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Asunto:[equipohumano] Boletin Equipo Humano nº 12
Fecha:Martes, 9 de Julio, 2002  14:03:18 (+0200)
Autor:Boletin Equipo Humano <boletin @............com>

Número 12

Julio 2002


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EDITORIAL

 

Dicen que hay tres clases de personas: las que hacen cosas, las que esperan que las cosas ocurran, y los que intentan destruir porque son incapaces de crear.

Los primeros, los Constructores, son activos y construyen su vida, escuchando a su confianza interior.

Los segundos, los Impasibles, son pasivos pero participan y colaboran activamente siempre y cuando alguien les empuje y les anime.

Los terceros son los Negativos. Frustrados e insatisfechos de todo, intentan cargar a otros su propia cruz para esconder sus temores y rencores.

En las empresas encontramos muchas personas con capacidad de realización, pero el miedo a los riesgos, a los cambios, a los errores y a los reproches, cuando no simplemente el gusto por la comodidad, les transforma primero en lastres, después en atrincherados, a veces en dinosaurios.

Sin embargo son piezas importantes, componentes y miembros de la organización – como lo son de la sociedad – y también es una fácil comodidad el renunciar a integrarles y animarles.

Es una ilusión pretender formar un grupo de trabajo exclusivamente con Constructores y puede que sea una de sus responsabilidades atraer a los Impasibles para que no caigan en manos de los Negativos.

SUMARIO

·         El pelotón de los torpes
 Algunas personas están convencidas de que los cumplidos provocan relajación y descuido y que sólo conviene decir la verdad cuando es mala; por eso se inventó la expresión de crítica constructiva. Sin embargo la ausencia de retroalimentación positiva puede provocar consecuencias sorprendentes.

·         El Tren
Para formar a los trenes, se necesitan vagones que transportan y locomotoras que arrastran. ¿Y para formar un equipo de trabajo?

·         De guerreros y pastores  (PNL 11)
A través de los casos de cuatro personajes, analizamos la influencia de los patrones de comportamientos (programas) sobre nuestras decisiones más cotidianas, y vemos cómo discernir los modelos favoritos de los demás para mejorar nuestra comunicación y nuestro entendimiento mutuo.

·         Frustración laboral
Es cada vez más frecuente encontrar mandos y directivos preocupados por los temas de motivación del personal, pero es menor el interés manifestado por el lado oscuro de la fuerza, es decir: la frustración laboral. Sin embargo, muchos de los problemas, o de las limitaciones del desarrollo, no proceden de la carencia de motivadores sino de la presencia de frustraciones no resueltas, y hacen de una política de motivación algo tan inútil como un ungüento en una pierna de palo.

 

EL PELOTÓN DE LOS TORPES

Por Michel Henric-Coll


Curiosamente Amadeo, el director de RECAMBIOSA, estaba perplejo y preocupado. Aparentemente, la empresa que había creado hace dos décadas gozaba de perfecta salud: las ventas crecían, los clientes estaban contentos y los empleados satisfechos. Sin embargo el departamento del Muelle parecía sufrir una gripe organizacional: cometía errores, caía en retrasos, el personal mostraba desánimo y Amadeo, a parte de no comprender lo que ocurría, temía el contagio al resto de la empresa.

Dos bajas por depresión este año y la renuncia de uno de los empleados más antiguos parecían síntomas suficientes como para preocuparse, sobre todo cuando el Muelle era el único departamento con problemas de rendimiento, de absentismo y de incumplimiento (leve) de horario.

En una improvisada charla en los vestuarios, Amadeo intentó acorralar el problema pero ninguno de los empleados del muelle tenía quejas concretas y todos se declaraban identificados con la empresa.

Me contó en su despacho su preocupación por la inexplicable situación, su interés en que el personal se sintiera satisfecho, por dar oportunidades a todos y escuchar a cada uno. Cuando habla de su personal, Amadeo se confunde en elogios: “tenemos un personal maravilloso, implicado, esmerado, peleón y muy fiel. No sé lo que está ocurriendo en el Muelle”.

Decidí mantener reuniones ascendentes con personas de distintos departamentos y terminar por el departamento incriminado.

En la primera reunión, con Administración, a uno de los participantes se le escapó la expresión de “pelotón de los torpes”. Estaba claro que se refería a alguien de la empresa, pero aun no entendía quien y todavía no era el momento de indagarlo. Cuando pregunté a cada uno cual había sido su trayectoria en la empresa, me sorprendió descubrir que casi todos habían trabajado algún tiempo en el departamento del Muelle.

