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Asunto:[encuentrohumboldt] 309/04 - Los inicios de la integración con Brasil en los años ochenta
Fecha:Sabado, 31 de Julio, 2004  17:52:56 (-0300)
Autor:humboldt <humboldt @...............ar>

Los inicios de la integración con Brasil en los años ochenta.

 

María Victoria Faiella - Javier Fernando Luchetti[1]

 

Introducción.

El siguiente trabajo se propone abordar diversos factores económicos y políticos
externos que incidieron en la firma de los acuerdos de cooperación e integración
entre Argentina y Brasil, entre la Declaración de Iguazú firmada en 1985, y el
Tratado de Integración, Cooperación y Desarrollo aprobado en 1989[2].

Si bien el tema de la integración no es nuevo, el impulso a la misma, en los
años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, provino de la Comisión Económica
para América Latina (CEPAL). La propuesta se basaba en la industrialización vía
sustitución de importaciones, que debía expandir las dimensiones de los mercados
nacionales mediante espacios mayores, integrando a distintos países para aumentar
el poder de negociación internacional, lograr economías de escala y alcanzar el
desarrollo económico equilibrado. Sin embargo, el proceso de integración de las
décadas del sesenta y del setenta tuvo escaso éxito. Entre las causas que lo
motivaron se destacaban causas internacionales y factores endógenos como las
diferencias políticas y económicas entre las naciones latinoamericanas. A fines
de los setenta, el desarrollo económico estaba marcado por las políticas de
ajuste estructural inducidas por el Fondo Monetario Internacional, y el Banco
Mundial entre otros, debido al endeudamie
 nto externo, y que exigían reconversión industrial y apertura económica.

En la década de los ochenta, los países en desarrollo debieron soportar diversas
dificultades: el incremento de la tendencia al deterioro de los términos de
intercambio de los productos primarios, el alza en los precios de los productos
industriales y del petróleo, los subsidios a los productos agrícolas en los
países industrializados, la disminución de los préstamos internacionales, la baja
en la tasa de inversión y, el ascenso de las tasas de intereses de la deuda
externa. Así, los procesos de integración y cooperación regionales, sufrieron los
efectos de los cambios políticos y económicos en el contexto nacional e
internacional, lo que influyó en el avance de dichos procesos, y motivó a las
naciones latinoamericanas más desarrolladas, a la búsqueda de una mayor inserción
en el mercado internacional. Además, actores como las empresas multinacionales
dedicadas a la producción, las finanzas y los servicios mermaron la capacidad de
control de los gobiernos sobre sus propias ec
 onomías, transfiriendo sus ganancias a las casas matrices en los países del
norte. Al mismo tiempo, se produjo un cambio revolucionario en la tecnología
aplicada a la industria, que modificó los modelos tradicionales de producción e
información.

Luego del cambio de regímenes militares por gobiernos democráticos que
desplazaría paulatinamente las hipótesis de conflicto geopolíticas y militares,
Argentina y Brasil se propusieron firmar acuerdos efectivos de integración y
complementación como países vecinos buscando remover aquellos obstáculos con que
habían tropezado reiteradamente. Efectivamente, uno de los temas relevantes de la
agenda de Argentina y Brasil de los años ochenta, y posteriormente de los
noventa, ha sido lo referido a los procesos de integración. De ahí la firma de la
Declaración de Iguazú el 10 de noviembre de 1985, y los primeros protocolos
firmados en diciembre de 1986 por los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney -y
los posteriores-, que sirvieron para avanzar en la cooperación económica, y
sentaron las bases para una integración más profunda. Se firmaron acuerdos desde
la Declaración de Iguazú en noviembre de 1985, hasta la tercera reunión
presidencial entre Raúl Alfonsín y José Sarney en julio d
 e 1987, pasando por la firma del Programa de Integración y Cooperación
Económica Argentina-Brasil (PICAB). Finalmente, en agosto de 1989, con la rúbrica
entre la República Argentina y la República Federativa del Brasil, del Tratado de
Integración, Cooperación y Desarrollo, firmado por los presidentes Carlos Menem y
José Sarney, se aprobó la creación de un espacio común, removiendo los obstáculos
tarifarios y no tarifarios al comercio de bienes y servicios en un plazo máximo
de diez años.

 

1. El contexto internacional.

La administración de Ronald Reagan estableció la política de restauración
hegemónica que logró levantar de su letargo una política de confrontación contra
la Unión Soviética en todo el globo, incluyendo América Latina. Reforzó las
relaciones Norte-Norte, en detrimento de las Norte-Sur, a partir de la
restauración de su poderío militar y un nuevo ordenamiento en las relaciones
internacionales. Washington lanzó una ofensiva diplomática, económica y militar
contra los movimientos revolucionarios y los estados que los apoyaban.
Conjuntamente, predominaron en esta década las políticas destinadas a eliminar la
inflación mediante un ajuste monetario y fiscal en las economías centrales,
gracias al desmantelamiento del estado benefactor. Las elevadas tasas de interés
que atrajeron gran volúmenes de capital foráneo a Estados Unidos, perjudicaron a
los países en desarrollo por la incidencia que tenían sobre el servicio de la
deuda externa.

La ventaja tecnológica que disfrutaban los norteamericanos desapareció frente a
los competidores. La pérdida de competitividad de las empresas transnacionales
norteamericanas debido a la baja en la inversión, la caída en la tasa de ahorro
personal, y el aumento de las tasas de interés en ese mercado, estimularon las
colocaciones financieras a costa de las productivas, atrayendo el capital de
estas empresas hacia el mercado financiero norteamericano. La pérdida de
competitividad estadounidense y su búsqueda de la modernización, hizo que se
promovieran acuerdos de complementación tecnológica e inversión, logrando que la
IED -Inversión Extranjera Directa- de los Estados Unidos en el exterior se
dirigiera al sector industrial de los países desarrollados. Esto perjudicó a los
países en vías de desarrollo, porque los inversionistas privados extranjeros ante
la caída de los precios de las materias primas redujeron sus inversiones en
dichos países, afectando su capacidad de pago de l
 a deuda externa al no poder generar divisas[3].

La modernización tecnológica de los países centrales adoptó una forma
conservadora al agravar las exclusiones de la mayoría de los países en vías de
desarrollo ante los cambios tecnológicos en robótica, informática, etc.,
originados por el descubrimiento de nuevas técnicas de producción, en unión con
nuevos productos y nuevos materiales, que reemplazaron la estructura de
producción basada en el modo de producción intensivo. Para economizar insumos y
mano de obra y lograr una mayor eficiencia, se proyectaron transformaciones
tecnológicas tendientes al uso de la automatización y la robotización, agudizando
la propagación desigual del progreso tecnológico, y la dependencia periférica de
las empresas transnacionales del centro[4].

Los principales productos de exportación de los países subdesarrollados
–materias primas, alimentos y combustibles- asistieron no solamente a una caída
de la demanda en todos los mercados, sino también a una baja en sus precios
debido al reemplazo por nuevos productos, y a una mayor eficiencia en la
producción de algunos de ellos en los países centrales. El crecimiento de las
ramas tradicionales de la industria manufacturera disminuyó en los países
centrales a favor de los servicios y de la electrónica[5].

