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Asunto:[encuentrohumboldt] 149/04 - LOS HECHOS SON TERCOS
Fecha:Lunes, 31 de Mayo, 2004  20:04:38 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

LOS HECHOS SON TERCOS


Prof. Omar Horacio Gejo

Centro Humboldt/ UnLu

Introducción

El final de la década del noventa ha ido dejando al descubierto un conjunto de temas/problemas que conforman la impostergable agenda de los actores sociales. Más allá de la lógica importancia que ella posee como un todo, particularmente interesante, y merecedora de una severa atención, resulta el debate acerca de la competitividad argentina, o lo que es lo mismo, la evidente falta de competitividad del sector externo del país.

Y es de especial interés el abordaje de dicha cuestión, porque ella estuvo -se afirmó hasta el hartazgo- en el epicentro de las transformaciones que la economía nacional vivió, o padeció, en la década pasada.

 

1. Las "necesarias" reformas estructurales: haciendo un poco de historia

 

Es un lugar común en las discusiones más o menos especializadas ubicar a los años ochenta dentro de una zona de turbulencias significativas, que se abrió con los sobresaltos de la cesación de pagos continental encabezada por México, y que se cerró con la traumática experiencia inflacionaria que, con la presión del crudo terrorismo económico, puso un punto aparte en la evolución histórico-económica de la región en general, y del país en particular.

Esa zona de turbulencias constituyó un período al que se lo conoció como la década perdida (1), denominación gráfica que señala el marcado retroceso, la vívida regresión de la vida económica y social de Latinoamérica.

En Argentina, la crisis hiperinflacionaria, con su dramatismo político, jaqueó y hundió a la administración alfonsinista, el recordado primer turno de la restauración democrática tras los siete años de la Dictadura.

La experiencia de aquel gobierno radical estuvo signada por un plan de estabilización, el Austral, que desde mediados de 1985, con la creación de una nueva moneda -homónima del plan-, pretendió instalar la piedra fundacional de una renovada y saneada arquitectura económica del país. La suerte de este emprendimiento comenzó a estar echada en un par de años, a partir de los cuales el gobierno radical inició una tortuosa marcha, asemejable a una virtual retirada, que en lo económico se llamó plan Primavera, pero que en lo político estuvo caracterizada por la derrota electoral de 1987 y el inexorable destino signado por la manifiesta imposibilidad de sucederse a sí mismo.

A comienzos de febrero de 1999 -en la primera semana-, la crisis cambiaria precipitó el final, abriéndose paso los agitados meses de la caótica debacle de aquella administración.

El triunfo electoral del partido Justicialista en mayo de 1989, encabezado por Carlos S. Menem, y su apurado acceso a la administración, generó un marco de expectativas sobre la forma en que se iba a encarar la salida de la encrucijada.

Tras una campaña en la que la fórmula que iba a resultar ganadora había dado sobradas muestras de confusión programática, puso en marcha en el gobierno un claro rumbo representado por elegir indubitablemente la opción del poder económico concentrado.

Esta elección de la segunda administración democrática, empero, no le significó el haber desbrozado definitivamente el camino, pues durante casi dos años debió recurrir a varios intentos estabilizadores, en la difícil empresa de doblegar el desbocado fenómeno inflacionario que caracterizaba al caso argentino (2).

Por aquel entonces, la derrota de la inflación era sindicada como el hecho liminar de una nueva estructura económica nacional racional. Se sostenía que la que poseíamos, configurada por un aparato industrial ineficiente, supérstite merced a un mercado interno hiperprotegido, con escaso apego a la conquista de otros mercados, y un Estado desmesurado, que era disfuncional respecto de las necesidades de la urgente transformación económica del país, resultaba inviable.

En un contexto prefigurado por el brusco reacomodamiento del escenario internacional, conmovido por la "caída del Muro", la explicitación de una serie de lineamientos conocidos como "Consenso de Washington", obró como gran parapeto intelectual para la avasalladora imposición de las "reformas estructurales". Esto es, la regresión del aparato estatal (privatizaciones), apertura de la economía (reducción de la trama arancelaria externa), y "desregulación" (desentendimiento relativo del Estado respecto del funcionamiento de los mercados de diversas áreas de la economía del país).

