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Número
9 |

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Noviembre
2001 |
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¿Por qué viven las
empresas? |
Las empresas no
crecen y se desarrollan porque algunos invirtieron capital en ellas. Tampoco
porque tienen buenos socios, de alta cuna, que presidieron a su nacimiento. Ni
por tener una organización y procedimientos elaborados, o sistemas de producción
modernos. Ni siquiera se debe a que los clientes compran sus productos, porque
no seguirían entregándoles su confianza si no fuera por la dedicación de todos
los empleados en satisfacerles.
Las empresas crecen y se desarrollan
porque hay personas que viven, sueñan y luchan por ellas.
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Adiós,
Señor Taylor
Taylor
fue el gurú empresarial de Henri Ford y marcó toda una época y la verdad es que
sus recetas del alba del siglo XX surtieron efecto, pero ¿podemos seguir siendo
tayloristas hoy en día? ¿Sigue teniendo cabida el modelo de trabajadores
autómatas en nuestra sociedad actual?
·
De
verdad ¿soy inteligente?
Blaise
Pascal afirmaba que el corazón tiene sus razones que desconoce la razón, y que
conocemos la verdad no sólo por la razón, sino por el corazón. Y la
inteligencia, ¿dónde radica? en el pensamiento o en el sentimiento. Hasta hace
poco, inteligencia y emociones parecían más reñidos que el Sol con la Luna.
Hasta hace poco.
·
Echame
un ancla (PNL 8)
Siempre
se ha repetido que las paredes, algunas, tienen oídos, pero la PNL nos enseña
que también hablan, y nos cuentan las emociones que hemos grabado en ellas. Y
con la técnica apropiada, podemos anclar estados de recursos que nos permitan
triunfar de los miedos que nos cohíben.
·
Cóctel
sinergético
Sinergia
suena a término culto, reservado para las grandes causas y las grandes ideas.
Pero Patricia ha descubierto sinergia en las cosas más cotidianas y este
concepto, tan fundamental cuando hablamos de cohesión de equipos humanos, le ha
aparecido con toda el poderío que confiere la simplicidad.
A mediados del siglo pasado, el XX ya,
después de las turbulencias económicas provocadas por las guerras, la principal
preocupación de las empresas era producir más para atender una demanda dispuesta
a absorberlo todo.
Cuando se saturaron las demandas
principales y los empresarios descubrieron los stocks, crearon al vendedor,
activo y agresivo, capaz de vaciar las naves en tres vueltas de
lengua.
Al tiempo, el consumidor descubrió el
poder que le otorgaba su derecho a elegir entre una plétora de ofertas
competitivas y los especialistas en marketing (la ciencia de los intercambios
satisfactorios con el mercado), dominaron en las
organizaciones.
Los financieros también tuvieron su época
dorada, porque financiar el crecimiento y gestionar los beneficios es cosa de
especialistas y algunos sacaban más dinero de la gestión del dinero que de las
propias ventas.
Hoy, la mayoría de las empresas controlan
con similar eficacia la producción, las finanzas y el
comercial.
¿Dónde entonces
radica la ventaja competitiva?
En la concepción taylorista, el trabajador
era una suerte de robot, cuya satisfacción no se cuestionaba y cuya entrega al
trabajo era tanto mayor como era fácil de sustituir. Taylor separó las personas
en dos grupos: los que piensan y los que ejecutan. Los primeros eran
importantes, los segundos intercambiables.
Hoy, el trabajador es un ciudadano con
ingresos multiplicados, un nivel de educación muy superior, una información
transparentada por los medios de comunicación, un nivel de protección laboral y
social sin precedente y una desarrollada actitud crítica frente a su
entorno.
Si como ciudadano el hombre de hoy se hace
más responsable, autónomo y exigente, pretende lo mismo en su entorno laboral.
Sin embargo en muchos casos, las empresas no han sabido responder a este afán de
responsabilidad, autonomía y decisión, sino por un mecanismo de autodefensa
enfocado a impedir la emergencia de los nuevos valores, tapando la olla de
presión con la ingenua esperanza de así apagar el fuego.
Por tanto, en lugar de aceptar la
evolución y la integración de los nuevos valores, la empresa los ha negado, lo
que no ha conseguido sino acentuar las tensiones.