Al adquirir una mayor importancia el factor tecnológico, la I+D -Investigación
más Desarrollo-, pasó a ser el componente principal del costo de producción, en
perjuicio de las materias primas y la mano de obra, lo que significó un traslado
de la inversión extranjera directa de ciertas regiones a otras, aumentando el
grado de las interdependencias regionales. El proceso de división internacional
del trabajo sufrió cambios fundamentales al aumentar la demanda de productos
diferenciados y de mayor contenido tecnológico que compiten más en estilo,
calidad o modelo que en precios. Diversos sectores demostraron que poseían una
mayor potencialidad para la diferenciación de los productos en los mercados,
especialmente los de corta duración, por ejemplo en los bienes electrónicos esa
diferenciación era facilitada por la especialización de las plantas que
intervenían en las distintas etapas de producción, y porque los consumidores se
encontraban identificados. El comercio intraindustri
 al –intercambio de bienes dentro del mismo sector, por ej. productos químicos
por productos químicos-, provocó un aumento de la producción, mientras que el
comercio interindustrial no ha mostrado la misma situación[6].

Los mecanismos no arancelarios compuestos por las regulaciones y políticas
gubernamentales que introdujeron un trato desigual para los bienes nacionales y
extranjeros, entre los que se encuentran las medidas antidumping –usadas contra
mercancías importadas a precios por debajo de los costos de producción-, los
derechos compensatorios –aplicados contra importaciones subsidiadas por los
gobiernos en los países de origen-, las restricciones voluntarias a las
exportaciones, y los acuerdos de ordenamiento de mercado por los cuales los
importadores y los exportadores determinan los volúmenes de exportaciones por un
plazo determinado, con la amenaza de restricciones unilaterales más graves,
también han afectado a los países rezagados[7]. Al crear un nuevo proteccionismo
que afecta a los productos intensivos en trabajo, a lo que se sumaron en muchos
casos subsidios a las exportaciones, como una forma de proteger los empleos, los
países periféricos no lograron hacer uso de sus ventaja
 s comparativas en la venta de bienes producidos en forma intensiva, o con un
modo de producción estandarizado[8].

Como la I+D adquirió una gran importancia para todos los estados, ante la
interconexión de distintos mercados nacionales en el ámbito internacional, surgió
como respuesta una regionalización necesaria para que un grupo de países
invirtiera dinero en conocimientos que quedarían de otra forma fuera del alcance
de ellos en forma individual. El regionalismo se formó con un grupo de países
pertenecientes a un área geográficamente restringida, que intentaba mejorar su
posición global respecto de otras economías por medio de la cooperación y las
alianzas[9]. La tendencia hacia un refuerzo de los regionalismos se mostró con
mayor fuerza en Europa. El regionalismo se convirtió en una plataforma de
lanzamiento de una mayor inserción internacional que buscaba aumentar la
penetración en los mercados, a partir de la abolición de las barreras aduaneras
internas en la propia Comunidad Europea para estimular la competencia de las
empresas: "En realidad, el ensanchamiento de la base económica
  es una plataforma para lanzarse a una inserción internacional más dinámica, lo
que es evidente no sólo en la remoción de barreras internas al comercio, sino
también en las iniciativas para aumentar la competitividad de sus industrias por
medio de acciones conjuntas en áreas como la de ciencia y tecnología"[10].

En síntesis, como señala Sukup (1999), los años ochenta se han caracterizado por
distintos factores: “aumentan mucho más rápidamente los flujos de comercio
mundial que la producción, y más aún los flujos de capital, todo lo cual acelera
muy fuertemente la ‘globalización’ económica y financiera; se intensifica la
revolución científico-tecnológica basada en las técnicas de comunicación y de
información, lo que les resta gran parte de las ventajas competitivas
tradicionales a los países periféricos con sus recursos naturales y mano de obra
barata; Estados Unidos se transforma de principal acreedor en máximo deudor del
mundo, disminuye fuertemente su competitividad internacional y mantiene un
elevadísimo déficit comercial que permite un importante flujo (precario por
naturaleza) de exportaciones latinoamericanas hacia este mercado; la Comunidad
Europea, hacia 1985, decide profundizar su proceso de integración para salir de
su propia crisis aguda; el desempleo creciente aumenta la
 s tendencias proteccionistas; el Japón sigue creciendo velozmente, acompañado
por los tigres asiáticos, y ya es un actor principalismo de la economía mundial,
como mayor potencia tecnológica y financiera; su peso también aumenta para
América Latina, especialmente Chile y los otros países de la costa del Pacífico;
empieza a decaer el poderío de la Unión Soviética que termina por desintegrarse
conjuntamente con su bloque, dándole prácticamente una situación de monopolio al
modelo capitalista occidental; en éste van predominando, a pesar de sus
debilidades, las concepciones neoliberales en detrimento de las de tipo
socialdemócrata y keynesiano, lo que es consecuencia parcialmente del derrumbe
del socialismo real y parcialmente de otros factores”[11].

 

2. La situación latinoamericana.

a) Las circunstancias económicas.

En la década de los setenta, la mayoría de los países de la región gracias a los
petrodólares tuvo acceso a los fondos externos, acumulándose una elevada deuda
externa. Los bancos comerciales privados, prestaban dinero sin fijarse en la
capacidad de pago de sus clientes, que buscaban adquirir bienes de consumo,
equipo militar, mantener las burocracias, etc.. El capital privado reemplazaba la
ayuda externa del sector público. El flujo de los petrodólares también sirvió
para realizar inversiones estratégicas, y también para las inversiones de las
empresas públicas[12].

Pero en 1982, México declaró que no podía efectuar más pagos de su deuda
externa, desatando una crisis mundial, a la que se le sumó posteriormente el
mayor país sudamericano, Brasil. La reacción del FMI y de los bancos ante la
crisis, si bien fue rápida, consistía en “paquetes de rescate” que incluían la
reprogramación de las deudas y el otorgamiento de nuevos créditos. Los bancos
privados a requerimiento de los gobiernos de los países centrales y de sus
respectivos bancos centrales, otorgaron fondos para organizar el rescate
financiero, formando comités de dirección que llevaron a cabo las negociaciones,
que fueron llevadas adelante con cada país en forma individual. El FMI actuó como
mediador y parte interesada en las negociaciones concertando las acciones de los
países deudores, países acreedores, la banca privada internacional y las de los
bancos centrales.

América Latina debía cumplir con sus obligaciones, de lo contrario la región no
recibiría nuevos préstamos y se expondría a severos castigos por sus
incumplimientos. Asimismo, todos sabían que la deuda era impagable, pero los
bancos no podían pasar a pérdida sus préstamos porque los directorios sufrirían
las quejas de los accionistas, y más de uno debería cerrar sus puertas, además el
gobierno de los Estados Unidos, tendría que auxiliarlos, por lo que aumentarían
los impuestos de los norteamericanos, algo que los políticos estadounidenses no
estaban dispuestos a avalar. Los bancos redujeron honorarios y las tasas de
interés, refinanciaron la deuda, y se pagaron solo los intereses para demostrar
que la región continuaba siendo cumplidora, que los bancos no iban a quebrar, y
que el sistema financiero internacional seguía gozando de buena salud. El
diagnóstico era que los problemas en el pago de la deuda se podían superar con
las políticas de ajuste, la reprogramación parcial de
  los servicios y la concesión de créditos de emergencia para enfrentar
situaciones comprometidas en las balanzas de pago, pero hacia 1985 era evidente
que la estrategia para enfrentar el problema de la deuda externa latinoamericana
no funcionaba[13]. A pesar de diversas propuestas para solucionar el problema de
la deuda externa, como el plan Baker y otros, el tema continúa vigente aún hoy en
día.

La integración de los países latinoamericanos podía ser una respuesta a la
crisis económica, sin embargo esto no fue así. La industrialización sustitutiva
de importaciones debía expandir las dimensiones de los mercados nacionales
mediante espacios mayores, integrando a distintos países para aumentar el poder
de negociación internacional, lograr economías de escala y alcanzar el desarrollo
económico equilibrado. Los países serían más eficientes complementando la
capacidad industrial y las inversiones futuras a través de la ampliación de un
mercado protegido. Se debía proceder a la diversificación de los patrones de
exportación incluyendo productos de mayor elaboración para nuevos mercados,
puesto que sería difícil competir en los mercados europeos y
norteamericanos[14].

