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Asunto:NoticiasdelCeHu 346/03 - Medio Oriente y la campaña electoral de EEUU
Fecha:Viernes, 18 de Abril, 2003  17:47:25 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Ataque radial


NCeHu 346/03


POLITICA INTERNACIONAL

¿Qué tienen que ver Irak, Siria e Irán
con la próxima campaña electoral estadounidense?


Tras la caída de Saddam Hussein, el presidente norteamericano George W. Bush deberá defender dos frentes: vivir en guerra y convencer a la gente de que eso es lo mejor para los EE.UU.



Por Ed Vulliamy
 
 
La caída de Saddam Hussein no es la última de las ambiciones de los Estados Unidos en Medio Oriente. Los amigos del presidente George W. Bush están sugiriendo su plan de crear un imperio norteamericano y consolidar su poder fronteras adentro. A pesar de las negativas, la marcha de los acontecimientos permite prever que el último disparo de la guerra en Irak será el disparo inicial de las próximas dos campañas de la administración Bush. Una de ellas se librará en la misma región. Nadie cree que el proyecto de los EE.UU. se limite a Irak y, para algunos, el derrocamiento de Saddam es la primera fase de lo que Michael Ledeen, uno de los neoconservadores que colaboran con Bush en el diseño de la política exterior norteamericana, llama “una guerra para rehacer el mundo”.

El segundo frente será interno: a diferencia de su padre, que perdió una elección al año siguiente de expulsar a Saddam de Kuwait, “W” también tiene que ganar lo que Sydney Blumenthal, un ex colaborador del ex presidente demócrata norteamericano Bill Clinton, entiende que será la reanudación de la “guerra partidaria” dentro de los EE.UU.. Si tiene éxito en las dos campañas, Bush se habrá convertido en el presidente más poderoso de la historia norteamericana. La famosa “guerra contra el terrorismo” no sólo apunta a asegurar un bastión en Irak, sino, también a desequilibrar a Siria e Irán. Aunque Bush niega sus supuestos planes de atacar a ambos países, cuando se enteró de que Donald Rumsfeld, su secretario de Defensa, había realizado una advertencia verbal a Siria, el presidente respondió: “Muy bien”.

William Kristol, amigo de Bush desde los años de la universidad de Yale, escribió: “La misión empieza en Bagdad, pero no termina allí. Estamos en la cúspide de una nueva era histórica, y esta guerra, claramente, tiene que ver con muchas otras cosas, además de Irak. Es más: va más allá del futuro de Medio Oriente porque tiene que ver con el rol que los EE.UU. piensan desempeñar en el siglo XXI”. Cuando la administración Bush se preparaba para la guerra, Richard Perle, que por entonces era el director de la Junta de Política de Defensa, suerte de elite de asesores del Pentágono, dijo que una de las ventajas de la campaña contra Saddam Hussein sería “que podríamos transmitir un mensaje corto (a toda la región), un mensaje de pocas palabras: “Ustedes son los próximos”.

Los grandes planes para continuar con la guerra están siendo diseñados por un grupo de estrategas neoconservadores que trabajan en las sombras de la administración, pero el grupo también incluye a una serie de protagonistas clave de altísimo perfil, como el vicepresidente, Dick Cheney, y el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, a quienes se considera “los verdaderos arquitectos de la guerra” y de lo que vendrá después. “En Siria tendrá que haber un cambio”, dijo la semana pasada Wolfowitz a un grupo de periodistas. Y John Bolton, número tres del Departamento de Estado, advirtió a los países a los que los EE.UU. acusó de haber desarrollado armas de destrucción masiva, como Irán y Siria, que “aprendan la lección de Irak”.

“Creo que vamos a vernos obligados a librar una guerra regional, queramos o no”, opina Ledeen, un miembro clave del “think tank” neoconservador. Según él, la lógica de la guerra global contra el terrorismo, y la convicción de que se puede alentar una revolución democrática que arrase Medio Oriente, llevará a los EE.UU. a enfrentarse con otros países porque, “en definitiva, vamos a enfrentar a toda la red terrorista y a los amos del terrorismo”, como sindica a Siria, Irán y Arabia Saudita. Hoy por hoy, en el Pentágono se habla más de las milicias del Hamas palestino y el Hezbollah shiíta que de Al Qaeda. El Hezbollah, a quien el número tres del Pentágono, Douglas Feith, describe como “una de las redes terroristas internacionales clave”, es la excusa por la cual los EE.UU. apunta a Siria.

