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Asunto:[encuentrohumboldt] 72/04 - EL RACISMO EN SUDÁFRICA
Fecha:Viernes, 19 de Marzo, 2004  00:35:48 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

 

EL RACISMO EN SUDÁFRICA

 

Faiella María Victoria

Luchetti Javier Fernando

 

1. Introducción.

El objetivo del siguiente trabajo es analizar y comprender la historia del Apartheid sudafricano como un sistema segregacionista creado y utilizado por la minoría blanca, para despojar de las tierras y negarles los derechos a la mayoría de los nativos africanos, explotándolos al máximo, y manteniendo la opresión y la injusticia a lo largo de los siglos.

El Apartheid, palabra afrikáner que significa “separación”, expresaba un sistema de segregación que provenía desde la época de la colonia: “Con ese término el gobierno de Sudáfrica designa al régimen económico, político y social que, bajo la máscara del ‘desarrollo separado’ de las razas que viven en su territorio, se pretende convertir en fundamento ‘jurídico’ para decidir los destinos de la nación y de sus bienes sin intervención de sus habitantes no blancos, que constituyen la abrumadora mayoría de la nación”.[1]

La Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada en 1948, en su artículo 2 menciona que toda persona tiene derechos y obligaciones sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política, origen social o nacional, y posición económica, o nacimiento, sin embargo, para los blancos sudafricanos, el color de la piel constituía la causa tajante para que los negros fuesen diferenciados y discriminados. El racismo de los blancos, fue instalado por una minoría que se adueñó del poder en 1948 e “ (…) hizo del apartheid la política oficial del Estado, alegando la necesidad del dominio y del control de los blancos sobre las ‘razas no blancas que se encuentran a un nivel más bajo de desarrollo y civilización’, pretendiendo justificar la opción del ‘desarrollo separado’ como un medio eficaz de evitar tensiones y conflictos”.[2] El sistema llegó a su término en 1994, cuando se convocaron a las primeras elecciones democráticas en donde pudo participar la población negra, aunque sus consecuencias continuaron perdurando en el tiempo.

 

2. La colonización de Sudáfrica.

El 6 de abril de 1652, varios navíos holandeses llegaron a la bahía de Table, antiguo nombre de la actual región del Cabo. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales encomendó establecer una estación de abastecimiento para sus barcos que hacían la ruta de la India, de ahí el inicio de la colonia holandesa. Pero, la actitud de los colonos hacia la Compañía cambió con la concesión de granjas independientes, lo que hizo que se distanciaran cada vez más de ella.

Los holandeses se llamaron a sí mismos “burghers” o ciudadanos pero luego se convirtieron en los “bóers”, término holandés para campesinos, mientras que a las tribus autóctonas las llamaban “cafres”. Los colonos se organizaron contra los nativos y se adueñaron de fértiles pastizales. Debido a esto, lograron forjar una comunidad étnica original, caracterizada por el “afrikaans” (lengua derivada del holandés). Se sentían superiores por tener la carreta, el látigo y la Biblia, y comenzaron a someter a la esclavitud a los negros de la región.

En 1795, desapareció la Compañía de las Indias Orientales, y los bóers debieron hacer frente a dos enemigos: los ingleses que habían comprado a los holandeses la colonia del Cabo y, los zulúes. Desde 1792, los ingleses estuvieron presentes en la colonia del Cabo. En 1806, el gobierno inglés le dio a los negros la posibilidad de demandar judicialmente a sus amos bóers que se mostraron hostiles a esas disposiciones. El dominio de los ingleses se reforzó. En 1828, el idioma inglés se convirtió en lengua oficial, y en 1834, Inglaterra abolió la esclavitud.

Para escapar del dominio inglés, a partir de 1835 los bóers emprendieron una larga travesía hacia el norte por regiones áridas hasta establecer asentamientos a ambos lados de los ríos Orange, Vaal y Natal. Esta gran migración a través de regiones habitadas por pueblos hostiles marcó de manera imborrable la imagen y el destino de los afrikáners. En esta gran migración, los bóers se encontraron con los zulúes, que los recibieron pacíficamente. El jefe zulú declaró que el país era grande y que había tierras para todos; pero inmediatamente los bóers limitaron las tierras con cercas y alambrados y no dejaron circular libremente por ellas a los pastores africanos. Para los zulúes esta actitud fue una traición al espíritu de hospitalidad, por lo que en 1838 dieron muerte a un gran número de bóers, pero estos últimos derrotaron en el mismo año a los zulúes que igualmente siguieron luchando.