En la siguiente reunión quedó claro que era este el departamento al que todos llamaban Pelotón de los Torpes, y cuando me entrevisté con sus empleados, también fue claro que ellos mismos lo asumían así.

-          En esta empresa, los buenos elementos ascienden a otros departamentos, pero los malos nos quedamos aquí, en el Muelle. Supongo que no somos lo bastante buenos como para hacer otra cosa, para alcanzar un puesto más importante. ¿Qué otra cosa pensar?

Cuando, más tarde, señalé el hecho a Amadeo, me explicó:

“Pues claro, en el Muelle se ve todo, los productos que entran y los que salen; aprenden a controlar la conformidad tanto de las entradas como de las salidas, lo cual les sensibiliza a la importancia de la calidad. Después de su formación, entre seis meses y un año, cuando ya conocen todos los productos, cada uno se dirige hacia su departamento definitivo. Gracias a eso, un administrativo se da cuenta de los errores en facturación o en contabilidad, porque un artículo no es una simple referencia, es un producto que conoce, que ha manipulado y cargado a mano o con una carretilla. Y lo mismo para un comercial, un mando, o cualquier departamento. El Muelle es el departamento de formación por excelencia”.

“Los que se quedan lo hacen porque este es su departamento, y porque son personas esmeradas y de confianza. El Muelle es un departamento de primera importancia porque está en primera línea; de su control de entradas depende la calidad de lo que entra en fábrica y de su control de salida el respeto de los plazos y la perfecta adecuación de nuestras entregas.”

Sin embargo eso, jamás Amadeo se lo había explicado a la gente del Muelle. Durante años ellos creían que permanecían allí por ser los peores elementos de la empresa, incapaces de otras responsabilidades, y veían cómo los recién llegados estaban destinados a puestos considerados de mayor valía.

Habían asumido su torpeza y se había generado una frustración porque sus expectativas y aspiraciones personales se veían troncadas y habían terminado perdiendo la esperanza.

De frustraciones en el trabajo, de sus diferentes tipos y de la forma en que reaccionan las personas, hablaremos en otros artículos, pero no quisiera terminar sin precisar que tras una información abierta y sincera de Amadeo, un reconocimiento público a la importancia de este departamento y un programa de formación y desarrollo personal a sus integrantes, el departamento cambió de imagen, subió la autoestima y el Muelle se convirtió en un departamento modelo y el orgullo de sus integrantes.

 

EL TREN

Por Michel Henric-Coll


Rápido y seguro, el tren camina orgullosamente, cruzando el país de par en par. Una mirada atenta podría comprobar que está compuesto por una locomotora y veinte vagones unidos por enganches, pero para las vacas que lo ven pasar desde su verde campiña, los ciudadanos que le observan desde el alto de sus fincas o el conductor que aguarda en el paso a nivel, sólo existe un tren, un gran tren rápido y seguro que cruza orgullosamente el país de par en par.

Si se desuniera cada coche que forma el tren, la locomotora podría seguir su camino, aunque ya no podría transportar a nadie ni a nada de un punto a otro, sin embargo los vagones, una vez perdida la velocidad inicial, serían incapaces de moverse por su cuenta y yacerían, solitarios y desamparados, dónde la suerte les hubiera soltado.

Los vagones no tienen motor, pero tienen capacidad de transporte. Sin ellos no hay verdadero tren. No se les puede pedir que emprendan camino, ni a la locomotora que se llene de pasajeros y mercancía. Sólo que sin ella no hay movimiento ni hay evolución. Su misión es arrastrar a los vagones para junto formar el tren.

Las empresas son como trenes, que se mueven de una situación a otra, llenos de bienes, de servicios y de personas. Algunas de ellas están llenas de energía e ilusión, capaces de entusiasmarse por nuevos proyectos y luchar por un sueño, otras pasivas y a la expectativa de que algo ocurra, cuando no es apoltronarse en la espera de que nada ocurra.

Entre las personas también hay muchos vagones, y algunas locomotoras. Uno no debe lamentarse de que los vagones no tengan motor, sólo debe fomentar que las locomotoras despierten y los arrastren, despreocupadas de los ánimos adversos, para formar un tren que camine orgullosamente, rápido y seguro, surcando el panorama económico y social.