Pero, los países miembros de los procesos de integración tanto en la ALALC
-Asociación Latinoamericana de Libre Comercio- como en la ALADI -Asociación
Latinoamericana de Integración- eran heterogéneos, los unían pocos vínculos
políticos estables, y era escasa la complementariedad de sus economías. Además,
favorecieron la sustitución de importaciones por sobre la penetración en el
mercado externo, haciendo caso omiso de los mayores costos de producción.
Existían pocas redes de comunicación y transporte, debido a obstáculos
geográficos y políticos. Las políticas cambiarias no fueron las adecuadas, las
concesiones arancelarias eran inestables, y el comercio se concentró en las
economías más desarrolladas, puesto que la aprobación de ventajas arancelarias no
significaba que automáticamente se generaran relaciones de interdependencia entre
los países[15].

Cuando se ofrecían oportunidades para crear nuevas industrias, el mercado
definía donde instalarlas, y las inversiones elegían los países mayores para la
especialización de las manufacturas, dejando a los países pequeños y medianos la
explotación de las materias primas. Los empresarios no estaban dispuestos a
someter a la producción nacional a la competencia de bienes originarios de otros
países en la región. La mano de obra no estaba capacitada para competir en un
mercado abierto contra la producción de los países más desarrollados. La idea de
la integración no había sido muy aceptada tampoco por los gobiernos militares,
que no solamente planteaban una desconfianza en el plano militar sobre sus
vecinos, sino que estaban más atentos a los reclamos estadounidenses de unirse a
una coalición anticomunista[16].

El naufragio de la ALADI reconoció casi las mismas causas que en el caso de su
predecesora, la ALALC: la falta de resultados inmediatos, la inestabilidad
económica, la ausencia de convergencias políticas, la deuda externa, las
políticas de ajuste estructural, los nacionalismos, y la escasa competitividad
industrial de los empresarios. Los países redujeron las importaciones de todas
las fuentes, lo que perjudicó a los países miembros. Además, la insuficiencia de
la complementación productiva y el predominio de los intercambios entre las
filiales y la casa matriz de las multinacionales condujo a robustecer los
intercambios intrazonales, dejando de lado una integración de los aparatos
productivos. Las economías latinoamericanas estaban orientadas al comercio con
los países industriales y no a la integración con los países vecinos[17].

La situación se complicó por los planes de ajuste en la región reclamados por el
Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, los gobiernos de los países
industrializados y la banca privada, para combatir la inflación y reducir los
déficit comercial y fiscal, que produjeron una recesión en la economía,
convirtiendo a la región en una exportadora de capitales y encontrándose fuera
del flujo de capitales internacionales manejado por las empresas transnacionales
y la banca internacional privada. La interrupción de préstamos internacionales,
junto con el envío de fondos al exterior y la menor importancia relativa del
continente como receptor de inversiones –excepto en los países con un mercado
interno importante-, motivaron una inestabilidad generalizada. El peso de la
deuda externa en los presupuestos estatales y el escaso recorte del gasto
público, generó inflación, emisión monetaria, y la concentración en la
distribución del ingreso[18].

El crecimiento económico basado en el crédito externo abundante y barato de los
setenta se acabó bruscamente por una serie de factores tanto externos como
internos: “mercados internos demasiado estrechos, que no fueron ampliados a
tiempo a través de una orientación exportadora más decidida; falta de
rentabilidad y escasa adaptación social y económica de los costosos proyectos de
gran envergadura; utilización insuficiente del potencial de desarrollo nacional a
consecuencia de la concentración en las clases medias y altas urbanas y en los
modelos de consumo occidentales intensivos en importaciones; limitada
competitividad internacional de muchas empresas, que, debido al elevado
proteccionismo, tuvieron pocos incentivos para aumentar las exportaciones de
bienes manufacturados, aprovechar rendimientos de escala mejorar el nivel
tecnológico de los procesos de producción y de los productos; desarrollo
deficiente de la producción de bienes intermedios y de capital, con una concentra
 ción simultánea en los productos de consumo duraderos e intensivos en
importaciones; creciente diferenciación social y regional de los ingresos, cuya
proporción sobrepasa considerablemente a la de los países semiindustrializados
asiáticos; formas de producción muy intensivas en capital, generadas
artificialmente, y una elevada propensión al consumo, que frena la acumulación de
capital”[19].

Las empresas transnacionales contaban con un control de los mercados –a veces
formando carteles-, en el cuál manejaban la producción, el transporte y la
distribución de las materias primas y alimentos. El papel de las pequeñas y
medianas empresas era poco significativo y su nivel de desarrollo tecnológico
escaso. Los países vendedores carecían de la información suficiente como para
fijar el rendimiento y la producción a futuro, y también los precios eran
manejados por las bolsas situadas en países desarrollados. El superávit en la
balanza comercial gracias a la depresión del mercado interno, las devaluaciones,
el desempleo, y los bajos salarios, no se aplicó al desarrollo tecnológico, sino
al pago de la deuda externa. La disminución del Producto Bruto Interno
latinoamericano, el descenso del ingreso real per cápita, la evasión fiscal, la
baja tasa de ahorro nacional, el éxodo de los más capacitados, la caída de la
inversión pública y del consumo interno, y la disminución del 
 nivel de vida, junto con la depreciación de los precios del sector exportador,
amplió la brecha con los países del norte[20].

Los grupos privilegiados por las excepciones fiscales o por los contratos con el
estado, lograron bloquear cualquier intento de los gobiernos democráticos por
lograr un equilibrio fiscal, ya que su rentabilidad se basaba en la baja de los
ingresos de los sectores asalariados y en la especulación financiera. La
inflación se produjo además, porque la necesidad de contar con divisas para los
pagos externos requería adquirir internamente los fondos necesarios, y los
dólares debían adquirirse de los exportadores privados comprando las divisas con
endeudamiento, o con emisión monetaria. Recién en la segunda mitad de la década
se comienzan a aplicar las estrategias que intentan superar los estrangulamientos
externos e internos mediante una mayor capacidad exportadora de la región que
podría llevar a una mejoría económica interna a través de una mayor recaudación
que ayudara a mejorar el déficit fiscal. Esto se instrumentó con el tipo de
cambio, créditos a las exportaciones y estímul
 os fiscales[21].

A partir del fracaso de la política de sustitución de importaciones, comenzaron
a ganar terreno las ideas que hablaban de la apertura de la economía, la
competitividad y la inserción externa a través de un estado eficiente que
privatizara las empresas estatales, y se dedicara solamente a ciertos sectores
económicos o sociales que no pudieran ser atendidos por el mercado. También
comenzó a replantearse la inserción en la economía internacional a partir de la
modernización del aparato productivo, el aumento de la productividad, la
complementariedad y la competitividad, la creación de un mercado ampliado y de
economías de escala para la utilización de la capacidad industrial ociosa, y la
atracción de capitales de riesgo.

