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Asunto:NoticiasdelCeHu 81/11 - Alain Badiou / Gideon Levy / Mark Levine
Fecha:Sabado, 12 de Febrero, 2011  07:39:21 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

tunisiawatch.com

NCeHu 81/11
Fuente: www.rebelion.org , 12/2/11
A)
A propósito de los disturbios en general y los de Túnez en particular

Alain Badiou
Traducido para Rebelión por Jorge Aldao y revisado por Caty R.


Hoy voy a hablar de los disturbios en Túnez. No nos apartaremos del tema del seminario de este año -¿Qué significa «cambiar el mundo»?- una expresión cuya naturaleza equívoca ya he señalado.

Si entendemos por «disturbios» la actuación en las calles de personas que quieren conseguir el derrocamiento del gobierno por medio de una violencia de grado variable, debemos destacar en primer lugar la rareza de estos disturbios en Túnez: fueron victoriosos. Allí había un régimen que durante 23 años parecía firme y sin embargo fue derrocado por una acción popular que inmediatamente estableció de manera retroactiva su naturaleza de «eslabón más débil».

¿Por qué es necesario analizar este fenómeno, cuando podríamos limitarnos a alegrarnos? Porque despunta una cierta inquietud vinculada a la obligatoriedad de la satisfacción cuyo carácter, digamos consensual, conviene señalar a pesar de la ilegalidad inherente a estos acontecimientos. Hoy no es fácil decir: «Me gusta Ben Alí y siento mucho que haya tenido que abandonar el poder». Si lo decimos nos encontraremos en una posición muy incómoda. Por esa razón hay que rendir un homenaje a la ministra Alliot-Marie que lamentó públicamente haberse demorado en ofrecer «las habilidades» de las fuerzas de policía de Francia al servicio de Ben Alí, expresando en voz alta lo que su colegas pensaban para su coleto. A su lado Sarkozy es un hipócrita y un cobarde, igual que todos aquéllos, tanto en la derecha como en la izquierda, que hace sólo unas semanas se congratulaban por tener en Ben Alí una sólida muralla contra el islamismo y un alumno excelente de Occidente y que hoy se ven obligados, por un consenso de opinión, a fingir que se alegran de su salida con el rabo entre las piernas.

Insistamos: un gobierno derrocado por la violencia popular (y en especial por la juventud, que fue la punta de lanza), es un fenómeno raro para el cual, si queremos encontrar un precedente similar, hace falta retroceder treinta años, a saber, a la revolución iraní de 1979 [1]. Treinta años durante los que prevaleció la convicción de que tales fenómenos ya no eran posibles. Es, en particular, lo que proclamaba la tesis conocida como «el fin de la historia». Dicha tesis evidentemente no significaba que ya no sucedería nada más. «Fin la historia» quería decir «fin de los acontecimientos históricos», fin de lo que la organización del poder podía volver a poner en juego gracias a un momento en el que, como decía Trotski, «las masas hacen su aparición en la Historia». La trayectoria normal de las cosas era la alianza de la economía de mercado y la democracia parlamentaria, alianza que era la única norma sostenible de la subjetividad general. Ése es el significado del término «globalización»: esta subjetividad convertida en subjetividad mundial. Lo cual, por otra parte, no es incompatible con las guerras punitivas (Iraq, Afganistán), las guerras civiles (en los degradados Estados africanos), la represión de la Intifada palestina etc. Así, lo más fascinante de los acontecimientos de Túnez es su historicidad, la puesta en evidencia de una capacidad intacta de creación de nuevas formas de organización colectiva.

Al conjunto formado por la economía de mercado y la democracia parlamentaria, concebido como un sistema insuperable, propongo nombrarlo: «Occidente» que, por otra parte, es como él mismo se autodenomina. Entre otros nombres que circulan, podemos señalar «comunidad internacional», «civilización» (donde se contrapone, como corresponde, a diversas formas de barbarie, véase la expresión «choque de civilizaciones»), «potencias occidentales»… Recuerdo que hace más de treinta años el único grupo que reivindicaba este nombre sistemáticamente -«Occidente»-, era un pequeño grupo fascista armado con barras de hierro (con el que tuve un choque en mi juventud). Que una palabra pueda cambiar de referente de manera tan espectacular sólo puede significar que el propio mundo cambió. El mundo ya no tiene la misma trascendencia.

