativo de la reciente elección. En el país de los piquetes y las cacerolas, los partidos tradicionales volvieron a capturar al grueso de los sufragantes y lograron por el momento neutralizar la gran exigencia de la revuelta popular (“que se vayan todos”).

Esta fractura entre asambleas y escraches con el resultado del comicio ha provocado reacciones simétricas. Algunos analistas dan por concluida la rebelión, mientras que otros estiman que resurgirá luego del “episodio electoral”. Ambas visiones parecen olvidar que la contradicción entre la intensa lucha social y la escasa movilidad política no es una novedad en la Argentina. La historia de los movimientos populares está signada por este conflicto, que vuelve a emerger en nuevas condiciones.

          

  COMO DOMINA LA CLASE DOMINANTE.          

Numerosos análisis de la elección pretenden simplemente descifrar el “mensaje que envió la sociedad”, omitiendo los tres grandes condicionamiento que han rodeado al último comicio. El primero es intrínseco al régimen actual y se basa en el poder económico de los capitalistas, que controlan los pilares del sistema político conformados en torno a los aparatos partidarios y los medios de comunicación. Este manejo opera de manera burda a través de los caciques regionales -que compran votos y manejan subsidios- y de manera más sutil por medio del marketing político, que vende imágenes, recrea nostalgias y resucita mitos.

El segundo condicionamiento proviene de los acreedores del FMI, que obligan a votar en un marco de catástrofe social y empobrecimiento masivo, reduciendo dramáticamente la libertad de opción. La competencia entre los presidenciables dirime en este cuadro quién será el artífice del próximo ajuste. Las principales decisiones no se adoptan en las urnas, sino en Washington y en el Ministerio de Economía, antes o después del comicio.

La tercer limitación ha sido específica de estas elecciones que se organizaron violando todos los preceptos constitucionales. El gobierno dispuso arbitrariamente la fecha de la elección, impidió la renovación de todos los cargos y montó un cronograma de presentaciones, vencimientos y legislaciones adaptado a las conveniencias de cada gobernador justicialista. Por eso hasta último momento sobrevoló la amenaza de repetición del fraude registrado en los comicios previos de Catamarca y en la interna radical.

Analizar lo ocurrido el 27 de abril sin tomar en cuenta estos condicionamientos conduce a caracterizar arbitrariamente el resultado en función de los prejuicios en boga. Tanto quiénes se congratulan por la “cordura que recuperó la sociedad”, como quiénes se lamentan por la “vocación masoquista” de la ciudadanía, olvidan que el ejercicio real de la soberanía popular quedó nuevamente distorsionado por los mecanismos de dominación de la clase capitalista.

          

  LA RECONSTITUCIÓN DEL ESTADO.

Estos dispositivos de control -seriamente amenazados por la revuelta de 19 y 20 de diciembre- volvieron a operar con plenitud el 27 de abril. El resultado electoral se explica por esta reconstitución que comenzó con el adelantamiento de los comicios, luego de la masacre de Avellaneda. Duhalde redujo la tensión social con planes de subsistencia a los desocupados, desactivó el corralito confiscando a los desprotegidos (y compensando a la alta clase media) e instrumentó una represión selectiva para debilitar a la vanguardia de la protesta.

El justicialismo tiene gran experiencia en esta labor de reparación del estado (retorno de Perón en 1972, salida de la hiperinflación en 1989, reemplazo de De la Rúa en el 2001) y por eso la clase dominante le ha delegado el ejercicio del gobierno. El PJ ha perdido liderazgo, cohesión y enraizamiento popular, pero a través de un entramado de caudillos locales preserva un aparato hasta ahora irremplazable de gestión estatal. Duhalde ha recibido los elogios unánimes de los capitalistas, porque logró atemperar el cuestionamiento popular de los presidentes fraudulentos, de los legisladores ilegítimos y de los jueces corruptos.

Esta reconstitución parcial de la autoridad del estado ha sido posible por la hegemonía que mantienen, por un lado el justicialismo sobre los trabajadores y desocupados y por otra parte, los residuos del radicalismo sobre la clase media. Subsiste una atadura política del pueblo hacia los mismos funcionarios repudiados en las movilizaciones. Y esta paradoja es una contradicción que tiene raíces políticas y no puede explicarse en términos de esquizofrenia psicológica.

El grueso de la población movilizada no se han desembarazado del horizonte capitalista que encarnan el PJ y las variantes de la UCR, ni concibe una ruptura con el régimen social que los oprime. Por eso cuándo sancionan electoralmente a los responsables de una debalce, se inclinan en favor de los causantes del desplome precedente. Esta alternancia se ha resquebrajado varias veces, pero nunca se rompió definitivamente.

Los capitalistas dominan mediante falsas polarizaciones en todo el mundo, pero lo llamativo de la Argentina es la perdurabilidad de este mecanismo luego de tantos desmoronamientos sociales y desengaños políticos. La diferenciación ficticia continúa funcionando con el repetido escenario de insultos entre candidatos antes del comicios, abrazos después del resultado y pactos de impunidad durante la gestión de cada uno.

Es cierto que esta vez se fracturó limitadamente el bipartisimo. Por primera vez el peronismo dirime directamente su interna en un comicio presidencial y el sello de la UCR ha caído al abismo. Pero los cinco candidatos que disputaron la elección representan otra modalidad de viejas y ficticias polarizaciones. Incluso las bases sociales de cada fracción no han cambiado sustancialmente el mapa tradicional de la UCR y el PJ (la alta clase media con Lopez Murphy y Menen, la clase media baja y los trabajadores urbanos con Carrió y Kirchner y los segmentos más pobres del interior con Menen y Rodríguez Saa).