El trabajador de hoy ya no sólo pretende
ganarse la vida; también pretende conseguir satisfacciones sociales y afectivas
personales así como desarrollar su personalidad.
Se puede, en gran medida, obligar a un
trabajador a estar presente en su lugar de trabajo, pero no a ser productivo, ni
a ser eficaz. No se le puede obligar a estar interesado en lo que hace, ni en
hacerlo bien. Sin embargo, de la calidad del trabajo del personal depende la
calidad de producción y de servicio de una empresa. Y es de su capacidad de
satisfacer a sus clientes que dependen sus ingresos, presentes y
futuros.
La fuente de la ventaja competitiva de las
empresas de hoy, y que decir de mañana, radica en la competitividad de su
personal. En el valor añadido de su equipo humano descansa el valor añadido de
las empresas.
Debido al efecto de sinergia, un equipo es
más que la suma de los individuos, lo que expresamos a veces por 2+2=5. Pero un
equipo no nace de un decretazo, se construye.
Los equipos de trabajo pueden aportar
mucho a las empresas, y exigen relativamente poco a cambio, pero lo necesitan de
forma imprescindible, como por ejemplo la consideración personal. Si quieres
recibir confianza, podríamos decir al jefe, empieza por darla, una y otra vez.
Considera a los trabajadores como personas, no como matrículas en la lista de
nóminas. Comprende que empresa y trabajadores son mutuamente dependiente, como
los miembros y el estómago de la fábula contada por Cícero. Y antes de quejarte
de lo que recibes, fíjate en lo que estás dando.
Cuando yo era pequeño, vamos cuando iba al
cole, comenzaron a evaluarnos el nivel de Coeficiente Intelectual, el tan
conocido C.I. Entre los compañeros siempre existían pequeños comentarios como
por ejemplo, quien era el empollón, quien era el más tonto, etc. Creo que estos
comentarios eran únicamente para ver quien era el más ingenioso en hacer alguna
gamberrada. En fin, cosas de chiquillos. Sin embargo nos decían, que eso del
C.I. también afectaría a nuestro futuro porqué en función de él, tendríamos unas
expectativas u otras. Así, los que tenían un alto C.I. podrían llegar a ser
astronautas.
La verdad es que mi coeficiente era
normalito, es decir, según mi profesor, para ser bombero.
¿Qué pensaría mi profesor si se le hubiera
quemado la casa, y los bomberos con ese C.I. normalito le hubieran salvado su
preciosa casita?. Bueno, esto no viene a cuento en estos momentos. Pero algún
día se lo preguntaré.
El caso es que todo se basaba en el
maldito Coeficiente Intelectual. Parecía como si llevaras una etiqueta detrás
que dijera; “soy el empollón”, “soy el más burro de la clase”, “soy ....”.
Pero ahora me pregunto en multitud de
ocasiones; ¿Cuánta I.E. poseía que no evaluaron mis queridos profesores?. ¡Hay
perdón!, se me olvidaba ¿Cuánta Inteligencia Emocional poseía o al menos podían
haber fomentado?.
Pues la misma pregunta me hago ahora sobre
los empleados de múltiples empresas. ¿Pueden sus superiores inmediatos llegar a
reconocer cuál es el potencial de inteligencia emocional que tienen sus
empleados.? ¿Saben los propios directivos cuál es el potencial que pueden llegar
a desarrollar?.
Personalmente considero que la
inteligencia emocional puede ser tomada como un factor muy importante a la hora
de determinar el éxito. Las emociones descontroladas pueden convertir en
estúpida a la gente más inteligente. Del mismo modo, poseer y aprender a
fomentar el control emocional puede ayudarnos a desarrollar nuestra propia
inteligencia, facilitándonos así el camino hacia el triunfo
profesional.
Al contrario que el C.I., la I.E.
constituye un proceso de aprendizaje mucho más lento, que prosigue durante toda
la vida y nos permite ir aprendiendo de nuestras
experiencias.
Actualmente se subraya la importancia del
C.I. pero, por sí solo, difícilmente puede dar cuenta del éxito o del fracaso en
la vida: ”La investigación ha demostrado que
la correlación existente entre el C.I. y el nivel de eficacia que muestran las
personas en el desempeño de su profesión no supera el 25%, aunque un análisis
más detallado revela que esa correlación no suele superar el 10% y a veces es incluso inferior al
4%.
