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Asunto:NoticiasdelCeHu 134/02
Fecha:Domingo, 10 de Marzo, 2002  12:38:02 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Explicando el fracaso de los gobiernos latinoamericanos
Roberto Palmitesta D.*
* Ingeniero, escritor, analista internacional
http://www.elgusanodeluz.com/articulos/index.shtml


La grave y multifacética crisis de Argentina, que reveló un estruendoso fracaso gubernamental y comunitario, seguramente ha alarmado el resto de la región, ya que en casi todos los países latinoamericanos se nota un cuadro similar, temiéndose explosiones sociales como las que vimos en el país austral, y –con menor intensidad- en otras naciones del hemisferio. Se ha tratado de explicar dicho fracaso atribuyéndolo a ideologías económicas como el neoliberalismo, o a tendencias como la globalización, pero en el fondo los gobiernos recientes no pueden ignorar que han tenido el grueso de la responsabilidad en la quiebra del país. Reflexionando sobre el caso argentino, vemos los mismos síntomas inquietantes a lo largo del continente, con muy pocas excepciones, debido a que las repúblicas iberoamericanos tienen antecedentes históricos, culturales y étnicos muy similares, por lo que los funcionarios y líderes exhiben los mismos factores negativos en sus idiosincrasias.
Es evidente que la mayoría de los gobiernos de la región están signados para el fracaso por una serie de actitudes y fallas que se repiten una y otra vez, sin que sus dirigentes y sociedades aprendan mucho de los fracasos propios y ajenos. Mientras tanto, los sufridos pueblos de los países afectados tienen que soportar estoicamente dichos errores, sufriendo una merma constante en su calidad de vida, todo porque las políticas y medidas emprendidas no son las correctas, -o no se las sabe implementar- por culpa de funcionarios incapaces o irresponsables de todo nivel, además de la escasa cooperación de las comunidades. Aunque se ha escrito mucho sobre el tema, no está de más que examinemos nuevamente las principales fallas que caracterizan al “Sur” latino, que están frenando su desarrollo y provocando su atraso relativo con otras regiones más prósperas del globo. Al final, los remedios serán bastante evidentes, pues bastará con dirigirse hacia un comportamiento opuesto a los hábitos y los vicios que aquejan nuestras administraciones publicas, o sea que se tendrá que adoptar valores de probada efectividad y durabilidad. A continuación, las diez fallas más visibles de los gobiernos latinos.

1) Tendencia al populismo:
se prefieren promesas demagógicas y soluciones fáciles, “paños calientes” y medidas improvisadas, más que planes realistas a largo plazo. Casi todos los gobiernos de la región exhiben cierto grado de populismo y los mandatarios ceden a tentación de ganar el poder y conservar su popularidad por medio de atractivos pero fantasiosos planes, aunque luego el país se desencanta muy pronto de éstos por la falta de cumplimiento de los mismos, y por eso las masas impacientes recurren ocasionalmente a la violencia. Esto evidencia una escasa conciencia cívica, pues el electorado se olvida de los fracasos anteriores de planes similares, e incluso vuelven a votar por el mismo candidato si éste les promete lo mismo. Los programas que se alejan del populismo o que ofrezcan sólo austeridad y trabajo duro, están destinados de antemano al fracaso, pues las mayorías depauperadas –y los partidos que se nutren de ellas, explotando sus frustraciones- quieren soluciones fáciles y rápidas a sus problemas, sin que se exija ningún sacrificio a cambio.
 
2) Democracias frágiles e inmaduras,
algo comprensible después de siglos de gobierno colonial, y luego de caudillismo, dictaduras militares, y democracias personalistas. De hecho, una encuesta reciente de la OEA muestra que en Latinoamérica menos de la mitad de la gente cree todavía en la democracia, ya que este sistema los ha desilusionado, gracias a los políticos oportunistas, partidos muy sectarios y escaso equilibrio de los poderes. En el fondo, las crisis políticas se deben a la exigua cultura política y sentido cívico de la ciudadanía, todavía no preparada suficientemente para la democracia y generalmente plagada de ignorancia y conformismo por la plétora de gobiernos malos o mediocres que han pasado por la región. Los partidos parecen tener como objetivo primordial ganar el poder y conservarlo, más que resolver los problemas clave del país. Enfrascados en los juegos de poder que implica la democracia, la política ocupa la mayor parte del tiempo útil de los funcionarios públicos, afectando seriamente la eficiencia del gobierno, que luego se traduce en la improductividad de las empresas, sean estatales o privadas. Así, en lugar de facilitar el progreso y mejorar la calidad de vida –como sería su función- los partidos políticos frenan o entorpecen muchas iniciativas valiosas, quedando los planes y promesas apenas en buenas intenciones. Por otra parte, está poco arraigado el deseable equilibrio de poderes que caracteriza las democracias occidentales en el Norte, por lo que el poder ejecutivo generalmente predomina y se corrompe fácilmente. Y por último, existe un exceso de leyes, regulaciones y normas, muy loables en teoría pero que no se hacen cumplir, por lo que entorpecen la labor productiva en lugar de agilizarla.