   

         EL TERCER MOMENTO DE LA REBELIÓN.

¿Pero, entonces, no ha pasado nada luego del “Argentinazo”? ¿La extraordinaria insurgencia popular se disipó sin dejar rastros?

En realidad, las transformaciones generadas por el levantamiento se están procesando, pero a un ritmo desgajado del cronograma electoral. Este desacople no es novedoso, sino que ha sido un patrón frecuente de muchas sublevaciones, sucedidas por un clima de “restauración del orden”, que parece diluir la efervescencia precedente. Mientras en la conciencia popular se asimilan los efectos políticos del levantamiento, perduran fases de estabilidad gubernamental que tapan la continuidad más subterránea de la protesta. En la actualidad se dirime el desenlace del tercer momento de la rebelión que comenzó en diciembre del 2001.

La primera instancia de esa lucha estuvo signada por el fracaso del estado de sitio y la irrupción de las asambleas populares, los cacerolazos y las marchas juveniles. El segundo momento estuvo marcado por la reacción popular ante los asesinatos de Kostecki y Santillán y derivó en un récord de 17.000 manifestaciones en un año y 47 reclamos callejeros por día, que impusieron el derecho piquetero a cortar las calles.

La tercer instancia de la revuelta se desenvuelve desde principio del 2003 y está caracterizada por una contraofensiva represiva del gobierno, que pretende descabezar al movimiento piquetero, atemorizar a los asambleístas y desalojar a las fábricas ocupadas. Pero esta agresión enfrenta una dura resistencia popular y su desenlace no es por el momento previsible. Lo notable es como la clase dominante logró también impedir que este empate social tuviera alguna expresión electoral y los voceros de la reacción se regocijan de ese éxito.

                       

 EL DESPISTE DE LA DERECHA.

La derecha obnubilada por su odio de clase ignora por completo los efectos de la sublevación. Se tranquiliza declarándose satisfecha por la “sensatez” de una “sociedad que aprendió a preservarse” (La Nación). Con estas expresiones de alivio pretende olvidar el susto que exhibía el año pasado. Pero los Grondona, Botana y Escribano se apresuran a cantar victoria. No es la primera vez que dan por enterrada una revuelta en pleno desarrollo, ya que su capacidad para caracterizar este proceso es totalmente nula. Cómo solo conocen la lucha social por la televisión, no pueden siquiera imaginar cuál será la evolución del ánimo popular.

Algunos analistas igualmente hablan de un “giro a la derecha” sin notar que el “voto desconfiado” del 27 de abril no introdujo cambios significativos en el mapa electoral . Lopez Murphy volvió a capturar a la franja derechista que tradicionalmente sostenía a los Alsogaray y a Cavallo, pero canaliza un nivel de beligerancia reaccionaria más acotado. En vez de llamar a los militares, los derechistas ponderan la democracia y en vez de despreciar a los “cabecitas negras” prometen reducir la pobreza. Ya no convocan a la “plaza del sí” para aplaudir las privatizaciones y hasta recurren a pintorescos intelectuales del viejo progresismo para colorear sus mensajes.

Pero ninguno de estos recursos alcanza para revertir la orfandad social de la derecha y su congénita incapacidad para gobernar sin la jefatura de militares, justicialistas o radicales. Esta impotencia se encuentra agravada por dos razones: la dificultad de la clase dominante para repetir las viejas salidas golpistas (luego del desastroso legado que dejó el último genocidio dictatorial) y la disolución del fuerte enfrentamiento que tradicionalmente oponía a la clase media con los trabajadores. A diferencia de Venezuela, la derecha no cuenta con sostén social para encarar una cruzada proimperialista. Por eso la elite capitalista -que piensa en la gobernabilidad- prefiere más Menen que a Lopez Murphy.

 

EL MAPA ELECTORAL CONGELADO.

El deshago que transmite el establishment luego del comicio es una sensación coyuntural, porque la recomposición del régimen político es muy parcial. La clase dominante no ha logrado cohesionarse en torno a un partido, un líder o un proyecto, como ocurría en los 80 o en los 90 y el nuevo presidente surgirá con escasa legitimidad de un ballotage entre dos candidatos de un mismo partido.

La expectativa de equilibrar el funcionamiento del régimen actual a través de la fragmentación del mosaico político en 5 o 6 fracciones es ilusoria, porque para aplicar el próximo ajuste la clase dominante necesita reconstruir un poder fuerte y no una red de conglomerados parlamentarios. La fragmentación no “transparenta”, por otra parte, la vida política ya que las decisiones relevantes continúan adoptándose en secretas tratativas entre el ejecutivo y las cúpulas partidarias con acceso al poder real.

Pero la principal debilidad del nuevo gobierno radica en su escaso sostén popular. Es cierto que la participación electoral fue muy alta en la primera vuelta y que podría ser también significativa en el ballotage, pero todos los encuestadores coinciden en caracterizar que la apatía hacia el sistema y el rechazo hacia sus representantes se mantienen invariables. Ningún político del régimen ha logrado resucitar el entusiasmo que inicialmente despertaron Alfonsín o Menen o la cauta aceptación que acompañó al arribo de De la Rúa. Por eso el voto ha sido tan volátil y los sufragantes se han guiado más por los recuerdos de algún tiempo mejor que por expectativas en el porvenir.

La reaparición de Menen ha suscitado interpretaciones muy variadas. Algunos atribuyen su resurgimiento a la nostalgia de la clase media por la convertibilidad, otros a la necesidad popular de una figura protectora y muchos al gusto argentino por la transgresión. Los críticos atribuyen, en cambio, la reaparición de la farándula menemista al “enano fascista que siempre llevamos adentro”.

