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Asunto:NoticiasdelCeHu 553/11 - VIAJANDO: En el Extremo Norte de la Argentina
Fecha:Sabado, 4 de Junio, 2011  19:38:11 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 553/11
 
 

  En el Extremo Norte de la Argentina

 

Salimos de Iruya precipitadamente antes de que la lluvia dejara intransitable el camino. Nos llevó la camioneta de Gendarmería Nacional. Los gendarmes iban hasta Salta Capital para atenderse en el hospital. Nos contaron que no tenían combustible para la camioneta ni helicópteros para controlar el paso de los narcos. Los narcos sí tenían helicópteros para controlarlos a ellos…

Nosotros nos bajamos en Iturbe, ya provincia de Jujuy, porque la camioneta continuaba camino hacia el sur y nosotros, hacia el norte. Todavía nos quedaba un tramo para llegar a la ruta nacional nro. 9,  que nos llevaría a La Quiaca. No había prácticamente vehículos allí. En el pueblo había muchas casas vacías con candado, signo de su virtual abandono, por lo que aceptamos que el camión de la basura nos llevara hasta el cruce. La mujeres y las nenas fuimos adelante, y los hombres atrás. El camión estaba vacío, pero de todos modos el olor era insoportable. Y no podíamos quejarnos porque nos llevaba especialmente a nosotros.

En el cruce no había nada. Ningún refugio, y solo dos policías en una especie de garita. Comentamos que seguramente ese era un lugar donde no tendrían mucho trabajo. Nos contaron que todo lo contrario. Era allí donde se encontraban los narcos para intercambiar mercadería por dinero. Y que muchas veces todo terminaba a los tiros, como en el Lejano Oeste. Y que habiendo controles, era probable que enviaran a las mulas solas, que ya conocen el camino y que en caso de que las descubrieran, era difícil que las llevaran presas. Por otra parte, también dijeron que seguramente si ese día los enviaban a cuidar ese lugar, era porque el cargamento del gobernador de Salta iría por otro lado. Se estaban refiriendo a Roberto Romero, a quien se acusó en varias oportunidades de narcotraficante y tratante de blancas.

Mientras tanto, el tiempo pasaba, y los vehículos, no. Ni el ómnibus ni nada que tuviera capacidad para llevarnos. Hasta que de pronto, paró un camión cubierto con una lona, y nos ofreció viajar atrás. Nos aclaró que solo iba hasta Abra Pampa, pero aceptamos igual, porque por lo menos nos quedaríamos en un pueblo. No sabíamos qué llevaba hasta que subimos. ¡Eran garrafas! Y tuvimos que sentarnos sobre ellas. Yo iba pensando que si se producía un accidente, íbamos a llegar volando hasta La Quiaca, pero pese a eso, trataba de tranquilizar a mis hijas y tomarlo a risa.

Llegamos a Abra Pampa, plena Puna, más de 3600 msnm. La temperatura era de alrededor de 10ªC, y con mucho viento. ¡Y estábamos en verano!

Por suerte, en no más de una hora, llegó un micro, El Panamericano. Viejo, desvencijado y repleto. La mayor parte de la gente era colla. Nos hicieron lugar. Y, por fin, ya entrada la tarde, llegamos a La Quiaca.

Nos hospedamos en un hotel sencillo pero cómodo. Salimos a comer a un bolichón que llamaban “Lo de la Tía”. Lo atendía una mujer con carácter muy fuerte. Piénsese que acudían muchos hombres y tenía que limitarlos con el trago. Pero sus modales toscos los conservaba con todos los clientes, incluso con nosotros que estábamos con dos criaturas. La mujer me caía bastante mal y su comida también. Todo estaba limpio pero tanto los fideos de las sopas como los tallarines, absolutamente pasados. Lo único bueno era el precio, un verdadero regalo. Enseguida de comer, a dormir. Estábamos agotados.