Los organismos internacionales buscaban la liberalización del comercio en los
países subdesarrollados, integrándolos fuertemente a las demandas de las naciones
desarrolladas, en desmedro del comercio intraregional que en la década disminuyó
fuertemente. Esto se debió a que los productos primarios tradicionales estaban
destinados a los mercados del norte, y a que las exportaciones recíprocas de
manufacturas disminuyeron por falta de divisas para importar insumos, bienes de
capital y tecnología y por la carencia de dinero de los países compradores. El
comercio con los Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea, fue
disminuyendo como consecuencia de la intensidad con que la región contrajo sus
importaciones en respuesta a las restricciones provenientes de la crisis del
endeudamiento externo. Los productos agrícolas ocupan una parte importante de las
exportaciones y han venido declinando en su participación como consecuencia de la
PAC -política agrícola común- de la CEE que 
 ha logrado transformarla en autosuficiente en una serie de rubros agrícolas,
mediante subsidios masivos que descolocan las exportaciones latinoamericanas en
otros mercados por la desleal competencia europea[22].

b) La orientación política.

En el aspecto político la situación mejoró ante el retroceso de las doctrinas de
seguridad nacional y geopolíticas. La integración latinoamericana tomó un nuevo
impulso con mecanismos de consulta y cooperación a partir de los problemas
políticos que se planteaban en muchos casos, como un enfrentamiento regional de
las grandes potencias. Tal fue el caso de la crisis centroamericana (el
enfrentamiento fronterizo entre Honduras y Costa Rica frente a Nicaragua), y la
creación del Grupo de Contadora en 1983. La búsqueda de una estabilidad política
que consiguiera la perdurabilidad de los procesos democráticos de la región
conllevó a la creación de instrumentos de concertación que pudieran solucionar
los problemas latinoamericanos, que en ciertos casos se encontraban en la agenda
internacional. La creación del Grupo de Contadora (Colombia, México, Panamá y
Venezuela) inició una nueva forma de concertación regional[23].

Las relaciones multilaterales de alto nivel político acompañaron la
democratización continental buscando estratégicas alternativas a la de los
gobiernos dictatoriales, y entre ellas se pueden mencionar el nacimiento del
Grupo de Apoyo –Argentina, Brasil, Perú y Uruguay- a Contadora, y el Mecanismo
Permanente de Consulta y Concertación Política del Grupo de los Ocho, que
mostraron la intención de aplicar la asistencia económica y política entre los
países para lograr una mayor inserción internacional, consolidando los sistemas
democráticos, favoreciendo el diálogo entre las naciones, y promoviendo la
cooperación e integración latinoamericana[24].

Frente a la crisis económica, se promovió la realización en 1984 de la Primera
Conferencia Económica Latinoamericana de Jefes de Estado en Quito, que buscaba la
realización de programas de financiamiento, comercio y cooperación energética y
regional destinada a dar solución a los graves problemas estructurales del área.
Se buscaba también llevar a cabo estrategias colectivas de solidaridad frente a
los acreedores de la deuda externa, algo que generó la oposición del Grupo de los
7 quienes se oponían a la formación de un club de deudores, porque esto hubiera
significado la discusión pública de las políticas internas fiscales y monetarias
de los países industrializados. Posteriormente ese mismo año, la Reunión de
Cartagena de Indias a la que concurrieron los ministros de finanzas y cancilleres
conformando un Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación Política (Consenso
de Cartagena) para proponer un tratamiento político de la deuda y su
renegociación, mostró la voluntad de
  avanzar colectivamente en un mecanismo de concertación político-económico
regional[25].

Se excluyó la posibilidad de repudio de la deuda, y se propuso la creación de un
cartel de deudores que acordaran lineamientos generales que sirvieran a las
negociaciones individuales de cada país. Se estableció la idea de la noción de
corresponsabilidad entre acreedores y deudores respecto al endeudamiento, y se
recomendó que se limitaran los pagos de la deuda externa a un porcentaje de las
exportaciones, exigiendo no solamente la baja de las tasas de interés, sino
también la restauración de los préstamos. Sin embargo, el Consenso de Cartagena
no se manifestó solidario con la decisión del presidente peruano Alan García de
limitar el servicio de su deuda externa al 10% de sus ingresos de exportación,
ante la posterior reacción de dureza de los acreedores que presionaron al país,
aislándolo del resto de las naciones[26].

La intención de los países de poner fin al estancamiento económico y político
quedó demostrado por la firma de varios acuerdos sobre integración. La fusión del
Grupo de Contadora con el Grupo de Apoyo en Río de Janeiro en 1986, en el llamado
Grupo de los Ocho o Grupo de Río, no sólo se constituyó en un nuevo factor de
poder frente a la crisis centroamericana, sino que se amplió el campo de
aplicación de una política en común que abarcara la cuestión centroamericana, el
desarrollo económico, la paz, la justicia, la libertad, y la defensa de la
democracia. Lo que buscaban los países integrantes del Grupo de los Ocho era
incrementar su poder negociador ante las grandes potencias económicas,
promoviendo un cambio en las relaciones económicas y políticas
internacionales[27].

La primera reunión de ocho presidentes latinoamericanos efectuada a fines de
1987 en Acapulco, resaltó el compromiso por la paz, el desarrollo, la democracia,
la justicia y la independencia, asumiendo el compromiso de renovar y profundizar
la integración y cooperación regional, ampliando el comercio recíproco con el
objetivo de converger hacia un Mercado Común Latinoamericano y avanzando hacia un
concepto de responsabilidad compartida que permitiera una articulación de
intereses para lograr un desarrollo económico sostenido. Los jefes de estado
recalcaron la necesidad de impulsar un programa de cooperación en ciencia y
tecnología para marchar hacia la creación de tecnologías autónomas avanzadas y
revertir las transferencias masivas de recursos hacia el exterior, limitando el
servicio de la deuda a la capacidad de pago real de cada país. Para esto se
consideró indispensable la estabilidad política democrática basada en el
pluralismo político, la vigencia de los derechos humano
 s, el apoyo al desarme y la seguridad internacional, y la promoción del
establecimiento de zonas de paz, ampliando el diálogo político con otros
estados[28].

También se identificó la necesidad del establecimiento de un sistema comercial
internacional sin proteccionismos, reconociendo la naturaleza política del
problema de la deuda, y solicitando la creación de instrumentos que otorgaran a
los países latinoamericanos beneficios en los descuentos del valor de sus
respectivas deudas en los mercados secundarios, “(...) tomando forma definitiva
la decisión de los gobiernos allí representados de reforzar la unidad
latinoamericana y su poder negociador internacional, impulsando nuevas maneras
para formular y enfrentar los problemas comunes; de poner en marcha novedosas
estrategias para lograr una auténtica cooperación regional basada en la
solidaridad y mantener una permanente interacción política a fin de avanzar en la
consolidación de un núcleo integrador de voluntades políticas y esfuerzos
económicos”[29].

La segunda reunión de jefes de Estado del Grupo de los Ocho en octubre de 1988,
elaboró distintos instrumentos para la integración regional, la paz, la
seguridad, la democracia, el fortalecimiento de los organismos regionales, la
protección del medio ambiente, el combate del narcotráfico y el desarrollo de la
estructura productiva de los distintos países. En esta segunda convocatoria
realizada en Punta del Este, no solamente se habló de la integración económica
sino también de la integración científico-tecnológica, cultural y educativa. Se
buscó hacer hincapié en la necesidad de que se redujera el monto y los intereses
de la deuda, y que los inversores externos tuvieran en cuenta a los países
latinoamericanos. Se remarcó la necesidad de que el mundo no se dividiera en
zonas de influencia, y que se respetaran las soberanías nacionales, valorizando
de esta forma las negociaciones multilaterales. Como respuesta hacia nuestros
países se formuló el plan Brady, que propiciaba la re
 ducción de la deuda y de los servicios, en primera instancia a México y Costa
Rica, para luego extender el plan a otros países[30].

