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Asunto:NoticiasdelCeHu 291/10 - La aceptación de la solución de un solo Estad o por parte de los israelés proviene de una dirección inesperada / Israelis embrace one-state solution from une xpected direction
Fecha:Lunes, 26 de Julio, 2010  15:05:05 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

 
NCeHu 291/10
 
La aceptación de la solución de un solo Estado por parte de los israelés proviene de una dirección inesperada
 
 
Ali Abunimah
The Electronic Intifada

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


En los últimos años ha habido un fuerte resurgimiento del apoyo entre los palestinos a la solución de un solo Estado que garantice iguales derechos a palestinos e israelíes en toda la Palestina histórica.

Se podría esperar que cualquier apoyo a un solo Estado por parte de los judíos israelíes viniera de la izquierda y de hecho ahí es donde se encuentran los más prominentes paladines judíos israelíes de la idea, aunque en pequeñas cantidades.

Recientemente las propuestas de conceder la ciudadanía israelí a los palestinos de Cisjordania, incluyendo el derecho a votar para el Knesset [Parlamento israelí] han emergido desde una dirección sorprendente: incondicionales de la derecha como el presidente del Knesset Reuven Rivlin y el ex Ministro de Defensa Moshe Arens, ambos del partido Likud del Primer Ministro Benjamin Netanyahu. Más soprendentemente todavía, la idea ha sido promocionada por destacados activistas del movimiento de colonos en Cisjordania que fueron el tema de una reseña de lectura obligada de Noam Sheizaf en Haaretz ("Endgame", 15 de julio de 2010).

Sus visiones siguen estando muy lejos de lo que cualquier defensor palestino de un solo Estado consideraría justo: las propuestas israelíes insisten en mantener, al menos simbólicamente, el carácter del Estado como un "Estado judío", excluir la Franja de Gaza y no tratar el problema de los refugiados. Y los colonos sobre una tierra que con frecuencia se ha expropiado a los palestinos difícilmente parecerían obvios defensores de los derechos humanos y políticos palestinos.

Aunque los detalles varían y en algunos casos son anatema para los palestinos, lo que es más relevante es que este debate está teniendo lugar abiertamente y en los círculos menos probables.

Los miembros del Likud y los colonos defensores de una solución de un solo Estado con [derecho de] ciudadanía para los palestinos se dan cuenta de que Israel ha perdido el argumento de que la soberanía judía se puede mantener para siempre a cualquier precio. Un statu quo en el que millones de palestinos viven sin derechos, sometidos a control por medio de una violencia israelí cada vez mayor es insostenible incluso para ellos. Al mismo tiempo, la partición de la Palestina histórica (lo que ellos llaman Eretz Yisrael) en dos Estados es inaceptable y ha demostrado ser inalcanzable, en gran parte debido al propio movimiento de colonos.

Algunas personas en la derecha israelí reconocen ahora lo que el geógrafo israelí Meron Benvenisti lleva años diciendo: la Palestina histórica ya es un “Estado binacional de facto” indivisible excepto a un coste que ni israelíes ni palestinos están dispuestos a pagar. Sin embargo, la relación entre palestinos e israelíes no es una relación entre iguales, sino una relación entre “caballo y jinete”, como expresó gráficamente un colono en Haaretz.

Desde la perspectiva de los colonos, la repartición significaría un desarraigo de al menos decenas de miles de los 500.000 que hay actualmente en Cisjordania y esto ni siquiera solucionaría la cuestión nacional. ¿Los colonos que permanecieran en Cisjordania (la vasta mayoría de ellos según todas las actuales propuestas de dos Estados) estarían bajo soberanía israelí o bien Israel seguiría ejerciendo el control sobre la red de colonias que jalonan todo el supuesto Estado palestino? ¿Cómo podría existir un verdadero Estado palestino en semejantes circunstancias?

El peligro más grave es que Cisjordania se convierta en una docena de franjas de Gaza con amplia población civil israelí hacinada entre amurallados ghettos palestinos superpoblados. El Estado palestino a retales sólo sería libre para administrar su propia pobreza y estaría azotado por rachas regulares de baños de sangre.

Incluso una retirada total israelí de Cisjordania (algo que no aparece ni remotamente en la agenda de paz) dejaría Israel con un millón y medio de ciudadanos palestinos dentro de sus fronteras. Esta población ya se enfrenta a una discriminación, hostigamiento y exigencia de pruebas de lealtad cada vez mayores. En un enfurecido y ultranacionalista Israel reducido por el trauma de abandonar las colonias de Cisjordania estos ciudadanos no judíos sufrirían cosas mucho peores, incluyendo una clara limpieza étnica.

