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Asunto:NoticiasdelCeHu 371/11 - VIAJANDO: Carnavales en Río…
Fecha:Lunes, 11 de Abril, 2011  14:57:30 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 371/11
 

 

 

Carnavales en Río…

 

Verano del ’97. Salí de vacaciones con mis tres hijos varones: Enrique (15), Joaquín (12) y Martín (6). Era la primera vez que ellos viajaban en avión, y Enrique tenía tal nerviosismo que se detenía en todas partes del aeropuerto de Ezeiza, perdiendo el tiempo. Ya teníamos que embarcar y no lo podía encontrar, estaba comprando cosas en el free shop. Íbamos por la aerolínea brasilera VARIG, en vuelo directo a Río… Yo temía por la reacción de Martín, que sufre de síndrome de autismo, pero si bien cuando el avión decoló se puso un poco nervioso, al ver que estábamos entre nubes, sonrió y se mantuvo tranquilo durante todo el viaje. Y cuando la azafata se acercó, le pidió un alfajor, tal como le daban en los micros a Mar del Plata. La azafata brasilera no sabía de qué se trataba, y le trajo frango (pollo). Martín contento con la opción. El vuelo fue muy bueno y llegamos a destino antes del tiempo estimado. El aterrizaje en Río de Janeiro es maravilloso. El Aeropuerto Internacional Galeao está ubicado en la Ilha do Governador, pudiéndose observar en panorámica la ciudad y los morros desde el mar.

Nos alojamos en un hotel de tres estrellas en la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, muy cerca de la playa. Allí los chicos iban a tener un super desayuno completísimo, ideal para su buen comer. Desde ya que esto no impidió que probaran todo tipo de manjares, comenzando por la típica feijoada y probando cuanto frutos del mar y de la tierra encontraron.

Si bien pasamos gran parte del tiempo en la playa de Copacabana, visitamos diferentes partes de la ciudad, entre ellas, el Corcovado. Accedimos por un tren hasta una gran plataforma donde además de estar a los pies de la gran estatua del Cristo Redentor, podíamos ver gran parte de la ciudad.

Todos estábamos sorprendidos de la imprudencia y velocidad con que se conducía en Brasil, inclusive en túneles y puentes. Tanto en taxis como en ómnibus estuvimos en varias oportunidades a punto de tener un accidente, al margen de los tantos que vimos en forma directa o en el noticiero de la televisión, como el caso de un auto que se había caído del puente a Niteroi.

Caminamos por la Avenida Río Branco que nace en la ciudad colonial, y que ha relegado su pasado “parisino” a cambio de arquitectura neoyorquina. Es el centro financiero y también el de las agitaciones sociales y los paseos de compras.

 

Una mañana, aprovechando que mis hijos dormían profundamente por el cansancio que les producían el mar y el sol, fui a saludar a mis colegas de la Universidad Federal de Rio de Janeiro. Visité el Centro de Geoprocesamiento, que era un verdadero lujo no solo en cuanto a la infraestructura sino también a la producción, muy superior de hecho, que lo que se podía ver en ese momento en Argentina. Intercambié revistas y compré una serie de libros que no llegan por los medios formales a Buenos Aires.

 

Por sugerencia de mis amigos, un día se lo dedicamos entero a la Isla de Paquetá. Había dos formas de llegar: una con la excursión para extranjeros, y la otra con la gente del lugar. En el primer caso, nos pasarían a buscar con un vehículo por el hotel, nos llevarían hasta el embarcadero, subiríamos a un catamarán nuevo, almorzaríamos en un lugar de lujo, y estarían incluidos todos los transportes internos (bicicletas y carritos), además de la explicación del guía. Para el segundo, había que ir en ómnibus hasta el puerto, tomaríamos un catamarán más viejo y todos los gastos de la isla estarían por nuestra cuenta. Elegimos la segunda opción que costaba cinco veces menos.