Pero estas interpretaciones añaden al supuesto de libre elección ciudadana algún rasgo de estupidez, soberbia o masoquismo apegado a nuestra idioscincracia. Omiten así, que el renacimiento de Menen constituye tan solo un complemento de la restauración del régimen que encaró su adversario Duhalde. Desde el momento que fue contenida la exigencia “expulsar a todos” también quedó montado el escenario para que “retornen los anteriores”.

Pero Menen tiene muy complicada su vuelta (tanto en el ballotage como ante un eventual fracaso gubernamental de Kirchner) porque su crédito está erosionado, incluso entre sus propios seguidores. En ese campo la confusión es tan grande que, por ejemplo, muchos encuestados lo votaron “para que terminara con la corrupción”. Estas inconsistencias se extienden también a Rodríguez Saa, que capturó un voto nostálgico de vivencias con el viejo peronismo que la actual generación desconoce por completo. Qué este residuo del pasado resurja con cada elección es un dato anecdótico o un aspecto del folklore patriótico que periódicamente necesitan exhibir los entregadores del país.

 

            LAS FICCIONES DE LA CENTROIZQUIERDA.

La centroizquierda ha sido el principal sustento del operativo de reconstitución estatal. Conformó un “espacio progresista” con Duhalde, Lavagna, Carrió y la dirección de la CTA que se plasma en el voto común por Kirchner en el ballotage.

Por enésima vez los “renovadores” del peronismo y los “transformadores” del radicalismo recurren al argumento del “mal menor” para apuntalar al régimen que empobrece a la población. Han agrandado el fantasma de Menen para potenciar el chantaje del “voto útil”, repitiendo el recurso de sostener a los destructores visibles del país contra el peligro de una demolición mayor. Esta misma justificación condujo al voto por Alfonsín contra Luder en el 83, por Menen contra Angeloz en el 89 y por De la Rúa contra Duhalde en el 99. Y este mismo criterio indujo a sostener la tragedia de pobreza y desempleo que acompaño al apoyo de Machinea contra Cavallo, de Cavallo contra Lopez Murphy, de Remes contra Pou, etc, etc, etc.

Esta misma conducta se reitera ahora con el aval a Duhalde-Kirchner contra Menen. Aquí simplemente olvidan que esta división constituye un realineamiento más dentro de la cambiante interna del justicialismo. De la misma forma que Duhalde fue vicepresidente de Menen (y por lo tanto coautor de la herencia de los 90), el menemista Scioli será el vicepresidente de Kirchner, seguido por toda la gama de ex ministros y gobernadores que cambian de bando según la ocasión.

El disfraz de “renovación” que acompaña al ascenso de Kirchner es francamente groteso, porque todas las “caras nuevas” que sostienen al agente sureño de Repsol-YPF participan de la red mafiosa de caudillos del PJ que lo llevaron al ballotage. 

  

          FALSAS DISYUNTIVAS Y MODELOS

El progresismo sostiene a Kirchner con dos argumentos: evitar la escalada de represión abierta que propugna Menen y apuntalar el “modelo económico productivista” contra el neoliberalismo

La primer convocatoria a derrotar al “Le Pen argentino” se fundamenta en observar lo que dice Menen y ocultar lo que hace Duhalde. Alertando contra la intervención del ejército que propone el riojano esconde la campaña de palos que implementa el presidente con el visto bueno de su candidato. Duhlade fue el autor intelectual de la masacre de Avellaneda y de la represión en Brukman. ¿No será la acción de los comisarios fascistas y los jueces de la dictadura contra los obreros de la fábrica autogestionada un anticipo del “mal menor” que propugnan los antimenemistas?

Conviene recordar que cuándo algunos progresistas llegan al ministerio, convocan aterrorizados a las fuerzas represivas frente a la primer sublevación popular. Storani debutó en el gobierno de la Alianza con los muertos de Corrientes y De la Rúa se escapó del gobierno con un saldo de asesinatos en la Plaza de Mayo muy superior a toda la década menemista. Por eso justificar el voto a Kirchner afirmando que “entre la vida y la muerte no se duda” (D´Elia) entraña una falsa disyuntiva, ya que la muerte no es ajena a ninguna de las dos boletas del ballotage. Qué Menen o Kirchner actuén como represores depende del curso de la lucha de clases.

El segundo estandarte del progresismo se basa en la ficción aún mayor de “dos modelos económicos enfrentados”. Esta contraposición ha sido cuidadosamente preparada por un año de elogios al responsable del récord de pobreza, desempleo e indigencia. Lavagna no aplicó ningún programa de keynesianismo reactivante, pero goza de un “estado de gracia” construido con habilidad política y complicidad de sus cultores. Cómo atribuye todas las desgracias del país a la “herencia recibida” se considera exento de la hecatombe provocada por el modelo que apuntaló y la devaluación que consintió. El artífice del “modelo productivista” efectivizó un rescate sin precedentes de los banqueros a costa del erario público y aplica su desde hace un año una “política nacional” basada en remunerar con pagos multimillonarios a los acreedores del FMI.

La imagen industrialista que difunde Lavagna pretende magnificar los limitados desacuerdos que mantiene con su adversario Melonian. Las divergencias reales entre ambos exponentes del neoliberalismo son mucho más pequeñas que las existentes al interior de ambos equipos económicos. Al igual que Lavagna, Melconian pondera frente al periodismo el “capitalismo progresista” y no promueve ningún retorno al dólar fijo. Ni siquiera está claro si discrepa con su rival en torno al ALCA y el Mercosur.

