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Asunto:NoticiasdelCeHu 710/09 - CÓMO ENTENDEMOS LA ECONOMIA Y LA POLÍTICA E N LA ARGENTINA
Fecha:Martes, 24 de Noviembre, 2009  01:12:06 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <noticias @..............org>

NCeHu 710/09
 

CÓMO ENTENDEMOS LA ECONOMIA Y LA POLÍTICA EN LA ARGENTINA

 

Osvaldo Ortemberg

4383-2974

www.abogadodefamilia.com.ar

 

La noticia del día

 

La lectura del diario y la información radial y televisiva, nos brindan el día a día de los acontecimientos políticos y económicos. El acento que pone el periodismo en cada noticia tiene por objeto que nos interesemos en ella ofreciéndonosla como una mercancía que necesita un comprador. Así como para comprar un nuevo producto debimos haber agotado o dejado de usar el anterior que cubría la misma necesidad, para que la noticia de hoy nos llame a su consumo, debió haber dejado de satisfacernos la información de ayer referida al mismo u otros temas, sea por haberse agotado en su consumo, sea por haber dejado abierta una expectativa insatisfecha. Siempre la noticia de hoy es más importante que la de ayer, como nuestra satisfacción por una comida de ayer no sacia nuestro hambre actual.

 

La relevancia del presente genera un consumidor de novedades, donde la noticia precedente no es parte de una historia sino algo viejo y deshechable en que el interés por la noticia actual borra el que fue satisfecho por la noticia anterior. Así se conforma un sujeto cuya realidad circundante –ya que las noticias son sus referncias de lo que lo circunda y no ve- es un eterno presente, por lo cual está totalmente alejado del proceso del que proviene el presente en que vive y del futuro que sólo lo puede prefigurar el presente comprendido como proceso. El proceso del que hablamos es la historia política y económica.

 

 

La ausencia de las causas

 

La noticia es considerada objetiva, en este registro, cuando es una descripción lo más acabada posible de lo que se muestra en el hecho o suceso de que se trata. Es mostrar al sol y describir su movimiento alrededor de la tierra, con lo cual la inteligencia del lector se entrena en limitar su comprensión a las apariencias que ocultan las causas, ya que no se se da cuenta que ese movimiento del sol es efecto del de la tierra, que no percibe porque está apoyado sobre ella como algo natural.

 

Limitada a los efectos, en las noticias que solemos consumir, es decir en las malas noticias, sentiremos que nos informa de cosas que no están conforme a nuestros valores. Surge entonces un anhelo de que eso que no se adecua a nuestros valores sea modificado mediante la acción del estado para que sí se adecue.

 

Esta actitud nuestra es ingenua, no analítica, ya que no tiene una comprensión de la noticia por sus causas sino por nuestro sentimiento. Y es también por este sentimiento que anhelamos que el gobierno lo cambie y si no lo hace es el responsable de que eso ocurra. Con ello consolidamos nuestra ceguera, ya que atribuimos la causa de ese mal al gobierno y con ello nos desviamos de comprenderlo por su proceso histórico. Como cuando en el problema de seguridad pedimos más control policial y mayores sanciones, descuidando la pobreza generalizada provocada por un largo proceso de concentración del capital con exclusión social.

 

 

La historia oficial

 

Esta manera de “comprender” las noticias de los medios la incorporamos en la manera que nos enseñaron historia –que se repite en todas las materias- en la escuela primaria, secundaria y en la universidad.

 

Esta enseñanza consiste en relatarnos una historia que se presenta como verdadera, es decir que no hay otra manera de comprender nuestro pasado, en donde los conflictos son resueltos con el triunfo de los buenos o de los verdaderos valores. Si la juzgamos con clemencia podemos decir que se trata de una concepción hegeliana, en la cual desde el comienzo están en germen los valores que se van a desplegar y sobresalir en sus contradicciones con aquellos otros bizarros, hasta que finalmente todos los hechos sociales y sus personajes protagónicos son iluminados por esos valores iniciales que llegan a abarcar a toda la sociedad en la época dorada de nuestro país, que es desde la presidencia de Mitre hasta la caída de Irigoyen en 1930. Esa fue la Argentina próspera, la quinta potencia mundial que debiéramos intentar recuperar.