 

DE GUERREROS Y PASTORES  (PNL 11ª parte)

Por Michel Henric-Coll  


En el número anterior, hemos tratado de la selección primaria a través del sistema PACIL. Es evidente que todos podemos centrarnos en cualquiera de estos elementos (Personas, Acciones, Cosas, Informaciones y Lugares) en determinados momentos. Sin embargo, hay personas que presentan un enfoque marcadamente mayoritario.

Pedro, el vendedor

Pedro es comercial en una empresa de maquinarias. Cuando le hablas de un nuevo contacto, se interesa inmediatamente por su identidad social (¿qué puesto ocupa, qué pone su tarjeta de visita, es familia de alguien?) y por su poder social. Es sensible a los símbolos de pertenencia y posesión (¿qué coche lleva? ¿en qué zona vive?).

Pero sobre todo está enfocado a la acción (A). Para él todo se resume en actuar o no actuar, se hace o no se hace. No le gusta pasar tiempo en planificar, analizar o establecer una estrategia; cuando ha determinado la información básica, se lanza a la acción.

Es difícil que permanezca pensativo, sopesando los pros y los contras; se siente ansioso hasta el momento en que se pone en movimiento y suele elegir como amigos a personas del mismo palo.

Su expresión favorita es: "no nos quedemos con ambos pies en el mismo zapato". Pedro es un activo, un conquistador, un guerrero.

Amadeo, el masajista

Hace quince años que Amadeo trabaja por su cuenta en un pequeño piso y recibe a amigos-clientes que le descubren por el boca a oído.

Sabe el nombre de todos sus clientes y frecuentemente el de sus familiares, auque no los haya visto jamás. Es que a Amadeo le encanta conocer los vínculos familiares de cada uno, y situarle en su mundillo personal.

Siempre tiene tiempo para escuchar a sus clientes con interés, sin curiosidad malsana, sólo porque le importan las personas (P). Por eso sus clientes vuelven tanto y le recomiendan.

Amadeo es miembro activo de la Falla de su barrio, y echa una mano con facilidad. Lo que más importa para él son las relaciones y las valora más que el dinero, el poder o la razón por lo que es difícil que se enfade con alguien. Amadeo es un pastor.

Berta, la periodista

Si buscáis a Berta en su tiempo libre, la encontraréis probablemente en el rastro, rodeado de libros en una librería, en alguna conferencia o en su casa viendo un documental en la tele.

A Berta la apasiona la información (I), el descubrir algo nuevo, aprender. Por eso lee mucho, se aburre en las películas románticas pero le encantan las de misterio, estudia el librillo que acompaña los Compact Disks y no compra nunca un medicamento sin estudiar atentamente el prospecto adjunto. No es prudencia, sólo curiosidad.

Es de las pocas personas que han leído el manual de su cepillo de dientes eléctrico, o de la radio de su coche. Si queréis cautivarla, contadle cualquier cosa que no conozca aun: el lenguaje de los sordomudos, el código del genoma, el último descubrimiento de Internet, o las aventuras del Kon Tiki, a priori todo puede interesarla.

Pero la acción bruta o las largas conversaciones sociales la aburren. Quiere ser testigo privilegiada de su tiempo, es una escribana.

Emilio, el subdirector del banco

Para Emilio, todo parece poder traducirse a números y sus relaciones con la gente resumirse a quien gana y quien pierde. Es sensible a su propio interés y estima a los demás en función de lo que poseen o del poder que ostentan.

No entiende cómo es posible que su hermana no tenga un matrimonio feliz cuando su marido tiene un Mercedes, un chalet, una villa en la costa, una empresa que funciona tan bien, etc.

Está orgulloso de su grabadora de DVD y de su tele extraplana. Tiene el último modelo de teléfono móvil, el que usa para recibir las informaciones bursátiles cada día a las 9.

Ya habréis entendido que para Emilio, los aspectos materiales, las cosas (C), constituyen el enfoque primordial y los aspectos emocionales pasan a todo un segundo plano. Emilio es un Mercader.

Guerreros, Pastores, Escribanos y Mercaderes constituyen cuatro grupos principales determinados en función de su selección primaria, cuando se muestra muy marcada. Cuando resulta posible clasificar a una persona en uno de estos grupos, se puede atribuir las características propias del grupo.

Si queréis seducir a un novio guerrero, no le llevéis a ver "La boda de mi mejor amigo" (prefiere Mad Max), no invitéis a un amigo pastor a una sesión de Blade (mejor Chocolate), puede que un escribano se aburra con "Memorias de Africa" (pero apreciará JFK) y no es necesario que contéis con un padre mercader para acompañar a la familia a ver Peter Pan (mejor dejarlo en casa con el último libro de Bill Gates).

