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Asunto:NoticiasdelCeHu 99/03 - Brasil: Una impresión sólo provisional
Fecha:Jueves, 20 de Febrero, 2003  15:25:03 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

NCeHu 99/03
 
El realismo de Lula

 
Un repaso de las primeras medidas del presidente de Brasil, Lula da Silva, permite completar el perfil del político que ha asumido la conducción del país vecino como el de un hombre de Estado que no ignora lo que significa la función gubernamental como ejercicio de realismo y de responsabilidad institucional y que no está dispuesto a someterse a falsas limitaciones o ataduras que condicionarían inadecuadamente su gestión. Esta impresión -sólo provisional, pero no por eso menos valedera- es la que prevalece a la hora de definir la imagen actual del mandatario brasileño y de evaluar sus primeros pasos como gobernante.
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Poner en orden las cuentas del Estado, redefinir con criterio moderno los alcances del poder público y precisar las pautas de relación con los organismos financieros internacionales son parte de la estrategia de gobierno que la información cotidiana suele simplificar al extremo con la designación de "ajuste". Sabedor de las necesidades de su pueblo, pero dispuesto a no subordinar su compromiso con la república a una visión esquemática de los lineamientos ideológicos -estimables en el plano intelectual pero inconducentes cuando se los proyecta sin la debida madurez al terreno de la política y del civismo-, Lula dio el paso lógico que las circunstancias le imponían y encaró el trabajo urgente y prioritario de resguardar de riesgos a la economía brasileña.
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Concretamente, esto es lo que ha hecho y es obvio que hubiera cometido una ligereza imperdonable si hubiera eludido esa primera adecuación indispensable a la realidad del momento. Dispuso, pues, recortes de gastos, congeló inversiones planeadas, reiteró que no se alterarán las modalidades operativas del sistema financiero interno y manifestó su voluntad de sostener relaciones estrechas con el Fondo Monetario Internacional y con el Banco Mundial, tomas de posición que, por lo pronto, le han valido ya a Brasil una abultada disponibilidad de créditos, que podrán utilizarse, entre otras cosas, para impulsar los planes sociales previstos.
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Como suele ocurrir, se ha pretendido descubrir una contradicción entre esta muestra de realismo del nuevo presidente y sus antecedentes socialistas. Se trata de opiniones dictadas por el sectarismo -de un lado y de otro- y por la irracionalidad. Lo que Lula ha demostrado, en rigor, es que ninguna filiación ideológica debe inhabilitar a un gobernante para el buen discernimiento.
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En efecto: no parece racional formular reproches por lo que un gobernante hace en cumplimiento de elementales deberes institucionales o de respeto a la continuidad jurídica de los Estados. Tanto más si la conducta que se pretende objetar es la única compatible con la decisión de producir con madurez y viabilidad las políticas cuyo enunciado hicieron que ese hombre fuese elegido presidente.
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Por supuesto, nada impedirá que las decisiones del mandatario sean vistas -desde los campos del extremismo ideológico- como manifestaciones de deslealtad o como el reprobable travestismo de un defensor de los pobres que deserta y se vende a los poderosos. Es el discurso en el que incurren quienes miran la realidad con las anteojeras de un reduccionismo ideológico vacío de matices.
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En un terreno más pragmático está, probablemente, el oportunismo de quienes objetan lo hecho por el presidente porque aspiran a constituirse en líderes del espacio de oposición que todo gobierno admite, sin que en esto participen tendencias políticas o escuelas económicas. Entretanto, son cada vez más, seguramente, los sectores de opinión que creen que Lula ha procedido como el buen sentido indicaba que lo haría desde antes de las elecciones, a las que llegó tras un vigoroso esfuerzo de adaptación cívica encarado no ya por él como persona sino por las franjas más calificadas del partido que encabeza.
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Por supuesto, lo que el presidente ha hecho es apenas un comienzo. El juicio sobre su desempeño no puede hacerse ahora: habrá que aguardar a que sus medidas de hoy produzcan los efectos deseados y a que otras decisiones posteriores complementen su planteo inicial. Con independencia de si se trata de un "neoliberal" o de un "socialista" -apelativos que siempre serán válidos en el territorio teórico de la cultura política, pero que suelen resultar equívocos cuando se desciende al ámbito de la cruda realidad-, lo que en definitiva siempre se sopesará de los hombres de Estado es su coherencia, su sagacidad, su abnegación y su energía.
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El deber esencial del presidente es sacar adelante a Brasil, "línea general de avance" de la que no le está permitido apartarse. En el cumplimiento de esa misión, tendrá que enfrentar -qué duda cabe- a mil fuerzas contrapuestas. El resultado de esa pugna ineludible será, finalmente, lo que decidirá el éxito o el fracaso de su gestión.

Fuente: Diario La Nación, Buenos Aires, del 18 de febrero de 2003.