La crisis económica atraviesa actualmente un punto de giro ya que la depresión tiende a ser sucedida por una recuperación, como suele ocurrir después de los grandes colapsos. En este nuevo marco los dos potenciales ejecutores del próximo ajuste defienden la misma estrategia exportadora de bajos salarios y consolidación de la miseria que alienta el grueso de la clase capitalista. Por eso el establishment no se engaña y trabaja con los dos referentes, sin exhibir preferencias nítidas. Una reactivación basada en la recomposición de los ingresos populares es un programa tan ajeno a Melconian como a Lavagna. Los dos ministeriables están muy abocados a la preparación del menú de atropellos sociales que implementarán para negociar con los acreedores la salida del default.

La centroizquierda del ARI que sostiene a Lavagna se consuela observando el aceptable resultado de su elección e imagina que apoyando “tácticamente” a Kirchner se “gana tiempo”, se “acumulan fuerzas” y se “tejen las alianzas necesarias para un proyecto progresista”. Pero mientras proclaman este objetivo repite obstinadamente el camino de frustraciones que precedió al gobierno de la Alianza. De esa experiencia Carrió ha deducido la conveniencia de una derechización anticipada y por eso eligió como socio a un hombre (Guiterrez) que habla sin pudor contra los piqueteros y las movilizaciones populares.

Los voceros del ARI sueñan con protagonizar la construcción del “futuro PT de la Argentina”, pero tienen en mente más al nuevo Lula presidente que implementa las exigencias del FMI, que al viejo Lula organizador de los trabajadores. Por el camino de “apuntalar el país normal” se orientan a facilitar el ascenso de un gobierno reaccionario y a preparar el distanciamiento cuándo se concrete la previsible “traición” de nuevo presidente. La película de la JP con Perón, de la JR con Alfonsín, del Chacho con Menen y de Carrió con la Alianza vuelve a repetirse una vez más. Pero golpearse contra la misma pared ya es un destino insoslayable del progresismo argentino.

 

            EL PERFIL DE LA IZQUIERDA.

En el cuadro de las dificultades existentes para transformar la rebelión social en un proyecto político popular, el dato más auspicioso es el crecimiento de la izquierda. Este sector ha conquistado un lugar descollante en el movimiento social por su valiente actitud frente a la lucha. A diferencia de la centroizquierda que desaparece, llega tarde o se oculta en los momentos difíciles de la confrontación, la izquierda está presente en los cortes de ruta, las fábricas ocupadas y las manifestaciones callejeras. Cuándo hay que poner el cuerpo, los dirigentes y activistas de la izquierda no vacilan.

El contraste entre esta conducta y el escapismo de los líderes de la CTA se ha profundizado desde el 19 y 20 de diciembre. Brukman es tan solo el ejemplo más reciente de esta diferenciación. La cautela de la dirección de la CTA frente a la lucha es congruente con su decisión de votar a Kirchner. Con este pronunciamiento la central vuelve al tronco peronista y converge con los burócratas de las CGTs en el apoyo al elegido de Duhalde.

En manifiesto contraste con esta actitud toda la izquierda proclama el voto en blanco en el ballotage. Las coincidencias dentro de este campo son mucho mayores que en el pasado, cuándo distintas alas de la izquierda promovían “frentes nacionales y populares” con los Kirchner de cada momento. Actualmente, estas tendencias son minoritarias. El discurso habitual de la izquierda impugna, además, todo el sistema capitalista y no solamente a sus modalidades neoliberales. Esta postura radicalizada es poco frecuente en Latinoamérica y constituye otro mérito de las organizaciones argentinas.

El crecimiento de la izquierda es visible en el movimiento piquetero, sindical, estudiantil y vecinal y su presencia es palpable en todas las grandes manifestaciones. Por primera vez en décadas, la izquierda está alcanzando “densidad social” y no solo algún escaño parlamentario o un provisorio liderazgo en la vanguardia. Esta penetración social expresa el debilitamiento de los prejuicios antisocialistas, el avance del espíritu antiimperialista (muy presente en el repudio a la invasión de Irak) y cierto progreso de la conciencia anticapitalista. Cuándo los derechistas de “La Nación” interpretan el voto del 27 de abril como “una reacción contra los manifestantes de izquierda” están reconociendo la gravitación de una corriente que hasta hace poco ignoraban por completo.

Esta influencia es también registrada por los voceros del progresisimo. Aunque sus críticas al “sectarismo” y al “dogmatismo” de la izquierda se asemejan a las objeciones expuestas por muchos sectores, en su caso el cuestionamiento tiene un objetivo muy definido: propiciar el retorno a la conocida disolución en alianzas burguesas. Los dardos contra los “escenarios virtuales”(J.C. Portantiero), los “dogmas religiosos” (J.M. Pasquín Durán), las “peleas narcisistas” (L.Brushtein) o los “museos paleolíticos (H.Verbistky) que se lanzan contra la izquierda apuntan a inducir el resurgimiento de algún nuevo Freapso. Para los críticos de la centroizquierda, “amplitud y flexibilidad” son sinónimos del voto a Kirchner y del reflotamiento de la Alianza bajo el mando de Carrió.

Otros críticos de este mismo campo resucitan el lenguaje maccartista (D´Elia) y todos responsabilizan exclusivamente a la izquierda por el retroceso que afecta a las asambleas barriales. Pero los objetores no observan que esta acusación contradice el carácter insignificante que le asignan a los partidos cuestionados. Si la izquierda es tan irrelevante: ¿cómo pudo debilitar por sí sola al movimiento vecinal? ¿Por qué la mayoría centroizquierdista no logró contrarrestar acciones tan dañinas?

