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Asunto:NoticiasdelCeHu 181/09 - Gastón Baquero invita a leer Cosmos, de Ale jandro de Humboldt
Fecha:Sabado, 7 de Marzo, 2009  13:38:02 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <ncehu @..................ar>

NCeHu 181/09
 

Gastón Baquero invita a leer Cosmos, de Alejandro de Humboldt

 

Francisco Díaz Solar y Duanel Díaz Infante

 

Desde que hace casi un siglo José de la Luz y Caballero adaptó el título con el que en Europa comenzaba a conocerse a Alejandro de Humboldt, a raíz de su viaje a América y de sus estudios sobre el continente, el sabio prusiano es considerado en Cuba el "segundo descubridor". Para los cubanos, Humboldt es, sobre todo, el autor del Ensayo político sobre la Isla de Cuba, que contribuyó en buena medida al surgimiento de una conciencia nacional a comienzos del pasado siglo. El poeta José Lezama Lima, por solo poner un ejemplo, consideraba a Humboldt uno de los develadores de la poeticidad de 'lo cubano'. En el prólogo a su conocida Antología de la poesía cubana señala que "sus conclusiones científicas nos llevan casi a la afirmación de que nuestra poesía tiene una raíz natural, que la naturaleza es poesía, creación por la imagen".

Aquí nos interesa comentar, en cambio, un ensayo donde no se habla del Humboldt descubridor de Cuba, sino del sabio en su dimensión más universal. Se trata de un texto que, bajo el título de Invitación a la lectura de Cosmos de Alejandro de Humboldt, el poeta cubano Gastón Baquero -uno de los mejores de la lengua en la segunda mitad del siglo, autor de libros como Memorial de un testigo y Magias e invenciones, y también de libros de ensayo-publicó en el número 2 de la revista Islas, en 1959.

Baquero no se limita a comentar el Cosmos, sino que sitúa el comentario de este libro y de la figura de su autor en el marco de una reflexión sobre la condición espiritual del hombre contemporáneo, proponiendo, en la lectura y en el ejemplo de Humboldt, una salida a la crisis. Se trata, así, de un texto ostensiblemente retórico, en los dos sentidos originales del término; como "invitación" trata de persuadir al lector para que lea a Humboldt, y para ello despliega una gran riqueza metafórica y figurativa que por momentos recuerda la prosa de Ortega y por momentos la de José Martí.

Las ideas que Baquero moviliza son, de manera general, comunes al pensamiento origenista, tal como aparece en los ensayos de Lezama, Vitier o García Marruz. Desde una posición religiosa, profundamente católica, Baquero explica la crisis de las artes y del pensamiento moderno, a partir de lo que podemos llamar un relato de la catástrofe. Según él, la causa de que "hoy en el mundo de la imaginación, en el reino de la creación artística y del pensamiento filosófico todas las ventanas parecen cerradas", de "la oscuridad que rodea a los creadores" es la pérdida de la naturaleza. La causa de esto es la vanidad: "el hombre ha transformado de tal modo el espectáculo del hombre mismo en el máximo interés y foco del pensamiento humano, que la imagen colocada bajo el cristal de aumento ha acabado por crecer desmesuradamente, hasta apoderarse de todo el espacio circundante"

La idea de la pérdida del contacto con la divinidad y de la necesidad de recuperarlo informa la argumentación de Baquero. La "desnaturalización", explica, "se inició por la desdivinización del hombre. De criatura de Dios, pasó a ser hijo de la Naturaleza, y de hijo de la Naturaleza ha pasado a ser hijo de sí mismo, quedándose en una doble orfandad: se ha quedado sin Dios y sin Naturaleza, a solas en el rincón oscuro del cuarto construido por sus propias manos".

En este relato, el Hombre aparece como sujeto de su propio devenir: es él quien ha olvidado a Dios, y luego ha perdido a la Naturaleza, quedando, de tanto mirarse a sí mismo, en un mundo reducido. Ahora bien, esa reducción, esa invasión de la oscuridad es, para el escritor cubano, algo contingente. Baquero insiste significativamente en que "si el hombre ha llegado a sentirse aprisionado, es porque ha construido él mismo la prisión que hoy le encierra". En esta visión, la libertad y la responsabilidad del hombre que pierde y se pierde remiten, acaso, a la noción católica de libre albedrío. La pérdida es producto de un error, de un apresuramiento, de una desviación: "Se apresuraron los hombres de Occidente, cegados por el fulgor de las ideas nuevas, a dar por liquidados valores que estaban muy lejos del agotamiento y la esterilidad". La muerte anticipada y dañina de la Naturaleza es, a su vez, una consecuencia de la reducción de ésta al paisaje: "el hombre contemporáneo dio las espaldas antes de tiempo a la Naturaleza, porque creyó que con el paisaje ya había visto bastante".

