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Asunto:[encuentrohumboldt] 21/04 - Propuesta Metodológica Geohistórica para su ap licación en Geografía Política
Fecha:Miercoles, 4 de Febrero, 2004  14:49:49 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

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PROPUESTA METODOLÓGICA GEOHISTÓRICA

PARA SU APLICACIÓN EN GEOGRAFIA POLITICA

 

Dupuy, Héctor Adolfo

Departamento de Geografía

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación

Universidad Nacional de La Plata


El estudio de la Geografía política tuvo su origen en la cuna misma de la Geografía moderna. Surgida a partir de los trabajos de Ratzel, a fines del siglo pasado, se ha vinculado en esta centuria a las escuelas anglosajona y alemana, siendo concebida como el estudio de un mundo dividido en Estados o, mejor aún, como el estudio del Estado mismo. Los estudios actuales se encaminan a analizarla en un contexto socioeconómico, vinculada a un sistema al cual podemos denominar "economía – mundo capitalista". Estos presupuestos teóricos nos permiten abordar la problemática político espacial a partir de la identificación de las bases culturales imperantes en el territorio en estudio, de las fuerzas económicas y sociales actuantes y de su representación concreta a través de las relaciones de poder entre las instituciones sociales. Además, los fenómenos político-geográficos surgen como una resultante de procesos seguidos a lo largo de una historia concreta del espacio en estudio. Esta metodología se enriquece con la utilización de cortes históricos de estudio espacial. Para comprenderla mejor se ha recurrido a su aplicación a un caso particular, el estudio espacio-temporal europeo y se ejemplifica a partir de uno de los cortes históricos, el correspondiente a la Revolución urbana y comercial en Europa (1453-1498).

 


Introducción

El estudio de la Geografía política tuvo su origen en la cuna misma de la Geografía moderna. En gran cantidad de textos, tratados o estudios monográficos, la perspectiva política se ha ido ligando a la trayectoria y a los destinos de nuestra ciencia. La mayor parte de estos ensayos, así como la concepción que se ha generalizado en Geografía política, se desarrolla sobre la base de esa rama de la Geografía, surgida a partir de los trabajos de Ratzel, a fines del siglo pasado, y que, con diversas variantes, se ha vinculado en esta centuria a las escuelas anglosajona y alemana, con los estudios de diversos geógrafos encabezados por Halford Mackinder y Karl Haushofer para cada una de dichas vertientes.

Bajo este punto de vista clásico, la Geografía política ha sido concebida básicamente como el estudio de un mundo dividido en Estados o, mejor aún, como el estudio del Estado mismo (Vicens Vives.1981). Asimismo tradicionalmente se ha puesto énfasis en el carácter estático de la Geografía política, frente al carácter dinámico de la Geopolítica (Atencio.1982).

Esta caracterización nos transporta a la idea que se ha utilizado en diversas oportunidades, comparando a la Geografía política con una instantánea en la cual quedan impresas las distintas particularidades políticas en su relación con el espacio geográfico. Su representación clásica es el mapa político, donde se presenta una clara diferenciación de los Estados, sus límites, sus formas, capitales, ciudades principales y, en algunos casos, su división política intraestatal.

Es indudable que, con estas características, la Geografía política ha quedado relegada a ser un mero instrumento al servicio de la Geopolítica o, en el mejor de los casos, una herramienta para la enseñanza descriptiva de la Geografía en los distintos niveles de la educación.

Aparece entonces como muy dificultoso el desarrollo de un estudio científico de la dinámica político espacial o su utilización en un aprendizaje relacionado e integrador de conocimientos.

Por otra parte, los estudios realizados al respecto por la Geografía clásica se han dedicado a analizar la relación entre política y territorio con una lógica en sí misma, llegando a formular leyes que no se apartan de esta relación binaria, con algunos componentes auxiliares como la Historia, la Demografía, los recursos naturales, etc., los cuales quedan supeditados a la relación principal, a la cual se le asigna un carácter dominante y totalizador.

En los estudios de Geografía política se suelen distinguir también claras tendencias de tinte neodeterminista, al concebir al medio natural dotado de caracteres propios capaces de determinar y justificar los hechos geopolíticos, conceptualizando como fundamentales algunos elementos morfológicos de los Estados - forma, tamaño, fronteras, etc.-. Así se llegaron a establecer leyes imperativas del medio, como la del "lebensraum", o del espacio vital, por la que se justificaron procesos expansionistas, más bien relacionados a imperativos del desarrollo económico de las potencias.

Asimismo, algunos trabajos más actualizados insisten en esta caracterización, construyendo ideas geográficas vinculadas a un condicionamiento de las organizaciones políticas y las relaciones internacionales con respecto a las condiciones fisiográficas (Sanguin. 1981).

De cualquier manera, se trata de tomar el método de una disciplina más relacionada con el ejercicio del poder que con su estudio: la Geopolítica.

En tal sentido, es indudable que este tipo de análisis no alcanzan para definir la realidad político espacial; entre otros motivos porque su formulación estuvo desde un principio más vinculado a actividades político - territoriales agresivas (imperialismo, expansionismo, racismo) que a estudios científicos rigurosos y abarcativos.

Por otra parte, estos estudios toman al Estado - nación como objeto central de estudio, tendiendo en ocasiones a interpretarlo como una entidad con vida propia e independiente. Esta fuerte influencia nacionalista se inicia con el auge de los Estados europeos modernos, emergentes de las transformaciones experimentadas por la configuración política feudal y que adquieren verdadero auge con la Ilustración. De manera que la concepción geopolítica moderna es anterior al desarrollo científico de los estudios geográficos decimonónicos. Es evidente que esta influencia resulta un imperativo lógico e ineludible para el impulso de la ciencia geográfica en general y para la Geografía política en particular.

Otras tendencias actuales han utilizado aportes desde las técnicas cuantitativas desarrollando una Geografía política electoral o, atendiendo a las indicaciones aportadas por los nuevos estudios urbanos, en pos de una Geografía política urbana preocupada por los problemas sociales. En ambos casos, aunque sesgados a temáticas muy puntuales y poco abarcativas, se realizan importantes aportes a la aproximación del debate alrededor de la cuestión del poder.

Por último, aportes teóricos más complejos tienden a caracterizar a la Geografía política desde una perspectiva más global, con una mayor y más completa perspectiva histórica y teniendo en cuenta las importantes vinculaciones de la ciencia geográfica con sus disciplinas afines del campo social. Así surgen trabajos en los cuales la dinámica político - espacial se encuentra en íntima relación con sistemas sociales y económicos, históricos o actuales, otorgando un panorama más completo y con una mayor apoyatura teórica, cualquiera sea el basamento filosófico e ideológico a partir del cual se realicen.

