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Asunto:[encuentrohumboldt] 304/04 - EL PAISAJE ORDENADO DE LA REDUCCIÓN DE SANTA ANA
Fecha:Miercoles, 28 de Julio, 2004  15:51:03 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

 
      EL PAISAJE ORDENADO DE LA REDUCCIÓN DE SANTA ANA

Élida H. Arenhardt


 

INTRODUCCIÓN

            Los “treinta pueblos de las reducciones guaraníes”, fundados por los Padres Jesuitas, pertenecientes a la Compañía de Jesús entre 1610 a 1769, conformaban una  estructura organizada regional, y cada reducción un sistema integrado por un conjunto de subsistemas. La interacción solidaria entre estructura, sistemas y subsistemas,  hizo que funcionara por ciento cincuenta años de la mejor manera posible el uso de los componentes del espacio en función de las necesidades de cada reducción.

            Cada reducción formaba un sistema, porque si bien tenía que autoabastecerse de los recursos que le ofrecía su  espacio geográfico, una reducción por sí sola no  subsistía. Un pueblo dependía de otro y en lo posible se complementaban, producía lo que otra reducción no lo hacía con el fin de  enfrentar situaciones en circunstancias adversas. Cada reducción era el núcleo de enlace con otra reducción y a veces una, el centro motor del área. De ahí que leyendo los documentos algunas reducciones sobresalen más que otras.

El  espacio geográfico que abarcaba la Provincia de la misiones jesuítico-guaraníes estaba localizado entre los 25º a 30º de latitud Sur, y los 53º a 60º de longitud Oeste. Delimitada por ríos, mesetas (mal llamadas sierras), esteros y lagunas:  al Norte: los ríos Acaray, Paraná e Iguazú; al Sur: ríos Miriñay, Uruguay, Ibicuy y Yacui o Igai ; al Este: Laguna de los Patos, sierras de los Tape y Erval ; y al Oeste: río Paraguay, Paraná, Esteros y Laguna Iberá. Martín de Moussy calculó la superficie donde los treinta pueblos podían desplegar sus actividades en seis mil leguas cuadradas1.

Mucho se ha escrito sobre las fuentes  que inspiraron  a los padres jesuitas en el desarrollo de  un  proyecto tan adelantado para la época, cuyo objetivo fundamental en estas tierras era el de evangelizar a los aborígenes. Los componentes básicos para el desarrollo de las reducciones fue la formación íntegra de los padres jesuitas, basada en una disciplina  de estructura militar, las Leyes de Indias  y las prácticas  de otras reducciones, especialmente las que habían prevalecido en Juli (Perú).

Recién después de más de dos siglos de la expulsión de los jesuitas, y conociendo las características y exigencias  de la “Globalización” de fin del  Siglo XX, se puede decir que los Padres Jesuitas pusieron en práctica metodología que condicen  con las exigencias de un mundo actual:  lograron el ordenamiento territorial basado en la interacción de los componentes del sistema natural y el hombre; consideraron al nativo como integrante al marco físico o natural donde desarrolló sus actividades, desde la habitación en un determinado lugar hasta sus medios y modos de vida.

Si bien los treinta pueblos de las  reducciones, debido a su organización todos eran muy parecidas entre si,   cada Reducción tenía “algo” que la diferenciaba de las demás. En el caso de Santa Ana, con sólo ir a visitar las ruinas se percibe el ordenamiento sencillo que lograron los jesuitas y los nativos del espacio urbano. La ocupación del suelo, mediante la percepción de los elementos visibles, permite elaborar un mapa mental de la organización estructurada del paisaje, donde la comunicación y el  riego son los componentes que le dan legibilidad e identidad.

 

 

 

1. LOCALIZACIÓN REDUCCIÓN DE SANTA ANA

 

La Reducción de Santa Ana  fue fundada en 1633, en la provincia del Tape (Río Grande do Sul; Brasil) por  los Padres Pedro Romero y Cristóbal de Mendoza, que ante los reiterados ataques de los “bandeirantes” deciden dejar esas tierras y dirigirse al occidente del río Uruguay. Luego de una sacrificada travesía, lo que queda de la Reducción de Santa Ana, en 1939 se establecieron al sur del Arroyo Yabebiry, en una loma que les permitía divisar a su alrededor un bellísimo paisaje, característica que con el tiempo dejaron de ponderar , para incorporar otros elementos como la calidad y la fragilidad del mismo, por lo que analizaron la flora y fauna del lugar, y la capacidad productiva de los suelos en su contexto ecológico. Después de permanecer aproximadamente veinte años  en el cerro Peyuré (Santa Ana), los jesuitas entendieron que era un lugar frágil, no apto para el desarrollo de  actividades agropecuarias por los desniveles del terreno y la  presencia de un suelo poco evolucionado mal llamado “tosca”1; por lo que trasladan la reducción cinco kilómetros al noroeste de la anterior, entre el arroyo Cuchuy  (actual  Santa Ana) y un pequeño afluente, en un área elevada a 136 metros sobre el nivel del mar, con pendientes suaves hacia los terrenos circundantes y distante 5 km.  del río Paraná, 8 km. de la Reducción de  Loreto y 20 km.  de la Reducción de  Candelaria.

