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Asunto:NoticiasdelCeHu 404/08 - Turismo, tiempos y cotidianidad
Fecha:Sabado, 4 de Octubre, 2008  22:40:14 (-0300)
Autor:Noticias del CeHu <ncehu @..................ar>

NCeHu 404/08
 

Turismo, tiempos y cotidianidad

 

 Alfredo César Dachary

 

         Hoy el tiempo ya es una realidad comercializable, desde el tiempo aire de una radio o una televisora al tiempo del ciudadano que cada día se reduce más en medio de un aumento cada vez más fuerte por auto explotarse, la otra cara de consumir más.

         El tiempo como todo lo que tenemos hoy es comercializable, hay tiempo de entrenamiento que se enlata o se “empaqueta”, un paquete de fin de semana en tu propia ciudad para redescubrirla o un paquete sorpresa de entretenimiento en un parque temático o todo lo que imaginación pueda crear y la otra parte del cerebro, vender.

         El tiempo se usa para trabajar más, estudiar, conocer, pero la diferencia que hay con otros tiempos es que a éste uno lo va moldeando, no depende de causales externas, el ciudadano va construyendo su tiempo año de acuerdo a sus necesidades, gustos y posibilidades.

         En el pasado el tiempo, como construcción social, tenía ritmos y orígenes diferentes, que se expresaban en la construcción de los calendarios, orden que regía a un ciclo que se le denomina año, y el cual nos rige igual que hoy, pero de distinta manera.

         Los egipcios de las épocas de los faraones dividían el tiempo anual, algo que se repetía cíclicamente salvo condiciones extraordinarias, en tres grandes etapas, y era el típico tiempo regido desde fuera del hombre, ya que exteriormente era dado por el comportamiento del río que le da vida a este imperio: el Nilo.

         Ellos hablaban de un año con tres tiempos o estaciones, que se caracterizaban por tener diferentes climas y el Nilo tenía distintos comportamientos que los llevaron a definir como la estación de las inundaciones, la de la siembra y la de las cosechas.

         Estas tres estaciones estaban articuladas alrededor de la producción agraria, la base de mantenimiento de este pueblo que era regido por el gran río Nilo; eran tiempos relativamente fijos, quizás mucho más que ahora, ya que no se  podía culpar de las demoras en la inundación al “cambio climático”.

         En Babilonia, el año estaba dividido en doce meses cada uno de veintinueve días y, a su vez, cada mes se dividía en dos porciones “semanas” que vendrían a ser de 15 y 14 días, cada una regidas por el ciclo de la luna.

         El año que nos rige en la actualidad viene del calendario Gregoriano, que se impuso en el imperio romano desde el siglo II y al cual al cabo de los siglos se le sumó como parte una cotidianidad no discutida, la semana, un extraño que llegó para quedarse, que no representaba ningún acontecimiento religioso o natural.

         El ciclo anual que rigió desde esa época hasta la consolidación de la revolución industrial, no difería en mucho del viejo calendario egipcio, porque también estaba regido desde fuera por los ciclos climáticos, las estaciones, base de las diferentes actividades agrarias, que fueron durante muchos siglos el eje de la vida y las sociedades, en esta parte del denominado mundo occidental.

         Las estaciones marcaban cambios profundos en las actividades productivas, pero no se limitaban a ello, sino que también incidían en la sociedad, ya que el invierno crudo llevaba al encierro frente al verano o la primavera, que sacaban a la población a disfrutar del regreso de las flores, las fragancias y los celestes de los cielos.

         Con la revolución industrial se dio un cambio profundo en las sociedades agrarias, que abandonaban sus villas y aldeas para vivir en las zonas industriales y con ello empezó la decadencia del año regido por las estaciones, ya no eran necesarias para la producción y, por ello, para la propia sociedad.

         Pero el cambio no se limitaba a las estaciones, sino que éste fue más profundo, ya que se pasó del campo a la ciudad como eje económico y centro de poder, se cambió de la vida de productos naturales a un mundo más artificial, donde los productos de consumo son procesados, algo que fue una revolución y hoy un redescubrimiento, los alimentos orgánicos o naturales.

         En medio de este cambio apareció un viejo invitado al cual se lo tenía olvidado por ser algo “artificial”, la semana, esa división que para algunos calendarios fue de seis días, para otros de siete y algunos hasta de diez días.

         China fue el último de los grandes países en adoptar el calendario mundial, manteniendo el suyo como una gran tradición y en la URSS en la década de los 30´ y en pleno auge de la industrialización, Stalin aprobó una semana de diez días, como de la época de la revolución francesa, pero esto duró sólo una década.

         La semana no había sido importante en el largo período donde el mundo era agrario, porque no representaba períodos importantes y porque la religión imponía seis días de trabajo y uno de descanso, una rutina que duró muchos siglos, donde el trabajo era físico y el descanso también era del cuerpo.

