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Asunto:NoticiasdelCeHu 117/02
Fecha:Martes, 5 de Marzo, 2002  15:41:24 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

 

LA ARGENTINA COMO CUESTIÓN GEOGRÁFICA

Una cuestión concreta; una cuestión política

 

 

Crisis de diagnóstico en la Argentina

Por Jorge Castro

Para LA NACIÓN

05/03/02; p. 17.

Tras la devaluación decidida el 5 de enero, el elemento central de la situación argentina es una fenomenal crisis de diagnóstico. Hacia fuera, esta crisis de diagnóstico se manifiesta en el extraordinario desconcierto que experimenta la comunidad internacional respecto a los acontecimientos del país. Internamente, la crisis de diagnóstico se refiere a la relación entre la devaluación y las características específicas, y en lo fundamental intransferibles, de la sociedad y la economía argentinas.

La teoría básica detrás de la devaluación es que en una situación recesiva, transformada en depresión por su carácter autoacumulado, que dura ya cuarenta y dos meses, la modificación de la estructura de los precios relativos, acompañada por una fuerte inyección de liquidez, tiene un carácter reactivante.

Sin embargo, el efecto de la devaluación en la Argentina es exactamente el contrario. La situación actual de la economía nacional es la siguiente: la actividad económica se encuentra en caída libre, con una disminución que en enero alcanzó entre el 20 y el 25 por ciento del producto en términos anualizados, porcentaje que se repite en febrero, y que adquiere características de implosión porque aún no ha encontrado su piso.

Esta realidad no tiene paralelo en la experiencia internacional de las sucesivas crisis de los países emergentes a lo largo de la década del 90. Basta mencionar, por ejemplo, que después de la devaluación mexicana del 20 de diciembre de 1994, la caída de la actividad económica en ese país fue del 7 por ciento en 1995. En la Argentina, en cambio, con un carácter tentativo debido a la falta de piso de la crisis, la previsiones de disminución de la actividad económica en 2002 oscilan entre el 8 por ciento del producto y una cifra que va del 14 al 16.

Convergen en este extraordinario colapso tres factores: en primer lugar, el default de las obligaciones de la deuda pública; en segundo, las medidas de control del sistema financiero (el llamado corralito), y en tercero, la devaluación.

La crisis de diagnóstico tiene dos componentes fundamentales: el primero de ellos puede caracterizarse como la expresión del iluminismo.

El iluminismo se basa en la premisa de que hay realidades inmediatamente universales. En la actualidad, existe en los grandes centros de investigación y en los organismos internacionales de crédito un fuerte consenso sobre la necesidad de utilizar un tipo de cambio flexible. Esto podría compararse con un nuevo Consenso de Washington en la materia. Es lo que lleva a la idea de que la Argentina, al ser un país emergente, debía abandonar el tipo de cambio fijo y adoptar uno flexible, ya que, en el mundo, la mayoría de los países emergentes tiene este tipo de cambio.

 

Realidad intransferible

Lo que ocurre es que la Argentina no era simplemente un país emergente con un tipo de cambio fijo. Era la Argentina, una realidad única e intransferible, producto de la historia y de una determinada ubicación en el mundo.

La realidad es que el total del circulante en pesos existente es de 8800 millones. La estimación de Fondo Monetario Internacional a través de métodos indirectos es que el total de billetes estadounidenses que circulan en la Argentina es del orden de los 24.000 millones de dólares. El único país del mundo emergente que tiene una cifra superior a la Argentina en la circulación de dólares es Rusia, con una estimación del FMI de aproximadamente 40.000 millones de dólares. Rusia tiene 150 millones de habitantes, mientras que la población argentina es de 37 millones. Esto indica que, en relación con su población, nuestro país es el más dolarizado del mundo emergente.

