País de hipócritas
La Argentina es un país de hipócritas.
O, al menos, hay muchos que viven en él y practican el
ejercicio de serlo.
Los vaivenes económicos producen una variante transformista que
va de ser progre a piquetero, o viceversa, según el bolsillo opere a favor
o en contra de la “ubicuidad” social que permite ser un privilegiado del
empleo, (en blanco o en negro) o devenir en marginal.
Como en política, en la lucha social –que, reitero, se abandona
o se sigue según las variables del “mercado que todo lo regula” -, nadie
es tan enemigo que mañana no pueda ser su amigo, ni nadie es tan amigo que
mañana no pueda ser tu enemigo.
Como explica Humberto Ecco al hablar de “la dimensión
ética” en esta discusión sobre el rol piquetero, la represión o la
mano blanda, ella “comienza cuando entran en escena los demás. Cualquier
ley, por moral o jurídica que sea, regula siempre relaciones
interpersonales, incluyendo las que se establecen con quien la
impone”.
Los Planes Jefas y Jefes instalados como objetivo de plaste
social para frenar el quiebre y fragmentación del tejido social que dejó
la nomenclatura del Consenso de Washington y su derivado, la devaluación,
produce una “serena reflexión” de todo estúpido que cree que la
pasividad política otorga place de estadista.
Es parte del anarquismo ideológico, del componente fascista, en
el que se nutren por transmisión genética, que deriva en los pedidos
de represión olvidando que su gobierno, se cobró dos asesinatos de la
“mejor policía del mundo”, es decir, la “maldita policía bonaerense”,
influyendo en su ciclotímica personalidad para adelantar las
elecciones.
Es obvio que, tal vez, el procedimiento de los reclamos
piqueteros podrían ser reemplazados por el diálogo, o exigir desde el
debate las transformaciones que impliquen la recuperación de la economía y
el rol distributivo de la riqueza para derramarla sobre los sectores más
carenciados.
En tanto esto no exista la inequidad deviene, inexorablemente,
en irritación, bronca, calentura y que es aprovechada por sectores
reaccionarios o radicalizados que exageran, o por el matrimonio Duhalde
pidiendo reprimir, o las desafortunadas declaraciones de Jorge Cassaretto
al considerar “vagos” a todo marginal o indigente que reclama por un plan
de $ 150.—pesos, o de la UIA que pide generar empleo pero pocos se
inclinan a demostrar que lo hacen.
O de la clase media, que reclamaba erradicar la “vieja
política” junto a ellos, que marchó repudiando los asesinatos de
Kostecky y Santillán y a la que el veranito económico y algún signo de
reactivación los convierte en críticos de la movilización que “los
molesta” o les brota la “inspiración” ética y el “respeto” de derechos y
deberes de los ciudadanos que enterraron cuando la devaluación los
horizontalizaba en necesidades y apremios.
No se trata de estar a favor o en contra del “piqueterismo” y
exigir la pulverización represiva o volver a imputarles el mote de “estos
negros de mierda que no nos dejan circular con libertad”, sin pensar que
forman parte de una sociedad de excluidos que reclaman –tal vez con
excesos - el justo derecho de volver a tener una instancia de mejor
vida.
“Si pensamos que la frustración es algo antinatural, algo que
no debiéramos experimentar, muy pronto buscaremos a un culpable”, me
explicaba alguien que entiende sobre la necesidad de que el reclamo no se
torne un delito para una sociedad acostumbrada a virar sobre si misma en
cuestión de segundos según el viento haga oscilar como veleta su situación
económica.
Argentina es un país ciclotímico y amnésico donde el pundonor
bastardeado y la soberbia de su recomposición tienen un crítico hilo
conductor que pasa velozmente de un estado a otro según la sensación del
bolsillo.
Este mismo filósofo popular, que prefiere el anonimato, se
inclina por pensar que “El riesgo obvio de asignar culpas y mantener una
postura de víctima es, precisamente, eternizar nuestro sufrimiento,
enquistado, anidado y latiendo en el odio; perpetuar el dolor potenciado
por nuestro más oscuro aspecto: el resentimiento”.
Somos una sociedad resentida que cauteriza heridas en la medida
que la escala social nos permite sortear el salvajismo caníbal ignorando a
los mutilados que quedan en el camino, siempre, claro, mientras no sea uno
de nosotros.
Es cierto que hay una derecha mediática y política donde anida
un incalificable odio y desvergüenza por todo lo que signifique
protesta.
Es cierto que, hay muchos, que hacen del clientelismo y los
Planes Jefas y Jefes y otros existentes contribuyen a generar una actitud
de ocio incalificable.
Es cierto, en muchos casos, que los policías de 400 pesos
reprimen a pobres de 150 pesos por evitar perder esos 250 que los ubica,
si no cumplen, en el otro bando.
Es cierto que los 150 pesos son utilizados como salario mínimo
base para contratar personal por algunos despreciables
empresarios.
Pero, no hay que olvidar, que nació como herramienta política
para contener el conflicto social, que en algunos momentos amenazó con
incendiar al país, y que ponía en juego el sistema político
institucional.
Entonces si el “sentimiento puramente vindicativo frente a la
injusticia nos priva de la energía necesaria para solucionar el problema
original” estamos perdiendo de vista el objetivo fundamental.
William Shakespeare escribió que “El pesar oculto, como un
horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo en cenizas”.
Ponerse a mirar desde la otra vereda sin comprender que el
hambre, el desempleo, la marginalidad, la indigencia, la mortalidad
infantil son antecedentes recientes de un modelo que desestructuró el país
y no entenderlo es, por lo menos, un rasgo de egoísmo cínico que no nos
deja ver el bosque.
Lo peor, es que no se sabe que hay detrás de él sino se
comprende lo que sucede.
No vaya a ser que al mover las ramas nos encontremos con lo que
menos esperábamos.
Y, me parece, que será tarde para reaccionar.