Es evidente que este conjunto de visiones sobre la realidad conformaban la agenda del poder, la dominante, y por aquel tiempo fue brutalmente impuesta por la conjunción del peso de los acontecimientos tanto externos como internos.

 

La meta inalcanzada

Para esta perspectiva dominante, los males que aquejaban a una economía como la argentina tenían indudables causas. Una economía cerrada, virtualmente estatizada (3) que le había dado la espalda a la evolución del mercado mundial, y que, por ende, se había ido relegando en el concierto mundial de las naciones líderes para quedar presa de la polimorfa formación "periférica", conocida desde una categorización geopolítica de posguerra como Tercer Mundo.

Los años noventa, que coinciden políticamente entonces con la larga década menemista, nos legaron pues la canasta de las reformas estructurales apadrinadas por los organismos financieros más respetados del mundo. Tanto es así, que la Argentina se erigió reiteradas veces como el "alumno ejemplar" de la clase de macroeconomía internacional. El ajuste estructural se desarrolló, entonces, a fondo (4).

Luego de un comienzo titubeante, y que dio lugar al fracasado rápidamente plan B.B., y a varias tentativas en diversas entregas, conocidas como planes Erman (5), la administración menemista encontró definitivamente el rumbo mediante del programa de Convertibilidad, tras el primer trimestre de 1991. A través del establecimiento del sistema cambiario fijo y de libre conversión, que vinculó estrechamente la circulación monetaria local a las existencias de reservas en el Banco Central, se logró doblegar finalmente el proceso hiperinflacionario que había sobrevivido hasta allí (6)

A favor de un vuelco de las condiciones internacionales, que permitieron el vuelco hacia la "periferia atractiva" (mercados emergentes) de una lluvia de capitales que fue al encuentro de los extendidos programas de ventas de activos estatales, canalizados en buena medida mediante los programas de reestructuración de deuda (Brady) (7), se asistió a un crecimiento de la economía que alcanzó brío por esta situación que acabamos de señalar, a la que cabría agregar el efecto rebote, natural acto reflejo a la postergada situación incubada por el penoso cuadro recesivo heredado desde el final de los años ochenta.(8)

Es bueno destacar que en conjunto los años noventa han dejado una estela de crecimiento que algunos portavoces del poder se han encargado de compararlo airosamente macrohistóricamente, al no encontrarle parangón a lo largo de todo el siglo, excepto por el primer periodo de él, el que se sustanció hasta la primera Guerra Mundial.(9)

Sin embargo, el desarrollo de la convertibilidad fue acompañado por algunas claras señales de alarma sobre sus reales posibilidades de sustentabilidad.(10) A saber: el permanente alza de la desocupación (se triplicó), verdadero flagelo de la década (11), el salto adelante del endeudamiento externo (se había más que duplicado) y la palpable falta de respuestas del sector externo, donde la situación es alarmante (déficit estructural).

Al respecto, resulta muy aleccionador observar la reaparición de las viejas polémicas, por ejemplo, aquello que giraba alrededor de la Argentina como una economía cerrada y la necesidad de romper ese cerco asfixiante.

Como un reflejo de esta situación, es de una evidencia irrefutable que a casi diez años de su puesta en marcha, el programa de la Convertibilidad haya sido acompañado y/o continuado por el de la "Competitividad", una tardía declaración de inoperancia del primigenio artificio para resolver la crucial cuestión de la inserción argentina en el mundo, por lo menos a los ojos de nuestros economistas "normales".(12)

 

2. Argentina de los noventa Una geografía comercial del extravío

 

"Una inserción pasiva". La apertura unilateral.

 

La larga espera para alcanzar un tibio reconocimiento de los problemas en el sector externo comercial es una muestra del empecinamiento en sostener contra viento y marea los paupérrimos discursos problematizantes esgrimidos torpemente como guía conceptual para entender los dilemas de una economía como la argentina.

