| Asunto: | [guerracivil] Enterrar a los muertos | | Fecha: | 7 de Agosto, 2005 12:05:20 (+0200) | | Autor: | rafa65sanchez <rafa65sanchez @.....es>
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Hola a todos, he tenido la suerte de leer la novela de Ignacio Martínez de
Pisón, "Enterrar a los muertos" (Seix Barral, 2005) y me ha gustado mucho. Os
paso un artículo de él mismo publicado en El País.
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El misterio de José Robles
Por Ignacio Martínez de Pisón
El País
07/02/05, 07.37 horas
En el invierno de 1916, José Robles Pazos tenía 19 años y estudiaba Filosofía y
Letras en la Universidad de Madrid. En una excursión a Toledo en un vagón de
tercera clase, entabló conversación con un norteamericano apenas un año mayor que
él. Hablaron de pintura y de poesía, y luego fueron juntos a admirar El entierro
del conde de Orgaz.
Que entre ellos surgiera la amistad era cuestión de tiempo. Compartían la
afición a los viajes y las inquietudes culturales, y si Pepe Robles estaba
tratando de mejorar su inglés, lo mismo intentaba John Dos Passos con su español.
También los aproximaban los ambientes académicos en los que ambos se movían: la
Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos…
En un ensayo de los años cincuenta, el norteamericano diría de su amigo español
que era “un hombre vigoroso, escéptico, de espíritu inquisitivo”, y más tarde lo
describiría en sus memorias como un hombre irónico y hasta mordaz, dispuesto a
reírse de cualquier cosa, un excelente conversador cuyo desenfado le hacía más
afín al espíritu de las novelas de Baroja que al de sus amigos de la Institución
Libre de Enseñanza. Sólo el asesinato de Robles durante la Guerra Civil española
interrumpiría esa amistad.
Desde 1920, año en el que Pepe Robles fue admitido como profesor por la
Universidad Johns Hopkins, hasta el estallido de la contienda, la amistad entre
ambos no había hecho sino robustecerse, alimentada por los habituales encuentros
en sus casas y por una intensa relación epistolar.
El español vivía en Baltimore con su mujer y sus dos hijos, pero tenía por
costumbre pasar en Madrid las largas vacaciones universitarias. Para embarcar en
el transatlántico que debía llevarles a los puertos de Vigo o El Havre, los
Robles viajaban de Baltimore a Nueva York, y allí se alojaban en el apartamento
de Dos Passos. Ya en Madrid, Pepe, siempre que podía, disfrutaba de su pasatiempo
favorito: las tertulias de café.
De las muchas que entonces existían, la que más frecuentaba era la de la Granja
del Henar, en la calle de Alcalá. En ese café, por el que asimismo se dejó ver
Dos Passos en algunas de sus estancias en España, compartía Robles velador con
escritores como Valle-Inclán, León Felipe o Ramón J. Sender.
También en el viaje de regreso recalaban los Robles en el apartamento
neoyorquino de Dos Passos. En él coincidían a veces con Maurice Coindreau,
padrino de la hija menor de los Robles, Miggie, y traductor de Valle-Inclán al
francés. No es aventurado suponer que fue durante alguno de esos encuentros
cuando Robles y su mujer, Márgara Villegas, concibieron la idea de traducir a Dos
Passos al español.
A finales de la década, el matrimonio Robles consagró buena parte de su tiempo a
esa labor. Mientras Pepe trabajaba en Manhattan Transfer, su novela más
emblemática, Márgara lo hacía en Rocinante vuelve al camino, recopilación de
textos en los que el norteamericano recreaba sus primeros viajes por España.
¿Qué fue de Robles Pazos? Cuando el ejército se sublevó en julio de 1936, se
encontraba nuevamente de vacaciones en Madrid, y no dudó en solicitar un permiso
temporal de la Johns Hopkins para permanecer en el país y ponerse al servicio del
Gobierno legítimo. A su condición de ferviente republicano se unía su vasto
conocimiento de idiomas (sabía incluso algo de ruso, que había estudiado para
leer a los clásicos rusos en su idioma), y eso hizo que pronto fuera designado
intérprete de uno de los más destacados consejeros militares enviados por la
URSS, el general Vladímir Gorev.
La sede principal de los militares soviéticos estaba instalada en el hotel
Palace. En cuartillas con membrete de ese hotel escribió Robles a su jefe en el
departamento de Lenguas Romances de la Johns Hopkins un par de cartas en las que
trataba de tranquilizarle sobre la situación de la República: “No se crea las
exageraciones de la propaganda fascista. Estamos bien y la cosa se va a
arreglar”.
