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Asunto:[esquife] Revista Electrónica Esquife No. 15 enero del 2001
Fecha:Domingo, 21 de Enero, 2001  23:59:11 (-0600)
Autor:proyecto Esquife <esquife @............cu>

 n.15, enero del 2001
La presente publicación electrónica cuenta con el patrocinio de la Asociación Hermanos Saíz de jóvenes escritores y artistas de Cuba.
Aviso: Todos los textos aquí incluidos están protegidos por las vigentes leyes del Código de Derecho de Autor y no podrán ser reproducidas total o parcialmente sin la expresa autorización de sus autores.
Los textos aquí incluidos no expresan necesariamente las opiniones y criterios del equipo de redacción de la revista. Puede conocer más sobre el proyecto Esquife visitando su sitio web dispuesto en: www.esquife.com o www.esquife.cult.cu
Agradecemos a nuestros amigos de Iberoamérica que nos han ayudado a crear, desarrollar y mantener pese a todas las distancias este espacio en Internet.
SUMARIO:
EDITORIAL
ARTES PLÁSTICAS
VII BIENAL: WWW.ARTEENLAHABANA.COM /
Carina Pino-Santos, Crítico e investigadora de las Artes Plásticas./
ARTES PLÁSTICAS
ELSA: AGITAR EL CAUCE DE LA IDEALIDAD. /
Hanna G.Chomenko, Pintora, Ilustradora./
ENSAYO
MECÁNICA Y TROPO (Atisbos al impacto del desarrollo científico técnico en la literatura)/Míriam Gutiérrez Escobar, Profesora Universitaria./
ARTES PLÁSTICAS
CHINOLOPE: EL OJO UBICUO. /Lázara Castellanos, Crítica e investigadora de Artes Plásticas. Directora y escritora de programas de radio./
ENSAYO
LA FOTOGRAFÍA /
Chinolope, Fotógrafo./
MÚSICA
PARA AFINAR COMO LATINOAMERICANOS /Joaquín Borges-Triana, Periodista y Crítico de arte./
 
EDITORIAL
Retornar, aun cuando jamás nos fuimos del todo, implica una experiencia de alumbramiento. Al menos, así hemos experimentado esta vivencia nosotros.
Y es por eso que, al cabo de cinco meses de ¿silencio?, llega a su buzón Esquife, anunciando --como es de esperar en una publicación que persiste en el acto del nacimiento-- cambios y novedades, pero sobre todo, el retorno a la periodicidad.
Marca esta llegada el eco de la pasada Bienal de Artes Plásticas y su propuesta de reflexión en cuanto al rol que los actuales medios de comunicación: imbuídos, que no embebidos de su paso, dejamos que esta edición oscilara entre el acercamiento a las artes plásticas y el análisis sobre la influencia de la tecnología y/o los medios en el desarrollo de la creación artística en general, expandiéndonos en esas formas de mirar pensando a la literatura y la música. Como siempre, nos queda la insatisfacción de no agotar el tema --misión imposible--, sobre todo en lo que respecta en la crítica a la crítica de los medios, en la crítica a la tecnofobia que desde presupuestos supuestamente sociales articula su discurso. Para ello, queda abierto este espacio.
Como fue dicho, no pasaron estos meses en vano: hemos trabajado duro en el desarrollo de nuestro sitio, ubicado ahora en dos espejos: www.esquife.com y www.esquife.cult.cu. Además de rediseñarlo por completo, hemos añadido nuevos salones a nuestra galería /alter/ y nuevos servicios, entre los que vale destacar la descarga de archivos de audio en formato mp3 /alter/ (y antes de que surja la pregunta, acotamos: no, no hay que pagar nada, es totalmente gratis). Es nuestro propósito promover desde este espacio la obra de aquellos creadores que pese a su calidad no han recibido la merecida atención por parte de los promotores.
Repetimos nuestra invitación a incorporarse activamente a nuestro proyecto, enviándonos propuestas de artículos, literatura activa, recomendando direcciones URL para nuestro directorio de búsquedas --servicio que apenas nace-- y participando de este tránsito último que precede a todo buen descubrimiento. Queda entonces a su consideración, el número quince de Esquife:

ARTES PLÁSTICAS
VII BIENAL: WWW.ARTEENLAHABANA.COM
Carina Pino-Santos
Crítico e investigadora de las Artes Plásticas.

