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Asunto:NoticiasdelCeHu Cuando patentar las ideas raya en lo estúpido
Fecha:Viernes, 2 de Septiembre, 2011  22:32:40 (-0600)
Autor:Geóg. Homer Dávila <hdavila @..........com>

Hace unos días atrás me llamó poderosamente la atención como un colega me pidió información acerca de una actividad que yo estaba a punto de materializar.

Idea que siempre había rondado mi cabeza por varios años, una idea al fin al cabo. Una idea germinando, una idea en pañales.

- Usted no puede hacer eso, porque ya  ‘….’ está registrada y patentada.

Tremenda sorpresa generó en mí, leer aquella aseveración, que rayaba en la amenaza.

Fue como saber que estas soñando dormido, y de repente llegase una persona a despertarte por medio de salpicarte la cara con gotas de aguas. Es decir: ¡despierta!

No habían pasado ni cinco minutos que me había pedido que le comentara los mínimos detalles de mi idea que ya era un proyecto. Razón por la cual, como es lógico, muy entusiasmado, decidí a compartir los pormenores.

Me pareció ridícula tal postura. Patentar una palabra y una expresión es lo más ridículo que había escuchado en toda mi vida.- le dije-.

Era algo descabellado impedir que llevase a cabo mi idea y mi proyecto, solamente porque ya habían registrado una marca que coincidía con el título de mi proyecto.

 

No puede ser- respondí- Eso es ridículo. Porque mi proyecto es eso. Nadie puede patentar las palabras. Si eso fuese así ¿qué sería del lenguaje? Nadie podría hablar, no podríamos comunicarnos; porque de lo contrario podríamos ser demandados ante un tribunal, el cual o nos metería a la cárcel o bien nos obligaría a pagar una indemnización por el uso de las palabras.

-Se lo cuento porque yo formo parte de ‘….’  y sé del caso en que Coca Cola demandó a una empresa por haber utilizado su nombre para bla bla bla y bla.

Tal vez eso sea cierto. No tengo cómo ponerlo en duda. Pero patentar el habla y las palabras es lo más estúpido y sin sentido que se haya realizado antes en ésta vida y en todas las vidas por haber o por ser imaginadas; aquí, en China, en el fondo de la fosa de las Marianas o en los discos de polvo, hielo y rocas de Neptuno.

Como acostumbro a hacer con todos los temas que ponen en duda mi estatus quo o bien aquellos que me calan hondo, seguí analizando éste hecho. Y pues bien, han salido muchas más preguntas y sólo una respuesta.

¿Puede alguien erogarse el derecho de patentar una palabra, una frase o un nombre ficticio?

Si la respuesta a la pregunta anterior es afirmativa, entonces ¿qué sucede con el idioma, con la libertad de competencia y con el resto de libertades de pensamiento?.

¿Existe algún delgado límite entre patentar una marca y patentar el idioma? ¿Cuándo y bajo qué condiciones es prohibido la utilización de frases, palabras o símbolos que no han sido inventados por nosotros? ¿Puede alguien patentar realmente ideas o simplemente usufructuar de los primeros frutos de dicha idea?.  Es decir que a sabiendas de que las ideas puedan ser patentadas, ¿es prohibido pensar igual a otras personas?.

Analizando éste hecho, recordé el caso célebre del nacimiento del cálculo diferencial, cuando el físico y matemático Sir. Issac Newton y el barón Gottfried Wilhelm von Leibniz, trabajando de forma completamente independientes, llegaron al mismo punto;  descubrieron el cálculo diferencial.

El ejemplo anterior nos remite indudablemente a la interrogante: ¿Pueden dos mentes de forma independiente, generar las mismas ideas? La respuesta es sólo una: sí.

Si seguimos desenrollando la bola de nylon, lograremos llegar al punto que nos ha traído aquí. ¿Cómo alguien puede patentar una idea e impedir que otras personas puedan llegar a la misma idea de una forma independiente? La razón nos arroja a lo que yo suelo llamar el síndrome del hijo único.

Cuando se es hijo único, se es además muchas cosas. Se es el príncipe, el heredero, la joya más preciada que tienen los padres. Es decir: se es todo.

Pero tremendo golpe recibe el niño cuando debe ser destetado o cuando tiene que compartir la teta con otro hermano.

Eso mismo sucede cuando las personas creen tener el derecho de usufructuar de una idea, que creen única. Idea que sólo puede provenir de su mente privilegiada.

La realidad muestra que no existe ninguna ley universal que impida que las ideas tengan que ser diferentes con respecto de un individuo a otro, o bien que impida que dos personas piensen lo mismo.

Ahora bien, si se compara éste hecho con nuestro tema principal, veremos que patentar el idioma es lo más descabellado que existe. ¿Cómo podríamos impedir que otras personas utilizasen la palabra ‘vergutil’ alegando que ésta es producto de nuestra imaginación? Y mucho menos aún, ¿con qué derecho vamos a patentar las palabras de uso común? ¿No será demasiado cínico decir que una frase o palabra es nuestra si ni siquiera hemos sido los primeros en pensarla e imaginarla?

La sociedad domesticada, las masas tituladas a las cuales me he referido en artículos anteriores, jamás podrán ser originales ni mucho menos crear ideas propias, porque su axioma natural es la imitación, el robo, la transmutación y la copia barata.

Éste sector, solamente vive para copiar, antes que generar. Viven para destruir antes que construir. Viven para poseer, antes que ser. Sus cortas capacidades imaginativas no les permite comprender que las ideas puedan generarse y que sin embargo no sean únicas.

Corremos un grave peligro al permitir que los destructores de ideas sigan destruyéndolas. En tiempos como estos, hoy y siempre, es necesario fomentar la creación de nuevas ideas, porque las nuevas ideas generan nuevos paradigmas, y los paradigmas nuevos, nos ofrecen nuevas formas de cómo hacer las cosas, y de cómo pensarlas.

Por tanto, como se ha visto, patentar lo impatentable es un absurdo, un ridículo. Patentar lo que no nos costó nada. Patentar lo que otros hicieron o imaginaron. Patentar con el único fin de excluir. Exclusión de las ideas, es un irracionalismo un nihilismo absoluto y pleno.

 

Si tuvieses la oportunidad de patentar algo ¿qué sería?

-  De ahora en adelante patentaré mi profesión, para que nadie pueda ejercerla. Patentaré la vida, para que nadie pueda vivir. Patentaré la muerte, para vivir eternamente. Patentaré el aire, para que nadie pueda respirarlo. Patentaré las sonrisas, para que todos sigan tristes. Patentaré a Dios, para que él sea un simple juez de justicia. Patentaré la justicia, y estaré por encima de ella. 

 

¿Quién puede patentar la vida? 


Por:

Msc. Geóg. Homer Dávila G 

Geógrafo y máster en geología.

Geo Group Resources & Projects S.A.Ced. Jurd. 3-101-554779

San José, Costa Rica.

e-mail: hdavila@geogroupcr.com 

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