A principios de noviembre, el Gobierno republicano se trasladó a Valencia. Entre
el aluvión de evacuados y funcionarios que le acompañaba estaban Robles y los
suyos, que en un primer momento fueron alojados en casa de una familia de la
ciudad. Pepe prestaba ahora sus servicios como traductor en la Embajada
soviética, instalada en el edificio del hotel Metropol, y, fiel a sus costumbres,
después de comer solía acudir al Ideal Room, el café de la calle de la Paz en el
que se daban cita muchos de los intelectuales y artistas de paso por la ciudad.
Entre ellos estaba Francisco Ayala, quien en sus memorias recuerda que, una
tarde de comienzos de diciembre, José Robles faltó a su tertulia y nunca más se
le volvió a ver. La imagen que se le quedó grabada al escritor granadino fue la
de una angustiada Márgara Villegas que, de la mano de sus dos hijos, iba “de un
sitio para otro, preguntando, averiguando, inquiriendo, siempre sin el menor
resultado”.
La angustia de la mujer estaba más que justificada: pronto supo que su marido
había sido acusado de traición a la República y encerrado en la Cárcel de
Extranjeros, junto al Turia. Márgara obtuvo autorización para visitarle en dos
ocasiones, y de ambas visitas volvió con mensajes
tranquilizadores: todo era producto de un simple error, había que dejar que la
investigación siguiera su curso, las cosas acabarían arreglándose.
El primogénito de la pareja, Francisco Coco Robles Villegas, trabajaba ya en la
Oficina de Prensa Extranjera, y en una de las cartas dirigidas a los colegas de
su padre en la Johns Hopkins escribió: “Nadie, ni el Ministerio de Estado ni en
la Embajada rusa, ha encontrado razones concretas para este ridículo arresto”.
La inquietud de la familia, sin embargo, crecía con el paso del tiempo, y, para
cuando averiguaron que Robles no se encontraba ya en la Cárcel de Extranjeros, la
alarma era absoluta. Como su nuevo paradero permanecía en secreto, por Valencia
empezaron a circular rumores contradictorios. La confirmación, todavía oficiosa,
de su muerte la recibió Coco de su jefe en la Oficina de Prensa. Debía de ser un
día de finales de febrero o principios de marzo de 1937, y esa misma tarde Coco,
desolado, se lo dijo a su madre y a su hermana.
No mucho después, en abril, John Dos Passos llegó a Valencia para colaborar con
Ernest Hemingway en el guión de la película Tierra española. Como era habitual
entre los intelectuales extranjeros que colaboraban con la propaganda
republicana, lo primero que hizo fue acudir a la Oficina de Prensa para presentar
sus credenciales. Nada más entrar, un inconsolable Coco Robles salió a su
encuentro y le informó de lo ocurrido.
La consternación del escritor norteamericano resulta fácil de imaginar: las
últimas noticias que tenía de su amigo español (al que, “conociendo su saber y su
sensibilidad, consideraba indispensable para el documental”) eran anteriores a su
desaparición. Esa consternación, por otro lado, no estaba exenta de un punto de
incredulidad. También de esperanza: al fin y al cabo, la muerte de Pepe seguía
sin tener una confirmación oficial.
Los Robles habían sido expulsados del piso por la familia valenciana que les
había acogido y ahora vivían en un modesto piso de barrio. Dos Passos se apresuró
a visitar a Márgara, que le recibió desesperada y enferma. Su inopinada aparición
fue para ella una última esperanza a la que agarrarse.
Siendo él quien era, un escritor célebre, un acreditado activista de izquierdas,
las autoridades tendrían que proporcionarle todas esas informaciones que a ella
le habían sido negadas una y otra vez: ¿por qué se había detenido a su marido,
qué cargos había contra él, si era cierto o no que había sido ejecutado?
El novelista salió de allí con el compromiso de averiguar lo sucedido, y al día
siguiente logró hablar con el ministro Álvarez del Vayo, que declaró sentir
“ignorancia y disgusto”. ¿Ignorancia sobre el caso Robles, que había sido uno de
los temas habituales de conversación entre los intelectuales desplazados a
Valencia?
Las investigaciones de Dos Passos prosiguieron en Madrid, donde viajó para
reunirse con el equipo de la película. Recurrió allí a todos los viejos amigos y
conocidos que ahora gozaban de alguna influencia. Nadie, sin embargo, supo darle
noticias precisas sobre el paradero de Robles, y Dos Passos, que todavía
albergaba la esperanza de que estuviera preso y no cesaba de revisar listas,
sospechaba que a su alrededor se estaba urdiendo una conspiración de silencio y
mentiras.
