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Asunto:NoticiasdelCeHu 112/10 - 2006 - LIBRO LA ARGENTINA COMO GEOGRAFÍA y Oc tavo Encuentro
Fecha:Viernes, 21 de Mayo, 2010  10:23:42 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 112/10
 

2006

LIBRO LA ARGENTINA COMO GEOGRAFÍA y Octavo Encuentro

 

Libro La Argentina como Geografía. Ciclos Productivos y Población (1530-1990).

 

 

 

 

Octavo Encuentro

El “retorno” de la política

 

Por Omar Horacio Gejo

Centro Humboldt/ UNLu

 

Política y geografía

 

Ya no es extraño escuchar acerca de la crisis de la hegemonía discursiva ‘neoliberal’. Comentarios por el estilo son aludidos frecuentemente en charlas de entendidos, pero también en pláticas de aquellos que no lo son tanto.

Para el Centro Humboldt una aseveración de este tipo no constituye una novedad; muy por el contrario, el citado debilitamiento ideológico se contextualiza en la actual etapa que transitan sus Encuentros oficialmente desde 2004, cuando a la reunión de Villa Carlos Paz se la convocó bajo el lema de “Más allá de los noventa”. Ese llamado tenía un claro sentido de dividir aguas, dando por hecho que estábamos en un momento distinto al de la última década del siglo pasado, la que quedó absolutamente igualada al omnímodo dominio de la ofensiva burguesa que, si bien es bueno reconocer que databa de unos veinte años antes, se desató furiosamente tras la caída de los regímenes de Europa Oriental. Este agudo ataque a las condiciones materiales de vida de los trabajadores fue acompañado por una impronta subjetiva aplastante, que supo conocerse como “pensamiento único” y que demostró palmariamente, al unísono, la fuerza y la debilidad de las ideas. La fuerza, porque como pocas veces hemos podido constatar la pertinacia ideológica blandiéndose impune e impúdicamente, oficiando como un ariete devastador de las desordenadas y aturdidas resistencias a la ofensiva política que, en aquel tiempo, se enseñoreaba, valga la paradoja, como el tiempo de la no política. Y al mismo tiempo la debilidad, porque el desarme conceptual de la oposición demostró cómo las ideas de aquella vulnerable oposición eran esmeriladas hasta una casi paralizante invisibilidad.

El Centro Humboldt nació a mediados de 1995, podría decirse que cuando aún los bríos de la ‘globalización’ permanecían intactos. Y en cierta medida eso era lo que ocurría. Sin embargo, esa descripción de aquella realidad es un tibio ajuste a los hechos. En verdad, la creación del CeHu debe ser enmarcada en una temprana reacción ideológica a los estímulos de las vivificantes respuestas que los pueblos, las masas, los trabajadores comenzaron a descargar ya en el transcurso del primer lustro de la última década del siglo pasado. Ya hemos descripto en otras oportunidades cómo la sublevación zapatista de enero de 1994 resultó un aguijón efectivo para las adormecidas conciencias de los “intelectuales”. Digamos, entonces, que la fundación misma del Centro Humboldt fue un producto de aquel temprano “retorno” de la política, de aquel memorable ejemplo de resuelta acción política protagonizada por uno de los sectores más marginados de la nación mexicana.

Los Encuentros Humboldt, en tanto, demoraron cuatro años en aparecer. Con ellos tratamos de desarrollar una consecuente línea de resistencia a aquel conjunto de ideas que se erigían como el ‘paradigma de época’. Frente a ese ‘pensamiento único’ y unidimensional, de tono centralmente economicista, que no titubeamos en calificar de verdadero manifiesto antigeográfico, opusimos la reposición de algunos conceptos que habían sido relegados ostensiblemente hasta parecer definitivamente olvidados. Las reuniones de Mar del Plata (año 2000), de Salta (año 2001), de Puerto Iguazú (año 2002) y de Neuquén (año 2003) testimoniaron el despliegue ideológico que el Centro Humboldt –con su modestia de recursos de todo tipo a cuestas- puso en juego para desbaratar la inconducente trama de vulgaridades apañadas por la genuflexa cofradía de rendidos a la ‘realidad’ finisecular. Con “Periferia, regiones y países”; con “La vuelta de la región”; con “Geografía de la integración” y con “La cuestión nacional”, los humboldtianos trazamos una línea demarcatoria entre la geografía y la antigeografía. Es decir, frente a la seudo-teoría de la globalización y todos sus postulados derivados, establecimos una tajante distinción entre la geografía y el retintín vulgar de sesgo economicista que todo lo permeaba, que todo lo teñía, que todo lo confundía. Vale la pena aclarar que nuestra acción no se limitaba a tratar de endicar –por así decirlo- la marejada de la unilateralidad discursiva mencionada, ya que si bien definíamos a ése como el principal escenario de batalla nunca dejamos de percibir que el pensamiento único no era tal, que había ‘alternativas’ ideológicas en desarrollo en aquel contexto, y que tales construcciones conceptuales se desenvolvían alrededor de lo que definíamos como discurso de cuño sociologizante, que no era otra cosa que el reflejo ideológico de la construcción de una ‘oposición’ o ‘alternativa’ sistémica, construcción apenas aparentemente superadora del credo oficial, pero que tendía a agrupar, a nuclear a algunos de los descontentos.

