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Asunto:[ept-venezuela] Escolaridad truncada - Un reportaje de Mireya Tabuas
Fecha:Domingo, 4 de Julio, 2010  15:55:22 (-0430)
Autor:EPT-Venezuela <ept.venezuela @.....com>

Escolaridad truncada

MIREYA TABUAS
mtabuas@el-nacional.com

Del total de alumnos que comenzó primer grado en 1998, 53% no se graduó de bachiller 11 años después, por las múltiples fallas de un sistema educativo incapaz de retener en las aulas a niños y adolescentes

Exhiben sus camisas rayadas como si fueran pizarrones ambulantes, paredes llenas de grafitis. En las chemises blancas, azules y beiges queda el testimonio de sus complicidades durante todo un año. Es la ocasión para escribirle en tinta azul al compañero "eres mi pana hasta la muerte"; para revelarle al que se sentaba en el pupitre de al lado "hiciste que este año fuera el más fino"; para liberar, con la ayuda de un marcador rojo, un hasta ese momento secreto "me gustas". Un instante que se guardará como un tesoro de tela en el fondo del clóset.

Se termina el año escolar 2009-2010 y por las calles se ven los estudiantes ostentando esas franelas de final feliz y despidiéndose del Cien años de soledad que nunca se terminó de leer, del teacher que repitió hasta el cansancio el presente del verbo to be, de la tabla periódica de los elementos, del corazón de vaca abierto con bisturí en el laboratorio.

Pero ni Yonli, ni Marcelo, ni Fabricio, ni Camilo, ni Rafael (nombres ficticios) tienen sus camisas autografiadas. Los cinco dijeron adiós a la raíz cuadrada, a la Batalla de Carabobo, al sujeto y predicado.

Los cinco abandonaron, por razones distintas y en diferentes niveles, las aulas de clase entre 2009 y 2010.

Anciano precoz.

La Vega. Martes. 3:00 pm. "Aquí no va a conseguir a nadie, están todos durmiendo", dice Yonli, que no se llama así pero tiene un nombre con Y. Cuando se refiere a "nadie" habla de los otros muchachos del barrio de su edad y que, como él, dejaron de estudiar. Son un montón, asegura.

No sabe por qué le pusieron en 1992 el nombre que tiene y tampoco puede explicar por qué renunció a los estudios el año pasado, cuando estaba en el segundo lapso de noveno grado.

Dice que estaba viviendo en Santa Teresa del Tuy, que estudiaba en un liceo público allá y que estaba seguro de que le iban a quedar algunas materias como Matemática y Física. Qué broma con Física, aprenderse esas fórmulas, que si la aceleración, el tiempo, la distancia.

Ya había pasado por la experiencia de repetir. Cursó octavo grado dos veces, por culpa de Matemática y Artística, que se le hicieron cuesta arriba. Pero no fueron las malas notas las que lo sacaron del liceo. Asegura que su papá se enfermó grave ­"una gastritis, algo así", recuerda­ y se vino para Caracas. No regresó ni a buscar su boleta. Su hermano menor, de 15 años de edad, sí siguió estudiando allí y todos los días sale a las 4:00 am de La Vega rumbo a los Valles del Tuy.

Yonli tampoco se inscribió en un liceo más cercano porque no consiguió cupo (explicación número 1) y porque no estaban sus papeles listos (explicación número 2). Decidió hacer un curso de electricidad en el Inces y quiere ponerse a trabajar, como su hermano mayor que también abandonó las aulas en noveno grado.

A este último, dice, lo alejaron del liceo la junta, la rumba y el vacilón.

¿Terminar el bachillerato? Sí, Yonli quiere. Pero no en Misión Ribas "porque es para viejos", sino en un parasistema. Muchas veces le dan ganas de seguir estudiando. "Pero ya no tengo 15", expresa, como si los 17 años de edad lo condenaran a un ancianato.

Para la calle.

