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Asunto:NoticiasdelCeHu 422/08 - Transformaciones de trascendencia social y regi onal hacia la caída del Imperio Bizantino: desarrollo mercantil, origen del capital industrial y cambios reg ionales
Fecha:Miercoles, 22 de Octubre, 2008  14:58:47 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <ncehu @..................ar>

NCeHu 422/08

 

Transformaciones de trascendencia social y regional hacia la caída del Imperio Bizantino:

desarrollo mercantil, origen del capital industrial y cambios regionales

 

por Gerardo Mario de Jong

 

Diversas transformaciones puestas en evidencia con el surgimiento de procesos de desarrollo acelerado en países como China, India, Brasil, Rusia y el SE de Asia, producidos en forma paralela a la decadencia de los otrora pujantes países del ámbito del Atlántico del Norte, aquellos que no sólo fracasaron en la conformación de un mundo unipolar (posterior a la guerra fría), sino que actualmente enfrentan su propia decadencia, ameritan un espacio de reflexión.

La decadencia es evidente en términos económicos y políticos en el caso de EEUU: el déficit fiscal y la deuda externa más grandes del mundo, la caída del dólar como moneda de referencia (día a día, países y sectores económicos muy importantes de la economía mundial tratan de despegar sus activos financieros de la moneda de la otrora súper potencia), son manifestaciones de la transformaciones en curso. Europa occidental, la UE, que quedó pegada desde la llamada segunda guerra mundial al entonces poderoso empuje económico, político, militar, tecnológico y cultural de la naciente potencia, divaga ahora entre tremendas dificultades relacionadas a sus necesidades energéticas apenas satisfechas por potencias ajenas, las restricciones de los mercados para sus productos (muestra de su ineficiencia económica), sus conflictos culturales con los inmigrantes cuyo ingreso alguna vez fomentaron. Teles problemas la obligan a hacer concesiones y actuar como policía menor de los EEUU, con el único propósito de sentirse protegida por el paraguas de armas de destrucción masiva de la decadente potencia con frustradas aspiraciones unipolares.

Frente a estos comentarios, vale la pena hacer un paralelo con otra gran potencia venida a menos hace ahora 600 años: el imperio bizantino. Su caída significó cambios tremendos que la historiografía europea occidental ha tratado de minimizar, pero que, entre otras cosas, tuvo su impacto en el surgimiento de la revolución industrial. El actual mundo del las potencias del norte de Europa y el Atlántico norte, en tanto esa pujanza económica se trasladó a las colonias del capital industrial en el norte de América del Norte, tuvo su origen en la decadencia (principios del siglo XIII) y posterior caída del imperio centrado en Constantinopla (a mediados del siglo XV, el 29 de Mayo de 1453 cayó esa ciudad). Paradójicamente, en oposición de lo que nos ha hecho creer la historiografía europea occidental, la decadencia de ese imperio tuvo como punto de partida a las acciones de las áreas feudales subdesarrolladas de Europa Occidental para apropiarse de las riquezas que un modo de producción mercantil, con una industria naciente y en crecimiento, sustentaba un poder político y una organización social pujante. Los errores de conducción económica cometidos por lo emperadores bizantinos a partir del siglo XII, en pos de acrecentar su poder político, condujeron a la destrucción de la base material construida meticulosamente desde el siglo IV; luego de la caída de Roma. Es decir que, pasados ocho siglos, los aludidos cambios trascendentales producidos a nivel político y económico dieron lugar a la caída del poderoso imperio. Ese análisis puede arrojar luz acerca de las formas de pensar las transformaciones recientes.

En vista de lo dicho, parece conveniente analizar las condiciones que dieron lugar al surgimiento del imperio que la historia ha denominado Bizantino, iniciado como Imperio Romano de Oriente. Sería conveniente un minucioso trabajo acerca de las razones que llevaron al emperador Constantino a fundar la “nueva Roma”, a partir de la ya existente pequeña ciudad de Bizancio, y a los hijos del emperador Teodosio a dividir definitivamente el Imperio Romano en el año 395, el de Oriente con capital en Constatinopla (Arcadio) y el de Occidente con capital en Roma (Honorio).