 

3. El acercamiento argentino-brasileño.

El 30 de noviembre de 1985, los presidentes Raúl Alfonsín de Argentina y José
Sarney de Brasil, encabezaron una nueva era en las relaciones bilaterales al
firmar la Declaración de Iguazú, concibiendo la creación de una comisión mixta
para estudiar las modalidades de integración económica entre ambos países. La
contigüidad de ambas naciones serviría para que se profundizaran las relaciones
puesto que “(…) esa proximidad permite el transporte carretero, con lo que no
sólo los fletes son por lo general más reducidos, sino que se logran importantes
economías financieras debido a la posibilidad de diminuir los stocks. Un litoral
marítimo común, con puertos cercanos, posibilita un transporte económico para
cargas de bajo precio en relación al volumen, como es el caso de los granos y
minerales. A todo esto, que no es poco, se suman factores políticos como la feliz
solución al problema del aprovechamiento de los ríos, y del hecho que ambos
países hubieran recuperado, casi al mismo ti
 empo, la forma representativa democrática de gobierno”[31].

Los dos presidentes buscaban incrementar los lazos de solidaridad y amistad, y
coincidieron en señalar los problemas de “(...) la deuda externa, el incremento
de las políticas proteccionistas en el comercio internacional, el permanente
deterioro de los términos del intercambio, y el drenaje de divisas que sufren las
economías de los países en desarrollo”,[32] manifestando su intención de que
“(...) América Latina refuerce su poder de negociación con el resto del mundo,
ampliando su autonomía de decisión y evitando que los países de la región
continúen vulnerables a los efectos de políticas adoptadas sin su participación.
Por ello, resolvieron conjugar y coordinar los esfuerzos de los respectivos
gobiernos para la revitalización de las políticas de cooperación e integración
entre las naciones latinoamericanas”[33].

En lo referente a la deuda externa, “(...) manifestaron además, su gran
satisfacción por el hecho de las ideas centrales de Cartagena –exigencia de
crecimiento de la economía de los países deudores, necesidad de disminución del
peso del servicio de la deuda y corresponsabilidad de deudores y acreedores-
estén comenzando a ser comprendidas y, expresaron su deseo de que sirvan de base
para nuevas iniciativas tendientes a solucionar el problema”[34]. En el terreno
de la cooperación científica y tecnológica, los mandatarios “(...) expresaron su
convicción de que la ciencia y la tecnología desempeñan un papel fundamental en
el desarrollo económico y social y señalaron la importancia del acuerdo básico
como marco adecuado para la cooperación bilateral. Su expresión concreta se
manifiesta en los acuerdos complementarios referentes a meteorología,
forestación, actividades espaciales, agricultura, comunicaciones y el firmado
durante el transcurso de este encuentro sobre biotecnología,
  así como en el acuerdo de cooperación existente sobre los usos pacíficos de la
energía nuclear”[35].

Los resultados emanados de la Comisión Mixta de Alto Nivel de Cooperación e
Integración Económica Bilateral, de las subcomisiones sectoriales y de diversas
reuniones de negociaciones dieron lugar en Buenos Aires el 29 de julio de 1986, a
la firma del Programa de Integración y Cooperación Económica. En el marco del
Acta para la Integración Argentino-Brasileña, se firmaron 12 protocolos de
carácter sectorial: Bienes de Capital, Trigo, Complementación de Abastecimiento
Alimentario, Expansión del Comercio, Empresas Binacionales, Asuntos Financieros,
Fondos de Inversiones, Cooperación Energética, Cooperación Nuclear, Sector
Aeronáutico, Biotecnología, Estudios Económicos. El programa funcionó hasta el
tratado de 1988, y generó conexiones en distintos temas, partiendo de los
“protocolos”, a los que luego se sumaron otros protocolos y “anexos”[36].

El Acta para la Integración Argentino-Brasileña establecía que; el programa
sería gradual, con etapas anuales de definición, negociación, ejecución y
evaluación; que sería flexible para ajustar alcance, ritmos y objetivos; que
incluiría proyectos integrados; que se realizaría una armonización simétrica de
políticas; que sería equilibrado para no inducir a una especialización de las
economías en sectores específicos, sino que se estimularía la integración
intrasectorial; que el intercambio buscaría un progresivo equilibrio cuantitativo
y cualitativo mediante la expansión del comercio; y que se propiciaría la
modernización tecnológica a través de tratamientos preferenciales ante terceros
mercados y, la armonización progresiva de políticas económicas[37].

Los cuadros de los ministerios de relaciones exteriores, se percataban que una
integración argentino-brasileña aumentaría el poder de negociación internacional
obteniendo grandes ganancias por las economías de escala y la especialización
productiva, que ayudarían al pago de la deuda externa y permitirían resolver
conflictos sociales. Asimismo, favorecería la aparición de nuevas conductas
empresariales, nuevas oportunidades de mercado y, de abastecimiento de insumos,
incrementando la eficiencia empresaria en la producción de bienes y
servicios[38].

La complementariedad intraindustrial se produciría a partir del desarrollo de
industrias conjuntas en el sector de bienes de capital creadas a partir de fondos
de inversión y la formación de empresas binacionales, es decir, una parte de la
tarea se encontraría en manos de los gobiernos a través de las políticas
adecuadas, y otra parte, la realizarían las empresas y los inversionistas. Para
la Argentina, las ventajas tenían que ver con el acceso a un mercado consumidor
mucho más grande que ayudaría a activar nuestra economía, en lo que hace a
materias primas, equipos y maquinarias producidas en series cortas y con mano de
obra calificada, mientras que para Brasil servía para sumar un mercado consumidor
de bienes de consumo duraderos y suntuarios, con factores y recursos necesarios
para mejorar la eficiencia de su economía, a partir de la provisión de alimentos
baratos y de calidad, junto con recursos energéticos como el gas y mano de obra
calificada relativamente barata[39]. D
 ebido al reconocimiento del agotamiento del modelo sustitutivo de
importaciones, se podía optar por la apertura total de los mercados, o por el
proteccionismo tradicional, pero se eligió una postura intermedia, que suprimiera
la protección superflua, pero que lograra una integración sin grandes costos para
ambos países, mediante “(...) un proteccionismo selectivo de aquellas actividades
ubicadas en la frontera tecnológica, capaces de generar ventajas comparativas
dinámicas”[40].

Continuamente se firmaron nuevos protocolos hasta alcanzar el número de 24. Con
el objetivo de profundizar aún más los lazos entre ambos países, en diciembre de
1986 se firmó en Brasil el Acta de Amistad Argentino-Brasileña, Democracia, Paz y
Desarrollo, que reafirmaba los conceptos desarrollados en la Declaración de
Iguazú y en el Acta de Integración. Los presidentes profundizaron algunos
conceptos tales como su fe en la democracia y señalando que el estado de derecho
era el principal garante de la justicia social, así como de la dignidad, la
libertad y los derechos esenciales del ser humano, sin olvidar tampoco que el
crecimiento económico era condición necesaria para la justicia social, la
consolidación de la democracia y la paz. Por otra parte, se propusieron avanzar
hacia un sistema permanente de concertación y coordinación políticas, tanto
respecto de los temas bilaterales como de la situación regional e
internacional[41].

El 29 noviembre de 1988 ambos países rubricaron el Tratado de Integración,
Cooperación y Desarrollo. Los objetivos del tratado eran la consolidación del
proceso de integración y cooperación económica y la integración en un espacio
económico común de los territorios de los dos países[42]. El acuerdo enunciaba
objetivos generales, aunque algunos de los objetivos eran más codiciosos: “La
armonización de políticas aduaneras, de comercio interno y externo, agrícola,
industrial, de transporte y comunicaciones, científica y tecnológica y otras que
los Estados Partes acordaren, así como la coordinación de políticas en materia
monetaria, fiscal, cambiaria y de capitales, serán realizadas gradualmente, a
través de Acuerdos específicos que, en los casos correspondientes, deberán ser
aprobados por el Poder Legislativo de la República Argentina y por el Poder
Legislativo de la República Federativa del Brasil”[43].