Sin progreso alguno hacia la solución de dos Estados a pesar de décadas de esfuerzos, la única alternativa sionista que se ofrece ha sido la clara expulsión de los palestinos, un programa defendido durante mucho tiempo por el Ministro israelí de Asuntos Exteriores Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, que ha visto como su apoyo aumentaba de forma constante.

Israel está en un punto en el que tiene que mirarse al espejo, e incluso a miembros de la línea dura del Likud como Arens al parecer no les gusta lo que ven. La plataforma Yisrael Beitenu es "disparatada", declaró Arens a Haaretz, y simplemente "imposible de hacer". Si a Israel le parece que ahora es un paria, ¿qué ocurriría después de otra expulsión masiva de palestinos?

Dadas estas realidades, "la peor solución... aparentemente es la correcta: un Estado binacional, anexión completa, ciudadanía completa", en palabras del activista colono y ex asesor de Netanyahu Uri Elitzur.

Este despertar se puede relacionar con lo que les ocurrió a los blancos sudafricanos en la década de 1980. Para entonces estaba claro que había fracasado el esfuerzo del gobierno de la minoría blanca de "solucionar" el problema de la privación a los negros del derecho al voto creando homelands independientes, los bantustanes. Estaba aumentando la presión desde la resistencia interna y desde la campaña de boicot, desinversión y sanciones.

Para mediados de la década de 1980 la inmensa mayoría de los blancos comprendió que el statu quo del apartheid era insostenible y empezaron a considerar propuestas de "reforma" que estaban muy lejos de las reivindicaciones del Congreso Nacional Africano de sufragio universal: una persona, un voto en una Sudáfrica interracial. Las reformas empezaron con la introducción en 1984 de un parlamento con tres cámaras separadas para los blancos, personas de color e indios (ninguna para los negros) y con los blancos reteniendo el control total.

Hasta casi el final del sistema de apartheid las encuestas demostraron que la vasta mayoría de los blancos rechazaban el sufragio universal, pero estaban dispuestos a conceder algunas formas de reparto de poder a la mayoría negra mientras los blancos conservaran un poder de veto sobre las decisiones clave. Como ya he argumentado anteriormente, lo importante es que no se podía predecir el resultado final de las negociaciones que en1994 acabaron originando a una Sudáfrica plenamente democrática basada en lo que el público y las elites blancas dijeron que estaban dispuestos a aceptar ("Israeli Jews and the one-state solution", The Electronic Intifada, 10 de noviembre de 2009).

Una vez que los judíos israelíes admitan que los palestinos deben tener iguales derechos, no podrán imponer unilateralmente ningún sistema que mantenga privilegios excesivos. Un Estado conjunto satisfaría los legítimos intereses colectivos de los judíos israelíes, pero tendría que hacer lo mismo equitativamente para cualquier otra persona.

La propia aparición de la solución de un solo Estado de la derecha sugiere que Israel está sintiendo la presión y experimentando una relativa pérdida de poder. Si sus defensores pensaran que podrían “ganar” a largo plazo no tendrían que buscar maneras de satisfacer los derechos palestinos. Pero los judíos israelíes ven devaluarse su legitimidad moral por todo el mundo mientras que demográficamente los palestinos están a punto de convertirse de nuevo en una mayoría en la Palestina histórica.

Por supuesto, los judíos israelíes siguen manteniendo una enorme ventaja de poder sobre los palestinos que aunque se está erosionando, probablemente dure un tiempo. La principal ventaja de Israel es un casi monopolio sobre los recursos de violencia, garantizados por Estados Unidos. Pero no se pueden ganar la legitimidad y la estabilidad por medio de la dependencia de la fuerza bruta: ésta es la lección que se está empezando a asumir entre algunos israelíes mientras el país se está quedando cada vez más aislado después de sus ataques a Gaza y a la Flotilla de la Libertad. La legitimidad sólo puede venir de un acuerdo político justo y equitativo.

Quizá los defensores de un solo Estado pertenecientes a la derecha reconocen que el mejor momento para negociar una transición que proporcione salvaguardas para los legítimos intereses colectivos de los judíos israelíes es mientras son relativamente fuertes.

A la luz de experiencias en situaciones comparables no debería sorprender que propuestas de un solo Estado provengan de la derecha israelí En Sudáfrica no fueron los tradicionales críticos liberales blancos del apartheid quienes supervisaron el desmantelamiento del sistema, sino el Partido Nacional que había sido el primero en construir el apartheid. En Irlanda del Norte no fueron los unionistas y nacionalistas "moderados" David Trimble y John Hume quienes finalmente hicieron el reparto de poder según los Acuerdos de Belfast de 1998 , sino los que siempre lo rechazaban, el Partido Unionista Democrático de Ian Paisley y el nacionalista Sinn Fein, cuyos dirigentes tenían estrechos vínculos con el IRA.