Baquero propone, entonces, una recuperación de lo perdido, una restauración del "equilibrio matriz de Occidente". Al hombre cerrado, "en asfixia y como en peligro de muerte", opone el hombre abierto, que es "el arquetipo de la cultura de Occidente". Con la mención de Goethe, de Anaxágoras, Aristóteles, Tomás, Agustín y Leonardo, traza el perfil de ese tipo humano cuya característica fundamental es el universalismo y que aparece significativamente representado por medio de la metáfora de la luz. Se trata, desde luego, de un hombre ajeno a la degeneración y al vacío característicos del siglo XX: "Ese hombre abierto no conoce la prisión ni conoce el hastío; no se aburre jamás, porque su programa de vida es interminable, y porque una de sus características es el amor a la ciencia."

La catástrofe es, entonces, el paso del hombre abierto al hombre cerrado: la especialización, la desintegración de los campos del saber. ("Dilthey señala en Hegel ya, la deficiencia en el conocimiento científico de la Naturaleza".)

Estratégicamente, Baquero presenta a Humboldt de la mano del autor de Fausto:

Es Goethe quien va a presentarnos a un amigo mágico, a una mano potente, que hace girar el globo terráqueo entre sus dedos, y con solo mirar de frente llena de claridad todos los recintos. (énfasis nuestro)

Esta imagen rige la representación de Humboldt a lo largo del ensayo de Baquero. La posesión física de la Tierra figura la posesión por medio de la luz del conocimiento: "un conquistador del mundo de polo a polo, de la llanura a la montaña, del subterráneo a los planetas, del infusorio a la estrella". Repite, además, la visión goetheana de Humboldt como el nativo en todas partes, y cita las palabras de Goethe luego de referir la estancia de este último junto al viajero en 1826: "Estemos donde estemos, siempre se encuentra como en su casa y tiene algún tesoro que ofrecernos".

La admiración de Goethe por Humboldt permite a Baquero dramatizar la perentoriedad de la presencia de Humboldt para el hombre de hoy:

"Fructífero y reconfortante. Si así lo fue para Goethe, tan lleno de frutos y de consuelo él mismo, ¿qué no será para nosotros, para este mundo nuestro, la presencia viva de Alejandro de Humboldt? Un hombre que se paseaba por el mundo con la particularidad y el aplomo de un nativo en todas partes [....]"(énfasis nuestro)

En la apología de Cosmos, "uno de los monumentos de la humanidad y uno de los monumentos a la humanidad", Humboldt es representado como un héroe épico: "Va de un hecho al otro con la seguridad de un gran cazador". Es un "titán", un poeta de "un hermoso canto a la universalidad de la belleza natural". Se trata, de nuevo, de la imagen del conocimiento como posesión física, como dominio y conquista de lo 'otro' oscuro. Movimiento metafórico que está en la raíz de la formación de los verbos de entendimiento en algunas lenguas indoeuropeas y que se conserva aún en el doble sentido del español comprender:

"[...] se mueve Humboldt con la serenidad que le servía de báculo para recorrer los volcanes de América y las planicies siberianas; recorre los rincones del cielo, examina la formación de estrellas, el movimiento de traslación de todo el sistema solar, la alfombra de estrellas, la universalidad de las leyes de gravitación hasta finalizar con la propagación de la luz. Baja entonces a la tierra [...] Humboldt se hallaba a los noventa años de edad, dándole cima a su montaña del Cosmos [...]"(énfasis nuestro)

Entonces, la invitación de Baquero es a repetir por medio de la lectura el "viaje" de Humboldt, a poseer el cosmos, a comprender. Y por si no bastara con presentar la lectura de Humboldt no solo como deseable sino como necesaria, Baquero, por último, hace énfasis en el placer que proporciona Cosmos: "no hay cansancio posible en la lectura de esta obra", "se lee con la felicidad y la alegría reservada para los libros excepcionales".