La prevalencia del discurso ortodoxo, preñado de circulacionismo vacuo, obnubiló al amplio auditorio de los "conocedores" del tema (13). En esos años, los del atosigamiento de la "productividad" y "flexibilidad", la debilidad y vulnerabilidad del engranaje argumentativo no constituyó un obstáculo para su convalidación aplastante.

Sin embargo, un simple merodeo por los números más gruesos que definen nuestra performance geocomercial, demostrarán convenientemente algunas de las principales inconsistencias o falacias a las que han recurrido incansablemente los amigos de "nuestros amigos de la banca".

El primer efecto que uno puede argüir como originado en la matriz del "modelo" (14) es la determinación cuantitativa de los flujos comerciales del país. Para ello utilizaremos el cuadro N°1.

 

 

CUADRO NRO 1

COMERCIO EXTERIOR ARGENTINO EN LOS ’90

Balanza Comercial

 

X

M

SALDO

iX

iM

1990

12.353

4.078

8.275

100

100

1991

11.975

8.275

3.700

96,9

203,6

1992

12.234

14.862

-2.628

99,0

364,4

1993

13.118

16.773

-3.655

106,2

411,3

1994

16.511

22.271

-5.760

133,8

548,4

1995

20.391

19.304

1.087

164,8

473,0

1996

24.010

23.851

159

194,9

592,5

1997

26.264

30.428

-4.163

205,4

742,5

1998

26.356

31.396

-5.040

210,5

767,3

1999

23.134

25.518

-2.384

187,3

625,7

Referencias:

X, M y SALDO: en millones de dólares.

IX, iM: sobre base 100 (1990)Fuente: Elaboración propia sobre datos de INDEC y F.M.I.

 

En él se observa que el comercio exterior argentino realizó un visible despegue. Por ejemplo, la sumatoria de exportaciones e importaciones daría unos 16.431 millones de dólares allá por 1990, mientras en el año 1999 este agregado se ubicaría en 48.652 millones de dólares. La diferencia está señalando un crecimiento de casi el 200% del comercio exterior, al alcanzar el registro un preciso 196,1%; números que elocuentemente nos indican un salto apreciable, y que implican un alza que supera el 10% anual a lo largo de la década.

Pero la vitalidad del fenómeno comercial debe ser matizada por una mirada un poco más atenta. Observando la entrada y salida de mercancías queda clara la ventaja de lo primero, es decir, de las importaciones, sobre lo segundo, esto es, de las exportaciones. Mientras estas últimas se movieron desde los 12.353 a los 23.134 millones de dólares, las importaciones lo hicieron desde los 4.078 a los 25.518 millones de dólares. Los índices relativos de crecimiento no admiten deslices: el salto exportador, que arañó el 90%, queda empequeñecido frente al exorbitante incremento de 526% de los productos introducidos al país. Hemos asistido en la década pasada, entonces, ante todo, a una verdadera avalancha importadora, una especie de segundo acto del proceso vivido durante la gestión económica de José Alfredo Martínez de Hoz, aunque esta vez notoriamente agravada (15).

En aquella oportunidad se dijo -en buena medida acompañamos- que la estrategia respondía a un intento unilateral de acceso al mercado mundial.(16) Las perspectivas de la Convertibilidad no han sido diferentes a las de aquella aventura, y sus resultados concretos hasta aquí son inocultables, aún para las maquilladas estadísticas a las que son afectos los "contadores creativos".(17)

Cualquier pretensión de otra evolución de los acontecimientos sólo puede situarse en la pesada mochila de desaciertos de la incomprensible posición circulacionista, de la que hacen gala los modositos técnicos liberal-ortodoxos "made in U.S.A.".

En el cuadro N°1 también pueden observarse los ritmos, año tras año, del movimiento comercial.