 

Es una historia escrita por uno de los bandos en pugna que cobraron el centro de la escena nacional cuando el predominio de España comenzó a decaer en hispanoamérica. Fue un proyecto de país que logró materializarse luchando contra otras fuerzas, las bizarras, que siempre estuvieron y que debieron ser enfrentadas y reprimidas con violencia por las fuerzas armadas convertidas en instrumentos de represión contra vastos sectores de la población.

 

Para la consolidación de esta historia fue necesaria nuestra ceguera programada. El programa fueron los contenidos de la enseñanza de nuestra historia en las escuelas, obligatorias para toda la población, como forma de elevar la condición espiritual de los ciudadanos y al mismo tiempo domesticarlos en esas creencias. Pero también los contenidos de los medios de prensa y difusión que comenzaron a irrumpir desde los albores mismos de la revolución de mayo. A esto se agregó un impensado colaborador: la fuerte inmigración europea que generó una ruptura en la tradición oral transmitida en los relatos familiares, donde las proezas del Chacho Peñaloza o el Tigre de los Llanos fue sustituida por las figuras de Garibaldi y Víctor Manuel, Julián Grimau y Franco, los pogroms de los países eslavos, etc.

 

 

Lo instituido

 

Esta concepción de la historia parte, en el análisis de las causas, de un conjunto de valores considerados vigentes durante la revolución de mayo. Desde estos valores interpreta los acontecimientos del pasado y le da, a esta interpretación, el carácter de verdadera. El vínculo de los acontecimientos es un relato –nuestra historia instituida- que muestra los obstáculos que debieron vencer estos valores hasta consolidarse como lo que hoy somos. Este relato señala como el mal a todo aquello que se opuso a su trayecto y consolidación, desdeñando las causas a las que pudo obedecer esa oposición -es decir, sin proveerles de un sentido propio-, y que no obstante haber sido derrotada intenta resurgir a cada paso, por lo que hay que prevenir contra ello al ciudadano.

 

La defensa de las instituciones es la defensa de lo instituido, es decir, de lo que ha sido consolidado en ese recorrido, que son los valores absolutizados en el relato de la historia oficial del que se parte.

 

Es inescindible la defensa del funcionamiento de las instituciones, de los valores consolidados en el relato de esa historia.

 

 

Las historias

 

Las otras historias son las de los que enfrentaron a los de la historia triunfante, los derrotados y ocultados por el manto hegemónico del sentido único que aquella estableció.

Los derrotados no son tomados por la historia oficial desde sus propios intereses sino desde su oposición a los que los derrotaron. Los intelectuales y escritores que expresan esos intereses son desfinanciados y raleados de las instituciones y medios encargados de difundir la historia oficial y los valores que esta historia sostiene.

Los intereses de los derrotados son los de las regiones y sectores sociales que se defendían contra la expansión de los intereses de los triunfadores.

Los intereses triunfantes son los de los comerciantes y hacendados del puerto y la provincia de Buenos Aires, la pampa húmeda y el litoral, cuyo negocio era la venta de ganado –y también granos más tarde- y la introducción de productos industriales ingleses. Este negocio menoscababa los intereses de los hacendados de las regiones no litoraleñas, ya que la introducción de mercancías inglesas tenía como mercado a todo el país, con lo cual arrasaba las incipientes artesanías locales, ante lo que los caudillos y sus peones se levantaron y fueron derrotados.

 

El éxito de la línea oficial tuvo dos soportes importantes: el apoyo del imperio inglés, su socio capitalista, y un proyecto de país moderno, es decir, capitalista, que nos ubicaba como proveedores de materia prima para la metrópoli y consumidores de sus productos industriales. Este proyecto era parte del proyecto inglés que encontró eco en estos sectores por responder a la medida de sus intereses que no les implicaba cambio alguno en su ideología, aunque sí actualizarse y modernizarse en la forma de encarar sus emprendimientos.

