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Asunto:[encuentrohumboldt] 108/04 - Magnitud y Factores de Localización de la PEA Agropecuaria que Reside Específicamente en las Área s Rurales
Fecha:Lunes, 12 de Abril, 2004  14:55:34 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Magnitud y Factores de Localización de la PEA Agropecuaria

que Reside Específicamente en las Áreas Rurales

 

Universidad Nacional de Río Cuarto                                                        Ricardo Oscar Agüero

Departamento de Geografía                                                                    Jorge Ramón González

Provincia de Córdoba                                                                             Eva Ruth Puigdomenech

República Argentina

 

 

Fundamentos

Este trabajo –que se complementa con otro que versa sobre la misma temática central–[1] consiste, en esta instancia, en el estudio de la PEA Agropecuaria que reside específicamente en las áreas rurales de la Región Pampeana aledañas a la ciudad de Río Cuarto, cuyas características y problemática observadas se asemejan hasta cierto punto a toda la región mencionada, por el grado de relativa homogeneidad que detenta la misma en su configuración espacial y organización socio-económica.

La temática central de este análisis apunta particularmente a indagar los cambios de los factores de localización y condiciones actuales en que se desenvuelve la PEA Rural. Esta preocupación surge, en primera instancia, debido al fuerte despoblamiento que vienen sufriendo las áreas rurales de nuestro estudio desde hace varias décadas, y por ende también su fuerza laboral, y en segunda instancia, motivada por las alteraciones socio-económicas que se manifiestan en esta PEA Rural, como producto de los reacomodos que se ve obligada a practicar a fin de subsistir como tal, ante las nuevas modificaciones estructurales de la economía a escala nacional y universal.

Resulta por lo tanto de sumo interés enfocar las inquietudes descriptas dentro del contexto mundial en el que se desarrollan los nuevos paradigmas de estos tiempos, y que afectan sin la menor duda a todo el espectro de actividades inherentes a la sociedad humana, no escapándose por cierto de sus designios, la economía agropecuaria.

Es así como los nuevos factores de la globalización digitan y marcan el compás de todo el quehacer agrario, y muy especialmente, en aquellas áreas –como la Región Pampeana– con un desarrollo capitalista prevaleciente, pero están principalmente orientadas a que el campo sirva de base de sustentación alimenticia y de complemento de otras actividades económicas –donde, en éstas sí, se obtienen mayores tasas de ganancias–, y no como un sector propicio donde resulte conveniente efectuar grandes inversiones, debido a que en términos comparativos no resulta generador de grandes utilidades.

Inclusive, da la impresión de que para la elite que maneja los máximos resortes de la macroeconomía el mundo rural y lo que éste produce implica “un mal necesario”, imposible de eludir por su papel insustituible de proveedor de alimentos, lo cual no quita que represente un estorbo sus ritmos pausados y aleatorios de producción, y fundamentalmente, su fuerza de trabajo y población dependiente, a quienes en muchos casos hay que subsidiar, por su imposibilidad en varias circunstancias de sostenerse económicamente.

Ahora, si bien es cierto que de acuerdo con las nuevas directrices a escala mundial el agro requiere de una profunda reestructuración a fin de que pueda brindar en forma adecuada los recursos necesarios y conservar a su vez sus fuentes de trabajo, resulta una paradoja que frente a un amplio segmento de la humanidad ávida de alimentos, se subsuma el rol de la agricultura –como arma eficaz disolución de esta inmensa falencia– a otros sectores económicos, en lo inmediato más redituables, pero que están lejos de cubrir por sí solos la carencia aludida.

El “hambre” y sus secuelas no es un tema de otros tiempos, sino que sigue teniendo vigencia y con síntomas de agravarse cada vez más. Esta realidad incontrastable indica que el papel de la agricultura no solamente no se debe soslayar, sino que se debe fomentar. Obviamente no con el propósito de retroceder a una agriculturización de la economía, sino para capacitarla mediante su optimización, a fin de eliminar este flagelo de la humanidad.

Por consiguiente, para esta superación la clave indudablemente pasa por armonizar los necesarios incrementos de la producción bajo criterios de sustentabilidad, con la conservación y capacitación de la fuerza de trabajo rural.

Queda por cierto pendiente, para salvar esta brecha de carencia alimenticia, otra cuestión que escapa estrictamente al mundo rural, y consiste en las políticas vigentes de distribución de la producción. Al respecto poco podemos decir aquí sobre esta flagrante asimetría distributiva que rige a nivel mundial, simplemente agregar que si en la actualidad se repartiesen equitativamente los frutos de la tierra, el hambre se reduciría sustancialmente si no es que dejaría de existir. Queda claro, entonces, que la potenciación de la agricultura y de la población que la moviliza resulta insuficiente si no está acompañada por criterios de equidad social. Para ellos posiblemente tendrá que pasar mucho tiempo hasta que se imponga sobre las fuerzas que digitan la actual globalización, una política de verdadero contenido humanista, donde el acceso a la alimentación básica –dentro de parámetros no ilimitados de crecimiento demográfico– represente un bien social de alcance ordinario, y no un bien escaso de penoso acceso para una multitudinaria franja de la población del planeta.

Pero este planteo de un factible devenir es indudablemente nada más que una esperanza y una aspiración, lo concreto es que en la realidad actual, el ámbito rural debe dar batalla para subsistir y cumplir al mismo tiempo dentro de sus posibilidades, con su rol natural y esencial de proveedor de materias primas alimenticias, sin que por ello deje de contribuir también con otros productos de vital importancia.