Los británicos pronto ocuparon el territorio bóer de Natal y lo convirtieron en posesión británica. Esto provocó que los afrikáners abandonaran Natal, dirigiéndose hacia el oeste y el norte. En esa zona fundaron dos pequeñas repúblicas, Orange y Transvaal, y empezaron a esclavizar a la población autóctona y a aplicar las premisas del Apartheid, es decir, la rigurosa separación de las razas.

El descubrimiento de diamantes en 1867 en Kimberley y de oro en Transvaal en 1886, atrajo a los ingleses. La industria minera estuvo financiada por los británicos, y miles de mineros ingleses entraron en Transvaal, aunque el gobierno afrikáner se negó a otorgarles los mismos derechos civiles, y además aumentó los impuestos que debían pagar las compañías extranjeras. Muchos africanos se sumaron por la promesa de que se les reconocerían sus derechos; así fomentaron las sublevaciones contra los bóers, dando por resultado en 1902, luego de una guerra de 3 años, la firma de un tratado por el cuál las repúblicas bóers se convirtieron en colonias de la corona británica.

Los afrikáners de fines del siglo XIX poco tenían en común con los antiguos colonos: eran contrarios a toda idea de progreso, vivían en una economía rural y atrasada y consideraban a los africanos como seres inferiores a los que había que mantener a toda costa en la ignorancia y la sumisión. Para los ingleses, una segregación fundada en la raza era un rasgo de anacronismo económico, pero el imperio británico se hallaba en su apogeo, y le preocupaban menos las consideraciones humanitarias y morales que los intereses económicos. Así, los ingleses se guardaron bien de cumplir la promesa hecha a los africanos de reconocer sus derechos políticos. En cambio, aceptaron a los afrikáners como súbditos británicos y les reconocieron los mismos derechos.

Pocos años después, en 1910, el Parlamento británico fundó la Unión Sudafricana, con las cuatro colonias –El Cabo, Natal, Transvaal y el Estado Libre de Orange- como provincias. El Partido Sudafricano o Afrikáner ganó las elecciones y comenzó la apropiación de las tierras africanas, lo que motivó la reacción de los líderes negros que fundaron el Congreso Nacional Africano (CNA) en 1912.

 

3. El nacimiento y desarrollo del Apartheid.

Hacia 1936, se fija un aumento en la distribución de tierras que se les otorgaban a los africanos, que pasaba de un 7 a un 13%, como una forma de compensación por la supresión de su derecho de voto parlamentario. Al principio, la segregación fue económica, los blancos se adueñaron de las mejores tierras y explotaron la mano de obra negra, y luego fue explícitamente racial a partir de 1948 cuando en las elecciones finalizó el predomino político anglosajón y ganaron los defensores a ultranza del Apartheid. Durante la década del ’40 y del ’50, se produjeron huelgas y disturbios, especialmente por ciertas medidas discriminatorias como la aplicación de la segregación en los sindicatos como una condición para su existencia legal, el uso de salvoconductos para los africanos, etc.

En 1950 se aprobó una ley anticomunista, y también leyes que consideraban como un delito a los matrimonios mixtos entre blancos y negros, y que establecían una educación distinta para los negros. Mientras que la población blanca mantenía el control sobre la mayoría del país, se instalaban ciertas áreas llamadas bantustanes (nueva división administrativa), reservadas para los grupos negros. Pero sólo el 13% de la tierra quedó para los bantustanes, que debían –y no podían- mantener al 75% de la población del país. El gobierno determinó establecer el autogobierno en diez bantustanes, Bophuthatswana, Ciskei, Gazankulu, Kangwane, Kwandebele, Kwazulu, Lebowa, Qwaqwa, Transkei y Venda, aunque en realidad dependían del gobierno nacional.

