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La Guerra Civil Española
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Asunto:[guerracivil] Pio Moa critica el libro de Beevor.
Fecha: 23 de Septiembre, 2005  09:54:18 (+0200)
Autor:rafa65sanchez <rafa65sanchez @.....es>

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Antony Beevor: una historia de mucha clase
Por Pío Moa
 	
Aunque dista mucho de la verdad el aserto de que la historiografía británica
sobre la República y la Guerra Civil supera a la española, debe reconocerse que
hizo esfuerzos notables, y que deja atrás a la francesa, demasiado directamente
marxista. Uno de los mejores libros ingleses, el de R. Robinson sobre los
orígenes del franquismo, está casi olvidado, mientras se siguen citando como
modélicos los muy superados de H. Thomas o G. Brenan.

Sobre algunas concepciones algo pintorescas de R. Carr ya he hablado en otra
ocasión. En cuanto a  P. Preston y sus alumnos, con ellos la historiografía
británica en este campo ha sufrido un gran retroceso. Y el reciente libro de A.
Beevor La guerra civil española no permite tampoco el optimismo.
 
Del señor Beevor conocía su relato de la batalla de Stalingrado, que, a falta de
análisis estratégicos e ideológicos de cierto calado, me pareció un reportaje muy
notable, si bien no podría juzgarlo a fondo, al no ser yo especialista en la
materia. En cuanto a su libro actual, llama la atención su inicial declaración de
principios: "La verdad fue la primera víctima de la guerra civil española, un
conflicto que (…) ha generado una controversia más intensa y más polémica que
cualquier otro conflicto moderno, segunda guerra mundial incluida. El historiador
que, desde luego, no puede ser totalmente desapasionado, no debe ir más allá de
comprender los sentimientos de los dos bandos, demostrar hipótesis previas y
ampliar fronteras de lo que ya sabemos sobre la guerra civil. Los juicios morales
deben quedar a la conciencia del lector".
 
Declaración notable porque el autor no la cumple. Los dos bandos son descritos
según tópicos muy envejecidos y aceptados con total credulidad; tampoco queda
claro qué hipótesis previas demuestra, y su dependencia de fuentes secundarias,
salvo en algunos temas, le impide ampliar ninguna frontera. Los errores de
detalle también abundan. La verdad sigue siendo víctima, si bien más del
historiador que de la guerra misma.
 
Los errores de detalle se cuelan inevitablemente en cualquier libro, pero son
secundarios, salvo cuando menudean o falsean mucho los sucesos. Harto más
decisivos son los errores de enfoque, pues un enfoque distorsionado desvirtúa
todo el relato y multiplica los errores de detalle. El distorsionado enfoque de
Beevor, como el de Preston y tantos otros, consiste en ese marxismo diluido y
ecléctico extendido en muchos medios académicos, y que no mejora la doctrina
original. Ignoro si Beevor se dice marxista, supongo que no, pero esa ideología
ha tenido tal influjo que ha contaminado hasta la historiografía conservadora.
 
Así, al explicar la España de principios de siglo, nuestro autor sostiene:
"Tanto el partido liberal como el conservador representaban, con matices,
los intereses de la nobleza, la Iglesia, los terratenientes, la propiedad
campesina media y la burguesía administrativa, industrial y financiera, mientras
que los minifundistas, pequeños propietarios agrícolas, arrendatarios y las
clases medias de las ciudades podían poner sus esperanzas de mejora social en
pequeños partidos republicanos y en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE)
(…) Los jornaleros del campo de Extremadura, Andalucía, La Mancha, y los
proletarios industriales de las ciudades, sobre todo de Cataluña, se encuadraban
mayoritariamente en la (…) CNT, el sindicato anarquista". Típico "análisis de
clase" marxista que tanto hemos conocido y aplicado algunos. Que  Beevor lo
reproduzca a estas alturas sin el menor atisbo crítico sólo indica cómo la
historiografía puede anquilosarse y degenerar en series de historietas.
 
El autor británico, puestos a eso, debiera empezar por preguntarse sobre el
contenido de esos intereses de liberales y conservadores. Si lo hiciera, tendría
que admitir que a la oligarquía por él descrita le interesaban las libertades
políticas, las cuales permitían asociarse, hacer propaganda y concurrir a las
elecciones a los demás partidos, incluidos los dispuestos a aplastar las
libertades e imponer sus dictaduras tan pronto pudieran. Pues los partidos
representantes, según nuestro autor, de la nobleza, la Iglesia, los financieros y
demás eran quienes habían organizado el sistema liberal y constitucional de la
Restauración. 
 
Y, ya metidos en harina, el señor Beevor debiera aclararnos también los
intereses de las clases medias y obreras, encarnados, afirma él alegremente, en
el PSOE y la CNT. ¿Consistirían esos intereses en la abolición de las libertades
burguesas y la instauración de dictaduras totalitarias ejercidas por castas
omnipotentes en nombre del proletariado (PSOE), o de la emancipación general
humana (CNT)? Pues eso perseguían unos y otros. También podría el autor británico
meditar sobre enigmas como éste: ¿cómo llegó a haber cuatro partidos
"representantes" de los intereses obreros, y que terminaron asesinándose
entre ellos? Tras el derrumbe del marxismo y otras ideologías mesiánicas, parece
exigible someter a algún examen crítico los dogmas "de clase", pero el señor
Beevor parece seguir sintiéndose a sus anchas en ellos, como si nada hubiera
pasado. Sobre tan arenosas concepciones construye su historia. No es buen
comienzo.
 