El peligro que corre este propósito reside, entre otros aspectos, en que se viene infiltrando con inusitado dinamismo y rapidez, especialmente en las áreas rurales más desarrolladas, una fuerza distorsiva, que se expresa en un manejo de las actividades agropecuarias con un sesgo capitalista netamente especulativo y volátil, en base a la intromisión en éstas –además de las empresas agroindustriales– de nuevos sectores provenientes muchos de ellos del ámbito industrial, financiero y de servicios y que, aparte de direccionar el quehacer agropecuario dentro de esta tónica, se apoyan a su vez en una estrategia de fondo, que consiste no solamente en ampliar el abanico de sus ingresos, sino también de cubrirse ante posibles desbalances de sus actividades económicas originales, al convertir a las mismas en multifacéticas.

Estos nuevos intereses que apuestan a una capitalización rápida y de jugosos ingresos del producido agropecuario no comulgan, desde luego, con aquella PEA Agropecuaria que vive auténticamente del campo, y considera a éste como una fuente de trabajo y modo de vida; y no exclusivamente como un instrumento multiplicador de dividendos.

Este cuadro de situación –propio de un capitalismo agropecuario avanzado– es el que se refleja en nuestra área de estudio, y dentro del arco de variables que caracterizan al mismo, nos interesa particularmente –como ya se especificó– analizar desde un enfoque geográfico, cómo inciden los factores de localización en aquellos productores y trabajadores dependientes que, a pesar de todos los avatares, siguen viviendo en el campo.

Sabemos de antemano, a su vez, que estos factores se movilizan dentro de los designios de una política económica a gran escala que los contiene y predetermina, pero no por ello deja de tener importancia la posibilidad de considerar la “estrategia de localización” como una alternativa válida dentro de marcos más reducidos de decisión –por ejemplo, a nivel familiar, grupal o zonal– para la sustentación y afianzamiento de nuevas instancias de sobrevivencia económica y social de la PEA Rural.

En suma, ésta es la realidad que nos interesa explorar, a fin de aproximarnos en lo posible a la comprensión más precisa de las variaciones y tensiones socio-económicas y demográficas que interactúan sobre este sector de la fuerza laboral y sus correspondientes impactos a nivel territorial, ante los cambios de los vectores productivos desencadenados por el fenómeno de la globalización, aportando a su vez algunas sugerencias al diseño de Políticas Públicas orientadas a esta problemática.

 

El área de trabajo

Ésta comprende el borde de la pampa húmeda y seca que rodea a la ciudad de Río Cuarto con un radio discontinuo de acción de 100 Km aproximadamente a partir de la misma. Este espacio, aparte de que entendemos que es representativo para nuestra labor y conveniente desde el punto de vista operativo, tiene la ventaja de superponerse con el territorio de la investigación anteriormente mencionada. Esta conjunción se supone que debe permitir una captación más ajustada de los aspectos que nos interesa estudiar.

Ahora, en este trabajo se analiza específicamente las “áreas rurales” de las diez localidades más relevantes de la región aledaña a la citada ciudad, que sirven de apoyo a la investigación. Pero no abarca de manera continua (homogénea) a todo este territorio, sino que se circunscribe al entorno rural inmediato de cada pueblo.

Con respecto a las características geográficas de este espacio agropecuario que se ubica prácticamente en el centro del país, si bien está dentro de la macrohomogeneidad que distingue a la región pampeana, posee a su vez una serie de diversidades ambientales y socio-económicas que lo diferencian de otras áreas similares.

En este sentido, sin duda han interactuado un cúmulo de factores, tanto naturales como humanos, en algunos casos abarcativos de toda el área de referencia, y en otros más bien específicos, siendo éstos últimos los que van a marcar a su vez una diversidad zonal dentro del área en su conjunto. Entre los factores en común que modelaron la ocupación de este espacio pero con efectos disímiles dentro del mismo, una vez desaparecida la frontera interior que atravesaba el sur cordobés, debemos enumerar –bajo el impulso de una política acordada en su momento a nivel nacional– la decisión de distribuir tierras a nivel privado y oficial, para el asentamiento tanto de particulares como de colonias agrícolas, lo cual representó un reparto numérico de predios a gran escala, pero no por ello en esa época desaparecieron los latifundios. A su vez debemos contemplar el advenimiento del ferrocarril a partir de las últimas décadas del siglo XIX, que sirvió como punta de lanza para la incorporación de estas tierras al circuito agropecuario nacional. Las cabeceras de las líneas férreas estaban en las ciudades de Rosario y Buenos Aires, cuyo diagramado a partir de éstas penetró en el centro-sur de la provincia de Córdoba en el sentido este-oeste, en forma más o menos paralela y a una distancia entre cada vía de unos 40 a 50 Km., de modo tal que la producción que se extraía de estas lonjas de tierra circunscriptas por este entramado, fue manejada por mucho tiempo en forma hegemónica a través del sistema ferroviario.

Asimismo, este medio de transporte dio lugar, utilizándose estas bocas de entrada, a un derrame inmigratorio procedente de ultramar de grandes proporciones, con destino a la actividad rural, destacándose prioritariamente los italianos y en menor medida los españoles –especialmente los vascos–, seguidos por un grupo más reducido pero significativo de austríacos, que se concentraron particularmente en una zona específica.

Esta inmigración, con un aporte reducido de población criolla que era muy exigua y estaba sumamente dispersa, fue conformando a su vez pequeños pueblos de muy similares características por su funcionalidad urbana, con el objetivo de que sirvieran de apoyo a sus necesidades cotidianas y a la de circulación de su producción, a partir de la jerarquización de algunas de las estaciones ferroviarias de los diversos ramales, que por sus características naturales y disponibilidad de tierras en su entorno, así lo permitieron.

Con referencia a los factores específicos, éstos sobre todo se manifiestan en los vectores naturales, donde las variaciones de suelos, topografía, clima, red hidrográfica superficial y de aguas subterráneas, van a determinar conjuntamente con los disímiles impactos a nivel espacial provenientes de los factores en común que interactuaron en su momento, la configuración de una significativa diversidad de paisajes y la implementación de diferentes actividades agropecuarias zonales.

