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Asunto:NoticiasdelCeHu 348/11 - VIAJANDO: A Misiones con alumnos
Fecha:Miercoles, 6 de Abril, 2011  08:37:02 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 348/11
 

 

 

  A Misiones con alumnos

 

Era julio del ’86. Habían pasado diez años desde que había dejado Misiones, y ahora volvería con un grupo de alumnos de la E.N.E.T. Nro. 5 de Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Hacía un año y medio que estábamos ahorrando. La mayoría de los chicos nunca había salido de su entorno; muy pocos habían ido a la costa en algunas vacaciones. Yo los había llevado al Delta (del Paraná) el año anterior, y allí surgió la idea de un viaje a mayor distancia. Al principio el grupo era de alrededor de veinte y me iba a acompañar otra profesora. Pero, por diferentes razones quedó prácticamente la mitad y mi compañera tuvo un problema de último momento. Casi lo suspendemos, pero el entusiasmo era muy grande y las oportunidades muy pocas. Como no teníamos permiso de las autoridades de la Provincia, unas de las más burocráticas del país, debíamos utilizar las vacaciones de invierno. Y así lo hicimos.

 

Salimos de la estación Federico Lacroze en el tren “El Gran Capitán”, del ferrocarril Gral. Urquiza. Rumbeando hacia el norte, atravesamos la provincia de Buenos Aires, cruzamos el río Paraná, pasamos por las provincias de Entre Ríos y Corrientes y llegamos a Posadas treinta y seis horas después.

Si bien el viaje en general fue muy bueno y en el trayecto aproveché para mostrarles a los estudiantes diferentes paisajes y darles una explicación in situ de relieve, flora, fauna y otras cuestiones respecto de la producción de la zona, se produjeron algunas situaciones desagradables. La primera de ellas fue durante la madrugada. Cuando el tren llegó a Villaguay (provincia de Entre Ríos) paró un largo rato sin razón aparente. Como estábamos en la estación, muchos bajamos para saber qué pasaba. Resultó que una nena que viajaba en nuestro tren venía convulsionando y no había nadie que la pudiera atender. La bajaron en la estación, y antes de que llegara el médico, falleció. Es un mal recuerdo que no he podido borrar de mi mente, a pesar del tiempo transcurrido. Ni qué decir la impresión de los adolescentes que iban conmigo. La otra situación tuvo que ver con los paraguayos que viajaban en el mismo vagón. Los que estaban en una punta ponían sus grabadores a todo lo que daban, y los del otro extremo, hacían lo mismo. Nosotros estábamos en el medio del coche, por lo cual era realmente insufrible. De un lado escuchábamos música paraguaya cantada en guaraní, y del otro lado, cumbias de grupos de bajo nivel. A pesar de eso, nos mantuvimos en silencio como si nada pasara. El problema era que todos ellos comenzaron a tomar vino y cerveza sin control, y se enojaron unos con otros por el tema de la música. Pero lo peligroso fue cuando sacaron sus cuchillos con ánimo de resolver el problema drásticamente. ¡Y nosotros en el medio! Fue un gran susto porque nadie los podía detener, hasta que el tren paró en Paso de los Libres (provincia de Corrientes), y tuvo que subir la policía para poder quitarles los cuchillos. Entonces los hombres malos, que hacían alardes de super machos se pusieron a llorar hasta quedarse dormidos.

En cuanto llegamos a Posadas nos dirigimos a un camping cerca del río Paraná y nos sumergimos bajo sendas duchas. Los chicos se quejaron de que el agua no estaba muy caliente y de otras cosas insignificantes. La chica que estaba limpiando los baños, mucho menor que ellos, les hizo saber que ella nunca había tenido vacaciones. Desde entonces, cerraron la boca.

 

Más tarde, a caminar y comer chipá con mate. La ciudad estaba tan linda como siempre, pero muchas cosas habían cambiado. La mayoría de mis amigos ya no estaban y algunas de mis ex - alumnas del Colegio Santa María ya eran madres. A mi primo la Comisión de Derechos Humanos lo había podido sacar de la cárcel de La Plata, donde había sido encontrado torturado, y ahora era diputado nacional en representación de Misiones.

 

A los chicos les gustó mucho no solo el entorno de Posadas, que es muy bonito sino también la candidez y amabilidad de la gente. En ese momento todavía gran parte de las casas permanecía con las puertas abiertas.

 

Había que continuar viaje, y la visita obligada era a San Ignacio. Las ruinas jesuíticas fueron encontradas tapadas por la selva que contribuyó a la destrucción de algunos de los edificios; no obstante, puede apreciarse lo que queda del trazado urbano de esta Misión, que contaba con una plaza central, la iglesia, la casa de los padres jesuitas, el cementerio, las viviendas de los guaraníes, el cabildo… Esta distribución se puede ver en los restos de gruesos muros de asperón rojo, material utilizado para su construcción. También sobreviven algunas tallas de madera efectuadas por los nativos. En 1768, los jesuitas fueron expulsados y quedaron muchos de estos pueblos abandonados, no solo en Misiones sino también en Corrientes y el Paraguay.

Por la tarde visitamos la casa de Horacio Quiroga, escritor uruguayo quien se radicó en Misiones, y reflejó en sus cuentos la exuberancia de la selva. Su casa mira al río Paraná y está emplazada en un gran terreno rodeada de vegetación, en la cual se destaca la caña tacuara. En el interior se conservan el cuadro y el motor de su moto, escritorio y silla originales, y una réplica de su máquina de escribir. En las paredes hay colecciones de insectos y la piel de una serpiente. Al lado hay una réplica de la primera casa que fuera totalmente destruida por el fuego, donde vivió con su primera esposa. Su vida fue muy turbulenta. Se fue del Uruguay por haber matado sin querer a un amigo. Tuvo dos esposas y dos hijos. Hubo muchos suicidios en su familia, incluidos el suyo y el de su segunda esposa.