Algún tiempo después recordaría que sus constantes indagaciones disgustaban a
varias de las personas con las que colaboraba en Tierra española: “¿Qué es la
vida de un hombre en un momento como éste? No debemos permitir que nuestros
sentimientos personales nos dominen…”. Entre esas personas se encontraba, sin
duda, Hemingway. La antigua amistad entre ambos estaba a punto de romperse.
A Madrid acababa de llegar otra amiga de Dos Passos, la escritora estadounidense
Josephine Herbst. También ella había pasado por Valencia, donde confidencialmente
le habían confirmado la muerte de Robles. Por su testimonio sabemos que, si tanto
en Valencia como en Madrid esa misma confirmación le había sido negada a Dos
Passos, era por miedo al posible efecto propagandístico.
Las autoridades que en su presencia habían alegado ignorancia estaban, en
consecuencia, al corriente de todo, y sólo esperaban que el novelista se marchara
de España sin descubrir la verdad. Pero Dos Passos había realizado muchas
indagaciones y daba ya por seguro que Robles había sido asesinado por una brigada
especial a las órdenes de la NKVD, la policía secreta de Stalin.
Hemingway, que sabía de la muerte de Robles por boca de Josephine Herbst, quiso
informarle personalmente. Lo hizo ese mismo día en el transcurso de una fiesta en
un cuartel de las Brigadas Internacionales. Fue entonces cuando la ya frágil
amistad entre ambos terminó de romperse, por la escasa sensibilidad que Hemingway
demostró hacia el dolor humano: aquello era una guerra, ¿qué importaba la vida de
un hombre?
En palabras de la propia Herbst, Dos Passos “odiaba la guerra en todas sus
formas, y sufrió en Madrid no sólo por el destino de su amigo, sino también por
la actitud de cierta gente que se tomaba la guerra como un deporte”. ¿Cabe una
alusión más transparente a Hemingway, al que la contienda había proporcionado la
ocasión perfecta para el exhibicionismo y la jactancia?
Francisco Ayala recoge el rumor según el cual a Robles lo habían matado debido a
que “algún comentario hecho por él al descuido en la tertulia del café dejó
traslucir una noticia, por lo demás anodina, que sólo a través de un cable
cifrado podía haberse conocido”. Dos Passos nunca dio credibilidad a esa
hipótesis, pero es cierto que su amigo era un “hombre que sabía demasiado”.
La reciente desclasificación de los archivos de Moscú ha revelado que los planes
de la URSS para aplastar a las otras fuerzas revolucionarias (la CNT y el POUM)
están documentados desde el comienzo de la colaboración rusa con la República, y
existe, por ejemplo, un informe del propio Vladímir Gorev en el que se dice que
“una lucha contra los anarquistas resulta absolutamente inevitable”. Robles tenía
por fuerza que conocer esos planes.
Eso, unido a su condición de no comunista, bastaba para hacerle sospechoso a
ojos de los servicios secretos soviéticos. Que hubiera cometido o no alguna
indiscreción en el Ideal Room podía resultar irrelevante, y Dos Passos se marchó
de España con una certidumbre: a Robles no lo habían asesinado porque hubiera
hablado, sino para que no hablara.
El ‘caso Robles’ provocó en Dos Passos un viraje ideológico que sería ya
definitivo. Su repentino anticomunismo le alejaría además de muchos de los que
hasta entonces habían sido sus amigos, y especialmente de Hemingway. El
enfrentamiento entre ambos novelistas a propósito de la Guerra Civil no tardó en
desplazarse a sus escritos, y puede decirse que se mantendría en ese ámbito
durante el resto de sus vidas.
E incluso que les sobreviviría en sus obras póstumas: si en Century’s Ebb,
aparecida a los cinco años de la muerte de Dos Passos, se recrean varios
episodios de la guerra española que tienen a Hemingway como discutible
protagonista, París era una fiesta, publicada tres años después del suicidio de
Hemingway, incluye un despiadado retrato de un escritor al que llama “el pez
piloto”, y que, por supuesto, no es otro que Dos Passos. De él dice, entre otras
cosas: “No hay modo de pescarle, y sólo a los que confían en él se les apresa y
se les mata”.
La alusión a Robles es evidente. El recuerdo de su asesinato, que en 1937 había
motivado la ruptura de su amistad, acompañó a ambos escritores hasta el final.
‘Enterrar a los muertos’, el libro de Ignacio Martínez de Pisón donde cuenta la
historia de José Robles, sale la próxima semana, editado por Seix Barral.
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