Pero incluso en su terreno el autor revela un conocimiento precario de la
realidad española cuando adjudica al PSOE los intereses de "los pequeños
propietarios agrícolas" y "las clases medias urbanas", y atribuye a la CNT la del
proletariado urbano y agrario. El PSOE, partido marxista siempre muy radicalizado
–excepto durante la dictadura de Primo de Rivera–,  se extendió entre los
proletarios de Vascongadas, Asturias y Madrid, sobre todo. Mismo error en la
atribución de 700.000 afiliados a la CNT en 1919, cifra propagandística como las
de tiempos de la República (de un millón y un millón y medio, tanto para la UGT
como para la CNT), manejadas por historiadores poco atentos. Si el señor Beevor
se hubiera molestado en contrastarlas con la representación oficial de los
congresos generales y otros datos, habría debido reducirlas a la mitad, y aún
entonces mirarlas con desconfianza.
 
Cánovas del Castillo, artífice de la Restauración.Ahora bien, la afiliación real
o imaginaria de la CNT o la UGT tampoco significa, insisto, la representación de
los "intereses" obreros (la dictadura totalitaria, en tal caso). Como tampoco los
liberales y conservadores representaban a la oligarquía que supone el
historiador: las libertades son un interés general, y no "de clase". Obviamente
la cuestión de las libertades y la democracia, absolutamente crucial, a mi
juicio, para entender el siglo XX español, carece de relevancia o la tiene
secundaria en el análisis del señor Beevor. De referirse a su país quizá habría
sido más cuidadoso, pero también abunda en la intelectualidad británica esa
actitud arrogante frente a historias foráneas.
 
Otro error de enfoque subordinado al anterior aparece en las estadísticas
seleccionadas sobre pobreza, analfabetismo, etc., aceptadas también sin crítica y
olvidando algo elemental: tales cifras carecen de significado si no se las
compara con la situación anterior y con la de otros países europeos de la época,
ricos y pobres. Esas comparaciones indican que España se hallaba en posición
desventajosa con respecto a los países ricos de Europa, pero no tan mala en el
más amplio círculo de los pobres. También le habrían indicado que, bajo la
liberal Restauración, España no estaba estancada. Tras las guerras napoleónicas
el país había sufrido un retraso creciente con respecto a la dinámica Europa
industrial, pero la Restauración permitía, por primera vez desde principios del
siglo XIX, un progreso sostenido y acelerado. 
 
Al exponer las estadísticas como lo hace, el autor sugiere que los "intereses"
oligárquicos eran culpables de ellas, mientras que los partidos obreros o
progresistas habrían logrado un crecimiento superior y la erradicación de
diversas lacras sociales. Pero si se hubiera molestado en examinar las doctrinas
de aquellos partidos obreros y demás, habría comprendido que sólo podían traer la
convulsión social y dictaduras de un tipo u otro. Como ocurrió exactamente. La
Restauración no era una democracia plena, pero sus libertades, por su propia
existencia, empujaban hacia ella con gran fuerza. Y había en el mundo, incluida
Europa, muy pocas democracias reconocibles como tales con la perspectiva actual.
 
La democracia no llegó a completarse, arguye el señor Beevor siguiendo un tópico
archisobado, porque la oligarquía no habría emprendido reformas a fondo, por
temor a perder sus privilegios. ¿Seguro? Algo de ello hubo, claro, pero ¿acaso
las propias libertades políticas traídas, según Beevor, por los privilegiados no
constituían un ataque permanente a sus privilegios? ¿Y por qué no examina el
despistado historiador la conducta de los partidos del progreso? Pues esos
partidos no hacían de sus objetivos totalitarios una referencia vaga, sino que
pugnaban por ellos hostigando sin tregua al régimen de libertades, mediante
insurrecciones, terrorismo y separatismos.
 
Como tantos intelectuales menospreciadores de las libertades burguesas, el
historiador británico pasa por alto este factor decisivo, que convulsionó al
sistema liberal hasta hundirlo. Se trataba de una oposición mesiánica, violenta y
contraria a la libertad, de ningún modo partidos razonables y progresistas
frustrados por el cerrilismo o por una inexistente tiranía de los liberales. Si
al analizar las raíces de la guerra el historiador cae en tales distorsiones y
omisiones, es fácil saber de antemano el resto de su relato.
 
En un próximo artículo examinaré algunas consecuencias del "análisis de clase"
beevoriano, por lo demás tan común. No me extenderé demasiado porque voy a
dedicar, en La Razón, una serie larga de artículos a examinar la abundante
bibliografía que está saliendo sobre la República y la guerra, y que en su
inmensa mayoría reproduce, increíblemente, una propaganda ya demasiado vieja y
agotada. 
 
 
Antony Beevor: La guerra civil española. Crítica, 2005. 904 páginas.


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