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Asunto:[ept-venezuela] Medio siglo de paradigmas científicos
Fecha:Miercoles, 7 de Marzo, 2012  07:08:35 (-0430)
Autor:Jorge Emilio Cañizalez Gonzalez <jorgeemiliocg @.....com>

Medio siglo de paradigmas científicos

Juan Nepote.-

 

 

El historiador y filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn en 1973. foto de Internet

A mediados del siglo XX un físico estadunidense recibió una invitación algo exótica: organizar unos cursos de ciencia para alumnos del área de Humanidades de la Universidad de Harvard. Por un reflejo de condescendencia o por un destello de sabiduría, al atribulado profesor se le ocurrió basar sus clases en el análisis de casos emblemáticos en la historia de la ciencia. La experiencia le dejó una marca difícil de borrar. Una huella tan profunda que hubo de modificar esencialmente su manera de ver el mundo; Thomas Samuel Kuhn cambió de profesión y de vida, y eventualmente se mudó hasta la otra orilla de su país, en la Costa Oeste. Esa metamorfosis lo dejó transformado en historiador y filósofo de la ciencia. Fue entonces que lo alcanzó una sugerente invitación para redactar una monografía sobre el desarrollo histórico de la ciencia, que habría de ser incluida en el proyecto International Encyclopedia of United Science. Kuhn despachó más o menos velozmente el encargo, pero siguió dando forma a sus planteamientos básicos hasta convertir aquel texto en todo un libro, que fue publicado justamente hace medio siglo, por la editorial de la Universidad de Chicago bajo el título La estructura de las revoluciones científicas (la primera traducción en nuestro idioma la editó el Fondo de Cultura Económica hacia 1971 en su entrañable colección Breviarios). Una obra con tantos seguidores como detractores –sobre todo en los últimos años–, ambigua y al mismo tiempo revolucionaria, a veces certera, pero siempre provocativa para cualquier lector que se aproxima a ella.

Adiós a la física

Kuhn nació hace 90 años en Cincinnati, Ohio, en los Estados Unidos. Pero creció en Nueva York, en una familia de raíces judías tanto por su madre como por su padre, un ingeniero hidráulico que influyó sensiblemente en la convicción de Thomas Kuhn de que en las ciencias experimentales encontraría su lugar, una profesión, una personalidad. Por ello se empeñó en su formación universitaria: ingresó en la prestigiosa Universidad de Harvard hacia 1940 y nueve años después obtuvo el grado de doctor en física. Ya nunca se alejaría del ambiente universitario, seguro de que era allí donde había que trabajar, pensar, opinar. En el campo de la física teórica, se imaginaba, pero el camino de Kuhn dio una vuelta de tuerca sin que él fuera demasiado consciente de ello, casi a pesar suyo; no se dedicó a hacer ciencia como los investigadores, sino a una actividad que la mayor parte de los investigadores desdeñan, ya sea por ignorancia o por omisión: pensar la ciencia. Su primera infidelidad hacia la física tuvo que ver con la filosofía, cuando todavía era estudiante de licenciatura; la segunda fue su definitorio romance con la historia, varios años después.

La publicación de La estructura de las revoluciones científicas en 1962 transformó radicalmente su vida. Le garantizó un sitio en prácticamente todos los libros que abordan el desarrollo de la ciencia como objeto de estudio, le trajo una fama inmediata y le consiguió un ejército de admiradores, acompañado también de batallones de enemigos. En su célebre obra, Kuhn advirtió la necesidad de incluir la dimensión histórica cuando se busca comprender la ciencia como actividad humana: “si se considera la historia como algo más que un inventario de anécdotas o como una simple cronología, es posible transformar de manera decisiva la imagen que actualmente tenemos de la ciencia”. Para probar sus aseveraciones analizó una serie de ejemplos puntuales: la mecánica desde Aristóteles hasta Galileo Galilei e Isaac Newton o la descripción del comportamiento de los astros a partir de Nicolás Copérnico, por ejemplo, incluyendo en su trabajo una serie de conceptos que él consideraba claves: paradigma, crisis, ciencia normal, revolución científica. Y de paso definió una postura concreta para entender el funcionamiento de la ciencia, la cual entraba en conflicto con los intentos de otros personajes por entender el trabajo científico.