A la mañana siguiente, mi hija Fernanda se levantó descompuesta. Yo no sabía si era por la altura o por la cena. Así que la llevé al hospital. Mientras estábamos en la sala de espera de la guardia, observamos que había dos consultorios de dentistas. Uno no tenía casi pacientes, y para el otro, había un montón de gente esperando. La curiosidad se apoderó de mí, y pregunté a los pacientes, por qué esa diferencia. Varios me contestaron a la vez. Me dijeron que el dentista al que esperaban, era boliviano, hablaba quechua y les hacía hacer buches con yuyos de la zona para adormecerles las encías. En cambio, el otro, era de Buenos Aires, no le entendían lo que les decía, y además les aplicaba inyecciones… Al cabo de un rato, la atendieron a Fernanda, y la doctora cordobesa le recetó té de coca para curar su dolencia.

Salimos a caminar. ¡Qué ciudad tan fea! Tal vez el verano sea la peor estación, porque además de la baja temperatura, caen los 350 mm en esta época, mientras el invierno es seco y soleado.

A poco más de una cuadra del puente internacional con Bolivia, está el edificio de Gendarmería Nacional, con la consecuente guardia de seguridad. Y justamente enfrente, vimos varios camiones desde donde se bajaban gran cantidad de cajas. Estábamos a principios del año 87, en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, momento en que se enviaban a todo el país, las famosas “Cajas Pan”, que contenían alimentos no perecederos y leche en polvo para la población más necesitada. Y las cajas que estábamos viendo eran esas. Muchas personas a la vez las desarmaban y separaban su contenido, además de acumular los cartones por otro lado. Allí mismo había un depósito donde guardaban todo eso, y luego era llevado por las cholas, al sector boliviano donde se las vendía a los comercios minoristas. ¡Pingüe negocio! Y a la vista de todos.

El antiguo camino al Alto Perú pasaba por Yavi, a quince kilómetros hacia el este. En 1647 había instalado su residencia el encomendero Pablo Bernárdez de Ovando. En 1708, un sucesor, obtuvo de la Corona Española el título de Marqués de Tojo y Yavi. Hoy pueden visitarse los aposentos familiares, a los que se los llama la Casa del Marqués.

Yavi conoció el paso de los ejércitos durante la Guerra de la Independencia, y posteriormente durante la Guerra contra la Confederación Peruano Boliviana. Con la llegada del ferrocarril a la frontera en 1907, y el surgimiento de La Quiaca, entró en el letargo actual. Este pueblo es un verdadero oasis y está construido totalmente en adobe. Se puede admirar la iglesia dedicada a San Francisco que data de fines del siglo XVII, casi tal cual como era entonces. El púlpito, los altares y los retablos son realzados por una cubierta de oro a la hoja. Los cuadros y las esculturas fueron llevados desde el Cuzco.

Pero el camino hacia el este continuaba 100 kilómetros más y poniendo el dedo en el mapa, nos tentamos con visitar Santa Victoria Oeste. Fuimos a una playa de camiones y arreglamos horario y precio hasta el destino. Sabíamos que el camino era montañoso y difícil. Ni el camión ni el camionero nos daban mucha confianza, pero no había opción. En cuanto partimos, el chofer se tomó unos tragos de vino y acto seguido, armó su acullico con hojas de coca, bicarbonato y una piedrita, y comenzó a mascarlo.

Santa Victoria Oeste es la cabecera del Departamento Santa Victoria, de la provincia de Salta, pero no tiene comunicación con la ciudad de Salta, capital de su provincia, sino a través de la provincia de Jujuy. Se encuentra en el borde oeste de las selvas de las Yungas, en el punto extremo donde los bosques se pierden para dar paso a los pastizales pre-puneños.

