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Asunto:NoticiasdelCeHu 464/11 - VIAJANDO: De Arica a Chiloé...
Fecha:Martes, 10 de Mayo, 2011  23:11:38 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 464/11
  

 

 

De Arica a Chiloé…

 

 

En febrero del ’94, decidimos volver a Chile. La idea entonces era hacer un recorrido mayor. Vinieron solamente Fernanda (17), Joaquín (9) y Martín (3). Nuevamente fuimos en micro hasta Santiago, y nos alojamos en el hotel Imperio, ya que nos ofrecía mayores comodidades y seguridad.

Volvimos a alquilar una camioneta, y el primer destino fue La Serena. Disfrutar de la playa unos días y continuar a Antofagasta, ya en pleno desierto chileno.

Antofagasta es el principal puerto del norte. Y además es el centro más importante de la actividad minera relacionada con la explotación del cobre. Como toda ciudad portuaria no tiene un ambiente muy seguro y eso puede intuirse a partir de la gran cantidad de rejas, persianas metálicas y cadenas con que todo se preserva todo. La noche se termina pronto para las familias y predomina una importante cantidad de burdeles expresamente destinada a los muchos marineros que frecuentan el lugar.

Cuenta con una variada cantidad de playas en la zona urbana, pero por recomendación de la gente del lugar, fuimos a la Playa Juan López, a unos 30 km al norte, que era muy tranquila y familiar, y como no ofrecía servicios, no había turismo masivo.

En el camino pudimos divisar el Monumento Natural La Portada, que es un arco de rocas volcánicas y restos fósiles, formado por la erosión marina y eólica.

En pocos días dejamos la ciudad y, a  través del desierto de Atacama, el más árido del mundo, continuamos viaje hasta Iquique. La entrada es una maravilla. Desde lo alto se ve toda la ciudad bajo un cielo azul y con fondo de un mar más azul aún. Puerto histórico de los tiempos de explotación del salitre, en que la ciudad tuvo su edad de oro, con construcciones europeas y exportaciones a Inglaterra y Francia. Hasta 1884, esta ciudad perteneció a Perú, quien la perdió en la Guerra del Pacífico, luego de ser bombardeada por la escuadra chilena.

Actualmente cuenta con una zona franca por donde ingresa todo tipo de productos, en especial automotores, fundamentalmente de Asia. Es un verdadero espectáculo pasar cuadras y cuadras de camiones, motos y autos, cuyos techos se pierden en el horizonte. Desde allí se distribuyen por casi todos los países latinoamericanos, en especial los andinos, que no cuentan con fábricas de automotores.

A la noche iluminan todos los edificios públicos y constituye un atractivo más, junto con subir al cerro y ver las luces de la ciudad con un cielo casi negro cubierto de estrellas que por ausencia de humedad, pueden verse brillar mucho más.

Y por un camino serpenteado seguimos rumbo al norte hasta llegar a Arica, ciudad límite con Perú, siendo todavía reclamada por movimientos peruanos y bolivianos en pos de su salida al mar. La ciudad fue destruida en dos oportunidades por los terremotos y tsunamis de la segunda mitad del siglo XIX. Pese a eso luce simple pero prolija y el ambiente social es bastante apacible. Las playas son muy visitadas por los locales y por bolivianos que desean pasar sus vacaciones junto al mar. Y como en todas estas ciudades del norte chileno, tienen la gran ventaja de la ausencia de precipitaciones.

En algunas localidades hace más de cuarenta años que no llueve. Lo que hace que nada esté preparado en caso de que ocurra, y que haya mucha gente que nunca vio caer agua sobre sus cabezas. No obstante, pueden verse algunos paraguas, pero se usan como protección de los rayos del sol.

Volvimos a Santiago y dejamos la camioneta. Fue muy agotador conducir en el desierto, en especial por la homogeneidad del paisaje.

Y decidimos continuar la recorrida hacia el sur, pero en bus. Fue así que sacamos pasaje para Puerto Montt. Y casi perdemos el micro. Por una parte, en el hotel se atrasaron con la comida, luego no conseguíamos taxi porque coincidía con un viernes a la noche, fuimos caminando a la terminal con el equipaje y los niños. Y al llegar, era tal la cantidad de gente con tantos bultos, más quienes los iban a despedir, más los que vendían pasajes a los gritos y se desplazaban por todas partes, que no podíamos llegar a la plataforma. Saltábamos bolsos, nos empujaban, pero era imposible. Así que la solución fue salir de la terminal, esperar nuestro ómnibus en la calle lateral y hacerle seña con desesperación. ¡Finalmente pudimos subir!

A la mañana estábamos en Puerto Montt, capital de la Región de los Lagos. Nos ubicamos en una pensión, cuya casa estaba totalmente realizada en madera, con estilo californiano y recién pintadita. La dueña de la pensión nos sirvió un abundante desayuno con “agüita” (té) y variedad de tortas caseras.

La costanera es muy bonita, pero las aguas muy frías. Había muchos gitanos tratando de adivinar la suerte de los turistas y de sacarles algún dinerillo. Justo coincidía en que se estaban realizando las “Fiestas Portomontinas” que consisten en diferentes festivales que duran varios días. Y finalizan con fuegos artificiales en el mar.

Durante todos los días pasaban por altoparlantes, la canción que hizo famoso al lugar en la década del ’70, y que cantaran Los Iracundos: Puerto Montt

 

 

Sentado frente  al mar

Mil besos yo le di

Después le dije adiós

Todo termina aquí.