Las experiencias de Sudáfrica e Irlanda del Norte demuestran que transformar la relación entre colono y nativo, amo y esclavo o "caballo y jinete" en una realción entre ciudadanos iguales es un proceso muy difícil, incierto y prolongado. A lo largo del camino hay muchos pasos atrás y rodeos, y el éxito no está garantizado. Exige mucho más que una nueva constitución; la redistribución económica, la restitución y la justicia reconstituyente son esenciales y se encuentran con una resistencia significativa. Pero esta transformación no es, como insisten muchos críticos de la solución de un solo Estado en Palestina, "imposible". Es más, la esperanza reside ahora en el espacio que hay entre lo que es "muy difícil" y lo que se considera "imposible."

Por muy inadecuadas e incluso ofensivas que parezcan en muchos aspectos, las propuestas de la derecha israelí añaden un poquito a esta esperanza. Sugieren que incluso aquéllos a quienes los palestinos consideran comprensiblemente sus enemigos más implacables pueden mirar al abismo y decidir que el camino en adelante ha de ser radicalmente diferente.

Debemos observar cómo evoluciona este debate, y entablarlo y fomentarlo cuidadosamente. Al final lo que importa no es cómo se denomine la solución, sino si satisface los derechos fundamentales e inalienables de los palestinos.


Ali Abunimah es cofundador de The Electronic Intifada y autor de One Country: A Bold Proposal to End the Israeli-Palestinian Impasse. Este artículo se publicó originalmente en Al-Jazeera English y se reproduce con permiso.
Fuente:
http://electronicintifada.net/v2/article11411.shtml

 
Israelis embrace one-state solution from unexpected direction
Ali Abunimah, The Electronic Intifada, 21 July 2010

Palestinians hang their flag on a fence surrounding an Israeli settlement in the occupied West Bank. (Luay Sababa/MaanImages)

There has been a strong revival in recent years of support among Palestinians for a one-state solution guaranteeing equal rights to Palestinians and Israeli Jews throughout historic Palestine.

One might expect that any support for a single state among Israeli Jews would come from the far left, and in fact this is where the most prominent Israeli Jewish champions of the idea are found, though in small numbers.

Recently, proposals to grant Israeli citizenship to Palestinians in the West Bank, including the right to vote for the Knesset, have emerged from a surprising direction: right-wing stalwarts such as Knesset speaker Reuven Rivlin, and former defense minister Moshe Arens, both from Prime Minister Benjamin Netanyahu's Likud party. Even more surprising, the idea has been pushed by prominent activists among Israel's West Bank settler movement, who were the subject of a must-read profile by Noam Sheizaf in Haaretz ("
Endgame," 15 July 2010).

Their visions still fall far short of what any Palestinian advocate of a single state would consider to be just: the Israeli proposals insist on maintaining the state's character -- at least symbolically -- as a "Jewish state," exclude the Gaza Strip, and do not address the rights of Palestinian refugees. And, settlers on land often violently expropriated from Palestinians would hardly seem like obvious advocates for Palestinian human and political rights.

Although the details vary, and in some cases are anathema to Palestinians, what is more revealing is that this debate is occurring openly and in the least likely circles.

The Likudnik and settler advocates of a one-state solution with citizenship for Palestinians realize that Israel has lost the argument that Jewish sovereignty can be maintained forever at any price. A status quo where millions of Palestinians live without rights, subject to control by escalating Israeli violence is untenable even for them. At the same time repartition of historic Palestine -- what they call Eretz Yisrael -- into two states is unacceptable, and has proven unattainable -- not least because of the settler movement itself.

Some on the Israeli right now recognize what Israeli geographer Meron Benvenisti has said for years: historic Palestine is already a "de facto binational state," unpartionable except at a cost neither Israelis nor Palestinians are willing to pay. The relationship between Palestinians and Israelis is not that of equals however, but that "between horse and rider" as one settler vividly put it in Haaretz.

From the settlers' perspective, repartition would mean an uprooting of at least tens of thousands of the 500,000 settlers now in the West Bank, and it would not even solve the national question. Would the settlers remaining behind in the West Bank (the vast majority under all current two-state proposals) be under Palestinian sovereignty or would Israel continue to exercise control over a network of settlements criss-crossing the putative Palestinian state? How could a truly independent Palestinian state exist under such circumstances?

The graver danger is that the West Bank would turn into a dozen Gaza Strips with large Israeli civilian populations wedged between miserable, overcrowded walled Palestinian ghettos. The patchwork Palestinian state would be free only to administer its own poverty, visited by regular bouts of bloodshed.

Even a full Israeli withdrawal from the West Bank -- something that is not remotely on the peace process agenda -- would leave Israel with 1.5 million Palestinian citizens inside its borders. This population already faces escalating discrimination, incitement and loyalty tests. In an angry, ultra-nationalist Israel shrunken by the upheaval of abandoning West Bank settlements, these non-Jewish citizens could suffer much worse, including outright ethnic cleansing.

