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Asunto:NoticiasdelCeHu 1053/11 - VIAJANDO: Las noches quiteñas
Fecha:Miercoles, 19 de Octubre, 2011  01:59:33 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 1053/11
 

 

 

Las noches quiteñas

 

Los que nacimos y vivimos en Buenos Aires consideramos que ninguna otra ciudad en el mundo tiene noche. Porque cuando en todo el mundo se están yendo a dormir, aquí la noche todavía está en pañales. Diariamente en los hogares de Buenos Aires se cena entre las nueve y diez de la noche y en las calles hay plena actividad hasta entradas horas de la madrugada. Muchos espectáculos como cines y  teatros comienzan sus funciones a medianoche. Los boliches bailables, muchos bares y restoranes atienden durante toda la noche, lo que resulta inigualable. Y esa falta de vida nocturna es lo que más extrañamos cuando salimos del país. Así que, como nos pasó en tantos otros lugares, las noches quiteñas nos parecieron muy cortas. No obstante, existen centros de diversión mayores que en otras ciudades latinoamericanas.

El centro de entretenimiento más importante de Quito es el barrio de La Mariscal, donde se pueden hacer compras de todo tipo, comer, beber y bailar. Justamente porque hay de todo, se lo denomina “la Zona”.

Y por allí circulan locales y extranjeros debido a la diversidad de opciones tanto culinarias como artísticas, a la amplia gama de hoteles y hostales, agencias de viajes, escuelas de idiomas, tiendas de artesanías y ropa de diseño. También cuenta con varias entidades bancarias y muchos otros servicios.

En cuanto a música pueden escucharse desde los ritmos tradicionales del Ecuador hasta la salsa, el merengue y el rock. Y los espacios culturales van desde lo “under” hasta lo institucional.

Todos los días íbamos a cenar a La Mariscal, y en una oportunidad, lo hicimos  en una pizzería que resultó ser de un argentino. Y si bien en los boliches se podía bailar hasta las seis de la mañana, los restoranes no extendían su atención hasta más allá de las once de la noche.

Y la última noche que estaríamos en Quito, a modo de despedida, Paola Maldonado nos llevó en su auto a recorrer diversos barrios de la ciudad y a tomar fotografías nocturnas del centro histórico.

 

 

 

 

Todos los templos se iluminan con luces de colores

 

 

Es realmente una maravilla ver todos los templos iluminados en la ciudad de las campanas.

 

 

 

Son muchos quienes salen a ver este espectáculo

 

 

No solo los turistas disfrutamos de este placer sino también muchos quiteños que saben apreciar los valores de su hermosa ciudad.

 

 

 

 

Museos, hoteles y casas también están iluminados

 

 

Y no podíamos dejar de ir a la Plaza Independencia donde apreciamos a la Catedral Metropolitana, que se luce más de noche que de día.

 

 

 

 

Catedral Metropolitana

 

 

Y después de un interesante paseo, Paola nos invitó a cenar a la fonda quiteña llamada “Hasta la Vuelta, Señor…”, en honor al Padre Almeida, símbolo de las noches de Quito, y que también funciona solo hasta las diez u once de la noche.

 

 

 

 

 

Con Omar, Paola y Martín después de la cena

 

 

Mientras probábamos exquisitos platos regionales, Paola nos relató la leyenda del Padre Almeida, clérigo quiteño de finales del siglo XVII, quien de un novicio recatado pasara a ser el más pícaro y divertido, por la influencia de sus propios compañeros.

Pero si bien las noches de juerga entre algunas devotas y los frailes de diferentes congregaciones eran ocasionales, para el Padre Almeida se convirtieron en diarias. Debido a su buen porte, pulsar muy bien la guitarra y tener buena voz, llegó a ser el predilecto de las damiselas que se disputaban el turno de los mimos.

Como los superiores sospecharon de estas andanzas, levantaron los muros con lo cual era más difícil escaparse. Entonces fue así que el Padre Almeida recurrió a la imagen de un gran Cristo de madera a modo de escalera para subir hasta la ventana ubicada en el Coro de la Iglesia, y desde allí poder saltar a la calle. Y tanto abusó de ese recurso que cansada la imagen de Cristo de que usara su hombro como peldaño, una noche le imploró: -“¡¿Hasta cuándo padre Almeida?!” A lo que el clérigo le contestó: -“¡Hasta la vuelta, Señor!”

Y una de las tantas noches, al volver a la iglesia absolutamente borracho, le pareció presenciar su propio funeral, y pensó que eso sería una señal. Volvió a deslizarse por el Cristo de madera, pero esta vez le pidió perdón por todas sus faltas, y desde entonces se convirtió en el más devoto de los penitentes.

Así que es evidente, que a pesar de lo que opinemos los argentinos, las noches quiteñas tienen lo suyo; y que no se trata solo de los nuevos tiempos, sino que desde siempre…

 

 

Ana María Liberali

 





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