En síntesis, la incidencia de los factores naturales y las formas y condiciones de ocupación de este espacio, van a constituir varias estructuras agrarias –dentro de una homogeneidad general– en esta diversidad de paisajes geográficos, que se van a reflejar en la tipología de la fuerza laboral que reside en los mismos.

 

 

Precisiones metodológicas y resultados obtenidos

En lo atinente al trabajo empírico, las técnicas que se emplearon –con la correspondiente concatenación metodológica– consistieron en la aplicación de entrevistas que se nutrieron con el aporte de “informantes claves” quienes orientaron en los lineamientos generales para las acciones específicas posteriores, y para elaborar a su vez encuestas y guías. La primera denominada “con fines científicos” permitió obtener información de primera mano con el objeto de captar datos vivenciales de parte del universo que conforma la PEA Agropecuaria.

En las guías se volcaron datos provenientes de información estadística y de referentes claves con el objetivo de cuantificar variables centrales que ayudaron a construir el marco estructural del trabajo.

Con la información obtenida a través del procesamiento del material teórico-aplicado, de las técnicas empleadas y de datos estadísticos se realizaron los correspondientes procedimientos apropiados que transformaron este caudal en conocimientos concretos y en parámetros válidos, que permitieron avanzar en la interpretación de la realidad analizada.

Los resultados de valoración cuantitativa proveniente de censos y de la recopilación de datos propios, se expresan en los siguientes cuadros de los que se destacan las variables más importantes:

·       En el Cuadro 1, referido a la “Población Rural Dispersa en el área de influencia de cada localidad entre 1980-1999”, se detecta lo siguiente:

§      Una caída general pronunciada en el lapso 1980-1999 de la población rural, con un promedio general del 23,6% de disminución poblacional.

§      En el período 1991-1999 la disminución de la población rural se acentúa notoriamente, alcanzando un promedio del 36,7%, cifra notablemente superior al período anterior.

§      Por último, en el lapso que media entre 1980 y 1991 la disminución poblacional va a trepar a un 51,7%, porcentaje que refleja en forma incontrastable el profundo desmantelamento demográfico del área rural bajo estudio.

·       En el Cuadro 2, referido a la “Distribución por residencia, fuerza laboral y familia dependiente de los núcleos familiares de los productores y trabajadores fijos dependientes, más las características por tamaño de las explotaciones”, se observa lo siguiente:

§      En la distribución promedio de los integrantes de los núcleos familiares de los productores por “residencia” corresponde el 11,6% a los que viven en otro lugar, el 45,5% y 42,9% para los que residen en los pueblos y en las explotaciones respectivamente. La escasa diferencia a favor de los productores que viven en los pueblos se incrementa si se suma a éstos el total de los que residen en otro lugar, dado que la mayoría de los integrantes de esta franja vive en centros urbanos.

§      En la distribución promedio de la “fuerza laboral” y “familia dependiente” se ve que el 38,3% corresponde a la PEA Agropecuaria, un 3,3% a la PEA No Agropecuaria y un 58,4% a la familia dependiente.

Aquí se observa que la proporción de la franja laboral de los productores en comparación con la familia dependiente, guarda en general una relación standard con respecto a las fuerzas laborales de otras actividades económicas.

§      En el promedio del número de las explotaciones por su tamaño, vemos que el 43,5% corresponde a las chicas, el 37,2% a las medianas y el 19,3% a las grandes, lo que permite colegir, en primera instancia, que no hay una gran diferencia entre explotaciones chicas y medianas; en segunda instancia, que la sumatoria del número de campos chicos y medianos (80,7%) resulta notoriamente predominante, y en tercera instancia, se advierte que el 19,3% de las grandes explotaciones no resulta para nada desestimable.

§      Respecto del rubro “trabajadores fijos dependientes” se observa que del total promedio del núcleo familiar, el 17,3% vive en los pueblos y un preponderante 82,3% reside en las explotaciones.

§      Respecto de la distribución promedio de la “fuerza laboral de los trabajadores dependientes” un 43,1% corresponde a la PEA Agropecuaria y un 56,6% recae en la familia dependiente, porcentaje menor que su equivalente en la familia dependiente de los productores.

·       En el Cuadro 3, referido a la “Localización de los productores, PEA Agropecuaria de los mismos y PEA Agropecuaria de los trabajadores fijos dependientes”, se observa que:

§      En los promedios referidos a la localización de los productores, predominan los que viven en los pueblos (45,4%) seguido por los que residen en las explotaciones (35,4%). Ahora, si se hace la distinción entre los que residen en los centros urbanos (para ello se suma el 11,2% que corresponde generalmente a los que viven en centros urbanos de mayor jerarquía) y los que residen en el campo, se advierte que los primeros superan holgadamente a los segundos.

§      En lo que respecta a la “localización de la PEA Agropecuaria de los productores”, los valores de los promedios totales se invierten predominando la PEA que vive en la explotación (48,5%) en 6 puntos por encima de la que reside en el pueblo (42,8%). Ahora, si se suma la PEA que vive en otro lugar (8,7%) a ésta última, se comprueba que la resultante de este nuevo valor (51,5%) –que sería el total de los que viven en los centros urbanos– apenas supera a la PEA que reside en las explotaciones, o sea que prácticamente se emparejan.

§      En los promedios correspondientes a la localización de la “PEA Agropecuaria de los trabajadores fijos dependientes” se detecta que el personal que vive en las explotaciones (88,3%) es abrumadoramente mayor al que reside en los pueblos (11,7%).