3) Funcionarios ineficientes, con poco apego a los principios de la economía y la gerencia, por lo cual generalmente terminan sus períodos muy endeudados, con monedas devaluadas y con un alto déficit fiscal. La virtual ausencia –o inoperancia- de una carrera administrativa y los cambios frecuentes de personal (por intrigas políticas o incapacidad), son factores clave que contribuyen al fracaso de los programas, los cuales no se cumplen sino en un porcentaje mínimo, también por la falta de preparación de los funcionarios y la improvisación resultante, destrozando las expectativas iniciales que generaron en el electorado. Los funcionarios gubernamentales generalmente son escogidos por su lealtad al partido o al líder en lugar de su capacidad gerencial y/o técnica, por lo cual se rodean de subalternos con poca experiencia administrativa, escogidos porque se les debe favores políticos. Y cuando llega al gobierno un administrador eficaz, la burocracia existente no lo deja trabajar si establece criterios de meritocracia o no apoya las corruptelas políticas. Así, a un gobierno le es difícil reclutar buenos gerentes dentro la empresa privada, ya que el sector público ofrece pocos incentivos para ejercer la vocación de servicio. Asimismo, brilla por su ausencia el trabajo de equipo cuando los funcionarios son malos dirigentes o son más leales a sus partidos y a sus propios intereses que al estado y al público al cual deben servir, siendo casi inexistente el concepto de “servidor público” tan común en los países más exitosos.
 
4) Falta de continuidad de políticas y programas, ya que cada nuevo gobierno desprecia todo lo hecho anteriormente, paraliza planes y emprende nuevos programas que difícilmente se cumplirán totalmente en el periodo de gobierno. Sólo los planes a corto plazo son acometidos, ya que pueden servir para mostrar una obra concreta de gobierno y así ayudar a la reelección del partido gobernante. Esta actitud contribuye a que los problemas más difíciles, que requieren una acción tesonera y persistente durante varios períodos, no se llegan a resolver nunca, ya que los planes son cambiados cada pocos años. Esto se debe también a la falta de concertación y tolerancia entre los partidos, por la misma ansia de poder que los mueve a criticar a ultranza o desechar todo lo hecho por los opositores, aunque sean iniciativas valiosas. La improvisación y las reformas arbitrarias de leyes están a la orden del día, todo lo cual genera inseguridad jurídica y debilita el estado de derecho, factores tan necesarios para promover inversiones. La planificación, una herramienta básica de toda gestión productiva, no llega a cumplir su función por los continuos cambios de directivos y la ineficiencia de los cuadros medios, además de la crónica escasez de fondos (suficientes cuando no son desviados para otros usos).

5) Uso indebido de los recursos públicos en actividades partidistas, clientelares o que favorecen el lucro personal, con la erosión resultante de los fondos disponibles y su escasa utilización para proyectos útiles para la sociedad. Por ser tan común y nocivo, el problema de la corrupción administrativa ha sido incluso considerado por muchos como el más nefasto en todo gobierno, ya que frena muchas iniciativas, tanto públicas como privadas, por el afán de enriquecimiento de los funcionarios encargados de ejecutar los planes oficiales. Asimismo, en los países latinos muy pocos procedimientos administrativos funcionan normalmente sin la tradicional comisión o sin sobornar a algún funcionario, a cualquier nivel, lo cual causa una exasperante lentitud de cualquier trámite oficial y frena el desarrollo. Obviamente las denuncias de estas prácticas corruptas a niveles superiores sirven de poco, por estar casi toda la organización compartiendo las ganancias indebidas, así que los entes contralores a menudo brillan por su ausencia, o adolecen de parcialidad y lentitud.