La semana pasada, el subsecretario de Estado, Richard Armitage, sostuvo que jaquear a Siria frenaría a Hezbollah, a quien calificó como “la primera A” del terrorismo mundial. Arabia Saudita y su brutal influencia sobre el precio del petróleo, también empieza a estar en la mira de los EE.UU.. “El derrocamiento de Saddam traerá un terremoto en toda la región”, predijo Max Singer, cofundador del Hudson Institute, otros “think tank” neoconservador, que recomienda el desmantelamiento del reino saudita. El nuevo sueño militarista norteamericano de librar una guerra más amplia en la región le gusta menos pero le resulta igualmente familiar a James Akins, un ex funcionario político de la embajada norteamericana en Bagdad y ex embajador en Arabia Saudita.

“Si el máximo objetivo de los EE.UU. es dominar el mundo, entonces necesitará el petróleo de Arabia, desde Kirkuk hasta Muscat”, dice Akins, quien fue despedido del servicio diplomático norteamericano en 1976 después de sus enfrentamientos con el entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, en referencia a las eternas aspiraciones norteamericanas en el Golfo Pérsico. “Estas no son circunstancias normales. Los funcionarios del Departamento de Estado de los EE.UU. siempre podrán encontrar alguna atrocidad con la firma de Siria. El plan podría ser: primero, atacan los israelíes y, después, caemos nosotros. Sin embargo, nunca se sabe exactamente qué quieren hacer los genios de la guerra ni hasta dónde son capaces de llegar”, reflexionó Akins.

Fuentes del Departamento de Estado aseguran que Israel participa de los planes para atacar Siria. Incluso, se dice que garantizar la erradicación del Hezbollah y de sus patrocinadores es una parte secreta de la hoja de ruta de la ya desatada campaña norteamericana en Medio Oriente, y que el punto ya fue acordado entre Washington y el primer ministro Ariel Sharon, que lleva ya algún tiempo insistiendo con la supuesta “peligrosidad” del presidente sirio Bachar Assad. “¿Qué les hace pensar que realizar elecciones libres en Siria o en Arabia Saudita producirá gobiernos pro occidentales que busquen alcanzar la paz con Israel?” se pregunta Akins. Y se responde: “Más bien producirán gobiernos anti occidentales, seriamente comprometidos con la destrucción de Israel”.

La idea de “la guerra continua” es, a la vez, parte de la campaña doméstica de Bush para lograr su reelección. “Cuando las cosas se tranquilicen, recibirá el apoyo del pueblo por haber llevado a cabo sus convicciones”, dice Ron Kaurman, que trabajó en la Casa Blanca para Bush padre. Pero Bush hijo también debe tener en cuenta el frente interno: “Ahora, el presidente debe mostrar que puede caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Tiene que reconstruir pronto Irak para, después, volver a concentrarse en las cuestiones internas”, dice Donna Brazile, quien fue jefa de campaña del demócrata Al Gore. Según la cadena NBC, el 66 por ciento de la población apoya al presidente, pero solo el 38 por ciento apoya su plan de un recorte impositivo de 350 mil millones de dólares para los próximos 10 años.

“Los republicanos tienen que impedir que las cuestiones internas dominen la elección presidencial”, dice Sydney Blumenthal. Y agrega: “En breve, los EE.UU. van a sumergirse en una guerra partidaria que no tiene que ver, simplemente, con el absurdo programa económico de Bush, que socavará la economía, sino con los programas sociales de la era de Clinton, Jonson y Kennedy hasta el New Deal”. La campaña electoral asociada a la guerra ya empezó. Karl Rove, el principal asesor de Bush en la materia, comenzó su gira por el país presentando la imagen de un líder en tiempos de guerra y, conectando los dos frentes. La idea es sencilla: insta a la gente a “confiar en que los republicanos protegerán mejor el poder militar de los EE.UU. y, por ende, fortalecerán el país que aman”.


Fuente: Diario Clarín, del 16 de abril de 2003, Buenos Aires. Tomado de The Observer, Reino Unido.
Traducción de Claudia Martínez

Gentileza: Prof. Armando López.