En todos estos llamados latía el sentido del retorno, de la vuelta, de la reposición de viejas verdades que habían sido sometidas a la pertinaz corrosión de la ofensiva político-ideológica noventista. Era, entonces, fundamentalmente, un volver hacer pie frente al tembladeral en que se había convertido el terreno de las ideas tras el feroz vendaval de aquellos años. Y si bien puede interpretarse ese desarrollo como un movimiento defensivo, debe quedar claro, reitero, que su verdadero significado supera esa primera impresión, pues el conjunto de los llamados hasta el quinto EnHu también oficiaron de una ‘apertura de juego’, no tan sólo de mero bloqueo. Y esto ha sido así porque, esencialmente, el Centro Humboldt era en sí mismo producto de una respuesta política.

 

Geografía y política 

Los años noventa, los lineales, los felices, los apacibles han representado en realidad algo distinto de lo afirmado por la edulcorada versión oficial. Es un hecho comprobado que detrás de un pronosticado crecimiento continuo, sin resuello, uno encuentra en aquel decenio una tupida línea de quiebres, de crisis financieras por ejemplo, que cubrieron la geografía planetaria. Lejos de estar exentos de sobresaltos, esos años estuvieron jalonados de sucesos convulsivos -financieros, sí, pero también políticos-en la periferia en mayor medida, aunque presentes, de todas formas también en el llamado capitalismo central. Es decir, no hubo expansión continua ni estabilidad política garantizada, como afirmaban los vocingleros portavoces, recitadores del apadrinado unicato ideológico.

En Latinoamérica, por ejemplo, asistimos a una cadena de movilizaciones e insurrecciones que marcaron el período definitivamente. Una región sobre todo, Sudamérica, que había accedido a la “democracia” con el  correr de los años ochenta, vio jaqueados a varios  de los regímenes políticos engendrados en aquella oleada democratizante que se conjugó en clave regional tras la declinación de los regímenes  represivos incubados al calor del desarrollo del frente regional americano de la Guerra Fría -abierto éste luego de la revolución cubana de fines de los cincuenta-, y que se enmarcaron asimismo  en el giro regresivo, concentrador, de los procesos de industrialización que la región desenvolvía desde los años treinta y cuarenta. Ese “desarrollismo represivo” dejó el lugar, finalmente, a la apertura democrática, la carta estratégica que esgrimió el imperialismo en el marco de su cruzada “antitotalitaria”.

Es así como, con un desarrollo desigual durante los noventa-en realidad desde fines de los ochenta si uno toma al “Caracazo” como punto de partida-, sobre todo en la segunda mitad, se sucedieron remezones en escala que llegaron a tumbar a varios gobiernos. A la aludida Venezuela, le siguieron los casos de Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina para nombrar a los más notables. En particular, el “Argentinazo” fue una representación simbólica concentrada de una crisis que recorrió prácticamente toda la región. Esta crisis, sin dudas, fue el resultado del callejón sin salida al que había conducido el ‘modelo’ ‘neoliberal’, o en su aspecto más restrictivo, casi técnico-burocrático, el hoy desdibujado “Consenso de Washington”. Dejamos constancia, empero -vale para ello el llamado al VII EnHu- que nosotros parcialmente validamos  esta apreciación, pues definimos la situación de América Latina como de una crisis estructural, que va más allá de los fallidos intentos de ‘reinserción’ del último cuarto de siglo acaudillados por su declinante burguesía, y que son frecuentemente estigmatizados por el confuso mote de experimento ‘neoliberal’.  

