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Asunto:NoticiasdelCeHu 194/11 - Pasajeros de Proa: EL ABUELO SUIZO EN LA CUÑA BOSCOSA
Fecha:Miercoles, 9 de Marzo, 2011  01:20:19 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 194/11
 
 

EL ABUELO SUIZO EN LA CUÑA BOSCOSA


Relato de Héctor Aldo Valinotti. Córdoba, Argentina año 2010. (*)

  Hace veinticinco millones de años, en la era terciaria, la región central y norte de argentina eran tierras deprimidas y ocupadas por las aguas salobres del oceano. Los naturalistas conocen el área como “Mar Entrerriano” del cual solo emergían las actuales Sierras de Córdoba.
   Restos arqueologicos del mismo son la laguna de Mar Chiquita (ansenuza), las salinas grandes en el limite de Córdoba y Santiago del Estero, el Salar del Hombre Muerto,en Catamarca, y las salinas del Bebedero (final del rio Desaguadero) en San Luis.
   En el norte de Santa Fe estos restos se ubican en las margenes del rio Salado que baja desde Santiago del Estero y reconoce una enorme cuenca mas al norte, en Salta y Jujuy. Casi en el centro de la provincia a este curso se le une otro cauce salobre conocido como Arroyo de la Golondrina,
   Entre ambos conforman una zona hinóspita, atípicamente blanca y de difícil acceso, poblada por una flora dura y aguantadora, una fauna dispersa de cascarudos (mulitas, peludos, tatuces), ñanduces y habitantes de lagunas y cañadones como los flamencos.
   Al Oeste de Vera y hacia Santiago del Estero se tendio a fines del siglo XIX una linea de fortines (“Olmos”, “Chilcas” y “Tostado”) destinado a asegurar el cruce transversal del pais, amenazado por las ultimas tribus belicosas que habian encontrado refugio en esa zona relativamente inaccesible. La mayoria de estos indigenas fueron asesinados sin piedad y las autoridades pagaban contra entrega de un par de sus orejas .
   Quizas la falta de hospitalidad de este gran angulo conformado por el Salado y La Golondrina salvaron a la region de la explotacion forestal intensiva. Asi estaba, por lo menos hasta l960 cuando comenzo a ser llamada “La cuña boscosa” porque era la unica region de Santa Fe que habia conservado, en parte, a su vegetacion natural.
   Mi abuelo suizo arrendo a La Forestal una parcela nunca mensurada de esas tierras y alli comenzo su “capitalizacion” sobre la base primaria de veintidos vacunos, cedidos por sus padres que habian integrado el grupo fundador de la Colonia Romang, sobre el rio Paraná., una colonia levantada detrás de una palizada para defenderse de los entonces frecuentes ataques de los indios tobas. Eran epocas en que Manuel Sager, suizo lider de los colonos encabezo mas de veinte expediciones y llego peleando contra los indios hasta bien entrado el noventa
  “En esta región pantanosa, salobre y anegadiza cuenta Juan Schoringer (“Inmigración y colonización suiza en la Argentina en el Slglo XIX”) se internó en 1873 el inquieto doctor Teófilo Romang..”
  “Algo al sud de Reconquista se estableció con un puñado de compatriotas de Helvecia, San Carlos y otras “viejas” colonias de Suizos, llegados años antes. “”Dicho lugar se encuentra sobre el Paraná y en la zona de su confluencia con el arroyo Malabrigo...” “Fundaciones posteriores fueron las de Berna (por el bernés del Jura Juan Liechti) y de la colonia “Ella” luego también conocida como “Malabrigo” (por Fritz Sigel) ambas en 1891...”
“Romang, Berna y Ella dice Schoringer, forman un amplio triángulo colonizado por el trabajo suizo y de sus descendiente. Ellos constituyeron una especie de válvula de escape de los mas aventureros y luchadores, representando al mismo tiempo un verdadero bloque germano-helvético en pleno Chaco...”
   Con casi cuarenta años volví a la “Cuña boscosa”
   Quería confirmar algunos recuerdos de viaje de una infancia muy temprana y llevar a mi madre al lugar donde se había criado (unas tierras altas junto a la laguna “La Sarnosa”) Para ello conté con un automóvil con la ayuda invalorable de Tiburcio un ex gaucho ahora casado con mi tia de nombre María.
   Llegamos por huellas borradas y referencias distintas, en un par de horas, a las ruinas del rancho. Una distancia donde antes demorábamos todo el día , al paso cansino de los caballos que el abuelo enganchaba a su “jardinera”.
   Apenas arribados, Tiburcio limpió unas varas de tala en las cuales ensartó dos tiras anchas de costilla. Como fuego utilizó unas vigas sueltas de la tapera. “Si el viejo pudiera verme haciendo esto -dijo- seguro me putearía y pensaría que, después de todo, este tipo, que supo robarme una hija, tenía que terminar así, quemándome la casa..” “¿Pero para que otra cosa sirve ahora este rancho “-se preguntó- “Yo entuavía mi acuerdo que lo hizo por el año veintidós, con vigas de leña campana y que algunas estaban verdes, como podes ver”. Y tocaba los troncos que se habían carcomido. “Es increible como aguanto este Guaraniná, que hasta tiene las mismas cotorras.”