Uno de los objetivos era alcanzar en la primera etapa la unión aduanera: “La
remoción de todos los obstáculos tarifarios y no tarifarios al comercio de bienes
y servicios en los territorios de los Estados Partes serán alcanzados,
gradualmente, en un plazo máximo de diez años (...)”[44]. Una vez finalizada la
primera etapa se debía llegar a la creación de un mercado común: “Concluida la
primera etapa se procederá a la armonización gradual de las demás políticas
necesarias para la formación del mercado común entre los dos Estados Partes,
incluyendo, entre otras, las relativas a recursos humanos, a través de la
negociación de Acuerdos Específicos que serán aprobados por el Poder Legislativo
de la República Argentina y el Poder Legislativo de la República Federativa del
Brasil”[45]. El tratado fue aprobado en agosto de 1989, por los parlamentos de
ambos países, cuando había finalizado el mandato de Raúl Alfonsín, y luego de la
asunción en julio de 1989 del presidente Carlos Menem
 .

 

4. Comentarios finales.

Como resultado de la cooperación e integración argentino-brasileña, entre 1985 y
1989 aumenta la participación brasileña en nuestro comercio exterior,
especialmente por las importaciones de ese país. A partir de 1986, la importancia
del comercio bilateral se evidenció en el aumento de las manufacturas
industriales argentinas en detrimento de las materias primas, mientras que las
importaciones del Brasil estuvieron dadas por las manufacturas de origen
industrial en el período 1986-1989. El aumento del comercio bilateral e
intraindustrial y de las manufacturas argentinas no solamente se debió a los
protocolos firmados en el marco de una voluntad política binacional, sino también
al tipo de cambio, especialmente entre 1988-89 cuando la hiperinflación argentina
deprimió el consumo interno, y el austral estaba subvaluado[46].

El tratado de integración de 1988, logró el aumento el intercambio comercial
luego del primer año de vigencia, corrigiéndose el desequilibrio favorable al
Brasil en la balanza comercial entre los dos países mediante un esfuerzo del
Brasil que aprobó un incremento de sus importaciones argentinas, especialmente en
el área de productos agropecuarios, lo que sirvió para dispersar el temor de que
el proyecto de mercado común sirviera únicamente al Brasil, como desconfiaban
amplios sectores nacionales. A pesar que el primer trimestre de 1989 arrojó
déficit, debido a las fluctuaciones cambiarias que demoraban los embarques, a los
costos, y a las menores ventas, el comercio bilateral en 1989 se acercó a los
2.000 millones de dólares, y las exportaciones argentinas duplicaron el promedio
de años anteriores, posibilitando un superávit de 500 millones de dólares. Por
último, los protocolos sectoriales, lograron ampliar el comercio bilateral a
partir de la eliminación de las barreras ara
 ncelarias, pese a la falta de concreción de algunos objetivos, como la
coordinación de las políticas macroeconómicas, etc.[47].



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[1]Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional del Centro de la Provincia
de Buenos Aires.

[2]Para un análisis de las causas internas, véase: Luchetti, Javier;
Argentina-Brasil: los comienzos de la integración (1985-1989). Salta, Tercer
Encuentro Internacional Humboldt, octubre de 2001.

[3]Kisic, Drago: La inversión extranjera directa en América Latina, en, Bouzas,
Roberto (comp.); De espaldas a la prosperidad. América Latina y la economía
internacional a fines de los ochenta. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano,
1989, pp. 162-163. Martner, Gonzalo: Mercados internacionales de productos
básicos, en, Bouzas, Roberto (comp.); De espaldas a la prosperidad. América
Latina y la economía internacional a fines de los ochenta. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1989, pp. 98-101.

[4]Kñakal, Jan: Morfología actual del sistema centro-periferia, en; Revista de
la Cepal. Santiago, CEPAL, diciembre 1990, n° 42, pp. 19-21.

[5]Bernal-Meza, Raúl: Concertación política regional: factor clave de la
integración económica latinoamericana, en Bernal-Meza, Raúl y Mendoza, Oscar
(comp.); Orden mundial y escenarios regionales. San Juan, Universidad de San
Juan, 1991, pp. 36-40. Centro Internacional de Formación Arístides Calvani; La
Decisión. Aportes para la integración latinoamericana. Caracas, IFEDEC, 1987, pp.
65-72. Rodriguez, Ennio: La endogeneización del cambio tecnológico: un desafío
para el desarrollo, en, Sunkel, Osvaldo (comp.); El desarrollo desde dentro. Un
enfoque neoestructuralista para la América latina. México, Fondo de Cultura
Económica, pp. 298-301.

[6]Uno de los ejemplos más conocidos es el de la computadora Apple, cuya
travesía abarca: el metal producido en Alemania, diferentes microcircuitos
integrados de memoria de California y Japón, la separación de los componentes de
las obleas de silicona y su montaje individual en Singapur, la fabricación del
tablero de comando del equipo en Taiwán, el teclado de Irlanda, y todos los
componentes que convergen a otra planta en Irlanda en donde se ensambla
definitivamente. Este comercio intraindustrial vertical en el que se intercambian
diferentes partes o materiales básicos para producir un bien final, se debe
diferenciar de la especialización intraindustrial horizontal en productos finales
diferenciados, como por ejemplo cambiar automóviles. Bekerman, Marta: Apertura
importadora e integración en América Latina, en, Bekerman, Marta (comp.);
Mercosur. La oportunidad y el desafío. Buenos Aires, Legasa, 1992, pp. 18-19. De
La Balze, Felipe: La inserción de la Argentina en el comerci
 o internacional, en, A.A.V.V.; El comercio exterior argentino en la década de
1990. Buenos Aires, Manantial, 1991, pp. 33-37. Leiva Lavalle, Patricio:
Evolución y desafíos del sistema de comercio internacional, en; Revista
Integración Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, enero-febrero 1987, n° 120, pp.
17-19. Sierra, Pablo: La integración como estrategia frente a la crisis, en;
Integración Latinoamericana. Informe Base. Buenos Aires, Consejo Federal de
Inversiones, 1991, pp. 14-16. Tussie, Diana, Los países subdesarrollados en el
sistema de comercio internacional: las fuentes de la discriminación. Buenos
Aires, FLACSO, 1987, documentos e informes de Investigación nº 53, p. 9. Tussie,
Diana; Los países menos desarrollados y el sistema de comercio mundial. Un
desafío al GATT. México, Fondo de Cultura Económica, 1987, pp. 54-60.

[7]En algunos casos gracias a la producción en una frontera compartida, se
labran acuerdos de subcontratación entre empresas productoras de bienes
intermedios, o de partes en países en desarrollo y empresas terminales en países
desarrollados, por ejemplo, en el sector de la electrónica. Los países
industriales autorizan el reingreso libre de derechos, de artículos de producción
nacional que recibieron elaboración adicional en un país extranjero: “El
ensamblado en el extranjero es un arreglo por el cual contrata una empresa en el
exterior el procesamiento o el ensamblado de un producto, o la fabricación de
componentes. Este arreglo involucra la reubicación geográfica de las etapas
intensivas en mano de obra de la fabricación de un artículo para aprovechar los
menores costos salariales de los países abundantes en mano de obra. Esta fase de
la producción podría delegarse a una subsidiaria extranjera de la compañía
matriz, o podría subcontratarse con una empresa extranjera no rel
 acionada”. Tussie, Diana, Los países menos desarrollados y el sistema de
comercio mundial. Un desafío al GATT, op. cit., pp. 72-73. El trámite más
conocido es el de la industria de la maquila en México, que se beneficia del
tratamiento preferencial que permite que productos norteamericanos exportados a
México reciban valor agregado en México, y sean reexportados a los Estados
Unidos, con un arancel que pesa solo sobre el valor agregado mexicano. De La
Balze, Felipe, op. cit., p. 36.