En realidad, la prédica en boga contra los “aparatos” sigue una dirección curiosamente despareja. Cualquier manipulación orquestada por el ARI o la CTA es presentada como una legítima acción de organización social, mientras que cuándo involucra a los militantes de la izquierda es automáticamente demonizada. Lo que más enfada al progresismo es percibir como se disuelve el esteriotipo que asigna al pueblo argentino una identidad invariablemente antisocialista.

El progreso real de la izquierda careció, sin embargo, de expresión electoral el 27 de abril. Tanto la alternativa de la abstención como el voto por las dos corrientes que presentaron candidatos (IU y PO) tuvieron magros resultados. Esta desconexión entre avance político y frustración electoral obedece al éxito del operativo gubernamental de reconstitución de la dominación capitalista. Duhalde logró desplazar el “voto bronca” hacia el “voto útil” y disuadir los sufragios positivos que podía recibir la izquierda.

Hay que tener en cuenta, igualmente, que las elecciones presidenciales conforman un marco particularmente adverso para la izquierda, que tiende a perder una parte de las adhesiones recibidas en los comicios legislativos. La gravitación de los mitos y las creencias se refuerza en las presidenciales frente a los mensajes programáticos.

Pero no hay que ser indulgentes, ni ocultar las grandes dificultades que obstruyen la construcción de una izquierda masiva y creíble. Muchos intelectuales incursionan en este debate desde la distancia. Cuestionan desde un púlpito pontificador las “disputas faccionales”, las “creencias febriles”, las “actitudes dogmáticas” y las “consignas prehistóricas” de la izquierda, como si estos defectos fueran ajenos a su propia actividad o pudieran corregirse con un simple sermón. Tanto esta prescindencia como el cíclico desengaño (“este país es peronista, cree en Dios y saluda a los vigilantes de la esquina”) resultan contraproducentes para superar los escollos que bloquean la construcción de la izquierda. Estas dificultades giran actualmente en torno a tres problemas: la abstención electoral, la unidad y la caracterización de la etapa.

                   

     ABSTENCIÓN TÁCTICA.

Resulta indispensable reconocer el retroceso de la impugnación electoral. El voto en blanco cayó a un piso nunca visto desde las presidenciales de 1946 (0,89%), se registró un récord del 80% de participación del padrón y el voto nulo (1,62%) fue insignificante en comparación a la masividad que tuvo el “voto bronca” en el 2001.

Negar estos hechos afirmando que “el 22% del padrón no votó” (MTD) carece de sentido, porque es evidente que este “ausentismo técnico” no tiene el significado del repudio de hace dos años. Más equivocado es constatar que este tipo de voto nulo fue superior a los sufragios recibidos por Menen (J.C.Alderete), porque se le asigna a la primer deserción una connotación política que no tiene. Es tan inútil comparar magnitudes incontrastables, como omitir el registro de los millones de votos que no fueron para el menemismo.

Convocar al “debate” y a la “revisión” de lo sucedido es muy positivo si se reconoce esta realidad y se recuerda que la actitud reflexiva no puede solo emerger de un resultado electoral. Pero el balance debe también superar la descripción (“la clase dominante pudo imponerse”) y evitar que los pronósticos de crisis futuras sustituyan la caracterización del presente. Advirtiendo, por ejemplo, que la “gente se va a desilusionar” o que se “viene la confrontación” no se aclara lo que ya pasó. Además, que la “crisis se profundice” no implica un desemboque favorable al pueblo, si en la izquierda no logramos corregir nuestras debilidades. Por eso tampoco es conveniente eludir la reflexión echando culpas a la clase media (“pasado el corralito se olvidan de nosotros”) y olvidando que la simpatía de los sectores medios ha impedido hasta ahora el aislamiento del movimiento piquetero.

El punto de partida de un balance es reconocer que la abstención fue un error. Es cierto que los comicios fueron manipulados, pero de ninguna manera se asemejaron al “fraude patriótico del 30” o a “la proscripción del peronismo” (PTS), porque no es lo mismo una elección tramposa que un comicio proscriptivo. Solo en este último caso una fuerza política significativa queda explícitamente ilegalizada, como ocurrió durante décadas con el justicialismo.

Nadie cuestiona que la convocatoria al comicio fue recibida con un sentimiento de estafa por parte de un gran sector de la población. Pero transcurridos algunos meses se tornó evidente que esa impugnación decaía, en parte por carecer de un canal de expresión organizada. La expectativa de provocar el fracaso del operativo gubernamental -forzando otra convocatoria que incluyera la renovación de todos los cargos- quedó claramente diluida a fin del año pasado. Por eso perdieron vigencia los argumentos abstencionistas, que solo se justifican cuándo la oposición está en condiciones de gestar una opción superadora de la disputa electoral. Este terreno favorece a los partidos de clase capitalista, pero su abandono le deja el campo libre a los representantes de la burguesía.

Para desconocer la arena electoral hay que contar con instancias de poder alternativo que en la Argentina no se han gestado. En ausencia de esta opción, la abstención significa simplemente una renuncia a la batalla y conduce a identificar a la izquierda con la impotencia. Las propuestas de “voto programático” son aún más enigmáticas para la población que observa como la izquierda es capaz de luchar, pero no de plantear alternativas frente a los partidos patronales. Si la izquierda no concurre a elecciones se priva de evaluar cual es la receptividad de sus mensajes y no puede corregir lo que es incomprensible o inadecuado de su propaganda. Por eso, con todas sus limitaciones, el marco electoral facilita más en la politización del pueblo que el trámite de la impugnación.