Esto significa que, en
el mejor de los casos, el C.I. deja sin explicar el 75% del éxito laboral y, en
el peor, el 96% o, dicho de otro modo, que el C.I. no nos permite determinar de
antemano quién triunfará y quién fracasará” (Daniel Goleman,
1998).
Por ello deberíamos replantearnos cuando
alguien nos dice que tal persona es “inteligente”, a qué tipo de inteligencia se
está refiriendo, porque no es el C.I. el que determina a los trabajadores con
mayor potencial.
Las competencias emocionales implican
cierto grado de dominio de los sentimientos, y combinan el pensamiento y la
emoción. Esto se logra conociéndonos a nosotros mismos, y para eso debemos saber
cuáles son nuestras capacidades y limitaciones, asumir los fracasos y aceptar
las críticas, relacionarnos empáticamente con los demás, satisfacer sus
necesidades, aceptar las diferencias e integrarnos activamente en el
grupo.
En un mercado laboral cada vez más duro y
competitivo, no es suficiente el tener una buena preparación académica, ni
siquiera el tener una amplia experiencia laboral. Si aprendiésemos a mantener
bajo control las emociones e impulsos conflictivos; a ser íntegros y
responsables; a permanecer abiertos a las ideas y enfoques nuevos, y adaptarnos
rápidamente a los cambios, tendríamos una mayor autorregulación que nos
permitiría afrontar con más serenidad las situaciones estresantes y ser más
productivos.
Antes de pretender ser un trabajador ideal,
tal vez debamos intentar mejorar la propia persona y marcar la diferencia está
al alcance de nuestra mano, sólo es cuestión de autoentrenamiento.
Si conseguimos desarrollar nuestro potencial
e incrementar nuestra Inteligencia Emocional, nos convertiremos en personas más
válidas y eficientes tanto en el trabajo como en nuestra vida personal. Si
sabemos autocontrolarnos, también seremos capaces de controlar el ambiente que
nos rodea consiguiendo así, que las situaciones ansiógenas de la vida diaria
puedan pasar más desapercibidas.
En los próximos boletines, daremos
estrategias de autoconocimiento y desarrollo de la Inteligencia Emocional.
Espero que sean prácticos y útiles.
Cuando ves
esta foto u oyes aquella canción del verano pasado, ¿no afluyen a tu mente una
serie de recuerdos: la playa, el sol, la discoteca, los amigos -o lo que tocaba
en tus últimas vacaciones- ? ¿No sientes una oleada de emociones, y no ilumina
tu cara una dulce sonrisa? Pues acabas de activar un anclaje.
Un anclaje es
una asociación entre un estímulo y una respuesta. El estímulo puede proceder de
cualquier canal perceptivo: Visual, Auditivo, Kinésico u Olfativo. Por tanto
puede ser la visión de una foto, el encuentro con un viejo amigo, una música,
una mano en el hombro o el olor de la lavanda. Y la respuesta puede ser una
estado emocional o un comportamiento.
Hay anclas
positivas, que provocan estados emocionales agradables, refuerzan nuestra
confianza, nos producen alegría o felicidad. Y hay anclas negativas que producen
lo contrario.
Las
paredes hablan
En una
oportunidad, estaba dando la segunda sesión de formación a un grupo de catorce
vendedores de una misma empresa, y les notaba tensos, prudentes y poco
participativos, diferentes del clima que habíamos conseguido en la sesión
anterior. La sala de formación, agradablemente acondicionada, estaba ocupada por
otro departamento y nos habían alojado en la sala de reunión de los comerciales.
Esto parecía lógico a la Dirección, teniendo en cuenta que esta sala era
precisamente la de los vendedores. Pero algo no funcionaba.
Cuando un
formador percibe que el grupo no funciona, es aconsejable que pase a la
metacomunicación y haga reflexionar el grupo sobre su propia situación, lo que
hicimos. A la cuestión: "¿Qué os recuerda esta sala?", contestaron primero con
onomatopeyas: "Uff, ¡Ay!, Oh la la", y aclararon a continuación que ese era el
lugar donde el Jefe de Ventas acostumbraba a echarles broncas o a dejar en mal
lugar al vendedor con menores ventas del mes.