El presente trabajo intenta abordar el estudio de la Geografía política desde esta perspectiva. Parte de una perspectiva teórico conceptual y se entronca con una visión integral espacio – temporal. De allí se intentará desprender una propuesta metodológica general

Perspectiva teórica

A fin de definir la perspectiva teórica sobre la cual se apoyará la presente propuesta metodológica, es importante profundizar en la observación de cómo se construye el espacio geográfico y de qué manera quedan organizados los territorios.

Al respecto, se pueden detectar diversos elementos que, tradicionalmente, se los ha identificado con análisis de tipo económico, político, ambiental, social, etc. En este sentido, resulta evidente la fuerte influencia ejercida por las macroestructuras socioeconómicas sobre la organización territorial. Estas macroestructuras están claramente representadas por el carácter conflictivo de las relaciones económicas y su transferencia a las relaciones de poder entre los distintos actores sociales. Las mismas se verán traducidas en hechos eminentemente políticos - decisiones vinculadas con las relaciones de poder imperantes- los cuales actuarán sobre el espacio produciendo una serie de transformaciones que quedarán plasmadas, junto con las dinámicas anteriores, en una verdadera amalgama de fenómenos superpuestos.

Sin embargo, esta perspectiva sólo nos permitiría vislumbrar los grandes tipos de organización territorial - espacios desarrollados y subdesarrollados, capitalistas y colectivizados- restando agregar, para una interpretación más acabada, las particularidades o subjetividades culturales que hacen, de cada territorio, una realidad única e irreproducible.

Esta descripción conceptual no parte solamente de un análisis referido a un determinado momento histórico, sino que se apoya en toda una perspectiva de la profunda vinculación espacio temporal que nos permite desarrollar una verdadera tipología de los fenómenos socioeconómicos y territoriales.

Para avanzar en esta visión de la construcción del espacio nos apoyaremos en las propuestas teóricas de dos historiadores, Fernand Braudel e Immanuel Wallerstein, y de un geógrafo, Peter Taylor.

Los estudios realizados sobre los sistemas mundiales y, en particular, el sistema denominado de economía – mundo (Wallerstein.1984; Taylor.1994) nos permiten acceder al análisis del fenómeno de las relaciones de poder dentro de estructuras sociales más complejas y abarcativas.

El análisis de los sistemas mundiales planteados por Wallerstein tiende a explicar los cambios sociales a partir de la existencia de una sociedad única, ya sea por su extensión o por su significación, en la cual se producen transformaciones que se enmarcan en una lógica común y conflictiva y que se incluyen en períodos de "larga duración" (Braudel. 1968:60/76). Podemos pues definir la situación actual enmarcada en un sistema mundial de "economía – mundo capitalista".

De acuerdo con la definición de Taylor, la economía - mundo se basa en el modo de producción capitalista que se rige por la obtención de beneficios y la acumulación del excedente en forma de capital. "No hay una estructura política dominante, ya que el mercado es, en definitiva, quien controla con frías riendas la competencia entre las diversas unidades de producción, por lo que la regla básica consiste en acumular o perecer". (Taylor.1994: 6)

Su localización espacio - temporal está dada por la economía - mundo europea, que surge a mediados del siglo XV y se manifiesta con vocación global. Así, todo el desarrollo de la conquista europea, tanto en su faz colonialista como en la consiguiente expansión de las empresas multinacionales, se inscriben dentro de este sistema que alcanza, en este siglo, una verdadera escala planetaria.

Por otra parte, de destacan como características centrales de este sistema, un mercado mundial único, restringido espacialmente en los primeros siglos pero expandido globalmente en la actualidad, un sistema político estructurado en múltiples Estados que tienden a equilibrar su poder político, limitando el predominio de algunos de ellos sobre el mercado, y un sistema de explotación que opera en tres niveles –estructuras tripartitas- a fin de lograr una mayor estabilidad en el sistema (los sectores "medios" en las relaciones conflictivas entre capital y trabajo; los partidos "de centro" entre la izquierda y la derecha en las estructuras políticas; los países "semiperiféricos" entre el centro y la periferia en la organización internacional del trabajo...)

Propuesta metodológica general.

Los presupuestos teóricos precedentes permiten abordar la problemática político espacial a partir de la identificación de las bases culturales imperantes en el territorio en estudio, de las fuerzas económicas y sociales actuantes y de su representación concreta a través de las relaciones de poder entre las instituciones sociales. El postulado básico de esta propuesta metodológica podría sintetizarse, entonces, en la hipótesis que plantea que la configuración del espacio geográfico, en cuanto resultante de las decisiones y acciones impulsadas por las sociedades, responde a imperativos políticos derivados de la actuación de fuerzas económicas y sociales, tanto como de las subjetividades culturales de desarrollo temporal, dinamizadas por las relaciones de poder imperantes.

Intentando profundizar en esta propuesta, podríamos agregar, con relación a las decisiones y acciones sociales, que las comunidades toman decisiones de conjunto que transforman permanentemente el espacio y, de esta manera, lo van configurando y organizando. De una forma u otra, los individuos y sectores que componen este cuerpo social son partícipes –por acción, omisión u oposición- de esas decisiones. De esta manera, el espacio va siendo construido permanentemente por el resultado de esas decisiones, las cuales tienen un neto cariz político pues son el resultado de las relaciones de poder existentes en el seno de la sociedad o en la relación con otras sociedades.

Por otra parte, a pesar de la estrecha vinculación que las acciones políticas tienen con las fuertes motivaciones económicas y sociales, no se puede negar que aquellas gozan también de su propia dinámica, movilizada por las causales socioeconómicas, potenciada por las subjetividades culturales, pero respondiendo a relaciones de poder notorias en el seno de la propia sociedad.

Planteado así, el territorio político deviene de una realidad suficientemente compleja para plantear el problema de la imposibilidad o, al menos, una gran dificultad para su comprensión. ¿Cómo encarar el estudio de un objeto que nos presenta tal cantidad de variables? ¿Por dónde comenzar a abordar tales complejidades? ¿A qué aspecto otorgarle un carácter prioritario?

A fin de allanar tales dificultades y adoptar una metodología a la vez práctica y con suficiente apoyatura científica, se tomó en consideración la clasificación general de instituciones sociales que Wallerstein y Taylor utilizan para su análisis de la economía mundo. Al respecto se tuvo en cuenta que las relaciones de poder que se desarrollan en la realidad político espacial de la economía mundo capitalista y en especial, las instituciones que actúan en tal sentido, pueden presentar, en algunos casos, una perspectiva de identificación en el espacio, siendo probable realizar avances en cuanto al establecimiento de una lógica de su localización.