Todos estos inconvenientes del abstencionismo fueron de hecho reconocidos por los partidos, que finalmente resolvieron dar la espalda a las presidenciales pero presentarse en las provinciales. Esta incoherencia resulta incomprensible para la población, que no logra diferenciar porque las trampas aceptables en una instancia son intolerables en otra. Basta por ejemplo recordar, que en la mejor elección de la izquierda (2001), el fraude consistió en desconocer los mandatos de dos diputados electos y ni siquiera esta trampa invalidó la conveniencia de la presentación. Para construir otras reglas de juego hay que convencer primero a la mayoría, que habitualmente participa en las elecciones y rechaza con temor a cualquier fantasma de retorno a la época dictatorial de las “urnas bien guardadas”.

                     

   ABSTENCIÓN ESTRATEGICA.

Existe un segundo tipo de justificación abstencionista que no se apoya en el análisis concreto de la última coyuntura electoral, sino en la estrategia política de “construir fuera del sistema”. Qué esta visión no es sinónimo de conducta revolucionaria lo prueba la política del PCR, cuyos invariables llamados al voto en blanco coinciden desde hace dos décadas con acuerdos con el peronismo y políticas de alianza con D´Elia contra la izquierda piquetera.

El abstencionismo como principio se nutre de viejas tesis anarquistas favorables a la erección de una sociedad más igualitaria, mediante el desarrollo de organizaciones divorciadas del estado. El problema de las asambleas o cooperativas que se desenvuelven siguiendo esta orientación es la dificultad que enfrentan para desarrollarse sin ningún contacto con los organismos estatales. El sueño del aislamiento se rompe cada vez que alguna negociación exige reconocer la realidad omnipresente del estado.

Ese enfoque de raíz también autonomista tiende a ensanchar la distancia que separa al grueso de la población de la vanguardia más esclarecida. En vez de tender puentes levanta murallas, especialmente cuándo menosprecia las creencias de millones de individuos. La organización, por ejemplo, de un “corso electoral” para burlarse de la “farsa” del 27 de abril constituyó un acto desdeñoso, tanto hacia los electores como hacia el enemigo capitalista, que se tomó muy en serio el operativo de reconstitución de su dominación.

Existe también la errónea impresión de que la “ciudadanía insurrecta” solo transita escenarios de la acción directa apenas alterados por la “distracción” electoral. Aquí se omite que la experiencia política popular transcurre por ambos terrenos, ya que quiénes luchan también votan y esta participación no invalida, ni necesariamente debilita la batalla en las fábricas y los piquetes. Por eso el desafío para la izquierda no es despreciar el “desvío” electoral, sino utilizarlo para intentar reducir la fractura existente entre la postura clasista y el bajo nivel de conciencia política que prevalece entre muchos trabajadores.

Algunas corrientes que propician el “voto a ninguno” hacen también un equivocada lectura del significado de las asambleas populares. Tienden a observarlas como modelos de democracia directa, cuya expansión permitiría superar los defectos del actual sistema representativo. Por eso reivindican esta forma de “contrapoder” y prescinden de la participación en las elecciones corrientes. Pero esta visión traza una incorrecta línea divisoria, porque bajo el capitalismo ninguna de las dos modalidades permite expresar la soberanía popular. El sistema indirecto incluye todos los mecanismos de filtro que la burguesía necesita para distorsionar la voluntad del pueblo, pero las modalidades directas no permiten transformar en hechos los deseos mayoritarios, porque el poder se encuentran en manos de los capitalistas. La democracia directa se encuentra, además, muy sujeta al vaivén participativo de los asambleístas y por eso no puede constituir el único mecanismo de organización de un sistema de decisiones basado en la soberanía popular.

Sólo en un cuadro de superación del capitalismo y de disolución progresiva del rol opresor del estado, la democracia directa e indirecta podría comenzar a alcanzar un significado genuino y un contenido real. El socialismo permitiría poner fin al sistema de separación entre el poder económico inamovible y las estructuras políticas que recrean autónomamente la dominación burguesa. Pero no hay un salto mágico hacia ese porvenir, sino una compleja construcción que incluye la experiencia de votar en los comicios actuales y poner a prueba a los legisladores de la izquierda, tanto en su actitud frente a la lucha como en su práctica específica.

                       

EL PROBLEMA DE LA UNIDAD I

Las organizaciones que participaron en las elecciones coincidieron en evaluar que IU tuvo una actuación aceptable (duplicó los sufragios de las últimas presidenciales), que el PO no logró avanzar (creció un 25%), que todos retrocedieron en comparación a las legislativas del 2001 y que la ausencia de un frente fue determinante de la magra elección.

Las negociaciones para forjar el frente repitieron la comedia de enredos que resurge puntualmente cada dos años. IU suele proponer el acuerdo con cierta anticipación, el PO lo alienta sobre el cierre de las presentaciones y las negociaciones fracasan en medio de mutuos reproches. Cómo esta misma situación se reitera al cabo de 20 años convendría extraer una conclusión obvia: la unidad es necesaria (y por eso se replantea), pero no es posible acordarla a último momento. Constituyendo, por ejemplo, un enlace más permanente entre todas las organizaciones se podrían discutir los mecanismos de distribución de cargos (a través de internas abiertas, asambleas, cómputos de sufragios anteriores, etc), que tanto obstaculizan la concreción del frente. No hay que avergonzarse, ni ocultar este conflicto, ya que involucra una legítima disputa de la vida política. Lo que molesta a muchos partidarios de la unidad no es la existencia de esta discrepancia, sino su enmascaramiento detrás de inexistentes divergencias programáticas.