Se había
establecido un anclaje negativo entre los vendedores y la sala, dónde todo les
traía malos recuerdos.
Durante el
descanso conseguimos recuperar la sala de formación que se había desocupado y
volvimos a encontrar el clima de distensión y participación de la sesión
anterior.
Nuestros
estados de recursos
Todos
conocemos situaciones en las que nos sentimos orgullosos y llenos de energía,
situaciones en las que nos sentimos capaces de superar cualquier reto, como un
alpinista que culmina el K2. Puede ser después de un partido de volley ball que
hemos ganado contra un rudo adversario; en la entrega de premios por nuestro
notable trabajo en el Gran Salón de Actos; o cuando conseguimos bajar en rappel
en el Outdoor de cohesión de equipo.
Pues estos
estados particulares y gratificantes son susceptibles de ser anclados, de tal
forma que cuando activemos el ancla, volveremos a experimentar un estado
emocional parecido al momento del anclaje, lleno de confianza y de
energía.
Existe una
relación directa entre los estados anímicos y los resultados que conseguimos.
Cuando nos sentimos entusiastas y confiados en el éxito, las cosas nos
salen mejor. Por el contrario, si nos sentimos decaídos, dudosos e inseguros,
las cosas suelen salirnos mal.
Nuestros comportamientos son el reflejo de
nuestros pensamientos conscientes. Si estamos convencidos de que vamos a
suspender el examen del carné de conducir, hay una mayor probabilidad de que
efectivamente, no aprobemos. Y nuestros pensamientos conscientes proceden, a su
vez, de nuestras emociones más o menos inconscientes como los miedos, las dudas,
la desconfianza, el decaimiento.
La PNL posee
los medios de inducir en nosotros mismos los estados de recursos deseados. Aplicando
sus métodos, podemos pasar de un estado negativo a otro positivo. Pero lo
importante es que a su vez, pasamos de hacer mal las cosas a hacerlas
bien. Se trata de activar en el momento adecuado nuestros anclajes
positivos. Como tomar una copa con este divertido compañero del equipo de Volley
Ball, escuchar el himno de We Are The
Champions que tocaban en la entrega de premios o volver a mirar la
foto de nuestra bajada en rappel.
La PNL presenta técnicas formales para
anclar emociones positivas o desanclar miedos y emociones negativos, aunque os
remito para su completa descripción a la literatura
especializada.
Así, resulta
posible anclar estados anímicos positivos (desgraciadamente también negativos y
sin querer) y activar los anclajes a posteriori. Los aplausos que recibimos son
anclajes emocionales, se anclan cuando los merecemos y se activan aplaudiendo
antes y durante una prueba difícil.
Retomando el
caso de los vendedores anteriormente comentado, los jefes deberían pensar en
reforzar los comportamientos satisfactorios de sus colaboradores, y no solo
destacar los errores e insuficiencias, sino provocarán anclajes negativos y la
sola visión del jefe puede provocar emociones negativas, desestabilizadoras, y
contraproducentes.
Probablemente debido a mi relativa corta
edad y consecuente inexperiencia en muchos aspectos, la palabra sinergia no ha sido precisamente de las
más utilizadas en mi vocabulario. Para ser sincera, tampoco le había prestado
demasiada atención ya que se me antojaba un tecnicismo propio de corrientes
neo-humanistas, que tan de moda están ahora, y cuyo significado poco me podía
aportar salvo un concepto más para
engrosar mi diccionario particular.
Sin embargo, durante mi estancia en la
universidad me vi obligada a estudiar este “extraño concepto” que resultó ser,
para mi sorpresa, un término que además de explicar la eficacia de los equipos
de trabajo que logran trabajar de manera sinérgica, se puede aplicar a muchas
situaciones de la vida diaria.
Mi vida está llena de situaciones
sinérgicas, y yo sin enterarme!!
Haciendo un repaso entre mis recuerdos,
una de las primeras experiencias sinérgicas que me viene a la mente, hace
referencia a un juego que compartía con mis primos durante mi infancia y que
siempre he recordado con cariño.