   El árbol, junto a los restos de la casa, sin duda tenia más de cien años. Todo un sobreviviente de tierra forestal arrasada.
“La mayoría de los colonos suizos llegó a Romang por el Paraná, en barcos de rueda. Muchos vinieron directamente desde sus pueblos. En todos sus años, mi padre se ganó la vida con su oficio de carpintero, “Estos eran recuerdos del abuelo Rodolfo Schaffner, criollo como el que más pero con nacimiento anotado en Berna.
“Me acuerdo de los indios. Yo los vi. Sobre todo me acuerdo de un malón cuando uno quiso desatar y llevarse un caballo que teníamos maneado en el patio. El animal sintió el olor del indio y comenzó a bellaquear, por lo que el Indio no se le animaba. Hasta que mi padre lo espanto con un tiro de Remington...”
   Un poco mas adelante llegó el ferrocarril- “Cuando de noche llegó el primer tren -seguía contando- era el primer tren que se veía por esos campo, todo negro y con un tremendo ruido de fierros y un gran farol por delante. Yo, que era un muchacho salí corriendo y me subí a un árbol, del susto. Recién me bajaron cuando el tren se fue.        Siempre me pareció una gran caja negra que echaba humo, con muchas casitas, con ventanas, que corrían por detrás...”
   A todo esto Tiburcio ya ha puesto el costillar y las varas de tala inclinadas sobre las llamas y tiene los ojos perdidos en la laguna, en las ensenadas y sus isletas, donde-seguro- deambuló cuando joven. Iguales en el tiempo, con su paisaje de juncos, costas de sal y algarrobos.
   O quizas, tenga la vista puesta en la costa, donde bajaban los flamencos, con sus suaves y delicadas plumas rosadas, los mismos que la abuela Flora cazaba desde la puerta del rancho con su Winchester.
   Yo, en tanto, pienso en los huevos de ñandú con que la abuela hacia adornos, en los caparazones de tatú dispersos por los alrededores, en los envases de pólvora negra, en la basura detrás del horno. Y en las tumba de los hermanitos varones muertos en el montecito cercano, todavía rodeadas de piedritas blancas
   La historia del abuelo suizo, a fin de cuentas ha sido simple. Crió y vendió algo mas de docientas vacas, mantuvo su contrato con “La Forestal”, reunía y recontaba sus animales dos veces al año con otras tantas “yerras”, donde se los marcaba a fuego en el cuarto trasero. La “yerra” era mas bien una práctica feroz de defensa propia para impedir que otro ganadero lo hiciera primero y se apropiara tempranamente del ternero sin marcar.
   Discusiones sobre marcas y contra-marcas, dos pozos de balde con madera “calzada”, una casa, un galpón, un carro de caballos, varios perros, seis hijas vivas, varios niños muertos, una victrola para escuchar música con discos de pasta negra; tiempo de innundaciones y epocas de sequía, cielo y monte, eran las variantes de días, meses y años increíblemente iguales.
   Hacia los años ´40 el abuelo Rodolfo compró un Oldsmobile un enorme automóvil de ocho cilindros que nunca pudo aprender a conducir.
“Aquella que esta abajo es la Cruz del Sur”, afirmaba pero señalando la “falsa cruz”. “Las tres que estan aquí arriba son las tres marías“, decía apuntando al cinturón de Orión, “Con las demás forman el puñal…””Esas otras, esas chiquita, ¿Las ves? Que apenas brillan, son los Siete Cabritos, “y apuntaba a las Pleyades.
Hasta aquí llegaba la astronomía básica del abuelo que le era mas que suficiente para orientarse, de noche, y en el monte.
El abuelo había visto al Cometa (Halley), años antes. Afirmaba -convencido- de que los exploradores llegarían un día al Polo Sur y al Norte. Y que… quien sabe, vaya uno a saber, alguna vez también podrían llegar también a la Luna, pero en este tema ya nadie le prestaba atención porque pensaban que desvariaba.
Frente al esqueleto blanco de la tapera del abuelo Rodolfo, Tiburcio alcanza un vaso de vino tinto: “Servite que esto está muy seco y hay que mojarlo, ya es tiempo de echarse un trago...”
   Los cuarenta años que hay de por medio con los recuerdos del abuelo son una espesa urdimbre de vida vivida que se va diluyendo en un mediodía de cigarras, chajás y tacuruces. Y toda la memoria, en un instante, completamente muerta se abre a un cielo esplendoroso de sol sin una nube.


(*) Héctor Aldo Valinotti es bioquímico y periodista. Nacido en Santa Fe. Se considera cordobés por adopción. Fue corresponsal de LEMONDE, de París. Secretario de Redacción de EL TIEMPO de Córdoba y redactor de revistas y diarios mediterráneos. En periodismo radial realizó varias encuestas y pronósticos electorales. Se desempeñó como profesor de la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba.