Robar: el pecado de creerse impune.
Ruth Ugalde – Expansión – 3 septiembre 2004
Lo cogí porque era mío. Es el pensamiento que ha arrastrado a muchos
ejecutivos a utilizar las cuentas de la empresa en su propio
beneficio.
Avaricia, codicia, soberbia. Son casi la mitad de los siete pecados
capitales y la total explicación de los innumerables escándalos de corrupción
empresarial. El miércoles, un nuevo golpe volvió a salpicar a la maltrecha
reputación de los directivos: Conrad Black, ex presidente del hólding editorial
Hollinger, y varios ejecutivos del grupo están siendo investigados por el
regulador estadounidense (SEC), acusados de utilizar los ingresos de la compañía
en beneficio personal.
Se estima que el desfalco asciende a 400 millones de
dólares (328 millones de euros), invertidos en cenas de lujo, fiestas de
cumpleaños, vacaciones pagadas y viajes personales en el avión privado de la
compañía.
Este caso
ha traído a la memoria otros tan sonados, y recientes, como el Dennis
Kozlowski, ex presidente de Tyco, que adquirió un lujoso apartamento en Manhattan
y lo decoró con millonarias obras de arte sin pasar por Hacienda. La empresa la
sirvió de máquina blanqueadora. La SEC destapó lo hechos en 2002.
Ese mismo año,
el regulador estadounidense desveló que la familia Rigas, propietaria del veinte
por ciento de la compañía de cable Adelphia Communications, debía 3.100 millones
de dólares a la empresa. Su pecado era que utilizaban las finanzas del grupo como
banco personal.
El sistema elegido por Bernard Ebbers, ex consejero delegado de
la empresa de telecomunicaciones WorldCom, para beneficiarse en primera persona
de las arcas del negocio fue un préstamo de 408 millones. Éste fue cedido
cordialmente por la compañía a Ebbers para que zanjara las deudas que tenía
contraidas con Bank of America. Paradójicamente, la entidad le había financiado
la compra de acciones de
WorldCom.
Cleptomanía racional
Un escándalo tras otro ha llevado a perder la confianza en los directivos.
No en vano, casi todos tienen un denominador común: el enriquecimiento ilícito de
los ejecutivos. ¿Pura consecuencia o mal endémico? “La cultura empresarial de los
últimos años es responsable, en gran parte, de estos comportamientos”, reflexiona
Antonio Argandoña, director general adjunto de IESE. “Se ha hecho creer a los
directivos que son genios, grandes líderes. El equipo no cuenta, sólo aplica sus
grandes ideas. Esta cultura lleva a pensar que, si yo soy el salvador de la
compañía, tengo derecho a todo”, añade.
El Olimpo de los dioses al que se les ha
ascendido facilita que se sientan impunes. “Son cleptómanos racionales. Su
problema no es enfermizo, sino que calculan los hechos y ven que les sale a
cuenta robar, porque piensan que no les va a pasar nada”, afirma
José Luis Álvarez, profesor del Instituto de Empresa. “Las complejas
estructuras empresariales y contables tejen una telaraña que hace difícil
detectar sus delitos, y les lleva a pensar que nadie les pillará”.
Por eso, José
Ignacio Arráiz, director general de la consultora Hay Group, dice que gran parte
de este cáncer responde “a la falta de control que vive el mundo empresarial. Si
un día se roba un poco y nadie dice nada, al siguiente se robará un poco más. Es
como Hacienda. Si la gente tuviera la certeza de que no les van a pillar, nadie
pagaría los tributos”.