6) Ineficacia del sistema judicial, lo cual contribuye poco a la erradicación de los vicios administrativos, de modo que éstos se arraigan y continúan de un gobierno a otro. La impunidad y la indiferencia sirven para estimular a los responsables a seguir en esas prácticas indebidas, y de poco valen las leyes anti-corrupción si el sistema judicial no las hace cumplir, por ser ineficaz o igualmente corrupto. De hecho, este aspecto es realmente crítico, ya que sin justicia se impone el abuso, la arbitrariedad de los funcionarios y el fracaso de todo intento de mejorar las cosas. El centralismo y la excesiva discrecionalidad de ciertos funcionarios administrativos, combinados por la escasa eficacia de la justicia, crean un círculo vicioso difícil de romper, por su interrelación, ya que no se castiga ni a los responsables de actos corruptos ni a los jueces que deben sancionarlos. Estos últimos tienen generalmente una carta blanca para decidir arbitrariamente, acorde con métodos tribunalicios que se arrastran desde la colonia, donde una sola persona, en lugar de un jurado, decide la sentencia y la sanción. La exagerada permisología afecta también cualquier trámite oficial, notándose una agobiante lentitud aún los más sencillos como una demanda de desalojo de un inquilino abusivo, el otorgamiento de una patente, o el registro de un documento, todo lo cual frena grandemente o desanima muchas actividades productivas.

7) Falta de identificación con los bienes estatales, lo cual obliga a hacer muchos gastos innecesarios para reparar o renovar la infraestructura física, quedando escasos fondos para nuevas inversiones en obras públicas perentorias. Así, aunque se inauguren obras valiosas, su utilidad dura poco tiempo, ya que muchas instalaciones básicas, la vialidad, las máquinas, los vehículos, el mobiliario y los aparatos de oficina o laboratorio, no reciben el cuidado necesario, y se prefiere rehacer o adquirir nuevas unidades antes que mantener bien las existentes. Esto se debe a la noción generalizada de que todo lo público no tiene dolientes ni pertenece a la comunidad, sino al gobierno de turno, que siempre aprecia sólo la utilidad a corto plazo, afectándose muchos servicios esenciales (escuelas, hospitales, parques, etc.) sin que a nadie le importe, y menos a los funcionarios responsables. Pareciera que los bienes públicos no tienen dolientes y pocos los cuidan como suyos, aunque tengan que compartirlos con otros. Así, los nuevos presupuestos se elaboran alegremente y con mucha holgura, cuando podría bastar mucho menos si no se contemplaran comisiones, se ejerciera un mantenimiento adecuado o se repararan las cosas en lugar de reemplazarlas. De ahí los abultados presupuestos, que luego requieren endeudamiento público interno o externo.

8) Excesivo centralismo y paternalismo estatal, lo cual se hace muy evidente a todo lo largo y ancho de Latinoamérica, con pocas decisiones importantes dejadas a instancias locales o regionales. Todo depende de la capital, una costumbre arrastrada desde la colonia, y la gente espera demasiado del gobierno central, cuando muchas soluciones deberían provenir de gobiernos locales o de la empresa privada.. Es muy común que los gobiernos centrales se metan a empresarios y funden consorcios industriales o de servicio (acerías, petroquímicas, minas, aerolíneas. hoteles, etc.), a veces con la velada intención de que aprovechar la clientela política derivada del control de los mismos. Las empresas estatales son generalmente poco competitivas a nivel mundial, pero no se las deja quebrar ya que se les inyecta a cada rato fondos públicos, provenientes de créditos internos o externos, con los cuales el país se endeuda progresivamente. Otros subsidios estatales a precios y servicios causan el mismo efecto. Sin embargo, todavía hay mandatarios que critican acerbamente la iniciativa privada y el libre mercado, que podrían generar más empleos e ingresos fiscales que muchas empresas estatales crónicamente deficitarias. Este “capitalismo de estado” ha sido una de las facetas más nefastas de todo gobierno tercermundista, ya que está ausente el incentivo del provecho y los directivos generalmente son poco preparados o estables por la usual interferencia de la política. El gobierno se adjudica inconsultamente una carta blanca para mantener a empresas improductivas, financiadas con impuestos o deudas, que a la larga contribuyen al déficit fiscal y finalmente a la devaluación monetaria y a más inflación, todo en aras de un nefasto populismo. .

