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Hola.
Esta es la lista de distribución más generosa que me he encontrado en internet.
Lo digo porque la descubrí hace algunos días (estoy en otra de Elistas y se me
ocurrió mirar a ver qué había). Pinché en un par de enlaces, sobre todo el
histórico de mensajes, y leí tres o cuatro. Esto es todo lo que hice, creo. Al
día siguiente, cuando entré en Elistas, me encontré con que el la columna de mis
listas de distribución aparecía ésta.
Bienvenida sea siempre, la generosidad.
Me presentaré. A medias, porque Héctor Otero es un seudónimo. No es que me
guste jugar al ratón y al gato con mis colisteros. Es, simplemente, que me
suelen
gustar las chanzas y las bromitas y hace años, cuando empecé a participar en
listas de distribución y lo hice con mi nombre real, pasaba que había personas
que, por razones de trabajo, me buscaban en la red y en lugar de encontrar lo
que
estaban buscando encontraban textos míos contando el chiste de la vaca. Aquello
no era muy propio, así que empecé a utilizar seudónimos.
No soy historiador, pero sí lector. Según mi experiencia personal, como la
inmensa mayoría de quienes se interesan por la guerra civil. Mi relación
particular con la guerra es muy leve. Comencé a interesarme por el tema
contemplando las discusiones entre mi abuelo materno y mi padre, suegro y yerno,
pues. Eran la típica pareja que, sin llegar a retirarse el saludo, tenían
relaciones un tanto complejas. Como no querían discutir de lo importante
(asuntos
familiares) discutían de lo secundario (para ellos). O sea: la guerra.
Mi padre nació y creció en La Coruña. Para él, la guerra significaba bien poca
cosa y, sin embargo, su final significaba racionamiento y mucha hambre. Guardaba
una foto, que no sé dónde está, que le había hecho un cura en los Jesuitas de
Vigo, siendo un niño, mientras comía una sopa. En los bordes del plato,
reposaban
cuatro cadáveres de insectos. Así que mi padre odiaba a Franco por eso y por ese
sentir tan común de los gallegos de la época, que se sentían abandonados por su
paisano.
Mi abuelo, en cambio, había emigrado desde Segovia a principios de siglo y a
principios de los años treinta había conseguido independizarse y montar un
colmao
de ultramarinos. Calle Ferraz, 42 (hoy es una agencia del BBVA; yo, en un gesto
un poco tonto de homenaje, tengo una cuenta abierta allí). Esta situación hizo
que no pocos de los oficiales del Cuartel de la Montaña fuesen clientes y amigos
suyos. Dentro de su laconismo, profundo y pastoril, a mi abuelo se lo notaba muy
marcado por aquella experiencia. Luego, durante la guerra, se marchó de allí y
se
refugió en una vaquería de su suegro, donde tuvo escondidas a unas monjas.
Siempre contaba, entre risas, que no se negaban a ponerse ropa de civil; pero
tenían, como él decía, «la puta jodida manía» de andar por la calle en fila
india, motivo por el cual todo el mundo en el barrio, si no sabía, se imaginaba
que eran monjas. La anécdota recuerda a ésa otra que también contaba, ésta no sé
si cierta, del sacerdote vestido de civil que fue detenido por unos policías que
lo perseguían porque en un tren, cuando el compañero de vagón (policía) le lanzó
una naranja a las piernas para que se la comiera, el cura, en lugar de cerrar
los
muslos para que la fruta no se cayese, lo que hizo fue abrirlos; un gesto que
sólo hace un hombre que acostumbra a vestir sotana.
En fin. Las discusiones entre mi abuelo y mi padre, ya digo, acabaron por
picarme en el sentido de tratar de saber de qué iba aquello. Empecé a leer, hace
años, libros sobre la Historia de España desde 1930 hasta, más o menos, 1970,
que
es la época que me interesa (el franquismo por haberlo vivido, aunque fuese en
la
niñez). Con los años, y dado que algún peculio gano, me he hecho, además, un
poco
bibliófilo. Modestamente, colecciono primeras ediciones de libros relacionados
con la guerra civil, sobre todo memorias de políticos y militares.
Hay cosas sobre las que no sé nada, porque, como dicen los jóvenes de hoy, me
rayan un poco más que otras. La vertiente militar de la contienda, por ejemplo.
Confieso que no entiendo nada en materia de armamento y tácticas. Hice la mili
hace muchos años en la Escuela Mayor del Ejército, en la Castellana. Me
encargaba
de servir café en el pasillo donde los militares que se estaban sacando el
diploma de Estado Mayor salían a relajarse. Me divertía mucho porque a veces les
ponían exámenes y, a la salida, discutían las preguntas igual que los niños las
discuten a la salida del de matemáticas. Tú, ¿cómo hiciste la tercera? Pues
movilizando el ala izquierda. ¡Qué dices! ¡Esto está mal! ¡Qué va a estar mal! A
ver, trae el libro...
Pero confieso que no se me pegó nada. Una vez me atreví a preguntarle a un
general profesor, no sé de qué, que era simpatiquísimo, si me podía explicar
algo
de tácticas. Me dijo (hay que imaginarse al general dando sobre la mesa dos
golpes con el borde de la mano, como si cortase algo a tajos): «Es fácil: tomas
la loma más alta y, después, tas [golpe] tas [golpe]». Esto es todo lo que sé de
táctica militar.
En fin. Aquí llega la parte más repugnante de mi mensaje, que es el autobombo.
Por lo menos, supongo que sabréis valorar que lo haya colocado más bien hacia el
final. Con mi otro seudónimo, que es Juan de Juan o JdJ, mantengo un blog que
tal
vez consiga entreteneros algún día. Se llama Historias de España y está en
www.historiasdehispania.blogspot.com Fin de la publicidad.
He visto que la lista no es muy activa. En el fondo lo prefiero. Las listas con
cien mensajes diarios ilusionan más al principio, pero al final se hacen
imposibles de atender. Sólo espero que este trantrán lento no signifique que he
llegado tarde, y que la estrella se está apagando.
Para finalizar, una recomendación. «Y, Madrid, ¿qué hace Madrid?», de Sandra
Souto Kustrín, en Siglo XXI Editores. Para quienes estén interesados en los
movimientos obreros en tiempos de la República.
Un saludo,
Héctor.
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