[8]“Este nuevo proteccionismo se ejerció globalmente a través de medidas que se
aplicaron en tres frentes: la defensa de las producciones en el propio mercado
nacional por la vía de restricciones a las importaciones; la defensa por la vía
de limitar las exportaciones de los países que causan o amenazan causar problemas
en su mercado nacional imponiendo restricciones ‘voluntarias’ a dichas
exportaciones o acuerdos de ‘ordenamiento de mercado’, o bien mediante la
aplicación arbitraria de medidas para detener la competencia presuntamente
‘desleal’; y la protección de las producciones nacionales en los mercados
internacionales por la vía de concederles subsidios u otras medidas promocionales
a dichas producciones cuando son exportadas, o bien impidiendo que estos
mecanismos sean utilizados por otros países cuando resultan competitivos con las
producciones nacionales en terceros mercados”. Leiva Lavalle: Patricio, Evolución
y desafíos del sistema de comercio internacional, op. cit
 ., p. 12.

[9]Amorim, Celso: El mercado común del sur y el contexto hemisférico, en;
Revista del Derecho Industrial. Buenos Aires, Depalma, mayo-agosto 1991, n° 38,
pp. 250-252. Leiva Lavalle, Patricio: La evolución de los intercambios y de la
política comercial de los países industrializados, en, Bouzas, Roberto (comp.);
De espaldas a la prosperidad. América Latina y la economía internacional a fines
de los ochenta. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1989, pp. 64-67.

[10]Amorim, Celso, op cit., p. 251.

[11]Sukup, Viktor; América Latina, año 2000 ¿Unida y dominada?. Políticas
económicas, desarrollo e integración regional. Buenos Aires, Centro de Estudios
Alexander von Humboldt, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional del
Centro, 1999, p. 51.

[12]Altimir, Oscar: Desarrollo, crisis y equidad, en; Revista de la Cepal.
Santiago, CEPAL, abril 1990, n° 40, pp. 9-15. Laredo, Iris: Definición y
redefinición de los objetivos del proceso de integración latinoamericana en las
tres últimas décadas (1960-1990), en; Revista Integración Latinoamericana. Buenos
Aires, INTAL, septiembre-octubre 1991, nº 171-172, pp. 12-14. Vacchino, Juan; La
dimensión institucional en la integración latinoamericana, en; Revista
Integración Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, diciembre 1992, nº 185, pp.
57-58. Wiarda, Howard: Estados Unidos, América Latina y la deuda internacional:
¿hacia una solución?, en; Revista Integración Latinoamericana. Buenos Aires,
INTAL, mayo 1988, n° 134, pp. 47-48.

[13]Bitar, Sergio: El pensamiento latinoamericano ante la crisis económica, en,
A.A.V.V.; Crisis y regulación estatal: dilemas de políticas en América Latina y
Europa. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, pp. 23-24. Sistema
Económico Latinoamericano; La economía mundial y el desarrollo de América Latina
y el Caribe. Caracas, Nueva Sociedad, 1990, pp. 114-118. Wiarda, Howard, op.
cit., pp. 48-49.

[14]Bernal-Meza, Raúl; América Latina en la economía política mundial. Buenos
Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1994, pp. 254-262. Mendoza, Oscar: El
programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos criterios para
su evaluación, en, Bernal-Meza, Raúl (comp.); Política, integración y comercio
internacional en el Cono Sur Latinoamericano. Mendoza, Universidad de Cuyo, 1989,
pp. 255-257. Rofman, Alejandro: Estrategias frente al desafío del Mercosur, en;
Revista Realidad Económica. Buenos Aires, febrero-mayo 1993, n° 114-115, pp.
134-140.

[15]Amorim, Celso, op. cit., pp. 254-255. Aragão, José: La integración en
América Latina: objetivos, obstáculos y oportunidades, en; Revista Integración
Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, diciembre 1993, n° 196, pp. 46-49. Bodemer,
Klaus; Europa occidental. América Latina. Experiencias y desafíos. Barcelona,
Alfa, 1987, pp. 21-22. Eguivar, Luis y Rua Boiero, Rodolfo; Mercosur. Buenos
Aires, La Ley, 1991, pp. 140-142. Laredo, Iris, op. cit., pp. 6-12. Sukup,
Viktor: La integración latinoamericana, un camino difícil, en; Cuadernos. Tandil,
Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 1995, pp. 8-11. Tussie,
Diana, Los países menos desarrollados y el sistema de comercio mundial. Un
desafío al GATT, op. cit., pp. 156-161. Vacchino, Juan, La dimensión
institucional en la integración latinoamericana, op. cit., pp. 5-6.

[16]Aragão, José, op. cit., pp. 46-49. Ffrench-Davis, Ricardo: Integración
económica, en; Revista Integración Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL,
enero-febrero 1989, nº 142, pp. 38-42. Laredo, Iris, op. cit., pp. 6-12. Mendoza,
Oscar, El programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos
criterios para su evaluación, op. cit., pp. 255-257. Raimundi, Carlos: La nueva
dimensión política de la integración. Buenos Aires, Honorable Cámara de Diputados
de la Nación, 1991, pp. 19-24. Rapoport, Mario y Musacchio, Andrés; La Comunicad
Europea y el Mercosur. Una evaluación comparada. Buenos Aires, FIHES, 1993, pp.
59-63.

[17]Aragão, José, op. cit., pp. 46-49. Gonzales Arrieta, Gerardo: Vinculación
entre la integración bilateral y multilateral en América Latina: el caso
argentino-brasileño en el sector de bienes de capital, en; Revista Integración
Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, julio-agosto 1988, n° 136-137, pp. 82-83.
Vacchino, Juan, La dimensión institucional en la integración latinoamericana, op.
cit., pp. 5-6.

[18]Bouzas, Roberto: América Latina y la economía internacional a fines de los
ochenta, en, Bouzas, Roberto (comp.); De espaldas a la prosperidad. América
Latina y la economía internacional a fines de los ochenta, op. cit., pp. 14-17.
Gilpin, Robert; La economía política de las relaciones internacionales. Buenos
Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1990, pp. 335-338.

[19]Kürzinger, Edith: América Latina y la Comunidad Europea: repercusiones de
los cambios en la economía mundial, en; Revista Integración Latinoamericana.
Buenos Aires, INTAL, enero-febrero 1987, n° 120, p. 29.

[20]Sunkel, Osvaldo: Del desarrollo hacia adentro al desarrollo desde dentro,
en, Sunkel, Osvaldo (comp.); El desarrollo desde dentro. Un enfoque
neoestructuralista para la América Latina. México, Fondo de Cultura Económica,
1991, pp. 57-58. Bustos, Pablo; El Mercosur ¿más de lo mismo?. Buenos Aires,
Fundación Friedrich Ebert, 1992, pp. 11-13. López, Andrés y Porta, Fernando:
Nuevas modalidades de inserción internacional: el Mercosur, en, Kosacoff,
Bernardo (ed.); Hacia una nueva estrategia exportadora. Buenos Aires, Universidad
de Quilmes, 1995, pp. 231-233. Martner, Gonzalo, Mercados internacionales de
productos básicos, op. cit., pp. 97-101. Sierra, Pablo, La integración como
estrategia frente a la crisis, op. cit., pp. 14-15.

