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Asunto:NoticiasdelCeHu 361/11 - VIAJANDO: Cruzando el Charco...
Fecha:Sabado, 9 de Abril, 2011  22:30:26 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 361/11
 

 

 

Cruzando el Charco...

 

Julio de 1996. Los motivos del viaje eran la exposición de ponencias en el Congreso de la UGI (Unión Geográfica Internacional) que se hacía en Holanda, y la presentación en Europa de la Revista Meridiano que Omar Gejo dirigía, y que ya era internacional. Y desde ya, aprovecharíamos la oportunidad para conocer algo del Viejo Continente.

 

Buscando lo más económico, viajamos por VASP, aerolínea brasileña. Así que decolamos de Ezeiza (Buenos Aires, Argentina) a las seis de la mañana y casi tres horas después llegamos a Sao Paulo (Brasil). Allí debíamos esperar varias horas y cambiar de avión. Recién a las cinco de la tarde partimos hacia Recife (extremo oriental de Brasil), donde hizo una escala de aproximadamente una hora, para cruzar el Atlántico durante la noche y llegar a Zúrich (Suiza) a primera hora de la mañana.

 

Cuando uno llega al aeropuerto de Zúrich no tiene la impresión de estar en un país poderoso como lo es Suiza. Si bien se cuenta con los servicios necesarios, todo es absolutamente simple, discreto. Aprovechamos para tener un buen desayuno con café (que en estas latitudes es de origen africano y no brasileño como en América Latina) y tortas, ya que VASP se caracterizaba por la escasez de servicios, en especial de comida. Desde las ventanas se podían ver vacas lecheras pastando como si se tratara de una gran chacra. Todo muy tranquilo, los suizos son verdaderamente amantes del silencio.

 

Allí cambiamos no solo de avión sino de empresa. Tomamos British Airways que en una hora nos llevaría al aeropuerto de Heathrow (London, Reino Unido), primer destino de nuestro largo viaje. Total Buenos Aires – Londres: ¡28 horas!

En Migraciones había dos filas. Omar pasó tranquilamente con su pasaporte español, y yo, con mi pasaporte argentino, tuve que soportar los controles para los Sudacas y demás “lacra” del planeta. Al preguntarme sobre los motivos de la visita cometí el error de decir que tenía previstas entrevistas en universidades, y pensaron que se trataba de un trabajo, para lo cual no tenía permiso. Después de una extensa explicación, primero en inglés y luego en español, todo se aclaró y salí airosa del contratiempo. Allí aprendí que siempre hay que decir que se visita como turista, y que no se conoce el idioma, porque presupone más difícil quedarse a vivir.

 

Desde el aeropuerto mismo, a partir de las máquinas automáticas, identificamos un hotel acorde a nuestras posibilidades, cerca de Marble Arch. Entonces tomamos un taxi, de esos negros, grandes, espaciosos, típicos del lugar, y Omar le dijo al conductor: -“To Marble Arch, please”. El conductor se dio vuelta, y le respondió: -“¡Nou, nou, nou…! Marble Aaaaarch”. Entonces, Omar trató de pronunciarlo mejor, a lo que este hombre siguió varias veces, repitiendo lo mismo, intentando dar clases de fonética, hasta que se cansó y arrancó.

El hotel tenía habitaciones diminutas y la mayoría de los pasajeros eran árabes o procedían de la India, pero tenía todo lo indispensable para nosotros.

 

Marble Arch es un arco semejante al de Constantino en Roma, construido en mármol de Carrara, que se encuentra cerca de Speaker’s Corner en Hyde Park, en el extremo oeste de Oxford Street. Sólo los miembros de la realeza tienen el privilegio de pasar debajo de él. Speaker’s Corner es un lugar tradicional para discursos públicos y debates como también sitio de protestas y reunión. Aunque la mayoría de los oradores es desconocida, ha sido también frecuentado por Karl Marx, Vladimir Lenin, George Orwell y William Morris. Otros parques también tienen su rincón de oradores. Hay una ley que impide hablar mal de Inglaterra o de la Corona bajo cielo inglés y sobre suelo inglés. Es por eso, que para no ir presos, hay quienes se suben a un banquito y bajo un paraguas, se expresan libremente.

 

Salimos a caminar por Oxford Street, que es casi como nuestra avenida Corrientes en Buenos Aires, con mucho movimiento de gente, de vehículos, de comercios y oficinas. Me tentó la idea de sacar una foto, y cuando estaba en eso, un transeúnte me pidió que sacara el pie de la calzada porque estaba todo el tránsito parado por mi culpa. ¡Menos mal que los ingleses respetan al peatón de esa manera! De lo contrario, no lo estaría contando, porque eso de que los vehículos vinieran del lado contrario al nuestro, me desconcertaba y terminaba cruzando las calles mirando para el lado contrario.