9) Excesiva burocracia civil y militar, cuyo mantenimiento abulta exageradamente los presupuestos públicos, incidiendo marcadamente en los déficit fiscales. Con su influencia, el sindicalismo irresponsable y politizado mantiene un chantaje constante a los gobiernos por la facilidad con que puede declarar impunemente huelgas y obtener concesiones. Igualmente, se mima generosamente a los altos niveles del sector castrense para evitar fricciones y la tentación de aventuras golpistas. Estas malas costumbres no sólo hacen desviar fondos valiosos (que podrían servir para obras o programas sociales), sino que crean precedentes y vicios que ayudan poco a la productividad. Asimismo, al examinar la burocracia administrativa de los países latinos, éstos generalmente son mucho más numerosas (por habitante) que la de las naciones avanzadas, demostrando así la limitada eficiencia de nuestros funcionarios públicos. Los intentos de reingeniería y controles de calidad de gestión, acorde con modernas técnicas gerenciales, generalmente se quedan en estudios y propuestas, ya que es difícil llevarlas a cabo por las presiones sindicales o políticas. Tampoco se justifica los cuantiosos gastos en equipos militares y armas destructivas, en países donde impera la pobreza y en una región generalmente pacífica, sin amenazas externas ni grandes tensiones entre vecinos, máxime en una época donde predomina el diálogo, la diplomacia y la intervención de organismos internacionales.
 