 

FRUSTRACIÓN LABORAL

Por Michel Henric-Coll


Es cada vez más frecuente encontrar mandos y directivos preocupados por los temas de motivación del personal, pero es menor el interés manifestado por el lado oscuro de la fuerza, es decir: la frustración laboral. Sin embargo, muchos de los problemas, o de las limitaciones del desarrollo, no proceden de la carencia de motivadores sino de la presencia de frustraciones no resueltas, y hacen de una política de motivación algo tan inútil como un ungüento en una pierna de palo.

En términos generales, la frustración es un estado de tensión emocional que aparece cuando un obstáculo impide a una persona que alcance un objetivo. De forma más coloquial, aparece cuando algo molesto se interpone en nuestros deseos y los hace irrealizables.

Como las personas tenemos muchos deseos, tenemos muchas oportunidades de frustración. No obstante, si el obstáculo parece fácil de rodear, no aparece la frustración porque no imposibilita el objetivo, o el deseo. La frustración se asocia por tanto al sentimiento de impotencia que acompaña los acontecimientos incontrolables.

El matiz es importante, porque nos muestra que la frustración no sólo depende de lo que nos ocurre, sino también de nuestra percepción y de nuestra actitud. Eso explica porqué hay personas con poca resistencia a la frustración, y otras con mucha.

La frustración de Cristina

Cristina ocupa el puesto de contable en un departamento de nueve personas. Aunque tras su licenciatura en Empresariales entrara en el departamento de Administración, siempre ha tenido la fibra comercial. De la tienda de su padre, dónde atendía con frecuencia desde muy joven, y de su madre Agente Comercial, aprendió mucho sobre las negociaciones y el trato con clientes.

Cuando ingresó en la empresa hace cinco años, comentó que más adelante quería pasar al departamento comercial y lo venía repitiendo en cada evaluación anual, muy satisfactoria por cierta. Siempre le contestaban que habría que esperar la oportunidad. Esta nació cuando se jubiló uno de los vendedores, y se publicó la oferta en el tablón de anuncios de la empresa.

Ilusionada, Cristina presentó su candidatura, con un informe muy favorable de su jefe directo. Una asesoría independiente realizó un proceso de análisis que mostró que Cristina presentaba todas las aptitudes para el puesto, además de una fuerte motivación.

Sin embargo fue descartada, en beneficio de un candidato externo. El Director Comercial había decretado que una mujer casada no podría tener la misma disponibilidad horaria y entrega que un hombre y le negó el puesto.

Al poco tiempo Cristina cogió la baja por depresión y a los dos meses de su vuelta, dimitió de la empresa que perdió una buena contable y una vendedora prometedora.

Cristina había entrado en una frustración por barrera, reforzada por un sentimiento insalvable de injusticia.

 

 

 

 

 

 

 


La frustración de Eduardo

Edu trabajaba en una tienda de moda de alta gama, perteneciendo a una cadena internacional. Entró a los dieciocho años como mozo de almacén, estudió por su cuenta fuera de horas de trabajo y tras pasar por distintos puestos, había accedido al puesto de responsable adjunto de la tienda.

Sus cualidades habían llamado la atención de los directivos a nivel nacional, y le proponían una carrera seductora: un año más en la tienda de Valencia y se convertirían en uno de los directores de establecimiento más jóvenes que tuviera la cadena. Y cómo tendría entonces veintiocho años, podría esperar un desarrollo aun más prometedor. Pero tendría que ir a Madrid, a la capital.

Edu tenía novia, con la que iba a casarse precisamente dentro de un año, ya estaban pagando todos los meses un piso en construcción. Ella trabajaba como pasante en un gabinete de abogados que la contrataría al final del año.

Ir a Madrid rompía todos los planes. Elena tendría que empezar de nuevo, deberían renunciar al piso y a la vida que habían diseñado. Todo eran dolores de cabeza y Eduardo no consideraba que empezar con problemas fuera la mejor manera de empezar un matrimonio.

Sin embargo, la oportunidad que le ofrecía la empresa era magnífica, el objetivo por el que había estado luchando durante casi diez años. Edu se veía entrampado en una ratonera sin salida, ir a la capital era sacrificar su matrimonio y no ir sacrificar su carrera.

Intentó hablar con los directivos y exponer su problema, pero aquellos le comentaron que querían personas con capacidad de decisión y así, se la trasladaron.