·       En el Cuadro 4, de síntesis del “Total general de la PEA Agropecuaria y su localización”, se advierte que:

§      En el promedio general de la distribución de los totales generales de la PEA, se detecta una preponderancia muy acentuada de la PEA que vive en las explotaciones (62,4%) que es casi el doble de la que reside en los pueblos (31,9%). Queda para la PEA que vive en otro lugar un modesto 5,7%, que por más que se sume a la columna de la PEA que reside en los pueblos, el porcentaje de la PEA que vive en las explotaciones sigue siendo netamente preponderante.

§      En síntesis, a pesar de la prevalencia de los productores que residen en los centros urbanos, e inclusive de una pequeña ventaja en estos mismos centros por parte de la PEA de productores, lo real es que todavía el grueso del total de la PEA Agropecuaria sigue viviendo en el campo, a pesar del drenaje hacia otros ámbitos –con el correspondiente cortejo familiar– que la misma viene acusando en las últimas décadas.

Los resultados obtenidos de la “encuesta” efectuada en la categoría laboral: “Productores que residen específicamente en áreas rurales”, en cinco localidades testigo –de las cuales se vuelcan las variables más importantes–, se extraen las siguientes observaciones:

·       Del primer gran ítem atinente a la “Estructura familiar” se destaca que:

§      El promedio del núcleo familiar oscila entre los 4 y 5 miembros, y aunque hay algunos ejemplos de familias numerosas, en general los núcleos encuestados no son extensos, como podrían haber sido en décadas anteriores.

§      El promedio de edad de los jefes de familia ronda entre los 52 y 58 años, lo que implica una dirección y fuerza laboral  más que madura.

§      El núcleo familiar cuenta con más hijos que hijas (en general éstas entre 20 y 25 años, al formar pareja, dejan el núcleo familiar). La edad promedio de los hijos varía entre 17 y 26 años, lo que representa que en general están en condiciones de ayudar al padre. Hay también un porcentaje menor de hermanos del productor, padres a cargo, nietos, que se manifiesta especialmente en las familias numerosas.

·       El segundo gran ítem comprende los “Motivos, expectativas y características de localización en la zona rural”. Éstos son los aspectos que se observan:

§      En lo referente a la procedencia de los productores, la mayoría nació en la explotación o en la zona rural donde se encuentra su actual predio, lo que indica que el grueso de los productores es del lugar donde vive.

§      Sobre las razones que motivaron y motivan la localización en la explotación, por parte del actual productor, la predominante recae en la causa de “seguir ligado al lugar donde se nació o donde se vive desde hace tiempo”.

§      Hay conformidad en general con la vida que se lleva a cabo en la explotación y casi todos los productores piensan seguir residiendo en las mismas.

§      La calidad de las viviendas fluctúa entre buenas y regulares, prevaleciendo las primeras y el tamaño de sus casas en general varía entre medianas y grandes.

§      A la vez el estado de mantenimiento de las mismas oscila entre aceptable y bueno, predominando éste último.

§      Casi todas las viviendas cuentan con electricidad de red y muy pocas con generador propio.

§      La mayoría de los productores se puede comunicar telefónicamente y tienen acceso a la televisión.

§      En síntesis, con respecto a las comodidades de la vivienda de los productores que residen en las explotaciones, se puede decir que están provistos en general de un confort y de una tecnología comunicacional bastante aceptable a muy buena.

·       El tercer gran ítem se refiere al “Perfil económico del productor”, al respecto se expresa que:

§      Casi todos los productores son propietarios y más de la mitad de los encuestados alquilan campo, lo que va a acrecentar en algunos casos el tamaño de las explotaciones con la transformación de algunas pequeñas y medianas propiedades en medianas y grandes explotaciones respectivamente.

§      En el tipo de explotación que se practica predomina la actividad mixta (agricultura y ganadería), con supremacía de la ganadería y en segundo término por partes iguales.

§      El estado de mantenimiento de los campos en general oscila entre bueno y aceptable, sin embargo en menos de la mitad de los mismos hay sectores que tienen algún problema de deterioro natural o de origen antrópico.

§      Aproximadamente el 40% de los encuestados utilizan créditos para la producción. La comercialización de las cosechas y del ganado es canalizada en su mayoría a través de empresas comerciales.

§      En lo referente a la disponibilidad de maquinaria, la mayoría de los productores están bien equipados y cuentan con instalaciones entre básicas y completas.

§      Casi todos los productores reciben asesoramiento tecnológico que puede ser de origen oficial o privado y llama la atención la poca inserción de los mismos en organizaciones corporativas, siendo bastante baja la participación en cooperativas y muy baja en asociaciones gremiales.

§      En síntesis, la disponibilidad y manejo tecnológico con que cuenta y llevan a cabo los productores consultados, se puede considerar como relativamente significativo o avanzado, lo cual se refleja en un nivel de acceso al mejoramiento tecnológico entre regular, aceptable y bueno.

·       En cuanto al último gran ítem, trata sobre el “Perfil laboral del productor y del personal dependiente”, del que se destacan los siguientes aspectos:

§      Después de la fuerza laboral específica de los responsables de las explotaciones, la mayor participación corresponde a los hijos varones, luego siguen las esposas de los jefes de familia y por último otros familiares con diversos grados de vinculación.

§      La amplia mayoría de los adultos, tanto los que componen la fuerza laboral como la familia dependiente solamente han cursado la escuela primaria, un pequeño porcentaje asistió a la escuela secundaria y sólo dos adultos poseen título universitario. En lo que respecta a los niños y adolescentes en edad escolar, se podría decir que todos están escolarizados en sus respectivos niveles, concurriendo solamente a la universidad un pequeño grupo de jóvenes.