Para aseverar que los jesuitas tenían como objetivo el ordenamiento espacial, me remito a lo que sostiene el geógrafo francés, Olivier Dollfus en su obra El Espacio Geográfico (1990), considera que los paisajes ordenados son el reflejo de una acción meditada, concertada y continua entre los seres humanos y el medio natural.

 

1.2. Acción meditada

            La acción es  meditada  cuando los grupos que se localizan en un medio, se empeñan en sacar el mejor provecho de los recursos para satisfacer sus necesidades y  aquellas que le permitan  ventajas  para la vida en relación. Para ello, el hombre  organiza el espacio de acuerdo a su estructura social y a las técnicas que posee.

El primer indicio que lleva a pensar en un ordenamiento es el alejamiento de las tierras belicosas y la movilidad en el área en busca de las tierras más adecuadas. Esto se interpreta sobre la base de las expresiones del Padre Sánchez Labrador “no solo basta considerar la bondad del agua y fertilidad del terreno. El empeño del misionero ha de mirar a que el lugar de su Reducción sea saludable, como lo es, el que está en alto sobre una bella colina o loma, retirado de pantanos y anegadizos, lagunas y aguas estancadas”. Hace referencia a que se elijan los lugares teniendo en cuenta la  “calidad del aire por los árboles y plantas”, que donde crecen “ troncos gruesos y derechos,”... “ bien poblados de hojas y ramas”,... “frutos grandes y de buen color y sabor”...es señal de un clima benigno y de un suelo fértil. Por lo que aconsejan la explotación de especies  autóctonas e introducidas que solamente dan beneficio al hombre.

 Si analizamos la localización de la Reducción Santa Ana es óptima: en una lomada a 136 m.s.n.m., de pendientes suaves, influenciado por los vientos y alejado de los cursos de agua que fluctúan su caudal por las crecientes y copiosas precipitaciones. Es una zona  de transición entre la meseta y la llanura, entre la selva y el campo.

            La bondades del suelo lo podemos analizar con un mapa edafológico de la provincia de Misiones, relevamiento  hecho por C.A.R.T.A. (Compañía Argentina de Relevamientos Topográficos y Aerofotogramétricos) en 1962, a Escala 1: 50.000, el área urbana ocupada por la reducción de Santa Ana, corresponde a la Unidad Cartográfica 6 A: se define como  suelos jóvenes, poco evolucionados, derivados de meláfiro alterado y fracturado hasta una profundidad de 2 metros, de perfil  profundo, permeables, ligeramente ácidos, fértiles, que debido a su relieve plano o poco inclinado posee escaso peligro de erosión. Por las características del suelo se cree que los espacios dedicados a la agricultura (Abambaé y Tupambaé) se localizaron entre la Reducción de Santa Ana y Loreto, correspondiendo a la Unidad Cartográfica 9: con suelos rojos profundos muy evolucionados, lixiviados, permeables, ácidos o ligeramente ácidos, medianamente fértiles.

Las espacios dedicados a la ganadería localizados entre el río Paraná, los arroyos San Juan y Santa Ana hasta el cerro del mismo nombre, pertenecen a la Unidad Cartográfica 4: son suelos poco evolucionados, superficiales de roca compacta, continua, a menudo aflorante, asociados a suelos hidromórficos, arcillosos, medianamente profundos, ácidos y medianamente fértiles. En cambio, el suelo que se desarrolla próximo a los arroyos, corresponde a la Unidad Cartográfica 3:  hidromórfico de baja fertilidad, también llamado suelo “ñaú”, que es un tipo de arcilla regional característica, muy utilizada por los nativos para labrar ollas, platos, tejas y otros enceres.

La riqueza geológica la podemos analizar en base a lo que describe el Padre Sánchez Labrador, explotaban cuatro tipos de piedras: “tres para fabricar y la cuarta para blanquear”. La más usada, los nativos la llamaban “Itá-curú1 por ser como un amasado de piedrecitas”, de color pardusco y “con poco golpe se resquebraja”... El “tacurú” o “ripio limonítico”,  trata de costras con  concentración de nódulos procedente de la lixiviación del hierro contenido en las tierras coloradas, disolución quizás al estado de bicarbonato y ulterior depositación; cementadas por material arcilloso, acompañado de materia orgánica, arena, fragmentos de areniscas y basaltos.(Angelelli V.,pág.268). El “tacurú” en  yacimiento es maleable, fácil de cortar en bloques, endureciéndose posteriormente de su extracción. La otra piedra la llamaban “Itaquí”2 blanda, muy parecida a la piedra de amolar ordinaria, “si por ventura no es la misma. Lábrase con facilidad, aunque gasta mucho la herramienta”....  “Itaqui”  es una roca sedimentaría denominada arenisca roja.

La tercer piedra era la llamada “Itá-Tatá"3, muy  dura y con  dificultades para trabajarla. También explotaban una piedra llamada “Tobatí”4 o “cara blanca”, que molida utilizaban para blanquear las paredes, “quedan como si les diera un yeso”

Con respecto a los cursos de agua el arroyo Santa Ana y su afluente, en relación a sus vecinos San Juan, Yabebiry y Garupá, es corto, poco meandroso,  playo y de  poco caudal, presenta valles estrechos en forma de “V” o de “U”. Esta característica permitió a los jesuitas, la construcción de un puente que facilitó la comunicación con el Sur y el río Paraná. Los demás arroyos de la zona son angostos, con fondo firme de piedra, llano y poco profundos  por donde se puede pasar caminando, cabalgando o en carreta. A lo largo de los cursos de agua se formaban densos bosques en galería alternando con la paja amarilla y la paja colorada.