Los habitantes negros quedaron asignados a determinadas zonas, y debían llevar pases especiales cuando entraran por motivos laborales en las zonas habitadas por blancos, lo que provocó que el Congreso Nacional Africano decidiera adoptar una política de desobediencia civil, apareciendo Nelson Mandela como principal líder del movimiento, aunque su entrada en escena, se había iniciado en 1944 cuando había formado la Liga Juvenil. Sin embargo, su política de no-violencia no le alcanzó para evitar convertirse en el hombre más buscado de Sudáfrica. Pocos años después, en 1955, miles de ciudadanos de distintas razas y etnias, suscribieron la Carta de Libertad, documento en que se proclamaba una Sudáfrica unificada, democrática y no racista, y que fue adoptado por el CNA como su declaración básica.

Después de los disturbios antiapartheid en Sharpeville el 21 de marzo de 1960, en los cuáles la fuerza pública asesinó a 69 personas que protestaban contra las leyes sobre los salvoconductos, el gobierno ilegalizó cualquier organización política negra, incluido el Congreso Nacional Africano. La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 1966, al 21 de marzo, como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Desde ésta década hasta mediados de la década de 1970, el gobierno sudafricano intentó hacer del apartheid una política de “desarrollo separado”. En 1962, el gobierno aprobó la denominada Ley de Sabotaje, por la cuál se ilegalizaba a la mayoría de las organizaciones opositoras, de ahí que tanto el Congreso Nacional Africano como el Congreso Panafricanista (CPA), decidieran organizar grupos de resistencia armada. En 1964, Mandela fue acusado de sabotaje y traición, por lo que fue sentenciado a cadena perpetua, a pesar que de los 222 cargos de sabotaje que se le adjudicaron, sólo 20 fueron probados y en ninguno de ellos participó Mandela.

La política de “desarrollo separado” culminó con la concesión de la “independencia” de Transkei, Bophuthatswana, Ciskei y Venda entre 1976 y 1981. Pero el más popular de los bantustanes fue Kwazulu, bajo la jefatura de Mangosutu Buthelezi. Buthelezi formó en 1975, el Partido para la Libertad Inkatha (PLI), y consiguió promover el nacionalismo zulú.

La revuelta de los negros continuaba y el 16 de junio de 1976, escolares del municipio negro de Soweto, a unos 20 kilómetros de Johannesburgo, se negaron a concurrir a clase y salieron a las calles a protestar, porque el régimen quería introducir el idioma afrikáner como único medio de instrucción en las escuelas. Pero la reacción del gobierno fue rápida, y unos 1.000 estudiantes fueron muertos y miles más fueron heridos. Esto produjo una escalada de violencia, huelgas, y manifestaciones en todo el país, lo que provocó que en la siguiente década, el gobierno aprobara una serie de reformas que permitieran la organización de sindicatos negros y cierto grado de actividad política para parte de la oposición.

No obstante, el gobierno sudafricano continuaba dividiendo a la población en cuatro grupos “raciales” principales: a ) los blancos, o sea los habitantes de ascendencia europea; b) bantúes o africanos, es decir, quienes pertenecían a cualquier tribu africana; c) asiáticos, las personas provenientes en su mayoría de la India y de Pakistán y; d) gente de color, denominación que abarcaba a personas de ascendencia mezclada, pero que incluía también a otros grupos, como los malayos que vivían en El Cabo. Como parte de esa política, en 1984, se permitió la participación de mestizos y de población asiática, para lo cuál se estableció un parlamento tricameral, integrado por una cámara para los blancos, otra para los mestizos, y una tercera para la comunidad india, pero se excluyó a los negros que constituían más del 75% de la población.

Finalmente, debido a los numerosos enfrentamientos urbanos, las huelgas, y la presión externa, la política segregacionista se iba debilitando, y en 1990, el presidente Frederick De Klerk del Partido Nacional (PN), puso fin al apartheid con la liberación de Nelson Mandela, y la legalización de las organizaciones políticas negras como el Congreso Nacional Africano, el Congreso Panafricanista, y el Partido Comunista Sudafricano. Mandela fue elegido primer presidente negro en 1994, en las primeras elecciones democráticas en la historia del país.