Guaicaipuro.

Miércoles. 4:30 pm. Marcelo tiene 12 años de edad pero puede decir que tiene 9. Ni bigotito emergente ni asomo de vello en las piernas. Vive en Cotiza con sus abuelos y sus tíos. Su mamá habita en otra casa del mismo barrio, tiene otra familia. A su papá hace tiempo que no lo ve. Estaba estudiando cuarto grado en una escuela pública de la zona. Se portaba mal, le lanzaba cosas a los que estaban adelante. Cuenta que un día lo mandaron para la dirección porque tocó el timbre de salida antes de la hora. Su tío firmó una citación. Después decidió faltar y no volvió a usar uniforme.

"No me gustó estudiar más", alega, como el que tiene edad para gobernarse. "Me quería ir por la calle, ni fui a buscar la boleta del último lapso, me quedé por ahí, manejando bicicleta con otros amigos del colegio que también se salieron". ¿Y sus abuelos? Lo regañaron, claro, pero él se negó a volver.

Marcelo revela que no se lleva tan bien con la escuela.

Repitió tercer grado porque no entendía, porque faltaba, porque no copiaba bien sus respuestas en los exámenes.

Su hermano, de 13 años de edad, abandonó la escuela antes que él y se puso a trabajar en un autolavado.

Un tío lo llevó a la Casa Don Bosco que está la avenida Andrés Bello, donde hay un aula para niños desescolarizados. Ahora se pone al día con otros 9 muchachos. Poco a poco. A Marcelo le gusta porque la profesora siempre es la misma. Dice que en la escuela donde estaba le ponían muchas suplentes porque la maestra faltaba mucho. Quisiera volver a clases, pero a una escuela con música.

Le gusta la música.

El para qué. Petare. Jueves. 11:00 am.

Con su espada da muerte a un monstruo gris de 14 metros de altura. Con sus superpoderes salta montañas rocosas, escala castillos y fortificaciones.

Hasta hace poco, Rafael estaba cursando séptimo grado en un liceo de Petare. Pero ahora mata titanes.

Estudiaba en un liceo tranquilo, no había líos, además él es de los que no se meten con nadie. No le iba bien con la boleta, en el primer lapso raspó varias materias, casi todas. No era que no entendía, dice, sino que no quería hacer los trabajos. No era que no entendía, insiste, sino que le aburría. Ya una vez repitió, fue en cuarto grado, porque le costó un mundo. Ni de bromita quería vivir otra vez esa experiencia.

Expresa que le fastidiaba escribir esas cosas que le mandaban, que para qué. No quería estudiar más y empezó a faltar y a faltar hasta que dejó de ir. Y se lo dijo a su papá, con quien vive porque su mamá se fue para Colombia con su hermano mayor. Lo primero que hizo fue amenazarlo con mandarlo a un internado, lo que no cumplió.

"Es difícil ­reflexiona el papá de Rafael­ cuando un hijo te dice que no quiere estudiar porque no puedes obligarlo.

Sabes, por experiencia propia, que el que no quiere aprender no aprende". Hizo lo que otros progenitores, lo puso a escoger: "O estudias o trabajas".

Entonces, Rafael se puso a trabajar en albañilería con un tío.

Pegaba bloques y cerámica durante todo el día, pero ya dejó de hacerlo. Ahora acompaña a su papá, que tiene un carro y es escolta de camión, un oficio nacido de la inseguridad en las carreteras. Afirma que le gusta acompañarlo para no quedarse solo, para hacer algo.

Cuando no está con su papá es fácil encontrarlo: pelea con cíclopes y gigantes en el juego virtual dentro del cual se sumerge en el cibercafé.

Mala conducta. Guaicaipuro Miércoles. 5:15 pm. Fabricio tiene 14 años de edad y es alto.

Altísimo y flaco. Flaquísimo.