Progresivamente Eduardo perdió su ímpetu, empezó a mostrar nerviosismo. Cuando los Jefes le comunicaron que retiraban la oferta de ascenso, se sintió aliviado, aunque comprendía que acababa de perder un tren, y fue porque el motivo de su frustración radicaba en la incompatibilidad de objetivos opuestos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La frustración de Juanjo

Juan José es un saxofonista de talento. Estudia en el conservatorio y dentro de dos años no se descarta que pueda conseguir un primer premio. Ha participado en varios certámenes en los que siempre ha destacado, como lo muestran las recompensas que le han sido otorgadas.

Para costear sus estudios y el piso que comparte en la ciudad (Los padres de Juanjo son agricultores en un pueblo de las comarcas interiores), trabaja los fines de semana y días festivos en una empresa de turismo. Esta empresa necesita reforzar su plantilla y quiere contratar a Juanjo a tiempo completo, lo que no le conviene a él.

En efecto, si trabajara con dedicación completa, no podría seguir con sus estudios en el Conservatorio. Sin embargo, la empresa no parece dispuesta a aceptar un no por respuesta: Juanjo está perfectamente formado y conoce el trabajo, sería operativo sin demora y siempre ha manifestado una actitud muy positiva hacia el trabajo y los clientes.

Si Juanjo se niega a aceptar el puesto, teme que la empresa lo despida como medida de represión, por lo que perdería sus ingresos, un trabajo agradable, y se complicaría seriamente la posibilidad de quedarse en la Ciudad para seguir estudiando.

Lo que quiere es que todo siga igual, sin ningún cambio. Ninguna de las alternativas, trabajar a tiempo completo o tener que buscar otro empleo, le resulta satisfactoria, ambas traen problemas.

Esta situación le produce ansiedad. Esta semana se le ve como ausente, ha perdido iniciativas y entusiasmo y como siga la situación, es probable que caerá en la desatención o el abandono.

La frustración de Juanjo es de tipo evitación-evitación.

 

 

 

 

 

 

 


La ilusión asumida

Hay otro motivo de frustraciones, muy frecuente en las empresas, y tanto más perniciosa que muchas veces insospechado. Son los incumplimientos de promesas y en particular aquellas situaciones ambiguas y abstractas que, por falta de concreción, la persona asume como una promesa formal: las ilusiones asumidas.

Cuando Berta entró como secretaria en Muebles Tartufo, el jefe le ofrecía un sueldo inferior a sus expectativas, pero acordaron que al cabo de un año, sería objeto de una revisión “que la dejaría muy satisfecha”. Al año y medio, como el aumento no venía, Berta recordó su promesa al jefe que le subió el sueldo en un ocho por ciento. Berta consideró que era poco más que la subida del coste de la vida y se sintió engañada y decepcionada.

A Emilio, cuando entró en el departamento de mantenimiento, se le prometió una promoción si cumplía los objetivos de calidad y satisfacción del cliente interno, lo que consiguió con holgura. Pero la única promoción que recibió fue un adorno más en la solapa de su mono de trabajo: pasó a ser Agente de Mantenimiento de Primera. Puede que fuera un distintivo importante, y puede que fuera la idea del jefe desde un principio, pero desde luego no es lo que había imaginado Emilio que experimentó una frustración de la que su trabajo y su moral se resintieron.

Cada vez que agitamos ante los ojos de alguien la posibilidad de una mejora, promoción, aumento de sueldo, o cualquier otro tipo de recompensa, despertamos en el otro una expectativa que crece con el tiempo y con los esfuerzos de la persona para conseguirla. Esta ilusión sobre las posibilidades futuras no concretadas, termina transformándose para la persona, y con toda la convicción del mundo, en una auténtica promesa. De tal forma que cualquiera que sea lo que consigue al final, es probable que será menos de lo que había imaginado y despertará una frustración.

Los responsable deberían hacer el esfuerzo de concretar todas sus “promesas” y no dejar libre paso a las interpretaciones. De no ser así, están sembrando la semilla de la desilusión, abandono o rencor, aun cuando tanto su intención como la creencia del empleado fueran igual de sinceras.


Este mes excepcionalmente monopolizo el Boletín. Siento mucho esta nueva forma de Squatting que se debe a una situación coyuntural. A partir del próximo número volveréis a leer la prosa de José Enrique, de Raymond, y otros colaboradores. Un cordial saludo, Michel.


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