 

4. El Apartheid y sus consecuencias sobre el pueblo africano.

En principio, el Apartheid residencial era patente; numerosos blancos vivían en mansiones señoriales con piscina y parque en los suburbios elegantes o en los barrios aristocráticos; en cambio gran cantidad de negros vivía en las “ciudades” artificiales y sórdidas que fueron creadas por la segregación, en sitios baldíos de la periferia de las grandes ciudades, verdaderas villas miserias superpobladas sin las comodidades más elementales, como servicios sanitarios o electricidad.

La mayoría de los empleos que exigían una calificación, en las industrias o en las oficinas, eran desempeñados por blancos, en circunstancias que los negros realizaban la casi totalidad de las labores subalternas o mal remuneradas. Pero además los negros no tenían derecho a circular libremente y elegir su residencia dentro del territorio sudafricano, puesto que para trasladarse de un lugar a otro debían poseer los “pases de circulación”, que fueron impuestos por la Ley de Registro de Población de 1950 que establecía que toda persona mayor de 16 años debía llevar siempre su tarjeta de identidad racial.

También estaban sometidos a la Ley Bantú de 1952, por la cuál se determinaba que todo africano de más de 16 años debía portar su “libreta de referencia”, que comprendía su tarjeta de identificación, su fotografía, el registro de empleos, el pago de impuestos, permiso para permanecer en la zona habitada por blancos, etcétera. Si un negro carecía de estos documentos y era descubierto, podía ser arrestado y condenado por cometer un delito. Ciertamente, la mayoría de la fuerza de trabajo africana trabajaba en actividades vinculadas con la agricultura, la silvicultura y la pesca. El sector agrícola era el sector con menores ingresos, y practicándose en los bantustanes una agricultura de subsistencia.

La situación de los negros hacía que fuese necesaria la lucha para mejorar las condiciones laborales, y los sindicatos eran un arma importante, pero el gobierno intervino para frenar cualquier movimiento contra el sistema, mediante la Ley Laboral Bantú de 1953, que establecía que no se podían registrar oficialmente los sindicatos de negros, pero sí los de los blancos que podían discutir los contratos colectivos de trabajo. Y si los negros querían ir a la huelga, lo hacían corriendo el riesgo de ser arrestados, puesto que las huelgas estaban prohibidas, si bien aumentaron en las décadas de los setenta y ochenta.

Una de las formas de mejorar el entendimiento entre las razas hubiera sido el establecimiento de relaciones sociales, pero difícilmente los grupos raciales podían tener amigos fuera de su grupo o menos aún, enamorarse fuera de él. La Ley de Inmoralidad de 1950, castigaba las relaciones sexuales entre personas de razas diferentes, y un año antes se habían prohibido los matrimonios mixtos. Pero la discriminación basada en el sexo encontraba sus raíces étnicas en diversas comunidades, en gran parte a causa de la docilidad de las propias mujeres. Cada grupo étnico o cultural aplicaba una escala de valores en virtud de la cual se consideraba a las mujeres inferiores a los hombres.

El régimen del Apartheid no hizo más que confirmar esos valores, integrándolos a veces en su sistema jurídico. Los varones negros que podían conseguir trabajo en las zonas blancas, estaban autorizados a vivir en las afueras de las ciudades, a las cuáles debían regresar antes del toque de queda a las nueve de la noche. De ahí que difícilmente vivieran con su familia, puesto que la legislación vigente les impedía tener a su lado a su mujer y sus hijos, y aunque ambos trabajaran en el mismo sector urbano, era poco frecuente que pudieran vivir juntos por la cantidad de obstáculos que se ponían en el camino.

Para las feministas de Sudáfrica, la familia constituía la base de la opresión de las mujeres, pero la mayoría de las sudafricanas aceptaba su subordinación y no la miraba en absoluto como una opresión. Tampoco experimentaban resentimiento hacia sus compañeros varones, que los consideraban como las primeras víctimas del poder blanco. Sin ninguna formación, poco instruidas y confinadas en las zonas rurales, estaban en su mayoría al margen del mercado de trabajo. Las que tenían un empleo recibían por lo general una remuneración inferior, porque trabajaban en el campo, y porque a las mujeres se les pagaba menos que a los hombres por idénticas tareas. Quedaban solas para enfrentar el mantenimiento y el cuidado de sus hijos, en muchos casos cultivando la agotada parcela familiar para obtener un poco de alimento.