Sin embargo, Latinoamérica no ha sido un caso aislado. Otra región periférica la acompañó como coprotagonista de la inestabilidad. Medio Oriente, una región caliente, fue desde la mitad del siglo pasado un testigo privilegiado de las contradicciones sistémicas. Portadora del vital recurso energético, el control que de él ha hecho Occidente ha sido producto de una serie de regímenes represivos que han oficiado de guardianes del orden regional. Este dispositivo se ha basado en la presencia vigilante y estabilizadora de ciertos estados: Irán, Turquía, Arabia Saudita y, fundamentalmente, Israel. Con ellos, el petróleo fue puesto bajo control de las petroleras occidentales y de sus estados habilitadores entre 1950 y 1980.

Pero en las últimas tres décadas muchas cosas han cambiado. Tras la Guerra de los Seis Días (1967), la rotunda victoria militar israelí recrudeció el calvario del pueblo palestino, la víctima predilecta de la creación de la entidad política sionista. Desde esa guerra la causa nacional palestina se potenció, generándose una confrontación abierta entre Israel y las distintas facciones del movimiento nacional palestino. La agresión israelí al estado del Líbano en la segunda mitad de los setenta sólo constituyó la prueba evidente del abismo que se abría entre la supervivencia de la entidad política sionista y los derechos nacionales del pueblo palestino, y la invasión del Líbano en 1982, que determinó la presencia israelí como ocupante del sur de ese país durante dieciocho años, lo confirmó plenamente.

Esa agresión al Líbano desencadenó, en buena medida, el curso futuro de los acontecimientos del conflicto en la región. Claro que ello no podría entenderse sin el vuelco fundamental que emerge de la volcánica revolución islámica iraní de 1978-1979. El abatimiento del régimen represivo modernizante del Sha, uno de los custodios de Occidente, uno de los gendarmes del imperialismo, generó un fulminante reposicionamiento en toda la región. La inmediata larga guerra iraquí-iraní (1980-1988), con un Saddam Hussein cebado por sus entonces aliados occidentales, quitó legitimidad a uno de los pilares del Frente del Rechazo, la relativa coordinación de estados árabes reacios a los acuerdos de paz de “Camp David” (la negociación piloteada por EE.UU. luego de la Guerra de Octubre de 1973), una manifestación palmaria de la decadencia e impotencia irreversibles del nacionalismo burgués árabe, que le daba así la espalda casi definitivamente a la causa nacional palestina.

Por otro lado, reorientó decisivamente la puja ideológico-política al interior del movimiento nacional palestino, en el que los herederos de la tradicionalmente conservadora Hermandad Musulmana –Hamas-se harían con el control efectivo de él al calor de las intifadas de 1987 y 2000, tras la declinación de la  histórica dirección de Al Fatah bajo el liderazgo de Yasser Arafat. También debe mencionarse, y hoy más que nunca, la presencia del radicalismo islámico de raíz iraní al interior de la resistencia del sur del Líbano. Forjada palmo a palmo en la lucha contra el ocupante sionista, la dirección de ese movimiento (Hezbollah) acaba de erigirse en una virtual jefatura  nacional libanesa luego del reciente y fulminante conflicto de casi un mes de duración y que culminó con la derrota política de Israel. 

Por último, tal vez ya desde mediados de los años setenta, pero firmemente con el correr de los ochenta, la monolítica coalición de poder de Arabia Saudita ha registrado fisuras. Un sector de la burguesía saudita, de la que Osama Bin Laden es el emergente, salió al cruce de la férrea alineación con EE.UU. por parte de la familia reinante, la monarquía clave en el Golfo. Afganistán primero, y la Guerra del Golfo después, fueron los escenarios principales donde se desarrolló la fractura de la clase dominante en Arabia Saudita, hecho que aun perdura y que catapultó al encumbramiento político al fundador de Al Qaeda.

Es sobre este terreno, y ante todo en el marco de la extraordinaria reconfiguración geopolítica y geoeconómica internacional, resultado de la lanzada restauración capitalista en el vasto espacio euroasiático, donde debe racionalizarse la opción de hierro elegida por el imperialismo: el rediseño del mapa de Medio Oriente a través de la agresión permanente, esto es, mediante la materialización de la doctrina de la guerra preventiva.

En síntesis, rebeliones en Latinoamérica y guerras en Medio Oriente acabaron con la ilusión fukuyamista de la idílica paz infinita de los mercados consumados. La economía de los noventa, una economía con mayúsculas que subordinaba a la política a una especie de gestión estratégica administrativa dio paso entonces a la irrupción vehemente de la política –ahora ella con mayúsculas- que lo abarca todo o casi todo, como la suprema instancia en la que la libertad sigue expresándose como la inevitable precondición para la acción humana.

Por todo ello, si es que la política ha “retornado”, y si lo ha hecho además como debe ser, como geografía, sólo cabe darle la “bienvenida”.

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