 
La Plaza Vieja amaneció bajo un sol  tropical y ardiente el mediodía de la inauguración general de la VII Bienal de La Habana. Esa vez “las sábanas blancas colgadas en los balcones”, como dice la canción de Gerardo Alfonso, no fueron las habituales, sino obras de arte suspendidas o lienzos volantes con creaciones  de artistas cubanos y de las Islas Baleares. Al día siguiente, el cañonazo, en vez de escucharse exactamente a las nueve de la noche, retumbó por adelantado en el malecón habanero a las diez y media de la mañana para dejar abierta la muestra central del evento en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el Castillo de los Tres Reyes del Morro.
Además de trocarnos lo habitual en insólito, y pervertir nuestra costumbre gracias a lo extraordinario, el evento más importante de la plástica en Cuba y uno de los más relevantes del Tercer Mundo puso su punto de mira en un cuestionamiento esencial que nos alertaba ante esta nueva época y el tercer milenio. Convocado bajo la divisa: Uno más cerca del otro incitaba a una reflexión acerca de las transformaciones que la Nueva Tecnología implica dada la complejidad del presente mundo global impactado por  los millones de  redes de transmisión  —procedentes de los más diversos medios informáticos y de telecomunicación—.
Al mismo tiempo esta convocatoria se convertía en llamado para que la creación artística y las prácticas culturales, en particular las de la periferia, fueran centro para argumentar un problema candente de nuestra contemporaneidad, donde a la intensa cercanía en el intercambio impuesto por la informática, corresponde la cada vez más extensa lejanía a la hora de establecer un mínimo pero necesario contacto entre los seres humanos. Nos emplazaba, así, a acelerar nuestra participación sociocultural en este paisaje interactivo, en exceso optimista, solo aparentemente caótico y de ilusorio acceso para todos, aunque controlado por las grandes corporaciones. Y también de una sensible influencia para aquellas sociedades no desarrolladas.
Ciertamente, este tema de raigal importancia fue apropiado por un conjunto de los artistas que asumieron el lema desde su incalculable amplitud, otros creadores expusieron proyectos, no necesariamente relacionados, en los que ya venían trabajando y que, dada la anchura de la invitación, podían ser considerados bajo ésta. Paralelamente, y ya refiriéndonos a las discusiones conceptuales, en los encuentros teóricos por ejemplo, no se le dedicó, en verdad, el necesario espacio. Por cierto, pudimos escuchar el extenso Manifiesto de la Societé  Anonime (cuya lectura realizó el prestigioso crítico español  de arte José Luis Brea) o la curaduría del arte de Viet  Nam realizada en 1998 por Willian Dunlap y Nancy Mathews del Centro Meridiano en Washington D.C. Interesantes citas, propias de sociedades avanzadas, que nos permitieron acceder a propuestas recientes y legitimadas, que no incluían, sin embargo, en la creación de sus proyectos, referencias a otras condiciones de producción artística, o a las peculiaridades del arte producido en nuestras regiones. Y por supuesto, los meetings también posibilitaron a los invitados conocer propuestas, curadurías, análisis del acontecer actual del arte, en especial necesarias para los participantes cubanos, dadas las arduas circunstancias en que desarrollan su labor.
Lo anterior es el resultado del que algunas importantes conclusiones pudieran extraerse; aunque nunca está de más repetirlo, el equipo selectivo de curadores realiza un enorme esfuerzo en condiciones muy singulares para la realización de un evento como éste, probablemente el más  económico  de su tipo en  todo el mundo, que parte de una propuesta de compromiso con un «proyecto cultural que toma en consideración  las más  caras utopías actualmente discriminadas del escenario de las ideas y de la transmisión de esas ideas» y que  «aspira un retorno crítico a lo real  (que no al realismo),  a la rica diversidad y heterogeneidad de lo real en nuestras culturas, capaz de develar cosas a las gentes, mostrar caminos, perspectivas, puntos de vista, desde un conocimiento mayor cada vez del hombre», bases que han permitido que, desde La Habana, se irradien otros conceptos curatoriales, propuestas artísticas, que han incidido en replanteos internacionales.
Ciertamente, las bienales han proliferado, en particular desde las dos últimas décadas, y entre sus funciones se halla principalmente reclamar un sitio donde provocar la reflexión hacia el arte contemporáneo, experimental, y hacia zonas de producción artística escasamente privilegiadas por los circuitos artísticos más estables, aunque recientemente  ha comenzado también a resentirse de aquellas mismas debilidades.
 Al calor de las conversaciones entre especialistas, se evidenció cómo los estereotipos y egocentrismos de organizadores de este tipo de eventos están compeliendo a discutirlos en su vida misma. A dos horas de finalizar el último meeting teórico, alguien tomó la palabra para cuestionarse la existencia misma de las bienales o su cambio por una forma absolutamente novedosa y diferente, y se preguntó por qué se seguían haciendo. «Hoy, la bienalización de las artes se ha convertido en un cabildeo, en lo que le interesa a sus organizadores, figurar,  y en las que hasta la hibridación ha sido convertida en cliché», subrayó Ery Camara quien vestido a la usanza de su país de origen, Senegal, como modo de explicitar su identidad, inició de forma original (con una cinta de música mandinga) su lúcida intervención, en la que agregó, a su agudo enfoque crítico, el reconocimiento a la calidad general y posibilidades abiertas brindadas por la séptima edición cubana.
No obstante, la visión no debiera generalizarse en modo alguno. Las bienales son una vía eficiente para el intercambio cultural, en especial para los países del llamado Tercer Mundo. El espacio alternativo adecuado para el examen ya mencionado, para la exposición de un arte al margen de la red del circuito, o de las expresiones más avanzadas del propio devenir artístico, difíciles de apreciar por un mayoritario público sin acceso directo, e incluso indirecto, al habitual itinerario internacional de programas y proyectos expositivos. En Cuba, ello se hace aún más evidente, luego de años de cerrado el Museo de Bellas Artes y al no contar con un museo de arte contemporáneo propiamente dicho.
En ese sentido, es evidente que, desde el punto de vista del público nacional, los tres núcleos expositivos paralelos a la gran muestra, además de constituirse en noticias como acontecimientos inusuales en el medio, confirieron un carácter especial al permitir  entrar en contacto con obras y artistas usualmente inaccesibles:
En primer lugar, la exposición del estadounidense de ascendencia caribeña Jean Michel Basquiat, solo conocido por el público cubano gracias a un artista amigo y también estrella del firmamento plástico neoyorquino, Julian Schnabel, quien hace unos cuatro años trajo un filme biográfico y lírico sobre la vida de este creador para su exhibición en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Suceso inusitado, la muestra nos permitió ver la obra sobre papel de quien fuera conocido por sus graffiti en los muros y metro de Manhattan y que se firmara SAMO, iniciales de Same Old Shit, por lo que se hiciera popular. En Casa de las Américas y en la Fundación del Ron Habana Club pudimos ver el  vigor transferido por el bad painting, el graffiti, los asuntos tomados del pop, y el reflejo de la mezcla interracial e intercultural heterogénea en su vida, también característica del propio ambiente cultural híbrido de su ciudad. Lo que nos dejó también la imprescindible esperanza de poder en el futuro apreciar su obra pictórica.
Otra muestra digna de mención fue Más allá del Espacio, en el Centro Provincial de Artes Plásticas en Luz y Oficios, del proyecto Helio Oiticica, considerada un homenaje a los 500 años de Brasil. Supimos de la repercusión alcanzada por la retrospectiva de su trabajo exhibida en París, Rotterdam, Lisboa, Minneapolis, por lo que la muestra parece ser un sueño cumplido al inaugurarse con los bailes y el parangolé brasileño en el Centro Provincial de Artes Plásticas de Luz y Oficios, en la que se incluye videos, y el arte povera y conceptual de este reconocido artista brasileño que definió su plataforma teórica en textos como “Aparición del suprasensorial”, donde expresara su «intento de crear, a través de propuestas cada vez más abiertas, ejercicios creativos, prescindiendo del objeto tal y como ha sido categorizado...» Al respecto, es seguro que una parte del público hubiese deseado tener más información sobre el reconocido artista que la que tuvieron oportunidad de recibir.
No por nuestra menos significativa fue la exposición: Wifredo Lam. La aventura de la creación. Obras sobre papel, París-La Habana, 1938-1947, exhibida en la galería El Reino de este Mundo de la Biblioteca Nacional José Martí. El público internacional asistente pudo ver sobre este soporte, obras esenciales para conocer al gran creador cubano, así como enterarse de la presentación del proyecto “Año del Centenario de Wifredo Lam”, a realizarse en el 2002 y adquirir el CD sobre la vida y obra del  artista, donde se compila, desarrollada en cinco partes, la mayor cantidad de información publicada hasta el momento sobre el tema en la isla.
Otra propuesta de imprescindible mención fue La Gente en Casa, que abrió las puertas al público a un recorrido por los últimos cuarenta años de arte cubano; exposición con una importancia historiográfica, dado el hecho de que hacía ya un lustro el público cubano (y también el foráneo) no podía apreciar una exhibición de arte de la isla  de tal magnitud. La antológica colección de Bellas Artes se sustentó en una «elección curatorial basada en las formulaciones artísticas de más impacto renovador que ha  ido conformando nuestro arte reciente» según palabras de su curadora Corina Matamoros. Esperada y  bienvenida  provocación  para las nuevas generaciones que, por vez primera, se enfrentaban a obras originales de Antonia Eiriz, Raúl Martínez, Chago Armada, Servando Cabrera Moreno, Sosabravo, José Bedia, Humberto Peña, y otros,  sin los que es imposible delinear una historia del arte cubano.
Más allá de este entorno expositivo y curatorial gratificante para todos, en la Bienal propiamente dicha predominaron indagaciones, disquisiciones, preguntas, cuestionamientos, desplazamientos estéticos hacia una diversidad de campos interrelacionados y la fusión de enclaves conceptuales en las instalaciones. Y en determinadas obras, una Crítica sobre los fundamentales y diversos cambios que hoy inciden en los seres humanos. Pareciera no estar de moda “emplazar”, en tiempos en que se evitan los análisis sociales, históricos, políticos, aunque afortunadamente no todos piensan igual: «Seamos solidarios para fortalecer los intercambios, queremos conversaciones, no monólogos» expresaba en su lectura el ya mencionado Camara.
En realidad, un análisis que clarifique y  resuma los resultados expositivos del tema,  se torna sumamente complejo y  también sintomático de la realidad de hoy desde su propuesta misma. Habitamos un mundo donde se hacen cada vez más borrosas las diferencias nacionales, en tanto se definen contradictoriamente más las distancias entre los que formamos la mayor parte de la humanidad, con índices comparativamente ínfimos en cuanto al acceso a las propias comunicaciones o incluso a la sobrevivencia misma. Respecto a la cultura, el saber, que ya conforma un nuevo y principal sector de producción, está asociado a los procesos de globalización, de los poderes transnacionales y corporativos, que hallan también su equivalente en estrategias de poder en museos e importantes exposiciones.
Ahora cuando la información y los procesos de creación, circulación y consumo asociados a esta, adquieren un protagonismo económico, no puede obviarse que --sobre todo en sociedades más desarrolladas-- se vive una realidad donde se padece una sobreproducción de imágenes en el entorno cotidiano. La incidencia de estos cambios en la cultura, la sicología social, y en los propios afectos aún parece ser un camino complejo, amplio e  inexplorado y hasta la propia Bienal fue testimonio de ello.
Una desmitificadora crítica realizaron con su obra La Revolución del Bien Estar vs cultura globalizada, los artistas argentinos Beatriz Torre y Oscar Kalb quienes delinearon los muebles y objetos que conforman la escena interior de una sala común y cotidiana, sobre una trama abstracta de pintura, a la manera de uniformes empapelados de envoltura. Otra visión fue la de Joy Gregory quien en una serie de fotografías tomadas del video indaga sobre las compulsiones por cambiar la identidad, generadas por el star system y las marginaciones étnicas y sociales. La más bella de todos comenta el deseo de ser rubia, según el artista de las fotos de estos retratos y caracterizaciones. Eliecer Sonnennschien (Israel) en una sala tapizada de los colores más empleados en la publicidad televisiva y comercial entregaba certificados de excelencia en su Best Artist Contest, lo que completaba de forma performática, al hablar con los visitantes sobre  su  propia tesis sobre la comercialización del arte y la violencia cotidiana que nos arremete desde los medios.
El arte como investigación antropológica, cual mística desde y hacia el ser humano se develó en la instalación del cubano Carlos Estévez, cuya obra continúa revelándose en su coherencia y complejidad como uno de los proyectos más auténticos del arte contemporáneo cubano. En Botellas del mar, el artista ha realizado cien dibujos o manuscritos iluminados, cual cartografías plurales de objetos, zonas biológicas como mapas del hombre, objetos, animales, a los que paralelamente corresponden  historias, mensajes, cuentos y leyendas de invención personal; a la vez, a cada uno corresponde una botella, la que será echada al mar desde un centenar de lugares diferentes en el mundo. Recientemente la cosmogonía de Estévez se ha densificado en parábolas no solo visuales sino también  de una intensa poética literaria. Renombra nociones, a la vez que las satiriza, en un perpetuo juego que apunta a subrayar las esencias de las imprecisas e inevitables marcas del destino cual estelas dejadas por residuos indelebles en el ser. En ese camino de una mítica trascendente también se halla Albert Chong, de Jamaica, con sus seres mecánicos, emplumados y prestos al vuelo. Ambos artistas en una zona de resistencia que valora  procesos, la historicidad del hombre,  y una latente utopía de lo humano. Esterio Segura  nos remite con Donde el silencio produce tornados a una excavación en el imaginario de la utopía humana, aborda la libertad de expresión de forma sumamente creativa y perfila una arqueología de la comunicación y los contrastes de su devenir en nuestras regiones.
Una persistente crónica de la resistencia sigue adquiriendo visos insospechados en Abel Barroso, autor del Café Internet del Tercer Mundo. Como escenografía del restaurante del Castillo del Morro, su obra es una crítica a la visión utópica del World Wide Web. Sus computadoras, realizadas en matrices xilográficas que alternan con las impresiones, cual comentarios de la periferia conforman un despliegue de parodias poéticas del tema de la sofisticación de los medios con relación a la pobreza emergente de nuestras regiones en las que, por cierto, solo el 3%  tiene acceso a esas autopistas electrónicas.
Los procesos de comunicación son asumidos, no solo a la luz del tema de las diferencias de tecnologías, o desde una perspectiva de tibio o material intercambio entre los individuos, sino desde la inexistencia de la representación. Como concepción derrideana de la comunicación misma, mediante la deconstrucción de la significación interna del discurso, teoría que privilegia su flujo en la conciencia interior más que su sentido social, histórico, cultural. Ello se aprecia en la obra de Gustavo Romano (Argentina) con un video de la acción de una mano radiografiada que realiza una escritura ausente, cuyo sonido es únicamente el testimonio de la pluma sobre el papel. Miguel Ángel Ríos (Argentina) en Toloache, territorios de la mente, coloca un cuarto de madera, vacío en su interior, a prueba de sonido, para que escuchemos una grabación de una experiencia relativa al uso de drogas alucinógenas, tradicionalmente empleadas en la cultura indígena latinoamericana.
Otros artistas no sólo no eludieron la tradicional representación, sino que partieron de esta para, en una vital  dinámica  creativa, reciclar las influencias  en  peculiares y no por ello menos novedosas morfologías y estilos. Tal proceder confirma que, en arte, las afirmaciones que condenan 100% el papel de la representación visual y consideran la esfera de autonomía artística como refugio creativo de lo trasnochado, solo favorecen criterios en exceso excluyentes, ineficaces desde un absolutismo que ignora producciones eficientes en su sentido y significación.
Así en las obras de Rosana Monnerat (Brasil) se disuelven cual enredaderas colgantes, las cabezas y formas humanas  realizadas en cera de abeja e hilos de cobre. Nora Aslan (Argentina) en Las ventanas chinas ha dividido las imágenes en multitud de elementos geométricos, en las que cada fragmento contiene una pequeñísima fracción fotográfica, expresivo del entorno de la realidad. Su propuesta funciona como una suerte de mosaico temporal simultáneo, sin prescindir del sentido decorativo oriental. Sergio Raffo, quien considero se halla a la avanzada del escenario de la cerámica contemporánea cubana, resaltó entre el conjunto de ceramistas del Castillo de La Fuerza con su obra Pezsamiento, un mural-instalación en loza, pasta vítrea y esmaltes, donde los altorrelieves aluden a una simbiosis hombre-pez, que pugna por una imprescindible oxigenación de sí mismo. También en los bordes de una metáfora de los límites de resistencia humana Sila Chanto (Costa Rica) con El muro crea  un largo pasillo de tela xilográfica impreso con una figuración neoexpresionista.
Los medios tecnológicos más desarrollados hallaron como era de esperar un reflejo en la Bienal, elementos como videos, televisoras, o audífonos predominaron en  varias  instalaciones. Algunas, en su vínculo con la  comunicación, hallaron fuerte presencia como en  Witness de Susan Hiller (Estados Unidos): decenas de audífonos transmitían los testimonios orales de sucesos insólitos descritos por diversidad de personas en diferentes idiomas. Galería Dupp, sin embargo, asumió el contraste con esta sofisticación y convirtió el modelo de usuales micrófonos en paradigmas significativos delineando un entorno que rodea el muro del Morro, cuya entrada presidía El Paseante, una gigantesca escultura inflable de Nadin Ospina (Colombia).
La comunicación en un anchuroso alcance incluyó el trabajo de los artistas con los espacios privados y públicos. Fabiana Barreda (Argentina) en sus fotos trabajó una documentación que traslada la fría asepsia entre su yo y los llamados “no lugares”. De Costa Rica, la Asociación Incorpore presentó proyectos independientes de varios artistas: Pedro Arrieta, Adolfo Siliezar y Alejandro Cardona aglutinados en el proyecto Centroamérica, cuerpo y cultura. Especialmente en el del último: un trabajo con videos de los bailes tradicionales, series de entrevistas fragmentadas en collages de voces, texturas, máscaras, rostros, fachadas, con las que el espectador puede interactuar desde la máquina. Estos artistas trabajan filmando la calle como testimonio documental del tránsito de la gente en sus espacios cotidianos cual base para un estudio antropológico contemporáneo. La calle parece ser una preocupación emergente en la actualidad, pues es empleada por el Grupo Grafito (Colombia) como matriz para impresiones que pueden reflejar objetivamente el deambular del paso del tiempo al transcribir naturalmente los pasos citadinos diarios.
Más de cuatro decenas de exposiciones de artistas cubanos fueron inauguradas, simbólica y simultáneamente, a la par de la muestra personal póstuma de la grabadora Belkys Ayón, presenciada en un par de horas por más de 300 visitantes nacionales y extranjeros. Curada por el crítico de arte David Mateo y por los especialistas de Galería Habana, conformó un amplio y a la vez selecto recorrido cronológico, en el que, a través de 31 obras, se desplegaba una visión más integral de su quehacer. Además de ver obras paradigmáticas de inicios de los noventa como La consagración, Sikán, Nlloro, hoy clásicas de la etapa más definidamente consagrada al trabajo con los mitos abakuá, la muestra permitió, además, apreciar otras obras de la Ayón posteriores, desconocidas por la mayoría del público, que nos aproximan a sus turbaciones más insondables.
Entre las casi cuarenta muestras de artistas cubanos expuestas en el evento, se destacó una selección de nuevos creadores de fines de este siglo en la isla, en un anchuroso despliegue que deberá extenderse aún más en cuanto a enjuiciamiento e inclusión de creadores de vanguardia, valiosos, menos conocidos, quienes deben hoy lidiar con mayores dificultades para lograr que su trabajo sea examinado por expertos y por un público conocedor. Y cuyos nombres deberían de salir a la luz gracias a la decantación propiciada por las investigaciones y curadurías del Lam y por  eventos como el Salón de Arte Contemporáneo.
Aún cuando se hace imposible reseñar en su totalidad en estas páginas un recorrido por las decenas de muestras de los cubanos, no pudiera hablarse de la Bienal sin referirnos a algunas de éstas. Elsa Mora demostró su indudable capacidad para los cambios, sin perder la coherencia con los presupuestos anteriores y se presentó con recientes fotografías en gran formato y su creación de instrumentos en bronce. Sorprendentemente, Elsa aborda el silencio, pero no en su acepción literal y más usada, cual antítesis de la comunicación misma, sino precisamente en su capacidad significante. Para estas maniobras interiores convierte a su propio cuerpo en centro dinámico de referencias, zonas asaltadas por raros instrumentos que actúan para activar metáforas vitales. Los suyos son  adiestramientos de una mudez que no desea reducir solo al género (femenino); así, la creación de estas herramientas, como salidas de una cámara de curiosidades medieval, son el medio para movilizar la voluntad introspectiva del espectador hacia más oscuros, pero no por ello menos reveladores signos que subyacen en el fecundo discurso  del silencio humano.
Agustín Bejarano inauguró en la planta baja del Consejo Nacional de las Artes Plásticas un espacio expositivo con una serie de Anunciaciones, óleos en que fusiona el  mito a estructuras del mundo orgánico, en un enlace peculiar donde conceptos primigenios de fertilidad y clásicos de la belleza hallan una puesta en escena, sumamente híbrida y originaria.
Las acuarelas, dibujos y esculturas blandas de Kadir López bajo el título Yo soy el que soy, exhibida en Espacio Abierto de la Revista Revolución y Cultura, nos acercaban a su quehacer más reciente, en éste gira una y otra vez sobre una  figura poética: el vaciado de espíritu, en una obra que continúa persistente en sus desdoblamientos, ahora ejecutados en un momento artístico que puede considerarse como el clímax  sofisticado de un travestismo de haute couture.
Bien lejos del Vedado, y del casco histórico, zona  principal de exposiciones, en la galería Teodoro Ramos Blanco del Cerro, donde se celebran los eventos de la Bienal de Escultura Nacional, y otras iniciativas comunitarias, pero centro con una aún insuficiente promoción, se hallaba la muestra del santiaguero Carlos René Aguilera.  Modulaciones nos enfrentaba a un conjunto de óleos cuya simbólica enrarecida continúa remitiéndonos a contextos socioculturales, en los que las referencias han sido complejizadas, al incorporar sus propias investigaciones sobre los sistemas de señales de la comunicación, ya se llamen braille, morse, o código internacional los que, hallan por el creador un nuevo significado en la imagen visual.
El majestuoso Convento de San Francisco de Asís, bien al centro geográfico del evento, para los que transitamos incesantes por la primera y más concurrida semana de la Bienal, acogió en su sede tres muestras  bien diferentes entre sí: la gráfica del período dorado en Carteles de cine cubano de los diseñadores Roostgard, Ñico, Hugo Azcuy, Eduardo Muñoz Bachs, entre otros. Obras del segundo lustro de los sesenta y los inicios del setenta, que nunca dejarán de ser bien recibidas, por lo que significa ese período gráfico, único en Latinoamérica.
Bajo el inclusivo y amplio título de Los postmedievales cubanos exhibían los pintores Cosme Proenza, Ernesto Rancaño, Rubén Alpízar, Eduardo Abela, Eduardo Moltó, Arturo Montoto, y Ángel Ramírez, en una exposición que pudo haber mostrado el mesurado desenfado de estos artistas en sus apropiaciones productivas de los lenguajes históricos del arte y que pudo ser una demostración de  la eficiencia simbólica empleada por ellos, no tanto como metonimia, sino en cuanto vía para ejercer su bien adquirida destreza para la representación de cada vez más sofisticados simulacros, alegorías, parodias. Sin embargo, se lamenta la pérdida de esta bien ganada oportunidad de su curador, por cierto, un  ya reconocido investigador de la plástica y en especial de la gráfica cubana, en una muestra que se debilita desde su propia y frágil concepción inicial cuando, como se sabe, desde hace más de tres décadas, el arte, incluyendo estas variantes históricas, discute su estética más desde el concepto que desde la fruición detenida al borde del goce mismo. Por lo que una exposición sobre la fuerte tendencia neohistoricista en la plástica cubana contemporánea debiera dirigirse —no solo a apreciar el oficio y las citas a los estilos, o a especificaciones temporales, lo que conduce finalmente a reforzar estereotipos, o clichés— sino a provocar, mediante una curaduría de tesis en una exposición colectiva, una reflexión en el espectador en torno a la infinitud de  puentes y engarces que los nuevos significados de este arte tienden ante nosotros. Estos son logrados por los artistas mediante decodificaciones y reordenamientos que transmiten mensajes no convencionales a través de una factura neoacadémica.
 La muestra del ya célebre entre los cubanos y reconocido internacionalmente, Alexis Leyva, Kcho, veterano ya por otras dos bienales anteriores, presentaba tres obras: La jaba, que pertenece al primer período de su trabajo, la segunda, una instalación, una gran marea de botellas reciclables, cual fondo marítimo sobre el que descansaba un viejo y desgastado muelle, reiteración enfática de su  persistente metáfora de la emigración y el viaje, y la tercera, una columna de botes ensamblados en madera plywood, una  parábola más, que rememora muy cercanamente su anterior obra en la penúltima edición.
La ciudad transportable de Los Carpinteros (en el núcleo central) nos trasladó —de forma audaz  y polisémica— al  naciente imaginario devenido de actuales conceptos como movilidad intercultural, desterritorialización, flujos humanos, geografía transnacional (entre otros); noción  teórica de  una  ciudad global que, según parecen sugerir con  su intelectual humor, precisa una funcionalidad  “de campaña” para los desplazamientos sucesivos.
Dos proyectos de inserción sociocultural fueron “San Isidro” e “Iroco” Este último, bajo la dirección del escultor Ramón Casas, en el Parque Mendoza de La Víbora, se erigió cual fuente natural de interacción de los artistas con la comunidad. Allí trabajaron creativamente niños, jóvenes, adultos, ancianos, junto a artistas belgas que convivieron durante el quehacer con aquellos, además de escultores reconocidos y estudiantes de San Alejandro (apoyados por las organizaciones políticas, sociales, culturales, etc). Todos se unieron en jornadas en las que a la intensa creatividad se unió el sentido del juego en el arte para pintar, realizar esculturas efímeras con materiales de deshecho y reciclables y  hallar, con las mínimas condiciones, una  nueva estética  y también una sensibilidad hacia el entorno y la interacción artística popular.
Antecedida como nunca antes por una información regular, especializada y amplia (que todos agradecimos), la Bienal fue un suceso esperado por muchos de los participantes, quienes debieron enfrentar en su primera y más concurrida semana algunos obstáculos (reparables) como la ausencia de guías eficaces o de oportunas orientaciones. Y en el caso de los acreditados nacionales, hubiésemos requerido de una aún más eficiente organización del transporte para acceder a las instalaciones, dada la característica irradiación de las muestras por casi toda la ciudad y el todavía dificultoso traslado hacia el complejo Morro-Cabaña (donde se hallaban los núcleos centrales de exposición), a lo que se agregó el hecho mismo de concurrir en esos primeros diez días las aperturas más trascendentes, los eventos teóricos, las exposiciones de arquitectura cubana e internacional y los encuentros sobre arquitectura y urbanismo.
Mas, sin duda, el evento fue sitio de concurrencia para que una gran cantidad de visitantes conociera el quehacer plástico de Asia, África, América Latina y Medio Oriente, posibilitó un examen de problemáticas puntuales sobre todo a partir de las producciones artísticas in situ, también facilitó a nuestro público y a los especialistas poder apreciar arte contemporáneo, a la vez que propició el tan necesitado conocimiento y diálogo con los participantes de cuatro decenas de países.
Más allá de ello, su relevancia irradia a partir del hecho mismo de erigirse en llamado a la proximidad en la interrelación  humana. Su mensaje, que emergió a fines del milenio en esta isla del Caribe y que fuera asumido desde diversos lugares del planeta, radica en su fe en el emplazamiento movilizador del arte, cuyo origen mismo nos dice de la intrínseca necesidad de diálogo que parte desde y hacia el hombre mismo. Evaluar la efectividad de su incidencia  en un mundo dominado por pudientes, poderosas empresas privadas que rigen los destinos de la producción artística, quizá sea prematuro pero, al menos, su cálida  y sólida pretensión propicia una conciencia necesaria para entibiar ese frío pasaje que seguiremos habitando en medio del caos y las diferencias que nos distancian.
 
ARTES PLÁSTICAS
ELSA: AGITAR EL CAUCE DE LA IDEALIDAD.
Hanna G.Chomenko
Pintora, Ilustradora. 

Realmente todo comenzó cuando entraste al estudio de fotografía. En el punto mismo donde empezaba a materializarse el proyecto: tu idea, tu ficción. Antes como que colgabas de otra realidad, donde la ausencia de inercia te permitía caminar con la cabeza y dejar que los pies pensaran por su cuenta. Y vivías con seriedad el simulacro pero aún el Serio no era juego.
Primero todo se estaría fraguado silenciosamente en el interior de tu persona, solo tú sabrías verdaderamente descifrar el balbuceo inefable de una sensación que exige tomar forma. Tu piel sería el recinto, tu mente una pequeña guardilla donde casi sin notarlo, de manera natural y a saltos se iría cincelando una idea al calor de vapores diversos: el  pasado, el presente, el alfabeto de la contemporaneidad que debes atender para hablar con el idioma de tu tiempo, las muchas imágenes: las de los otros   --estatizadas por la intemporalidad del papel o dinamizadas por la presencia viva, cercana--  que como tu comienzan por el silencio, el impulso indomable de cambiar que no te suelta, que no te permite dibujar tu cuerpo una vez más con la misma agua que ya una vez te recorrió y es la muerte natural de las viejas células la que te asfixia en su caudal sin sorpresas. Todo confluiría para proporcionar lo necesario al despunte inminente de una idea con todas sus extremidades.
Tanto crecería la idea que se convertiría en una presencia dentro de ti, le irías dando paso a paso las instrucciones para habitarte y sus movimientos serían el reflejo de tus deseos.  Desde la mañana hasta la noche te acompañaba adentro esa presencia, manteniéndote en un estado de permanente vigilia: aún dormida vivías el despertar. Finalmente creció tanto y en silencio que abarcó todo tu cuerpo, ese era su ambiente natural, era una idea hecha persona, la idea era un cuerpo que andaba articulado al envés de tu sombra y sincronizaba su paso a tu destino. Y así te acompañó a todos lados, al recibir dócilmente cada aditamento que creaste como receptáculo de su identidad le diste poco a poco la oportunidad de tomar forma a través de cada pieza que hacia palpable su estado de silencio. Una vez insertados funcionarían como “convertidores”: corporeizarían el silencio, convirtiendo los gestos que se agitaban bajo tu piel en verdaderos gritos. Ya tú y el cuerpo de tu idea palpitaban bajo un mismo convencimiento: eran insuficientes los grabados con notas al pie. Quién mejor que el cuerpo silencioso de tu idea para jugar al protagónico.
Así permaneció a tu lado, respiró cada sorbo que inhalabas,  se lavó los dientes en tu espejo mientras conversaba contigo, convenció al otro costado de tu cama con un montón de razones escritas con el polvo ancestral de una certeza irrevocable.

Pero realmente tuviste conciencia del principio cuando llegaste al estudio, donde todo un set te esperaba, una escenografía fabricada sólidamente desde el piso hasta el techo te invadía en toda su realidad, los detalles más técnicos te indicaban que era cierto, el engranaje que fuiste movilizando día a día con tu aliento ya seguía un curso propio e indetenible. Iban a fotografiar la idea que mantuviste en silencio, al silencio en fin. Era necesario dejarlo aflorar despojándolo de todo código ajeno que pudiera desvirtuarlo: tu ropa, tu identidad, tu nombre. Tu cuerpo no era ya tu cuerpo sino el cuerpo crecido de la idea. La complicidad de la fotógrafa incógnita, casi transparente, las luces propiciadoras, el anónimo telón de fondo que hacía de piso y techo una sola superficie elástica y sin tiempo. Todo era favorable.

Cuando las luces fueron a dar con el cuerpo, solo sentías el calor de esas cabezas incandescentes que no hallaban otra razón para existir que sincronizar sus finos cuellos a tus movimientos, de vez en cuando sentías la frialdad de un afilado reflejo en breves estocadas, para cuidar de la dualidad entre el cuerpo y el fondo infinito que lo acogía. Filtros, paneles, superficies de variadas consistencias ancladas en la sombra recibía la luz y hacían lo suyo, la devolvían modelada sobre el cuerpo, fundiendo cuerpo y luz en una sola forma. Todo se hizo sin prisa, como saboreando cada paso en silencio; solo interrumpido a ratos por alguna indicación práctica, una sugerencia detrás de las luces. Ajustabas cada pieza en el lugar preciso, las sufrías gratamente en toda su incomodidad.  Inaugurabas el ritual. 
El lente absorbió cada ademán.  Fue vaciándote, en un conjuro exorcista, de esa presencia que te estuvo habitando: la idea en (del) silencio, crecida y desbordante. Quedó como algo independiente, con vida propia. La piel de la culebra guardaba ya la presencia secuenciada de una idea clara bajo el signo de tu imagen, así se fijó sobre papel fotográfico como se fija un discurso en la memoria.

 Cuando nos enfrentamos a las piezas más recientes de Elsa Mora --esas fotografías de gran formato a las que se entrega en acto de comunión entre su identidad y la identidad de su arte, donde artista y obra son un ente único y poderoso—nos sobrecoge la conmoción y he aquí un presupuesto cumplido a cabalidad, somos noblemente agredidos, pero en ningún momento asaltados por la extrañeza. En Ejercicios de Silencio descubrimos una orgánica continuidad de los diferentes estadios por los que ha transitado la obra de esta creadora. Tanto la postura ética como la búsqueda estética que ha ido madurando en estos años de labor, encuentran una fiel sintonía con esta serie de fotos. Aquí Elsa alude a otro lenguaje, a una comunicación a través de otros códigos, a una expresión desde la contención. Los objetos ubicados en lugares que presuponen vínculos con el “otro”, funcionan como subrayados, centran la atención sobre un área concreta, resaltan su carácter de símbolo determinado, jerarquizan y amplifican su sentido. Estos aparatos extraños al cuerpo provocan el aislamiento de una parte para elevarla a un nivel simbólico y es allí donde trascurre el acto comunicativo de la artista con nosotros, haciéndonos reflexionar sobre la dimensión simbólica de la boca, las manos, los ojos, en fin... pero mientras esto sucede a ese nivel, en otro --más bien físico-- estos instrumentos sacrifican, al punto de atentar contra la operatividad de cada miembro contenido, los anulan, los sumergen en el silencio.  Así, estos objetos cuidadosamente confeccionados por la artista con la técnica de la cera perdida (material blando) y que además muchos de ellos tienen la apariencia de instrumentos de tortura (material duro), parecen receptáculos para corporeizar el silencio.
Visite "Ejercicios del Silencio" de Elsa Mora en la Web de Esquife.Planteado de esta manera, me asaltan una serie de reflexiones:  curiosamente, cuando un artista está imbuido por el proceso creador, la materia prima con la que va modelando eso que apenas puede definirse al inicio como una idea --porque lo vive en un estado más primario aún--  es el silencio. En realidad al inicio no se sabe bajo que forma saldrá esa amalgama de emociones y necesidades, uno va rumiando posibilidades como si el silencio fuera un catalizador para esa entidad pujante. De esta forma se puede interpretar también el silencio como: la idea y los objetos como envases que albergan al silencio (idea), que le  proporcionan además una forma concreta para expresarse como concepto. Se me antoja pues, que los recientes trabajos de Elsa promueven no solo la reflexión en torno a la comunicación en general sino particularmente al conflicto comunicacional al que se enfrenta un creador cuando va gestando su idea y debe dar forma inteligible a un desordenado impulso creativo.

En el caso de Elsa se puede advertir un proceso de cambio vertiginoso pero muy orgánico. Hay una serie de trabajos realizados en el transcurso del año 1993 al 96 entre los que se encuentran Flores plásticas,  Nada después de una promesa mía, y más adelante la serie bajo el nombre La muchacha de los pétalos, en los que se evidencian pautas definitorias  desde el punto de vista estilístico y conceptual. Es más, me atrevería a decir que en estas piezas se potencian actitudes ética hacia la vida y el propio arte que se concretarían más adelante como eje generador del universo creativo que fue madurando en  el transcurso de su obra ulterior. La laceración, la agudeza, el protagonismo femenino, la invocación del enigma, el carácter introspectivo, la búsqueda de una belleza no epidérmica, entre otros, son elementos vertebrales del trayecto escalonado que ha experimentado su iconografía.

Para el año 97 se aprecia un discreto giro en la muestra que tituló La Segunda Piel.  Aquí las piezas son concebidas con un carácter más sintético y menos anecdótico, hay un interés por articular una sintaxis menos predecible, no lineal. Se plantea buscar un fraseo icónico que responda a una lógica elíptica. En este sentido, libera al espacio de esa concepción fragmentada y acumulativa de piezas anteriores para ganar en simplicidad, creando un nivel de jerarquías sin rivalidades. Dentro de esta estupenda serie (como siempre suele suceder en una muestra) hay piezas más consumadas que otras y en ese caso se encuentra El ejercicio de la paciencia eterna,  pieza que pudiera ser de interés para ilustrar la organicidad de la que hablábamos a propósito de los antecedentes directos de Ejercicios de silencio. Dicha pieza adquiere un matiz profético a la luz de estas fotos recientes. El vehículo de doble propósito que aquí se representa recuerda un poco por su arquitectura y función a aquellos utensilios de metal de las citadas fotos. Es un juego de sentidos con el concepto ciclo. Efectivamente el personaje se transporta en un ciclo propiamente hablando pero al mismo tiempo describe un ciclo: el de la idea, funciona como vehículo de la expresión. Se representa igualmente la comunicación a otro nivel, propiciada por un elemento externo. Encapuchado, el personaje se obliga a percibir desde otros presupuestos y he aquí de nuevo la contención, la tortura fructuosa. El ejercicio de la paciencia eterna es el ciclo de la idea desde su estado de rebrote hasta su aprovechamiento extremo y definitivo.

Más adelante Elsa dirige su atención a piezas de carácter objetual con inserción de viejas fotos y las exhibe en una muestra itinerante (Women beyond borders) en 1998 para ya en 1999  desde esos presupuestos comenzar a experimentar con técnicas de fotocopia (Entrevista a un desconocido) y la inclusión del espacio real en las piezas, como ocurre en la serie Amonestaciones. Es también en este año que expone sus piezas junto a fotografías de Anamaría McCarthy a partir de un proyecto conjunto: sin duda un intercambio enriquecedor que igualmente dejó su impronta.  En ese mismo año crea Sudoraciones  (pieza eminentemente escultórica), Ciega y sorda, Como parte de algo e Issola, entre otras, con ese mismo proceder instalativo que iba madurando. De esta manera Elsa Mora iría sentando las bases para un trabajo posterior con implicaciones formales de otra índole, apropiándose de una tendencia o según sus propias palabras: personalizando un lenguaje plástico.

Ya en el 2000 iluminada por un sueño revelador proyecta y lleva a cabo una muestra homenaje a Belkis Ayón titulada Impermanencias; en esta serie de piezas el color negro era línea directriz por lo cual ennegreció su propio rostro y se tomó fotos junto a pequeñas esculturas blandas totalmente abstractas. Reflexionaba sobre la partida de Belkis a través de su propia identidad, su propio rostro.

Igualmente, si seguimos el rastro de esos instrumentos de metal que aparecen en sus piezas recientes iremos a dar con la mano y la espiral como elementos recurrentes en todo su trabajo, así es con Signo mudo y Laberinto interior, obras realizadas durante el pasado año. Muchas son las evidencias que va dejando Elsa en un recorrido que de forma natural e irrevocable lleva a estas fotos. Que parecen ser la sumatoria de muchas otras piezas.

Dentro de esa misma organicidad fluye paralelamente lo variado.  A propósito de esta diversidad de medios, soportes y técnicas, Elsa argumenta una necesidad visceral, natural, que le ha acompañado desde sus primeras experiencias creativas. Su personalidad tiene una propensión esencial a la transformación. Para ella la plenitud existencial es directamente proporcional al nivel de cambio. Y lo concibe como una expresión de la autenticidad, según ella ser auténtico es variar, ser diferente, serle fiel al impulso instintivo de cambiar, de buscar algo más allá. Y es que desde su niñez potenció la creatividad a partir de las transformaciones que operaba en su entorno inmediato y sobre ella misma. El primer objeto de transformación fue la envoltura de su propia identidad, ella se creaba a sí misma, moldeaba su apariencia a su gusto, era como encajar dos figuras correspondientes -una sobre otra- hasta fundirlas en una, la forma epidérmica y la espiritual trataban de superponerse en una tácita danza. Y era ese afán de control quien orquestaba todo el proceso. Ese empeño en tomar firmemente las riendas para no dejarse arrastrar por la arbitrariedad.

Elsa se ha modelado –se modela aun-- a sí misma, ¿será este acaso su signo?


Usted puede observar la muestra "Ejercicios del Silencio", así como una entrevista a Elsa Mora en nuestros espejos http://www.esquife.com/galeria/Elsaweb/index.htm y http://www.esquife.cult.cu/galeria/Elsaweb/index.htm.

ENSAYO
MECÁNICA Y TROPO
(Atisbos al impacto del desarrollo científico técnico en la literatura)
Míriam Gutiérrez Escobar
Profesora Universitaria.


Con frecuencia los estudiosos de las ciencias técnicas, naturales, médicas o de otras, pertenecientes al grupo de las llamadas "ciencias duras",  no le conceden demasiada importancia a las ciencias sociales; como si existiera un abismo que las separara. Algunos muestran indiferencia; otros, rechazo abierto; los menos agresivos, conmiseración. Sin embargo, cada vez más son los que se suman al reconocimiento de la importancia que las llamadas "humanidades" tienen y se vislumbra ya un nuevo humanismo en el que convergen estas ramas del conocimiento, toda vez que ambas ocurren dentro de la sociedad y no son elementos dispersos e independientes del entramado cultural del hombre.
La concepción que se tiene en la actualidad de la ciencia ha ido transformándose a lo largo de la historia; para esto, ha sido necesario que la humanidad recorriera un largo camino en el que no pueden ignorarse las aportaciones de Grecia, del mundo árabe y del Imperio Bizantino, entre otros; pero no cabe duda de que con el advenimiento del período histórico cultural conocido como Renacimiento, a partir de los siglos XIV y XV, una serie de acontecimientos contribuyeron a modificar la concepción que se tenía de la ciencia, concepción esta que no se ha mantenido estática y  en  la actualidad todavía está enriqueciéndose; entre los acontecimientos que más se destacan para que esta evolución se produjera, se pueden citar las revoluciones burguesas, la revolución científica, y la revolución industrial.
Ocurridas primero en Inglaterra y luego en Francia, las revoluciones burguesas habían venido preparándose desde mucho antes, desde que en el seno de la sociedad feudal comenzó a cobrar auge la clase social burguesa, y aires renovadores comenzaron a sentirse en Europa. La burguesía necesitaba acelerar el proceso de acumulación de las fuerzas productivas y borrar el lastre cultural e ideológico que significaba la cultura medieval, por lo que toda nueva idea que implicara incremento del capital, era aprobada y puesta en práctica.
Los adalides de la revolución científica fueron Leonardo De Vinci, Giordano Bruno, Nicolás Copérnico y Galileo Galilei, lograron cambiar el curso de la historia. Insatisfechos con la contemplación y la especulación en el conocimiento, promueven una racionalidad apoyada en la experimentación y el descubrimiento de las leyes que se encuentran detrás de los fenómenos.
La revolución industrial, finalmente, surgió en Inglaterra alrededor del año 1780, con el marcado interés gubernamental de lograr hegemonía sobre otros países europeos. Para ello se hacía necesario brindar apoyo a los adelantos de la ciencia como una vía efectiva para alcanzar esa supremacía; si se lograban introducir en el proceso productivo los nuevos inventos, Inglaterra se pondría a la cabeza del desarrollo de la industria, cuestión esta de vital importancia para el fortalecimiento del sistema capitalista. Alrededor del año 1860 se produjo la segunda revolución industrial, la cual estuvo asociada con la creación de  laboratorios de investigación, los cuales se interesan por los problemas que se presentan en las industrias, aunque de una manera incipiente.
Dichos acontecimientos fueron preparando el camino para que alrededor de 1950 se comenzara a consolidar en los países industrializados una relación más estrecha entre ciencia, tecnología y sociedad. La ciencia se incorpora a la producción, como un reclamo de esta. Se produce entonces la llamada Revolución Científico Técnica a partir de la cual se operan cambios en la actividad científica y su relación con la sociedad. Hay confluencia de varias disciplinas, y de una ciencia pensada y proyectada académicamente, se pasa a una ciencia industrial.
El vínculo con la sociedad continuó aumentando y a finales de los años 70 ocurre la tercera revolución industrial, en donde se consolidó un nuevo paradigma tecnológico encabezado por la electrónica. Esto trajo como implicación directa la necesidad de un personal calificado, que diera respuesta a las necesidades que le planteaba el nuevo peldaño alcanzado por la ciencia. Los países desarrollados, para poder mantener su status, se ven obligados a actualizar continuamente el caudal de conocimientos de sus científicos y a rediseñar proyecciones investigativas y laborales e incluso, educativas, para poder estar a la altura del momento.
La imagen positivista de la ciencia, que implicaba exactitud, rigidez, expresado todo en forma de leyes o alejada de condicionamientos sociales ha quedado atrás. Aquella alegoría del científico solitario en su laboratorio, con el pelo revuelto, alejado de las necesidades que lo circundaban e investigando problemas que  inquietaban a un reducido número de personas, también se ha cambiado, dando lugar a una propuesta diferente, en donde equipos multidisciplinarios contribuyen a darle solución a los problemas que la sociedad les pone por delante para que sean resueltos.
La ciencia actualmente ha ampliado su tradicional significado, y Núñez Jover  plantea:
..."La ciencia no consiste solo en el trabajo de investigación que perfecciona sistemáticamente el universo de las teorías disponibles. La ciencia tiene muy diversas expresiones en la educación, en la industria, en los servicios, en las labores de consultoría y dirección que realizan las personas que poseen una educación científica. En esos y otros ámbitos, la misma tiene una presencia relevante. El análisis de esos contextos, no reductibles al espacio del laboratorio, ofrece posibilidades adicionales para captar los nexos ciencia-sociedad."
Como vemos, la ciencia es una entidad abierta que tiene resonancia en toda la existencia material y espiritual del hombre; actualmente, derivado de lo borroso que se halla el límite entre ciencia y tecnología, se comienza a manejar un nuevo término con implicaciones no solo semánticas, sino prácticas. Ahora se habla de la tecnociencia en la que la técnica está tomando el predominio, con un indiscutible interés social, lo cual reafirma el criterio de la amplitud y dinamismo de este tema. La ciencia y la tecnología se materializan dentro del contexto de una sociedad determinada, por lo que el desarrollo que el hombre ha alcanzado en esta esfera no le resulta indiferente al arte y dentro de esta, a la literatura.
El reflejo es un concepto de la gnoseología marxista y está vinculado al modo y al proceso del conocimiento, de apropiación de la realidad. La literatura, como forma de reflejo, es una de las formas mediante la cual el hombre puede apropiarse de esta. Ahora bien, el reflejo artístico no es de ninguna manera pasivo; no se reproduce la realidad en la obra de arte como se hace en un espejo. El escritor, en correspondencia con su ideología, su cultura, su experiencia, su sensibilidad y sus intereses asume cierta posición hacia esa parte de la realidad que está reflejando en su obra y la trasmite a los lectores, los que posteriormente, podrán conocer el cuadro de una época a través de esa lectura.
La literatura, como forma de la conciencia social, refleja el acontecer de la vida material y espiritual de la sociedad en la que vive el escritor. Con marcado interés o sin propósitos explícitos, el artista no se queda al margen de todos los procesos económicos, filosóficos, sociales, culturales, que se operan en la época que le ha tocado vivir y crear. Lógicamente, ese reflejo tiene sus características diferentes que hacen que la literatura se diferencie, por ejemplo, de la historia. No es lo mismo un acontecimiento histórico, explicado por un historiador, con los métodos científicos de que esa ciencia se vale, que visto a través del prisma literario. La batalla de Waterloo vista por Manfred, no tiene el mismo propósito de Víctor Hugo cuando la describe en Los Miserables.
Unos son los recursos de la historia y otros los de la literatura; aquella se vale de los métodos científicos que brindan seguridad y precisión al hecho en sí, y esta utiliza un lenguaje diferente, menos preciso e incluso, el escritor puede elevar la imaginación y añadir o quitar de acuerdo con sus intereses; pero toda buena obra literaria descorre el velo de su época de manera más o menos explícita; tal es así, que Carlos Marx decía que había aprendido más historia de Francia en el siglo XIX a través de la obra de Balzac, que leyendo los libros de historia. Es por ello que  se puede estudiar el impacto social del desarrollo científico técnico también a través de diferentes manifestaciones literarias.
A lo largo del desarrollo de la literatura, han surgido numerosos géneros literarios. Según Belic, ..."su origen se debe a obras concretas que llegaron a poseer rasgos tan típicos y tan definidos que se convirtieron en modelos para obras de carácter semejante. Los géneros son, pues, una categoría histórica". No obstante, los géneros se hallan en constante interrelación y no son en modo alguno rígidos cánones, a pesar de que han existido épocas en que las normativas han sido muy fuertes.
La Teoría de la Literatura divide en tres grandes géneros toda la producción literaria: el género épico, el genero lírico y el género dramático.
Cada uno posee sus rasgos distintivos. Como el género que nos interesa para este trabajo es el lírico, se expondrán algunas de sus características más relevantes. La denominación de género lírico proviene de la  antigüedad cuando los  aedas cantaban al compás de la lira. Este género tiene la capacidad de percibir las cualidades y los matices más finos de la realidad y de trasmitirlos con un lenguaje poético que no puede ser igualado por la prosa; en él, se desbordan los sentimientos y las pasiones, se hace uso de recursos literarios; tiene un extraordinario poder de síntesis, puede organizar de manera diferente la semántica, la sintaxis y la fonética, como se deriva de la música, ha conservado como rasgo pertinente el ritmo, independientemente que se esté haciendo verso rimado o libre, y también posee un mayor nivel de subjetividad, porque expresa de manera sutil e inmediata la actitud del hombre en relación con el mundo que lo rodea y con su propio mundo interior, el espiritual
El género lírico es, a mi manera de ver, la expresión más pura y acabada de la literatura. Digamos que viene a ser el bordado de un vestido, el detalle finísimo que lo enaltece y lo diferencia del resto de otros vestidos de la misma hechura. A decir de Martí, la prosa tiene alas de hierro, la poesía, de mariposa. Es por eso que resulta significativo que temas como la maquinaria de una locomotora, el ruido de una fábrica, en fin, elementos rudos, surgidos debido al desarrollo científico técnico, puedan ser abordados por la poesía que es el género de la delicadeza, de la espiritualidad y de la subjetividad, como hemos visto anteriormente.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX comenzó a surgir un nuevo tipo de poesía en los países de Europa donde el capitalismo se había desarrollado más, que dejaba traslucir la vida de las grandes ciudades como centros de desarrollo industrial. Una poesía inusual para la época, que no cantaba los temas románticos que hasta ese momento en boga (amor frustrado, melancolía, desolación, soledad...), sino a un mundo nuevo, inexplorado, que era el marco en que se estaba desenvolviendo la sociedad moderna.
En esta poesía se reflejan las grandes capitales, colmadas de una muchedumbre que no se detiene, porque el trabajo alienante que genera el capitalismo no se lo permite. Nos habla de la ciudad que comienza a cambiar su horizontalidad en verticalidad por la construcción de altas edificaciones, del humo que despiden las chimeneas de las fábricas (antecedente directo de la actual contaminación ambiental), del ruido de los coches, entre otros indicadores de este crecimiento citadino.
El primer autor que da  entrada en su poesía a esa ciudad en crecimiento es Charles Baudelaire (1821-1867), casi ignorado en su tiempo y convertido hoy en uno de los más grandes líricos franceses. Su celebridad la logra con un libro de poemas titulado Las flores del mal, publicado en 1857. En Cuadros parisienses, el autor recrea la ciudad capitalista en la poesía, como ya en la prosa lo habían hecho  Balzac, Dickens, Hugo, entre otros. Nunca antes un poeta europeo había escrito versos como estos:
..."Con la barba en mis manos, desde mi alta azotea
contemplaré el taller que canta y parlotea
las chimeneas, mástiles de la enorme ciudad
(...)
los ríos de carbón suben al firmamento"
            De: Crepúsculo de la tarde
Nótese como el sujeto lírico contempla el panorama desde un lugar elevado, alusión al cambio arquitectónico que se viene produciendo. Observa, sin mezclarse con él, al taller, en el cual las nuevas maquinarias producen un sonido que a él se le antoja una canción y se detiene a contemplar el humo que sale de las chimeneas de las fábricas. Está asomado a un mundo en el que los avances científico técnicos comienzan a apoderarse del paisaje.
En otro poema titulado A una transeúnte, muestra la ciudad populosa en donde rostros anónimos pasan continuamente alrededor de los individuos y no vuelven a encontrarse más en el río humano que corre a sus obligaciones. Vislumbra a una mujer entre todos los rostros y presiente que pudiera ser ella la que tanto ha buscado, pero sabe perfectamente que no ha de volver a verla más.
Hay un verso en este poema que dice:
..."La calle aturdidora en torno de mí aullaba"
La calle aturde, con la cantidad de personas que transitan por ella y aúlla con el ruido de los carros, de las voces.  Esa es la ciudad capitalista en sus momentos iniciales, en los cuales el desarrollo todavía no ha llegado a cotas muy altas.
Ahora puede parecer sencillo que la poesía nos transporte a la ciudad, con todas sus características. Para el hombre del tercer milenio, eso no tiene nada de extraordinario; pero esa transformación de los motivos poéticos, esa seducción por la llamada "selva del asfalto", no era nada común en la segunda mitad del siglo XIX. En relación con lo anterior, Guillermo Rodríguez Rivera dice: "Baudelaire conquistó un mundo nuevo, inexplorado, que era, a la vez, el marco de la vida social moderna."
Si Baudelaire inicia el tema citadino en la poesía, un norteamericano, Walt Whitman (1819-1892), lo afianza y profundiza. Hojas de hierba no fue comprendido desde un inicio por todos sus contemporáneos. Llama la atención que un cubano que por aquel entonces estaba exiliado en los Estados Unidos, se percatara de la trascendencia de aquella obra y escribiera un artículo para loarla. José Martí dijo de la obra de Whitman: "Solo los libros sagrados de la antigüedad ofrecen una doctrina comparable, por su profético lenguaje y robusta poesía, a la que en grandiosos y sacerdotales apotegmas emite, a manera de bocanadas de luz, este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido".  
Encontramos en su obra el reflejo del pujante desarrollo industrial que dio inicio en ese país en el siglo XIX.. Whitman es el poeta del desarrollo, del hombre moderno, como diría él mismo. Se interna en la apoteosis citadina y todo lo ve, todo le es útil para conformar su obra, y así nos lo ratifica cuando dice en unos versos de Canto a mí mismo:
..."todo ese espectáculo con su resonancia
me interesa,
me mezclo en él
y luego me voy..."
En sus poemas, todo tiene cabida: un niño, un coche, una ambulancia; pero no solo contempla ese desarrollo, sino que se implica, se relaciona con y en él. Le canta a la mujer, a la madre, pero no hace su selección al azar.
"La esposa del mecánico, con el hijo al pecho,
me parece que da de mamar a todos los niños de la tierra..."
¿Por qué no seleccionó la esposa de un hombre de otra profesión?. ¿Por qué precisamente la esposa del mecánico? Indudablemente, por la relevancia que tiene este trabajador en ese momento de desarrollo industrial. El mecánico es uno de los que materializa en la práctica lo que el científico y el tecnólogo han concebido en la teoría. Es el mecánico el símbolo del panorama tecnificado de la época.
Whitman hace metáforas con los avances científico técnicos y en Canto a mí mismo dice:
 "Esas tres guadañas que silban en fila, segando las cosechas
las mueven tres arcángeles vestidos de labriegos..."
Las guadañas son segadoras mecánicas que los conocimientos y la creatividad del hombre han inventado. A los labriegos los califica como arcángeles, pero ahora le confiere una nueva dimensión a la divinidad propia de estos personajes: ya no son mensajeros del cielo, sino que su divinidad estriba en hacer la vida del hombre en la tierra más llevadera y más avanzada. Es una nueva concepción sociológica que tiene dimensiones económicas y culturales.
En la poesía de Whitman comienzan a aparecer temas que hasta ese momento no se consideraban dignos de figurar en el género lírico. Le canta a una locomotora, encuentra poesía en ella y la eleva a la categoría poética, sacándola de la unilateral visión mecánica; palabras tales como: locomotora, cobre, acero, bielas, reflector y válvulas son  nuevos motivos poéticos que la obra de este escritor incorpora a la literatura; todo ello es evidente muestra del impacto que el desarrollo de la ciencia y la técnica van teniendo en la literatura
Pero si Baudelaire contempla el taller desde su azotea, asombrado, admirado, pero todavía alejado de él; si Whitman se sumerge en la ciudad para describirla y puede convertir a una locomotora en musa inspiradora de un poema, un cubano, Regino Pedroso, en el siglo XX, va más allá con sus metálicas estrofas, como las caracterizó Guillén.
En 1933 escribió una colección de poemas titulada Nosotros, en el que comprende y siente la belleza que existe en cada nueva invención humana. Entre los poemas se distingue el titulado Salutación fraterna al taller mecánico, que nos parece muy significativo para el fin que nos hemos propuesto. En esta obra, el sujeto lírico saluda cariñosa y entrañablemente al taller, y lo siente como un amigo.
Pedroso le confiere vida al taller, haciendo de todo el poema una genial prosopopeya, en la que no solo le habla, sino que también sufre por su suerte en la época de la Cuba republicana:
"Te agitas, sufres, eres
más que un motivo de palabras.
Sé tu dolor perenne
Sé tu ansiedad humana
Y me abrumas y me entristeces el alma"
Utiliza imágenes nuevas,  metáforas insólitas para la poesía y así, por ejemplo, considera que el ruido del taller es un poema en sí mismo, por su ritmo, musicalidad y belleza:
"Lenguas de acero, las mandarrias
ensayan en los yunques poemas estridentistas"
En otro momento una metáfora nos remite a la fecundidad del taller aludiendo a la  mujer con su poder para fecundar.
"Oh taller, férreo ovario de producción..."
Crea nuevos motivos poéticos que se corresponden con el impacto que en la literatura tiene el auge de la ciencia y la técnica: polea, torno, mandarria, yunque, trepidación de máquinas, tecnología.
En un momento del poema, el sujeto lírico, sensibilizado con el taller deja claro el amor que siente por él y lo reconoce como la vía que conducirá progreso humano, pero en una evidente reciprocidad, el taller lo necesita a él.  Aquí nos encontramos en el punto más alto de la necesaria integración ciencia, tecnología, sociedad:
"Ah, como voy sintiendo que de mí un poco
te nutres, yo que odiaba
sin comprender, tu triste alma colectiva
y tu tecnología mecánica (...)
palpito y tiemblo y vibro con tu inmensa esperanza
eres la entraña cósmica que incubas el mañana"
Este es el nuevo humanismo por el que se aboga: que las ciencias y las humanidades se necesiten mutuamente. Si el autor se hubiera limitado solamente a describir el taller o a apreciar las tecnologías como simples herramientas o artefactos, o a mencionar los efectos nocivos que puede traer el desarrollo, hubiera limitado su obra a la imagen artefactual de la tecnología, reduciendo el reflejo artístico a lo meramente superficial; pero no, al contrario, el poeta ve en el taller un elemento importante de debate social y perfeccionamiento ético. El taller es capaz de contribuir al desarrollo del hombre (material y espiritual) y, por tanto, a los intereses sociales que dentro de él se manifiestan. Ese reconocimiento del alma colectiva, esa interiorización de la importancia del taller es la manifestación explícita de la relevancia del desarrollo científico técnico para la sociedad. El desarrollo científico técnico contemporáneo abarca toda la sociedad, englobando todo su quehacer. La literatura forma parte de ese universo y se ve influida por él, tanto en el momento de la concepción literaria por parte del artista, como por parte del receptor de la obra literaria, capaz de entender los nuevos códigos que se van introduciendo como consecuencia de dichos avances.
Puede decirse, finalizando estas reflexiones, que el impacto que el desarrollo científico técnico ha tenido en la sociedad, puede ser estudiado también a través de las obras literarias. Se han seleccionado estos tres autores, pero son muchos los que se hubieran podido poner de ejemplo, porque como diría Martí: "cada estado social trae su expresión a la literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos, con más verdad que por sus cronicones y sus décadas".
 
BIBLIOGRAFÍA
Baudelaire, Ch.. Las flores del mal. Edit. Arte y Literatura. Habana, 1978. (prólogo de   Guillermo Rodríguez Rivera.)
Belic, O. Introduccióna la Teoría Literaria. Edit. Arte y literatura. Habana, 1983.
Kedrov. Clasificación de las ciencias. Editorial Ciencias Sociales. Habana, 1974.
Martí, J. Obras Completas. T. 13 y 21. Edit. Ciencias Sociales. Habana, 1975.
Núñez Jover, J. La ciencia y la tecnología como procesos sociales. Edit. Félix Varela. Habana, 1999.
Pedroso, R. Poemas. Edit. Bolsilibros Unión. Habana, 1975.
Versón Ruiz de Cárdenas, R. Literatura Universal. T I y II. Edit. Pueblo y Educación. Habana, 1978.
Whitman, W. Contra tu pecho desnudo. Edit. Gente Nueva. Habana, 1998.
 
ARTES PLÁSTICAS
CHINOLOPE: EL OJO UBICUO.
Lázara Castellanos
Crítica e investigadora de Artes Plásticas. Directora y escritora de programas de radio.

Lo que es efímero y momentáneo y, a la vez, fijado para siempre.
Chinolope.
A la mutabilidad pura de la realidad-real, Chinolope opone el presente eternizado en sus fotografías. La cámara fotográfica, esa máquina generadora de fantasmas, es el instrumento y el medio de su arte, la posibilidad de fabular, impregnando con su fluido mágico la gasa que separa la reflexión y la ilusión, la realidad y su representación.
Uno) Nacido en San Miguel del Padrón, probablemente en el año de 1932, Guillermo Fernando López Junqué (Chinolope) pertenece a una familia pobrísima, de estructura matriarcal, cuyo centro son sucesivamente su abuela y su madre. El padre, de origen japonés, perdido en tiempo y espacio, marca su físico y dota sus gestos de una cierta gestualidad ceremoniosa. Sus inicios como fotógrafo son similares a los de cualquier contemporáneo al que le colocan una cámara en las manos y le dicen: “mira por aquí y aprieta por allí”. En esto reside, en esencia, la técnica fotográfica. Sus primeras fotografías le revelan que es dueño de las visiones, amén de rescatador de ese instante único e irrepetible que, sin su participación, se habría perdido para siempre. A partir de entonces, su discurso artístico está centrado en el tiempo y la memoria. En estas fotografías se difuminan a contraluz las fronteras entre la imagen de origen documental y una sutileza en la expresión que brota de los estratos más profundos para establecer una delicada complicidad entre el sujeto y el objeto. La fotografía deviene en centro de las obsesiones de Chinolope, una vía idónea para la permanencia.
La predilección por el retrato, técnica en la que alcanza pronto una gran madurez, lo incita a la construcción de un andamiaje discursivo y coherente en el orden de la Filosofía y la Estética. Como conclusión, reúne los elementos teórico-prácticos necesarios para sustentar una categoría: el metarretrato: la cualidad teleológica de algo que se revela a un pensar esencial, que traspasa la experiencia(1).
José Lezama Lima, maestro y amigo, lo describe: “Ahí viene Chinolope, con la cámara en ristre y su ojo de buey”, y como es de esperar, sus congéneres le confían la tarea de perpetuar lo efímero: piel, cabellos, ojos, boca, cuerpos vestidos según la época; todo eso confluyendo en la máscara cotidiana que de alguna manera adquiere una notable cualidad semántica con el decursar de las vidas y las obras. Chinolope es el Narciso que se busca en las aguas (el espejo) y ve las imágenes de los otros: José Lezama Lima, Virgilio Piñera, René Portocarrero, Wifredo Lam, Julio Cortázar...
Este artista, uno de los pocos fotógrafos cubanos que han sabido estar a la altura de las exigencias de la segunda mitad del siglo XX, sin hacer aspavientos, escapa del mayor peligro que amenaza la fotografía en la actualidad: la tentación de abandonarse a las exigencias de una tecnología cada vez más sofisticada e incluso, robotizada, modos carentes de finalidad (la técnica por la técnica); ésta se convierte cada vez más en algo autónomo y abstracto, cuya explicación se nos escapa(2). De ahí que la problematicidad esencial de la poética de Chinolope se establece en el plano de la capacidad del ojo para ver (“lo que observa el ojo, lo capta el lente”) y la habilidad de la mano para atrapar ese momento especial que es apenas un golpe brevísimo de la respiración. En su obra, tenemos la presencia de dos vertientes bien definidas; de un lado, lo objetivo, la realidad-real; del otro, lo que trasciende de la imagen y signa un destino, una situación, una condición.
La cualidad de la fotografía de ser un proceso constante de congelación de la vida, al propiciar la muerte de algo en cada golpe de luz, lo sobrecoge y angustia: lo que es efímero y momentáneo y, a la vez, fijado para siempre(3). Ese algo transitorio y eterno al mismo tiempo, le otorga a la fotografía una dimensión misteriosa. En el discurrir del tiempo, la imagen “fijada para siempre” transita de lo real a lo soñado con su propia cualidad tangible. Los retratos de tantos seres, muchos hoy ausentes y, simultáneamente, presentes, poseen una fuerza luminosa tanto para los que los conocieron, como para los que no frecuentaron su trato. Ante sus retratos, el espectador sobreviviente se ve a sí mismo como presencia y ausencia.
Dos) El temor a la muerte es el fundamento de la vida; un signo vital domina el “ojo ubicuo” de Chinolope, empeñado en la conservación de lo efímero, sintiendo la fotografía como poesía de la respiración. Al negarse a una mitología pomposa y autosatisfecha que facilita la facturación de obras menores, accidentalmente alzadas al Olimpo, Chinolope establece una férrea autoconciencia crítica que lo aparta de cualquier interpretación neblinosa. Con su obra evade el “clisé” infecundo, al ejecutar una acción reflexiva y analítica, un examen descarnado de su obra en el plano teórico y formal, de los artificios de la imagen, el funcionamiento de las posibilidades técnicas y las características de los procesos y funciones de la fotografía. La fotografía es la simultaneidad y un ciclo de complicadas operaciones fisioquímicas con las que se diferencia del tiempo en su relatividad, como expresión de su estabilidad, del orden de la coexistencia de las cosas: su naturaleza sicológica mediante la relación con la existencia del alma en el hombre, que expresa la medida de la duración de la sustancia espiritual tendida en el papel(4). Este artista está consciente de la necesidad de hurgar en los complejos predios de la teoría, mediante una exhaustiva investigación, desde que descubre que el objeto fijado en el papel no es más que apariencia; mas, si sabemos buscar, también es la puerta abierta a la aventura. Y mientras hace esto, no olvida apuntar cómo nunca se ha preocupado por colocarse la “camisa de fuerza” de un estilo. La realidad no tiene estilo(5).
La obra fotográfica de Chinolope, construida sobre pilares inalienables de la cultura cubana no es el producto de una actitud fría e indiferente, sino, en mucho, la consolidación de una empatía, una emoción contemplativa que es parte integrante de su angustia creadora. Éste es mi espíritu cuando toca y alcanza su tristeza de muerte(5).
Tres) La relación temprana con José Lezama Lima (se declara un lezamiano por genealogía) le ayuda a comprender que la fotografía, como la araña, para mantener el equilibrio del espíritu de la materia (...) puede transfigurarse por instantes; donde la muerte se retira sin ser notada en el líquido ojo(6). También Lezama lo hace participar de su fascinación por lo cubano, por su luz, que reconcilia al hombre con sus dioses desdeñosos(7). Y Chinolope se echa a fotografiar la “casa de las transformaciones”, metáfora lezamiana para el ingenio de azúcar, para conformar su “Temporada en el ingenio”, libro prologado por el propio Lezama. Y no cesa de recorrer la Habana Vieja, fijar en sus trabajos vitrales y zonas imprevistas de la arquitectura colonial, mientras, continúa fotografiando a todo aquel que le resulta interesante. El hilo argumental es uno: conservar, en el estilo que los modernos confieren a esta categoría.
En su universo iconográfico, Chinolope tiene como la temperatura de la permanencia de las situaciones, es también un amuleto para el azar concurrente y un ojo que penetra como una gota y devuelve como un espejo universal(8).
 
Notas
1.- G. F. López Junqué (Chinolope): El metarretrato. (Ensayo inédito)
2.- __________:               Lo fantástico cortazariano en la realidad y la realidad en lo fantástico. (Ensayo)
3.- __________: Op. cit.
4.- __________: La fotografía. (Ensayo inédito)
5.- __________: Entrevista realizada por la autora en marzo del 2000.
6.- __________: El ojo ubicuo. (Ensayo)
7.- Paráfrasis de dos versos del poema Noche insular, jardines invisibles, de José Lezama Lima: Dance la luz reconciliando/ al hombre con sus dioses desdeñosos.
8.- José Lezama Lima: Contratapa del libro Temporada en el ingenio.
 
ENSAYO
LA FOTOGRAFÍA
Chinolope
Fotógrafo.
 
Cuando los hechos nos imponen su principio de la realidad, el fotógrafo no es sino una oportunidad de tiempo y lugar para hacer o conseguir algo: el ojo de la imaginación nos permite vivir de acuerdo con las presiones del medio y todo otro sentido se subordina a la vida que fluye y que escapa a la vida que lo ha creado. La fotografía ve lo que el pensamiento oculta: sería algo así como un enmascaramiento que nos oculta la movilidad de las cosas, desde el momento en que son, sin darse cuenta de que son tan sólo metáforas silenciosas.
En torno a la importancia en la fotografía al dar las vicisitudes de la visibilidad, la realidad se ve a través de la subjetividad, para poder construir el mecanismo según el cual toda nueva experiencia es, en su apariencia, una refutación a la subversión temporal que ella representa: el conjuro significa que fluye por la sola fuerza de la mirada... Todo un porvenir entre el hombre y las cosas... Incertidumbre que engendra la reiteración dominante en el hombre quien se resarce en lo instantáneo y es el mismo centro de un ajeno destino: penetrar y develar todo un presente de experiencia.
La metáfora como persona es una confidencia, la fotografía como situación es uan confesión.
En la fotografía sólo recibimos
                                    impresiones:
la permanencia en el tiempo y el tiempo en la aparente permanencia...
En el principio de la acción un fotógrafo era menos artista que descubridor: en la realidad elegida, se establece la idea de que la mejor manera de ser original es precisamente dejando de serlo: uno de los aspectos increíbles en la fotografía es comprobar... como una realidad determinada, en una circunstancia cualquiera puede ser el punto de partida para el desarrollo de un tema que a la vez se relaciona y sugiere otros temas, sorprendentemente encadenados entre sí.

