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Asunto:NoticiasdelCeHu 936/11 - VIAJANDO: Conociendo el D.F.
Fecha:Lunes, 5 de Septiembre, 2011  23:28:04 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 936/11
 

 

 

Conociendo el D.F.

 

El lunes a la mañana, los amigos de mi padre me llevaron a un hotel de dos estrellas, cerca de la estatua de Cristóbal Colón. Una zona muy agradable y más económica que la anterior. Y desde allí decidí salir a conocer la ciudad.

Subí a un taxi escarabajo, nombre que se les daba a los Volkswagen chicos, de color verde. Esos taxis tenían una tarifa más baja que los autos medianos. Como solo tenían dos puertas, se les anulaba el asiento del acompañante del conductor para poder pasar fácilmente hacia atrás, y no llevaban más que a dos pasajeros.

Le pedí que me acercara al Zócalo. El viaje duró una eternidad, porque si hay algo que caracteriza al D. F. mexicano son los embotellamientos. Y eso ocurre desde hace largo tiempo atrás. Mi padre me contaba que hubo atletas que no llegaron a la competencia durante los Juegos Olímpicos del 68, a pesar de haber salido con cuatro horas de anticipación. Sin duda el tránsito, su densidad, su desorden y el smog son parte del folklore de la Ciudad de México.

El Zócalo es la plaza principal, la equivalente a la plaza de armas de otras ciudades latinoamericanas. Es una plaza seca muy extensa, aunque no puedo calcular la cantidad de manzanas que ocupa. En ese momento había una enorme cantidad de gente debido a que se estaba llevando a cabo una actividad en nombre del Ejército Zapatista de Liberación. Me interioricé sobre el tema, grabé algunas cosas y recogí documentación.

Justo enfrente está la Catedral. Monumento de gran valor, no solo a nivel religioso sino histórico y arquitectónico. Recorrí todo el Centro caminando de aquí para allá. A cada paso encontraba un edificio sorprendente, y cada uno tenía su historia.

Al mediodía comí unas tortillas de maíz rellenas con carne de cerdo y verduras, pero no pude evitar que le agregaran una salsa picante que me dejó los labios rojos y secos.

Y después de mucho andar, decidí subirme a una especie de carrito con techo de lona, traccionado por un hombre en bicicleta. Realmente estaba muy cansada, por eso continué mi camino de esa manera. Pero la cantidad de vehículos que nos pasaban por un lado y otro, me daba mucho temor. Le pedí al señor que me llevara a lugares de interés dentro de la zona céntrica, y lo primero que hizo fue mostrarme edificios destruidos y terrenos vacíos que habían sido afectador por el terremoto del ’85. Ya habían pasado diez años y quedaban demasiadas evidencias. Una de las imágenes que más me impresionó fue ver las escaleras de incendio, sin sus escalones. Ese sismo había sacudido a todo el centro del país, la intensidad había sido de ocho en la escala de Richter, había destruido gran parte del Centro del D. F., en Acapulco varios edificios se habían desplomado como castillos de naipes, varias ciudades quedaron diezmadas, murieron casi diez mil personas y desaparecieron cerca de treinta mil. Se produjo en momentos en que gran parte de los empleados estaban en las oficinas, lo que contribuyó a aumentar la cantidad de víctimas. Justamente mi padre había perdido a uno de sus más queridos amigos en esa catástrofe. Desde ya que esa noche dormí con un solo ojo, ya que este nuevo hotel, aparentemente no contaba con todas las normas de sismoresistencia como el anterior.

Me levanté muy temprano, pero tampoco este hotel contaba con desayunos continentales, sino solo mexicanos. Por lo que ese tema de comer huevos revueltos con cerdo, cebollas fritas y cosas por el estilo, me resultaba bastante problemático. Debo confesar que en general la comida mexicana no me agrada demasiado. No soy afecta a los picantes y para ellos son tan necesarios como el aire que respiran.

Le dediqué toda la jornada al Museo de Antropología. Ya tenía conocimiento sobre él por las fotos que había traído mi padre, pero la realidad superó de lejos todo lo imaginado. A pesar de la cantidad de horas que estuve, no vi ni el diez por ciento. Es muy grande la riqueza de las muestras y la forma en que están presentadas. Es para volver una y más veces.

Los demás días recorrí otras áreas de la ciudad. Y me animé a desplazarme en el metro. Muy moderno y rápido, lo que me permitió conocer muchos barrios relativamente distantes.

Fui a ver el estadio Azteca, del que mi padre tanto había hablado. Aunque no pude entrar, por lo menos aprecié su estructura, que es un modelo arquitectónico. Entre otras cosas, tiene sus tribunas cubiertas y palcos tipo apartamento que son comprados o arrendados por particulares, desde donde se pueden ver los espectáculos con familiares y amigos de manera muy confortable.

También visité la iglesia de la Virgen de Guadalupe, principal devoción del pueblo mexicano, y Puebla. En la ciudad de Puebla hay trescientas sesenta y seis iglesias, una por cada santo del año, incluidos los bisiestos. En cada cuadra pueden visitarse varios templos. También es un lugar digno de ser abordado en más de una oportunidad.

 Al cabo de varios días me iba acostumbrando a cenar temprano y adaptando a consumir platos condimentados, pero mi estómago no estaba demasiado convencido. De todos modos, iba a permanecer unos días más en tierra mexicana.

 

 

Ana María Liberali