Comenzamos el ascenso por la Cordillera Oriental, también llamada Precordillera Salto- Jujeña, que es justamente el límite de precipitaciones provenientes del Atlántico. Es por eso que sus laderas orientales son selváticas, mientras que las occidentales, solo tienen plantas xerófilas. Ingresamos al Abra de Lizoite por camino de cornisa y a 4500 msnm, encontramos el límite entre las provincias de Jujuy y Salta. Alicia (11) y Fernanda (10), quisieron bajar para sacarse una foto junto al cartel que indicaba el  límite, y a pesar de estar en pleno verano, ¡estaba nevando! A partir de allí, comenzamos el descenso hasta los 2500 msnm, por un camino espectacular, indescriptible, y muy punoso.

La pequeña villa se encuentra enmarcada por los cerros Bravo y San José por el oeste, y Astilleros, Paraguay y Vallecito, al este, y la confluencia de los ríos Acoyte y La Huerta. La población, de alrededor de seiscientos habitantes, casi insular, vivía de la cría de ganado caprino, ovino, y algún bovino; y fundamentalmente del cultivo de maíz, quinoa, porotos, nueces y frutales. Los primeros pobladores datan de fines del siglo XVIII, y se trató de campesinos de ascendencia española.

El pueblo tiene una plaza frente a la cual se encuentra la iglesia, pequeña, de una sola nave, sin torre y con paredes anchísimas de adobe. Y allí bajamos del camión cinco adultos y dos niñas con sendas mochilas. Eran aproximadamente las cinco de la tarde. Comenzamos a caminar buscando un lugar donde tomar algo y dónde hospedarnos. Los pocos parroquianos que encontramos al paso, nos saludaron con cautela y siguieron de largo. Hasta que de pronto…, nos interceptó la autoridá. Era el comisario. Idéntico al personaje de los sainetes. Gordo, con ojos saltones y un frondoso bigote que le daría miedo a cualquier niño de la década del ’30, y risa a los de ahora. Alguien lo alertó de nuestra presencia y fue a ponerse el uniforme. Seguramente lo tendría desde mucho tiempo atrás, porque la enorme panza le sobresalía y no se lo podía abrochar. Nos causó mucha gracia y por eso sonreímos. Parecimos más amables de lo que realmente éramos.

Nos hizo varias preguntas, entre ellas a qué nos dedicábamos. Le dijimos que éramos geógrafos, pero él entendió “geólogos”, lo que nos vino muy bien porque de esa manera caímos mejor que cuando advierten que nos dedicamos a una ciencia social.

Nos dijo que nos podíamos hospedar en el único lugar habilitado para tal fin, que era el Albergue Municipal, pero que no se abría desde el invierno, en que habían venido unos franceses. Reconoció que allí nunca iban argentinos, siempre europeos. Así que abrirían el albergue para nosotros, pero que no tendríamos agua caliente porque no era posible encender las calderas de manera inmediata. Por lo tanto, nos ofreció ducharnos en la comisaría, cosa que desde ya aceptamos.

Al día siguiente, ya todos los policías se habían distendido del impacto que les habíamos causado, y todos volvieron a la vida normal, es decir, sin uniformes. Tomaban mate, coqueaban, y nosotros entrábamos y salíamos de la comisaría como si fuera nuestra casa. Esto trajo aparejado que la gente, al ver que los policías nos “habían aceptado”, nos saludaban muy bien y respondieran a todo lo que les preguntáramos, incluso pudimos visitar alguna quintas y probar algunos productos. Una de las mujeres me dijo que había quienes decían que ellos pasaban hambre y que eso no era cierto, ya que ella y sus hijos comían papa y choclo todo el año. Le preguntamos si recibían las Cajas Pan, pero tanto ella como otra gente, desconocían su existencia.

Dos días nos alcanzaron para recorrer todo y subir a algunos cerros. Y, como supuestamente éramos geólogos, desde el comisario hasta los niños, nos preguntaban qué minerales podría haber en esas montañas, y si íbamos a estudiar si había oro. A lo que contestábamos con evasivas, y nos vimos obligados a decirles que volveríamos en otro momento para saberlo mejor.

