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Asunto:NoticiasdelCeHu 564/11 - VIAJANDO: Carnavales en Bolivia
Fecha:Martes, 7 de Junio, 2011  22:20:51 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 564/11
 

 

Carnavales en Bolivia

 

En febrero del ’88, salimos de la estación Retiro del ferrocarril Gral. Bartolomé Mitre. rumbo a San Salvador de Jujuy. El grupo estaba conformado por Roberto, Omar, Aníbal y mis hijos Alicia (12), Fernanda (11) y Enrique (6). Aunque no muy eficiente, Argentina tenía una importante red ferroviaria, que permitía disfrutar mucho más de los viajes largos, además de su baratura. Los niños menores de doce años, pagaban medio boleto y había algunas otras ventajas adicionales. Pero el tiempo era extremadamente largo. Vías y equipos deteriorados generaban sendos atrasos. Pero a nosotros no nos preocupaba porque estábamos de vacaciones, y eso cambia las cosas.

Habiendo partido pasado el mediodía, el tren atravesó la provincia de Santa Fe por la noche, llegando a Pinto, provincia de Santiago del Estero por la mañana. La gente subía y bajaba en cada estación, y a mis hijos les causaba gracia no solo que los santiagueños pronunciaran las eses de una manera muy marcada, sino que se las agregaban a las palabras que no las tenían. Y cuando el guarda le preguntó a uno, dónde había subido, éste contestó: -“En Pintos”.

Pero la función del tren, además de la de transportar pasajeros y cargas, era la de proveer de agua a los pueblos de esa provincia. Por lo tanto, paraba hasta en pequeños parajes y esto también contribuía a atrasar el recorrido. Y después de veintiséis horas de viaje, entramos a San Miguel de Tucumán. Antes de ingresar a la estación, en una zona donde el tren aminoraba la velocidad, había como siempre, una gran cantidad de niños esperando al tren para que desde él se les tiraran comida y juguetes.

 

 

 

 

Y en Tucumán, debíamos cambiar de tren. Solo el ferrocarril Gral. Manuel Belgrano, de trocha angosta, llegaba a Jujuy. Partimos a la mañana siguiente a primera hora. El paisaje es hermosísimo. El tren iba muy despacio y pegado a las paredes de los cerros. Podíamos tocar la vegetación. Estábamos atravesando la selva tucumano- salteña o tucumano-oranense. A medida que nos acercábamos al mediodía la temperatura ascendía y la humedad la hacía muy molesta. También aparecían cada vez más insectos. Pero valía la pena… El tren se paraba sin causa aparente, lo que atrasó mucho el viaje. Y ya entrada la noche llegamos a San Salvador de Jujuy.

 

 

 

 

Paramos en la Residencial San Carlos, recorrimos la ciudad, comimos humitas en chala, y a la noche fuimos a tomar algo a La Royal. Para eso, desde el restorán de los Suboficiales de la Policía, cerca de donde nos alojábamos, hasta la confitería, teníamos que cruzar el puente sobre el río Xibi-Xibi, que era un hilo de agua.

La Royal era la confitería donde los habitantes de San Salvador con buen poder adquisitivo iban por las noches. Lo que nos había causado gracia en años anteriores, era que un grupo de personas se instalen en las mesas de la calle, y los que se ubicab adentro se sienten todos mirando hacia la calle y no se miren entre ellos. De esa manera veían pasar a los que salían a dar vueltas con sus autos, saludándose con la mano y una sonrisa. Efecto mostración. Y nosotros ibamos en jean y zapatillas, muy mal vestidos para las características del lugar, pero como hablábamos con acento porteño, nos permitían esa osadía. De todos modos, los que lucían sus mejores pilchas, nos miraban muy mal.

