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Asunto:NoticiasdelCeHu 934/11 - VIAJANDO: Fin de semana en Ciudad de México
Fecha:Domingo, 4 de Septiembre, 2011  11:04:19 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 934/11
 
 

Fin de semana en Ciudad de México

 

Ya en el aeropuerto de la Ciudad de México, y habiendo cumplido con los trámites habituales, me dispuse a buscar un taxi para arribar al hotel que había reservado. Y cuando caminaba con mi valijita por uno de los amplios corredores, sentí que me había tropezado, que me había llevado por delante algún escalón. ¡Pero no! No había nada... Lo que ocurría era que México me estaba recibiendo moviéndome el piso.

Era una hermosa mañana de sábado, a mediados del mes de agosto. El auto comenzó su marcha hasta la Zona Rosa, lugar recomendado por la agencia que me vendió el pasaje, para evitar los frecuentes robos de los que suelen ser víctimas los turistas. Era la primera vez que visitaba México, y les creí. El hotel era de cuatro estrellas. La habitación contaba con dos camas enormes y un estilo antiguo muy sofisticado. Para mi era muy barato, ya que el peso argentino tenía paridad con el dólar uno a uno.

Enseguida contraté una excursión para visitar por la tarde Teotihuacan, a solo cincuenta kilómetros del Centro. Allí se encuentran las ruinas de una civilización agrícola que se estableció unos seiscientos años antes de Cristo, y que habiéndose consolidado como cultura, comenzó a edificar las pirámides y templos que se conservan en la actualidad. De la cultura teotihuanaca se sabe muy poco. Simplemente que mantuvieron actividades comerciales en gran parte de Mesoamérica, llegando sus objetos de alfarería hasta la actual Guatemala. Siete siglos después desapareció, teniendo los monumentos, lugares y creencias toponimia azteca, que era otra cultura muy diferente.

Para los aztecas Teotihuacan era un lugar sagrado. De hecho la llamaron así, porque esta palabra significa “donde los hombres se convierten en dioses,” o “lugar donde nacen los dioses,” o “lugar de los dioses.” A la inmensa  avenida central que corre de norte a sur la denominaron “Calle de los Muertos”. Comencé el recorrido por la Ciudadela donde pude ver el templo Quetzalcóatl y Tláloc. Después caminé el Miccoatli o Calle de los Muertos, y subí a la Pirámide del Sol. Allí me quedé un rato largo admirando todo el panorama, lo que ya no me dio tiempo ni fuerzas para subir a la Pirámide de la Luna, que solo fotografié desde abajo. La caminata finalizó en el Palacio Quetzalpapálotl. La altura se hacía sentir y estaba bastante agitada.

Al regreso paramos en un negocio de recuerdos y artesanías donde compré una serie de objetos, desde bijouterie hasta adornos y manteles, con el calendario azteca.

Por la noche, me comuniqué con Buenos Aires. Hablé con mi viejo quien me insistió en que llamara por teléfono a sus amigos. Quedé en que lo haría el domingo por la tarde para no molestar. También volvió a recomendarme varios lugares para visitar.

A la mañana, a primera hora, tomé una excursión a Xochimilco. Era uno de los tantos lugares que había visto en las diapositivas que mi padre trajo en el año 68, cuando fue a cubrir las notas sobre los Juegos Olímpicos.

Está muy cerca del centro de la ciudad. En el embarcadero se toma una chalupa, que es una embarcación muy básica pintada de todos colores y adornada con muchísimas flores, y se hace un paseo por los canales del antiguo lago de Xochimilco. Todas las chalupas tienen nombres de mujer y en ellas los Mariachi se encargan de poner la nota musical al paisaje, que se caracteriza por una riquísima flora.

Si bien tiene un parecido al paseo del Delta en Buenos Aires, las islas son artificiales y datan de una construcción realizada por los pueblos lacustres que se destacan en la práctica de técnicas agrícolas complejas. Todo el predio ha sido declarado por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad.

Por la tarde regresé al hotel y llamé a los amigos de mi padre. Prontamente me pasaron a buscar y me llevaron a la casa de uno de ellos, donde por ser domingo, estaban todos reunidos. Para mi sorpresa, me encontré con la mesa preparada para almorzar. ¡Eran las cuatro de la tarde! Había una enorme cantidad y variedad de comida. Pero no pude probar bocado porque ya había comido algunos platos típicos que preparan en Xochimilco.

Conversamos bastante sobre México, Argentina, Cuba, sobre sus actividades y las mías… Era evidente que su pasar era más que holgado porque trabajaban en bancos, laboratorios y periodismo, y que estaban mucho mejor remunerados que en Argentina. Así y todo se horrorizaron de lo que estaba pagando en el hotel, en las excursiones y en los negocios y taxis de la Zona Rosa. En realidad, los verdaderos ladrones estaban allí y no tanto afuera. Por lo que me ofrecieron cambiar de hotel, cosa que hice al día siguiente.

 

 

Ana María Liberali