En el ómnibus urbano la gente iba vestida de cualquier manera, incluso tal como lo está en la playa. Es absolutamente normal que los hombres estén en zunga, sin ningún otro tipo de cobertura. En el puerto había una fila muy larga para obtener los tickets de la embarcación. Se asemejaba mucho a lo que ocurre en Argentina en el Tigre. Las familias con los canastos para hacer un picnic y pasar el día entero en el lugar. La isla es muy pequeña con frondosa vegetación. Tiene playas muy bonitas y tranquilas. Conserva varios edificios antiguos y no está permitido el tránsito con vehículos a motor. Se alquilan bicicletas, cuatriciclos y carritos con tracción a sangre. Por lo que ofrece aire muy puro y ausencia de peligros para los más chicos.

 

Pero la idea era conocer todo lo posible y caminar por diferentes barrios. Tratábamos de movernos como si viviéramos en el lugar, yendo a plazas y mercados. Les compré a mis hijos sendas camisetas de la selección brasileña y les prohibí abrir la boca durante el recorrido. Me puse ropa colorinche y así pudimos llegar al borde de las favelas. Disimuladamente, pude tomar algunas fotografías y observar la situación calamitosa en que les toca vivir, muy cerca de lujos extremos. Es impactante observar esta situación apenas a metros del Hotel Sheraton. Esa excesiva disparidad es la principal razón por la cual se producen cada tanto “ataques” a las playas de mayor poder adquisitivo. Piénsese que esas viviendas precarias se encuentran sobre los morros, en una zona de precipitaciones de tipo tropical, con derrumbes; y que por las altas temperaturas predominantes a lo largo del año, hay mayor riesgo de contraer enfermedades infecciosas y transmitidas a partir de insectos. En la Universidad me habían mostrado los mapas del dengue en Rio, y era francamente angustiante.

Todo es así de contradictorio en Brasil, y muy especialmente en Río. Por un lado, paredes enteras de graffitis como diferentes formas de expresión urbana, muchas de ellas como protesta, que presentan formas muy simples o absolutamente elaboradas, donde dentro de las mismas letras hay algún otro mensaje oculto. Por otra parte, tal cual en Sao Paulo, gran cantidad de confiterías y restoranes con pianos de cola para un público refinado. Y así también es el carnaval.

Todas las noches íbamos a los corsos de los barrios donde se vive el verdadero carnaval. Con murgas armadas por la gente del lugar sin lujos pero con mucha creatividad y alegría. Era emocionante ver cómo todos se posesionaban con sus trajes y personajes, y bailaban con un ritmo y una fuerza inigualables. En el de la Avenida Río Branco desfilaban las comparsas más famosas y allí se las podía ver de cerca. La mayoría de las “garotas” eran travestis y tenían cuerpos envidiables para cualquier mujer. Pero a pesar de estar disfrutando mucho de estas muestras tan auténticas, no podíamos faltar a una velada en el sambódromo. El panorama era semejante al de un partido de fútbol, con las hinchadas por cada “comparsa” que desfilaría y competiría con carrozas y trajes que se prepararon con un año de anticipación y sin ningún tipo de miramientos en sus costos. El espectáculo es impresionante, por las luces y colorido, pero simplemente para la vista. Se ve desde lejos, gran parte de los espectadores somos turistas, ya que el elevado precio de las entradas son la limitación para las clases populares. Por eso le falta la espontaneidad del carnaval callejero, a pesar de que este último suela terminar en desmanes producto del alcohol.

 

Ya teníamos pasajes para Belo Horizonte, cuando estando en la playa de Copacabana, en un descuido, un supuesto vendedor ambulante se llevó mi mochilita. Tenía unas toallas, algo de dinero y ¡los documentos de todos! Como ya había pasado el feriado de Carnaval, fui al Consulado Argentino a denunciar la situación. Pero me encontré con un cartel que anunciaba que permanecería cerrado toda la semana por carnavales.