Siguiendo los postulados de Wallerstein (1984), se pueden distinguir en tal sentido cuatro tipos clave de instituciones sociales, de carácter intermedio entre el individuo y el ámbito máximo del poder del sistema, el mercado mundial único de acumulación capitalista a escala global. Estas instituciones son:

a) El Estado, que detenta el poder formal de la economía mundo y sustenta, con sus sistemas jurídicos, parte de las normas por las que se rigen las otras instituciones.

b) Los grupos de individuos de afinidad socio - cultural, definidos como "pueblo", "nación", "grupo étnico", o simplemente el "grupo" (Claval. 1997), conforman el entorno o marco de contención y justificación institucional.

c) Las clases sociales, interpretadas por Wallerstein según su ubicación en el modo de producción, han sido motivo de luchas y transformaciones conflictivas, alterando en mayor o menor medida su situación, aunque manteniendo significaciones diferenciadas según su vinculación al modelo mundial de centro y periferia.

d) Las unidades domésticas, definidas por Wallerstein como grupos de unión de rentas, y no sólo de parentesco, se constituyen en ese basamento social, caracterizada por el patriarcado y que asegura el ciclo de reproducción.

Propuesta metodológica específica

La tradicional diferenciación entre Geografía Física y Geografía Humana y la influencia de sus imperativos, trasladados a manera de escuelas entre deterministas y posibilistas, implicó la tendencia a acentuar la relación de la disciplina geográfica, respectivamente, con las Ciencias Naturales o con las Humanísticas.

A pesar de su parcialidad, son estas últimas perspectivas las que han influido más directamente en las vinculaciones de la Geografía con la ciencia histórica. En este sentido, P. George hace notar que "la obra de Vidal-Lablache, de Jean Brunhes, de Albert Demangeon, representan diversas formas de esta búsqueda de las relaciones múltiples entre la naturaleza, la historia y las combinaciones sociales y económicas del momento, y, en consecuencia, de la descripción de los fenómenos motores y de sus mecanismos", agregando que obtiene sus argumentos "del conocimiento de la historia y... (establece) escrupulosos balances de los datos y de las relaciones observadas" (George. 1967: 15-16).

Siguiendo esta línea de pensamiento y con relación a los fenómenos político - geográficos, estos surgen como una resultante de procesos seguidos a lo largo de una historia concreta del espacio en estudio. Sin embargo, con respecto a esos procesos y tal como se ha manifestado más arriba, se hace necesario partir de la concepción básica de que son los grandes movimientos socioeconómicos, así como las macrotendencias culturales, muy ligadas a aquellos, los que imprimen una dinámica particular a los hechos históricos. Y son éstos a su vez los que, transformados en acciones y decisiones políticas de todo tipo (gubernamentales, bélicas, diplomáticas, etc.) interactúan en y sobre el espacio, dando como resultante una forma de organización territorial. De esta manera, el territorio recoge indicios de todos los otros elementos en juego (Santos. 1991:4).

Estas apreciaciones se relacionan con los planteos hipotéticos propuestos para este trabajo. A través del mismo se intenta demostrar que la configuración del espacio geográfico es una resultante de decisiones y acciones políticas, consecuencia a su vez de la actuación de fuerzas económicas y sociales y subjetividades culturales. Estas decisiones y acciones se desarrollan en una dinámica actual pero también proceden de un proceso temporal.

Al respecto se destaca que la construcción de esta realidad político espacial se va realizando sobre la base de las relaciones de poder planteadas en una dinámica temporal, en las cuales intervienen las distintas situaciones históricas que han dejado su impronta en el espacio.

El análisis histórico permitirá, de esta manera, identificar la forma en que el espacio en estudio se ha ido modificando, en contacto con el accionar político histórico, como consecuencia de los imperativos económicos y sociales y bajo el influjo de las subjetividades culturales.

Otra cuestión de análisis se desprende de la necesaria diferenciación epistemológica con relación a los mecanismos metodológicos desarrollados por la Historia. Al respecto, resulta prudente deslindar la tradicional "metodología utilizada por la ciencia histórica, que se aboca al estudio de los procesos - análisis vertical -, con la que corresponde a la Geografía. En nuestra disciplina se puede realizar tal tipo de análisis mediante el método de los cortes históricos, efectuando estudios de síntesis geográfica en determinadas épocas clave, las cuales nos permiten definir el espacio en ese momento e identificar las causales mediante el método comparativo - análisis horizontal -" (Dupuy, 1993:8).

A partir de estas definiciones, los cortes históricos deberán mostrar con claridad las relaciones entre los imperativos socioeconómicos y las acciones políticas, con el correspondiente substrato cultural.

Resulta de gran interés el aporte realizado en este sentido por Braudel en cuanto a la necesidad de proceder a la "búsqueda sistemática de estructuras, de aquello que se mantiene de hecho más allá de las tempestades de tiempo corto", para lo cual propone la construcción de modelos, "es decir, sistemas de explicaciones mutuamente relacionadas" (Braudel. 1968:185).

Para facilitar este trabajo y poder aportar mayor claridad a su definición, puede resultar de interés la identificación de algunos elementos del modelo que predominen entre los demás y que sirvan como pivotes del entramado estructural. Manteniendo una coherencia con lo manifestado previamente, estos elementos predominantes pueden clasificarse en económicos, sociales y político - institucionales, los cuales estarán fuertemente influenciados por la evolución cultural de la sociedad en estudio.

Las predominantes socioeconómicas tenderán a mostrar el modelo planteado por la estructura productiva y sus formas de apropiación social, identificando la organización o estructura social que de ella se deriva. En este sentido, resulta de interés el concepto de modo de producción aportado por Wallerstein, en un sentido más amplio que la definición marxista tradicional y a la vez más próximo al análisis espacial.

De las acciones y decisiones adoptadas por los agentes en juego, y de las perspectivas que ofrezca el substrato cultural, se desprenderán las predominantes políticas y el sistema institucional emergente.

Con respecto a las subjetividades culturales, su análisis puede derivar, no sólo de los grandes movimientos y escuelas que ejerzan su influencia sobre los actores políticos, sino también de las propias ideas y teorías políticas y geopolíticas - la acción intencionada de los actores políticos sobre el espacio- manifestadas por los mismos a fin de imponer o justificar un determinado accionar dentro del sistema.