Afortunadamente, en este ocasión, tanto los dirigentes de IU como del PO explicitaron en múltiples entrevistas públicas, la ausencia de diferencias políticas. Otro progreso fue el clima de menor beligerancia, en comparación a elecciones anteriores que eran encaradas como una “interna de la izquierda”. En esas confrontaciones la preocupación por restar votos entre compañeros era frecuentemente mayor que la atención puesta en el progreso común.

Sería lamentable que estos avances se disiparan a la luz del último resultado electoral y que reapareciera el énfasis en la “diferenciación”. Esta posible regresión se insinúa en algunos balances del PO, que atribuyen la mejor performance de IU a la incomprensión popular de las diferencias existentes entre ambas corrientes. Esta conclusión es equivocada, porque al cabo de tantas presentaciones, los votantes que simpatizan con la izquierda ya conocen a los candidatos y han escuchado sus mensajes.

Si optan por IU no es por incomunicación o ignorancia, sino por la mayor atracción que genera la existencia de esa coalición. Sus miembros reciben mayor aprobación por el perfil unitario que han logrado exhibir y que puede constatarse a partir de un simple dato: la preservación del acuerdo entre dos partidos a pesar de las importantes divergencias que los separan. Como mantienen estas discrepancias en un marco común su reivindicación de la unidad resulta más creíble.

La clave par lograr un avance colectivo de la izquierda es la aproximación y no la separación por dos razones evidentes. Primero, la unidad es un instrumento -por el momento insoslayable- para batallar contra el gran obstáculo que representa la perdurable influencia que mantienen el peronismo y las variantes del radicalismo sobre la masas. Segundo -a diferencia de otras épocas- la ausencia del frente no obedece a razones programáticas, por lo menos observando lo que cada corriente expone públicamente en su propaganda masiva.

Al bucear la existencia de “tendencias proimperialistas” en IU e interpretar que este aglutinamiento está sostenido por un “sector de banqueros”, un reciente artículo del PO navega por el rumbo equivocado. El error radica tanto en la acusación como en sus absurdas consecuencias. ¿Porque cuál es el sentido de dirigir propuestas unitarias a un agrupamiento proimperialsita y vinculado a la banca? Si la mano de Lopez Murphy y Menen llega hasta IU, proponerle frentes electorales ha sido un contrasentido en el pasado y no tendrá fundamento en el futuro. Es obvio, además, que reflexiones de este tipo impiden crear el marco propicio para un trabajo conjunto.

          

  EL PROBLEMA DE LA UNIDAD II

¿Conspira la unidad contra la construcción del partido revolucionario? Este fantasma también erosiona la extensión al plano electoral de acuerdos que se alcanzan en el terreno piquetero, sindical o estudiantil. Aunque salta a la vista que no existe ninguna incompatibilidad entre ambos objetivos (la unidad es un instrumento para el avance de cada partido y viceversa), la concreción de frentes si erosiona el autoelogio.

Las experiencias frentistas permiten el desarrollo de las organizaciones participantes, pero ilustran al mismo tiempo las limitaciones de cada uno para desenvolverse de manera autoreferencial. Una construcción colectiva permite reducir el existismo y evaluar con más realismo los progresos. Sirve, por ejemplo, para bajar los decibeles de la fantasías con el número de sufragios alcanzables individualmente (tan solo el 15% de lo previsto en varias oportunidades) y quizás también para evitar sorprendentes descubrimientos poselectorales (“no hemos conquistado aún una identidad en el seno de las masas”). Esta identidad no la tiene ningún partido de izquierda y por eso el frente se replantea tan repetidamente desde hace tanto tiempo.

La unidad contribuye a tomar conciencia que la construcción revolucionaria es un intercambio de experiencias y no un ascendente tránsito hacia el reconocimiento de quiénes se autoproclaman visionarios. Si bien esta convicción constituye un positiva fuente de entusiasmo para sobrellevar las adversidades de la militancia, también enceguece y bloquea el registro de algunos datos obvios de la realidad.   

 Al facilitar una convergencia de fuerzas, el frentismo puede contribuir a aumentar la credibilidad popular de la izquierda. Este avance no aparecerá como retribución al acierto de caracterizaciones y pronósticos, sino como un resultado de la progresiva conquista de las masas. Algunos compañeros sobrevaloran la incidencia que pueden tener ciertas premoniciones, olvidando que la actitud profética no genera grandes dividendos. Los trabajadores premian esencialmente la capacidad de la izquierda para lograr avances prácticos y solo recuerdan lo “que nosotros dijimos” en relación con estos logros. Poco importa la certeza de una previsión si no se logra, por ejemplo, romper con la maldición del 1% en sucesivas elecciones.

Conviene no esperar, tampoco, la confluencia de las masas con la izquierda como un proceso “inevitable”, ya que esta alternativa tan solo constituye un curso posible y ninguna fuerza de la historia compensará nuestra incapacidad para avanzar. En el plano electoral este progreso implica poner el desarrollo de la izquierda a tono con el salto que ya se ha logrado en otros terrenos. El balance del 27 de abril debe servir para comprender lo que está fallando y no para precipitar inútiles catarsis de flagelaciones. Hay que avanzar en la unidad y asumir con más convicción la identidad política de la izquierda.

Algunos compañeros cuestionan la conveniencia de subrayar esta pertenencia, destacando cuán desvirtuado está el significado del término de “izquierda”. Pero esta prevención se aplica a cualquier otra denominación, con la desventaja que la palabra izquierda está claramente asociada -en la Argentina actual- con un perfil de lucha y positiva diferenciación del progresismo. Los símbolos son importantes, pero no alcanzan. También se requiere forjar un espacio de atracción popular y organización abierta que, por ejemplo, IU no ha sabido hasta ahora erigir.

