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Asunto:NoticiasdelCeHu 333/11 - VIAJANDO: La despedida
Fecha:Lunes, 4 de Abril, 2011  01:15:34 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 333/11
 

 

 

La despedida

 

A tres meses del golpe de estado del ’76, la situación en Misiones se complicaba día a día. Mi primo Coco (Víctor Marchesini), quien había sido diputado radical hasta el 24 de marzo, y luego puesto en prisión por los milicos en la cárcel de Candelaria, ahora estaba desaparecido. Lo mismo había ocurrido con algunos amigos y a otros les habían destrozado las casas, al no encontrarlos. Habían matado gente en el Centro de Posadas, y no había sido publicado por ningún medio. ¡No quedaba otra posibilidad que irnos!

Uno de los lugares donde trabajábamos era el Instituto Superior del Profesorado “Antonio Ruiz de Montoya”. Su rector, Monseñor Kemerer, nos ofreció ir a vivir al obispado como forma de protección. Se lo agradecimos sinceramente pero no lo aceptamos. Teníamos una hija de siete meses y otra en camino. Así que mi madre vino a buscar a la beba y la llevó rápidamente a Buenos Aires, para que estuviera a salvo de cualquier eventualidad. Aunque tampoco era demasiado seguro, ya que a mi padre los marinos lo acababan de echar de Radio El Mundo, donde era Jefe de Noticias, por “subversivo”, tal cual decía el telegrama de despido.

 

En medio de todo esto, el Instituto Montoya había invitado a Horacio Difrieri, quien había sido profesor nuestro en la UBA, a dar una conferencia. Al margen de las actividades dentro de la institución, se planificaron salidas a cargo de diferentes docentes, para recorrer la provincia. A mí me tocó llevarlo a San Ignacio.

Difrieri, que habiendo sido tanto geógrafo como antropólogo, y especialista en ruinas como el caso del Pucará de Tilcara y otras en la provincia de Salta, no había tenido oportunidad de conocer las de San Ignacio Miní. Quedó maravillado. Además de sacar cantidad de fotografías, tomó nota de cuanta información le proporcionaban los guías y no se cansó de hacer preguntas a los especialistas que se encontraban allí. Difrieri hablaba con todo el mundo. Y al salir, le contó al cuidador de autos que estaba en la puerta, que había venido de Buenos Aires a ver las ruinas. Imaginen la cara que puso, cuando el buen hombre le dijo: “¡¿No entiendo cómo la gente viene de tan lejos a ver este montón de piedras?!”

Recorrimos la ribera del río, visitamos la casa de Horacio Quiroga…, pero Don Horacio se paraba en todos lados y le hacía preguntas y chistes a la gente… Era casi imposible apurarlo. Por lo tanto, perdimos el ómnibus…

¡A las siete de la tarde tenía que estar dando la conferencia en el Montoya! El próximo micro vendría mucho después. Así que nos pusimos a hacer dedo, en plena ruta, a la salida del pueblo. ¡Cómo se reía! Decía: -“¡Si me vieran acá los que me van a ir a escuchar!” No pasó un minuto…, que paró un Citroen. Iban dos personas. Una de ellas dijo: “Profesor Difrieri, ¿cómo le va? Es un gusto conocerlo. Vamos a su conferencia.” Las risas duraron todo el camino, y tuvo tiempo de ir a cambiarse.

Esa noche, en el Profesorado habían organizado una reunión como recibimiento a Difrieri y como despedida de nosotros. Habíamos estado pocos meses, pero el cariño mutuo había sido muy grande. Fue muy emotivo y nos hicieron un montón de regalos, tanto compañeros como estudiantes. Uno de ellos fue un enorme mate de madera como símbolo de amistad. Desde ya que lloramos todos.

 

Despachamos todo lo de la casa hacia Buenos Aires, y nos quedamos con lo puesto y una mochilita cada uno. Ahora quedaba despedirnos de la tierra colorada y de la magia de la selva misionera. Así que iniciamos un viaje por la ruta 14, que es la que recorre la provincia por la zona central, por el lomo de las sierras, en la divisoria de aguas.

Los policías de la garita ya me conocían porque yo hacía dedo allí todos los días para ir a dar clase a la escuela de Garupá, por lo que no tuvimos inconveniente en que nos subieran en un camión que iba a buscar tabaco a Leandro N. Alem, y allí nos dejó. Pero nuestra intención era avanzar un poco más, y volvimos a la ruta… Allí nos dimos cuenta de cómo habían cambiado las cosas. Todos tenían miedo de parar. Nos preguntaban si teníamos armas, adónde íbamos exactamente. Y finalmente paró una camioneta. La cabina estaba completa, por lo que nos invitó a subir en la parte de atrás que estaba cubierta por una lona. Nos sentamos en el piso sobre unos trapos y entre cajas, que a oscuras no sabíamos de qué eran. En cuanto arrancó, los pollitos comenzaron a piar y lo hicieron en forma permanente durante todo el trayecto. El camino estaba poceado y los saltos del vehículo eran muy fuertes. Yo me puse muy nerviosa y temí por mi embarazo, pero no teníamos forma de hacerle saber al conductor que no queríamos seguir. En cuanto llegamos a Oberá nos bajamos, ¡llenos de plumitas!