[21]Altimir, Oscar, op. cit., pp. 9-15. Bustos, Pablo; El Mercosur ¿más de lo
mismo?. Buenos Aires, Fundación Friedrich Ebert, 1992, pp. 11-13. López, Andrés y
Porta, Fernando, op. cit., pp. 231-233. Martner, Gonzalo, Mercados
internacionales de productos básicos, op. cit., pp. 97-101. Sierra, Pablo, La
integración como estrategia frente a la crisis, op. cit., pp. 14-15. Sierra,
Pablo: Países del Cono Sur. Ajuste económico 1980/1990 y procesos de integración,
en; Integración Latinoamericana. Informe Base II. Buenos Aires, Consejo Federal
de Inversiones, 1992, pp. 14-15.

[22]Castellanos, Diego: Hacia una revisión de las relaciones con la Comunidad
Europea, en; Revista Nueva Sociedad. Caracas, Nueva Sociedad, marzo-abril 1990,
n° 106, pp. 119-120. Insulza, José: Europa y América Latina ante la
reestructuración global, en; Revista Nueva Sociedad. Caracas, Nueva Sociedad,
marzo-abril 1990, n° 106, pp. 98-104.

[23]Bernal-Meza, Raúl, La concertación política regional: factor clave de la
integración económica latinoamericana, op. cit., pp. 45-48.

[24]Alegrett, Sebastián: Nuevas formas de concertación regional en América
Latina, en Tomassini, Luciano (comp.); Nuevas formas de concertación regional en
América Latina. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988, pp. 304-309.
Bernal-Meza, Raúl, La concertación política regional: factor clave de la
integración económica latinoamericana, op. cit., pp. 45-48. Green, Rosario:
Nuevas formas de concertación regional en América Latina: El Grupo de los Ocho,
en, Tomassini, Luciano (comp.); Nuevas formas de concertación regional en América
Latina. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988, pp. 260-265.

[25]Alegrett, Sebastián, op. cit., pp. 304-309. Laredo, Iris, op. cit., pp.
6-12. O’ Connell, Arturo: La coordinación de los deudores latinoamericanos: el
Consenso de Cartagena y el Grupo de los Ocho, en, Tomassini, Luciano (comp.);
Nuevas formas de concertación regional en América Latina. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1988, pp. 279-288. Rofman, Alejandro, Estrategias frente
al desafío del Mercosur, op. cit., pp. 143-145.

[26]Alegrett, Sebastián, op. cit., pp. 309-319. O’ Connell, Arturo, op. cit.,
pp. 279-288. Raimundi, Carlos, op. cit., pp. 28-31. Rofman, Alejandro,
Estrategias frente al desafío del Mercosur, op. cit., pp. 143-145.

[27]Green, Rosario, op. cit., pp. 265-270. Laredo, Iris, op. cit., pp. 6-12.
Rofman, Alejandro, Estrategias frente al desafío del Mercosur, op. cit., pp.
143-145.

[28]Barros Charlín, Raymundo: Estructuras de concertación de políticas
económicas, en, Tomassini, Luciano (comp.); Nuevas formas de concertación
regional en América Latina. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988, pp.
155-160. Comisión Económica Para América Latina y el Caribe: Integración
regional: desafíos y opciones, en; Revista Comercio Exterior. México, Banco
Nacional de Comercio Exterior, enero 1990, volumen 40, n° 1, pp. 67-70. Green,
Rosario, op. cit., pp. 265-270. Fuentes Hernández, Alfredo: Concertación política
para el desarrollo de América Latina, en; Revista Integración Latinoamericana.
Buenos Aires, INTAL, abril 1988, n° 133, pp. 38-40.

[29]Bernal-Meza, Raúl, La concertación política regional: factor clave de la
integración económica latinoamericana, op. cit., p. 45.

[30]Laredo, Iris, op. cit., pp. 6-12. Raimundi, Carlos, op. cit., pp. 28-31.
Serbin, Andrés: El Grupo de los Tres y el proceso de regionalización de la cuenca
del Caribe, en; Revista Nueva Sociedad. Caracas, Editorial Texto, mayo-junio
1993, nº 125, pp. 120-122.

[31]Baldinelli, Elvio; El proyectado Mercado Común Argentino-Brasileño. Buenos
Aires, BID/INTAL, 1990, p. 6.

[32]Declaración de Iguazú, artículo 7.

[33]Declaración de Iguazú, artículo 8.

[34]Ibídem, artículo 9.

[35]Ibídem, artículo 28.

[36]Halperín, Marcelo: Dilemas jurídicos e institucionales en el proceso de
integración entre Argentina y Brasil, en; Revista del Derecho Industrial. Buenos
Aires, INTAL, abril 1987, n° 122, pp. 268-269. Tagle, Carlos: Aspectos jurídicos
e institucionales del Programa de Integración y Cooperación Argentino-Brasileño,
en; Revista Integración Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, n° 122, pp. 46-50.

[37]Acta para la Integración Argentino-Brasileña, artículo 2.

[38]Ondarts, Guillermo: La nueva integración, en; Revista Integración
Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, enero-febrero 1992, n° 175, pp. 29-30.
Quintanar, Silvia: La estrategia de integración desde el PICAB al MERCOSUR a
través del análisis del sector de bienes de capital, en; Revista Meridiano.
Buenos Aires, Centro de Estudios Alexander von Humboldt, agosto 1995, n° 1, pp.
25-26. Valls Pereira, Lía: Integración del cono sur: algunas reflexiones, en;
Revista del Derecho Industrial. Buenos Aires, Depalma, mayo-agosto 1991, n° 38,
pp. 293-294.

[39]Aldaco, Alfredo y Hunt, Guillermo: El Mercado Común del Sur, en, A.A.V.V.;
El comercio exterior argentino en la década de 1990. Buenos Aires, Manantial,
1991, pp. 371-372. Bustos, Pablo, op. cit., pp. 28-29. Mendoza, Oscar, El
programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos criterios para
su evaluación, op. cit., pp. 290-300.

[40]Mendoza, Oscar: DEL PICAB AL MERCOSUR. Continuidad, cambios y proyección
subregional del Programa de Integración Argentina-Brasil, en, Bernal-Meza, Raúl y
Mendoza, Oscar (comp.); Orden mundial y escenarios regionales. San Juan,
Universidad de San Juan, 1991, p. 72.

[41]Acta de Amistad Argentino-Brasileña, Democracia, Paz y Desarrollo, artículos
1-10.

[42]Tratado de Integración, Cooperación y Desarrollo entre la República
Argentina y la República Federativa del Brasil, artículo 1.

[43]Ibídem, artículo 4.

[44]Ibídem, artículo 3.

[45]Ibídem, artículo 5.

[46]Porta, Fernando: El acuerdo de integración Argentino-Brasileño en el sector
de bienes de capital: características y evolución reciente, en, Hirst, Mónica
(comp.); Argentina-Brasil. Perspectivas comparativas y ejes de integración.
Buenos Aires, Tesis, 1990, pp. 275-290. Rapoport, Mario y Musacchio, Andrés, op.
cit., pp. 130-139.

[47]Amorim, Celso, op. cit., pp. 255-260. Mendoza, Oscar, DEL PICAB AL MERCOSUR.
Continuidad, cambios y proyección subregional del Programa de Integración
Argentina-Brasil, op. cit., pp. 76-82.





Ponencia presentada en el Cuarto Encuentro Internacional Humboldt. Puerto
Iguazú, Argentina. Setiembre de 2002.




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