 

La elección del lugar de asentamiento de la Reducción de Santa Ana a 5 Km del río Paraná, permite confirmar la acción meditada de los padres jesuitas, en  aprovechar  los recursos naturales para la vida en relación.  Uno de los de mayor importancia que con el tiempo favorecería el desarrollo del área, por las posibilidades de intercambio, es el puerto de Santa Ana. Es abrigado, profundo y de fácil  acceso.

Sobre la base de la clasificación realizada por el Profesor Federico Daus e Ingeniero Papadakis  de las  Regiones Naturales de Misiones, Santa Ana se localiza en una zona de transición entre el Campo  y la Selva Misionera, por lo que se pueden encontrar islas de exuberante vegetación,  de madera dura  y valiosa, especialmente en los cerros: Timbó, Lapacho, Loro, Guayebira, Canela, Anchico, Alecrín, Ombú, Higuera, Incienso, Ibirápitá o Cañafístula, Pindó, Guaembé, Urunday, Cedro, Naranjo, Laurel, Yerba Mate. ,todas maderas de ley, utilizadas  en la Reducción con diversas aplicaciones.

Escribió el padre Sánchez Labrador... “En sus selvas se descuella el Igary o Cedro, por su semejanza con los de Europa, ..empleándose en todos los usos, que los de Europa... El Timboy, compite con los primeros pero son muy inferiores en la hermosura de su madera, de unos y otros se fabrican aquellas embarcaciones de una pieza llamadas canoas”.  Los nativos utilizaban las astillas del Cedro para preparar una infusión... “bebido con prudencia es eficaz para arrojar la sangre extravasada por golpe o caída..., su resina sirve para preparar barnices. Utilizaban la fruta del Timboy...  “quebrantada y usada en lugar de jabón, limpia la ropa sin dañarla ni pegarle olor ingrato”. El árbol llamado Ibirá-Pitá o colorado... “su madera buena para muchas obras de carpintería”... “y puestas sus astillas o aserrín en infusión de agua, su tintura está en pocas horas de un bello color encendido”

Abundaban los frutos silvestres muy apetecidos por los nativos: mamón, guayaba, aratikú,, higo silvestre, guaviyú, morera, castaña silvestre, murucuyá, aguaí, banano, tuna, cactus, ananá, araucaria. También cogollos de tacuara, hojas de col silvestre, raíz de kará o caladium. Los frutos que eran comestibles y presentaban una cierta toxicidad, los hervían varias veces cambiando el agua, por ejemplo el manduvirá.1

Tuvieron un profundo conocimiento de las propiedades medicinales y útiles de muchas plantas, lo que fue bien aprovechado por los padres, para el tratamiento de los males que les aquejaba, que de ello luego se benefició la humanidad.

Sería muy largo enumerar las plantas medicinales usadas por los nativos. Se puede decir que cada especie de la floresta tropical tenía una utilidad en la vida de los nativos.

Por estar localizada Santa Ana en una zona de transición presenta una gran riqueza florística y faunística,  no tanto en cantidad como en variedad de especies: osos hormigueros ciervos, catetos, yagua-tirita, carpinchos, monos, avestruz, pavo de monte, calandrias, loros, patos, zorzales, urutaú, caburé, loros, tucán, mariposas,  víboras, etc.

 

1.3. Acción concertada

La acción es concertada, cuando los individuos que forman una sociedad se proponen alcanzar determinados objetivos, basado en su origen étnico,  tradiciones  y  nivel social. Con esta acción los jesuitas alcanzaron no solo el crecimiento de la reducción, sino el desarrollo humano de los neófitos.

            La Reducción de Santa Ana, como todas las demás misiones dependían del Rey de España y de las Reales Audiencias de Perú y Buenos Aires. Los nativos reducidos eran considerados vasallos directos del Rey, al que debían pagar, en la tesorería Real de Buenos Aires un tributo de un peso por familia. Los que estaban exentos del pago eran los recién convertidos (hasta diez años), los caciques y sus hijos.

            Los jesuitas para poder llevar a cabo la gran empresa de las reducciones tuvieron que desarrollar estrategias básicas:  seguridad a los nativos ante el ataque de otros pueblos belicosos; dignidad ante el abuso de “encomiendas” y “mita” y otras actividades de parte de los españoles; civilizar al nativo por medio de la evangelización. 

            Los guaraníes poseían muchas cualidades que los hacía vulnerables ante los objetivos de los jesuitas, que fueron bien aprovechados y les permitió desarrollar su acción evangelizadora. Entre las cualidades que eran  condición indispensable para la vida en reducción se menciona la agricultura, el trabajo colectivo,  el respeto por el liderazgo natural, el canto, baile, música y arte. También poseían actitudes adversas  que paulatinamente fueron corregidas con una abnegada paciencia y constante vigilancia: la antropofagia, las borracheras, la poligamia, la ociosidad, la volubilidad, y la hechicería.