¿Estamos en una época de disturbios?

Se podría pensar así viendo los recientes acontecimientos de Grecia, Islandia, Inglaterra, Tailandia (los Camisas Rojas), los motines del hambre en África o las importantes revueltas obreras en China. En la propia Francia existe una especie de tensión pre-revolucionaria; a través de fenómenos como las ocupaciones de fábricas, la gente está al borde de aceptar la revuelta.

Para explicarlo existe, por supuesto, la crisis sistémica del capitalismo que apareció hace 2 ó 3 años (y que está lejos de acabar) con su sucesión de estancamientos sociales, de miserias, y la sensación creciente de que el sistema no es tan viable ni tan magnífico como nos dijeron; la vacuidad de los sistemas políticos se ha vuelto patente y sólo se justifican como servidores del sistema económico (el episodio del «salvamento de los bancos» fue particularmente demostrativo), lo que contribuye mucho a despojarlos de credibilidad. En el mismo período, y precisamente porque son los agentes de la supervivencia del sistema, los Estados tomaron medidas dramáticamente reaccionarias en varios sectores (ferrocarriles, correos, escuelas, hospitales…).

Me gustaría situar estos fenómenos en el marco de una periodicidad histórica. Creo que las condiciones para los disturbios aparecen en períodos «entre intervalos». ¿Qué es un período «entre intervalos»? A una secuencia en la que la lógica revolucionaria se clarifica y en la que ésta se presenta explícitamente como una alternativa, sucede un período «entre intervalos» en el que la idea revolucionaria se desactiva y todavía no existe otra que la sustituya, donde aún no se ha construido una disposición alternativa. Es durante esos períodos cuando los reaccionarios pueden decir, justamente porque la alternativa está debilitada, que las cosas han retomado su curso natural. Es lo que sucedió típicamente en 1815 con los restauradores de la Santa-Alianza. En los períodos «entre intervalos» existen los descontentos pero no están estructurados, ya que no pueden sacar su fuerza de una idea compartida. Su fuerza es esencialmente negativa («que se vayan»). Por esa razón, la forma de actuar de una masa colectiva durante un período «entre intervalos» son los disturbios. Tomemos el período de 1820-1850: fue un gran período de motines (1830, 1848, la «Révolté des Canuts» [revuelta de los industriales de la seda, n. de t.] de Lyon…), pero no fue estéril; al contrario, fue muy fecunda aunque de modo invisible. De este período salieron las grandes orientaciones políticas globales que estructuraron el siglo siguiente. Ya lo dijo Marx: «el movimiento obrero francés fue una de las fuentes de su pensamiento (junto a la filosofía alemana y la economía política inglesa)».

¿Cuál es el criterio de valoración de los disturbios?

El problema característico de los disturbios, como elementos que cuestionan el poder del Estado, es que exponen al Estado a un cambio político (la posibilidad de que se hunda), pero los disturbios no constituyen ese cambio: lo que sucederá en el Estado no está previsto antes de los disturbios. Es la diferencia principal con una revolución que propone, en sí misma, una alternativa. Esta es la razón por la que, en todas las épocas, los revolucionarios se quejan de que el nuevo régimen es igual que el anterior (tenemos el prototipo después de la caída de Napoleón III con la constitución, el 4 de septiembre, de un régimen formado por el personal político del régimen anterior). Les señalo que el Partido, tal como fue creado el concepto por el POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, n. de t.) y luego por los bolcheviques, es una estructura explícitamente apta para constituirse como una alternativa al poder establecido. Cuando la figura de los disturbios se convierte en una figura política, es decir, cuando dispone del personal político que necesita y no es necesario recurrir a los «viejos caballos políticos», en ese momento se puede anunciar el final del período «entre intervalos».

Volviendo a la revuelta tunecina, es muy probable que continúe –fragmentándose- al proclamar que el modelo de poder que se va a instalar está tan desconectado del movimiento popular que tampoco se acepta. Entonces, ¿sobre qué criterios se pueden valorar los disturbios? En primer lugar debería existir una cierta empatía con ellos, condición completamente necesaria. Está el reconocimiento de su capacidad negativa, el poder deshonrado se hunde, al menos sus símbolos. ¿Pero qué es lo que se afirma? La prensa occidental ya respondió diciendo que allí se está expresando un deseo de Occidente. Lo que se puede asegurar es que se trata de un deseo de libertad y que tal deseo es, sin discusión, un deseo legítimo frente a un régimen tan despótico y corrompido como el de Ben Alí. Qué este deseo como tal sea un deseo de Occidente es más dudoso.