Las condiciones políticas, económicas y sociales que produjeron la consolidación de Imperio de Oriente, como tal, fueron muchas. No obstante y fundamentalmente, la sólida base material que se tradujo en la riqueza que lo caracterizó (más allá de sus muchas crisis políticas), fue muy diferente a la del decadente modo de producción esclavista de occidente. Mientras que en Roma, en el momento de la caída definitiva de esa gran capital en manos del germano Odoacro en el año 476, supuso el fin del imperio (retorno a los primeros tiempos pos revolución agrícola), en el de Oriente se consolidaba una economía mercantil asentada en la pequeña propiedad rural y en una pujante actividad artesanal que, con los años, daría lugar a una incipiente industria, tal como se comentará.

Mientras en la parte Romana del imperio, a partir del siglo III, los terratenientes volvían a sus tierras ante el colapso de la vida urbana y sometían a sus ex-esclavos a servidumbre (ya no se podían hacer cargo de ellos), en la parte helénica del imperio los campesinos libres para producir y comerciar aseguraban una base material al nuevo Estado. Este proceso daría lugar, en occidente, a una forma de producir (a la que sólo cabe el nombre de evolución decadente del modo de producción esclavista) que se ha definido en la historia como feudalismo, en el que los excedentes generados por los siervos de la gleba, además de alimentar la economía de sus señores, admitían la flexibilidad de comerciar sólo cuando aparecía el adquirente del bien disponible. Hasta el siglo XIII, el asalto a otras regiones y la apropiación de las riquezas de otras sociedades se transformó (como en los tiempos inmediatamente posteriores a la revolución agrícola), en un método bárbaro, usual en su aplicación por parte de los señores feudales.

En el área helénica, por lo contrario, un campesinado poseedor de sus tierras concretó excedentes que hicieron posible el mantenimiento de la sociedad urbana de la época con la existencia de un conjunto de ciudades pujantes que no desmerecían a la gran capital, Constantinopla, célebre por sus riquezas. Nicea, Trebisonda, Antioquia, Tesalónica, Damasco, Jerusalén y Alejandría son ejemplos de ese mundo urbano que retornaba artesanías hacia las áreas rurales (armas, instrumentos de labranza, papel –que fue conocido hacia el siglo VI-, etc.). Otras ciudades de menor jerarquía completaban un sistema urbano que tampoco desmerecía a los sistemas urbanos actuales. Hacia los siglos VII y VIII cayeron ante las invasiones árabes las tres últimas ciudades mencionadas, pero la influencia territorial, económica y política de Bizancio aseguró el funcionamiento del conjunto urbano. Largas rutas comerciales unían a ese conjunto con Persia, Samarcanda, Ceilán, India, Eritrea, Zanzíbar, Crimea, Kiev, Novgorod, Gotland y los asentamientos pseudo urbanos ubicados sobre el mar Báltico. Las rutas hacia Europa occidental eran marginales en ese esquema, siempre que se exceptúen las poseciones bizantinas del sur de Italia, la isla de Sicilia y los Balcanes. La eficiencia militar y el control del arma secreta del “fuego griego”, cerraron el esquema de poder.

Obviamente, el comercio no se mantuvo o consolidó sólo en base a los productos agropecuarios, a cuya generación contribuían Tracia, Asia menor, los valles fértiles de los ríos Eufrates y Tigris, Palestina y Siria, así como también el valle del río Nilo, poderoso proveedor de trigo. Una actividad artesanal acorde con el desarrollo urbano, según se mencionó, concurrió hacia el aludido intercambio.

Un papel fundamental en ese sentido fue el conocimiento y desarrollo de la tecnología de la seda a partir del siglo VI, que dio lugar la pujante producción de telas basadas en el hilado de esa fibra. Completaba el panorama de intercambio la tecnología naviera que dio lugar a un eficiente sistema de transporte y al control militar del Mediterráneo, el “mare nostrum” de los bizantinos. El dominio de las rutas hacia Zanzíbar, Ceilán e India por el océano Indico, a partir del mar Rojo, fue posible también en base a esta tecnología. Para cerrar este párrafo referido a la base económica bizantina, cabe mencionar que, hacia los siglos IX y X, la fabricación de tejidos de seda había adquirido un franco perfil industrial: la reproducción de estos tejidos podían encuadrarse perfectamente en la segunda figura de la mercancía, es decir, en el intercambio mercantil basado en bienes reproducidos sistemáticamente. Atenas, Tesalia, Sicilia y las ciudades costeras de Asia Menor se habían constituido en centros de esa actividad, la que se desarrollaba en talleres estatales, que empleaban grandes cantidades de operarios (obreros). Había nacido la industria, en una época anterior y en un lugar distinto a Flandes (siglo XVII). La seda, como mercancía reproducible, tuvo especial significación para la consolidación de las rutas comerciales bizantinas. Probablemente no fue la única mercancía reproducible que estimuló el intercambio mercantil, pero fue sin duda la manifestación de las transformaciones en la base material que consolidaba a Bizancio.