Todos estos elementos darán lugar a la definición de una serie de parámetros político - espaciales, identificables con mayor o menor facilidad, y cartografiables. Algunos de ellos han sido empleados tradicionalmente por los geógrafos políticos y, en ocasiones, utilizados por los geopolíticos, pero pueden servir como elementos de una descripción y para establecer sus relaciones con las causales estructurales socioeconómicas. Por otra parte, no debe olvidarse que estos parámetros son, antes que nada, una consecuencia de las relaciones de poder analizadas y deberán articularse con aquellas. Otros atienden a perspectivas más íntimamente identificadas con los modelos a analizar.

Entre estos parámetros podemos diferenciar, siguiendo a Sanguin (1981), los que se relacionan con el territorio y con la población. Queda claro que, en nuestra perspectiva teórica, estos parámetros son, por definición, resultantes estructurales de los sistemas analizados, aunque en su origen podamos detectar innumerables causas, muchas de ellas no ligadas directamente a las estructuras estudiadas - nuevamente el juego de los substratos culturales o de condicionamientos naturales- y aunque se puedan convertir ellos mismos en factores desencadenantes de otros fenómenos tanto o más complejos que aquellos que les dieron origen.

Para el establecimiento de los cortes a comparar se hará necesaria la definición de tres elementos auxiliares, cuya elección será de fundamental trascendencia para la prosecución del trabajo. Se trata del establecimiento de una periodización, de la localización temporal de los cortes y de la elección de un punto de partida.

Aplicación de la metodología específica a la Geografía política europea

A fin de ejemplificar la propuesta metodológica bosquejada precedentemente, se detallarán algunos resultados alcanzados en un proyecto de investigación en cual se aplicó la misma a la Geografía política de Europa.

Para el establecimiento de la periodización, se estudiaron distintas posibilidades, tradicionales y alternativas, en cuanto al establecimiento de una división de la historia europea en períodos que sirvan de base al establecimiento de los cortes. Al respecto se optó por analizar cuatro perspectivas que no fueran necesariamente opciones, sino, más bien, que pudieran complementarse desde distintas perspectivas (teóricas, metodológicas y técnicas). Las periodizaciones analizadas fueron:

A) Grandes períodos establecidos a partir de la Historia del Mundo de Salvat (1971), con textos síntesis a cargo de Antoni Jutglar, que reproduce la visión de la obra del historiador José Pijoan. Si bien plantea una división temporal algo tradicional y con mayor énfasis en los hechos políticos que en los grandes procesos socioeconómicos, el aporte de datos resulta bastante útil y serio desde el punto descriptivo y los textos de síntesis acompañan, en parte, la perspectiva teórica escogida (se incorporan los títulos que pueden servir para su particularización en los cortes):

B) Siguiendo la teoría del análisis de los sistemas mundiales, formulada por Wallerstein, Peter Taylor analiza varios sistemas de periodizaciones que se corresponderían en mayor o menor medida con dicha conceptualización. La primera de ellas es la del propio Wallerstein que, realizando una combinación selectiva de elementos críticos de la historia materialista de Fernand Braudel con los estudios neomarxistas de Gunder Frank, analiza los "sistemas históricos", concepto próximo aunque diferenciado del tradicional concepto de "sociedad" (Taylor. 1994: 4-5). Esta perspectiva concuerda en mayor medida con la perspectiva teórica del trabajo, por lo cual podría servir de base conceptual e intentar una articulación con las otras periodizaciones analizadas. Cada uno de estos sistemas históricos es único, pero se pueden clasificar en tres tipos (Taylor, 1994: 5-6): minisistemas, imperios - mundo y economías - mundo.

A su vez, el paso entre de un sistema a otro se produce mediante un cambio social que puede adoptar cuatro formas fundamentales (Taylor. 1994: 6-7): transición, incorporación, ruptura y continuidad.

En este trabajo se adaptó esta metodología a una clasificación específica para Europa.

C) De acuerdo con este carácter cíclico de la economía mundo capitalista, Taylor analiza los Ciclos de Kondratieff, de fluctuaciones producidas por cambios tecnológicos dentro del modo de producción capitalista, que se inician a partir de 1780, y que constan de dos fases: una fase "A" de crecimiento (innovaciones tecnológicas) y una fase "B" de estancamiento, y los completa, para la etapa anterior a esa fecha, con las ondas "logísticas" propuestas por Braudel (Taylor. 1994: 12-15)(más largas, de hasta 300 años). A partir de allí se pudo realizar una nueva periodización.

D) En un clásico decimonónico, el historiador italiano César Cantú establece una periodización para realizar su minuciosa descripción de la "Geografía política" de su Historia universal. La misma presenta cierta utilidad a fin de secuenciar los cambios allí descritos, aunque sus criterios no guardan ninguna relación con los utilizados por los historiadores citados con anterioridad. (Cantú. 1883: VII, 215-488):

Se realizaron numerosas pruebas con las periodizaciones analizadas, intentando localizar aquella que posibilitara la determinación de los cortes más apropiados, para lo cual se debió avanzar sobre las características estructurales de los mismos. Por último se optó por aquella metodología que resultó la más conveniente, de acuerdo con las pautas establecidas.

De estas apreciaciones se desprende la necesidad, en el presente trabajo, de tomar la divisoria de mediados del siglo XV como punto de partida para la periodización que permita el establecimiento de los cortes históricos.

Con respecto a los períodos anteriores, los mismos pueden ser considerados a modo comparativo, especialmente en sus dos expresiones político espaciales más importantes: la antigüedad romana y la Europa feudal. A los mismos también se les asignó un corte, aunque con una investigación más somera.

De acuerdo con estas pautas, podríamos distinguir cinco períodos, a partir de la divisoria inicial a mediados del siglo XV y hasta la etapa de transición actual iniciada en la década de 1970:

1.- Período desde mediados del siglo XV hasta la segunda mitad del siglo XVIII, que combina la idea de capitalismo inicial y la formación de la sociedad moderna de Jutglar y la crisis del Antiguo Régimen (Salvat, Vol. VIII al IX), con la segunda onda logística de Braudel, identificada con el desarrollo de un nuevo modo de producción en Europa y de un nuevo sistema, la economía mundo europea de Wallerstein, basada en este momento en el capitalismo agrícola, seguido por una base de estancamiento.

Se extiende desde el Renacimiento italiano a través de fenómenos y hechos como el avance de los turcos, la expansión marítima portuguesa y española, los intentos absolutistas pontificios, la Reforma religiosa, la revolución inglesa, la Guerra de los Treinta Años, "le grand siecle" francés, los monarcas ilustrados hasta culminar en la caída del Antiguo Régimen.

Recurriendo a Cantú se identifica este período con tres de sus épocas: la de la organización definitiva de las naciones, la centralización y la monarquía; la de los arreglos simplificadores de la paz de Westfalia, y la época previa a la Revolución.