§      La amplia mayoría de los productores no piensa cambiar de actividad laboral y, por otra parte, el 100% de los mismos le brinda una dedicación permanente y una atención directa a las explotaciones.

§      En lo referente a las “Perspectivas futuras respecto de la forma de trabajar las explotaciones”, dos tercios aproximadamente se inclina por seguir trabajándolas como hasta ahora y un tercio significativo, aunque no mayoritario, manifiesta la tendencia de explorar nuevas estrategias de manejo y por ende de trabajo de las explotaciones, lo que puede implicar, entre otros aspectos, la demanda de más o menos horas de trabajo, de mejores o peores condiciones laborales y el requerimiento de incorporación, disminución o aumento de mano de obra.

§      El 25% de los productores consultados emplean trabajadores fijos. El grueso del total de los núcleos familiares del personal dependiente residen en las explotaciones y en un porcentaje menor el empleado vive en el campo y la familia en el pueblo.

§      El total de los empleados están mensualizados, y el salario que reciben en general, corresponde al básico más un porcentaje o premio. A todos los dependientes les efectúan los correspondientes aportes jubilatorios y de obras sociales.

 

 

Conclusiones

A continuación se puntualizan por tema y a modo de síntesis los aspectos más destacables.

 

Características de la localización en la zona rural

En lo referente a este tópico, resaltamos:

·       Un despoblamiento acentuadísimo de las áreas rurales estudiadas en los últimos veinte años.

·       El trasvasamiento en ese intervalo de un porcentaje importante de la PEA Agropecuaria a los pueblos.

·       Del total de Productores, el mayor porcentaje reside en los centros urbanos.

·       Del total de Asalariados Fijos, el mayor porcentaje reside en el campo.

·       El lugar de residencia de la PEA de los Productores está más o menos equilibrado entre el campo y los centros urbanos.

·       Del total de la PEA Agropecuaria –PEA de Productores + PEA de Trabajadores dependientes (en este trabajo se limita a los Asalariados fijos)– el mayor porcentaje sigue residiendo en el campo, a pesar del derrame en las últimas décadas de esta fuerza laboral hacia los pueblos.

·       Se insinúa una leve tendencia de repoblamiento permanente en unas pocas explotaciones, como una posible estrategia, primero de reacomodo laboral y solución de hábitat para algunos miembros del núcleo familiar del Productor, y segundo, de ahorro de gastos de mantenimiento simultáneo de dos casas y dedicar así una mayor atención a la explotación a fin de incrementar los ingresos.

·       Una intención generalizada de parte de los Productores que residen en las explotaciones, de seguir en las mismas. Esto implica, por una parte, una persistencia en continuar viviendo de las tareas rurales, y por otra, que no consideran conveniente para el mejor manejo de sus predios trasladarse al pueblo. La firmeza de esta actitud se manifiesta por ejemplo en aquellos productores –que no son pocos– que contando también con casa en el pueblo, prefieren seguir residiendo en forma permanente en el campo.

·       Se interpreta que en el proceso de derrame en las últimas décadas de las explotaciones a los pueblos, las familias de Productores que continúan en las áreas rurales, son las que, primero, pudieron quedar dentro del sistema agropecuario; segundo, ante la variante de trabajar sus predios desde los pueblos, o no pudieron acogerse a esta alternativa por sus limitaciones económicas, o prefirieron seguir viviendo en el campo, por poseer una mayor vocación de arraigo al mismo.

·       En cambio para los Trabajadores fijos dependientes no les quedó ninguna posibilidad de opción locacional. Simplemente el grueso de los mismos fue desarraigado de su hábitat rural, primero por el proceso de modernización tecnológica y cambio en el manejo de las explotaciones, y segundo por la pérdida de sus fuentes de trabajo en aquellas explotaciones cuyos dueños se desprendieron de las mismas.

·       En suma, pareciera que se ha llegado a un punto de equilibrio en lo atinente al desplazamiento poblacional campo-ciudad. Los productores que quedaron tratan de aferrarse a sus explotaciones, procurando por un lado el mayor rendimiento de éstas a través de la atención directa y dedicación completa de sus predios, teniendo en claro que ése es el camino más apropiado para seguir, en lo posible, dentro del sistema, y conservar así sus fuentes de trabajo en la única labor que realmente conocen y saben hacer, y por el otro, llevar hacia las explotaciones el mayor bienestar, de modo de acortar la brecha que media sobre los servicios que pueden ofrecer los pueblos.

 

Perfil socio-económico del Productor y del Trabajador fijo dependiente

En general las condiciones de las viviendas, de disponibilidad de elementos de confort y de comunicación de los productores que residen en las explotaciones, se pueden considerar de aceptables a muy satisfactorias. Es evidente que tienden a desaparecer las diferencias en lo atinente a las comodidades entre el campo y la ciudad. Se observa por lo tanto, una asimilación progresiva de los estilos de vida urbana en el mundo rural.

A su vez, la amplia mayoría de los productores y el entorno de su familia adulta cuentan solamente con una instrucción básica (escuela primaria), pero procuran que sus hijos incrementen su nivel de instrucción en todo lo posible, dentro de sus factibilidades económicas y de sus limitaciones motivadas por el aislamiento. Hay una clara tendencia a incorporarlos a las escuelas técnicas agropecuarias donde éstas existen.

Por otra parte, si bien de acuerdo con una expresión popular, “en el campo se conoce todo el mundo”, es notoria la falta de vinculación asociativa, tanto a nivel gremial como cooperativo –exceptuando alguna zona con respecto a este último nivel–, y más allá de la existencia de algunas conformaciones grupales (por ejemplo: “Cambio Rural”) –con suerte diversa– a fin de sumar experiencias laborales y de propiciar ayuda económica mutua, lo cierto es que los Productores como así también los asalariados de las áreas rurales, siguen viviendo en forma muy aislada en su quehacer cotidiano.

