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Asunto:NoticiasdelCeHu 187/11 - La utopía goza de buena salud
Fecha:Martes, 8 de Marzo, 2011  13:03:42 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 187/11
 

La utopía goza de buena salud

                                                                 

 Alfredo César Dachary

 

En pleno auge de la denominada era del progreso, donde las grandes exposiciones universales eran el escaparate de lo ilimitado que era el universo del hombre en el siglo XIX, la gran mayoría de las noticias eran, por así decirlo, “alentadoras”, o sea, llenas de esperanza.

Julio Verne, el cronista más activo de este futuro esperanzador, creó a través de sus libros la sensación de que venían grandes momentos para la humanidad, mientras David Livingstone “descubría” el corazón de África, para que pocos años después en Berlín, los jefes de estado y reyes se la dividieran como un lugar para la aventura.

El sueño del mejor de los mundos para un reducido número de europeos y americanos se cayó del pedestal en 1914 y sin más maquillaje que la realidad, apareció una máscara para un nuevo horror, el uso militar de los gases mortales junto a los bombardeos masivos.

Pero de las cenizas de la esperanza de la era del progreso florecieron, nuevas utopías, revoluciones y movimientos de liberación de los pueblos, los cuáles se continuaron al término de la segunda gran conflagración mundial para cerrar el ciclo colonial moderno que se abrió a fines del siglo XIX.

Las grandes guerras, incluida la agresión nuclear estrenada por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki, no han frenado el espíritu libertario del ser humano y, con ello, el mayor de sus sueños, la utopía libertaria, esa esperanza que mantienen latente millones de personas que hoy habitan este asimétrico planeta y sobreviven en medio de la pobreza y la falta de libertad.

Cuando unos años atrás, el filósofo norteamericano Francis Fukuyama, científico de la Fundación Rand, planteó el fin de la historia, claro que política, intentó cerrar el ciclo de la utopía y condenarnos a un sistema eterno. Quiso borrar la historia aunque, pocos años después, se tuvo que rectificar.

Pero sus grandes errores no se limitaron a esta falsa afirmación sino que fueron más lejos y, en su libro “Confianza” sostiene que las diferencias culturales son determinantes en el éxito de una nación, ya que el capital social que representa la confianza sería tan importante como el capital físico.

Por ello afirma que Japón, el país de sus padres y Estados Unidos, su actual país, tienen en común sociedades con un alto nivel de confianza social que incide en el éxito económico, a diferencia de China que tiene, como los países latinos, un bajo nivel de confianza.

Una vez más la historia le demuestra lo contrario y, es más, se invierte ya que las sociedades exitosas de ayer están en crisis hoy, en un cambio a diferentes tiempos pero que no se para, se va dando, lo cual siempre nos deja la esperanza que éste nos termine beneficiando a quienes vivimos en la periferia del actual centro del poder.

El mundo ha cambiado tanto en esta primera década del siglo XXI que, dos décadas después de la caída de la URSS, un violento cambio en la geografía política del mundo, el país con mayor crecimiento del planeta y con mayores posibilidades de ser la potencia hegemónica del futuro es China.

Ésta es gobernada, vaya la paradoja, por el Partido Comunista chino, un nuevo capitalismo controlado por el Estado que logró sacar el mayor número de gente de la pobreza de la historia.

Junto a China están Rusia, la ex URSS un poco reducida, Brasil que bajo el liderazgo del Partido del Trabajo, de izquierda, ha dado un salto extraordinario y se ha colocado entre las cuatro grandes potencias emergentes y junto a ellos está la India, ayer colonia británica y hoy una potencia nuclear al igual que Pakistán.

En Sudamérica, Uruguay ha sido calificado con el país con mejor calidad de vida, que incluye desde seguridad, educación y salud, entre lo más significativo, por organismos internacionales, siendo la nueva paradoja del siglo XXI, que este país esté gobernado por uno de los jefes históricos de la guerrilla Tupamaru, mientras en el vecino Argentina, a los jefes militares de la última dictadura los están juzgando en Tribunales nacionales por delitos de lesa humanidad.