El juego consistía en formar primeramente
dos grupos con el mismo número de personas. Los componentes de uno de los
equipos debían representar con mímica el nombre de una película, y los del otro
equipo tenían que adivinarla en el menor tiempo posible. Si transcurridos tres
minutos, el que representaba no lograba que los demás la adivinasen quedaba
eliminado y el equipo contrario no se podía adjudicar el punto, por lo que ambos
perdían.
El objetivo del equipo que representaba
era que los otros adivinasen la película, pero en el mayor tiempo posible
(porque el tiempo también contaba), mientras que el objetivo del equipo
contrario era adivinar las película cuanto antes.
Me parecía sorprendente las estrategias
que llegábamos a montar para la representación, y lo que más me sorprendía era
la cantidad de ideas que se aportaban que a mi nunca se me habrían pasado por la
cabeza, ya fuese para diseñar la estrategia, como para adivinar el significado
de las representaciones del grupo contrario.
Todos nos implicábamos muchísimo en el
juego y la victoria del grupo la sentía como propia, del mismo modo la derrota
me sentaba fatal, tenía la sensación de haberle fallado al equipo y a mi
misma.
La sinergia era capaz de producir un
resultado que nunca se hubiese podido lograr sin la ayuda de dos o más cerebros
reunidos con espíritu de cooperación y respeto, comunicándose y dejando fluir la
intuición.
Gracias a la sinergia, el todo es mayor
que la suma de las partes, y la aritmética tradicional queda modificada (1+1=3). Viene a ser
como sumar multiplicando, algo que sucede cuando todas las energías unidas se
dirigen a un mismo blanco.
Por estos entonces, yo ni siquiera había
oído hablar de la sinergia, sin embargo era capaz de experimentar la sensación
de seguridad, entusiasmo y aventura que producía el comunicarse sinergicamente
con los demás, dejando volar la imaginación, la creatividad y abriendo las
expresiones a nuevas alternativas, nuevas experiencias, nuevas opciones.
Respetando y aceptando a los demás, al tiempo que te sientes tu mismo
respetado.
La sinergia forma parte de la vida, el
propio universo está formado sinérgicamente y por tanto podemos ver sus acciones
en muchas situaciones distintas.
Aún recuerdo los efectos de aquel cóctel
con un montón de bebidas alcohólicas diferentes que mis amigos prepararon para
celebrar mi 16 cumpleaños.
No bebí demasiado porque, la verdad,
aquello era insufrible. Sin embargo, al día siguiente casi no me podía mover,
sentía que la cabeza me iba a estallar de un momento a otro y no me recuperé
completamente de aquella impresionante resaca hasta tres días
después.
Ni por un momento se me pasó por la cabeza
que la explicación a mis males la podía encontrar en la sinergia, pues no era
consciente que la acción de una o más substancias tienen efectos diferentes
cuando se juntan, a los que pueden tener individualmente.
Actualmente soy becaria en una empresa que
se dedica a la consultoría de recursos humanos. Diariamente estoy viendo la
importancia de la sinergia en los equipos de trabajo, y cómo mejoran los resultados aquellos en los que se consigue que la
gente esté realmente implicada y sea capaz de sentir entusiasmo y confianza en
el trabajo que realiza, así como en las personas que conforman su
equipo.
La esencia de la sinergia consiste en
valorar las diferencias, respetarlas y compensar las debilidades para construir
a partir de ellas nuevas y mejores alternativas.
Si se consigue que los miembros de un
equipo comprendan esta premisa, los resultados que obtengan serán mucho mejores,
a la vez que las interrelaciones entre los miembros serán más distendidas y
respetuosas, mejorando así el clima laboral.
En conclusión, si se consigue que un
equipo trabaje sinérgicamente, estaremos mejorando no sólo los resultados y las
aportaciones a la empresa, sino también estaremos asegurando bienestar personal
de los miembros, que a su vez reportará mayor implicación por su parte, lo que
permitirá obtener mejores resultados... Se conseguirá pues, establecer un
paradigma de ganar-ganar. Una relación en la que todas las partes implicadas
ganen y tanto empresa como trabajadores estén satisfechos con el trabajo
realizado y los resultados obtenidos de él.
Este es el
camino más fácil para conseguir una mejora constante y progresiva que nos
conduzca hacia el éxito y a la vez nos haga sentirnos bien con nosotros mismo y
con las personas que nos rodean.
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