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Asunto:NoticiasdelCeHu 184/11 - Túnez, El Cairo, Benghazi, Atenas, Wisc onsin (Michael Savas Matsas)
Fecha:Jueves, 3 de Marzo, 2011  20:30:44 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 184/11

Túnez, El Cairo, Benghazi, Atenas, Wisconsin

Michael Savas Matsas

www.po.org.ar

3/3/11

 

El ritmo de la Historia se ha acelerado dramáticamente desde el comienzo del año 2011: en enero, el dictador Ben Ali fue barrido por la revolución tunecina que encendió las llamas de la revolución en Egipto y en todo el mundo árabe, desde Mauritania, Marruecos y Algeria hasta Yemen, Bahrein, Omán y desde el Atlántico al Océano Indico.

Incluso después de la partida de los dictadores egipcio y tunecino, las masas no detuvieron la lucha revolucionaria. Esto se demuestra claramente en la fuerte movilización de 100.000 personas en Túnez, los sangrientos choques y la renuncia de Ghanoussi, y el poderoso movimiento huelguístico de la clase tEabajadora en Egipto que desafía las órdenes militares. Los choques armados en Libia y las masacres del pueblo libio por el régimen desintegrado del dictador Gaddafi, el amigo de Tony Blair y Berlusconi, así como también la amenaza de una intervención militar imperialista "humanitaria" en la región, no pueden ser separados del despligue de la revolución árabe, a pesar de las diferencias existentes.

Libia

Por cierto, el proceso revolucionario nunca es uniforme, nunca es lineal. Toma diferentes formas en diferentes formaciones sociales, incluyendo en aquellas de una región que comparte antecedentes históricos comunes.
El mundo árabe post-otomano fue deliberadamente fragmentado por los imperialismos de Inglaterra, Francia e Italia, y más tarde por las elites militares gobernantes feudal-capitalistas. La tarea histórica de una unidad política árabe fue levantada por los nasseristas y baatistas. No podía sino fracasar por sus propios límites y los de la tardía burguesía árabe, unida por miles de lazos al imperialismo. Lo que se está extendiendo ahora es el levantamiento de las masas árabes no solamente contra los monarcas y emires, sino también, y por sobre todo, contra los regímenes que emergieron en el despertar anticolonial de los años 1950-1960 y que luego capitularon ante el imperialismo para servir a sus propios intereses egoístas.
La declinación del nacionalismo árabe toma una forma particularmente violenta en Libia debido a las estructuras arcaicas de una sociedad tribal preservada por el régimen de Gaddafi. El desarrollo de la clase obrera local fue evitado deliberadamente. La fuerza de trabajo fue importada desde el extranjero y ahora está siendo evacuada del país. Por el contrario, en Túnez, el proletariado jugó un rol decisivo desde el principio de la revolución, y en Egipto estuvo preparado e intervino desde principios de febrero.
La brutalidad de la guerra civil en Libia, que recuerda a las guerras tribales en Africa, y la existencia de fuertes elementos islámistas -golpeados a mediados de los '90, pero nunca extinguidos-, refleja las condiciones primitivas del pais que el llamado "Tercer Camino Universal" de Gaddafi mantuvo intactas. El dictador libio, por un período entero, jugó el rol de un Bonaparte que equilibraba entre intereses en conflicto; al interior del país, entre las diferentes tribus y clanes; y en el exterior, entre el imperialismo, las masas árabes y otras fuerzas antiimperialistas, particularmente durante el período de la Guerra Fría y el resurgimiento de las luchas nacionales en la periferia.
Los limites de este equilibrio se han agotado por la globalización capitalista y sus crisis, la desaparición de la URSS, la reafirmación de la agresividad y la guerra que libra el imperialismo y el sionismo en Medio Oriente y en Asia Central. El régimen de Gaddafi, falto de una real base social popular, capituló ante el imperialismo de la manera más obscena, particularmente en la última década. Mientras en el primer período la base de los Estados Unidos en Whilas fue expulsada y los campos de petróleo fueron nacionalizados, ahora, Gaddafi y su corrupta camarilla vendieron el petróleo que producía el país; en primer lugar, a las grandes compañías de Inglaterra e Italia. El viejo "demonio" de Occidente se transformó en el mimado de los gobernantes en Londres, París y Roma.
Es vergonzoso, un síntoma inequívoco de una bancarrota moral y política, el hecho de que Chávez y su "socialismo del siglo XXI", o en Grecia, el "libertario" Takis Fotopoulos y su "democracia inclusiva" les den apoyo, apenas "crítico" o recubierto por un velo de "neutralidad entre los dos campos de la guerra civil" en el nombre del antiimperialismo. Los "socialistas" radicales y anarquistas antiimperialistas que no desafían al capitalismo, comparten ahora el destino del nacionalismo burgués radical en su ignominiosa y sangrienta caída.
Gaddafi es el hombre del imperialismo, incluso aunque éste hipócritamente ahora lo abandona. No hay duda de que el imperialismo tiene sus propios seguidores en el campo de la oposición (entre oficiales ex Gaddafi, islamistas y emigrados burgueses) y prepara su intervención en esta región estratégica, contra la revolución árabe y en defensa del Estado sionista en crisis. Pero para enfrentar al imperialismo en la región, tenemos que apoyar la lucha justa del pueblo de Libia para derrocar al tirano. Los rebeldes en Benghazi, hablando a Al Jazeera, denunciaron: "Occidente desea intervenir solamente para salvar el saqueo del petróleo libio" e insistieron que están solos para enfrentar con sus propios medios a su enemigo.
La clase obrera, ante todo en los países de la Otan, tiene el deber de parar cualquier tipo de intervención imperialista y ponerse del lado de los revolucionarios, oponiéndose a las fuerzas pro-imperialistas y planteando un programa de revolución permanente en el país, en la región y a escala internacional.