MÚSICA
PARA AFINAR COMO LATINOAMERICANOS
Joaquín Borges-Triana
Periodista y Crítico de arte.

 
Los países latinoamericanos potencialmente están llamados a convertirse en una de las comunidades culturales decisivas en el futuro. Deberían ser la segunda o tercera en importancia en occidente. Para ello tendrían que tomar conciencia de este alcance, persistir en el hecho de que constituyen una comunidad cultural y rechazar la creciente descaracterización, o sea, la pérdida de carácter propio a que los lleva el manejo lucrativo y multinacional de los medios de comunicación de masas. Por línea general, en nuestro continente los transmisores de mensajes acaparan la información y la manejan de forma unilateral. Porque hay que aclarar los términos: no son medios de comunicación, es decir, de diálogo, sino de propalación de un solo lado. Nadie les responde. Hay una minoría informante y una mayoría receptora que es tratada como masa indiferenciada. La minoría crea, inventa ídolos, "estrellas", y con la inundación de sus productos (que por supuesto no descansan sobre las raíces culturales propias de los países afectados o mejor dicho, infectados) los impone a la masa. Esta acaba por no reconocerse a sí misma.
Así, en toda Latinoamérica está ocurriendo que la industria discográfica, quizás como nunca antes, ha impuesto la moda y el gusto por lo fácil de digerir desde el punto de vista audible, nada que guarde relación con una recepción activa y creadora por parte del oyente. Tal pareciera que lo único que importa es hacer bailar, ya sea desaforada o cadenciosamente. Quienes hayan tenido la oportunidad de visitar varias naciones de la región y ver lo que se consume en materia de música por las grandes mayorías, estarán de acuerdo conmigo en que la gente está perdiendo (si no la ha perdido ya) la capacidad para el disfrute y la asimilación de cuanto no esté dentro de la llamada cultura light, que hoy por hoy es lo que da dinero, fama y permite entrar en los "circuitos" del poder artístico. Atrás quedó la preocupación por conservar lo criollo y lo indígena, sus ritmos, danzas, cantos e instrumentos. Sólo hay interés por procurar integrarse con los modelos supuestamente "internacionales" y que pululan mediante la prensa, la cual se alimenta con toneladas de chismes, fotografías y opiniones masificadas o masificantes.
A estas alturas de los noventa ya ha pasado al olvido la oleada latinoamericanizadora que en los años sesenta y setenta popularizó joropos, milongas, guajiras, chacareras y afines y que pretendió afianzar los lazos de confraternidad e identificación entre los pueblos de la región a partir de la verdadera naturaleza de nuestros puntos musicales comunes. Quién se acuerda de los tiempos en que se solía musicalizar textos de poetas notables como Pablo Neruda, Ernesto Cardenal o Nicolás Guillén, que ofrecían una riqueza temática para todas las exigencias: amor, problemas sociales, paisajismo, metafísica, amistad, compañerismo, etc. No me gusta hacer comparaciones, pero cuando escucho el actual panorama sonoro latinoamericano no me queda otro remedio que pensar que vivimos una época marcada por el signo de la decadencia y la degradación. Y es que la oleada de que hablaba con anterioridad nos legó a creadores de la talla de la chilena Violeta Parra, los uruguayos Alfredo Zitarrosa y Daniel Viglietti, intérpretes como la venezolana Soledad Bravo o la argentina Mercedes Sosa, todos irreprochables en cuanto a talento y calidad.
Al pasado pertenece la etapa en que la música del Altiplano mostró una interacción constante entre argentinos, bolivianos, peruanos y, en menor medida, ecuatorianos, unidos por la columna vertebral de los Andes. A mi mente vienen nombres como Jaime Torres, Markama, Ollantay, Raíces Incas y muchos más que persistieron en el atractivo por el rico acervo andino sobre la base de la existencia de una causa cultural común, un tronco que legitimiza el intercambio. En un ambiente como el que se vive por estos días, no hay sitio para dar rienda suelta a trabajos experimentales como los propuestos en su momento por Hermeto Pascoal y Egberto Gismonti, músicos que aferrados a los ritmos de su natal Brasil, fusionaron elementos de las distintas corrientes del planeta (jazz, rock, clásico, barroco, atonalismo, ragas hindúes...). Ni siquiera ese gigante sudamericano donde la música tiene identidad nacional más allá de cualquier influencia y en el que todos suenan a Brasil, a pesar de las diferencias individuales, seha podido salvar de la marea de comercialismo barato que inunda el mercado del disco y desde aquellas tierras nos llega algo tan delesnable para mi gusto como la aché-music.
En el presente parecieran no existir cultores de las corrientes de vanguardia al estilo de otroras bandas como Congreso, Santiago del Nuevo Extremo o del grupo trasandino Los Jaivas, el cual no renunció a su tonada natal ni a las quenas, entre una parafernalia de instrumentos y equipos electrónicos, en aras de fusionar ritmos autóctonos con el rock para conservar así su chilenidad. No niego que quizás ahora mismo en algún rincón perdido de nuestra América haya quien protagonice búsquedas semejantes, a contracorriente de las tendencias comerciales imperantes y en defensa de la pureza del arte sonoro, pero en cualquier caso se hace por obra y gracia de la voluntad del creador y al margen de la gran industria musical.
Lo terrible es que este tipo de fenómeno no se da sólo en las sociedades marcadas por el signo del consumismo y el mercantilismo. En un contexto como el cubano, donde las instituciones vinculadas a la esfera de la música –así como las restantes del sector cultural– están llamadas a propiciar aquellos proyectos que contribuyan al enriquecimiento espiritual del pueblo, trabajos de corte experimental como el que desarrollara en una etapa la agrupación Arte Vivo y en el que se mezclaban pasajes aleatorios, procesamiento de sonidos electroacústicos, improvisaciones jazzísticas y aires provenientes del danzón o del punto guajiro, alquímea que diera como resultado una de las más acabadas muestras de lo que se conoció en el mundo como rock in oposition, nunca han contado con el imprescindible apoyo y tras un arduo bregar fenecen dejando únicamente su recuerdo entre un escaso número de seguidores.
No se trata de que el pesimismo se haya adueñado de mí, mas en verdad soy de la opinión de que en materia de música Latinoamérica no vive un momento feliz o al menos lo que se nos propone oír dista mucho de los niveles de calidad alcanzados varios lustros atrás. Pienso de repente en el universo de los cantautores y en figuras de antaño como Chico Buarque de Hollanda y Silvio Rodríguez, ideales del creador comprometido pero no panfletario, con vuelo poético y riqueza melódico-armónica. Hoy las multinacionales del disco nos ofrecen a personajillos tan edulcorados como Diego Torres y Ricardo Montaner o si acaso algo un tanto menos baladí como Ricardo Arjona, quien para mí no pasa de ser una copia mala de Joaquín Sabina. Tal vez lo mejorcito en cuanto a lo que en este instante promueve la gran industria en el campo de los cantores de texto sean propuestas como las del dúo de Stéfano y Donato, en la que el peso recae en la labor composicional de Donato Poveda (una obra muy por debajo de la hecha por él en Cuba antes de su salida), o la del guanabacoense radicado en México David Torrens, quien con su CD Mi poquita fe ha tenido un rotundo éxito, claro que a costa de realizar más de una concesión estética para quedar bien con el mercado.
En cuanto a la música culta y su promoción en América Latina, la discografía dueña irrestricta de los gustos está atenta tan sólo a los supernombres vendedores: las sinfonías popularizadas de Beethoven o Tchaikovsky; "Las cuatro estaciones" de Vivaldi; determinanos conciertos con solistas; los trozos operísticos cantados por Domingo, Pavarotti o Carreras... Esta resulta la música "universal", que ni siquiera es toda la europea pues el "universalismo" imperante ignora a España tanto como a Polonia y en la música "universal" no entran los estadounidenses como Charles Ives y mucho menos los brasileños como Heitor Villa-Lobos, los mexicanos como Carlos Chávez o los cubanos como Leo Brouwer. Con tristeza hay que afirmar que en América Latina desconocemos laobra de los colombianos, peruanos, chilenos, argentinos, paraguayos, pertenecientes a la novel generación de compositores y a todas las anteriores.
Sí tengo la impresión de que en lo concerniente a la música culta, los latinoamericanos necesitamos aclarar  –en no pocos casos– cuál es nuestro carácter propio. Lo digo a colación con dos tendencias que suelen darse en nuestro medio. Hay una de acento indigenista que resulta simpática pero lleva a un callejón sin salida, pues los sistemas musicales arqueológicos no pueden operar en la época actual con suficiente eficacia. La otra tendencia extrema busca seguir muy de cerca los pasos europeos, copiar su estilo para alcanzar la anhelada universalidad. Como apuntara el pensador mexicano Leopoldo Zea, los que así piensan no se han percatado de que en el fondo "el universalismo de que hace gala Europa es una forma de justificar su localismo, que excluye otras corrientes culturales."
Mal que le pese a algunos, ha de reconocerse que esta clase de enfoques ha comenzado a cambiar a partir de la visión postmoderna que lleva a validar en igualdad de condiciones los discursos culturales producidos tanto por el centro como por la periferia. De hecho, en música de concierto deberíase entender lo universal como el pertenecer a una comunidad más amplia que la puramente nacional o europeo-americana. De tal suerte, los latinoamericanos dejaremos de ser marginales en el instante en que seamos miembros o partes de una universalidad comprendida en la acepción a la que hice referencia. Se desprende de lo expuesto que no hay que considerar lo americano un fin en sí, sino un punto de partida para un objetivo superior. Ello supone aceptar nuestro carácter propio, apuntar hacia un ámbito mayor y sobre todo, conocernos bien los unos a los otros, un aspecto hoy más que deficitario.
En estos tiempos en que el tema de la unidad latinoamericana ha vuelto a ponerse en el tapete, valdría la pena que en las Cumbres de Presidentes y en las reuniones de Ministros de Cultura, que tantas veces dejan la impresión de no arrojar resultados palpables, se formulasen pronunciamientos concretos que ayuden a solucionar el problema de que América Latina se ignora musicalmente a sí misma. No hay que olvidar que conocer nuestra aldea resulta el único modo para tratar de integrarla en la comarca, la región, el país, el continente, el mundo. Sin nacionalismo agigantado, pero también sin enanismo.




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