Los paradigmas o  el cristal con el que se mira

Y es que Thomas Kuhn defendió una hipótesis muy particular sobre el desarrollo de la ciencia, que ha tenido un notorio impacto entre los historiadores y filósofos: “La ciencia, o mejor dicho su historia, no son una acumulación de conocimientos a través del tiempo sino cambios de paradigma en el mismo”. Es decir, para Kuhn es posible diferenciar dos ciclos en la evolución del quehacer científico, que se alternan sin fin: la “ciencia normal” y la “revolución”, mediadas por la aparición y el posterior reemplazo de paradigmas. De manera simplificada, para Kuhn el mecanismo de este proceso sería más o menos el siguiente: durante un periodo inicial, las comunidades de investigadores trabajan de manera no sistematizada, sin plan alguno, recolectando datos casi al azar, por lo que surgen distintas escuelas de pensamiento sin que ninguna de ellas establezca referencias teóricas generales. Pero lentamente alguna de ellas adquiere legitimidad colectiva –porque funciona para “todos”– y se transforma entonces en un paradigma, que rápidamente es adoptado por todos los científicos como una idea central en torno a la cual gira la ciencia conocida en ese momento (porque Kuhn reconocía un paradigma como una manera particular de mirar el mundo, una combinación entre las explicaciones y las metodologías de la ciencia, aquel “cristal mediante el cual las cosas adquieren su significado”). Luego de que la comunidad de científicos admite un paradigma, vendría esa época llamada “ciencia normal” en la que los investigadores hacen ajustes, resuelven problemas pequeños, pero el conocimiento no progresa esencialmente. No habría grandes cambios hasta la llegada de una “revolución”, cuando un paradigma deja de ser útil, deja de funcionar” y por lo tanto es necesario establecer uno nuevo.

Ahí está Copérnico como evidencia: durante un larguísimo periodo se aceptó que la Tierra era el centro del Universo. Ese era el paradigma, el conocimiento aceptado por la ciencia, aunque hubiera algunos pocos personajes que estuvieran en franco desacuerdo. En el siglo XVI Nicolás Copérnico pulverizó aquella vieja idea porque pensaba diferente. Basado en un trabajo minucioso de 25 años reunió las pruebas suficientes para crear un modelo de interpretación del Universo que colocó a la Tierra en su centro. Eso significó una auténtica revolución (aunque demoró bastante tiempo en triunfar) y también un cambio de paradigma. Una nueva manera de interpretar el mundo allá afuera, que posteriormente siguió cambiando con la aparición de nuevos paradigmas.

50 años después

A Kuhn se le reconoce como uno de los primeros defensores de una concepción relativista de la ciencia, porque otorga un peso sustancial a su condición como actividad social y humana cuyo devenir está determinado por un conjunto de relaciones personales (talentos, intuiciones, creencias e intereses, etcétera) de los investigadores y de aspectos contextuales (economía, sociología, psicología, política, etcétera) de la época específica en que se construye el conocimiento científico. Esto es, nuestra ciencia contemporánea –la estructura de doble hélice de la molécula de ADN, el modelo estándar de la materia, los agujeros negros, la teoría de la evolución, los virus o la tectónica de placas, apenas muestras de un vastísimo universo– no se trata de un bloque de ideas inamovibles y para siempre, sino de una flexible red de ideas en constante cambio y sujeta a muchos factores históricos. Desde luego, Kuhn recibió múltiples críticas, entremezcladas con las copiosas y también variadas muestras de simpatía que despertó su obra. Y sin embargo, 50 años después de su original aparición, La estructura de las revoluciones científicas continúa siendo vigente. Cuando menos porque representa una amable invitación a reducir distancias entre la ciencia y nosotros, a aproximarnos, a perder la cautela y dejarnos perder, dejarnos encontrar, en los vericuetos de la historia de la física, de la química, de la astronomía, de las matemáticas. Una invitación a pasear la mirada y pasar las hojas para persuadirnos, otra vez, de que la ciencia es demasiado importante como para dejarla exclusivamente en las manos y las mentes de los  científicos.



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Profesor Jorge Cañizalez





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