En el campo las condiciones inhumanas no favorecían la inserción social, en particular la de los jóvenes, que en varios casos formaban bandas de delincuentes o de marginales que aterrorizaban a pacíficos ciudadanos. Los bantustanes estaban emplazados en las zonas más pobres de Sudáfrica, sin embargo, la mayoría de los habitantes vivían mayoritariamente de una agricultura y ganadería de subsistencia, que tenía como características fundamentales los suelos agotados, la falta de inversiones y la escasez de tecnología adecuada.

La política de los bantustanes provocó la degradación de los suelos que han sido erosionados por el sobrepastoreo y la tala indiscriminada. El frágil medioambiente fue deteriorado por el exceso de población y por la falta de trabajo, puesto que la escasez de medios económicos para la compra de materiales para controlar, por ejemplo, el pastoreo, o construir terraplenes, ha provocado un grave daño ecológico.

La falta de alimentos provocó que miles de personas murieran de desnutrición y tuberculosis y vivieran sin hogar. En 1984, existía un médico africano, de color o asiático por cada 45.000 personas, en comparación con un médico por cada 370 blancos. Los que más sufrían eran los niños y los ancianos. Precisamente, uno de los sectores más débiles sufría la discriminación en materia de pensiones y de jubilaciones, pues los negros se encontraban en una situación de inferioridad y casi no recibían subsidios de desempleo, acentuando las desigualdades entre negros y blancos.

La política educacional también estaba firmemente dividida. Las razas se educaban en forma separada y diferente, con el objeto de prepararlas para el lugar que iban a ocupar en la sociedad. El gobierno gastaba 10 veces más en la educación de los niños blancos que lo que gastaba en la educación de los africanos. La asistencia a la escuela era obligatoria y gratuita para los alumnos blancos, pero no era gratuita ni obligatoria para los negros. Por supuesto, la gran mayoría de los negros no disponían de los medios necesarios para pagar a sus hijos una educación que les sirviera para el futuro.

Los alumnos negros en escuelas secundarias debían abonar el costo total de sus libros, y sus padres debían pagar el arancel escolar a diferencia de los padres blancos. A mediados de la década de los ochenta, la proporción de alumnos por cada maestro era de 20 a 1 para los blancos y de 47 a 1 para los africanos. La mayoría de los niños africanos abandonaban la escuela después de unos pocos años de enseñanza primaria, y otros no eran aceptados por carecer de lugar. Por lo demás, muchos niños ni siquiera estaban escolarizados.

La lucha de los negros por sus derechos contaba con la ayuda externa. Las sanciones económicas fueron perjudiciales, y los capitales extranjeros no arribaron en grandes cantidades. Sin embargo, el boicot económico instado por la Asamblea General de las Naciones Unidas y el Comité Especial contra el Apartheid para que los países no mantuvieran relaciones económicas, técnicas, diplomáticas y militares, no fue todo lo exitoso que se esperaba. La Asamblea instó a los principales socios comerciales de Sudáfrica, en particular al Reino Unido, los Estados Unidos, Francia, la República Federal de Alemania, Japón e Italia a que cesaran su colaboración con el gobierno sudafricano. Pero tanto los Estados Unidos como Gran Bretaña, se excusaban de aplicar restricciones económicas, puesto que consideraban que las sanciones económicas eran complicadas, costosas y perjudicaban a los negros más que al gobierno. Por eso proponían que el capitalismo se desarrollara en Sudáfrica más fuertemente mediante la inversión de capitales y los préstamos para que de esta forma se acabara con un sistema atrasado como era el Apartheid. Asimismo, a pesar que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas hizo obligatorio el embargo de armas hacia Sudáfrica en 1977, el país continuó adquiriendo material bélico.

El boicot no solo era económico, sino también académico, cultural y deportivo, y se logró comprometer a millones de personas en todo el mundo. El boicot deportivo comenzó en 1988, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas oficializó una propuesta de la Convención Internacional contra el Apartheid en los Deportes. Las consecuencias del boicoteo cultural fueron también evidentes. Desde fines de la década del sesenta, las Naciones Unidas exhortaron a los actores, y otros representantes de la cultura que se abstuvieran de tener contacto con el gobierno sudafricano. Los propios africanos sufrían las consecuencias, y la mayoría de la población estaba al margen de la vida cultural, además porque las autoridades sudafricanas censuraban las publicaciones de autores negros.

