| Asunto: | [guerracivil] Las autonomías y la GCE | | Fecha: | 9 de Agosto, 2005 12:55:29 (+0200) | | Autor: | Gernán <Resteron33 @.....es>
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Al final de nuestra contienda, el clima de desaliento se generaliza de tal modo
que los intentos de paz comienzan a generalizarse entre las distintas fuerzas
políticas autonómicas. He aquí un pasaje del informe mensual en noviembre de 1938
del embajador nazi Stolirer donde se advierte la actitud antinegrinista de los
políticos periféricos:
"Sí resulta novedad el despertar de la propaganda autonomista en Cataluña. Los
representantes de esta tendencia se revuelven igualmente contra Negrín. Así, el
antiguo presidente del Parlamento catalán, Casanova, ha publicado recientemente
un llamamiento en el cual solicita un plebiscito para Cataluña y sostiene la idea
de que Cataluña debe separarse del resto de la España roja y hacer una paz por
separado. Este hombre parece que ha llegado incluso a ofrecer a las autoridades
francesas de París que Cataluña firme un armisticio con el fin de realizar la
autonomía catalana. Falta por saber si esta propaganda surtirá efectos o si
tomará una tendencia separatista. Los indicios de una evolución de este tipo no
faltan; recientemente el Sunday Times ha señalado que realmente hay cuatro
Españas diferentes (Cataluña, País Vasco, Galicia y "el resto") que no se
asemejan en nada."
El 10 de noviembre de 1938 , Luis de Arana Goiri , enviaba a Londres un
Memorándum de nueve páginas a la atención del Vizconde de Halifax. Acompañaba
al documento una carta con las ideas fundamentales que sustentaban la propuesta
al Gobierno de Su Majestad. El hermano del fundador del PNV, pedía lisa y
llanamente «la ayuda y protección de la poderosa Gran Bretaña para conseguir la
libertad de la Nación Vasca, es decir, la independencia de Euzkadi, hoy en sus
regiones peninsulares: Bizkaya, Guipuzkoa, Nabarra y Araba, para formar una
República Federal Vasca asentada entre Francia y España». Advertía que esta idea
suponía «un bien considerable para la Gran Bretaña y aun para su aliada Francia».
Luis de Arana se refería al conflicto que vivía la Península como «esta cruel
guerra española destructora de mi amada Patria Euzkadi», su ya clásico victimismo
se expresaba como sujetos al «yugo español monárquico o republicano, siempre yugo
insoportable por el odio español». Se olvidaba de la reciprocidad que constituía
la presentación de dicho documento. Arana se instituía en portavoz del
nacionalismo vasco y reclamaba la ayuda británica para desvincularse de la suerte
de la República española.
Presentaba a Halifax la siguiente proposición:
«Que Inglaterra en colaboración con Francia, por tratarse de territorios vecinos
a ésta, se declaren protectores para la formación, y luego con el título
efectivo, de los dos estados políticos o Repúblicas que habían de formarse del
Pirineo al Río Ebro; la una Vasca, bajo la denominación de Euzkadi y el
protectorado efectivo de Inglaterra, y la otra latina, catalano-aragonesa, bajo
el protectorado de Francia, ambas repúblicas completamente independientes una de
otra; consiguiendo así nosotros, los patriotas nacionalistas vascos, el bien que
anhelamos para nuestra patria Euzkadi Peninsular, conseguiría también para sí
misma Inglaterra la posesión de la vía terrestre más corta de acceso al
Mediterráneo comenzando en el Golfo de Bizkaya (sic) en Bilbao y terminando a los
400 kms aproximadamente, en línea recta, en un puerto que a Inglaterra conviniera
en el Mar Mediterráneo próximo a las Islas Baleares. Su colaboradora Francia
conseguiría por este hecho para sí misma con su protección a esa república latina
catalano-aragonesa la supresión de toda una extensísima frontera pirenaica
peligrosa y adversa para ella con una España probablemente adicta a Italia y
Alemania. ¿No hay así compensación al sacrificio que Inglaterra y Francia se
impondrían aceptando esta proposición? ¿No hay concurrencia de bienes para unos y
otros?»
Arana, una vez propuestos los territorios que constituirían las dos nuevas
republicas, advertía que en ningún caso se haría reclamación alguna de los
territorios vasco-franceses y catalano-franceses para las dos nuevas repúblicas.
Era obvio que París no habría aceptado ninguna reivindicación que rompiera su
unidad nacional. Y llegaba a pedir armas y su «alta dirección militar» a Londres
para que los vascos obtuvieran su «libertad e independencia».