El Padre Cardiel en sus escritos resalta la inteligencia  de los niños guaraníes, en cambio cuando llegan a adulto se embotan. Esto llevó a los jesuitas a desarrollar una tarea perseverante de protección y supervisión, caso contrario el desarrollo de las  reducciones hubiesen fracasado.

Escribió Sánchez Labrador: “Cada pueblo tenía su cura, el cual era superior respecto a su compañero, y ambos superiores respecto a los indios”. Santa Ana estaba regida por dos jesuitas, que dependían directamente del Superior de las Misiones con asiento en Candelaria e indirectamente del Provincial, que residía en Córdoba.  Si bien el Cura era la autoridad máxima de la Reducción en todos los planos de las posibles actividades de sus moradores, el Cabildo con su Corregidor al frente, era la mayor autoridad civil, que casi siempre era uno de los caciques del pueblo y capaz de obrar armónicamente con el Cura.

Existía un profundo respeto por la autoridad jerarquía tanto en el orden eclesiástico como entre los nativos, porque de las buenas relaciones entre todos dependía la prosperidad  espiritual y material de la Reducción. Esta jerarquía continua y vigorosa: Provincial, Superior de las Reducciones, Cura y Compañero, Corregidor y Cabildo, Caciques y pueblo; todo estaba engranado a la perfección, y al moverse una rueda todas las demás se ponían en movimiento. Esta admirable disposición  gubernativa, tan sencilla y forzadamente eficiente llevó a que la vida civil de los nativos dentro de la Reducción,... “llegó a su más alta cumbre; pueblos en los que la felicidad personal y colectiva no tuvo eclipses, ni menguantes; pueblos en los que prevaleció el respeto recíproco y aun el amor cristiano que lleva a los espíritus el sosiego, la tranquilidad y la paz”.(Furlong, G. 1962, pág. 264)

Nadie puede garantizar la felicidad humana y las alternativas individuales, esto es algo muy personal, pero el proceso de desarrollo humano requiere de un ambiente propicio para que las personas, tanto individual como colectiva, puedan desarrollar todos sus potenciales y contar una oportunidad razonable de llevar una vida productiva y creativa conforme a sus necesidades e intereses.

El desarrollo humano se refiere más a la formación de capacidades humanas, tales como un mejor estado de salud o mayores conocimientos. A esto hay que incorporar, el trabajo, el descanso las actividades sociales y culturales, la educación y la libertad es primordial, en perfecta armonía con el medio. Esto fue un factor esencial en el ordenamiento del sistema espacial de la reducción, ya que el mismo se presentaba como el ensamble de un conjunto de subsistemas, relacionados funcionalmente y que en conjunto constituían la estructura territorial, como ser: las construcciones para el asentamiento de religiosos y nativos, para el desarrollo de las actividades (oficios, religiosos y cívicos);  de redes de comunicación (caminos, puentes), de obtención y distribución de agua, de deshechos fisiológicos; usos del suelo;  de administración...., todos ellos en interacción con el sistema natural.

En los inicios de su etapa de reconstrucción contó con una población muy reducida. Según un censo de población que se realizó en 1647, Santa Ana  contaba con 779 almas, siendo la menos poblada de todas las reducciones. Los motivos fueron varios: deserción de los nativos durante su traslado, epidemias, hambruna y muerte por ataque de las fieras en los montes aledaños a la reducción, cuando salían de caza en busca de alimentos.

La composición de la población de la Reducción de Santa Ana era muy heterogénea, proveniente de distintos lugares: del Tape, cuenca del Uruguay y del Paraná. Esta heterogeneidad fue sobrellevada mediante la cohesión entre los propios jesuitas, alentados por la solidaridad que existía entre las comunidades aborígenes durante la etapa de reconstrucción.

Los jesuitas entendían que para lograr el desarrollo de la reducción era imprescindible el desarrollo humano, por lo que pusieron énfasis en la educación del nativo, mediante la enseñanza  de oficios. Instalaron los talleres de escultores, carpinteros, pintores, herreros, alfareros, torneros, talabarteros  y bordados de encaje dentro de la reducción, y fuera de ella la explotación de rocas en las canteras cerca del Paraná, mataderos y carnicerías. Todos los nativos de los 12 a 50 años debían aprender y desempeñar un oficio, tenían plena libertad de elegir ellos mismos el oficio que más le gustaba.  Tenían una buena organización en ejercer los oficios, cuando era época de cultivar la tierra algunos talleres entraban en receso. Se insistía mucho sobre el trabajo, que tenía por fin evitar la ociosidad, pero no se le exigía al nativo más de lo que podía dar razonablemente.

Una estrategia utilizada por los misioneros fue la incorporación del jesuita no sacerdote, llamado “hermano” que ha vivido la cultura guaraní y conocía bien las virtudes y defectos de los nativos. Así es como mediante el “hermano” adquieren importancia los oficios de: encaminar el agua por las acequias a los campos, huerto y pueblo; construcción de una fuente pública, con estanque y pilas para lavar ropas; construyen la iglesia y las casas con ladrillos y tejas. Otros aborígenes  en cambio se dedican a la agricultura, desarrollando sementeras, cultivos y cosechas, siendo muy controladas estas actividades por los jesuitas con premios para estimularlos a desarrollar las tareas con responsabilidad, ya que de ello dependía la subsistencia de la reducción. Existía un estricto control sobre la producción de bienes, porque el nativo se destacaba por vivir el momento, sin pensar en el mañana.