Hay que recordar que Occidente como potencia hasta ahora no ha dado ninguna prueba de que se preocupe de alguna forma de organizar la libertad en los lugares donde interviene. Lo que cuenta para Occidente es: «¿Están con nosotros o no?», dando a la expresión «estar con nosotros» el significado de pertenecer a la economía de mercado, si es necesario en colaboración con una policía contrarrevolucionaria. Los «países amigos» como Egipto o Pakistán también son despóticos y corruptos como lo era el Túnez de Ben Alí, pero no se oye hablar demasiado de este asunto a los que aparecieron, con ocasión de los acontecimientos de Túnez, como ardientes defensores de la libertad.

¿Cómo definir un movimiento que se puede reducir a un «deseo de Occidente»? Podríamos decir, y esta definición se puede aplicar a cualquier país, que se trata de un movimiento que se concreta en la figura de unos disturbios «antidéspota» cuya potencia negativa y popular toma la forma de la masa y cuya potencia afirmativa no tiene más normas que las que prevalecen en Occidente. Un movimiento popular que responde a esta definición tiene muchas posibilidades de agotarse en las elecciones y no hay ninguna razón para que origine otra perspectiva política. Opino que al final de un proceso de ese tipo habremos asistido a un fenómeno de inclusión occidental. Lo que nos dice la prensa occidental es que este fenómeno es la salida inevitable del proceso de las revueltas, en este caso en Túnez.

Si es cierto, como previó Marx, que el espacio de realización de las ideas emancipadoras es el espacio mundial (lo cual, dicho sea de paso, no fue el caso de las revoluciones del siglo XX), entonces un fenómeno de inclusión occidental no puede considerarse un verdadero cambio. Lo que sería un cambio de verdad sería una salida de Occidente, una «desoccidentalización», y ésta tomaría la forma de una exclusión. Fantasía, me dirán, pero es justamente un fantasía típica de un período «entre intervalos» como el que estamos viviendo.

Si hubiera un desarrollo diferente de la evolución hacia la inclusión occidental, ¿qué podría constatarlo? Aquí no se puede dar ninguna respuesta formal. Simplemente podemos decir que no hay nada que esperar del análisis del proceso estatal en sí mismo el cual, necesariamente largo y tortuoso, acabará por desembocar en elecciones. Lo que hace falta es una investigación paciente y minuciosa entre la gente en busca de aquello que, al final de un proceso de división inevitable (porque siempre hay dos que tienen la Verdad, y no uno), estará dirigido por una parte del movimiento: los que ya se anunciaron. No se elegirán los que no sean solubles a la inclusión occidental. Si existen entre los anunciados, se les reconocerá fácilmente. Es con la condición de esos nuevos anunciados como puede concebirse un proceso de organización de la acción colectiva.

Para concluir, volvamos a la empatía. La enseñanza de los acontecimientos tunecinos, la lección mínima, es que lo que aparenta una estabilidad a toda prueba puede acabar hundiéndose. Y esto, esto produce placer, incluso mucho placer.

Nota:

[1] La caída de los regímenes comunistas de Europa del Este hace una veintena de años no es comparable. Dicha caída se llevó a cabo con el consentimiento de la URSS, simbolizado en la entrevista entre el dirigente alemán oriental Honecker y sus tutores rusos: cuando Honecker les pidió la autorización (que estaba obligado a pedir) para disparar sobre la muchedumbre se la denegaron. El cambio de la estructura del poder comunista se llevó a cabo con los mismos «apparátchiks» que se instalaron en el poder sobre las ruinas del sistema que ellos mismos habían conducido a la implosión.

Alan Badiou acabó su intervención con la lectura del poema de Bertold Bretch Elogio de la dialéctica:

Con paso firme se pasea hoy la injusticia

Los opresores se disponen a dominar otros diez mil años más

Por la violencia garantizan: "Todo seguirá igual"

No se oye otra voz que la de los dominadores

Y en el mercado grita la explotación:

"¡Ahora recién empiezo!"

Entre los oprimidos, muchos dicen ahora:

"jamás se logrará lo que queremos".