Revolución y crisis

Mientras no solamente millones de oprimidos en la región y en todo el mundo, sino también las clases dominantes, reconocen el carácter revolucionario de los eventos en el Magreb y en la península arábiga, algunos pesimistas profesionales de la izquierda (incluyendo la llamada extrema izquierda o izquierda radical) tratan de negar que lo que está ocurriendo frente a nosotros es una revolución, porque no cumple con su esquema de lo que una revolución "real" debería ser, o porque no está dirigida por un partido comunista.
El estalinista KKE en Grecia, sacando de contexto y distorsionando la famosa acotación de Lenin que dice que la revolución se caracteriza por la "transferencia de poder de una clase a otra", omite innumerables textos de Lenin hablando sobre los procesos revolucionarios de profunda transformación social, nunca "puros" en su composición, siempre llenos de confusión política e ideológica, que llevan ya a la victoria (la transferencia de poder de una clase a otra -la revolución social, por ejemplo, de Octubre de 1917-, o de una sección de una clase a otra sección de la misma clase -revolución política, por ejemplo la de Francia en 1848-) o a la derrota (por ejemplo la revolución griega de 1941-49). pero una revolución derrotada, cuando la clase dominante se mantiene en el poder, es aun así una revolución (por ejemplo la revolución rusa de 1905).
Otros (ver el artículo de Petros Papakonstantinou en Prin, el periódico del NAR, del 20 de febrero) deploran que aún en Egipto lo que esta ocurriendo es, como mucho, una revuelta, no una revolución. El mismo autor, en otro artículo como corresponsal del burgués Kathimerini, señala correctamente que la primera palabra que se debe aprender en el Medio Oriente ahora es "thawra", revolución...
Los marxistas revolucionarios no hemos vacilado: como hemos señalado en un artículo publicado en nuestro periódico Nea Prooptiki, el 19 de febrero, no solamente estamos frente a una revolución árabe: la revolución en el mundo árabe golpea las puertas de Europa. La revuelta griega de 2008 fue el preludio -la "primera explosión política de la crisis económica mundial", según las famosas palabras del infame Dominique Strauss-Kahn -anunciando la llegada de explosiones revolucionarias. Hemos entrado en una nueva fase de la revolución mundial, exacerbada por la profundización de la crisis capitalista que estalló en 2007.
Es importante y vital reconocer el carácter revolucionario de la agitación en el mundo árabe. Pero no es suficiente: como marxistas tenemos que establecer la conexión dialéctica de esos hechos políticos de primer orden histórico y sus condiciones materiales de posibilidad en la actual crisis mundial.
Después del colapso de Lehman Brothers y la inmediata amenaza de una explosión del sistema financiero mundial en otoño de 2008, los intentos de los Estados capitalistas y los bancos centrales para detener la crisis, por medio de inyecciones de enorme liquidez y paquetes de rescate - un proceso exacerbado aún más por la llamada Flexibilización Cuantitativa 2, decididoa en noviembre de 2010 por Bernake, jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos-, produjeron una gigantesca especulación y una oleada inflacionaria hacia el llamado Bric (Brasil, Rusia, India, China) y los países del sur. El resultado fue un nuevo salto en los precios de la energía y los alimentos que pone fuego en la ya acumulada dinamita social en los países árabes, que sufren un enorme empobrecimiento y poblaciones muy jóvenes que sufren desempleo crónico.
El mismo proceso de 2008, de expansión del déficit y deudas, produjo la pesadilla de la crisis de la deuda publica europea y la insostenible crisis fiscal de Estados Unidos.
La Coordinadora por la Refundación de la Cuarta Internacional ha seguido de cerca este proceso, analizando y haciendo los pronósticos correctos paso por paso.






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