            Para alcanzar los fines que se proponía, la Compañía de Jesuítica hizo una muy detallada y exigente selección de los padres. Además de las usuales virtudes morales, el misionero debía tener dotes especiales, entre los que figuraba el profundo conocimiento de los problemas guaraníes y sus adecuadas soluciones. El misionero era a la vez un admirable economista y un penetrante sociólogo con un estado de ánimo por un racionalismo integral. (Popescu, 1952, pág. 34).

 

1.4.  Acción continua

            La acción es continua cuando se conjugan la acción meditada y la acción concertada  y se da a lo largo de un período de tiempo más o menos lejano, sacando el mejor  provecho posible al recurso, utilizando métodos  y  técnicas adecuadas que  no  produzcan desequilibrios en el medio.

Entre 1685 a 1700  se desató en el área  una epidemia de sarampión, disentería y viruela que diezma la población de Santa Ana. Quedan muchos niños huérfanos sin su madre que los amamante. Fue muy inteligente de parte de los jesuitas desarrollar la ganadería para la obtención de carne y leche, que ésta se reservaba especialmente para los más pequeños. Con la epidemia que se desató los nativos más pequeños se  salvaron por ser  alimentados  con leche de vaca que contaba la reducción. Ante el continuo avance de epidemias, y como los jesuitas no eran médicos y no sabían  justificar el motivo, deciden cambiar la dieta alimentaria de los nativos basada en carnes y frutas, por lo que intensifican las actividades económicas hacia esos rubros.

Surge un nuevo reto por seleccionar las actividades agropecuarias teniendo en cuenta el relieve, microclima y recursos naturales, humanos y técnicos  de cada reducción.

 El uso racional de recursos naturales impone limitaciones en los tradicionales desmontes. Se controla la época y la técnica de la tala de los árboles; el traslado de los troncos se hace con mucho cuidado para evitar destruir la  vegetación menor. No se queman los bosques ni los campos porque “podrida la hojarasca con su misma corrupción se esparce sales, y oleos, que comunican a la tierra crasitud y su  substancia, con el socorro de las aguas llovedizas van sales y óleos a las raíces, que con sus barbillas las chupan” (Carbonel de Masy, 1992, pág. 141)

Por  la experiencia  que atravesaron los jesuitas en la región del Tape, recibieron  instrucciones  que los nuevos pueblos  se fijaran muy próximos entre sí y se comunicaran con facilidad ya sea... “por caminos y ríos con puentes y los que no, con canoas y canoeros para transportar los pasajeros”, según escribía Cardiel, ... “a cada cinco leguas hay una capilla, con uno o dos aposentos y una o más casas de indios que la guardan”... que servía de posada por caridad.

También recibieron instrucciones que tuvieran especial cuidado en el trazado urbano y equipamiento humano, respetando las actividades que se realizaban dentro de la reducción con las de los espacios rurales. De esta manera Santa Ana va a la vanguardia de una nueva etapa de modernización en construcción edilicia y organización del espacio, proceso que se realiza en forma lenta pero continua.

 

2.  El espacio urbano

             

         Los jesuitas para atraer a los nativos, le respetaron el lugar de asentamiento de una reducción, tanto en las formas de la construcción de las viviendas como en su disposición. A medida que aumentaba la confianza, el cacique  era convencido de las ventajas de un ordenamiento urbano, por lo que los jesuitas terminaron por imponer un plano que presenta una asombra similitud en todas las reducciones. Es cierto que se adaptaron a normas establecidas por disposición superior, pero esto se hacía para lograr orden, mayor economía de tiempo y recursos, y para que ya en sus inicios, los distintos espacios urbanos generaran programa o algún plan de acción.

La Plaza era el escenario principal, no solo por su magnitud -un rectángulo de 140x159m- sino por las múltiples funciones que cumplía, donde se realizaban manifestaciones cívicas, religiosas, recreativas, comerciales, etc. A muchos llamó la atención después de años de abandonadas las reducciones, el que las plazas se hubiesen conservado sin vegetación, mientras que el resto estaba invadido por la maleza. Se dice que “los nativos pisotearon el terreno de tal manera, que ninguna semilla de árbol pudo brotar allí; que allí era donde labraban las piedras para sus edificios, que todo aquello formó una especie de argamasa de macadam y dio el resultado fenomenal que presenciamos”.(Furlong. G., 1962, pág. 198)

Otras ocupaciones del espacio urbano corresponden a la Iglesia, el Colegio, Cabildo, el Taller, el Cementerio, la Huerta, el Cotiguazú, las viviendas de los nativos  y las calles que eran rectas, anchas y limpias. Cada lugar era importante por el programa que generaba en beneficio del desarrollo humano.

Santa Ana posee rasgos arquitectónicos que llaman la atención: el conjunto de escaleras y explanadas que avanzan sobre la plaza; los estanques y las acequias; la altura de 5  a 6 metros y espesor de los muros de 1,20 metros; las cumbreras a dos aguas sobre los  muros; el corte rectangular de los bloques o rocas para la construcción; la construcción de terraplenes bastante elevados como muro de contención, para salvar las diferencias de niveles; las canaletas de desagües; los cimientos de resistente “tacurú” que sobresalen unos metros sobre el nivel del suelo y el resto construido de material  más blando de hasta 4 metros de altura, para favorecer la ventilación y reducir la influencia de las altas temperaturas.

Los jesuitas ponían especial énfasis en los desagües de los retretes, tal lo manifiesta Guillermo Furlong “en 1693 el Padre Provincial con respecto a la reducción de Santa Ana advertía “la acequia que pasa por los retretes necesita mayor cuidado, para que nunca falte el agua”, aunque habla de acequia, término que de suyo indicaría un curso de agua al aire libre, en el presente caso se refería a la acequia que corría por los subterráneos, aunque es posible que a veces, o en secciones, iría al aire libre”. Tales túneles subterráneos no eran más que los desagües de los baños, que aprovechando el desnivel del terreno, corrían hasta llegar, quizás, a los arroyos más cercanos.

Otro hecho que nos dice claramente que los jesuitas pretendían el desarrollo humano de los nativos,  lo podemos observar en la evolución  que tuvieron las “casas de los indios”. Al principio eran muy pobres semejantes a las que ellos usaban en su estado salvaje...“estaban fabricadas de cañas revestidas de barro”, pero luego presentaron rasgos más evolucionados a medida que pasaban los años... “hoy son tan cómodas, tan limpias, como las de los españoles del pueblo”. Esta era una manera de ir adaptando al nativo en forma paulatina a un modo de vida más evolucionado y no sintiera el cambio brusco de hábitat.

Hacia el año 1662, en el segundo asentamiento, ya estando bastante avanzada la construcción de edificios, se originó un incendio que destruyó la Iglesia y la Casa de los Padres. Estos incendios eran muy frecuentes porque los techos eran de paja, por lo que los padres deciden  aprovechar el “ñaú” y fabrican tejas desterrando el uso de paja y tacuaras en la construcción.

            Para fabricar las tejas utilizaban como materia prima la arcilla o “ñaú”, que extraían de las zonas bajas o aledañas a los cursos de agua (suelos hidromórficos), amasaban con las manos y tenían como molde el muslo de la pierna de los nativos. Es por eso que se observa que todas las tejas guardan la misma forma, pero difieren en tamaño.

La Iglesia de Santa Ana era una de las más esbeltas y espaciosas. Era de 3 naves, media naranja “con 85 varas de superficie, sin el presbiterio, y 28 de anchura igualando a la que más en ornamentos y alhajas”, según escribe Félix de Azara. No se tiene seguridad quien la empezó a construir, pero se sabe por documentos escritos que el Hermano Brasanelli la terminó por instrucción del Padre Superior Luis Roca.

Dentro del espacio urbano, se intensifica el desarrollo de la huerta que tenía 90 metros de fondo que les permitió una alternativa  de cubrir necesidades no sólo alimenticio sino también medicinales.

El Padre Sepp hace una descripción de la huerta de la Reducción de San Luis y se cree que no existían variantes con la de Santa Ana. “Tenemos un jardín sumamente grande, hacia el que sólo debo caminar un paso de mi habitación. Hay allí un jardín de hortalizas y de lechuga, un huerto frutal, un jardín de flores, uno de hierbas para los enfermos –aquí no hay médicos ni boticarios-, como así una viña especialmente hermosa”. Cultivaban: lechugas, escarola amarilla, achicoria, raíces de pastinaca, acelga, grosellas, espinaca, rábanos, celidonia, coles, colinabos, perejil, anís, hinojos, melones, cilantro, pepinos y otras hierbas indígenas. También cultivaban menta, rudas, romero, mejorana, pimpinela, y frutales como manzano, perales, nogales, duraznos, granadas, limas, limones, membrillos... Muchas semillas traídas de España, se desarrollaron en esta zona sin inconveniente, porque el clima de la región mediterránea de Europa es también subtropical como el de Misiones, pero con una variedad distinta:  con estación seca.

Lindante al huerto se localiza el estanque artificial y un sistema de canalización pluvial, construidos con material resistente, bloques de  basalto alterado o “Ita-curú”, que aseguraba el abastecimiento de agua a los cultivos de la huerta, a los talleres y al campo abasteciendo de agua al ganado. El estanque es un cuadrado de 6 metros de lado y 1,80 metros de profundidad. Más al Norte de la reducción a unos mil metros, dentro de lo que podríamos denominar la zona rururbana existe otro estanque de 7 metros de lado y 1,10 metros de profundidad, con tres aberturas que posiblemente serían la entrada de agua,  y una compuerta de salida del elemento líquido. Se observa  a unos 10 metros del mismo una cañería subterránea de lajas por donde corre agua y desemboca en una cámara de considerable tamaño. Este sería otro lugar de captación de  agua, todavía con fines no establecidos por los investigadores.

Con respecto a cómo lograban los jesuitas el abastecimiento de agua, localizados en una loma, no existen en los documentos explicaciones muy claras. Pero la presencia de agua era una de las condiciones indispensables para instalarse en un lugar. Se cree que existían nacientes u “ojos de agua”, hoy desaparecidos, por  el intenso desmonte.

En Santa Ana se observa un ingenioso sistema de canalización pluvial con una pileta, que se puede interpretar la disposición con una utilidad: primero potable, segundo para el aseo y último para el lavado de ropa.