 

Los caudillos del interior y sus masas no tenían esos aliados poderosos, ni tenían tampoco –y esta era su real debilidad- un proyecto que incluyera a sus adversarios en una política que abarcara a toda la nación. La coexistencia se dio durante la gestión de Rosas, que contemporizaba los intereses regionales con los comerciantes del puerto, los hacendados y los aliados regionales. Esto fue lo máximo que lograron dar y esa fue su mayor debilidad. No tuvieron, como Paraguay, un Francia con un proyecto de nación y de autonomía industrial, sino un Urquiza, que priorizó los intereses de su región. Pavón no es sólo el nombre de la traición de Urquiza sino el límite de los proyectos de los caudillos.

 

Sin embargo, la defensa de las regiones es la línea histórica de la defensa de lo nacional, que en las coyunturas de algunas de las crisis económicas (1890, 1914/18, 1930, 1939/45, 2001) se entronca con la línea industrialista, heredera de esas luchas a las que por la experiencia le fue dando el contenido de un proyecto alternativo de país.

 

 

La historia como conflicto

 

La historia viene aspirando al trono de la ciencia, pero hasta el momento es tan sólo el relato desde la óptica del vencedor que se erige en la única verdad de lo acontecido. Es decir, es una lectura política de los hechos, como si estuviera escrita por el periodismo de los medios de información actuales.

 

La historia debiera ser leída desde los conflictos que se manifiestan en los llamados hechos o sucesos históricos. Con ello, si bien será ineludible tener una inclinación emocional o ideológica respecto de algunos de los intereses en pugna, no echará sombras sobre los bandos perdedores y con ello, permitirá visualizar el color del derrotado en el campo social y económico en que la historia se va materializando. 

 

 

Leer el diario

 

La lectura del diario la realizamos, como dijimos,  en la medida en que capta nuestro interés por enterarnos de las noticias que nos transmite. Ese interés es difuso en cuanto responde a enterarnos de temas sobre los cuales no podemos incidir, esto es, desde una posición pasiva que está normalmente acompañada por un sentimiento de goce y placer.

 

Pero desde la pasividad vamos consolidando, con la novedad, una manera de comprender, analizar y pensar. Este modo de incorporación se sostiene en nuestros hábitos, ya que de otro modo esa lectura se convertiría en un esfuerzo destinado a cambiar algo nuestro, con lo cual se rompería la pasividad desde la que leemos y el sentimiento de placer que su lectura nos provoca. Para poder ser vendidas las noticias tienen que complacer al lector, ya que de otro modo no lo consumiría. Los diarios que tienen otros objetivos van dirigido a un público restringido, que sin embargo participa de un aspecto del lector pasivo: el contenido de las notas, su orientación y criterio de análisis, tiene que coincidir con su propia postura, esto es, el diario que consume también debe responder a la orientación de este lector restringido.

 

El lector pasivo no sabe que lo que lee coincide con lo que piensa, es decir que hay una inclinación interpretativa con la que está mimetizado. Por el contrario, considera que la información que recibe es objetiva, que responde a la realidad de los hechos que la noticia contiene. Es un lector ingenuo. No considera que él tiene una ideología, una manera de entender que está orientada por sus modelos familiares, escolares y sus inclinaciones y que el diario que lee tiene una orientación análoga, por lo cual, mediante la lectura encuentra sus propias concepciones que es el elemento indispensable para tener la sensación de placer.

 

Un componente muy importante del lector ingenuo es que no sabe que es ingenuo. Desde otros ángulos se lo denominaría alienado. Veamos entonces algunos mecanismos de este modo de leer como proceso de alienación.

 

 

Aspectos del mecanismo de la lectura ingenua

 

Los mecanismos de la lectura ingenua los podemos visualizar en la manera en que se nos educó en las escuelas primaria y secundaria. Cuando aprendemos cualquiera de las ciencias que contienen muchas de las materias de los programas de estudios, como la aritmética, la geometría, la física, la química, incorporamos el conocimiento actual de las mismas y también los nombres y parte de la biografía de los más destacados creadores de esas disciplinas. Es decir que nos muestran las fotos del final de cada ciencia y los nombres y biografías de sus autores y de los predecesores de los mismos. Con ello tenemos dos aspectos del lector ingenuo: por un lado la memoria, ya que esos conocimientos son transmitidos sólo en sus formulaciones teóricas actuales y no en los procesos que las tornaron vivas en su producción experimental y conceptual. Nos enseñan que el agua es H2O, pero no el largo proceso histórico-científico desde el reconocimiento del agua como elemento mítico y atomista entre los presocráticos, hasta las investigaciones moleculares actuales, que permitiría comprender el sentido de las valencias combinatorias de las mismas que aparece en la fórmula que todos repetimos como loros, creyendo que entendemos algo por el hecho de saberla de memoria.