2.- Período desde fines del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Corresponde a la Revolución industrial y al desarrollo del gran capitalismo, coincidentes con el primer ciclo de Kondratieff, con una fase de crecimiento e innovaciones tecnológicas liderado por Gran Bretaña y una de estancamiento en las décadas del '20 al '40, con expansión a los continentes adyacentes. Período napoleónico, su liquidación por el Congreso de Viena y las luchas entre absolutismo y constitucionalismo. Coincide con la última época de Cantú.

3.- Período correspondiente a la segunda mitad del siglo XIX. Fin de siglo dominado por la era victoriana, de crecimiento liderado por Gran Bretaña y luego de depresión con predominio alemán y estadounidense - segundo ciclo de Kondratieff -.

Son hitos significativos el segundo imperio napoleónico, el "Risorgimento" italiano, la guerra franco - prusiana y unidad alemana, las luchas parlamentarias entre liberalismo y socialismo y la caída del imperio turco.

4.- Primera mitad del siglo XX, hasta la segunda guerra mundial, correspondiente al tercer ciclo de Kondratieff. Fases de crecimiento durante la expansión eduardiana de preguerra, liderada por Estados Unidos y Alemania, y de estancamiento durante la posguerra y Gran Depresión.

5.- Período desde la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis y reestructuración actuales (década del '70), dominado por la explosión económica de posguerra y la Guerra fría.

Definidos los períodos y establecidos los criterios para fijar los cortes, solo resta ubicar esos momentos tan particulares, en los cuales podamos encontrar, con cierta claridad nivel de organización, las fisonomías y los "paisajes" políticos espaciales, muestras claras de las dinámicas de poder imperantes y de las estructuras sociales económicas y culturales que les dieron origen.

De esta manera, podemos proponer los siguientes cortes:

A) 1453-1498. Caída de Constantinopla. Expansión de ultramar. Llegadas a América e India. Organización de las monarquías territoriales y surgimiento del Estado moderno.

B) 1648. Paz de Westfalia. Establecimiento del capitalismo inicial o agrario. Transición al absolutismo monárquico.

C) 1815. Congreso de Viena. Statu-quo en las transformaciones liberales y momento de auge del capitalismo industrializador (primera revolución industrial).

D) 1870-1878. Guerra franco prusiana y Congreso de Berlín. Fines de la expansión victoriana e inicio de la expansión del capitalismo financiero y la revolución científico - técnica (segunda revolución industrial). Auge del imperialismo formal.

E) 1919. Tratado de Versalles. Establecimiento de la Europa del siglo XX.

F) 1945. Conferencias de Yalta y Potsdam. Reparto de influencia de las grandes potencias y base de sustentación político espacial de la guerra fría. Desarrollo del imperialismo informal.

G) 1989-1992. Desaparición de las "democracias populares" y reunificación europea.

Estudio de caso: corte histórico correspondiente a la Revolución urbana y comercial en Europa (1453-1498).

Como una muestra del tipo de trabajo desarrollado se hará una breve reseña de las conclusiones alcanzadas en uno de esos cortes, el correspondiente a la etapa de la Revolución urbana y comercial en Europa (1453-1498).

Predominantes económicas: En esta etapa, en Europa occidental se da el paso desde la revolución comercial y urbana (iniciada en los siglos XI y XII) hasta el surgimiento de un capitalismo inicial, a partir de una creciente complicación de la economía mercantil urbana, producida por el avance constante del tráfico comercial, el incremento de las relaciones interregionales y el aumento de las operaciones dinerarias.

El proceso de urbanización (o reurbanización) se había iniciado manteniendo el esquema feudal, pero con un resurgimiento de actividades comerciales y artesanales, llegando las mismas a casi equiparar en importancia y a enfrentar a las agrarias, en algunas regiones: ciudades comerciales italianas y artesanales del norte de Francia, norte de Alemania, región del Rhin, el Báltico e Inglaterra. Las primeras llegaron a protagonizar una verdadera revolución económica, al reconquistar comercialmente el Mediterráneo (Génova, Venecia, etc.), con la ayuda de las cruzadas. En las otras, con el auge de la artesanía textil y de la acumulación dineraria, eclesiásticos y señores vivían en las ciudades, invirtiendo en artesanías y comercio.

La nueva economía, que se contrapone totalmente a la feudal basada en el valor económico de la tierra, está caracterizada por el valor asignado a la circulación dineraria - apoyada en el afán de lucro-, en el espíritu de empresa de los sectores mercantiles y en la racionalización de la producción, el comercio y el negocio. Su desarrollo, a partir de la actividad mercantil, posibilita una acumulación de capital que luego es reinvertido en determinadas actividades, las cuales permiten dar inicio al proceso de la modernización (agricultura, ganadería, minería, etc.). Todas estas actividades van a ubicar sus producciones en el sistema, motivando un nuevo incremento de la actividad mercantil, es decir produciendo una retroalimentación del mismo.

El sistema impulsado en occidente con la implantación de este capitalismo comercial, está regido desde su inicio por la imposición de un mercado único, basado en las relaciones interregionales, con una activa circulación de los capitales, las producciones y algunas materias primas.

La riqueza estaba concentrada, en gran medida, en torno al Mediterráneo, en particular en Italia. Sin embargo podemos distinguir tres sistemas o redes fundamentales para el funcionamiento del mercado global: las rutas de galeras mercantes venecianas, las rutas comerciales hanseáticas y, en forma más desordenada, las ciudades de ferias (importantes y secundarias).

Los flujos comerciales resultantes dieron grandes utilidades a los mercaderes - financistas de las ciudades italianas, especialmente venecianos y florentinos, mientras que los genoveses, ante la decadencia de su ciudad, empezaron a emigrar hacia las ciudades españolas. A la vez, se inicia el poderío de los banqueros alemanes, como la casa Fugger de Augsburgo. Es en estas casas donde se inicia el proceso de acumulación descripto más arriba.

De esta manera, mientras el poder financiero empieza su desarrollo en ámbitos urbanos específicos, el sistema comercial no contempla condicionamientos dados por espacios políticos definidos (mercados estatales), sino que manifiesta una clara tendencia a la globalización, dentro del marco del mundo conocido y controlado por la economía europea. El mercado de materias primas y manufacturas es eminentemente global, la acumulación capitalista es de carácter urbano y la producción de alimentos empieza a fluctuar entre un intercambio interregional y la tradicional producción feudal. No se distingue con claridad la presencia de los que hoy podríamos llamar "mercados nacionales o estatales".