Comenzando por las importaciones, ellas parten de un piso muy bajo, producto de la profunda recesión incubada por la hiperinflación (89-90), encontrándose movimientos contractivos en los años 1995 y 1999, engendrados por las recesiones de la década: la corta y profunda del Tequila (1995), y la larga y decisiva del mercado interno, gatillada, en parte, muy parcialmente, por la devaluación brasileña (1999).(18)

Por el lado de las exportaciones, existe un cuadro estático que se extiende hasta 1993, que en 1994 se rompe por un crecimiento ininterrumpido hasta 1997, a caballo de la "exitosa" experiencia estabilizadora del real en Brasil. En el año 1999, mientras tanto, se produce un retroceso significativo ,el que se debe enmarcar en la crisis devaluatoria de la moneda brasileña.

En resumen, una manifiesta alza de las importaciones, con exportaciones creciendo a la distancia. De conjunto, una tendencia al déficit comercial estructural, que en el cuadro citado alcanza a 10.409 millones de dólares, pero si se excluyera el registro muy distorsionado de 1990, la Convertibilidad propiamente dicha arribaría a un rojo de 18.684 millones de dólares.

 

El dislocamiento comercial: entre la "historia" y la "geografía"

 

Para establecer un cuadro de comercio exterior relativamente abarcativo no se puede omitir la observación del flujo exportador-importador de acuerdo a su alcance geográfico. Es decir, a las simples mediciones (aproximación cuantitativa) hay que agregarle el sentido por destino y origen (aproximación cualitativa).

En el cuadro N|°2 se pueden leer las cifras de acuerdo a la orientación geográfica del comercio argentino durante la pasada década. Si cuantitativamente había habido cambios remarcables, ahora, cualitativamente, las diferencias geográficas no son menos acusadas.

 

CUADRO Nro 2

EL COMERCIO EXTERIOR ARGENTINO POR ORIENTACIÓN REGIONAL

Exportaciones

 

90

91

92

93

94

95

96

97

98

99

Países Desarrollados

49,7

49,4

46,4

42,7

39,1

32,6

30,6

26,9

30,7

35,6

A N

14,4

11,0

11,4

10,2

10,9

7,8

8,6

8,3

8,9

12,3

Au-N Z

0,6

0,5

0,4

0,5

0,4

0,3

0,3

0,3

0,2

0,4

Japón

3,2

3,8

3,1

3,6

2,7

2,2

2,1

2,2

2,5

2,3

Europa Occ

31,5

34,1

31,5

28,4

25,1

22,4

19,5

16,1

19,3

20,7

                     

Países No Desarrollados

48,9

49,8

53,1

56,7

60,3

67,1

68,9

71,7

68,2

63,0

Africa

1,9

1,9

4,1

1,9

3,2

3,2

3,1

3,0

2,6

3,0

Asia

7,0

7,2

6,3

5,9

8,4

10,1

10,8

11,0

10,0

9,6

Europa Or

7,0

4,7

3,1

2,6

1,7

1,9

2,3

2,8

2,1

1,5

Medio Oriente

6,7

5,7

5,6

4,3

3,4

4,1

5,6

5,6

5,6

4,5

Latinoamérica

26,3

30,3

34,1

42,0

43,7

47,8

47,0

49,3

49,1

44,4

 

Importaciones

 

90

91

92

93

94

95

96

97

98

99

Países Desarrollados

58,9

53,2

54,3

55,0

58,1

54,9

54,6

53,8

54,8

54,6

A N

22,1

18,8

22,2

23,5

22,6

20,3

20,8

21,4

20,4

20,6

Au-N Z

2,1

1,4

0,9

0,6

0,4

0,8

0,5

0,5

0,4

0,4

Japón

3,3

7,2

4,7

4,0

2,8

3,5

3,0

3,7

4,5

4,2

Europa Occ

31,4

25,7

26,6

26,9

32,3

30,3

30,3

28,4

29,5

29,2

                     

Países No Desarrollados

41,1

43,6

45,7

45,0

41,6

44,3

44,5

45,0

44,9

44,8

Africa

0,5

1,3

0,7

0,8

0,9

1,1

1,1

1,3

0,6

0,8

Asia

4,2

9,3

9,1

9,8

8,3

9,0

9,9

9,9

10,1

10,4

Europa Or

1,1

1,2

0,7

0,7

1,6

2,5

2,3

2,2

2,4

2,6

Medio Oriente

0,5

0,3

0,4

0,2

0,4

0,4

0,5

0,6

0,4

0,6

Latinoamérica

34,8

31,0

34,7

33,4

30,2

31,2

30,7

30,9

31,0

30,4

Referencias:

X, M: en porcentajesFuente: Elaboración propia sobre datos del F.M.I.

 

 

En el cuadro referido se observa la decadencia exportadora relativa en los mercados desarrollados, en los que el retroceso del periodo (90-99) alcanza, como un todo a -28,4% (19). Particularmente dramática y emblemática es la pérdida relativa de inserción en Europa Occidental, que llega al 34,3%.

Como contrapartida, las áreas de países no desarrollados han resultado el recipiente donde se han volcado los sueños del crecimiento exportador. Allí, como conjunto, se ha generado un reacomodamiento positivo del 28,8%. Aquí hay una participación no excluyente pero, sí, estelar: la de América Latina, que generó un salto del 68,8%, dejando impreso el sello al movimiento exportador. Téngase presente que al inicio de la década significaba el 53,7% del mercado no desarrollado, para pasar a representar, en 1999, el 70,4% de él.

Un rasgo secundario aunque no menor por las consecuencias futuras, nos lo muestra el estrepitoso arrumbamiento del caudal exportador frente al mercado eurooriental. Allí, la pérdida de significatividad alcanza in registro por demás elocuente, -78,6%, lo que significa una reducción profunda, efectiva, en valores absolutos (20).

 

Ahora bien, cuando uno se enfrenta con el cuadro de las importaciones encuentra una realidad muy diferente. En primera instancia, no estamos frente a un desbalance muy marcada entre las posiciones desarrolladas y las no desarrolladas. El conjunto desarrollado ha sufrido un revés relativo de -7,3%, a tiempo que los mercados no desarrollados avanzan un 9%. Como se ve, muy lejos estamos de las modificaciones cuantitativas del panorama exportador. La estabilidad de las fuentes históricas de abastecimiento es ponderable. La sumatoria europeo-estadounidense bordea el 50% en términos generales y alcanza a superar el 90% en términos relativos (es decir, escasa presencia japonesa), lo que, frente al salto importante de las importaciones refleja el peso de la estructuralidad de la situación (21).

Ahora cuando uno aborda la zona de las regiones no desarrolladas aparecen algunos datos interesantes y, en alguna medida, sorprendentes. El primer elemento a tener en cuenta, y que resulta muy sugestivo, es el retroceso del 12,6% del aprovisionamiento latinoamericano (22). El segundo elemento discernible cualitativamente es el alza espectacular de los embarques desde Asia, que en su marca de ascenso bordea el 150% (exactamente el 147,6%). Esta performance se traduce en una redifinición nítida dentro del espectro no desarrollado, al pasar de ser el 10,2% de esa zona en 1990 al 23,2% en 1999 (23).

 

3. Lejos del Primer Mundo, y también de Latinoamérica

 

Es indudable que la mutante geografía comercial argentina es una consecuencia primaria del funcionamiento económico real del país, del "modelo", como les gusta decir a los "críticos".

Más allá de las modificaciones cuantitativas, por demás expresivas, por cierto, el apreciable significado de los cambios contemplados en las orientaciones geográficas de los flujos comerciales, constituye una verdadera radiografía de la evolución -lapidaria- de la "competitividad" de la estructura económica local.

En términos activos, nuestras ventas se han alejado del Primer Mundo. Y esto es mucho decir, ya que es la demanda cuanti-cualitativa mundial la que se ha mostrado a lo largo de la década asaz esquiva. Por el contrario, los números parecen hablar de una "necesidad" latinoamericana a la hora de vender.

En términos pasivos, la elocuencia de las cifras nos separa de la vocación latinoamericana para confirmarnos la histórica posición subordinada de nuestro mercado respecto de aquellos que son los usufructuadores de su movimiento, los imperialismos norteamericano y europeo.

En suma, alejamiento de las áreas de divisas por una parte y creciente necesidad de conseguirlas, por el otro, resumen la encrucijada a la que nos ha conducido la irresuelta crisis argentina, a la que la década pasada, la del crecimiento espectacular, le ha agregado un inolvidable nuevo capítulo.

 

 

Notas

 

Esta caracterización estuvo a cargo de los técnicos de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina).

La segunda mitad de los ochenta fue un momento de alta inflación para casi todos los países de la región, aunque es cierto que el caso argentino fue uno de los extremos (véase Dabene, O., 1999, cap. 7).

En pleno apogeo de esta ofensiva político-intelectual -a la cual se suele sindicar como “neoliberal” o “neoconservadora”- uno de los más conspicuos representantes de esta alianza en el poder solía catalogar a una economía como la argentina como socialista, debido al papel preponderante que, según él, ocupaba en ella el estado. El autor de esta caracterización, el Ing. Álvaro Alsogaray, era el fundador de una formación política que ofició de refugio para la derecha asumida como tal, a pesar de su denominación encubridora (Unión de Centro Democrático), a la salida de la dictadura.

El ajuste estructural es la denominación mistificadora que el desguace del estado adoptó para los técnicos encargados de “elaborarlo” y “transferirlo”. Hoy, con mucho menos ímpetu, se vuelve a plantear un segundo round de reformas estructurales, que se propanan como las de segunda generación, dirigidas, dicen, a mejorar la “calidad institucional”. Los sectores de la salud, la educación y la justicia serían los escenarios elegidos. El discurso de un consultor “top”, como Miguel A. Broda, representa, sin disimulo, este propósito.

Por Antonio Erman González, un contador riojano, ubicuo funcionario del menemismo, reiterado ministro de la década, y que ocupó durante algo más de un año el Ministerio de Economía, luego de la abortada gestión de Miguel Roig y de la frustrada de Néstor Rapanelli, los ministros de Bunge y Born.

El Plan de Convertibilidad fue puesto en ejecución a fines de marzo de 1991. Tuvo como predecesor fundamental al Plan Bonex, la confiscación de depósitos que llevó a cabo Antonio Erman González y que sucedió al derrumbe del Plan BB. La Convertibilidad dio origen a una nueva moneda, el peso, que dejó atrás al austral. Estuvo precedida por una macrodevaluación del 50%, estableciendo la paridad de arranque en 10.000 australes (un peso) por dólar. Debe recordarse que en junio de 1985, al lanzarse el austral, esta moneda cotizaba a 82 centavos por dólar, denotándose así el proceso inflacionario galopante y la devaluación a la que fue sometida la “moneda de Alfonsín”.

Sobre el Plan Brady y su funcionalidad, o lo que no es lo mismo, la funcionalidad de las políticas económicas -por caso, la Convertibilidad- respecto de los anhelos de los banqueros, puede consultarse el preclaro y anticipatorio análisis de Raúl Clauso (1992), reproducido en la revista de Geografía “Meridiano” Nro 6.

Véase el trabajo de Jorge Schvarzer, en la Gaceta de Económicas, Nro 11, 24 de agosto de 2001.

El número dos del F.M.I., el reputado académico, Dr. Stanley Fischer, ha dejado en claro que, excepto China, la Argentina de los ’90 no ha tenido igual en la década, y que en el siglo nuestro país debería remitirse tan sólo al período pre-primera guerra para atravesar una época de tamaño ímpetu económico.

Este término es una derivación de la profusa fraseología ecológica imperante, transpuesta al mundillo económico. Miguel A. Broda suele referirse, en cambio, a la consistencia intertemporal, en un giro también eufemístico, pero al menos alejado de la demagogia ambientalista en auge.

Debe recordarse que Argentina abandonaba los ’80 con una desocupación abierta cercana al 6%.

Debe entenderse por éstos a los liberales o neoliberales (u ortodoxos), la corriente predominante o hegemónica desde hace tiempo.

En el análisis del comercio exterior, uno suele encontrar dos posiciones enfrentadas desde la perspectiva burguesa. El enfoque prevaleciente durante los últimos años es el que denomino circulacionista. En él predomina una visión “ageográfica”, entendiendo por esto la creencia en la vigencia del reino de la circulación absoluta, teniendo al mercado mundial como una redentora e infalible máquina de crecimiento continuo. Los flujos no encuentran obstáculos para su movimiento, el mundo es una superficie lisa, tan así como para hacer virtualmente desaparecer la fricción y, por ende, la distancia. En esta realidad de la perpetua circulación, ésta garantiza los equilibrios como tendencia. Las llamadas corrientes liberales se ajustan a este ideario (véase la refutación conservadora de The Economist, en Meridiano Nro 2). Frente a esta posición se yergue una perspectiva opuesta, siempre, reitero, desde una convalidación sistémica. Esta corriente de opinión la considero estática, “ahistórica”. Considera al mercado mundial como una referencia inexcusable, aunque oficie de retroalimentador de las diferencias pre-existentes entre los diversos sitios. Por lo tanto, esta visión considera la necesidad de un posicionamiento activo frente al mercado mundial. Su falta de profundidad histórica, les permite, empero, imaginar reproducir a “destiempo” el desarrollo de los procesos en un sitio determinado, rezagado, el suyo, a semejanza de la evolución previa realizada por otros sitios, los adelantados. La visión estática les veda la posibilidad de observar y comprender la evolución de los sitios desde una complejidad sistémica, que reduce los márgenes de autonomía considerablemente. Estos razonamientos se corresponden con las posturas desarrollistas (véase la refutación marxista de Milcíades Peña, 1975). En resumen, las posiciones burguesas oscilan entre la realidad eterna de la circulación (liberalismo), y el intento de construcción estática de un sitio (desarrollismo), negando el interjuego de sitios jerárquicamente relacionados (imperialismo).

La referencia obsesiva al “modelo” surge, por lo general, desde posturas críticas, impugnadoras. Sin embargo, éstas constituyen una crítica parcial, ya que reducen las tareas de transformación a una mera resolución técnica -hay que cambiar el plan-, desconociendo la determinación social de cualquier imposición técnica. Esta situación se corresponde con las posturas neodesarrollistas; el cambio es posible dentro del sistema, y no va más allá de algunos retoques técnicos. Pero aun desde un punto de vista simplemente formal, algunas personas creen que la sencilla utilización de esta referencia, modelo, cumple de por sí el importante propósito de embellecerlo y dotarlo de un significado que ni siquiera aquel tiene. Es decir, hablar de modelo es racionalizar algo que se resume en la lisa y llana explotación social, en el marco de un arrasamiento de conquistas sociales de décadas. Desde ya, suscribo este último enfoque.

El agravamiento está dado porque el actual ensayo se llevó a cabo luego de aquella primera experiencia. Suma deterioro a un contexto que debió absorber ya aquel golpe. Por otro lado, las condiciones externas también difieren. La “globalización” señalada ampulosamente como una nueva Era, ha acotado algunos márgenes respecto de aquella otra experiencia. La falta de soberanía monetaria es una situación novedosa. Sobre este particular, es interesante acercarse a la crítica que el Dr. Cavallo (99) realiza a la teoría cuantitativa del dinero, ya que en ella exuda el más burdo geografismo de la mano de Mundell con sus áreas monetarias.

La sobrefacturación de las exportaciones y la subfacturación de las importaciones son dos fenómenos harto conocidos en la historia del comercio exterior argentino. Claro que la década pasada, con los sonados casos de la “mafia del oro” y de la “aduana paralela”, está llamada a ocupar un lugar central en la galería principal de la antología de la picaresca comercial criolla, y atribuible, certera y merecidamente, a la pericia del Dr. Cavallo.

La unilateralidad también hacer referencia a aspectos cualitativos concretos. Una y otra dimensión están necesariamente unidad, ya que aquí también cantidad y calidad están indisolublemente vinculadas. A la par de la apertura importadora desindustrializante, se le añade la primarización creciente del perfil exportador, más allá de los cotos industriales apañados por el comercio administrado circunscripto regionalmente (como es el caso de la industria automotriz, por ejemplo).

La crisis de los emergentes consta ya de varios capítulos. Cada uno de estos se abrió con un pase de factura desde el lugar de la crisis a otros eslabones de la cadena de desgracia (México, 94; este de Asia, 97; Rusia, 98; Brasil, 99). Pero así como hay cadena, hay también eslabones. La actual crisis en desarrollo, la Argentina, confirma los problemas de la cadena, que ya no es la de la felicidad -globalización-, pero también, es cierto, es el agotamiento del ciclo económico (convertible) del eslabón nacional argentino.

Este porcentaje surge de establecer la relación de la caída porcentual en el 49,7% de la participación original.

La “caída del Muro” no sólo ha estado presente cuantitativamente representado por el declive de la demanda, sino también por la reorientación geográfica de esa demanda, cubierta ahora por una oferta europeizada. Todo un cuadro que, en su complejidad, suma escollos a la “estrategia” exportadora argentina.

Una advertencia que puede rastrearse ya anticipada en el Boletín del CeHu, Nro 1, 1997.

El caso brasileño es una circunstancia cardinal del análisis del comercio exterior argentino. Como actor principal del emprendimiento regional del Como Sur, la relación brasileño-argentina ha sobrellevado la responsabilidad de su constitución y construcción. Sobre esta última, una vasta cantidad de opiniones, sobre todo del hemisferio norte, la ha considerado una típica variante de las fenecidas estrategias industriales proteccionistas mercado-internistas y, por lo tanto, detestable, descartable. Los números de esta relación, sin embargo, limitan, a mi entender, los discursos que cargan las tintas sobre el efecto de desviación de comercio. En términos de las exportaciones argentinas, Brasil y el Mercosur han sido la tabla de salvación de la inepcia competitiva argentina: Brasil pasó de ser en 1990 el 11,5% de las ventas a alcanzar el 24,2% en 1999. El Mercosur ampliado (con Chile y Bolivia), en tanto, saltó del 19% al 39,5%. Pero en términos de las importaciones la situación difiere ostensiblemente. Mientras Brasil pasó de representar el 17,6% al 21,9% de nuestras compras, el Mercosur ampliado retrocede del 29,7% al 27,4%. Un resultado de conjunto desconsolador para los integracionistas. En el mismo sentido, el restringido análisis de la performance brasileña, aun con su crecimiento, no parece abrigar, desde las importaciones, los proclamados anhelos de la unión regional.

Como se ve, toda una confesión respecto del carácter del flujo importador y su concomitante efecto deletéreo sobre la capacidad industrial instalada. Claro que frente a la avalancha de la desocupación, la de las baratijas suena a elemento descriptivo secundario.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CAVALLO, Domingo: “La Calidad del Dinero”, en Diario Ámbito Financiero, Buenos Aires, 22, 23 y 24 de marzo de 1999.

CLAUSO, Raúl: “Un Monumento para Nicholas”, en el Economista. Buenos Aires. 1992.

DABENE, Olivier: “América Latina en el Siglo XX”. Editorial Síntesis. Madrid. 1999.

I.M.F.. DIRECTION OF TREDES STATISTICS: “Yearbook”. Washington. 2000.

PEÑA, Milcíades: “De Mitre a Roca”. Ediciones Fichas. Buenos Aires. 1975.

SCHVARZER, Jorge: “Economía Argentina. Situación y Perspectivas”, en La Gaceta de Económicas. Buenos Aires. 24 de junio de 2001.

THE ECONOMIST NEWSPAPER: “La Geografía aun sigue teniendo importancia”. Londres. 1994.

VOLTOLINI, H. Y GEJO, O.: “Convertibilidad y Comercio Exterior”, en Boletín del Centro de Estudios Alexander von Humboldt, Año 1, Nro 1. Buenos Aires. Setiembre de 1997.

REPÚBLICA ARGENTINA. MINISTERIO DE ECONOMÍA. SECRETARÍA DE PROGRAMACIÓN ECONÓMICA Y REGIONAL. Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC): “Comercio Exterior Argentino”. Buenos Aires. 1999.


Ponencia presentada en el Tercer Encuentro Internacional Humboldt. Salta, Argentina. Octubre de 2001.