La ética en la dirección de empresas. ¿Son compatibles ética y
resultados?
Fernando Fernández Rodríguez
Presidente de AEDOS
Dejadas a un lado las tópicas bromas (“si hay ética, no hay negocios”, “si
hay negocios, no hay ética”), actuar con justicia y honradez, éticamente, es
algo común a cualquier acción humana, en lo familiar, en lo profesional, en lo
político y en lo mercantil.
El ámbito de los negocios se basa en valores morales: la confianza, la libre
(y honesta) competencia, la justicia en los contratos. Cuando una empresa hace
esfuerzos de todo tipo para tener “buena imagen”, no sólo le interesa la imagen
de eficacia; también la de confianza y honradez. Una empresa no es nada si la
gente no se fía de ella.
Entre algunos directivos de empresa se advierte una cierta insensibilidad,
abierta antipatía o cierto cinismo, hacia los planteamientos éticos. Tendrían que
preguntarse qué entienden por ética. La ética no es una perspectiva de límites,
de negaciones, de rechazo a las novedades y a las innovaciones. Lo ético es
afirmación, introducción de calidad (humana, en primer lugar), visión amplia. Por
eso no hay nada más falso que contraponer la ética a la eficacia. Si la eficacia
lleva a hacer las cosas bien, lo ético impulsa a hacer bien el bien.
A veces se ha comentado que las grandes innovaciones de todo tipo (técnicas,
teóricas, organizativas, de internacionalización de la economía, etc.) convierten
en obsoletas las normas éticas, pensadas para un mundo más estático. Pero basta
traer aquí las normas que recogía Ulpiano (honeste vivere, alteri non laedere,
suum cuique tribuere, vivir con honradez, no dañar al prójimo, dar a cada uno lo
suyo), para darse cuenta de que la naturaleza humana es la misma a lo largo de
los siglos. Elemental es también la llamada regla áurea de la ética (“No quieras
para otros lo que no quieres para ti”), de imperturbable vigencia: bastaría su
práctica generalizada para solucionar la mayor parte de los problemas humanos.
Un buen gestor de empresa no necesita grandes estudios para dar con soluciones
éticas. Le basta poner en práctica las normas hasta aquí recogidas (y alguna otra
como que el fin no justifica los medios). Buen gestor: ese calificativo tiene los
dos sentidos, de excelencia en la dirección y en lo moral. Las dificultades de
las soluciones éticas son prácticas: superar la tentación de la trampa, en
sentido amplio. Todo el que hace trampa piensa que ha tomado un atajo; y lo es,
pero un atajo hacia la injusticia y la inmoralidad. Decía San Agustín que si no
había justicia, los grandes reinos no eran otra cosa que grandes latrocinios. Si
no hay ética en la empresa, sigue siendo empresa, pero ya no es de fiar.
Eso sí: la ética es una de esas realidades que se desgastan cuando se habla
demasiado de ella. La ética quiere realidades positivas, sin necesidad de
autoseñalarse indicando que así son. La ética es, por eso, una brújula interior,
una concepción de fondo; alumbra, desde dentro, cualquier realidad de la vida de
la empresa,