En este marco, las áreas de conquista del Imperio otomano se presentan al margen del sistema y participando de una economía de pillaje (impuestos, tributos, razzias o saqueos organizados) impulsados desde la corte del Sultán (Istambul) y desde los centros locales de dominación turca, a partir de un típico sistema de dominación de horda o pueblo seminómade

Predominantes sociales: Los cambios económicos iban acompañados por una gran transformación social y cultural (el movimiento humanista y el Renacimiento), que tenían como plataforma espacial las ciudades del Mediterráneo, norte de Francia y Flandes. Esto representó un gran empuje cultural, con una revalorización de la cultura greco - romana clásica y una valoración creciente de la racionalidad y la individualidad.

A pesar de la gran depresión demográfica sufrida durante el siglo XIV, a raíz de malas cosechas, epidemias de peste negra, guerras - italianas, de los cien años- y levantamientos populares - jacqueries, sublevaciones urbanas flamencas e inglesas -, el crecimiento urbano siguió incrementándose, favoreciendo el desarrollo de los "foubourgs". Estas eran áreas de crecimiento urbano alrededor de los antiguos burgos señoriales y episcopales, alentado por las transformaciones económicas. Este proceso de urbanización plantea en Occidente una alternativa: frente a una forma de vida ruralista y gregaria - hábitat rural concentrado en aldeas -, se plantea otra representada por el individualismo y las formas de vida urbanas.

En cuanto a la organización en "pueblos" diferenciados, la Europa occidental muestra una clara tendencia a la homogeneización, con la fuerte expansión de los pueblos germánicos, su superposición sobre las poblaciones nativas y su notorio mestizaje. La identificación de la cultura medieval con un cristianismo monolítico, a la vez religión y "nacionalidad" o rasgo de pertenencia, es dominante y la identificación urbana es sólo una variante de la característica primordial.

Sin embargo, los pueblos dominados - galos, gallegos, vascos, gaélicos, escoceses, irlandeses, itálicos, etc.- logran mantener caracteres propios y sentimientos culturales singulares allí donde no los alcanza la dominación germano - cristiana (montañas, interior de bosques...). Tal vez sea aquí donde podamos identificar verdaderos sentimientos "nacionales" o "prenacionales" de minorías, hoy todavía irredentas.

En la periferia oriental también se han ido unificando las tribus durante el bajo medioevo. Los eslavos, diferenciados en diversos grupos, quedaron separados entre sí por las invasiones de pueblos nómadas asiáticos que entraron por la llanura de Panonia. Otros grupos de más difícil definición étnica, pero de innegable peso regional (albaneses, macedonios, gitanos, etc.), complican aún más la mezcolanza étnica.

La estructura social feudal ha ido sufriendo diversas transformaciones hasta alcanzar las pautas básicas para la conformación del sistema de clases capitalista moderno. Así se plantea una estratificación mucho más compleja, encabezada por el monarca, la alta nobleza tradicional, la gran nobleza administrativa y el alto clero, acompañada por un empobrecimiento de la nobleza media y parte del artesanado y un enriquecimiento de la burguesía de mercaderes y financistas, tendiendo a la polarización social.

Predominantes políticas: Esta etapa significa la superación de las tres alternativas de organización continental que se habían planteado durante los siglos de decadencia del feudalismo (siglos XII a XIV):

a) Un nuevo Imperio romano bajo el Emperador alemán -Sacro Imperio Romano– Germánico-. Proponía la superación del sistema feudal con la unidad y universalidad del Imperio ("Dominium Mundi"), como un Estado monárquico establecido por voluntad divina (carácter sagrado de la monarquía). La tesis imperial fracasa tras la derrota de Federico II frente a los güelfos en 1250 y reaparece en Dante y otros intelectuales italianos.

b) Una Europa cristiana bajo el poder del Papa -"Teocracia pontificia"-. Contó con pontífices de una Iglesia militante, pero necesitaba del poder militar imperial y fracasó al ser derrotado el Imperio y con el fortalecimiento de los monarcas, a los cuales no logra hacer entrar bajo su dependencia.

c) Formación de grandes Estados territoriales apoyados en los principios del Derecho Romano (Justiniano): una monarquía absoluta destinada a lograr el bien común. La soberanía del monarca surge como un servicio público, pero también interpretando a la realeza como propiedad - de allí el carácter hereditario -. El rey legisla para todo el pueblo y también puede recaudar impuestos en todo el reino, superando la concepción feudal. Según Alanus, "cada rey tiene tanto derecho en su reino cuanto el emperador en su Imperio.

Taylor nos aporta algunas pautas para la comprensión de la instalación de este nuevo sistema organizado en Estados territoriales, partiendo de la base que, para un sistema económico apoyado en un mercado mundial único, como lo era el capitalista ya desde su inicio, resulta imprescindible el hecho de que ningún Estado llegue a controlarlo por completo, a fin de evitar que dicho mercado quede sometido a un control político y pierda su carácter de mundial, eliminando la competencia (Taylor. 1994:9).

En el proceso de conformación de estos Estados pueden distinguirse dos experiencias político espaciales previas o más o menos simultáneas:

1) La Tiranía italiana. Desarrollada en las "comunes" medievales del Norte tras un proceso iniciado en gobiernos municipales autónomos urbanos, dentro del Imperio, y que quedan bajo la autoridad de la alta burguesía mercantil, quien logra imponer a sus líderes, desarrollando el sistema de los "signori", el cual concentra todo el poder comunal: el tirano. Bajo este sistema, las señorías logran una gran expansión comercial y una organización territorial. En este sentido, se llega a un tipo de Estado regional, con sede en la ciudad principal, pero que, sin identificarse con el gobierno de ésta, es común a todo el territorio. Con la concesión de títulos nobiliarios a los "signori" por el Emperador o el Pontífice, la Señoría se convierte en Principado, constituyendo un primer paso hacia el Estado moderno, por la extensión -deja de ser una ciudad-Estado- y por la organización del gobierno. A pesar de no constituir verdaderos Estados, con sus características de unidades políticas del sistema capitalista emergente, estas experiencias constituyen verdaderos laboratorios de política moderna que serán luego trasladadas para su implementación en los Estados territoriales.

2) Las Monarquías autoritarias. Afirmadas sobre las monarquías, surgidas del feudalismo e integradas como Estados territoriales y relacionadas económicamente con los grandes mercaderes. Se apoyan en la teoría de la "razón de Estado" con lo que se produce un retroceso del poder parlamentario manifestado en las mismas.