La dolarización de facto de la Argentina no es un fenómeno circunstancial ni tampoco reciente. Comienza a desplegarse en la década del 70 como reacción a la megainflación característica de aquellos años. Entre 1974 y 1989 la tasa de inflación anual promedio superó el 100 por ciento y, luego, el país tuvo dos hiperinflaciones, en 1989 y 1990, en las que la sociedad huyó sistemáticamente de la moneda nacional.

La Argentina es, pues, un país con una hiperinflación virtual por el rechazo sistemático de la moneda nacional manifestado en la velocidad de circulación del dinero. Según Jorge Avila, "aunque no haya emisión monetaria la Argentina puede financiar un vertiginoso aumento del tipo de cambio y una gran inflación. La causa es el volátil comportamiento de la velocidad de circulación del dinero" ( Ambito Financiero , 29/1/2002). De acuerdo con la teoría cuantitativa del dinero, el nivel de precios en una economía es igual a la oferta de dinero multiplicada por la velocidad de circulación de éste. Aun en caso de que no haya emisión monetaria, si aumenta la velocidad de circulación del peso se puede producir un fenómeno hiperinflacionario. "Así lo demostró la experiencia argentina de 1985-1989. En enero de 1986, cada austral rotaba a un promedio de 12,5 veces al año, y en la primera semana de julio de 1989, en el clima de la hiperinflación, cada austral rotaba 100 veces. En un inicio, la hiperinflación no fue obra de la emisión monetaria, sino del fuerte aumento de la velocidad de circulación."

El iluminismo es lo contrario del pensamiento de G. K. Chesterton, cuando afirma que "el problema de las leyes generales es que sirven para todos los casos, menos para los concretos".

La segunda dimensión de esta extraordinaria crisis de diagnóstico la ofrece el pensamiento económico predominante en la actualidad en la Argentina. Es un pensamiento que se aproxima a la economía fundamentalmente en términos nacionales, en que la cuestión fundamental es la relación entre la actividad económica y el Estado, especialmente en su aspecto impositivo.

 

Más allá del Estado

Ocurre que en la economía globalizada de hoy, que es un espacio cibernético integrado altamente simbólico, en lo esencial no hay ni Estado ni impuestos. Es una economía que está más allá de la relación con el Estado, y donde el principal instrumento de acción de éste en el plano económico, que son los impuestos, no está presente. Es el caso del Euromercado desde finales de la década del 60, y del sistema financiero internacional en la actualidad.

En esta economía, los instrumentos principales de acción son aquellos que surgen de su propia característica y naturaleza absolutamente desregulada y simbólica. Son, por eso, la confianza y el financiamiento.

Hay un problema adicional en esta crisis de diagnóstico nacional e internacional. Se relaciona con la inexistencia de una racionalidad autónoma de las decisiones económicas, lo que significa que hay que ubicarlas en el contexto de una determinada estructura de poder y de un cierto sistema político, con sus específicas relaciones de fuerza.

Es lo que advirtieron Richard Mallon y Juan V. Sourrouille en la década del 70 en su clásico libro La política económica en una sociedad conflictiva. El caso argentino , y también en los años 90 Vicente Palermo y Marcos Novaro en su notable obra Política y poder en el gobierno de Menem . La racionalidad económica se cruza siempre y necesariamente con una determinada estructura política cargada de sentido, que reclama y excluye ciertas decisiones económicas. No es la racionalidad de un programa económico la que suscita el necesario respaldo político, sino que sólo una cierta estructura de poder político torna posible la racionalidad de un sistema de decisiones económicas.

La crisis de diagnóstico no es sólo una cuestión analítica, intelectual o académica. Es esencialmente una cuestión política, porque no hay, como afirma Raymond Aron, "estrategia efectiva que no se base en un diagnóstico acertado".

¿Se puede pesificar después de devaluar? Sí, pensando en términos de Estado y del sistema de impuestos. ¿Se puede pesificar en la Argentina, país dolarizado? No, si la cuestión es la confianza y el financiamiento.

 

 

El autor es presidente del Instituto de Planeamiento Estratégico.