              

          LA ETAPA

¿El 20 de diciembre del 2001 inauguró una situación revolucionaria? ¿Luego del 27 de abril se ha cerrado ese período? ¿Corresponde mejor utilizar el término de etapa prerrevolucionaria para ambas instancias? ¿Fue el primer estallido una revolución y el segundo operativo una contrarrevolución?

En los debates de la izquierda se han utilizado en distintos momentos cada uno de estos conceptos, sin clarificar su exacta significación. Las referencias a la idea leninista de un período signado por ”agudas crisis por arriba e irrupciones históricas por abajo” no parecen suficientes para esclarecer el carácter de una etapa, signada primero por el resquebrajamiento del estado y el colapso de un régimen político bajo el impacto de una rebelión popular y caracterizada luego, por la reconstitución parcial de los mecanismos de dominación capitalistas.

Lo que en cambio resulta indiscutible es que ninguna conmoción en el contexto objetivo será suficiente para gestar una salida favorable al pueblo, si en el mismo proceso no maduran los actores subjetivos de la transformación social. Por el momento persiste un nítido desacople entre la magnitud de la catástrofe económico-social y el subdesarrollo de la izquierda. Mientras esta discordancia perdure la crisis puede alcanzar un status prerrevolucionario, revolucionario o hiperrevolucionario sin desembocar nunca en un proceso socialista. Por eso es tan importante registrar nuestras debilidades y nuestros desaciertos.

La superación de estas dificultades no será un producto espontáneo de la debacle económica, la desintegración del sistema político o la intensificación de la lucha social. La historia argentina está plagada de grandes impactos en cualquiera de estos tres planos. Pero ni la hiperinflación, ni la guerra de las Malvinas, ni los levantamientos obreros y piqueteros han dado lugar al surgimiento de un polo masivo de la izquierda. La rebelión iniciada a fin del 2001 ha creado una nueva oportunidad para resolver la gran contradicción argentina y avanzar en la erección de una alternativa socialista. Pero como esta opción no caerá del cielo, ni se edificará solamente en base al esfuerzo, tenemos que comprender en qué fallamos.

El crecimiento de la izquierda también exige precisar nuestra visión del poder. Subrayar la necesidad de conquistarlo es vital, porque la lucha es una búsqueda de soluciones que exigen acceder al gobierno, transformar el régimen y cambiar la naturaleza social del estado. Por eso todos los mensajes líricos en favor de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, no explican como se puede modificar concretamente la realidad prescindiendo del principal instrumento político de esa transformación. Para aumentar los salarios, cobrar impuestos progresivos, frenar la hemorragia de la deuda o detener las confiscaciones de los banqueros se necesita conquistar poder popular y avanzar hacia la meta de un gobierno de trabajadores.

Omitiendo estos objetivos la construcción de la izquierda pierde sentido. Pero incurrir en el defecto opuesto de hablar alegremente del poder, sin tener la posibilidad de capturarlo es también pernicioso. Muchas veces se afirma que “está planteado el problema del poder” o que se “perfila una alternativa de poder”, sin tomar conciencia del largo camino que falta recorrer para transformar estos deseos en realidades. Mientras la izquierda carezca de mayor influencia y autoridad popular, estas caracterizaciones serán más bien slogans que conviene difundir con cautela, porque las palabras deben ajustarse siempre a los hechos y los mensajes a su factibilidad. De lo contrario, la prolongada lejanía real del poder terminará paradójicamente reforzando las ilusiones en su inminente proximidad.

                   

     ESCENARIOS.

Existen dos escenarios posibles para el próximo período: el nuevo gobierno afianza la reconstitución del estado que inició Duhalde, cabalga sobre una reactivación y debilita la resistencia popular o prevalece el cuadro opuesto y el nuevo presidente se ahoga en un pantano económico, bajo el doble peso de la clase dominante fragmentada y la resistencia social. En ambas alternativas, la izquierda tiene un amplio margen para progresar, pero en el primer escenario de colapso el reclamo inicial de la rebelión (“que se vayan todos”) podría resucitar, dando incluso cabida a la formulación más positiva de una exigencia de convocatoria de la Asamblea Constituyente.

Lo importante a retener es que incluso en ese cuadro las dificultades que enfrenta la izquierda no desaparecerán por arte de magia. Si por ejemplo en vez de presidente se hubieran elegido constituyentes el pasado 27 de abril, tampoco la representación de la izquierda habría sido mayoritaria. Tener presente este problema resulta vital para comprender que ninguna consigna sustituye el trabajo de construcción unitaria. La próximas elecciones provinciales (especialmente en Buenos Aires y la Capital Federal) abren un canal para corregir los problemas del último comicio. En la nueva secuencia electoral, el chantaje del “voto útil” será menor y el contexto puede volver a ser propicio para la izquierda.

Un gran paso en la dirección de conformar un polo unitario se concretó en el acto del l de mayo. Por primer vez en mucho tiempo, esta conmemoración aglutinó a todas las vertientes de la izquierda, en una jornada de movilización y considerable concurrencia en torno a tres consignas: fuera el imperialismo de Irak, ni Menen ni Kirchner y Brukman es de los trabajadores. Esta convergencia ilustra como avanzar en un proyecto común. Lo jóvenes, trabajadores y desocupados se aproximan hoy a la izquierda con una carga de entusiasmo que renueva nuestras esperanzas. Los que ya acumulamos cierta experiencia en esta construcción debemos mirar de frente los obstáculos para revisar los errores y abrir un rumbo de triunfos.

                                                         

   6 de mayo de 2003

                                                            www.netforsys.com/claudiokatz

                                                           



[1]Economista, Investigador y Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Otros textos sobre la realidad argentina pueden consultarse en: www.netforsys.com/claudiokatz.