Estaba estudiando séptimo grado en un liceo de Boleíta, pero se retiró hace dos meses y medio. Se retiró no, él dice que lo expulsaron. Por mal comportamiento, admite. Y se etiqueta: "Soy malaconducta".

No era el único, atribuye su actuación a las malas juntas, al bochinche, pero "cero robo y cero drogas", asegura.

¿Que si se metía con los profesores? Claro. ¿Con los compañeros? No, casi no. ¿Citaron a su mamá? Sí, varias veces.

Y ella le advirtió que si seguía portándose mal lo iban a botar. ¿Que el Gobierno dice que no se puede botar a ningún estudiante? Pues él afirma que lo expulsaron. ¿Que si hizo algo muy grave? Reconoce que sí.

Vio, mal parado sobre un escritorio, un bombillo fluorescente de los largos y decidió lanzarlo en el patio central del liceo. No causó heridos, pero un directivo de la institución vio lo que hizo y eso provocó su salida.

Fabricio acepta que no es de estudiar, ni de hacer tareas.

En el primer lapso raspó todas las materias. Culpa al liceo de su rebeldía, dice que en la escuela primaria no fue así y que sus referencias en la escuela Baute de Petare, donde estudió de primero a sexto, lo demuestran. El liceo, relata, era un desastre: "A veces no venían los profesores, no tenía clases en todo el día, o había días en los que tenía una hora de clase a las 7:00 y la siguiente al mediodía". Expresa que ese tiempo libre lo dañó, lo metió en rollos, "demasiado tiempo sin hacer nada". Criticaba a los profesores. No de la mejor manera, revela. Recuerda que una profesora los llamó ignorantes y enfermos. Él le reclamó: "Fui tan grosero como ella".

Al salir, trabajó unas pocas semanas en un puesto de alquiler de teléfonos, pero se cansó. Ahora pasa el día en la Casa Don Bosco de la avenida Andrés Bello, en un aula alternativa donde repasa contenidos académicos con niños de varias edades.

Fabricio quiere seguir estudiando. Va a pedir cupo en el liceo experimental de la avenida Rómulo Gallegos, porque al menos hay canchas y dan computación, cosas que no tenía en el liceo anterior. Es bueno seguir estudiando, dice.

"Mi mamá no ha perdido las esperanzas, yo tampoco".

La violencia. Petare. Jueves. 10:00 am. "Aquí no va a conseguir a nadie, mataron a uno de los chamos", relata una maestra. El barrio está vacío. Todo el mundo está metido en su casa. Días antes, un adolescente de 16 años de edad ­era un malandro, nadie lo niega­ fue acribillado.

"En la calle muchos le andan jodiendo la vida a uno. ¿Sabe?".

El que habla es Camilo. Él también pasa la mañana en el cibercafé. Se está bien con ese friíto del aire acondicionado a full potencia. En la calle, el calor se suma a esa atmósfera pesada que tiene el barrio siempre que hay un muerto.

"Esa es una de las razones por las que muchos chamos de por aquí dejan de estudiar, llega alguien malamente y nos quiere someter. La violencia que se ve dentro de los liceos es nada, en los barrios es que está la cosa.

En los liceos no hay canchas y los chamos van a jugar afuera y allí están los tipos armados.

Y es mentira que un chamo de 11 o 12 años va a estar encerrado en la casa, yo fui chamo y sé que no se puede".

Camilo tiene 18 años de edad, vive en Petare desde siempre.

Estudió hasta cuarto año. Estaba en un parasistema en la zona colonial, quería terminar rápido el bachillerato para comenzar a prepararse en Protección Civil, que es lo que le gusta. Un hecho de violencia lo hizo dejarlo todo.