 

5. El comienzo del fin del Apartheid: la etapa de transición.

Cuando el presidente De Klerk elegido en 1989, legalizó el 2 de febrero de 1990, el Congreso Nacional Africano y otras organizaciones de oposición al régimen de Apartheid, desencadenó pasiones latentes durante tres siglos. El gobierno dispuso revisar la legislación del Apartheid y negoció con los movimientos representativos una nueva constitución, reconociendo a todos los mismos derechos cualquiera que sea su origen étnico. El sufragio universal, cara aspiración de todos los “no blancos”, se convirtió en realidad. Se dejaron en libertad a las personas que cumplían condenas por ser miembros de organizaciones consideradas ilegales o porque cometieron ciertos delitos relacionados con las prohibiciones, aunque algunos sentenciados por otros delitos tales como asesinatos, terrorismo o incendios premeditados no fueron favorecidos.

Pero estas y otras medidas no significaron el fin de la intranquilidad, puesto que tanto los blancos como los negros se encontraban en una situación de incertidumbre. Los blancos temían “la falta de privacidad” y “la inflación”, ya que querían “seguir siendo ricos”. Los negros tenían como mayor preocupación al “ejército”, y aspiraban “a ser políticamente iguales”. De hecho, se produjo un éxodo de profesionales blancos como médicos, abogados, ingenieros, etc., que se instalaron en otros países, en particular Canadá, el Reino Unido y Australia. Los motivos variaban, pero eran muchos lo que temían que los cambios les hicieran perder sus privilegios.

El desmoronamiento formal del Apartheid comenzó recién a principios de los noventa, con la erradicación de la legislación sudafricana de sus pilares fundamentales: la ley de Areas de Grupos (blancos, mestizos, indios y negros debían vivir en zonas separadas), la ley de Registro de la Población (al nacer se registraba en los documentos de cada individuo el color de su piel), el Acta de Recreaciones Separadas (la segregación racial se extendía a paseos públicos, escuelas, bibliotecas y espectáculos), la ley de Pases (se controlaba el desplazamiento interior de las personas), y la enmienda a la ley de Inmoralidad (la prohibición de matrimonios entre diferentes razas).

Muchas personas hostiles al Partido Nacional argumentaron que se arrancó esta concesión al gobierno gracias a la presión de un bloqueo económico y político que se había vuelto demasiado asfixiante, y que el partido gobernante terminó por comprender hasta qué punto Sudáfrica dependía de los aportes financieros y tecnológicos del exterior. Mientras todos los partidos políticos discutían el futuro y la nueva constitución de Sudáfrica, fue indispensable que una constitución provisional garantizara la paz y el orden público. El debate versó sobre todo en el contenido de la nueva constitución basada en la no-discriminación y el sufragio universal.

Algunos de los que combatieron en Sudáfrica contra el Apartheid se resistían a la idea de instaurar una democracia de corte occidental, porque las relaciones de occidente con su continente no han sido precisamente democráticas: se despojó a los africanos de su autonomía física con la trata de esclavos, y después el colonialismo les privó de su personalidad jurídica. Occidente llevó a Sudáfrica el ferrocarril, y el derecho de voto, pero llevó también la horca, los controles de identidad, y el encarcelamiento sin juicio previo.

Finalmente en 1993, los partidos políticos que participaban en el foro multipartididista de negociación aprobaron varios acuerdos relativos a varias instituciones que servirían de guía para el período de transición, aprobándose también la Constitución Provisional que entró en vigencia en abril de 1994. En la misma se establecía que un gobierno de unidad nacional gobernaría el país durante los cinco años siguientes hasta 1999. El gabinete estaría integrado por el presidente, dos vicepresidentes y los ministros. Todo partido que tuviera más de veinte asientos en la Asamblea Nacional tendría derecho a una o más carteras, de acuerdo con la proporción de las bancas que tuviera.

El Parlamento Nacional estaría compuesto por una Asamblea Nacional de 400 miembros elegidos sobre la base de la representación proporcional, y un Senado de 90 miembros elegidos por las nueve asambleas legislativas provinciales, a razón de 10 cada una. En la Constitución Provisional se preveía un poder judicial independiente. El presidente de la Corte Suprema sería designado por el presidente de Sudáfrica en consulta con el gabinete.