Esa tarde caminamos por todo el Centro tratando de conversar con algunos inmigrantes que vendían diarios, revistas y otras cosas por la calle, pero a eso de las siete, ya teníamos que cenar porque poco tiempo después los negocios cerraban.

 

Al otro día fuimos hasta el Palacio de Westminster donde se encuentra el famoso Big Ben. Este Palacio es el lugar de reunión de las dos cámaras legislativas: la de los lores y la de los comunes. El Big Ben (Grande Ben), llamado así en honor al primer encargado de su construcción, Benjamin Hall, a mitad del siglo XIX, no solo es un símbolo de Londres, sino paradigma de puntualidad, ya que fue hecho para que resistiera las inclemencias del tiempo, en especial las grandes nevadas. Prueba de la calidad con que fue diseñado, es que continuó dando la hora puntualmente durante los bombardeos que hicieron los alemanes sobre la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. De todos modos, en los últimos tiempos ha tenido algunos problemas por desgaste de los materiales. A su lado se encuentra la Abadía de Westminster, que es una iglesia de estilo gótico, del tamaño de una catedral donde se realizan las coronaciones de los monarcas.

Llegamos hasta el Palacio de Buckingham, residencia oficial de la Corona y como era verano, pudimos asistir al cambio de guardia, lo que no sucede todos los días durante el crudo invierno. Seguimos hacia Trafalgar Square, donde se encuentra la estatua de Nelson en un pedestal de cincuenta y dos metros de altura. Hay que alejarse bastante para poder tomar una fotografía y que no se vea solo la mitad de la columna. El monumento se hizo en conmemoración a la batalla de Trafalgar, en que la flota británica al mando del Vicealmirante Horatio Nelson derrotara a las fuerzas napoleónicas que intentaban avanzar sobre las islas británicas. Este es el punto de encuentro más importante de los londinenses. Mientras que el de los turistas es la Estatua de Eros, en Piccadilly Circus.

Piccadilly es una zona muy comercial con cantidad de espectáculos de todo nivel. En 1890 se colocaron los primeros anuncios luminosos y hoy en día, es el sector de Londres con mayor cantidad de letreros de neón.

Nos quedamos a cenar en un restorán de esta zona. Como en la mayoría de los lugares, no está bien visto dirigirse hacia una mesa y sentarse, sino que hay que pararse en la entrada y “esperar ser sentado”. A las once de la noche ya no había más nadie en la calle. Incluso el cartel del porno-show anunciaba el fin de las actividades, con excepción de los sábados que se extendían ¡como hasta la una de la mañana!

Comenzamos a caminar por Haymarket Avenue, que estaba totalmente iluminada pero con todos los negocios cerrados, sin persianas ni custodias, ni siquiera las joyerías. Parecía que a todos se los había tragado la tierra. Antes de quedarnos en banda, tomamos un taxi y le pedimos que nos llevara a algún lugar donde todavía la noche continuara. Y así aparecimos en el barrio árabe. Gente en la calle, algunos fumando opio, y bares abiertos nos permitieron permanecer levantados una horas más. Entramos a uno de ellos y la persona que atendía, con una túnica muy bonita, se negaba a servirme a mí un café con borra y algunas gotas de alcohol. Decía que no era para mujeres. Lo convencí de que me gustaba el café fuerte, y se quedó esperando a que lo tomara para ver si era cierto.

 

Y llegó el día en que teníamos que reunirnos con el geógrafo Alan Gilbert en el Economics College London. Conocíamos la costumbre de llegar quince minutos antes, ¡no quince minutos o media hora después como en Argentina!, y cumplimos. Con el metro (subte) nos movíamos sin problemas. Fue por eso que llegamos juntos. Y nos sorprendió mucho verlo trajeado, con portafolios, ¡y en bicicleta! Vivía bastante alejado del lugar, en el Gran Londres, pero como protesta al aumento del ticket de los ómnibus urbanos, tanto él como muchos otros, se desplazaban de esa manera.

Permanecimos el día entero con Gilbert. Sus pareceres fueron muy interesantes, no solo sobre los temas netamente académicos sino también sobre cuestiones económicas, sociales y políticas. También es destacable el conocimiento que este investigador tiene sobre América Latina. Pocos como él han trabajado sobre la marginalidad urbana de Buenos Aires, en especial los conventillos. Él nos aseguró que el triunfo de Malvinas fue para los argentinos, ya que nos pudimos sacar a los militares de encima, mientras que ellos tuvieron que soportar a la Thatcher mucho tiempo más. Nosotros le habíamos preguntado a varias personas sobre lo que opinaban sobre las Malvinas (o las Falklands), pero la mayoría no tenía idea de qué se trataba.

 

Al día siguiente, en la estación Paddington, tomamos el tren rumbo a Oxford, que queda a unos ochenta kilómetros al noroeste. Se la conoce como “la ciudad de las agujas de ensueño”, expresión con la que el escritor y crítico inglés Matthew Arnold, describió la arquitectura de sus edificios. Allí se encuentra la universidad más antigua del mundo anglófono. Y a su Departamento de Geografía de la Universidad de Oxford llevamos la Revista Meridiano. Oxford, además, es una ciudad industrial, asociada principalmente con la industria automotriz en el suburbio de Cowley.