Humboldt, en el diseño de esta utopía, es un modelo, un paradigma de todo lo que hay que recuperar. Se trata, en suma, de "la mirada circular del hombre abierto", que integra la poesía y la ciencia y descubre en el hecho aislado la corriente incesante de la unidad orgánica universal. Es esto precisamente lo que Baquero propone como salida de la crisis. "Humboldt quiere propiciar la aparición de un concepto armónico del mundo a fin de que al reflejarse en la conciencia humana esa imagen provista por la ciencia, reaccione el hombre en un sentido de armonía hacia los semejantes". Es ese mundo armónico y completo --"las ocurrencias del mundo uranológico se repiten en el mundo moral"-- el que hay que recuperar.

La recuperación es figurada a partir de una metáfora espacial. A lo largo del ensayo, la situación contemporánea aparece representada como una cárcel o como una habitación oscura. El paso del interior oscuro al exterior iluminado, el acceso al "más allá de la ventana de la prisión" --sentido último de la invitación a leer el Cosmos y a tomar a Humboldt como un modelo-- es, en el texto de Baquero, un simple abrir una ventana o correr una cortina. "Es oportuno intentar el levantamiento de una cortina, a sabiendas de que del lado de allá sigue restallando la música del sol". Retórica que cubre una distancia de más de un siglo en función de mostrar la facilidad de la recuperación, de la apertura al mundo y a la naturaleza.

La idea de la contingencia de la caída, condición de posibilidad de la revuelta, resulta, sin embargo, harto cuestionable. Antes que algo contingente, la reducción del lebenswelt parece ser una consecuencia necesaria de la modernidad, es decir, de la radicalización y de la continuación de la propia visión ilustrada de la que Baquero hace apología. El hombre abierto, al tender al progreso y al develamiento de todos los misterios, se convierte necesariamente en hombre cerrado. El universalista da paso al especialista. La armonía a la desintegración.

La idea de una modernidad no reductora es definitivamente idílica. Esto se hace evidente si notamos que Baquero celebra en Humboldt y reclama para sí una serie de ideas y actitudes típicamente iluministas como la creencia en la perfectibilidad de la especie, en la ciencia como bien para la humanidad y en la ignorancia como fuente del mal, el rechazo de la superstición, etc. En realidad, este núcleo de ideas contiene la semilla de lo que, en el siglo XX, percibe como crisis y como desintegración. Es decir, lo que Baquero interpreta como desviación, como caída contingente no es más que la consecuencia más o menos necesaria de la realización de la misma relación dominadora del mundo que propone como modelo. Este es el punto ciego del ensayo: al diseñar la utopía, Baquero olvida que la Luz conduce a la Oscuridad, el Bien al Mal, la apertura a la cerrazón.

La constatación del olvido de esta "dialéctica" de la modernidad, nos lleva entonces a preguntarnos por la validez de la utopía esbozada por Baquero. ¿Es posible la apertura? ¿Se puede rescatar a la naturaleza? ¿Volver al tipo del hombre abierto? ¿Salvar el abismo entre la ciencia y la poesía?

Nos parece que no, al menos no en el sentido en que Baquero lo entiende. A esta visión idílica, que resulta en última instancia una salida teológica (a la restauración de la Naturaleza en el mundo del hombre acompaña la de la Divinidad), preferimos más bien una visión trágica, que, recogiendo la herencia de Nietszche, dice sí a las contradicciones en vez de reducirlas.

Esto, desde luego, invalidaría la actualidad que Baquero concede a Humboldt como modelo de un estado original a recuperar. Sin embargo, quizás nuestra oposición a Baquero reafirme, en otro sentido, la necesidad de leer a Humboldt y su gran obra. Puesto que la aceptación trágica de la pérdida y de la ganancia, parte necesariamente de una fuerte conciencia histórica, como sabía Ortega. Y sin lugar a dudas la figura y la obra de Humboldt constituyen uno de los momentos fundamentales, a menudo injustamente olvidados, de la constitución del proyecto moderno en el que aún nos debatimos. Así, leer a Humboldt nos dirá mucho de nuestro mundo y de nuestra "crisis", no porque podamos volver al estado feliz en que un solo hombre podía abarcar toda la ciencia de su época --tener el mundo en una mano-- sino precisamente porque no podemos.


H i N - Alexander von HUMBOLDT im NETZ

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HiN                                                     II, 2 (2001)
 
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International Review for Humboldtian Studies
Revista Internacional de Estudios Humboldtianos
Internationale Zeitschrift für Humboldt-Studien






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