Otro punto importante fue la Fuerza de Defensa Nacional que sería la única fuerza militar del país, integrada por miembros de las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica y otras formaciones armadas de los movimientos de liberación y de los territorios patrios. Por último, Sudáfrica quedaba dividida en nueve provincias: El Cabo Occidental, El Cabo Oriental, El Cabo Septentrional, el Estado Libre de Orange, Kwazulu-Natal, Noroeste, Pretoria-Witwatersrand-Vereeniging (PWV), Transvaal Oriental y Transvaal Septentrional, cada una con una asamblea legislativa elegida por un sistema de representación proporcional.

 

6. El fin del apartheid: las elecciones de 1994.

Acusaciones de fraude y atentados con bombas empañaron las históricas elecciones sudafricanas, pero sin impedir que millones de negros afluyeran a las urnas para sellar la suerte del dominio blanco. Los partidarios del Congreso Nacional Africano y del Partido para la Libertad Inkatha chocaron en varios enfrentamientos, pero también existieron atentados provocados por el Movimiento de Resistencia Afrikaner (MRA). El MRA reclamaba un estado blanco mientras desplegaba banderas de la ex república de Transvaal y con pancartas amenazaba: “No a las elecciones, no a la paz”. Presentó por primera vez un mapa de su patria que abarcaba el Transvaal, el estado libre de Orange, y parte de Natal para contar con un corredor hasta el Océano Indico. Además publicó un borrador de su futura constitución, que concedía derechos de ciudadanía solamente a los blancos.

Por otra parte, Buthelezi y la población zulú cuestionaron las elecciones por lo que hubo que controlar ciertas áreas. Buthelezi había pedido a sus seguidores que boicotearan las elecciones, porque consideraba que no había sido garantizada la autonomía exigida por los zulúes, pero después de arduas negociaciones, se consiguió que se presentara tanto a elecciones nacionales como provinciales.

Sobre más de 40 millones de habitantes, 22 millones estaban en condiciones de concurrir a las urnas, con una composición étnica aproximada de más de 16 millones de negros, más de 3 millones de blancos, 1,8 millones de mestizos y 650.000 indios aproximadamente. Más del 70% del padrón no había votado nunca. El grueso de los resultados fue demorado por trabas burocráticas y falencias en los centros de información. Al mismo tiempo, Los funcionarios se vieron abrumados por los números y por su propia inexperiencia.

Las elecciones multirraciales llevadas a cabo desde el 26 al 29 de abril de 1994, dieron como resultado que el Congreso Nacional Africano obtuviera más del 62% de los votos, obteniendo la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, frente al 20% del Partido Nacional y un 10% del Partido para la Libertad Inkatha. El resto de los sufragios fue a otros partidos menores. Nelson Mandela se convirtió en el nuevo presidente, Thabo Mbeki fue elegido primer vicepresidente, y el ex presidente Frederick de Klerk, segundo vicepresidente.

En su discurso inaugural como presidente, Mandela exhortó al pueblo de Sudáfrica a actuar unido en pro de la reconciliación y la construcción nacional, dedicando la celebración a todos aquellos que habían contribuido a la lucha por una Sudáfrica unida, democrática y sin distinciones de raza o sexo, y rindiéndole un homenaje especial a su segundo vicepresidente.

Los blancos tenían mucho miedo de lo que pudiera hacer Mandela; pero sorprendió a todos porque cuando algunos esperaban que tomara revancha, dejó la economía en manos de los blancos y nombró como ministro del interior a Buthelezi. Mandela expresó que el CNA tendría como prioridad de gobierno la creación de fuentes de trabajo y el fin de la violencia. También urgió a los Estados Unidos a convertirse en el socio más importante del esfuerzo internacional para revivir al continente africano, e instó a las estrellas del deporte internacional a visitar Sudáfrica ya que serían muy bien recibidas.

Para Mandela, los ciudadanos blancos, privilegiados en materia educativa durante la vigencia del apartheid, tenían una especial responsabilidad en la reconstrucción del país porque poseían conocimiento y experiencia. En una pública declaración de lealtad a las nuevas autoridades negras, los comandantes militares blancos asumieron el formal compromiso de no derrocarlas mediante un golpe de estado.

