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Asunto:NoticiasdelCeHu 940/11 - VIAJANDO: Despedida de México
Fecha:Miercoles, 7 de Septiembre, 2011  11:10:18 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 940/11
 

 

Despedida de México

 

De vuelta en el D. F., salí a caminar sin rumbo por los alrededores del hotel, disfrutando de la belleza del Paseo de la Reforma, sus pérgolas y sus estatuas, que representan a importantes hombres de la historia y la ciencia mexicanas. Luego tomé  la avenida de los Insurgentes, la más extensa de la ciudad, observando su intensa actividad.

Como buena nativa de una gran urbe, yo en los Metros me siento como pez en el agua. Recurrí a las diferentes conexiones y bajé en estaciones alejadas, hurgando  por diversos rincones de la ciudad para conocer secretos y costumbres. Era agosto, mes de vacaciones de los mexicanos, y había mucha gente del interior del país que me preguntaba a mí sobre cómo ir con el Metro de un lado a otro. Y lo bueno, es que pude responderles sin temor a equivocarme. Además de muy rápido y moderno, el Metro mexicano cuenta con murales de destacadísimos artistas plásticos en sus instalaciones.

Recorrí gran cantidad de locales comerciales de todos los niveles, pero hubo dos rubros que realmente me sorprendieron. Uno de ellos fue la cantidad de negocios dedicados a la venta de trajes de novia, incluso en las estaciones y terminales de ómnibus. Lo tomé como un mandato de la sociedad, que es mucho más religiosa y tradicional que la argentina. Y lo otro, fue ver ataúdes de diferentes estilos y colores exhibidos en las veredas de las funerarias. Me pareció de muy mal gusto, pero evidentemente forma parte de su cultura hacia los muertos.

En esos últimos días de estada en la capital azteca, aproveché para comprar regalos para mi familia y amigos. Además de algunas petacas de tequila cien por ciento agave, que es el de mejor calidad, compré adornos con las pirámides, prendas bordadas, personajes de la serie de El Chavo, y alebrijes. Los alebrijes son artesanías típicas del D.F. que consisten en animales o seres imaginarios, pintados de colores llamativos, con su cabecita movible. Y de esa manera tuve que hacerme de más bolsos para poder cargar todo lo que llevaba.

Nuevamente los amigos de mi padre vinieron por mí a invitarme a una cena, esta vez en la casa de Amalia. Como es la costumbre del lugar, debía estar poco más de las seis de la tarde. La casa estaba en un barrio alejado. En el camino el taxista tuvo que desviarse de diferentes paredones que obstruían calles anteriormente transitables, hasta que en uno de esos paredones se detuvo porque habíamos llegado a destino. El encargado de seguridad se comunicó con la dueña de casa y nos permitió ingresar. La casa era espectacular. Demasiado grande, quizá, para dos personas. El marido de Amalia tenía un alto cargo en un banco y ella entre publicidad y relaciones públicas, también lograba muy altos ingresos.

Luego llegaron todos los otros que me habían recibido cuando arribé. Recuerdo que una de las mujeres se llamaba Argentina, aunque como los demás, también fuera mexicana. Su sueño era conocer Buenos Aires, pero tanto ella como su esposo y sus hijas creían que para poder venir había que saber bailar bien tango. Yo les expliqué que la mayoría de los argentinos no solo que no saben bailar tango, sino que en general, no les gusta, y mucho menos a los jóvenes. No podían creer que en los boliches no se bailara y que prácticamente fuera una expresión cultural vendida a los turistas.

Como aperitivo me ofrecieron un tequila con una picada. Y luego una gran variedad de platos, todos con chile, el ají picante más característico. Pero ellos consideraban que todo estaba demasiado suave y agregaban más condimentos en sus platos. Me llamó mucho la atención la forma de comer del marido de Amalia. Era un señor muy obeso, cuya barriga lo obligaba a estar bastante alejado de la mesa, por lo cual usaba un enorme babero. Era una persona muy preparada, con amplios conocimientos sobre temas variados, con posibilidades de disfrutar de viajes, espectáculos y otras distracciones, pero para él la comida consistía en el mayor de los placeres.

Conversamos mucho durante toda la velada. Me pidieron que les contara mis experiencias en el país en esos pocos días. Luego grabaron saludos para mi padre. Fue todo muy emotivo. Y con los ojos muy húmedos nos despedimos con la intención de volvernos a ver pronto en México o en Argentina.

 

 

Ana María Liberali

 

 




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