Quien esté vivo no diga "jamás".

Lo firme no es firme.

Todo no seguirá igual.

Cuando hayan hablado los que dominan,

será el turno de los dominados.

¿Quién puede atreverse a decir "jamás"?

¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.

¿De quién que se acabe? De nosotros también.

¡Que se levante aquél que está abatido!

¡Aquél que está perdido, que combata!

¿Quién podrá detener a aquél que conoce su condición?

Pues los vencidos de hoy son los vencedores de mañana

y el "jamás" se convierte en "hoy mismo".


*Transcripción de Daniel Fisher del seminario de Alan Badiou en la École Normale Supérieure de París, el 19 de enero de 2011.

Fuente: http://www.tunisiawatch.com/?p=3955


B)
Oriente Medio no necesita estabilidad

Gideon Levy
Traducido para Rebelión por J. M. y revisado por Caty R.


Lo que llamamos «estabilidad» implica que millones de árabes viven bajo regímenes criminales y terroríficas tiranías.

Cuando un tanque entra en un barrio residencial, siembra el miedo y la destrucción y los chicos del lugar le lanzan piedras ¿cómo se llama esto? "Perturbar la paz”. ¿Y cómo se llama a la detención de los que lanzaban piedras para permitir que el tanque continúe su camino libre de obstáculos? "Restauración del orden".

De esta manera hemos diseñado nuestra lengua, asquerosamente lavada, para servir a nuestra única y sola narrativa, ¿cómo nos describiríamos a nosotros mismos la realidad engañosa en la que vivimos? Mientras tanto, los tanques ya no entran en las zonas residenciales, de alguna manera se está manteniendo el oren en los territorios sin ellos. El ocupante oprime, la población ocupada doblega sus instintos y su lucha, y el orden se mantiene, de momento. Hay estabilidad.

De repente Egipto también se atrevió a "perturbar la paz”. Su pueblo, que ya tuvo suficiente del gobierno corrupto del país y del silenciamiento forzoso y tiránico de sus voces, tomó las calles. Disturbios. El mundo occidental, incluido Israel, se vio perturbado ante este gran peligro: la estabilidad en el Medio Oriente está a punto de ser socavada.

Ciertamente, la estabilidad debería socavarse. La estabilidad en la región, algo que los occidentales e israelíes tanto anhelan, sólo significa la perpetuación de la situación actual. Esta situación puede ser buena para Israel y Occidente, pero es muy mala para los millones de personas que han tenido que pagar el precio. El mantenimiento de la estabilidad en el Medio Oriente significa perpetuar la intolerable situación por la cual 2,5 millones de palestinos viven sin ningún tipo de derechos bajo mandato del gobierno israelí, y otros millones de refugiados palestinos de la guerra de 1948 viven en campamentos en los países árabes, donde también carecen de los derechos, la esperanza de vida y la dignidad.

Lo que llamamos estabilidad abarca a millones de árabes que viven bajo regímenes criminales y tiranías de terror. En la estable Arabia Saudí, las mujeres están consideradas por debajo de lo más bajo, en la estable Siria se reprime cualquier amago de oposición; en las estables Jordania y Marruecos, las niñas de los ojos de Occidente e Israel, la gente tiene miedo de pronunciar una palabra de crítica en contra de sus reyes, incluso en conversaciones casuales de cafetería.

El anhelado estado de estabilidad en Oriente Medio incluye a millones de personas pobres e ignorantes en Egipto, mientras que las familias gobernantes celebran sus cuentas millonarias en la capital. Incluye los regímenes en los cuales la mayor parte de sus presupuestos son escandalosamente canalizados a los militares, quienes se arman ad infinitum para preservar el régimen -a costa de la educación, la salud, el desarrollo y el bienestar-. La estabilidad implica regímenes en los cuales el liderazgo se pasa de padres a hijos (y no sólo en las monarquías de la región) y elecciones ficticias en las que sólo a los representantes de los partidos gobernantes se les permite competir. Están incluidas guerras innecesarias, inútiles, guerras civiles y guerras entre los países en las que las personas dan su sangre a causa de los caprichos y los megalómanos impulsos de sus gobernantes. Se reprimen el libre pensamiento, la libre determinación y la lucha por la libertad. Se fomentan la debilidad, la falta de crecimiento y desarrollo, la ausencia de oportunidades para el logro y los beneficios casi inexistentes para las masas, cuya situación es absurdamente estable. En su pobreza y opresión, son estables. 