"Una noche, a eso de las 8:30, estaba con un grupo de amigos en la calle. Bebíamos y chalequeábamos, eso era todo. Llegó un tipo como de 25 años, para mí que estaba borracho o drogado, y empezó a meterse con un chamo. Uno de mis panas sacó un pico de botella, el tipo se fue, pero volvió con su banda. Se armó una pelea, todos nos metimos, salí todo cortado en la cara, me la tuvo que reconstruir un cirujano. No sé si salió un muerto de esa pelea, pero yo me tuve que ir de Petare, dejar el liceo.

Me fui al oeste, a la casa de mi padrastro hasta que pasara la cosa, porque se decía que me podían matar".

Camilo trabajó unos meses como vigilante en una urbanización. Ahora quisiera retomar sus estudios. No le gusta estar sin hacer nada. Sabe que en su barrio el ocio es una mala pareja.



La alternativa de los excluidos

Quieren estudiar, pero están indocumentados y no los aceptan en la educación regular. O tienen sus papeles, pero no consiguen cupo. Se educan en aulas comunitarias


J i, ji. Las palabras les sa-len con dificultad y temor. Ji, ji. Son pura risita. Lil y Misyel (nombres ficticios) son primas, las dos tienen 14 años de edad y nacieron en Colombia. Se ven grandotas en los pupitres chiquitos hechos como para niños de menor edad. Pero gracias a la educación que reciben en ese espacio han aprendido a leer, escribir, sumar y podrán egresar (quinceañeras quizás) de sexto grado. Esa aula comunitaria de la Fundación Luz y Vida en Petare les garantiza lo que el sistema escolar venezolano les ha negado: una oportunidad educativa. Más que eso: un derecho.

"Yo estudié en Colombia hasta tercer grado ­cuenta Lil y se la come su risa nerviosa­.

Cuando llegué, mis papás me quisieron inscribir en una escuela en Petare y no pudieron, por eso estudio acá". Lil y sus padres son indocumentados.

Emigraron hace dos años a Venezuela.

Misyel, en cambio, vive desde pequeñita en el país, pero a pesar de eso, por falta de papeles, no pudo ser inscrita ni siquiera en preescolar. Se tuvo que quedar en casa, con su mamá, sin acceso alguno a la educación, hasta que a los 10 años de edad decidieron inscribirla en el aula comunitaria. "Aquí aprendí a leer, la multiplicación, la maestra me ha enseñado todo". Y señala a su docente.

El dedo de Misyel muestra a una mujer de ojos claros. Es Rosalía Viera, una de las dos educadoras de esa aula comunitaria, una de las cinco que mantiene la Fundación Luz y Vida en Petare. La maestra tiene razones para no cambiar su trabajo por ningún otro: "Yo nací en este barrio. Entré a los 14 años de edad en tercer grado y estudié en un aula alternativa; luego pasé a estudiar en un Fe y Alegría y me gradué de bachiller a los 19 años, quiero que otros tengan la misma oportunidad que tuve yo".

Ahora es licenciada en Educación por la Universidad Simón Rodríguez.

Sin boleta. En el mismo salón de Lil y Misyel hay niños con edades comprendidas entre los 3 y los 15 años: son 43 en la mañana y 42 en la tarde. Son muchachos que por distintas razones no estudian en un aula regular. El sistema educativo los ha expulsado, aunque todos ellos quieren mantenerse en los estudios.

Indica Gloria Perdomo, que dirige la Fundación Luz y Vida, que esas aulas no pertenecen al sistema educativo formal, sin embargo son la alternativa para aquellos niños que la escuela regular rechaza. "Lo ideal es que podamos formalizar estas aulas para poderles dar su boleta". Encuentran una traba con los muchachos indocumentados: "Cuando el Ministerio de Educación da la certificación de notas, el estudiante debe tener cédula de identidad y estos muchachos no la tienen. No es un problema de educación, sino de violación del derecho a la identidad".

La situación angustia a la maestra Rosalía, especialmente en el caso de Misyel, preparada académicamente para egresar de primaria: "A esta niña le puedo garantizar hasta sexto grado, pero no puedo hacer más por ella, no la aceptarán en ningún liceo sin papeles".