 

Muchos creen que La Quiaca es la ciudad que se encuentra más al norte de la Argentina, pero esto es un error; ni siquiera es el paso fronterizo más septentrional. La Quiaca se encuentra a los 22º06’S y 65º34’W, mientras que la ciudad de Salvador Mazza, conocida como Pocitos, en la provincia de Salta, está a 22º03’S y 63º42’11’’W, y ésta constituye el paso fronterizo con Tarija, en la República de Bolivia. Pero hay otra localidad, donde no existe paso hacia Bolivia, y que es la más septentrional de Argentina, Santa Catalina.

Santa Catalina está a 67 km al oeste de La Quiaca, y sus coordenadas son 21º56’60’’S y 66º04’W, con una altura de 3770 msnm. Y decidimos conocerla. Santa Catalina fue uno de los pueblos mineros que se originó en el siglo XVII, época de la cual data su iglesia que forma un conjunto arquitectónico con la vieja casona de la familia Saravia.

Nos llevó el camión del correo, que la visita una vez por semana. El camino es una larga recta en plena Puna, con cordones montañosos periféricos, que se hacía cada vez más desértico a medida que íbamos hacia el occidente.

Llegamos al pueblo por la tarde. ¡No había nadie! Parecía que la tierra se los había tragado a todos. Caminamos por sus calles empedradas, llegamos a la plaza, vimos la iglesia que estaba enfrente, pero cerrada... Volvimos a caminar por el pueblo, y nos dimos cuenta de que la gente se estaba escondiendo de nosotros, y que nos estaban espiando a través de sus ventanas. En un pueblo de 300 habitantes, perdido en el tiempo, que lleguen siete personas vestidas de manera tan diferente, era de temer. Entramos a un almacén, de ramos generales, por supuesto. No nos querían vender nada porque se desabastecería el pueblo. Ante nuestra insistencia, nos despacharon pan de grasa con un trozo de queso duro. Eso era todo lo que teníamos para comer.

Al salir vimos a una nena jugando con su muñeca. Mis hijas se sorprendieron de que la llevara atada a su espalda. Pero era lógico. Como toda niña, imitaba lo que hacía su madre. Y cuando ella se acercó a nosotros, rápidamente la hicieron entrar a su casa.

No sabíamos qué hacer. Dónde alojarnos, dónde comer, o cómo volver en caso de que no pudiéramos quedarnos. Hasta que un hombre que parecía viejo por sus arrugas pero que por su voz y movimientos, sin duda, no lo era tanto, vino a nuestro encuentro. Le dijimos que queríamos pasar la noche y conocer el lugar, lo que lo sorprendió bastante. Nos aclaró que no siempre era sencillo conseguir pepitas de oro en el río, ya que pensó que habíamos hecho tantos kilómetros para ese fin. Nosotros no entendíamos nada, pero después nos enteramos que además de la cría de llamas, cabras, ovejas y la plantación de algunos frutales, ese era el modo de subsistencia de sus habitantes. Tampoco sabían nada allí sobre las Cajas Pan.

El hombre nos llevó hasta el Albergue Municipal, que estaba cerrado. Sin duda hacía mucho que no se utilizaba. También nos dijo que los últimos que habían ido, hablaban en otros idiomas. Entramos a un gran salón con muchas camas, donde cabíamos todos y sobraban lugares. Para dar luz, el hombre juntó dos cables que estaban sueltos, y que produjeron un chispazo. Yo le había dicho que no hiciera eso por temor a que se quedara pegado, pero él se rió. Ese era uno de los pocos lugares del pueblo que contaba con electricidad.