Pero ese orden económico y social había de cambiar: dos hechos se conjugarían para ello. Uno, muy importante, fue la concesión del manejo del comercio a los marginales venecianos en el siglo XI, quienes actuaron con un criterio extractivo en el manejo de las relaciones comerciales (parecido al esquema del comercio con América que instauró España), muy distinto al comportamiento de los comerciantes bizantinos que protestaban por las ventajas otorgadas a Venecia. El otro, en parte consecuencia del primero, fue la toma de Constantinopla por la cuarta cruzada en 1204, que no solo produjo el saqueo de las riquezas culturales y materiales acumuladas durante nueve siglos, sino que tuvo un impacto económico temible (contra todo lo que se ha dicho en la historiografía occidental, fue esa toma por parte de los subdesarrollados europeos occidentales la verdadera caída del Imperio Bizantino). El efecto económico estuvo relacionado a la redistribución de la tierra entre señoríos feudales controlados por señores de occidente, lo cual destruyó la base agrícola imperial mediante el sometimiento a servidumbre de los campesinos (no obstante, cabe mencionar que algo de esto venía sucediendo como consecuencia de ciertas concesiones de tierras a terratenientes bizantinos como forma de pagar servicios militares).

El otro hecho remarcable para esta caída económica y política fue el absoluto control del comercio que exigió el dogo de Venecia como pago de la participación de su flota y ejercito en la toma de la ciudad más desarrollada del mundo contemporáneo, hecho que acentuó el rol ya desempeñado por los venecianos a partir del siglo XI.

Las rutas comerciales, manejadas alternativamente por venecianos y genoveses a partir de la “restauración” del “imperio” a partir de 1264, fueron definitivamente cortadas por la caída del imperio en manos de los turcos, incluida Costantinopla, a partir de mediados del siglo XV.

Es decir que, a partir de esa época, los estados europeos occidentales se preocuparon por inventar alguna otra forma mercantil, o símil de la misma, para lograr concretar el desarrollo al que aspiraban. Mientras las ciudades Estado italianas sufrían las consecuencias del corte de las relaciones mercantiles que habían heredado de Bizancio, los empobrecidos reyes españoles y portugueses buscaban su salida del conflicto coyuntural mediante la navegación: hacia el oeste los españoles; hacia Asia, circunnavegando África, los portugueses. Y así, ellos decían que “comerciaban” con América. Es un tipo de comercio muy particular que no se ejercía en los términos de la primera figura de la mercancía, ya que no se puede hablar de valores equivalentes, de bienes con distintos niveles de disponibilidad, cuando uno de los términos de la relación tiene un trabuco apuntando a su pecho. La exacción abarcó materias originales de América, alimentos, germoplasma y, sobre todo, oro y plata; todo ello a cambio de chucherías, espejitos, vidrios de colores, armas y tejidos que algunos europeos occidentales había comenzado a fabricar en imitación de las industrias de oriente a partir del siglo XIII. El crédito de las exportaciones americanas de los siglos XVI a XVIII todavía está pendiente de pago. A estos hechos la historiografía europea occidental los ha llamado “expansión del capitalismo mercantil europeo hacia el resto del mundo”; dicho de otra manera, la mundialización o primera globalización del modo de producción capitalista: una ingenuidad mayúscula.

La mirada eurocéntrica occidental ha soslayado, en general, la sustancia de esta parte de la historia e ignorado la importancia que tuvieron en la aparición del capitalismo industrial en el norte de Europa, en particular en Flandes durante la primera mitad del siglo XVII y en Inglaterra durante la segunda mitad de ese mismo siglo. Es decir, el mensaje que proyecta hacia el presente la más notoria y significativa transformación del modo de producción mercantil (con una naciente industria en el oriente del mediterráneo, a la que se debe el poder económico de Bizancio) hacia un capitalismo industrial que mundializó las relaciones sociales de producción (nacido en el norte de Europa), en la medida que los cambios en el uso y manejo de la energía (en torno a los nuevos procesos industriales), obligó a bastas áreas del planeta a proveer insumos para esa naciente industria energéticamente potenciada. El mundo y sus regiones, las relaciones de dependencia, las posibilidades de desarrollo, fueron distintas a partir de la caída, no prevista, de Bizancio en 1204.