Estas pretensiones de Luis de Arana era absolutamente quiméricas. Para Londres
su única preocupación era el fin de la guerra en España. Lo que proponía el vasco
era complicar más el panorama ibérico con la creación de dos nuevos Estados, que
no harían otra cosa que crear un nuevo conflicto con la República en primer lugar
y en el futuro que se veía venir, el más que probable vencedor de la guerra,
Franco, quien era en aquellos momentos el que controlaba las tres provincias
vascas y Navarra además de gran parte de Cataluña. Pero a pesar de eso, Arana
manifestaba que los nacionalistas ya se consideraban ajenos a los intereses de la
República española, y aprovechando la complicada situación de la guerra ellos
reclamaban una paz, pero al margen del gobierno de Barcelona y en consecuencia
del vencedor de la contienda.
Como una muestra más del alejamiento de los nacionalistas de la República, en
noviembre, días después del anterior Memorándum, Manuel de Irujo se hallaba de
visita en Londres. El ex-ministro sin cartera del gobierno de España deseaba
entrevistarse con Lord Halifax, y para solicitar esa audiencia no acudió al
embajador de ese gobierno del que había formado parte, Pablo de Azcárate, como
hubiera sido preceptivo, sino al Secretario de la Delegación vasca en Londres,
Ángel de Gondra. El gesto resulta de lo más revelador.
El 21 de noviembre la diplomacia inglesa informa: que los vascos y catalanes
sólo aceptarían seguir sustentando al gobierno de Barcelona si ello se basaba en
la formación de una «relajada confederación en España».
Al día siguiente, Batista i Roca presentaba al Foreign Office un documento en el
que los catalanes exponían sus ideas sobre la forma para alcanzar la paz en
España. Terminaba el escrito expresando claramente las intenciones del
nacionalismo catalán:
«... permitiendo la evolución interna de los elementos que constituyen el Estado
español. Las libertades de los países vasco y catalán, desmilitarizados y puestos
bajo control internacional, serían la mejor garantía para la seguridad de las
fronteras de Francia y sus líneas de comunicación con el Norte de África».
Resulta significativa la coincidencia con las posiciones que había expuesto Luis
Arana en el Memorándum presentado en Londres el anterior 11 de noviembre. Y
parece claro que los nacionalismos intentaban conseguir el apoyo británico (del
que se derivaría el de París) para hacer realidad sus anhelos independentistas y
abandonar a la República, a la que ya no se sentían vinculados. Sin embargo,
constatemos el doble lenguaje: Irujo había sido ministro del gobierno de España.
Irujo se hallaba en Londres y frecuentaba el Foreign Office. Ese mismo día, el
22, se entrevistaba con el que era portavoz en los Comunes Butler y el vasco le
exponía la necesidad de que la guerra terminara. Dos días después Mounsey,
recibió al ex-ministro Manuel de Irujo, acompañado del catalán Bosch Gimpera (que
era rector de la Universidad Autónoma de Barcelona y Consejero de Justicia de la
Generalitat) y el vasco Lizaso. Se planteaba a los británicos que mediaran para
lograr una tregua, ya que, una vez conseguida, eso haría difícil que se reanudara
la lucha. Pero lo delirante de la propuesta es que tras el cese de las
hostilidades habría que plantear una nueva estructura del Estado y su división en
cuatro zonas: Euzkadi, Cataluña, el territorio de Franco y el territorio del
gobierno español. «El resultado de los plebiscitos sería, por supuesto, una
federación». El mensaje era claro: el cese de las hostilidades si, pero seguido
del reconocimiento de Cataluña y el País Vasco como Estados junto con los otros
dos. Recordemos que la Constitución de 1931 establecía la República como «Estado
integral compatible con la autonomía» (art. l), no contemplaba un estado federal.
Vascos y catalanes se separaban de la Constitución de la República y planteaban
una negociación aparte y todo esto perdida la Batalla del Ebro, con la evidente
concentración de fuerzas de Franco para dar al cabo de un mes el gran empujón
que les llevaría a ocupar lo que quedaba de Cataluña.
Irujo seguía insistiendo el 7 de diciembre ante Cadogan presentando un «Plan
para el arreglo de la Guerra en España» que decía que los nacionalistas habían
aprobado el anterior día 26. Se proponía el desarrollo de una Conferencia para
alcanzar la paz en el que se invitaría a «las partes en conflicto». Entre éstas
los vascos consideraban que además del republicano ahí debían sentarse «los
gobiernos autónomos vasco y catalán» (punto B). Lógicamente, al final del plan no
tenían más remedio que plantear como una de las medidas necesarias una vez
lograda la paz «una reforma constitucional».
Esta fue la penosa actitud en último tramo de la Guerra Civil de las Autonomías
cuyas intenciones se alejaron de los avatares de la contienda y sólo deseaban el
final de la guerra, además de cambiar un gobierno y su política. Su problema
estuvo en que a aquellas alturas de la guerra necesitaban para realizar sus
planes contar con el apoyo de Londres (lo que significaba también el de París).
Pero los británicos no estaban dispuestos a introducir otro elemento de
desestabilización más en España. Londres deseaba el final de la guerra con un
nuevo gobierno, no contribuir a tendencias centrífugas que convirtieran un
interlocutor en la Península en tres o cuatro.
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