Antes de retirarse les ofreció a los hombres pasar la noche con sus hijas por muy poca plata. Ante la negativa, les dijo que no le cobrarían nada. Ellos, dos de los cuales eran nuestros maridos, le respondieron que estaban con nosotras, pero no solo que le pareció un pretexto absurdo, sino que lo tomó como un desprecio. Porque en estas poblaciones, la endogamia es tan grande, que cuando aparece un forastero, lo ideal es que embarace a más de una mujer. Nadie le va a hacer un juicio por alimentos, sino que el hijo va a ayudar a la producción desde muy chiquito. Nada tiene que ver con los hijos de sectores medios en los cuales se controla la natalidad porque el hijo representa un costo, hasta casi los veinticinco años. Aquí es una necesidad para que el circuito productivo pueda continuar. Mucho más bienvenido si es varón, y si hay varios mejor, porque la idea es que mantengan a la madre cuando ya no pueda trabajar. Allí la jubilación no existe.

A la mañana siguiente fuimos al correo a sacar dinero, ya que nos quedaba poco del que llevábamos encima y el resto lo habíamos depositado para poder acceder a él en los lugares pequeños, donde no había banco ni otro medio. Pero este lugar era tan chico, que en el correo no tenían fondos suficientes, y si nos pagaban a nosotros, no podían entregar los giros que habían enviado los familiares de los pobladores. Así que arreglamos el viaje de vuelta con alguien que esa noche iba para La Quiaca.

Preguntamos dónde podíamos lavar la ropa. Nos dijeron que después del almuerzo nos llevarían al lavadero. Pero justamente no se trataba de un Laverap, sino de unas piedras junto al río, que podíamos utilizar como tabla de lavar. Nosotras lavamos todo lo nuestro, estiramos las prendas sobre las piedras, y nos pusimos a tomar sol bajo un cielo azul sin nube alguna.

Mirábamos la tierra bien marrón, sin una sola planta, y cerrando los ojos podíamos escuchar el suave sonido del viento, que producía un silbido muy particular. Allí comprendí el sentido de la música de la región, que a partir de sus instrumentos de viento, en especial la quena, intentan imitar ese mismo sonido de la naturaleza del desierto. Había varios cedazos atados a las piedras, en espera de que algunas pepitas de oro se depositaran en ellos, para luego, los pirquineros, pudieran venderlas en La Quiaca.

Mientras tanto, el sector masculino del grupo, comenzó a fregar sus jeans en las piedras. Y eso fue el horror de las collas que vinieron a increparnos: -“¡Cómo están tomando sol desnudas, mientras sus hombres tienen que lavarse la ropa!” De hecho estábamos con traje de baño, pero para ellas eso era inadmisible. Y les ofrecieron lavarles los pantalones, lo que ellos aceptaron rápidamente. No quisieron cobrarles porque dijeron que las mujeres nacimos para atenderlos. La ropa se secó enseguida y era evidente que nos teníamos que ir pronto de ese lugar antes de que “nuestros hombres” tomaran esos malos ejemplos.

A punto de finalizar el viaje, cruzamos a Villazón, en Bolivia, para comprar algunos regalos. Fuimos caminando por el puente. La cantidad de gente cargando cosas era impresionante. Llevaban de todo, hasta televisores en sus espaldas. Los gendarmes estaban revisando solo a los turistas con buenos autos. Todos los demás pasaban sin problemas. Y desde el puente podíamos ver cómo, por el río, que tenía muy poco caudal, pasaban muchísimas personas en fila como hormiguitas, transportando quién sabe qué.

Villazón es una ciudad marginal del país más subdesarrollado de América del Sur. Vive del comercio fronterizo. Y la densidad comercial es tan elevada como la pobreza y la suciedad, que se manifiestan a cada paso. El griterío y el olor la hacían insoportable. Y además, en ese momento, los precios estaban más altos que en Argentina.  Así que compramos tejidos y artesanías de alpaca y de plata, y regresamos a La Quiaca, que en comparación ahora no nos parecía tan fea.

 

 

Ana María Liberali