Con respecto a la capacidad económica de los Pequeños Productores rurales, en general (no nos interesa en este caso referirnos a los niveles superiores porque es obvio que disponen de amplios fondos), vemos que el capital que movilizan no es desestimable –no se los puede parangonar con la categoría de pobres rurales o de campesinos– y si quedan fuera del sistema productivo, es porque a juicio de ellos el manejo que aplican a sus explotaciones en función del capital que ponen en juego y del trabajo que realizan, les impide alcanzar la rentabilidad básica prevista, y que desde luego, en algunos casos de agravamiento, esta rentabilidad puede también convertirse en negativa, debido a causas coyunturales o no.

Ahora, dentro de esta caracterización global, resulta preocupante observar en la región, la pérdida progresiva de las propiedades de algunos productores –en general previamente descapitalizados–, que pasan a manos de empresas comerciales agropecuarias o agroindustriales, como producto de una vinculación contractual con éstas netamente desfavorable a los primeros, y que se manifiesta con efectos caóticos cuando se le produce un desequilibrio productivo al propietario comprometido. Pero este fenómeno es menos probable que se produzca en la franja de productores de nuestro análisis (los que viven en el campo) porque éstos poseen, en general, un control y cuidado más directo de la marcha económica de sus explotaciones.

En este sentido, podemos agregar que el Productor, y en especial el pequeño, que queda en el campo, pone mucho ahínco en adecuarse a las diferentes alternativas y posibilidades productivas que se le presentan, teniendo la precaución de no dejar de practicar una actividad mixta aunque en diferentes grados, como una forma de reasegurarse ante los cambios de exigencia del mercado, y con una pretensión general de mejorar los índices de producción de sus explotaciones.

En lo referente al Trabajador fijo dependiente que reside en el campo, es una franja laboral indudablemente de modestas condiciones socio-económicas, que numéricamente ha disminuido sustancialmente en los últimos años. Convive en muchos casos con su familia en su lugar de trabajo, especialmente en las zonas tamberas, donde en las tareas participa casi todo el grupo familiar, pero esta característica no se puede generalizar, ya que en otras circunstancias, por ejemplo los que trabajan en los grandes establecimientos, generalmente viven solos durante los días laborables en la explotación, y sus familias residen en forma permanente en el pueblo cercano.

 

Perfil laboral del Productor y del Trabajador fijo dependiente

En el trabajo, el Productor que vive en el campo generalmente cuenta con la ayuda familiar –a mucha mayor escala que su par que reside en el pueblo–, que pueden ser sus hijos, algún hermano, padre y no en pocos casos, su esposa. Pero no por ello, esta fuerza laboral se puede considerar abundante. La relación, de acuerdo con nuestras observaciones, es de un familiar trabajador por productor.

A su vez, estos Productores –como es de imaginar– cuentan con mucho menos personal dependiente que sus pares que viven en los centros urbanos.

Por otra parte, en los grandes establecimientos es muy raro que el dueño resida en el mismo –lo que no quiere decir que no lo dirija–, quedando por lo tanto ceñida básicamente la presencia del Productor que vive en las áreas rurales a las pequeñas y medianas explotaciones.

En lo atinente a la PEA que corresponde al Trabajador fijo dependiente, vemos que es mucho menor numéricamente que la PEA que pertenece al productor. Es una franja laboral que –como decíamos anteriormente– desde hace años viene disminuyendo notoriamente y da la impresión de que tiende a convertirse en una fuerza residual, posiblemente pasando muchos de ellos a la categoría de Trabajadores temporarios –que seguramente siempre se va a requerir–, y otros quedando fuera del sistema laboral agropecuario. Este trabajador fijo dependiente vive esencialmente en el campo, cuenta con ingresos modestos (generalmente el salario básico más algún premio) pero muy por encima del Trabajador temporario, y es común que el contratista el efectúe los correspondientes aportes jubilatorios y de obra social, pero no así en cambio media siempre un contrato formal de trabajo.

Por otro lado, a pesar de haber quedado sin trabajo, una porción importante de asalariados fijos por los motivos ya explicitados en párrafos anteriores, se plantea la paradoja de que resulta muy difícil en muchas circunstancias disponer de estos trabajadores. Una de las razones principales de esta carencia, se debe a las exigencias de escolaridad que requieren sus hijos.

Con respecto a los Trabajadores temporarios, que fundamentalmente viven en los pueblos, es una fuerza laboral eminentemente precarizada –salvo los tractoristas en lo atinente a sus salarios– que tiene una incidencia pasajera en las tareas generales del campo.

 

Alteraciones espaciales observables como consecuencias de las transformaciones socio-económicas en la región

La alteración espacial más evidente se da en relación con los cambios de localización. Ésta se manifiesta en el abandono y vacío poblacional de numerosas explotaciones, que en algunos sectores de las áreas estudiadas se torna desolador. Estos campos, que en general responden a pequeñas explotaciones, pasan a se trabajados por arrendatarios accidentales (pool de siembra, contratistas capitalistas, empresas agroindustriales) o siguen siendo trabajados por los propios dueños, pero desde el pueblo cabecera de la zona donde se han trasladado a vivir. Es muy difícil que no se las explote de alguna manera, y también es muy raro que vuelvan a ser ocupadas de forma permanente por nuevos productores. Se deja de ver así en estos campos abandonados, el trabajo de “chacra”, esa combinación abigarrada de cría de pequeños animales con algo de huerta, en los alrededores de las viviendas de las mismas.

Otro indicador de este vacío demográfico es la desaparición del clásico paraje visitado en función de la existencia de un “boliche”, que servía para la compra básica y como centro de reunión social. Éstos prácticamente se han extinguido en la región.