            Los jesuitas protegían a su pueblo en forma eficaz, tal lo demuestra lo referente al cementerio y la falta de hospitales. La higiene y sanidad, como no contaban con hospitales, en época de una peste los nativos se aislaban en los bosques para no contagiarse, y permanecían allí hasta que pasaba el flagelo. Tenían dos cementerios, uno el general y ordinario que se localizaba contiguo a la  Iglesia y otro para los tiempos de epidemia fuera de la población. Sánchez Labrador nos informa al respecto:.. “estos son cementerios del tiempo de peste o epidemia. Esta providencia ha mirado a apartar de los neófitos los hálitos contagiosos, y el riesgo de infección nueva; están cuidados con mucha decencia, cercados, y por lo común al contorno hay plantados naranjos dulces, vense también sus bordaduras de nardos” (Furlong, G. pág. 259)    

Cuando el Provincial Luis de la Roca visitó en 1714 Santa Ana ordenó... “encargo se ponga todo empeño en proseguir las casas de los indios como se ha empezado con cimientos de piedra y  también de piedra una vara, o tres cuartas fuera de ellos”.

En la construcción de viviendas se observa el empleo de dos materiales distintos. Hasta los 1,10 m. del suelo, se utilizó  “Ita-curú” y luego  “Itaquí”,  arenisca sedimentaria menos resistente.

En 1718 había en Santa Ana unas 1.000 familias. Los guaraníes no se destacaban por tener una gran prole, lo normal era de tres a cuatro hijos. Como las familias eran muy solidarias entre sí, los padres para un mejor ordenamiento, dispusieron que cada una ocupara un espacio contiguo al otro, en bloques de hileras de viviendas, con una gran galería abierta y protegida, respetando costumbres de los nativos.

La reducción de Santa Ana es la que menos sufrió durante la penosa década 1730-40, cuando la población total de las reducciones de guaraníes, por epidemias se redujo a la mitad. Esto se debe a las medidas de precaución tomada por los jesuitas en lo que a desarrollo humano se refiere. La excesiva población de Santa Ana fue trasladada a reforzar  la Reducción de Santa María La Mayor, casi extinguida en esos años. En 1760 Santa Ana llegó a tener 6.000 habitantes. El continuo aumento de población  demandó intensificar la construcción de viviendas, esto nos demuestra el interés puesto en alcanzar el  desarrollo humano, que para lograr tal objetivo era necesario correr en forma pareja con un crecimiento económico.

 

3.      El espacio rural      

         El nativo, al contrario del europeo, no se dedicaba a la acumulación de riquezas. Rehusaban al trabajo excesivo, no por incapacidad o indolencia, sino por considerarlo inútil. Trabajaban solo para satisfacer sus necesidades. Es por eso que le costó mucho al nativo entender por qué los blancos desde su llegada a éstas tierras (Argentina, Brasil, Paraguay), necesitaban talar tantos árboles de los bosques.          

El modo de vida de los Guaraníes antes de ser reducidos, discurría en un espacio geográfico bien definido y delimitado denominado “tekoa”, donde se desarrollaban en comunidad exclusiva y tenían un gran apego por dicho terruño, costando mucho a los padres convencer a los mismos que no siempre era el lugar más adecuado para el emplazamiento de una reducción. Al principio debieron consensuar posiciones hasta llegar a una situación que conformara a unos y otros. En forma lenta y perseverante, los jesuitas lograron que los nativos alcanzaran un nuevo modo de vida cristiano, en un espacio geográfico construido y defendido por ellos.

Si bien en las tres primeras décadas del Siglo XVIII priorizaron el desarrollo urbano, no  descuidaron el desarrollo del espacio rural, ambos se complementaban. Las principales actividades del espacio rural eran la agricultura, ganadería y la explotación de las distintas rocas en las canteras, que casi siempre estaba localizado lindante a un curso de agua: río o arroyo.

Dentro del paisaje agrario los jesuitas organizaron el “tupambaé” y el “abambaé”. El primero combinaba una doble función: abastecer a los Padres y a los pobres, contribuyendo al bienestar del pueblo y también a otros que pasen por una situación crítica y necesitan de la solidaridad para seguir viviendo. Los nativos que no tenían oficios especiales servían a la comunidad en el tupambaé los lunes y sábados. (Carbonel Masy, 1992, pág.170)

Lo contrario era el abambaé, que significaba hacienda de los indios, era la propiedad privada del nativo, que a veces estaba distanciada de tres a cuatro leguas del pueblo, siendo el responsable de coordinador toda la actividad el cacique. El abambaé apuntaba al abastecimiento familiar, los nativos que tenían oficio trabajaban en forma alternada, una semana en el oficio y otra en el campo. (op.cit. pág.171).

La explotación colectiva dio origen a las sementeras, yerbales, frutales y estancias que beneficiaba a todos los integrantes de la reducción, con posibilidad de vender o intercambiar con otros pueblos. En cambio la explotación particular apuntaba al abastecimiento familiar y en caso que ésta faltase se completaba con la explotación comunitaria.

 La agricultura estaba muy bien orientada por los padres y para dicha actividad  preferían las tierras ubicadas al nordeste de la reducción. Las tareas principales consistían en la preparación del terreno, la siembra y la recolección; la escarda o  carpida era realizada a mano, con preferencia después de las lluvias.