Pero las sorpresas en el cono sur continúan más allá de lo pensado. Un aimara, hijo de uno de los pueblos originarios andinos gobierna Bolivia, mientras su ejército, el que capturó y ejecutó al Che Guevara medio siglo atrás, se define como socialista.

Junto a ellos está Paraguay, donde un ex obispo logró ganarle luego de más de siete décadas de poder el gobierno al oficialista Partido Colorado y, pese a lo difícil que ha sido su gestión en el 2010, Paraguay tuvo el incremento más alto de América en el crecimiento del PIB, que fue del 9.4%, según los informes que dio la CEPAL.

Estos cambios, impensables a comienzos del siglo XXI, son el marco del desarrollo de nuevas utopías libertarias, en los propios países centrales que nunca han sido igualitarios y equitativos hacia adentro y que hoy con esta crisis estructural se profundizan sus diferencias y la gran periferia que quiere desprenderse del neocolonialismo impuesto por el capitalismo global.

Ésta es una lucha compleja y, si bien Estados Unidos ha perdido el empuje y el control en ciertas partes del mundo como es en América del Sur, donde construyen alternativas a su hegemonía, no ocurre lo mismo en otras partes del mundo.

Pero ello no nos ha borrado recuerdos del pasado que se han vuelto a repetir en estos últimos años, como fue el golpe militar contra el gobierno constitucional de Honduras, el intento en Ecuador y atentados en Bolivia, todos orientados a frenar los grandes cambios regionales.

Pero los pueblos no se rinden y, cuando menos se espera, estallan los conflictos sociales y con ellos la potencialidad de cambios en el poder, siempre con la esperanza de lograr una sociedad más equitativa a países tan asimétricos que nos recuerdan sistemas del pasado.

Hoy la utopía ganó una nueva batalla y el único participante de la misma fue el pueblo de Túnez, una “democracia moderna”, apenas dos décadas de un solo gobernante que en un lugar complejo y geopolíticamente importante se mantuvo junto a Estados Unidos y Francia y, que pese a ello, ha caído.

Túnez era la dictadura perfecta, tan controlada y amordazada que nunca se sentían noticias sobre el país, salvo las alabanzas que venían de sus patrocinadores franceses por ser una ex colonia y de los norteamericanos por ser aliados en el complejo Magreb.

Tan cerrada fue esta “modernidad amordazada”, que se ha conocido hoy que hace dos años se dio una larga lucha, quizás el punto de partida del triunfo actual, que duró cuatro meses y fue derrotada con una sangrienta represión en la región minera de Gafsa y que, los pocos periodistas que intentaron cubrirla fueron a parar a la cárcel, por alentar la disolución social.

El ex policía devenido en dictador “moderno y progresista”, según sus aliados, especialmente Francia, que no le dio asilo porque ello podría reencender la mecha entre la gran emigración magrebí que sobrevive en la miseria de esta gran y poderosa sociedad europea, tuvo que conformarse con ser recibido en un país conservador como es Arabia Saudita, donde aún no ha llegado una de las conquistas del siglo XX: la revolución femenina.

La lucha por consolidar esta victoria continuará por mucho tiempo, mientras aparecen las bellas ideas de la utopía libertaria, como la de los periodistas que sostienen que sólo “nos queda ser libres”  y que por ello los periodistas tienen la responsabilidad histórica de informar al pueblo, sin limitaciones para que construyan su libertad.

Otros plantean que los bienes de la familia del dictador Ben Ali y la de su esposa, que fue la que más poder acumuló, sean expropiados y socializados para usarlos en la reconstrucción del país. Es la catarsis que genera la libertad, las ideas que salen de la propia sociedad que busca un mejor camino para reconstruirse y erigirse sobre una base más justa y, por ende, más humana.

Túnez nos recuerda que cuando hay hambre y se pierde el miedo, cuando hay jóvenes que salen a luchar por sus ideas y el resto de la sociedad los acompaña, no hay fusiles que los detengan.

Por ello, una vez más podemos decir que la utopía, que creían muchos ya enterrada, goza de buena salud.

 

 alfredocesar7@yahoo.com.mx

 


 




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