Esa noche todo se manifestaba como siempre, hasta que de repente, se largó la tormenta… Algunos de los que estaban en las mesas de la calle se fueron y otros entraron al salón para refugiarse. Primero el viento comenzó a llevarse las sombrillas, luego el agua avanzó sobre la calle que quedó convertida en río, después subió a la vereda, y veíamos cómo la correntada se llevaba sillas y mesas. Pero más tarde el agua entró a la confitería, donde estábamos todos parados y concentrados hacia el fondo. Muchos arruinaron sus prendas, a pesar de salir con los zapatos en la mano. Nosotros esperamos hasta que la tormenta pasara y bajaran un poco las aguas de la calle, porque no teníamos demasiado ajuar para cambiarnos. Pero si bien el viento amainó y la lluvia se hizo más finita, tuvimos que salir corriendo por las diez cuadras que nos separaban del hotel. Ahora, el Xibi-Xibi estaba crecidísimo. Y esa experiencia nos sirvió para comprender lo que es una tormenta de verano en esa región.

Continuamos viaje hacia el norte. Fuimos nuevamente a Tilcara a visitar el Pucará. Y seguimos hasta Humahuaca, donde participamos del Tantanakuy. El Tantanakuy, que en quechua significa “encuentro”, es una especie de asamblea musical que se realiza en la Quebrada de Humahuaca todos los años en tiempos del carnaval. Participan todos los artistas de la región, conocidos como desconocidos. Se hace al aire libre para toda la comunidad y es totalmente gratuita. Durante este encuentro, se puede asistir a diferentes ceremonias y costumbres milenarias, enraizadas profundamente con el antiguo Imperio Incaico. Las escalinatas del monumento a la Independencia, nos sirvieron como gran platea. Pero también la chicha y otras bebidas alcohólicas no permitieron que todos quedaran en pie hasta el final, que fue bien entrada la madrugada.

 

A un año del viaje anterior, estábamos nuevamente en La Quiaca. Esta vez paramos en un hotel con baño compartido. Nadie va a La Quiaca en esta época porque la mayor parte de los turistas prefieren la playa, y los que no, piensan que hace demasiado calor. Por lo tanto el baño lo compartíamos entre nosotros que éramos los únicos ocupantes del hotel. Y eso tenía dos ventajas, una el precio, y la otra que se mantenía en mejores condiciones que un baño privado porque entraban a limpiarlo a cada rato.

La llegada a La Quiaca era simplemente para continuar viaje a Bolivia. Así que mochilas a espalda, decidimos hacer el cruce, viendo que no controlaban a nadie. ¡Pero a nosotros sí! Esta vez nos pidieron documentos del lado argentino y el problema era que Aníbal tenía solo quince años y no estaban sus padres. No podíamos creer que fueran tan respetuosos de la ley. Por lo que nos resignamos a volver, cuando el gendarme nos dijo: -“Hay una escribana que lo puede autorizar”, y nos indicó su dirección, a solo dos cuadras del puente internacional.

 Cuando llegamos, había una enorme fila esperando a ser atendida. Nos pusimos al final de todo y alguien vino a tomar los datos en una planilla. Nosotros le dimos el nombre del menor y los nuestros, pensando que la escribana nos haría responsables a nosotros. Debíamos pasar a buscar la autorización en una hora previo pago de un módico arancel, y cuando vimos el escrito, ¡no lo podíamos creer! Decía: -“Doy fe, que ante mí, se presentaron los padres de..., quienes al no saber leer ni escribir, autorizaron de palabra a que su hijo saliera del país…” Todo absolutamente arreglado. Miles de esas autorizaciones por día. Nosotros teníamos buenas intenciones, pero es alarmante cómo de esa manera puede llevarse a cabo, legalmente, el tráfico de menores.

Al pasar al lado boliviano, el trato no fue muy agradable. En ese momento gobernaba el país Víctor Paz Estenssoro, y quienes estaban en la frontera eran bastante prepotentes.

 

 

 

 

Caminamos por la calle principal colmada de negocios, gente y suciedad y llegamos a la estación del ferrocarril con el fin de sacar un pasaje hasta Oruro, capital del carnaval. Pero en el andén había una enorme cantidad de personas, la mayoría cholas con niños y paquetes, que estaban sentadas en el suelo. Y en la ventanilla nos dijeron que nos venderían los pasajes una vez que llegara el tren, ¡ y que podía tardar entre un día y una semana!

Descartando este medio de transporte, fuimos en busca de algún ómnibus. En una playa de estacionamiento de tierra, había micros que salían para todo el país, con gente que anunciaba a los gritos su destino. Ese tipo de avisos tiene que ver con el alto índice de analfabetismo de este país.

Nos subimos a uno que se anunciaba a Potosí. Era muy importante para nosotros conocer esa ciudad que dio origen a lo que actualmente es la Argentina. Piénsese que en el siglo XVIII Potosí era la ciudad más importante de América del Sur, y el río de la Plata prácticamente no tenía importancia si no fuera por las ansias de llegar a Potosí por vía fluvial. Es más, el crecimiento de Buenos Aires tuvo que ver con el camino alternativo de los contrabandistas de sacar la plata potosina por esta vía, en lugar de hacerlo por la ruta oficial del Pacífico. Y el nombre del país, así como el del río de la Plata, y las ciudades de La Plata y Mar del Plata, tienen que ver con la fiebre de ese metal  en esas tierras. Por eso Martín del Barco Centenera escribió en 1602, el poema “La Argentina y Conquista del Río de la Plata”, tierra de argentum (plata),  que posteriormente le diera nombre al país.

Bolivia estaba bastante caro para los argentinos, por lo tanto, nos alojamos en un hotel bien barato. Y salimos a conocer la ciudad que se encuentra a 4000 msnm sobre la falda del cerro Sumaq Orcko, que en quechua significa Cerro Rico, y que contenía la mina de plata más grande del mundo.

La inmensa riqueza del Cerro Rico y la explotación extrema a la que los españoles sometieron a la población indígena, hicieron que la ciudad creciera rápidamente contando con ciento sesenta mil habitantes a principios del siglo XVII, por encima de París, Londres e incluso que Sevilla. Su riqueza fue tan grande que tuvo la primera Casa de la Moneda de toda Sudamérica. En el Quijote, Miguel de Cervantes Saavedra hizo referencia a algo que vale una fortuna mediante el dicho “vale un Potosí.”

Los españoles disfrutaban de un lujo increíble. En esa época ya la ciudad contaba con treinta y seis iglesias con altares ornamentados en plata, casas de juego, escuelas y salones de baile, teatros y tablados para fiestas que lucían tapices, cortinados, blasones y obras de orfebrería. En las casas de los mineros ricos había perfumes, joyas, porcelanas y objetos suntuosos, y hasta se dice que las herraduras de los caballos eran de plata.

Pero todo esto se lograba a costa de la explotación infrahumana de la población indígena. Decenas de miles de nativos fueron sometidos a la mita, que era un sistema de esclavitud ya existente en el período incaico, pero que los conquistadores intensificaron. A los mitayos se los hacía trabajar hasta dieciséis horas diarias cavando túneles y extrayendo mineral manualmente o a pico. Derrumbes, accidentes y rebeliones ahogadas a sangre y fuego, fueron terminando con los indígenas, por lo que importaron esclavos negros que eran más baratos que reemplazar a un burro.

Pero la producción de plata entró en crisis y a mediados del siglo XVIII la población había disminuido a menos de la mitad, tendencia que continuaría en los años sucesivos. Desde 1776, dejó de depender del Virreinato del Alto Perú que tenía capital en Lima, y pasó al Virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires. Dejó de enviarse la plata por el puerto de Arica, y se oficializó la ruta al río de la Plata, que es la actual ruta nacional nro. 9. Posteriormente, durante la primera mitad del siglo XIX comenzó la producción de estaño, que continuó durante todo el siglo XX, en condiciones de explotación similares a las coloniales.

Actualmente, se conservan las iglesias de estilo barroco y las elegantes mansiones, convertidas en museos. Los frentes, los balcones, todo era motivo de nuestra admiración. Pero tal cual en la etapa de esplendor, se veía una muy pequeña elite de muy alto poder adquisitivo junto a una enorme población en condiciones de pobreza extremas. Y toda esa maravilla arquitectónica desmerecida por el espantoso olor a orín ya que a falta de otras posibilidades, la gente hace sus necesidades donde puede. Y las paredes de los edificios son uno de los lugares predilectos.

Regresamos al hotel y mi mochila no estaba. La dueña dijo que ella no se hacía responsable porque había “mucho mochilero”. Fui al Departamento de Policía a hacer la denuncia. Había varias personas orinando en sus muros, inclusive los que estaban custodiando el edificio. Entré y expliqué lo acontecido. Me respondieron que era lógico porque estábamos en carnaval y mandinga estaba suelto, y por eso, ellos no podían hacer nada al respecto. ¡Genial! ¿Qué les iba a decir? Semejante pretexto para no tomar la denuncia. No sabía si reírme o enojarme. Pero, siguiendo su sana filosofía, al estar en carnaval, opté por lo primero. Les agradecí el haberme escuchado y me fui.  No tenía gran cosa, solo algo para cambiarme y un libro, que fue lo que más lamenté porque no lo pude reponer durante el viaje. Por lo demás, fui al mercado y me compré algunas prendas a bajo precio. Y, desde ya, que cambiamos de hotel. El nuevo hotel tenía un patio central hacia donde daban todas las habitaciones, pero lo que más nos llamó la atención fue la cantidad de bacinillas que estaban siendo lavadas en un gran piletón. Y en eso consistían los sanitarios. El lavatorio era una pileta de lavar la ropa situada en el patio, compartida por todos.

Cerca de allí había varios lugares donde comer menúes que incluían sopas, que eran muy picantes, no aptas para los chicos nuestros. Pero los de allí las tomaban con toda naturalidad. Yo un día la probé y me quedó toda la boca ampollada. Por eso comenzábamos con el segundo plato que solía tener alguna carne, de vacuno o pollo, papas y arroz blanco. Tampoco mis hijos y yo podíamos comer los guisos, debido a la cantidad de condimentos, aunque los hombres del grupo disfrutaban mucho de esas especialidades.

Al día siguiente cerraron todos los comercios, hasta las farmacias, e incluso el Departamento de Policía. Y comenzaron a aparecer las cholas que vendían comida o tejidos en las calles, pero con un nuevo rubro: bombuchas y huevos para el carnaval. Las bombuchas ya estaban cargadas con agua y las mantenían en grandes fontones. Y los huevos estaban pintados y cargados con agua y colorante. Durante el año, se utilizan clara y yema sacándolas por un pequeño orificio y se guardan las cáscaras para el carnaval. Entonces se las carga con agua de colores y se los tapa con vela.

Y a partir de ese momento, ricos y pobres comenzaron a jugar en las calles. Pasaban con autos importados, tiraban bombuchas, huevos y baldes de agua desde los balcones. También harina. Hasta el camión del ejército pasó tirando agua. Nosotros comprábamos bombuchas, y algunos veían que no teníamos huevos y nos regalaban algunos para que pudiéramos jugar. Otros pasaban tomando chicha y nos convidaban. Blancos y collas, en auto o en burro, niños y viejos, todos igualados por el carnaval. Nunca habíamos visto algo así. Y nos divertimos a más no poder. La situación me hacía recordar a la canción Fiesta de Joan Manuel Serrat cuando refiriéndose a la Fiesta de San Juan en España decía: “Y hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano, sin importarles la facha…” Y pasadas las horas, el alcohol superó al agua y muchos terminaron tirados en las veredas absolutamente dormidos.

Después de unos días tomamos un micro que nos llevaría hasta la ciudad de Sucre. También subimos a él en una playa desde donde partían hacia todas partes. Se sacaba el boleto allí mismo, porque nunca se sabía a qué hora llegaban, si llegaban… Eran muchos los accidentes y muchas las causas por las cuales se anulaban los servicios. Si no había suficientes pasajeros o bien si había un desperfecto mecánico, el servicio se cancelaba sin previo aviso ni reposición.

El ómnibus que tomamos era como los que llevan a los escolares en Estados Unidos, pero viejo y desvencijado. Cargaban bultos y más bultos en la parrilla del techo, lo que además, le quitaba estabilidad. Iríamos por un camino montañoso con grandes precipicios, ruta en mal estado y de tierra. Tragamos saliva y subimos. ¡No teníamos otra! El chofer estaba pasado de alcohol y de coca, pero yo pensaba que si estuviera sobrio, no embocaría las curvas. Tal vez era una forma de resignación. Desde ya que no dormí en toda la noche. Pocas veces había sentido tanto temor, porque además, todas esas condiciones no impidieron que fuera a gran velocidad.