Allí nos quedamos ese día porque yo necesitaba reposar un poco, y es una ciudad que lo permite. Además de la producción de yerba y té, se destaca por la diversidad de colectividades y por ende, hay templos de diversas religiones. La avenida principal tenía un boulevard repleto de azaleas rosas. ¡Una belleza!

Al día siguiente, a primera hora de la mañana volvimos a la ruta. Nos levantó una camioneta conducida por un ucraniano, que en la parte de atrás, llevaba a dos indiecitas que no tenían ni calzado ni bombachas. Fuimos en la cabina con él, y las palabras que cruzamos fueron mínimas. Atravesamos zonas de pinares y otras de bosque nativo. Pasamos por Campo Viera, Campo Grande, Aristóbulo del Valle, Dos de Mayo, y nos dejó en San Vicente, en el cruce a El Soberbio, que era donde él iba. Cuando bajamos se lo agradecimos, pero él nos respondió: -“Con las gracias, no pago el combustible…” Y nos cobró más de lo que costaba el colectivo.

Conseguimos un lugar donde comer algo. Pedimos milanesas con ensalada. Trajeron rápidamente la carne, pero no la guarnición. Cuando fuimos a reclamarla, vimos que estaban cortando la lechuga y sacando los tomates de la quinta del fondo. ¡Más fresco, imposible!

Se hizo la hora de la siesta y no pasaba nadie por el lugar. Caminamos un poco y llegamos a una escuelita rural, que estaba cerrada por vacaciones de invierno, pero donde nos pudimos guarecer un poco del sol. Allí estaba sentada, sobre una pared bajita, una brasilera mulata, con quien nos pusimos a conversar. Estaba amamantando a su niño mientras fumaba un habano. Al rato llegó el colectivo que ella esperaba; pero el que iba hacia el norte, recién lo haría a la noche.

Permanecimos toda la tarde allí haciendo dedo a los muy pocos vehículos que pasaron, sin buenos resultados. A veces, nos parecía escuchar el ruido de un motor de auto o camión, que nos podría sacar de ese lugar, pero no… Se trataba de las motosierras que utilizaban para talar el bosque.

Se hizo de noche y tomamos el colectivo. Nos acomodamos en los asientos de las últimas filas. Casi nos habíamos dormido, cuando encienden las luces y suben dos gendarmes con una lista de “buscados”, miran todo el coche y vienen directamente hacia nosotros a pedirnos los documentos. Les preguntamos ¿por qué solo a nosotros? A lo que el agente contestó que éramos los únicos a quienes no conocían. Constataron que no estuviéramos en la lista negra, nos revisaron las mochilas, y seguimos viaje.

Bien tarde llegamos a San Pedro. Buscamos lugar donde hospedarnos. Una mujer le ofreció a mi marido su hija para pasar la noche por poca plata. Yo me enojé, y ella me contestó que no estaba hablando conmigo… Finalmente nos alojamos en una habitación que estaba separada de las demás por tabiques como los de los baños, abiertos tanto arriba como abajo. Por lo que se oía todo lo de las demás habitaciones, donde había juerga con prostitutas brasileras. Para ir al baño, había que salir a la calle, caminar algo más de treinta metros y compartir la letrina con otros locales.

Viendo que el lugar y el momento no eran propicios para continuar haciendo dedo, a primera hora de la mañana tomamos el colectivo que nos llevaría a Bernardo de Irigoyen, el punto más alto de la provincia, a 800 metros sobre el nivel del mar.

La zona que estábamos atravesando, denominada Sierra de Misiones, es un basamento del macizo de Brasilia y está cubierto por rocas de color pardo negruzco, conocidas como meláfiros. Tiene un subsuelo formado por areniscas rojas producto de la erosión y la rotura de las rocas ígneas. El suelo es rojo, arcilloso y rico en aluminio y hierro. Esa noche había nevado, hecho que se produce cada tres o cuatro años. Era un espectáculo increíble ver el camino rojo, ya que aún no estaba pavimentado, la selva verde como marco y todo cubierto de un manto blanco que iba desapareciendo a medida que el sol aumentaba su calor.

Al mediodía estábamos en la frontera. Esta vez nos pidieron los documentos para cruzar a Brasil, pero creo que porque no nos conocían porque los demás seguían pasando tranquilamente, y mucho más cargados que nosotros. Volvimos a recorrer Barraçao y Dionisio Cerqueira, ahora con una temperatura más agradable. Y comprobamos que en caso de tener que irnos del país, continuaba siendo posible hacerlo por allí.

Volvimos a arreglar un viaje en camión hacia Eldorado. Había aumentado la explotación forestal en la zona. Pudimos ver en el camino la capuera, que es lo que crece del bosque después de ser talado. Un verdadero desastre.

Eldorado continuaba tan cerrada socialmente como siempre, por lo que retomamos la ruta 12 hacia el sur.

Al llegar a Posadas nos despedimos con mucha tristeza de nuestros familiares y de los amigos que aún estaban. En el Expreso Singer, volvimos a Buenos Aires a empezar de nuevo en un ambiente por demás complicado.

 

 

Ana María Liberali

 

 

 





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