Sobre esto, la investigadora del Cendes Mabel Mundó expresa: "En el discurso político se dice que todos los muchachos indocumentados deben ser incluidos en las escuelas, pero esto no ocurre en la práctica. Después de 11 años, este gobierno no ha hecho nada al respecto".

Los otros. Junto con las niñas indocumentadas, en el aula estudian muchachos que no consiguieron cupo en ninguna institución de Petare. Perdomo asegura que esa denuncia la ha hecho ante el Ministerio de Educación desde hace varios años: son necesarias más escuelas oficiales en todo el enorme conjunto de barrios, "el déficit es de más de 20.000 cupos en educación básica sólo en Petare". El número se multiplica entre los que aspiran a ingresar en bachillerato.

"Sacamos la cuenta, la oferta de cupos en los liceos alcanza sólo para que ingresen 7 estudiantes por cada uno de los barrios de Petare".

Con Lil y Misyel también estudian otros alumnos excluidos del sistema: los muchachos con discapacidad intelectual. "Hay pocas escuelas especiales en el municipio y como no hay cupo, la mayoría de estos niños se quedan encerrados en la casa, sin escolaridad". Por esta razón, Luz y Vida les abre un espacio en sus aulas comunitarias.

En la misma aula están otros niños olvidados: los que, por su situación de pobreza, trabajan o se incorporan tarde al sistema escolar y están fuera de edad. Y está un último grupo: los que tienen que huir ­junto con sus padres, hermanos o tíos­ por motivos de violencia en la zona donde viven, los que deben emigrar de su barrio para protegerlos de rencillas y rivalidades de sus familiares adultos involucrados en la delincuencia.

"A pesar de todo lo que les toca vivir, ellos van, buscan su cupo en nuestras aulas, quieren estudiar, ésa es la parte positiva", relata Perdomo.

Misyel es la mejor muestra de ello: "Yo no quiero trabajar tan pequeña", dice y cesa el ji, ji tembloroso cuando expresa con seguridad: "Quiero seguir estudiando".

EXPERTOS DENUNCIAN LA INCONSISTENCIA DE LOS PROGRAMAS OFICIALES
Los alumnos repiten menos grados pero siguen abandonando las aulas

La escasez de liceos, la falta de docentes, la pertinencia de los contenidos y la violencia son causas por las cuales la deserción escolar continúa en las estadísticas

Es mandato constitucional en Venezuela: la educación es obligatoria desde el primer grado hasta el bachillerato.

Sin embargo, esto no se cumple en el país. La deserción escolar continúa siendo una figura protagónica en las estadísticas educativas nacionales.

El investigador Mariano Herrera, director del Centro de Investigaciones Culturales y Educativas, indica que los datos de la Memoria y Cuenta del Ministerio de Educación de 2009 demuestran que gran parte de los venezolanos no culmina la educación secundaria. Y ejemplifica con lo ocurrido en el período de gobierno de Hugo Chávez: "En 1998-1999 la matrícula de primer grado fue de 602.315 alumnos, 11 años después, (2008-2009) los egresados de quinto año de educación media sumaron 321.664: sólo 53% de la cohorte inicial".

El que se haya graduado la mitad de los muchachos tiene dos explicaciones: los alumnos repitieron algún año escolar, o simplemente salieron del sistema. Herrera calcula, cifras oficiales en mano, que entre 1998 y 2008 desertaron 1.714.746 alumnos. De acuerdo con sus números, 30% de la población más pobre no termina ni siquiera la primaria.

Señala que uno de los problemas que más se asociaba con la deserción era la repetición de grado. A partir de 1998, el nuevo sistema de evaluación cualitativa (sin notas) permite que casi la totalidad de los estudiantes de primero a sexto grado sean promovidos automáticamente.

La investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, Mabel Mundó, expresa: "Las medidas para combatir la deserción se concentran en formas complacientes de evaluación". Sin embargo, demuestra que esta disposición no ha logrado bajar los números de alumnos que abandonan las clases.

Mundó revisó las estadísticas de la Memoria y Cuenta del Ministerio de Educación en los últimos 11 años y notó grandes saltos en los porcentajes de deserción escolar. "En educación primaria, la repitencia se redujo de forma constante de 6,68% en el año 1999 a 3,51% en el año 2008. Pero esto no se refleja en la deserción escolar en primaria, la cual ha subido y bajado de modo intermitente durante el mismo período".

Una situación similar ocurre en bachillerato. Desde 2006, el Gobierno tiene medidas para reducir la repitencia, sin embargo, la deserción escolar, que iba disminuyendo, volvió a subir en 2008.

Aunque una regla universal es que menor repitencia es sinónimo a menor deserción escolar, esto no ocurre en Venezuela. Varios factores inciden en ello. Uno, a juicio de Herrera, es la cantidad de planteles de educación primaria y de bachillerato. "A partir de séptimo grado baja el número de instituciones públicas de 14.042 a 3.499, por lo que se forma un embudo". Esa situación afecta, sobre todo, a los estudiantes de zonas rurales, que al ser transferidos a liceos lejanos a sus comunidades dejan de estudiar.

El investigador añade que el horario irregular de gran parte de los liceos oficiales también estimula la deserción. Otra de las fallas es el ausentismo de los profesores, la presencia de suplentes o las materias que se dan por vistas por carecer de docente.

"Otro aspecto es el curricular, la velocidad de aprendizaje del niño es mayor afuera que adentro". Indica que muchos planteles no tienen acceso a las nuevas tecnologías, que los niños y adolescentes ­de todas las clases sociales­ conocen.

¿La escuela enseña? Herrera hizo en 2009 un cuestionario en 31 escuelas públicas de 5 estados del país: el promedio de los estudiantes con mejor nivel fue de 11,34 puntos en Lenguaje y 9,01 en Matemática, sobre 20 puntos. Los peores resultados fueron de escuelas cuyo promedio de calificación fue de 3,80 puntos en Matemática y 3,54 puntos en Lenguaje. Eso significa que los muchachos adquieren menos de la mitad de los conocimientos que deberían.

Herrera, sin embargo, sigue creyendo que hay que apoyar la permanencia del niño y el adolescente en la escuela. "Un año más que estudien los hace menos pobres", asegura. Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDC) revela que los jóvenes que culminan el bachillerato tienen 400% menos posibilidades de caer en la delincuencia.

Mundó estudió la deserción escolar en los años noventa.

"Hasta 1999 estaba relacionada con la necesidad de ir a trabajar, el desinterés, la repitencia y el embarazo precoz". Sostiene que en la última década se ha sumado otra causa: la violencia en los centros educativos o en las afueras de estos.

En su opinión, las medidas tomadas por el Estado para combatir la deserción no han sido sistemáticas durante los últimos 10 años. "No hay un programa nacional contra la violencia escolar, por ejemplo, ni para prevenir el embarazo precoz". Indica que desmejoró el programa de alimentación escolar, que en 2008 atendía a 48% de las escuelas oficiales. "Como ese promedio bajó, probablemente suba la deserción".

El investigador Luis Bravo Jáuregui, de la Universidad Central de Venezuela, señala otra causa: ha disminuido la cantidad de niños que comienza a estudiar primer grado. Remite a las cifras del Ministerio de Educación que demuestran que la matrícula de alumnos en ese nivel pasó de 657.448 en 1999 a 593.781 en 2009. "Hay un filtro, dejan de entrar en la escuela muchos de los potenciales desertores, el número de alumnos va a la baja".

Fuente: El Nacional, Caracas, 4 de julio de 2010, Siete Días, MIREYA TABUAS
mtabuas@el-nacional.com, páginas 1-2

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