Una región rica en recursos naturales y humanos, que podría haber prosperado por lo menos tanto como el Lejano Oriente, se ha mantenido estable desde hace décadas. Después de África, es el lugar más atrasado del mundo. 

Esta es la estabilidad que aparentemente se quiere preservar, la estabilidad que los Estados Unidos siempre quieren preservar; la estabilidad que Europa quiere mantener. Cualquier debilitamiento de esta estabilidad se considera alteración del orden público -y eso es malo según nuestra definición-.

Pero permítanme recordar que el establecimiento de Israel significó una gran perturbación para la región, ya que en gran medida socavaba su estabilidad y planteaba un mayor peligro, pero sólo era una perturbación para nosotros y para Occidente. Ahora ha llegado el momento de perturbar la paz un poco más para socavar la inútil estabilidad en la que vive Oriente Medio.

Los pueblos de Túnez y Egipto han iniciado el proceso. Los Estados Unidos y Europa tartamudearon al principio, pero rápidamente volvieron a su sentido común. Ellos también, finalmente, se dieron cuenta de que la estabilidad de la región no sólo es injusta sino que también es engañosa. Al final, este orden ficticio se verá subvertido. Cuando el tanque invade nuestras vidas hay que arrojarle piedras, debemos eliminar la indignante estabilidad del Medio Oriente. 

Fuente: http://www.haaretz.com/print-edition/opinion/the-middle-east-does-not-need-stability-1.342381


C)

Si las revoluciones de 2011 triunfan forzarán la creación de un sistema regional e internacional muy diferente
La configuración de un Nuevo Orden Mundial

Mark Levine
Traducido para Rebelión por Loles Oliván


Recuerdo bien las imágenes a pesar de que era demasiado joven para comprender su significado político. Sin embargo, aquellas fotos de Teherán en The New York Times en medio de su momento revolucionario a finales de 1978 y principios de 1979, eran viscerales. No sólo desplegaban en las páginas con toda su exuberancia sino también ira, ira alimentada por una intensidad de fervor religioso que, a ojos de un muchacho preadolescente estadounidense “normal” al que su padre le enseña el periódico durante el desayuno, parecía tan ajena como si emanara de otro planeta.

Muchos comentaristas están comparando Egipto con el Irán de hace 32 años, sobre todo para advertir de los riesgos de que el país caiga en una especie de dictadura islamista que acabe con el tratado de paz con Israel, que se embarque en políticas antiestadounidenses, y que prive a las mujeres y a las minorías de sus derechos (como si tuvieran tantos derechos bajo la dictadura de Mubarak).

Escribo esto el 2 de febrero, en el mismo aniversario del regreso de Jomeini a Teherán desde el exilio. Está claro que aunque la religión es un fundamento esencial de la identidad egipcia y que el nivel de corrupción y brutalidad de Mubarak podría hacer sombra al del Shah, las situaciones sobre el terreno son radicalmente diferentes.


Una revuelta más moderna y loca

Creo que la siguiente descripción resume aquello a lo que Egipto se enfrenta hoy en día tan bien, si no mejor, que la mayoría:

“No se trata de una revolución; no en el sentido literal del término, no como una manera de alzarse y enderezar las cosas. Se trata de la insurrección de hombres con las manos vacías que quieren levantar un peso terrible, el peso de todo el orden mundial que nos arrastra a todos —pero más específicamente a ellos… a esos trabajadores y campesinos en las fronteras de los imperios. Es quizás la primera insurrección contra los sistemas globales, la forma de rebelión más moderna y la más loca.

Uno puede entender las dificultades a las que se enfrentan los políticos. Plantean soluciones que son más fáciles de encontrar de lo que la gente dice... Todas ellas se basan en la eliminación del [presidente]. ¿Qué es lo que quiere la gente? ¿De verdad que no quiere nada más? Todo el mundo es muy consciente de que quieren algo totalmente distinto. Por eso los políticos dudan en ofrecerles simplemente eso, motivo por el cual la situación está en un callejón sin salida. En efecto, ¿qué lugar se puede dar, dentro del cálculo político, a un movimiento así, a un movimiento a través del cual sopla el aliento de una religión que habla menos de la otra vida que de la transformación de este mundo?”.