Sin documentos tomamos el vuelo a Belo Horizonte. Es la capital del estado de Minas Gerais, y en ese momento, tercera ciudad del país. Sin embargo me sorprendió que a pesar del alto poder adquisitivo de un importante sector de la población, había una absoluta falta de servicios. Muchas familias acostumbraban a ir en avión a los shoppings de Rio de Janeiro a hacer compras y volver en el día.

La ciudad no nos atrajo mucho, salvo su entorno montañoso que es muy bonito. Pero los chicos disfrutaron de un parque de diversiones que ofrecía una gran variedad de juegos a precios muy módicos para nosotros.

Allí sí pude realizar el trámite en el Consulado Argentino, donde se nos otorgó un salvoconducto para poder regresar a nuestro país.

 

Pero la estrella del lugar, era la ciudad de Ouro Preto. Es la mayor expresión del período colonial brasileño. Allí, desde el siglo XVIII, los portugueses extraían el oro con mano de obra negra esclava traída forzosamente desde África. La ciudad está emplazada por encima de los 1100 metros sobre el nivel del mar, por lo que las temperaturas son muy agradables, e impactante la arquitectura que está muy bien conservada. Ha sido declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Actualmente si bien el turismo constituye un ingreso muy importante, se continúa con la explotación minera, incluso con las piedras preciosas, en especial el topacio.

 

En el vuelo Belo Horizonte-Río, mi hijo Joaquín pidió pasar a la cabina. Y los pilotos aceptaron gustosos. A los pocos minutos de que esto ocurriera, el avión comenzó a moverse como una coctelera. Enrique, que continuaba con sus temores, creía que era porque lo habían dejado a su hermano conducir el avión. Pero la turbulencia se había producido porque estábamos atravesando una zona montañosa en presencia de una tormenta que se avecinaba. Joaquín se quedó hasta el aterrizaje que por el estado del tiempo tuvo que hacerse con piloto automático. Cuando llegamos al Aeropuerto Santos Dumont, que es el de cabotaje y se encuentra cercano al área administrativo-financiera de Rio, en medio de la tormenta, no se veían ni los morros ni los edificios. Pero al rato salió el sol como si nada hubiera pasado. Típico de los climas tropicales. Entonces fuimos a la playa, pero no a Copacabana que era donde nos habían sustraído el bolsito, sino adonde van los brasileros, prácticamente sin turistas, que es la de Botafogo, al pie del Pao de Açucar. Mucho más segura y con aguas más tranquilas.

 

El último día fuimos al zoológico. El Zoo de Río no solo es una muestra de animales de la región sino que es una verdadera obra didáctica sobre el cuidado de la naturaleza y preservación de la fauna. Pero además trata de reproducir el ambiente natural originando también un agradable lugar con diversidad vegetal. Pasamos el día entero allí, hasta la hora en que teníamos el vuelo a Buenos Aires.

 

Al subir al avión nos entregaron un periódico donde en primera plana figuraba un accidente aéreo del mismo modelo de aeronave en que estábamos y de la misma compañía, VARIG, que se había producido en Carajás. ¡Se imaginan la reacción de mi hijo Enrique! Ni qué hablar cuando el avión comenzó a moverse. Pero una de las azafatas estuvo muy astuta. Le ofreció convidarlo con cerveza siempre y cuando se quedara en la parte de atrás con ellas, ya que por la turbulencia no podrían ofrecer la cena. Parece que las empresas aéreas brasileras todo lo resuelven con alcohol, porque Enrique se tranquilizó y se quedó conversando con ella hasta el aterrizaje.

 

Al llegar a Buenos Aires, tuvimos que atravesar los corsos barriales, que ya después de lo que habíamos visto, deslucían más de lo habitual.

 

Y a la madrugada se me partía la cabeza. Era producto de la insolación en el zoológico. Había cubierto la cabeza de mis hijos, pero no la mía. Ningún analgésico podía calmarme, así que recurrí a remedios caseros. Una toalla sobre la cabeza con un vaso de agua dado vuelta haciendo burbujitas, ¡y santo remedio!

 

 

Ana María Liberali

 





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