Y ella me dijo así:

Abrázame y verás

Que el mundo es de los dos

Salgamos a correr

Busquemos el ayer

Que nos hizo feliz.

Puerto Montt, Puerto Montt

Me alejé de ti

Sin saber por qué…

Y yo la dejé sola frente al mar

Bajo el cielo azul

de Puerto Montt.

Mil violines en su voz

Susurraron un adiós

Y un amor que se quedó

Perdido frente al mar

Y el viento lo llevó.

Silencio sin piedad

Encontraré al volver

Mas en la soledad

Su voz me gritará

No, no te vayas de mí.

 

 

Al finalizar las fiestas, cruzamos en balsa el canal del Chacao y arribamos a la isla de Chiloé. Es un mundo aparte, con sus propias costumbres, leyendas e idiosincrasia.

La Isla tiene 180 km de largo por 50 de ancho y es atravesada de norte a sur por la Cadena de la Costa. Las principales localidades son Ancud, Castro y Quellón, y población diseminada por gran parte de las pequeñas islas e islotes, donde predominan los palafitos.

Pueblos de pescadores, tierra del Trauco y la Pincoya, que ayudan a que la vida sea más llevadera. El Trauco es un duende de baja estatura, sin pies ya que sus piernas terminan en muñones. Se pasea por los boques con un bastón retorcido llamado Pahueldún y lleva un hacha mágica con la que puede cortar un árbol de solo tres golpes. Su vestimenta y sombrero están hechos de quilineja, una planta trepadora. Espera a las mujeres, preferentemente vírgenes, colgado de una rama para no ser descubierto. Las hechiza con su mirada y las enamora perdidamente pese a su aspecto. Es así como cuando una jovencita o una mujer cuyo marido está ausente, queda embarazada, y no se sabe quién es el padre de la criatura, se cubre la deshonra atribuyéndoselo al Trauco. De esta manera, madre e hijo no quedan afectados socialmente por estar protegidos por un ser mágico. Y la Pincoya es la encantadora de los frutos del mar, que con sus poderes fertiliza las playas y salva a los pescadores en caso de naufragio. Su cuerpo desnudo, su cabellera rubia rojiza y sus hermosas líneas la han convertido en el sueño de los lugareños. A diferencia de la Sirena Chilota, no tiene cola de pescado, sino total forma humana. Una mujer nos contó que su marido había estado ausente de su hogar por varios días, y lo que él adujo fue que la Pincoya lo había atraído y él no había podido resistirse. Ella le creyó.

Ancud es muy apacible. La gente sacrificada y muchas casas son precarias. Fue muy afectada por el terremoto de 1960, por el cual se destruyeron, entre otras cosas, las vías del ferrocarril. Hoy hay un museo que da cuenta de los principales acontecimientos históricos. Y una feria de artesanos donde Fernanda se compró de todo.

Castro es actualmente la más explotada turísticamente y desde allí se pueden visitar las islas vecinas. La mayor parte de las casas son de madera y pintadas de colores alegres.

Cuando alguien decide mudarse, puede cargar su casa sobre grandes troncos, y la tiradura es realizada por toros, llevándola a otro terreno. Pero si se trata de cambiar de isla, el traslado se hace con los troncos flotando en el mar. Esto es llamado minga terrestre y marina, y Tenaum, es el lugar donde más se conserva esa costumbre.

Navegamos entre fiordos hacia Mechuque y otras islas menores. El mar se presentaba complicado, con mucha lluvia, viento frío y oleaje cambiante. Y las embarcaciones, bastante endebles.

 

 

 

 

Mechuque, en el archipiélago de Chiloé.

 

 

Visitamos el Parque Nacional Chiloé, al oeste de la isla principal, donde se presenta el bosque con una gran variedad de vegetación y muy denso, llegando hasta el mar. Es uno de los pocos lugares donde se podía encontrar el bosque nativo debido a la explotación descontrolada que se estaba haciendo en el resto de la isla, dejando casi sin recursos leñosos a la población local. La playa del Pacífico presentaba una enorme cantidad de estrellas de mar sobre la arena y de otras especies autóctonas.

Fuimos a Chonchi, y luego a Quellón, al extremo sur de la Isla. Allí las conexiones con el continente eran más limitadas y el turismo menos frecuente.

Los chilotes son despreciados en otros lugares de Chile y generalmente cruzan a la Patagonia Argentina a realizar tareas de esquila, trabajar en las áreas petroleras o en los barcos pesqueros. Y muchos de ellos emigran definitivamente.

Regresamos al continente, visitamos salmoneras que empresas japonesas habían instalado en algunos fiordos, y confirmando mi sospecha; vimos como “tiñen” los pescados para que tomen el color rosado que no obtienen de manera natural por estar criados en cautiverio.

Subimos hasta Puerto Varas, en el lago Llanquihue y luego nos instalamos unos días en Frutillar, localidad que es un verdadero jardín por encontrar flores por todas partes. Desde las playitas, donde los chicos pudieron sumergirse aunque de a ratitos, se podía ver el imponente volcán Osorno reflejándose en las aguas del lago.

Entre otros entretenimientos, Joaquín se entusiasmó con un ajedrez de gran tamaño, donde podía mover las piezas caminando por el tablero.

 

En este viaje pudimos disfrutar de todo tipo de paisajes, desde el desierto extremo hasta áreas donde las precipitaciones superan los 2000 milímetros, lugar de desarrollo de la denominada selva valdiviana. Lo que nos entusiasmó para volver todas las veces que nos fuera posible.

 

 

Ana María Liberali

 

 





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