El país por otro lado, tenía en su agenda preocupaciones económicas como la búsqueda de nuevos mercados para sus exportaciones de bienes manufacturados, productos agrícolas y minerales. El gobierno deseaba consolidar su histórica relación con la Unión Europea, el mayor socio comercial e inversionista de Sudáfrica. Pero al mismo tiempo trataría de ampliar y fortalecer su relación comercial con los Estados Unidos, Japón y las economías del sudeste asiático. Sudáfrica retornó a la Comunidad Británica de Naciones a la que abandonó en 1961 en momentos en que arreciaban las críticas a su política de segregación racial. Después de las elecciones de 1994, se abría un nuevo capítulo en la historia de Sudáfrica.

 

7. Reflexiones finales.

Con la entrada en vigor de la primera constitución no racial y la celebración de las primeras elecciones sin distinciones raciales, el Apartheid llegó a su fin. La fiesta de la democracia llegó recién en 1994, pero además de las elecciones, el proceso incluyó una nueva constitución y una nueva demarcación territorial. Después de varios decenios de esfuerzos, el fin del Apartheid fue una victoria de la mayoría de los sudafricanos de todas las razas, que contaron con la ayuda de parte de la comunidad internacional.

Las leyes del Apartheid habían sido desterradas, pero no así sus secuelas. El nuevo gobierno debía dedicarse con urgencia a solucionar las disparidades socioeconómicas causadas por el Apartheid, tales como la disminución del índice de aprobados para los alumnos negros matriculados en las escuelas, la escasez de viviendas –cerca de 1,5 millones de personas se encontraban sin hogar-, el desempleo -a principios de los ’90 era de un 45% entre los negros-, las desigualdades en infraestructura en el sistema de salud –4 de cada 10 niños negros morían antes de cumplir los 5 años de edad-, y la escasez de servicios para los negros, -sólo del 15% al 20% de la población negra tenía electricidad en su casa.

Pero para llevar adelante el desarrollo económico y social de Sudáfrica, la comunidad internacional debe ayudar a crear condiciones estables para que una nueva Sudáfrica, democrática y sin distinciones raciales, obtenga inversiones y asistencia, y de esta manera afrontar los graves problemas sociales y económicos que afectan a la mayoría de la población.

Los sudafricanos deben tomar conciencia que para reconstruir una Sudáfrica no racista se requerirán varios años de sacrificio. Tanto los blancos como los negros deben controlar las expectativas, y darse cuenta que el camino hacia la prosperidad impone el trabajo tenaz y una aplicación racional de los enormes recursos sudafricanos, distribuyendo los beneficios para todos los habitantes del país, más allá del color de su piel. Para ello es necesario dejar de lado los enfrentamientos estériles del pasado, pero sin olvidarlos, como manifestaba Nelson Mandela: “Los sudafricanos deben recordar el pasado para poder manejarlo, perdonar cuando el perdón es necesario, pero jamás olvidar. Al recordar, nos aseguramos que nunca más seremos víctimas de semejante barbarie y suprimimos una herencia peligrosa que sigue siendo una amenaza para nuestra democracia. (…) Nosotros los sudafricanos, estamos orgullosos de la nueva Constitución y de la apertura y de la responsabilidad que se han convertido en el sello de nuestra sociedad. Y debemos comprometernos también por estos valores en una acción que sirva a nuestra convicción de que una cultura de los derechos humanos forma parte, profunda y materialmente de nuestra vida. Ninguno de nosotros puede apreciar una paz perdurable y la seguridad cuando una parte de la nación vive en la pobreza”.[3]

 

 

Bibliografía

 

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[1]Naciones Unidas: Apartheid. La política de discriminación racial en Sudáfrica. Buenos Aires, Buenos Ayres, 1976, pp. 5.

[2]Ibídem, pp. 5.

[3]Mandela, Nelson: Sudáfrica debe perdonar pero no olvidar, en; Clarín. Buenos Aires, 14 de agosto de 1999.


Ponencia presentada en el Segundo Encuentro Internacional Humboldt. Mar del Plata, Argentina. Octubre de 2000.