 

El otro elemento de la lectura ingenua es aprender que ese conocimiento estaba en la cabeza del científico que la llegó a formular. De ese modo ocultamos tras la admiración al genio, el reconocimiento del trabajo que éste y muchos otros antes que él debieron realizar para producir ese conocimiento. Con ello también desconocemos que estamos haciendo un proceso de aprendizaje en ese mismo momento en que incorporamos estos conocimientos. Es decir que, al mismo tiempo que no vemos que aquello que incorporamos es producto de un esfuerzo, tanto del científico que creó la última fórmula, como de los que le precedieron y de la cadena histórico social en que tales investigaciones acontecieron, tampoco vemos que nosotros mismos estamos haciendo un proceso de aprendizaje que nos demanda tiempo y esfuerzo. Lo que no veo en los otros tampoco lo veo en mí. Así como veo que la fórmula salió de la cabeza del otro totalmente terminada y sin el menor trabajo ni herencia, tampoco veo el esfuerzo que hago para memorizar y luego razonar esa fórmula, dentro de los estrechos límites que este modo de aprender permite aplicar el razonamiento.

 

Así como soy ciego para reconocer al otro soy ciego para conocerme a mi. De este modo tengo una ideología, en cuanto considero que las cosas surgen, de la cabeza del genio o de del líder, pero no sé que tengo esa ideología, y ni siquiera sé que hay ideologías. Padezco de desconocerme como burla a los maestros griegos que admiro mientras repito de memoria su enseñanza de que la sabiduría consistía en conocerse.

 

 

Los contenidos de la ideología que ingenuamente padecemos en la comprensión de política y economía en los diarios, radios, televisión, internet

 

La modalidad de comprensión incorporada en los estudios escolares se monta en la forma con que los niños perciben lo que sus padres les dan, esto es, que eso que reciben son “objetos” de los padres, y que tales objetos que no tienen un proceso de producción e intercambio entre sus progenitores y el resto de la sociedad. Se monta entonces en el pensamiento mágico y ahistórico respecto de la existencia de las cosas que el niño recibe de sus padres y que en la educación se consolida.

 

Esta ahistoricidad no está excenta de valores. Por el contrario, implica una serie de valores que conforman una concepción del mundo que denominamos ideología. Esta concepción es ciega a la reflexión del niño y del joven, como luego lo será a la del mismo adulto, por lo cual inhibe toda posibilidad de crítica, es decir, no es susceptible de ser pensada, sino que es sentida, del mismo modo que le ocurre con el hambre, con la respiración, con las necesidades fisiológicas. Las cosas son así, y si hay alguna disfunción –pérdida de apetito, ahogos, coimas, robos- hay que perfeccionarlo, sea curándose de las dolencias o perfeccionando la democracia.

 

Como el tema es la política y la economía debemos reflexionar acerca de los valores que este modo ahistórico conlleva, ya que esa es la ideología desde donde hacemos la lectura ingenua de los diarios. 

 