Sanos y salvos llegamos a Sucre a la mañana. Buscamos un hotel y salimos a caminar la ciudad, que se encuentra en una cabecera de valles de clima cálido y seco, a 2750 msnm. Son las tierras medias entre la meseta andina y los llanos del Gran Chaco, límite entre los afluentes del Amazonas (ríos Chico y Grande), y los de la cuenca del Plata (Cachimayo y Pilcomayo); frontera entre los pueblos de las tierras altas, Aymaras y Quechuas, y los de las tierras bajas, Guaraníes.

Sucre ha sido conocida hasta 1538 como Charcas, nombre del pueblo originario; como La Plata, entre 1538 y 1776 durante el período colonial del Virreinato del Perú; como Chuquisaca, entre 1776 y 1825, período colonial del Virreinato del Río de la Plata; como La Ilustre y Heroica Sucre, desde 1825 a partir de la República. Y también con algunos sobrenombres como “la blanca”, “la vieja”, o “la culta”. Este apelativo de culta tuvo que ver con que la Universidad de Chuquisaca fue la más prestigiosa de la región, donde se trasmitían las ideas de liberación e ideología roussoniana. Fue la cuna del “primer grito libertario de América” el 25 de mayo de 1809. De hecho, ha sido relevante en los procesos de emancipación americana, ya que allí se formaron los dirigentes más destacados de los procesos revolucionarios, como Mariano Moreno, Bernardo Monteagudo, José Ignacio Gorriti, José Mariano Serrano, Juan José Castelli, militantes de primera línea en la revolución argentina; Manuel Rodríguez de Quiroga, protagonista de la independencia de Ecuador; Mariano Alejo Álvarez, precursor de la revolución peruana; y Jaime de Zudáñez, primer Presidente de la Corte Suprema de Justicia del Uruguay. Es la capital histórica y constitucional de Bolivia, pero allí solo funciona el Poder Judicial, mientras que el Ejecutivo y el Legislativo residen en La Paz.

Después de caminarla un buen rato, fuimos hasta un puesto en la Plaza de Armas, a comprar el diario. Nos dijeron que no lo tenían porque no lo habíamos encargado. Y además, llegaba desde La Paz, y con un día de atraso. Si tenemos en cuenta su historia y lo que esta ciudad representó en la época colonial, parece inaudito.

En su planta urbana puede leerse la historia de Bolivia. El barrio Recoleta se caracteriza por su trazado sinuoso, original de la ciudad de los Charcas, donde la capilla franciscana se levanta sobre el antiguo templo de Tanga Tanga. El actual damero del centro histórico representa a la ciudad renacentista, del período colonial. El ensanche republicano en la circunvalación de la antigua vía del ferrocarril con fachadas neoclásicas o afrancesadas, es de los años 40. Mientras que los barrios obreros, del período industrial, que siguen el modelo anglosajón de la ciudad jardín, datan de los ’80. Y los barrios periféricos se ubican en torno a los ejes interregionales. Su población hace gala de hablar un castellano antiguo y riguroso, y se consideran más instruidos que los habitantes del resto del país, caracterizándose por su mentalidad conservadora.

Con todas estas características, sin embargo, fuimos a la terminal de ómnibus para sacar un pasaje hacia la ciudad de Oruro, y la encontramos cerrada. Quienes estaban en el lugar dijeron que debido al carnaval, estaban suspendidos los servicios interurbanos porque los choferes estaban “machaditos”, es decir, borrachitos. Por lo tanto, no sabían cuándo se iban a reiniciar los viajes. Y de hecho, la gente comenzó a sentarse en el piso a esperar. Y subieron a los primeros micros que iban llegando, a cuentagotas, varios días después. Por lo tanto, nosotros esperamos a que todo se normalizara, y nos quedamos sin ir a Oruro, no solo porque ya se había enterrado el carnaval, sino porque se nos habían terminado las vacaciones.

 Mis hijos, en especial Alicia, habían protestado por todo, salvo por el carnaval que les encantó; pero este viaje les sirvió mucho para su formación personal.

 

 

Ana María Liberali

 


 

 





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