En referencia a otras modificaciones, se observa en toda el área un incremento del tendido de la red de electrificación, como así también del asfaltado de varias rutas provinciales –aunque algunas de ellas no en muy buen estado– que ayudan eficazmente a los pueblos a conectarse con centros urbanos de mayor jerarquía. En cambio, en relación con algunos caminos vecinales que se ubican especialmente al oeste de la región del presente trabajo, por procesos erosivos de diferente índole, están absolutamente cortados –con formación de barrancas, en muchos casos de varios metros– y cuyo arreglo es prácticamente insoluble, lo que produce una incomunicación vial a escala vecinal y zonal de difícil reversión.

A su vez, se observa en las afueras o en el mismo casco urbano de algunos pueblos, el asentamiento de importantes plantas agro-lácteas-industriales, que indican la presencia y el avance de las empresas agroindustriales en la zona, en estrecha conexión productiva con el campo circundante.

 

El contexto socio-económico en que se desarrollan las actividades agropecuarias en la región

El contexto socio-económico en que se desenvuelven las actividades agropecuarias en la región, no varía sustancialmente del que se manifiesta en toda el área pampeana y en muchas otras regiones del país.

Los indicadores que caracterizan este marco, son los mismos que ya desarrollamos en un trabajo anterior de 1997, pero ahora están mucho más agudizados. La presencia y proceder de los pool de siembra, de los contratistas capitalistas, de las grandes sociedades agropecuarias anónimas, de los acopiadores y de las empresas agroindustriales, sigue en plena expansión. Si bien esta dinámica no es demoledora en comparación posiblemente con otras áreas, las transformaciones que vienen produciendo en el quehacer productivo se dejan notar con mucha fuerza al imponer cada vez más sus reglas de juego a los productores constituidos a nivel individual, familiar o de sociedad limitada, y muy especialmente dentro de ellos a los pequeños productores. Vemos aquí, por ejemplo, que el arrendamiento accidental (por ciclo agrícola o por no más de dos años) y la compra progresiva de tierras por parte de los grandes agrupamientos, se está tornando en un fenómeno común, como así también la incidencia directa o indirecta de éstos, en el incremento de ciertos cultivos como el maní, que viene desbordando con creces su área original de siembra.

Los efectos negativos de esta dinámica, se reflejan en la suba desmedida –por manipuleo momentáneo del mercado– de los alquileres y precio de la tierra, despoblamiento del campo, achicamiento de la PEA Agropecuaria, expulsión del sistema de varios pequeños productores endeudados, y en un manifiesto deterioro de las características naturales de las explotaciones arrendadas, por estos nuevos actores del capitalismo agropecuario pampeano. Lo que sí es dable destacar como un aparente contrasentido, es que de parte de las grandes empresas sigue el proceso de agriculturización en plena marcha –que desde hace tiempo viene observándose en el área–, y de parte de los productores, una tendencia a no descuidar e inclusive a incrementar en lo posible sus planteles ganaderos, como una forma de garantizar sus necesidades básicas y asegurarse a su vez de las incertidumbres de la agricultura. Pero esta estrategia, indudablemente, no tuerce la tendencia de los primeros.

Por otra parte, habría que ver si en términos macroeconómicos –prescindiendo si se quiere de la contabilización de las familias perjudicadas que quedan en el camino– estos nuevos impulsos y modificaciones productivas se traducen en un incremento significativo de la producción en general. Justamente sería importante, en algún momento dado, hacer un balance al respecto y ver si realmente estas orientaciones en marcha, justifican tanto perjuicio a una porción más que destacable de Productores, y por reflejo también a muchos asalariados rurales.

Por último, en este contexto de imprevisibilidad y limitaciones que imponen estas transformaciones arriba descriptas, las estrategias de sobrevivencia y tendencias de las fuerzas laborales, particularmente de los Pequeños Productores rurales, se pueden resumir diciendo que pasan básicamente por: la optimización y manejo más directo de las explotaciones, un posible incremento en la dedicación laboral de parte de los Productores que viven en los pueblos hacia sus respectivas propiedades y un quietismo locacional de los Productores que siguen residiendo en las áreas rurales.

 

Sugerencias para el diseño de políticas públicas relacionadas con las actividades agropecuarias

Si bien lo expuesto hasta ahora tiende sobre todo a una diagnosis orientada especialmente a una problemática rural, cabe sugerir a su vez la conveniencia de incluir con particular énfasis la “temática de la localización” en la agenda de diseño de Políticas Públicas dirigidas a las actividades agropecuarias.

La intención de esta propuesta se centra principalmente en que se rescate y valore la fuerza del trabajo rural –como fuente básica de vida– para aquella reducida población que todavía sigue permaneciendo en el campo, sin que por ello se deje también de contemplar los factores que inciden en la mejora de la producción.

Es así que, a pesar de ser conscientes de las limitaciones que implican las propuestas generalistas –ya que de antemano sabemos que toda formulación específica de nuestra parte, por desconocimiento global de todas las problemáticas rurales, caería inevitablemente en el simplismo propositivo–, nos arriesgamos no obstante a sugerir algunas acciones, no con la idea de brindar soluciones concretas, sino la de ofrecer posibles alternativas a explorar, tendientes a ese fin.

Por otra parte, entendemos que la validez de aplicación de las directrices que aquí presentamos tiene sentido en la medida en que se contemplen en conjunto, dado que su posible eficacia reside en que se puedan articular al unísono.

Estas directrices pueden resumirse en las siguientes propuestas de acciones:

·       Procurar la implementación de un “apoyo económico especial”, mediante subsidios diferenciales u otro procedimiento similar, y de “capacitación y asesoramiento tecnológico específico”, para beneficio exclusivo de aquellos “Productores que viven en el campo”, a fin de consolidar el arraigo de los mismos.