En cuanto a la conformación de este nuevo sistema de unidades políticas, se produce la consolidación en Europa occidental de tres grandes monarquías a las cuales ya se puede denominar Estados territoriales o modernos, bajo el poder de importantes dinastías: Francia (Capetos - Valois), surgida de la expansión a partir de una posesión feudal; Inglaterra (Plantagenet), conformada por un acuerdo de señores feudales bajo un monarca; y Castilla y Aragón (Reyes Católicos) que, unificada tras el proceso de reconquista peninsular, darán lugar al Reino de España. Este último, a su vez, presenta dominios en islas y penínsulas mediteráneas (Baleares, Córcega, Sicilia, Nápoles). A estas tres unidades políticas se agrega una potencia ascendente, de carácter expansionista mundial, el Reino de Portugal.

Asimismo surgen grandes monarquías periféricas, más demoradas en cuanto a su conformación como Estados, que se presentan poco consolidadas o en vías de consolidación: Reino de Hungría, Polonia - Lituania, reinos nórdicos de Dinamarca, Suecia y Noruega (Unión de Calmar) y Estados de la Orden Teutónica. Pueden ser considerados como protoestados, con tendencia a la integración en Estados modernos, aunque algunos de ellos nunca llegaron a lograrlo (Estados de la Casa de Borgoña, Polonia - Lituania, etc.).

Europa central se debate en la anarquía espacial del Imperio Germánico, en el que se pueden identificar: a) Alemania, dividida en múltiples principados semiindependientes pertenecientes a grandes familias o a grandes señores eclesiásticos, y el territorio de los Habsburgo, b) el territorio imperial, comprendido en unas fronteras teóricas y poco precisas, perforado por la Confederación Helvética, que demora su surgimiento como protoestado; c) el extremo sur del Imperio (Norte de Italia), dividido en los señoríos semiindependientes, que aparentan una especie de feudalización, por cuanto se trata de territorios inestables por herencias y conquistas y son dominados por dinastías gobernantes, pero su organización política y espacial es muy distinta, como ya se ha visto.

Tres Estados ejercían fuerte influencia sobre estos últimos: el Ducado de Saboya, la República de Venecia y los Estados de la Iglesia o Pontificios.

El poderío musulmán se reduce, tras la caída del Reino de Granada en manos castellanas, al Imperio Otomano que amplía su territorio a toda la península de los Balcanes, Moldavia y Valaquia, aceptando todavía la presencia de los venecianos en sus costas y algunos Estados minúsculos, como la República de Ragusa y Montenegro. Asimismo inicia su institucionalización con el Kanun-Namé, inspirado por Mohammed II "el Conquistador", especie de Ley fundamental y código religioso.

A partir de esta caracterización político espacial y teniendo en cuenta sus condicionanates económicos y sociales, resulta aún prematuro definir a Europa a partir de la existencia clara de un centro y una periferia de correspondencia estatal. Más bien podemos distinguir la existencia de regiones centrales y periféricas y efectuar una categorización de las unidades políticas en cuanto a su inserción en esta realidad con una mayor o menor tendencia a la conformación de Estados modernos.

Tal descripción la podemos apoyar en la "matriz de información espacio - temporal", elaborada por Taylor a partir de las ondas logísticas de Braudel y los ciclos de Kondratieff y con sujeción a la tesis de las estructuras tripartitas - centro, periferia y semiperiferia - formulada por Wallerstein. "Como en todos los modelos centro - periferia se insinúa que 'el centro explota y la periferia es explotada'. Pero no es que las zonas se exploten unas a otras; esta explotación se produce debido a que en las distintas zonas operan procesos diferentes. Los procesos de centro y periferia son dos tipos opuestos de relaciones complejas de producción... En este sentido, uno de los aspectos más originales del enfoque de Wallerstein es el concepto de semiperiferia (semiperiphery), que no es ni el centro ni la periferia sino que combina de una forma particular ambos procesos. Fíjense en que no hay procesos semiperiféricos; más bien, el termino de 'semiperiferia' se aplica directamente a las zonas, regiones o Estados en los que no predominan ni los procesos de centro ni los de periferia. Estos significa que las relaciones sociales generadas que se producen en estas zonas suponen la explotación de zonas periféricas, a la vez que la misma semiperiferia sufre la explotación del centro" (Taylor. 1994:17-18).

Según esta definición y la matriz mencionada (Taylor. 1994:19), en esta etapa (fase B de la primera onda logística de Braudel) corresponden al centro las áreas de expansión geográfica inicial con base en la Península Ibérica (Castilla - Aragón y Portugal), manifestada en primer lugar en el Mediterráneo, sobre la región afectada por las cruzadas, y con posterioridad hacia el exterior. Sin embargo los adelantos económicos, especialmente los basados en la expansión y acumulación mercantil - financiera, se ubican en el noroeste de Europa, donde predominan Francia, la potencia borgoñona (luego repartida entre Francia y los Habsburgo) y algunas de las ciudades imperiales, especialmente las hanseáticas que se asocian financieramente a la expansión de ultramar.

La Europa oriental, área de "segundo feudalismo", se presenta como una clara periferia, aunque en ella intentan surgir algunos protoestados (Hungría, Polonia - Lituania, los Estados Teutónicos).

En la semiperiferia se observa el declive relativo de las ciudades de Europa central y mediterránea, que todavía dominan los mares circundantes y tienen fuerte injerencia en el comercio del interior de Europa.

La conformación como Estados territoriales se va apoyando en este esquema, notándose la presencia de las siguientes categorías: a) Estados con fuerte tendencia a la integración como Estados modernos consolidados y con presencia dominadora, no solo a escala continental sino también mundial (Francia, Inglaterra, Castilla - Aragón y Portugal); b) protoestados que intentan alcanzar el rango superior a partir de su entidad territorial, pero que se encuentran carentes de consolidación y/o estabilidad, como consecuencia de su condición, periférica, semiperiférica o de reciente o parcial ingreso al centro (Estados de la Casa de Habsburgo, Ducado de Borgoña, Polonia - Lituania, los países escandinavos bajo la Unión de Calmar, Hungría, Saboya, Venecia, los Estados de la Iglesia...); c) los señoríos italianos y las ciudades comerciales alemanas, laboratorios de la política moderna pero carentes de entidad territorial como para conformar verdaderos Estados; d) principados del Imperio, afectados por una fuerte feudalización y en declive semiperiférico; e) monarquías apoyadas en jefaturas de clanes con características feudales o prefeudales, como Escocia o los reinos escandinavos antes de iniciar su proceso de consolidación y modernización; y f) imperios de expansión del tipo de horda, extendidos durante varios siglos por Asia central y occidental y Rusia meridional y de los cuales el único exponente europeo es el imperio otomano.