La cosa es que lo anterior no procede de ningún astuto comentarista del momento actual, sino del legendario filósofo francés Michel Foucault tras su regreso de Irán, donde fue testigo de primera mano de la intensidad de la revolución que, a finales de 1978, antes del regreso de Jomeini, parecía anunciar realmente el amanecer de una nueva era.

Foucault fue duramente criticado por muchas personas por no haber previsto lo que iba a ocurrir cuando Jomeini secuestró la revolución. Pero la realidad era que, en esos días embriagadores en que las cadenas de la opresión literalmente se destrozaron, no se preveía lo que iba a ocurrir. Foucault entendió que precisamente hacía falta una forma de “locura” para arriesgarlo todo por la libertad, no sólo en contra del propio gobierno, sino contra el sistema internacional que le acogió en su seno durante tanto tiempo.

Lo que quedó claro, sin embargo, fue que las potencias que más apoyaban al Shah, incluido Estados Unidos, fueron muy parsimoniosas a la hora de mostrar su apoyo a las masas que lo derrocaron. Aunque ése no es el principal motivo de que triunfara el secuestro de la revolución por parte de Jomeini, sin duda jugó un papel importante en el surgimiento de una fuerza social muy militante contra el gobierno estadounidense de resultados desastrosos.

Aun cuando Obama ha dirigido al pueblo egipcio su retórica más rápidamente que el Presidente Carter lo hizo hacia los iraníes hace tres décadas, su negativa a pedir la dimisión inmediata de Mubarak hace sospechar que, al final, Estados Unidos estaría satisfecho si Mubarak fuera capaz de capear las protestas y diseñar una transición “democrática” que dejase los intereses estadounidenses intactos en su esencia.


El aliento de la religión

Foucault tenía razón igualmente al asignar un papel tan poderoso a la religión en ese floreciente momento revolucionario —él mismo experimentó lo que llamó una “espiritualidad política”. Pero está claro que la religión puede definirse de muchas maneras. El teólogo protestante Paul Tillich la describió maravillosamente cómo todo aquello que engloba la “máxima preocupación” de una persona o de un pueblo. Y hoy, claramente, la mayoría de los egipcios entiende la religión desde esta perspectiva.

Mucha gente, incluidos los dirigentes egipcios, ha utilizado la amenaza de una toma del poder por parte de los Hermanos Musulmanes para justificar el mantenimiento de la dictadura, poniendo a Irán como ejemplo histórico para justificar tales argumentos. Pero la comparación está plagada de diferencias históricas. La Hermandad no cuenta con un dirigente de la estatura de Jomeini ni con la violencia de hace décadas. Tampoco existe una cultura del martirio violento lista para activarse entre las legiones de jóvenes, como ocurrió con la Revolución Islámica. En lugar de tratar de apoderarse del movimiento, lo que evidentemente nunca habría sido aceptado, y aunque sus dirigentes quisieran aprovecharse del momento, la Hermandad más bien está jugando a estar a la altura de la cambiante situación; hasta ahora ha trabajado, más bien, dentro de la dirección ad hoc de las protestas.

Pero está igualmente claro que la religión es un componente crucial de la dinámica que se ha desplegado. De hecho, tal vez la foto emblemática de la revolución es la de las multitudes de personas en la Plaza Tahrir inclinándose para rezar rodeadas literalmente de un grupo de tanques enviados allí para hacer valer la autoridad del gobierno.

Se trata de una imagen radicalmente distinta del Islam que la mayoría de la gente —en el mundo musulmán tanto como en Occidente— no está acostumbrada a ver: el Islam enfrentándose a la violencia estatal mediante la pacífica protesta militante; la yihad pacífica (aunque se haya producido innumerables veces en todo el mundo musulmán, sólo que en una escala más pequeña y sin que la prensa internacional lo haya reflejado).

Este imaginario, y su significado, es una extensión natural del simbolismo de la inmolación de Muhamad Bouazizi, un acto de yihad que cuestiona profundamente la violencia extrovertida de los yihadistas y militantes que durante décadas, y especialmente desde el 11-S han dominado la percepción pública del Islam como una forma de espiritualidad política.