With no progress toward a two-state solution despite decades of efforts, the only Zionist alternative on offer has been outright expulsion of the Palestinians -- a program long-championed by Israeli Foreign Minister Avigdor Lieberman's Yisrael Beitenu party, which has seen its support increase steadily.

Israel is at the point where it has to look in the mirror and even some cold, hard Likudniks like Arens apparently don't like what they see. Yisrael Beitenu's platform is "nonsensical," Arens told Haaretz, and simply not "doable." If Israel feels it is a pariah now, what would happen after another mass expulsion of Palestinians?

Given these realities, "The worst solution ... is apparently the right one: a binational state, full annexation, full citizenship" in the words of settler activist and former Netanyahu aide Uri Elitzur.

This awakening can be likened to what happened among South African whites in the 1980s. By that time it had become clear that the white minority government's effort to "solve" the problem of black disenfranchisement by creating nominally independent homelands -- bantustans -- had failed. Pressure was mounting from internal resistance and the international campaign of boycott, divestment and sanctions.

By the mid-1980s, whites overwhelmingly understood that the apartheid status quo was untenable and they began to consider "reform" proposals that fell very far short of the African National Congress' demands for a universal franchise -- one-person, one-vote in a nonracial South Africa. The reforms began with the 1984 introduction of a tricameral parliament with separate chambers for whites, coloreds and Indians (none for blacks), with whites retaining overall control.

Until almost the end of the apartheid system, polls showed the vast majority of whites rejected a universal franchise, but were prepared to concede some form of power-sharing with the black majority as long as whites retained a veto over key decisions. The important point, as I have argued previously, is that one could not predict the final outcome of the negotiations that eventually brought about a fully democratic South Africa in 1994, based on what the white public and elites said they were prepared to accept ("
Israeli Jews and the one-state solution," The Electronic Intifada, 10 November 2009).

Once Israeli Jews concede that Palestinians must have equal rights, they will not be able to unilaterally impose any system that maintains undue privilege. A joint state should accommodate Israeli Jews' legitimate collective interests, but it would have to do so equally for everyone else.

The very appearance of the right-wing one-state solution suggests Israel is feeling the pressure and experiencing a relative loss of power. If its proponents thought Israel could "win" in the long-term there would be no need to find ways to accommodate Palestinian rights. But Israeli Jews see their moral currency and legitimacy drastically devalued worldwide, while demographically Palestinians are on the verge of becoming a majority once again in historic Palestine.

Of course Israeli Jews still retain an enormous power advantage over Palestinians which, while eroding, is likely to last for some time. Israel's main advantage is a near monopoly on the means of violence, guaranteed by the United States. But legitimacy and stability cannot be gained by reliance on brute force -- this is the lesson that is starting to sink in among some Israelis as the country is increasingly isolated after its attacks on Gaza and the Gaza Freedom Flotilla. Legitimacy can only come from a just and equitable political settlement.

Perhaps the right-wing proponents of a single state recognize that the best time to negotiate a transition which provides safeguards for Israeli Jews' legitimate collective interests is while they are still relatively strong.

That proposals for a single state are coming from the Israeli right should not be so surprising in light of experiences in comparable situations. In South Africa, it was not the traditional white liberal critics of apartheid who oversaw the system's dismantling, but the National Party which had built apartheid in the first place. In Northern Ireland, it was not "moderate" unionists and nationalists like David Trimble and John Hume who finally made power-sharing under the 1998 Belfast Agreement function, but the long-time rejectionists of Ian Paisley's Democratic Unionist Party, and the nationalist Sinn Fein, whose leaders had close ties the IRA.

The experiences in South Africa and Northern Ireland show that transforming the relationship between settler and native, master and slave, or "horse and rider," to one between equal citizens is a very difficult, uncertain and lengthy process. There are many setbacks and detours along the way and success is not guaranteed. It requires much more than a new constitution; economic redistribution, restitution and restorative justice are essential and meet significant resistance. But such a transformation is not, as many of the critics of a one-state solution in Palestine/Israel insist, "impossible." Indeed, hope now resides in the space between what is "very difficult" and what is considered "impossible."

The proposals from the Israeli right-wing, however inadequate and indeed offensive they seem in many respects, add a little bit to that hope. They suggest that even those whom Palestinians understandably consider their most implacable foes can stare into the abyss and decide there has to be a radically different way forward.

We should watch how this debate develops and engage and encourage it carefully. In the end it is not what the solution is called that matters, but whether it fulfills the fundamental and inalienable rights of all Palestinians.


Ali Abunimah is co-founder of The Electronic Intifada and author of One Country: A Bold Proposal to End the Israeli-Palestinian Impasse. This article first appeared on Al-Jazeera English and is republished with permission.