 

Hacia el sudeste de Londres, en la ribera sur del Támesis (Thames), en el Parque Real de Greenwich, se encuentra el Observatorio de Greenwich, lugar que por convención se lo tomó como Meridiano Origen: 0º - 0’ - 0’’ de longitud. Dividiéndose así los hemisferios oriental y occidental. Otra de las atracciones es el Cutty Sark, que se conserva como barco museo en dique seco, muy cerca del Museo Marítimo Nacional y del antiguo Hospital de Greenwich.

 

Omar Gejo en Greenwich, con un pie en cada hemisferio

 

 

Navegamos el Támesis hasta llegar al Tower Bridge (Puente de la Torre), puente levadizo de fines del siglo XIX, que se encuentra en las proximidades de la Torre de Londres, una de las principales atracciones turísticas por tratarse de una fortaleza del Medioevo normando que se encuentra muy bien conservada y que ha representado el poder ininterrumpido británico a lo largo de su historia.

Hacia la otra margen del río, los antiguos docks fueron transformados en oficinas, restoranes y comercios destinados al turismo. Este fue el modelo tomado para la transformación de Puerto Madero en Buenos Aires.

 

Quedaba pendiente el encuentro con mi tío Franco Rossini, quien es italiano, pero que hacía treinta años que residía en Londres. Trabajaba en British Airways, se había casado con una inglesa y vivía en una zona residencial no muy lejos del aeropuerto. Si bien nadie trabajaba más de seis horas diarias, venía haciendo una hora extra durante toda la semana para dedicarnos un día completo y llevarnos a pasear.

En su nuevo coche inglés, que después de muchos años cambiara por su máquina Ferrari, fuimos al Palacio de Windsor. Se encuentra al oeste de Londres, en el Condado de Berkshire. Es uno de los más antiguos del mundo, donde la Reina pasa algunos fines de semana y períodos de descanso. También es famoso por los nacimientos que allí ocurrieron, la celebración de varios matrimonios y de funerales de la familia real. Nos sacamos fotos en la puerta y recorrimos los jardines contiguos.

 

Aprovechando el día de sol, fuimos a almorzar al jardín de su casa, donde permanecimos gran parte de la tarde conversando sobre cuestiones familiares y de la vida en Inglaterra. Él nos comentaba de lo feliz que era allí. Que no se trabaja más de seis horas diarias no porque los empresarios se preocupen por la vida de sus empleados, sino porque no les es rentable en la medida en que a partir de esa cantidad de horas de trabajo, los errores son mayores, las enfermedades aumentan y eso no les conviene económicamente. Además, que si todos trabajaran más, no tendrían tiempo para gastarlo y así la economía dejaría de funcionar. Nos decía que como italiano, en tantos años, no había tenido oportunidad de insultar a nadie, ni haber visto que eso sucediera. Que una vez presenció un choque en el Centro de Londres, y supuso que allí la flema británica iba a quedar de lado. Y cuánto se sorprendió cuando ambos conductores se bajaron, se saludaron cortésmente, tomaron nota de los datos necesarios para el seguro, y tranquilamente volvieron a sus autos. Él no podía creer los gastos que ocasionaba Menem y su comitiva cada vez que salía del país, en sendos aviones a cargo del erario público argentino. Nos decía que la Reina viajaba por British Airways en vuelo de línea, lo que demostraba por un lado, que no habaía tal despilfarro y por otro, que la empresa era muy segura. Al preguntarle por qué no tenía un perro, dijo que porque trabajaban muchas horas y no lo podrían atender, y eso de tenerlo como guardián era algo impensado. No solo por la seguridad que reinaba, sino porque allá se considera que esa no debe ser la función del pobre animal. La conversación estaba muy entretenida pero nos tuvo que llevar rápidamente a la estación, porque estaba por pasar el "último tren a Londres", como el tema de los Bee Gees.

 

Es habitual en Londres ver gente de diferentes partes del mundo con sus vestimentas de origen: muchas mujeres musulmanas con túnicas, su cabeza y cara cubiertas. Otros, con el torso descubierto. Hippies. Todas las etnias de las colonias británicas. Parejas del mismo sexo besándose públicamente… Y todo aceptado. Los únicos que lo veíamos con asombro éramos los turistas. Pero lo que no se tolera de ninguna manera es que se fume en lugares públicos o que no se pida algo por favor.

 

A la mañana siguiente se me partía la cabeza. ¡Insólitamente me había insolado en Londres! Pero de todos modos tuvimos que tomar el avión que nos llevaría al continente, o mejor dicho a Europa, como dicen los ingleses, ya que no se sienten parte de ella.

 

 

Ana María Liberali

 





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