Ponían especial atención al arado del suelo, que se realizaba con bueyes, cuidando de no revolverlo en profundidad; las malezas que el arado no  podía arrancar ni limpiar, los nativos debían quitar con las manos. Esto nos demuestra  que ya ponían en práctica técnica de desarrollo sostenible muy pregonadas actualmente, como ser la “labranza mínima”.

Las tareas se iban ordenando lentamente con cambios en lo técnico y en lo socio-cultural como por ejemplo las mujeres dedicaban más tiempo a su casa, criar los niños y a la hilanza. “lo que se pudiera hacer sin llamar a las mujeres, en especial a las que crían o están preñadas, hágase sin ellas, que el durar la faena más, importa menos” Los hombres eran más eficaces en arar y carpir con bueyes, en levantar la cosecha, la molienda. En cambio,  los muchachos y muchachas eran requeridos en la carpida.

Las herramientas de trabajo como el arado era construidas de madera, proveniente de las selvas; las azadas, azuelas, machetes, hachas en su fabricación se combinaban madera con el hierro ordinariamente de origen europeo.

Los padres jesuitas al ver el fácil proceso de erosión que se producía por los cultivos anuales, dispusieron  introducir mayor cantidad de cultivos perennes, que eran menos sensibles a cambios climatológicos y requerían menos riegos y labores culturales. Además, los cultivos perennes daban  la posibilidad de dedicarse a otras tareas comunitarias urbanas y fomentar el desarrollo de la diversificación de los cultivos de huerta.

Utilizaban como abono el estiércol de los animales y la paja de los vegetales; también arena para impedir... “que las mejores tierras se unan con solidez y que se endurezcan con exceso

En Santa Ana los frutales que más se difundieron fueron los cítricos, según manifiesta en 1883, Rafael Hernández en “Cartas Misioneras”... “y debe su fama á las abundantes y exquisitas naranjas que desde leguas á la distancia acuden los moradores á proveerse”

La yerba mate, mediante la perseverancia de los Padres pasó a ser una rica fuente de recursos y uno de los elementos civilizadores porque acabó con la borrachera de los aborígenes. En las chacras aledañas a la reducción,  se localizaban importantes superficies dedicadas al cultivo de la yerba mate. El proceso de recolección y elaboración no difiere mucho del que se realiza hoy. Era el artículo de mayor consumo y  a su vez el de mayor uso como medio de pago. A los Jesuitas se le debe el desarrollo del cultivo intensivo de la yerba mate, que hoy es  fuente o renglón importante de riqueza y exportación en la provincia de Misiones.

 De acuerdo a lo que se observa actualmente en la zona, se puede afirmar que también se dedicaban al cultivo del maíz, porotos, “andaí”1, mandioca, batata y de la caña de azúcar  para la producción de azúcar, melaza y rapadura. Hoy la localidad de Santa Ana es considerada la “ Capital Provincial de la Rapadura”

La ganadería fue un importante renglón dentro de la economía de las reducciones, porque tenía la ventaja de no estar supeditada a las langostas y sequías como los cultivos, por lo que los padres se empeñaron en una multiplicación y matanza ordenada, en un espacio localizado entre el río Paraná, los arroyos hoy llamados Santa Ana y San Juan y el cerro Peyuré.  Los jesuitas para favorecer  la cría del ganado, introdujeron a la región un tipo de pasto, que se ha difundido y hoy todavía permanece y se lo conoce como “pasto jesuita”. La ganadería nunca fue un producto de exportación, solo se  comercializó entre las reducciones.

Si hay algo que dio lugar al desarrollo humano y económico de Santa Ana fue el dinamismo y creatividad de los jesuitas que estaban al frente de la Doctrina, a lo que se le debe agregar la comunicación y solidaridad fluida que tenían con las demás reducciones entre recursos y resultados.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Los jesuitas y los nativos fueron los agentes fundamentales en la dinámica del paisaje de la reducción de Santa Ana. Originaron un paisaje armónico, donde en forma coherente intervinieron elementos abióticos, bióticos y antrópicos, adaptándose a una planificación con evolución, articulada con el entorno. La forma de organización y la armonía que tenían con la naturaleza, nos dice de la preocupación que ponían en preservar el medio y los recursos. 

A pesar de que los jesuitas estaban sujetos  al cumplimiento de normas y dependían de una organización jerárquica que a veces parecía anular al individuo, la libertad y responsabilidad personal era lo más relevante de los integrantes de la Compañía de Jesús. Eran celosos de la educación, fundamentada en un contexto humanístico y conservador, que con metodología estructurada alcanzaron a ordenar un espacio geográfico muy envidiado y no interpretado por las autoridades políticas del momento.

Alcanzaron el desarrollo “basado en la fe y la razón y pusieron en el centro de su interés  al nativo y la globalidad de su vida”.

 

 

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1 5.572,7 metros = 1 legua

1 Basalto alterado.

1 En guaraní “Itá”= piedra

2 “Itaky” = piedra de afilar

3 “Itá-Tatá”= basalto

4 “Tobatí”= caolín

1 Maní silvestre

1 zapallo o calabaza


Ponencia presentada en el Cuarto Encuentro Internacional Humboldt. Puerto Iguazú, Argentina. Setiembre de 2002.





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