         Con la revolución industrial empieza a tomar más forma la semana por los días laborables y los de descanso, una larga lucha que unió y llevó a la clase obrera a grandes enfrentamientos con muchos muertos en el largo camino.

         Pero el fin de semana, esa subdivisión de la semana que abarca dos días es más moderno aún y correspondía a los empleados y no a los obreros, de que seguían el ritmo del patrón sólo iba cinco días y dejaba en el fin de semana a guardias que mantenían el ritmo de la producción.

         Así aparece el fin de semana, un tiempo que tiene auge en los comienzos y más en la actualidad porque es la base de los paquetes cortos e intensivos de turismo en una nueva sociedad que no puede darse el lujo de las viejas vacaciones de un mes.

         Este viejo conocido, que disfrutamos tanto, ha sido objeto de un análisis clásico por parte de Witold Rybczynski, que en 1992 editó el libro “Esperando el fin de semana”, una reflexión necesaria para una sociedad que lo ha logrado endiosar y pese a ello estaba olvidado.

         El fin de semana de la era industrial ya se perfilaba como un tiempo de descanso y consumo, por ello no es de extrañar que en el siglo XVIII apareciera el primer periódico dominical, fue el Observer en Londres en 1791, con mayor información comercial que noticias abriendo así una larga tradición que sobrevive hasta hoy.

Pero en el caso de Estados Unidos, el primer periódico dominical fue editado en 1796  en Baltimore, pero el mismo terminó en un gran fracaso por la tradición religiosa de la población de ese país, que el domingo era definido como un “día de guardar”, o sea, descanso reflexión y no consumo.

Sin embargo, este fracaso fue coyuntural, ya que el capitalismo en plena expansión empieza a formar una sociedad más ávida de noticias y comprar cosas, lo cual transforma a los periódicos de los domingos en una tradición de ser los grandes vendedores, que hoy tienen como contrapartida que los fines de semana hay todo tipo de negocios abiertos y con grandes ventas.

Así tenemos, que para el comienzo del siglo XX había un total de 639 periódicos con edición dominical en el mundo, siendo la gran mayoría de las grandes ciudades de Estados Unidos y más cuando se impuso como modelo a seguir el Sunday World.

Así la segmentación menor del año, la semana, que para la mayoría de los autores no mide nada, toma un gran valor en la medida en que la sociedad de la era industrial crece y el consumo se comienza a masificar.

Por ello es que Chesterton sostiene que el hombre estaba limitado a sus actividades por el entorno social en los fines de semana, pero la sociedad de consumo abrió nuevos horizontes y así “nos hemos esclavizado por el fin de semana”, un tiempo diferente pero de consumo al fin.

Para Lewis Mumford y Jacques Ellul, el fin de semana es simplemente una maldita actividad comercial de una cultura materialista o un engaño placebo para contrarrestar el aburrimiento y la insignificación del lugar de trabajo.

Hoy, el fin de semana ha tomado un nuevo sentido ante el cambio de velocidad del tiempo, y reemplaza a los largos meses de vacaciones haciendo del ocio y el turismo dos productos de consumo en un tiempo corto, dos días o más largo, los fines de semana largos.

Parece mentira que esa medida que no medía nada o representaba algo en la tradición o la naturaleza, de golpe aparece como el tiempo salvador, un período intensivo donde se deben satisfacer las aspiraciones que se han construido desde la propaganda y el marketing.

El fin de semana ya no es tradición sino un nuevo escenario donde el turismo ha logrado reciclarse en una época donde lo más escaso es tiempo, es el período más deseado en una sociedad que vive a una gran velocidad.

La autonomía e identidad propia del fin de semana va más allá del período de descanso, de periódicos especializados para hacer comprar más al ciudadano sino se complementa con todos los medios de comunicación que se preparan para abordar a un sujeto que tiene más posibilidades de elegir que durante los días laborables, un consumidor ansioso y un mercado rebosante, la relación perfecta para esta sociedad, la del consumo.

Sobrevivirá el fin de semana a un nuevo tiempo global donde cada día es más difícil separar los tiempos de trabajo y los de ocio, a una sociedad de servicios donde una parte cada vez más importante de ésta trabaja más intensivamente los fines de semana que son una gran oportunidad para venta de éstos y otros productos.

Las respuestas pueden ser varias, pero para los que trabajan en el mundo globalizado, el fin de semana comienza muchas horas antes y termina también varios horas antes que el fin del mismo, son los trabajadores globales con sede en una ciudad y sus trabajos están a varios husos horarios de donde viven. ¿Son ellos los pioneros de un nuevo esquema o sólo la primera muestra de un nuevo tiempo global?

 

alfredocesar7@yahoo.com.mx