Dijimos que la historia estaba escrita por los vencedores de una línea histórica. Esta línea está marcada por una concepción productiva que responde a la práctica económica de los que triunfaron. Esta práctica consistía en la cría de ganado, y luego también el cultivo de la tierra, para venderlo a Inglaterra, la que nos vendía los productos industriales. En ambas operaciones intervenían los comerciantes, que eran los intermediarios de esta doble operación. En los productos de la tierra interviene de manera prioritaria un recurso que no proviene de la mano del hombre: la tierra, y en la crianza de ganado y el cultivo se combina ese recurso natural, con los ciclos naturales de reproducción y alimentación del ganado y de crecimiento de los granos. En estos procesos la mano del hombre, inicialmente era mínima, aunque para incrementar la cantidad y calidad de los productos de la tierra, con el tiempo, sobre todo en las últimas décadas, se potenció por el aporte industrial. El rol prioritario de la tarea humana aquí es la administración de los procesos naturales de producción. La ideología más representativa de esta labor de administrar, es la plegaria que invoca a Dios “el pan nuestro dánoslo hoy”. No es al cálculo del trabajo al que esta mentalidad recurre, no es a la inteligencia racional que pueda elucubrar un proceso de producción, sino a que hayan buenas lluvias, que no hayan heladas ni plagas. Sabemos que lo que está en la naturaleza se atribuye desde nuestra religión a la creación de Dios. Los ciclos naturales son siempre iguales y se repiten sin que nadie deba hacer nada. El agregado de trabajo humano que usa el campesino –fertilizantes, ordeñadoras, plagicidas, etc.-proviene de la industria. En cuanto al comerciante, también debe administrar el intercambio de lo que él no fabrica: productos de la tierra y de la industria.

 

Cada cual ve el mundo que le rodea de acuerdo con la experiencia que le tocó vivir: los niños lo ven de una manera mágica, los industriales como un proceso de trabajo, los hacendados como un beneficio del cielo o de la naturaleza y el apoyo providencial de la industria.

 

Sólo los industriales suelen tener la ideología de que el trabajo es la fuente de la riqueza.

 

Los niños creen que lo que consumen brota de los padres (como la leche de la madre).

 

Los hacendados y comerciantes tienen como ideología que la riqueza brota de la tierra y que su única tarea es la de administrarla.

 

Del mismo modo que el padre tiene el recurso para alimentar al niño, los dueños tienen la tierra y los productos que ésta brinde y los comerciantes lo distribuyen. Esa es la verdad que ellos perciben porque es la experiencia que viven y nada la desmiente al haber triunfado contra quienes se oponían a ellos. La historia en nuestro país se enseña como la lucha por la cual esa verdad, la de los vencedores, dejara de ser cuestionada para ser consolidada y perfeccionada.

 

Los hacendados eran los dueños de la tierra, por gracia de Dios, de sus padres, del rey, de Rivadavia, del brigadier general Rosas o del general Roca, y dirigieron el país conforme sus intereses. Los que llevaban adelante la lucha por reprimir a quienes se oponían a la política económica de estos propietarios, eran sostenedores de esa política que para ellos eran los valores de la patria. Esos son los héroes de nuestra historia oficial. Y el héroe es la encarnación de esas ideas políticas a las que servía. No tiene contradicciones en sus convicciones y todo en ellos es pureza de espíritu, altruismo y buenos sentimientos. Y si habían dudas que mostraban con evidencia, se cercenaba esa parte oscura, como ocurre con Urquiza, o se inventaba la parte de la que es inevitable hablar, como ocurre con San Martín, que la historia oficial considera que vino a luchar a la Argentina, porque extrañaba su tierra.

 

Esta historia es así una secuencia de hechos en que los héroes lucharon por la libertad, democracia, justicia, contra los que se oponían a ello, manteniéndose ocultos los intereses en pugna: los del bando que ganó y los de los bandos que fueron derrotados. Mecanismo por el cual los contenidos de esos valores de la patria, libertad, justicia, democracia, igualdad, tiene como contenidos ocultos los intereses triunfantes: la modalidad de propiedad privada del bando ganador

 

La sucesión de hechos que hoy se presentan como historia se nos muestra como una lucha por consagrar los valores que hoy tenemos y que existieron desde los albores de mayo, Esta secuencia no es comprensible porque no muestra las causas, que son los intereses en pugna.  Es una historia fantasmal que impide toda comprensión y crítica por lo cual, como la fórmula del agua, sólo puede ser incorporada de memoria. Ello garantiza ser un extraño de lo propio, lo más alejado de sí mismo y comprender las noticias de los medios –que omiten las causas- en la medida en que se van a encontrar con esos valores que tenemos incorporados, como le ocurre a los periodistas, los dueños de los diarios, los economistas locales y a uno mismo cuando se descuida.  

 





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