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Asunto:NoticiasdelCeHu 101/03 - Palestina: La solución es el problema
Fecha:Jueves, 20 de Febrero, 2003  15:41:21 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 101/03
 
LA LUCHA POR LA PAZ
 
Por: Noam Chomsky (Fecha publicación:19/02/2003)
 
 
 

En la siguiente nota, Noam Chomsky desnuda la verdad sobre el enfrentamiento palestino-israelí.
Características de la orientación policíaco-colonial de Ariel Sharon.

Hace un año, el sociólogo Baruch Kimmerling, de la Universidad Hebrea, formulaba la siguiente observación: 'Nuestros temores se han hecho realidad... La guerra se revela como un sino inevitable', una guerra 'diabólicamente colonial'. Su colega Ze'ev Sternhell subrayaba el hecho de que la clase dirigente israelí estaba ya empeñada en 'una fórmula policíaca de corte colonial, que recuerda la ocupación de las poblaciones pobres de los negros de Sudáfrica por la policía blanca durante la época de la segregación racial'. Uno y otro recalcaban lo evidente: en este conflicto, que tiene como escenario unos territorios que han pasado 35 años bajo una inflexible ocupación militar, no existe una simetría entre 'los grupos étnico-nacionales'.

El proceso de paz de Oslo, que dio comienzo en 1993, modificó las modalidades de la ocupación, pero no su idea esencial. Poco antes de sumarse al Gobierno de Ehud Barak, el historiador Slomo Ben-Ami escribió que 'los acuerdos de Oslo se fundamentaban sobre una base neocolonialista, en una vida de mutua dependencia para siempre'. Enseguida se convirtió en arquitecto de las propuestas de los Estados Unidos e Israel en Camp David, en el año 2000, que se ajustaban a esta condición. En aquellos momentos, los palestinos de Cisjordania se encontraban ya confinados en 200 zonas dispersas.

Bill Clinton y el primer ministro israelí, Barak, les ofrecieron una mejora: concentrarlos en tres distritos, bajo control israelí, separados unos de otros a efectos prácticos así como también de un cuarto enclave, una pequeña zona de Jerusalén oriental, el centro de las comunicaciones palestinas. El quinto distrito sería el de Gaza. Resulta comprensible que, en los grandes centros de decisión de los Estados Unidos, no haya manera de encontrar un mapa y que ni siquiera llegue a mencionarse de dónde se ha sacado el modelo, que es el de las reservas bantustanas de la Sudáfrica de la segregación racial.

No cabe la menor duda de que el papel de los Estados Unidos seguirá siendo decisivo. Es absolutamente imprescindible comprender cuál ha sido ese papel y cómo se ha percibido desde dentro de los Estados Unidos. La versión contemporizadora viene representada por la dirección del periódico The New York Times, que ha elogiado el 'discurso rompedor' del presidente Bush y la 'nueva concepción' que ha articulado. Su primer elemento es 'poner fin al terrorismo palestino' de manera inmediata. Cierto tiempo después hay que proceder a 'paralizar los asentamientos judíos y, más tarde, a abandonarlos y a negociar unas nuevas fronteras' que permitan el establecimiento de un estado palestino. Si se pone fin al terrorismo palestino, los israelíes se animarán a 'considerar con más seriedad la histórica oferta presentada por la Liga Arabe, de paz absoluta y de reconocimiento a cambio de la retirada israelí'. Ahora bien, primero tendrán que ser los dirigentes palestinos los que den pruebas de que son ellos los 'interlocutores diplomáticos legítimos'.

El mundo real tiene muy poco que ver con este retrato, que sólo sirve a sus propios intereses; es prácticamente una copia del de los años ochenta, cuando los Estados Unidos e Israel trataban desesperadamente de hacer oídos sordos a las ofertas de negociación de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) y a cualquier acuerdo de carácter político. En el mundo de verdad, el primer obstáculo a esta 'nueva concepción' ha sido en el pasado la sistemática actitud de rechazo de los Estados Unidos, y así lo sigue siendo en la actualidad. No hay prácticamente nada nuevo en esta 'histórica oferta de la Liga Arabe'.

La propuesta no hace más que repetir las condiciones esenciales de una resolución del Consejo de Seguridad [de las Naciones Unidas] de enero de 1976, que hacía un llamamiento en favor de un acuerdo político sobre unas fronteras reconocidas a escala internacional 'con los correspondientes convenios... que garanticen... la soberanía, la integridad territorial y la independencia política de todos los estados de la zona'. Esta resolución contaba prácticamente con el visto bueno del mundo entero, incluidos los estados árabes y la OLP, pero también contaba con la oposición de Israel y el veto de los Estados Unidos, que es como condenarla a desaparecer de la historia. A partir de entonces, otras iniciativas parecidas han sufrido el bloqueo político de los Estados Unidos y prácticamente han desaparecido de los comentarios públicos.

No resulta sorprendente que el principio rector de la ocupación [israelí] haya sido la humillación constante. Los planes de los israelíes para con los palestinos han seguido las líneas maestras formuladas por Moshe Dayan, uno de los dirigentes laboristas más solidarios con la penosa situación de los palestinos. Hace ya treinta años que Dayan hizo saber al Gobierno su opinión de que Israel debería dejar bien claro a los refugiados que 'no hemos encontrado ninguna solución; ustedes van a seguir viviendo como perros, y el que quiera irse, que se vaya'. Cuando cuestionaban sus opiniones, él respondía con una cita de Ben Gurion, que afirmaba que 'aquel que pretenda abordar el problema sionista desde una perspectiva moral no es sionista'.