En ese desarrollo de la industria en Flandes, que no por casualidad comenzó con la innovación tecnológica que acompañó el desarrollo de la industria textil, se dio conjuntamente con el mantenimiento y consolidación de la única ruta ente Europa y Asia que se mantuvo activa con luego de la toma de Constantinopla por los turcos. La ruta unía la Hansa del norte de Europa con Gotland en el Báltico, a ésta con Novgorod en Rusia de allí al Principado de Moscú; luego seguía por el Volga que los eficientes varegos navegaban sin dificultad, luego hacia Persia y Samarcanda (actual Uzbekistán), en la ruta tradicional de la seda; de allí a la India, Ceylán y China. La importancia de esta ruta, la única abierta por vía terrestre entre oriente y occidente luego de la caída de Constantinopla, tendría una especial significación, aunque no exclusivamente, en el surgimiento del capitalismo industrial en los Países Bajos durante la primera mitad del siglo XVII.

En este sentido, se podrían hacer importantes inferencias sobre influencia de la forma de conocer y de alimentar la toma de decisiones, desde el conocimiento creado, en torno al rescate del pensamiento griego luego de la constitución del Imperio Romano de Oriente (el proyecto político-ideológico de Constantino y la erección de Constantinopla como centro político). Los efectos de ese proyecto en la continuidad de un ámbito científico bizantino de cierta libertad de pensamiento (verificado en la conservación de las fuentes antiguas y la libertad en el uso de las mismas y las bibliotecas) y de un bloque científico-intelectual que alumbró las transformaciones mercantiles verificadas en la consolidación de las rutas del comercio con oriente (Ceilán, India, Persia) y su progresiva proyección desde el norte de África, Sicilia y sur de Italia hacia el occidente europeo (sobre todo el resto del Mediterráneo, España e Italia), son espacios de investigación casi vírgenes. No obstante, una primera lectura de la información bibliográfica y de cronistas existente, da pie a hipótesis subyugantes.

En resumen, pareciera entonces que, a la luz de los cambios aludidos, es necesario indagar, para entender las transformaciones actuales que se mencionan al principio, en las decisiones ideológicas y políticas relacionadas con el comportamiento de la base material de la sociedad y, justamente, en los cambios que ha alumbrado el modo de producción capitalista. Ese tipo de reflexiones son necesarias para entender que la modalidad de operación del capital industrial, tecnológicamente potenciado, es a la vez la razón de ser de la decadencia de occidente (entorno del Atlántico) y del surgimiento de potencias económicas como Brasil, Rusia, India y China. Ninguna potencia económica que registra la historia pudo sostener indefinidamente a grandes grupos de población al margen de un determinado modelo productivo. Ninguna potencia pudo sostener a ultranza una ineficiencia productiva. Las decisiones de hoy, alimentadas por las transformaciones surgidas en el modo de producción pueden ahogar o estimular a sociedades enteras. Las decisiones tomadas en el marco del conocimiento que la dinámica social amerita, pueden potenciar procesos de desarrollo. Tal vez a ciertas sociedades no les suceda que “entreguen sus rutas comerciales” o subvaloren sus ventajas comparativas, por desconocimiento acerca de lo que ello implica. Depende de la dinámica del sistema social y de su conocimiento la determinación de las ventajas comparativas a tener en cuenta.

En Bizancio las decisiones de entregar las rutas comerciales, de debilitar su marina, de debilitar con mercenarios su ejército, de transformar la estructura de tenencia de los medios de producción y debilitar su industria, condujo a la decadencia del imperio. Pero fueron aquellas sociedades que entendieron los aspectos positivos sobre los que descansó el poder económico bizantino en torno a un modo de producción renovado, las que generaron ideas que se hicieron realidades materiales hacia la construcción de las sociedades avanzadas de la primera revolución industrial. Entender, ahora, las razones de la decadencia de las sociedades del Atlántico norte y del surgimiento de las sociedades emergentes del BRIC, ya que ambos procesos son caras de una misma moneda, permite identificar la inserción posible de Latinoamérica y el Caribe en el mundo actual. El mundo actual, sus sociedades poderosas, sus pueblos dominados, sus regiones de pobres o de ricos, es la expresión de aquellos cambios acaecidos hace unos 600 años, el punto de arranque de un mundo distinto.

 

Panel El Mundo como Geografía. Décimo Encuentro Internacional Humboldt. Rosario, Santa Fe, Argentina. 13 al 17 de octubre de 2008.