 

Nuestro próximo destino era Eldorado, lugar al que llegamos a la noche. ¡No encontramos dónde hospedarnos! Por lo tanto, después de comer improvisadamente algunos sándwiches, siempre con mate, sacamos nuestras bolsas de dormir, y nos acostamos en la plazoleta de entrada a la ciudad. Lo tomamos a risa. Las chicas decían que en vez de ir a un “cinco estrellas”, estábamos alojados en un “todas las estrellas”. Entonces aproveché para que reconocieran constelaciones que habían estudiado años atrás. Nos despertó el sol en la cara. Conseguimos un lugar donde acampar y salimos a recorrer la ciudad. Les hice ver las características de la planta urbana, que se destaca por extenderse por varios kilómetros a lo largo de la ruta 17 por pocas cuadras hacia un lado y otro. Esto tuvo que ver con que la ciudad surgió a partir de los cultivos de los colonos, que se ubicaban cerca del lugar de salida de sus productos.

Al día siguiente teníamos programada una visita guiada a la planta de celulosa de Puerto Piray. Primeramente nos llevaron a hacer una recorrida general indicándonos los lugares donde se realizaba cada parte del proceso. Vimos cómo llegaba a la planta la madera, que era cortada en pequeños pedacitos o astillas (llamados chips), como si lo hiciera una ardilla. Por otra parte, el lugar donde guardaban los productos químicos, y por último visitamos el galpón donde la madera se convierte en pasta de celulosa. Dentro de enormes bateas echaban los chips y los productos químicos y una enorme espátula comenzaba a revolver los ingredientes hasta que se convertían en una pasta, como si fuera la masa de una torta. Después esta preparación se volcaba sobre unos planchones y así se obtenían variedad de cartones. El olor de los químicos, muy ácidos por cierto, era tan penetrante, que nos comenzaron a llorar los ojos y algunos de mis alumnos tuvieron que salir porque les provocó vómitos. Los operarios, sin ninguna protección, ni barbijo ni nada que se le pareciera. Debido a esta reacción traté de llevar a todo el grupo hacia el aire libre y comenzamos a caminar rumbo al río. Cuando llegamos a la barranca, vimos los residuos que llegaban al Alto Paraná sin ningún tipo de tratamiento. Y cuando quisimos sacar fotos a la gran cantidad de peces muertos flotando, vinieron unos cuantos guardias y literalmente, ¡nos echaron!

 

En un camión con maderas llegamos a Puerto Iguazú y paramos en un camping camino a las Cataratas. Hicimos muchas caminatas, tanto por el pueblo como por los alrededores. Sugerí a los chicos hacer la visita al Parque Nacional tomando el primer colectivo de la mañana en el cual viaja el personal. De esa manera recorrimos las pasarelas sin gente que espantara con sus gritos a los animales, y de esa forma pudimos grabar el canto de los pájaros. Permanecimos todo el día y nos fuimos en el colectivo que a la noche volvía a tomar el personal. ¡Estaban encantados!

 

Los alumnos tenían alrededor de diecisiete años y yo no contaba con autorizaciones para llevarlos a Brasil porque no estaba en los planes. Pero llamaron por teléfono a los padres y todos estuvieron de acuerdo. Sin nada firmado, tomamos el colectivo de línea. Nadie nos pidió ni siquiera documentos y cruzamos el Puente Tancredo Neves sobre el río Iguazú, inaugurado pocos meses atrás. Apreciamos las Cataratas en vista panorámica y visitamos la represa de Itaipú, cuando recién había comenzado a funcionar su primera turbina.

Como se hizo de noche y no llevábamos las carpas, buscamos un hospedaje a tono con nuestro presupuesto. El conserje ni nos pidió los documentos y les ofrecía a las chicas habitaciones matrimoniales. Ellas le dijeron que no estaban casadas, a lo que él respondió que no tenía importancia. Finalmente conseguí una habitación para mujeres y otra para hombres.

Salimos a cenar. Pedimos feijoada. No podíamos creer la cantidad de comida que trajeron. Imposible terminarla. Aprendimos que en Brasil, con un plato comen dos. Más tarde las chicas se tentaron con los Garotos (bombones brasileros) y los chicos con las garotas, y quisieron ir a bailar. Al principio me opuse, pero no lo pude evitar. Les di las mil recomendaciones, les hablé de los peligros de Foz do Iguaçu y de que estábamos en otro país sin autorizaciones firmadas. Salieron y todo estuvo bien, pero no dormí hasta que volvieron.

Ya de mañana, cuando estábamos por irnos, una de las chicas se descompuso y perdió el conocimiento. Nadie sabía lo que le pasaba, y revisando su bolso encontré medicación para diabéticos. Había comido un montón de bombones y ni ella ni los padres me habían informado de su dolencia. Así que ese día lo pasamos en el hospital.

 

Al regresar todo marchó de maravillas. Los ecos del viaje conmovieron al resto del curso y también a otras divisiones. La visita a San Ignacio generó interés en los jóvenes tanto en estudiar la historia de las Misiones Jesuíticas como en la lectura de las obras de Quiroga, dos temas que no habían visto en la escuela. Y aprendieron más Geografía que en varios meses de clase. Pero lo más importante fueron las experiencias vividas, que con sus contratiempos, ayudaron al grupo a consolidarse y a aceptar situaciones desconocidas.

 

 

Ana María Liberali