10) Falta de compromiso con las políticas anunciadas, que contribuye a acciones tímidas para no pagar el costo político, o iniciativas improvisadas con resultados erráticos. El latino es, por naturaleza, muy dado a prometer mucho y cumplir poco, con escaso aprecio por el pragmatismo y los resultados concretos, ateniéndose más a la improvisación, emotividad y al disfrute sensorial , sufriendo además de un exceso de ingenuidad asociado con el supersticiones, el azar o el determinismo. Es poco común observar --en un ámbito que estimula el ocio y la permisividad- a trabajadores dedicados que se empeñan en hacer producir más sus empresas o despachos, conscientes de que si lo hacen se beneficiarían ellos también. Así, los workaholics anglosajones, europeos o japoneses son bastante escasos en la región, al no existir un compromiso con los resultados y una responsabilidad exigible (la llamada accountability). El exceso de vacaciones, feriados, “puentes”, huelgas, ausencias y manifestaciones innecesarias, termina de completar un cuadro bastante improductivo, que desanima cualquier inversión –sea local o foránea - aunque los salarios y otros costos sean inferiores a los de los países industrializados. Basta revisar cualquier periódico y hacer el balance entre noticias productivas e improductivas, para darse cuenta que estas últimas superan ampliamente a las primeras, como si la sociedad no se diera cuenta que sólo la productividad -individual y colectiva- produce riqueza, empleo y bienestar.
Estos son, entre otros, los diez pecados capitales de nuestros gobiernos, que están muy arraigados en toda la geografía latinoamericana, por lo que las comunidades involucradas harían bien en tratar de erradicarlas si realmente quieren salir del atraso y la creciente marginalidad a que están siendo sujetas. Innecesariamente, se diría, pues puede imaginarse a países manejados por gerentes eficientes, tomados de la empresa privada, que impondrían una meritocracia y técnicas modernas que harían progresar a cualquier país, siempre que no se contaminen con la polítiquería y el conflicto de intereses, o sea con actitudes típicas de personas que quieren progresar o lucrarse con poco esfuerzo. Que conste, no se quiere afirmar aquí que los valores de los países avanzados son “mejores” en todo sentido, ya que ellos también sufren de ciertos males altamente criticables, como el consumismo y hedonismo desmedidos, la destrucción ambiental y drogadicción, la discriminación y la corrupción, una alta tasa de crimen y divorcios, todo producto quizás de un individualismo, liberalismo y materialismo excesivos. Pero en cuanto a los factores que determinan usualmente la calidad de vida, no hay duda que están en una posición privilegiada, producto de sus actitudes constructivas y patrones conductuales tendientes al respeto de las leyes y al éxito personal.
Afortunadamente -debido en parte a la globalización cultural-- estas actitudes negativas están siendo desterradas gradualmente, gracias al ejemplo de países más avanzados y la difusión de la información a través de publicaciones impresas y electrónicas, pero los avances dependen mucho de la educación, la cultura del entorno, la disciplina impuesta y una orientación apropiada, ya que en ámbitos más prósperos y reglamentados los latinos se vuelven mucho más eficientes y correctos. Pero hay que darse cuenta que no se puede decretar de un plumazo el fin a las prácticas contraproducentes, o esperar resultados inmediatos, sino que se requiere el empeño serio y sostenido de parte de los gobiernos en mejorar las cosas, estableciendo una estricto “código de valores” en su personal, y asegurando de que se cumpla mediante la socialización , la supervisión y el ejemplo, mientras se inculca a las nuevas generaciones los valores apropiados a través de la familia, la escuela, el adiestramiento y los medios de comunicación social.
Aunque es poco probable que esto ocurra en un futuro cercano, es posible que las profundas crisis que han aflorado recientemente en varios países latinoamericanos, haga recapacitar a los liderazgos locales para que emprendan con urgencia y constancia, sin “operativos” efímeros, las acciones correctivas a sus tradicionales vicios y tendencias. Idealmente, estos correctivos deberían adoptar un patrón de conducta basado en valores probados como: preparación, eficiencia, previsón, integridad, responsabilidad, perseverancia, austeridad, conservación, productividad y optimismo, trasmitidos mediante instructivos y cursos apropiados en el ámbito laboral. Todo mientras se reduce convenientemente las influencias negativas de la política en la administración pública, en un ambiente de respeto creciente a la dignidad y derechos del ciudadano. Si se quiere hacer un ejercicio intelectual, el lector puede imaginarse que la crisis de Argentina –o la de su propio país, pues casi todos están en crisis- no se hubiera presentado de estarse aplicando desde hace tiempo los valores arriba anotados. Al revés, si se analiza cualquier crisis latinoamericana/caribeña se encontrará que se debe visiblemente a que sufre de muchos de los pecados capitales comentados en este ensayo, o quizás de otros que no hemos mencionado por razones de espacio.
El dirigente que ignore estas duras realidades y no contemple algún plan concreto para adoptar y exigir estos valores, no merece ser considerado como tal y sus promesas progresistas serán sólo un ejercicio de demagogia, mientras que su actuación será mediocre e incolora, como lo han sido la mayoría de los gobiernos latinoamericanos, responsables de que el subcontinente –con sus altos índices de pobreza, inseguridad, desempleo, ignorancia, insalubridad y atraso tecnológico-- esté deslizándose lentamente hacia el cuarto mundo, a juzgar por los Indices de Desarrollo Humano (IDH) que publica la ONU, basados en la productividad, indicadores sociales y la calidad de los servicios públicos. De hecho, en dicha lista figuraban hasta hace poco apenas Argentina, Uruguay, Costa Rica y Chile en lugares medianamente honrosos, pero todavía muy lejos de los países avanzados, y ahora el puntero de Latinoamérica ha caído en desgracia. Mientras tanto, los demás países siguen disputándose lugares en la mitad inferior de esa lista, siendo Haití, Bolivia, Nicaragua, Guatemala, Honduras y Guyana los peor ubicados del continente americano, con los demás en el medio pero siempre en papeles vergonzosos si se los compara con los países del Norte. Incidentalmente, México y Brasil, los dos gigantes de la región por sus altos productos internos y amplios mercados, tampoco hacen un buen papel debido a sus enormes poblaciones marginales, factor que siempre empeora notablemente la calidad de vida promedio.
En fin, es importante enfatizar que los valores señalados son eficaces sin importar la tendencia ideológica de un gobierno --aunque son más efectivos en democracias liberales-- pero que ninguna crisis nacional podrá solucionarse en forma duradera y ningún gobierno podrá ser exitoso por mucho tiempo sin la adopción sistemática de valores constructivos en las actitudes de su personal. Esta última afirmación, por más categórica y simplista que parezca, refleja la fuerte convicción de que sólo un cambio gradual en la idiosincrasia latina podría mejorar significativamente las tristes realidades de Latinoamérica, y frenar el estancamiento -o retroceso en muchos casos- que sufre desde hace unas décadas. Esto debería ser motivo para una profunda y seria reflexión, cuando menos, de parte tanto del irresponsable liderazgo político como de nuestra apática sociedad civil, la cual –afortunadamente- está dando muestras de una mayor participación en asuntos públicos, despertando finalmente del paternalismo y letargo del pasado. Los gobiernos parecen haberse convertido en “el problema” más que la solución y las comunidades latinas deben darse cuenta que no todo puede dejarse a la iniciativa de los gobiernos, especialmente en vista del pobre desempeño que han demostrado en casi dos siglos de autonomía, y que la ciudadanía debe compartir una responsabilidad paralela si se quiere mejorar la escuálida calidad de vida que sufre la mayor parte de la población latinoamericana.

* Ingeniero, escritor, analista internacional



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Marie-Christine LACOSTE, CNRS/GRAL
Coordinadora de "RUMBOS"

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sobre y de America Latina - Ciencias Humanas y Sociales -
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