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Asunto:NoticiasdelCeHu 3/11 - La felicidad y el amor: esperanzas para un nuevo año
Fecha:Lunes, 3 de Enero, 2011  10:18:02 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 3/11
 

La felicidad y el amor: esperanzas para un nuevo año

                                                        Alfredo César Dachary

¡Bienvenidos al 2011! Un año nuevo al cual sólo se podrá abordar con una gran dosis de esperanza, mucha utopía y por qué no decirlo para no quedarnos cortos, con mucho amor y felicidad, no la que promueven los charlatanes de las “formas de vida alternativa” sino la simple y profunda que ha ido construyendo y adecuando el ser humano en estos últimos siglos.

Puede ser un cliché o una frase repetida y casi desgastada por el uso y abuso de estos términos, pero son las pocas cosas que aún quedan de un mundo que ha cambiado radicalmente y, con ello, se ha llevado gran parte del humanismo, para reemplazarlo por la mercancía fría del consumismo.

Hoy el amor y la felicidad se venden en las revistas del corazón asociados a personajes del cine, de la aristocracia y del mundo del dinero, como los símbolos de poder llegar a ser muy felices, algo que también es un cliché pero que la gente quiere creer para tener una meta o un fin en una sociedad donde todo es competencia, pero de manera individual.

Alain Badiou ha replanteado el tema del amor, ya que éste es un gesto muy fuerte porque significa que hay que aceptar que la existencia de otra persona se convierta en nuestra preocupación y este amor está amenazado en la sociedad actual.

Hoy se pretende sustituir al amor por una suerte de régimen comercial de pura satisfacción sexual o erótica, por ello este filósofo francés plantea reinventarlo para defenderlo de nuestra sociedad que trata todo de domarlo o domesticarlo.

Para Badiou, el amor moderno supera al del romanticismo que planteaba una fusión de las personas pero hoy es para aceptar la diferencia con el otro y aceptarla apasionadamente, lo cual es lo opuesto al individualismo actual, ya que el individuo se vuelve creador cuando acepta dejar de ser soberano de sí mismo. De allí que, sostiene el filósofo francés, si logramos reencontrarnos con la persona que amamos, hacemos un descubrimiento, empezamos a comprender que es la felicidad, la cual es una idea fundamental.

Cuando Badiou plantea reinventar al amor para defenderlo está hablando del amor romántico, hoy suplantado por el amor en la sociedad del consumo, un cambio drástico que amenaza la existencia del mismo.

En el amor romántico, a la persona que amamos y nos sentimos unidos es única e irremplazable, por ello es lo más importante del mundo y ante él deben sacrificarse todas las demás consideraciones, en especial, las materiales.

Pero hay quienes son críticos del amor romántico y, en vez de verlo como el último refugio para la autenticidad y la calidez, lo ven como una “ideología” que esclaviza a la mujer, un síntoma de la muerte de la esfera pública o un modo de evadirse de la responsabilidad social.

Por ello, el amor romántico es irracional, no lucrativo ni utilitario y es ante todo privado, lo cual lo pone en otro nivel diferente del orden social que ha generado el capitalismo como sistema mundial.

Por eso, este amor romántico se ha ido adecuando a los cambios de consumo y a la propia sociedad que lo aloja, principalmente partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando se dan grandes cambios liderados por la revolución femenina.

Pero este amor romántico no sale de la nada, sino que es el fruto de circunstancias muy especiales que se dan entre los siglos XVII y XVIII, al mejorarse los niveles de vida, el descenso de la tasa de mortalidad y la reducción de las preocupaciones económicas permitieron esta “revolución afectiva”, que han llevado a que los principales teóricos del tema sostengan que  el amor romántico fue una de las ideologías que acompañaron y facilitaron el ascenso del capitalismo.

Así al verse trastocado el orden social de los anteriores modelos se produce el surgimiento del individualismo y un aislamiento de la familia. Así el amor se ubica entre la cultura de la privacidad y la familia nuclear, dos elementos fundamentales en la nueva cosmovisión del emergente empresario del capitalismo en el siglo XIX.

En el siglo XX, el sistema se perfecciona y es a partir de la década del veinte en que se da un gran cambio en la publicidad al dejar de ofrecer información sobre productos en sí mismos para empezar a vincularlos con cosas intangibles, como la felicidad, la moda, las clases sociales, la fama y el glamour.

Es la nueva etapa en la cual irrumpen el cine, la mayor maquinaria de propaganda y ordenador de ideas del mundo moderno, con la fotografía, ambas son las encargadas de diseñar las nuevas fantasías de la sociedad de generar los nuevos imaginarios. Para ello crean la iconografía de la “abundancia” que conecta la fuerza del mercado con los deseos de los consumidores mediante nuevos significados.

Así la publicidad logra transformar los bienes materiales en productos espirituales, lo cual promueve una multiplicación del deseo ya que se basa en la metáfora de que las relaciones entre la gente están mediadas por estos objetos materiales.

La liberación personal, libre de los grandes discursos desde los religiosos a los políticos y la liberación sexual, han transformado el viejo modelo romántico y adecuado a las nuevas realidades que vivimos. La sexualidad ya no necesita sublimarse en el modelo espiritual del amor, ha permitido un nuevo amor que nace de diferentes experiencias, donde se combina el placer, el hedonismo, el ocio y el propio amor.

El nuevo amor postmoderno ha sido “domesticado” por los aparatos ideológicos de la nueva sociedad, que lo reivindica y usa en la promoción del consumo, como un producto más. Ello ha generado un cierto “desencanto” por la pasión  romántica, ya que la cultura de masas y los medios de comunicación la han transformado en una forma vacía.

Al amor le ocurre lo mismo que a la alegría, no son cuestiones “naturales” como los ideólogos religiosos lo plantean, todos son frutos de una sociedad que evoluciona y va adecuando a éstos a sus nuevas realidades.

Cuando los conquistadores llegaron a América y a otras partes del mundo se quedaron sorprendidos por las fiestas, a las cuales calificaron como bárbaras,  ¿la alegría colectiva era un desconocido o la represión religiosa era la única verdad?

En el siglo XVIII y XIX, los pueblos de occidente viajan al mar e inauguran el mundo del balneario, luego el turismo y para los grandes señores se redescubre y se le da un halo científico social y de ocio al termalismo.

El ocio masivo, que tiene su primer gran escenario en la era del Progreso con las exposiciones internacionales, pasa al siglo XX y con ello se empieza a popularizar en la medida en que la férrea sociedad victoriana comienza a abrirse y ser más “liberal”.

El amor y la alegría se han ido adecuando a los cambios y éstos han incidido en nuevas prácticas y nuevos enfoques sobre estas dos emociones y sentimientos que el hombre logra transformar y adecuar.

Hoy vivimos aterrados por el miedo que nos da todo, desde el terrorismo, que no vemos pero la televisión nos lo transmite en directo, a los desastres naturales, fruto de un mundo más poblado y la audacia de los constructores junto a la corrupción de los contratantes.

Guerras difusas, enemigos construidos, paraísos soñados y un mundo amenazado son las ideas que hoy nos dominan, en medio de esta catarsis inducida desde el poder para lograr una alienación más completa está el amor y la alegría, ambos amarrados a la esperanza de un cambio, que todos esperamos para mejor.

Esta es nuestra idea del año que va a empezar, que cambie mucho, para poder salvar un poco de lo humano que nos queda y poder invertirlo rápidamente en más amor y mayor alegría.

 

alfredocesar7@yahoo.com.mx

 


 

 

 

 

 

 

 





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