También podría haber citado a Chaim Weizmann, el primer presidente de Israel, que sostenía que el destino de 'varios centenares de miles de negros' en territorio judío 'es un problema que no tiene la menor importancia'.

Los palestinos han sufrido durante mucho tiempo torturas, terrorismo, la destrucción de sus propiedades, el destierro y la colonización, así como que les hayan arrebatado sus recursos básicos y, por encima de todo, el agua.

Esta política ha contado con el espaldarazo decisivo de los Estados Unidos y con el consentimiento de Europa. 'El Gobierno de Barak ha dejado al Gobierno de Sharon una herencia sorprendente', contaba la prensa israelí sobre las viviendas empezadas en los territorios [ocupados] desde que... 'Ariel Sharon era el ministro de Construcción y Colonización en 1992, antes de los acuerdos de Oslo', y todo ello financiado con dinero de los contribuyentes norteamericanos.

Se alega una y otra vez que todas las propuestas de paz se han ido al garete por culpa de la negativa de los árabes a aceptar la existencia de Israel (los hechos son bastante diferentes) y por culpa de terroristas como Arafat, que han traicionado 'nuestra confianza'. Edward Walker, que fue consejero de Bill Clinton sobre Oriente Próximo, ha explicado la forma de recuperar esta confianza: Arafat tiene que anunciar que 'ponemos nuestro futuro y nuestro destino en manos de los Estados Unidos', que, por cierto, es el país que ha encabezado en los últimos treinta años la campaña en favor de que se restrinjan los derechos de los palestinos.

El problema de fondo, tanto en el pasado como en la actualidad, hay que encontrarlo en Washington, que no ha dejado de respaldar ni un momento el rechazo de Israel a un acuerdo político que pueda contar con un amplio consenso internacional. Las variaciones que ahora se observan en la actitud de rechazo de los Estados Unidos son meramente tácticas. Con los planes para atacar a Irak en peligro, los Estados Unidos han tolerado una resolución de las Naciones Unidas que insta a Israel a retirarse 'sin dilación' lo que, según se apresuró a explicar inmediatamente el secretario de Estado, Colin Powell, significa 'tan pronto como sea posible' de los territorios ocupados más recientemente. La llegada de Powell a Israel se retrasó para que las fuerzas militares de Israel pudieran continuar sus operaciones de destrucción, unos hechos que son muy difíciles de pasar por alto y que han confirmado miembros del Gobierno norteamericano.

Cuando estalló la actual intifada, Israel utilizó helicópteros norteamericanos para atacar objetivos civiles, en los que mató e hirió a docenas de palestinos, en operaciones que resulta difícil hacer pasar como de defensa. La reacción de Clinton consistió en facilitar lo que el periódico israelí Ha'aretz calificó como 'la partida más grande de helicópteros militares adquirida por las Fuerzas Aéreas israelíes en la última década', además de piezas de repuesto de helicópteros de ataque Apache.

Algunas semanas después, Israel empezó a utilizar los helicópteros norteamericanos para asesinar a gente. Estos asesinatos dieron un salto el pasado mes de agosto con el primer asesinato de un dirigente político: Abu Ali Mustafa. Este hecho pasó en silencio pero la reacción fue manifiestamente diferente cuando, en represalia, fue asesinado Rehavam Zeevi, ministro del Gobierno israelí. Ahora le llueven los elogios a Bush por haber conseguido que Arafat haya podido salir de su encierro a cambio de que los Estados Unidos y el Reino Unido supervisen a los presuntos asesinos de Zeevi. A nadie se le ha ocurrido que habría que hacer algo por castigar a los responsables del asesinato de Mustafa.

Una contribución más a la intensificación de las actividades terroristas fue lo que ocurrió en diciembre pasado, cuando Washington impuso una vez más su veto a una resolución del Consejo de Seguridad [de Naciones Unidas] que hacía un llamamiento al envío de observadores internacionales. Diez días antes, los Estados Unidos habían boicoteado una conferencia internacional en Ginebra en la que, una vez más, se llegaba a la conclusión de que la IV Convención de Ginebra resulta de aplicación en los territorios ocupados, lo que implica que muchas de las acciones que norteamericanos e israelíes acometen allí constituyen 'infracciones graves', es decir, crímenes de guerra muy serios. En su condición de 'alta parte contratante', los Estados Unidos están obligados por tratado solemne a perseguir a los que resulten responsables de tales crímenes, incluidos sus propios dirigentes. Como cabría esperar, todo esto pasa entre el mayor de los silencios.

Sin embargo, los Estados Unidos no han dado oficialmente marcha atrás de su reconocimiento de que las mencionadas convenciones resultan de aplicación a los territorios ocupados ni de su censura a Israel por sus infracciones como 'potencia ocupante'. En octubre del año 2000, el Consejo de Seguridad [de Naciones Unidas] reafirmó el consenso, 'con el llamamiento a Israel, como potencia ocupante, a que se atenga escrupulosamente a sus obligaciones legales...'. La votación fue de 14 a cero. Clinton se abstuvo.

Mientras todas estas cuestiones no pasen a formar parte de los temas a debate en los Estados Unidos ni se comprendan todas sus implicaciones, no tiene sentido solicitar que 'los Estados Unidos se impliquen en el proceso de paz' y seguirán siendo remotísimas las perspectivas de que se haga algo constructivo.


Fuente: ARGENPRESS.com, del 19 de febrero de 2003.