Huelga decir que las últimas imágenes —de guerra civil dentro de la plaza Tahrir— inmediatamente desplazarán a estas otras imágenes. Por otra parte, si la violencia continúa y algunos manifestantes egipcios pierden su disciplina y empiezan a participar en su propia violencia premeditada contra el régimen y contra sus muchos tentáculos, hay pocas dudas de que si lo hacen dirán que es “una prueba” de que las protestas son violentas y que están organizadas por los Hermanos Musulmanes y otros “islamistas”.


Una amenaza mayor que al-Qaida

Según se ha desplegado esta dinámica de resistencia no violenta contra un régimen de violencia arraigada, merece la pena señalar que hasta la fecha, Osama bin Laden y su lugarteniente egipcio, Ayman Al-Zawahiri, han tenido poco o nada que decir sobre la revolución en Egipto. Lo que no han conseguido que prenda mediante una ideología de retorno a los comienzos míticos y puros —y con una estrategia de bombas humanas, de artefactos explosivos improvisados [IED, en sus siglas en inglés], y de aviones convertidos en misiles— lo ha logrado un grupo de jóvenes activistas aún amorfo, pero disciplinado y con visión de futuro, junto a compañeros más experimentados, “laicos” y “religiosos” (en la medida en que tales términos son aún relevantes), al encender un fuego con un discurso universal de libertad, democracia y valores humanos —y mediante una estrategia de caos cada vez más calibrado dirigida a desterrar a uno de los dictadores más antiguos del mundo.

Tal y como rezaba sucintamente una consigna cantada en Egipto, jugando con los viejos lemas islamistas de “el Islam es la solución”, los manifestantes gritaban “Túnez es la solución”.

Para aquéllos que no entiendan por qué al presidente Obama y a sus aliados europeos les está costando tanto situarse al lado de las fuerzas democráticas de Egipto, la razón es que la amalgama de fuerzas sociales y políticas que están detrás de las revoluciones de Túnez y Egipto hoy en día —y quién sabe dónde mañana— en realidad constituyen una amenaza mucho mayor para el “sistema global” que al-Qaida se ha comprometido a destruir que los yihadistas que vagan por las tierras baldías de Afganistán, Pakistán o Yemen.


Muy cabreados

Ya sea islamista o laico, cualquier gobierno del “pueblo” se volverá contra las políticas económicas neoliberales que han enriquecido a las élites regionales mientras obligaban a más de la mitad de población a vivir por debajo del nivel de la pobreza de dos dólares diarios. Se negarán a seguir el liderazgo estadounidense o europeo en la guerra contra el terror si ello significa mantener la presencia a gran escala de tropas extranjeras en la región. Ya no cerrarán los ojos y menos aún apoyarán la ocupación de Israel y el asedio en los territorios palestinos ocupados. Lo más probable es que rechacen gastar un gran porcentaje de sus ingresos nacionales en abotagados ejércitos y sistemas de armamento que sirven para enriquecer a las empresas de armas occidentales y para apuntalar a gobiernos autocráticos más que para proporcionar estabilidad y paz en sus países y en la región en su conjunto.

Tratarán, igual que China, India y otras potencias emergentes lo han hecho, de mover el centro de gravedad económico internacional hacia su región, cuya mano de obra, educada y más barata, pondrá a prueba a la mano de obra europea y estadounidense, más cara, pero igualmente estresada.

En resumen, si triunfan las revoluciones de 2011, forzarán la creación de un sistema regional e internacional muy diferente del que ha dominado la economía política mundial desde hace décadas, especialmente desde la caída del comunismo.

Este sistema podría traer la igualdad y la paz relativa que ha faltado durante tanto tiempo a nivel global, pero lo hará en buena medida erosionando la posición de las economías “desarrolladas” o “maduras” de Estados Unidos y otros países. Si Obama, Sarkozy, Merkel y sus colegas no encuentran una manera de vivir en este escenario, apoyando los derechos políticos y humanos de los pueblos de Oriente Próximo y África del Norte, acabarán frente a un adversario mucho más astuto y poderoso de lo que se podría esperar que fuera al-Qaida: más de 300 millones de árabes nuevamente fortalecidos que están muy cabreados y que ya no aguantan más.


*Mark LeVine es profesor de Historia en UC Irvine e investigador en el Centre for Middle Eastern Studies de la Universidad de Lund, en Suecia.

Fuente: http://english.aljazeera.net/indepth/opinion/2011/02/20112611181593381.html








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