·       Promover la creación de “ligas solidarias de mutuo apoyo de Productores que residen en las áreas rurales” a nivel zonal, con el objeto de incentivar entre los propios vecinos rurales de cada lugar, la ayuda generalizada y la creatividad de estrategias de conservación de sus modos de vida.

·       Impulsar la creación de un “sistema educativo rural integral”, como una de las armas más eficaces para evitar el desgranamiento poblacional del campo, mediante dos instancias básicas: 1º) “revitalizando la red de escuelas rurales” –desechando aquellos criterios economicistas de medición, costo-beneficio– que repercutiría favorablemente, en primera instancia, en la retención de la familia del asalariado rural en el lugar, y 2º) propiciando “becas de sostén individual” para que puedan vivir solos en las localidades cercanas, aquellos adolescentes de procedencia rural que estén en condiciones de cursar la escuela secundaria, además de prever también donde pueda aplicarse, la implementación de una “red de transportes escolares de alumnos secundarios”, para el traslado de los mismos a las poblaciones cercanas.

Cabe recordar, según una encuesta realizada por nuestro equipo años atrás, que la causa principal que motivó el cambio de residencia de los productores rurales hacia los pueblos –a partir de la década del sesenta y en concordancia con el inicio de creación de escuelas secundarias en los mismos– se debió al interés de que sus hijos pudieran asistir a los colegios de enseñanza media.

·       Propiciar la planificación y realización de una mejora progresiva de los “caminos troncales vecinales” de cada zona rural por parte del estado provincial, a fin de darles un carácter de transitabilidad permanente, como asimismo apoyar a los “consorcios camineros” existentes e incentivar la creación de otros nuevos, direccionándolos especialmente hacia el cuidado y mantenimiento de los caminos vecinales secundarios. Con este proceder de efectos socio-económicos múltiples, no cabe duda de que además de viabilizar eficazmente la producción, evita el aislamiento y ayuda al arraigo poblacional.

·       Apoyar la “fuente de trabajo” y fomentar a su vez el “arraigo”, particularmente de aquellos “Trabajadores dependientes que viven o pueden llegar a vivir en el campo”, mediante la concreción de algún “mecanismo compensantorio a favor de los Productores contratistas” –que puede ser una desgravación impositiva o un subsidio de efecto equivalente–, con el objeto de morigerar el costo salarial que demanda el contratar personal dependiente.

·       Habilitar un “sistema de actualizaciones tecnológicas y capacitación laboral” al servicio de los “Trabajadores rurales dependientes”, con centro de reunión en algunas localidades a designar, a fin de favorecer el empleo y mejorar el ingreso salarial de los mismos.

·       Fortalecer de manera institucional –que de hecho se da en forma espontánea o no del todo formal– el “estrechamiento vincular entre la población que vive en la zona de influencia rural de cada localidad y su respectiva municipalidad”, con el propósito de incentivar en forma ordenada el mutuo apoyo entre las partes implicadas. En lo atinente, por ejemplo, a las prestaciones que brinda o que puede llegar a brindar el municipio a su zona de influencia, como en las contraprestaciones que ésta a su vez retribuye al municipio y pueblo en general. Resulta importante fomentar esta vinculación, dado que debemos tener en cuenta que los servicios que ofrecen los municipios a la áreas rurales –cuando éstos se prestan adecuadamente– sirven en parte de soporte a los residentes rurales y, como contrapartida, cuando el campo funciona bien económicamente, ayuda eficazmente al incremento de los ingresos comunales y de la población en general del centro urbano.

·       Procurar se contemple la posibilidad de “creación de una repartición pública” –en la medida en que exista la voluntad política a tal fin– que se aboque específicamente al estudio de las “problemáticas inherentes a la PEA Agropecuaria y con especial énfasis en la que reside en las áreas rurales”, e implemente a su vez las correspondientes acciones tendientes a las soluciones apropiadas de las mismas. Esta decisión pública –en caso de asumirse– podría representar una forma concreta de avanzar en el tratamiento de la cuestión que aquí se plantea.

Resumiendo, con respecto a las directrices explicitadas, queremos reiterar y agregar que las mismas no tienen como propósito central revertir el despoblamiento rural –aunque en el futuro, si llegase a mediar una política apropiada, no se debe descartar la posibilidad de una leve tendencia hacia el repoblamiento–, sino de conservar a la poca población que queda en el campo, no porque si ésta lo abandona se deja de trabajar la tierra, sino porque se entiende que la misma se trabaja mejor, rinde más y sufre menos deterioro cuando el Productor vive en la explotación, y también y por sobre todos los factores anteriores, el objetivo principal de estas directrices está orientado a procurar retener y conservar para beneficio de los implicados, una fuente de trabajo específico, debido a que las deserciones de los Productores y Asalariados, cuando se producen, inevitablemente no son reemplazados por otros trabajadores rurales.

En suma, para el tratamiento de la problemática de la PEA Agropecuaria que planteamos en este trabajo, se pueden implementar diversas estrategias de solución –que pueden ser algunas malas o regulares y otras buenas–, pero en definitiva lo central de la cuestión pasa ante todo por si los organismos estatales “le prestan atención o no a esta realidad”.

Si la respuesta es positiva –que en última instancia es lo que nosotros procuramos– a partir de ese momento toda acción orgánica que se efectivice en este sentido, por pequeña que sea, se podrá considerar que marcha hacia la solución progresiva de un problema concreto y pendiente.


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[1] El citado trabajo analizó la PEA Agropecuaria que reside en los centros urbanos más significativos que rodean a la ciudad de Río Cuarto.


Ponencia presentada en el Segundo Encuentro Internacional Humboldt. Mar del Plata, Argentina. Octubre de 2000.






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