En realidad, la conformación de muchos de estos Estados territoriales, previos a la conformación de verdaderos Estados modernos, se compadecería, en su noción teórica, con los "Estados Ley" planteados por Strayer (1970). Estos reinos se caracterizaron por la creación, a partir del siglo XIII, de instituciones que sólo se ocupaban de los asuntos internos, especialmente las vinculadas a la gestión de la hacienda a gran escala.

En cambio, es recién a partir del siglo XV que los Estados, especialmente los centrales que ingresan en la modernidad, se empiezan a preocupar por las relaciones permanentes con sus vecinos, aunque todavía no signifique el establecimiento de un sistema institucional destinado a las relaciones exteriores. Lo que ocurre es que todavía está en sus inicios el sistema internacional - o mejor dicho "interestatal"- destinado a equilibrar políticamente al mercado mundial (Taylor. 1994:145).

Predominantes espaciales: El surgimiento de Estados territoriales ya consolidados o que pretenden lograrlo implica el desarrollo de una organización interna y exterior, que es aún incipiente en esta etapa y que resulta esencial para la conformación del sistema interestatal de la economía - mundo capitalista.

La dinámica espacial, resultante y motor de esa organización, sólo se puede distinguir claramente en esos focos urbanistas sobre la base de los intercambios comerciales más que a los flujos migratorios. En efecto, la distribución y movilidad de la población se encontraban todavía muy ligadas al pasado feudal de inmovilismo de la mano de obra en cada ciudad y en cada actividad urbana, a partir del sistema corporativo de los gremios.

Esas actividades comerciales, más que las agrarias, son las que tienden a definir la posición y las relaciones entre los Estados. A partir de la consolidación territorial surgen nuevos imperativos, como la expansión sobre zonas con importancia mercantil (Flandes, N. de Italia), el control de rutas comerciales (ruta Brujas - Marsella por París, controlada por Francia en su sector intermedio, pero disputada con Borgoña y el Imperio en sus extremos; ruta Brujas - Génova; etc.) o la disputa de áreas con recursos comercializables: metales (interés alemán en la Transilvania húngara o los Montes Metalíferos de Bohemia), materia prima textil (disputa por Flandes) o producción alimentaria (expansión aragonesa en el Sur de Italia tras el desplazamiento francés). Estos motivos también llevaron al enfrentamiento en el Mediterráneo oriental con los otomanos, que controlaban las rutas de las especias y de la seda hacia Oriente. En este aspecto, aún no consolidado el sistema de relaciones interestatales en Europa, los Estados se lanzan a establecer contactos extracontinentales, los cuales van a originar el gran proceso de expansión colonial de los siglos posteriores.

En cuanto a la dinámica interna de los Estados, es notoria la conformación de unidades políticas de mayores dimensiones que los del sistema feudal, con tendencia a la compactación de sus formas y, en los casos de discontinuidad, como la Italia española, con la conformación de virreinatos o reinos con soberanos emparentados que se organizan como Estados coloniales - no como provincias de un mismo Estados, sino territorios con organización propia, dependiente de la metrópoli -, carácter que luego se asignará a los dominios americanos. Los espacios que se mantienen muy subdivididos (Alemania, Italia del Norte), van mostrando una mayor o menor tendencia a organizarse como Estados minúsculos, con fuertes deficiencias a la hora de integrarse como Estados modernos.

Dentro de estos Estados, al calor del autoritarismo naciente, sus territorios tienden a organizarse sobre la base de un esquema mercantilista, alentado por el auge del urbanismo. Comienza a polarizarse el Espacio de Europa occidental, surgiendo regiones opuestas dentro de los mismos Estados. Las zonas más urbanizadas tienden a conformar redes bien conectadas, a pesar de la deficiente tecnología de la época, trascendiendo las fronteras, muchas de ellas poco definidas: Flandes - Norte de Francia, red renano –lorenesa - westfaliana, Norte de Italia, Inglaterra, etc.

Pero la mayor parte del territorio sigue sumida en la desarticulación, el agrarismo tradicionalista y la incomunicación, constituyendo zonas anacrónicas para los Estados emergentes por las dificultades para su defensa, conexión con la capital y tendencia al separatismo. Esta misma premisa es válida para el conjunto de los Estados periféricos, donde sólo se va organizando una realidad urbana en la capital o alguna cabecera provincial.

En esta época empieza a manifestarse con mayor intensidad la importancia político-espacial de las fronteras y las capitales, definidas por Taylor como los productos más explícitos del sistema interestatal (1994:132). Por supuesto, van a ser los Estados más consolidados los que presenten mayor tendencia a la definición de sus líneas fronterizas y más preocupación en el establecimiento de sus capitales.

En este sentido, es de hacer notar la precocidad en el establecimiento de límites por parte de los Estados más consolidados, especialmente en pos de su compactidad y continuidad, aunque manteniendo regiones fronterizas más inestables en las áreas en disputa (Pirineos, Flandes, Alpes, etc.), haciendo uso o en desmedro, según los casos, de las formas naturales de gran magnitud, lo cual hecha por tierra con la teoría de los límites naturales.

Asimismo es notorio el carácter intangible de los límites de los territorios de herencia feudal, como el Imperio Germánico.

La localización de las capitales parece relacionarse por inclusión con el modelo de "área nuclear", formulado por Pounds y Ball (1964) para explicar el desarrollo del sistema de Estados europeos. Estas regiones, verdaderas áreas germinales de los nuevos Estados, presentan determinadas ventajas respecto a las regiones restantes (capacidad de generar excedentes económicos en forma rápida, lo cual les permitía defensa eficaz y expansión sobre vecinos con áreas nucleares más débiles). La capital "natural" sería el área urbana principal del área nuclear. Taylor fija la crítica a este modelo al señalar que las áreas indicadas por Pounds y Ball no son las únicas que tienen las características geográficas precisas para convertirse en zonas embrionarias de los Estados modernos, considerándola más bien una "explicación a posteriori" (Taylor. 1994:137).

Para Taylor el proceso de formación de capitales pasa por su identificación con los procesos de centro, periferia y semiperiferia ya descritos. En el caso europeo, la mayor parte de las capitales surge de los procesos iniciales por los cuales Europa se convierte en el centro del sistema económico capitalista. Por lo tanto, es en esta etapa inicial y en particular, en los Estados más consolidados, donde se puede distinguir con más claridad el proceso de integración de capitales con la definición de "ciudades primadas". La competencia comercial durante esta etapa hizo que la vida política se hiciese mucho más compleja en estos Estados, en especial en las capitales históricas, donde se localizaban las nuevas burocracias, creciendo rápidamente y convirtiéndose en los "centros de control político que intentaban orientar a la naciente economía - mundo en la dirección que más le conviniera al territorio dominado por cada una" (Taylor. 1994:155).

Sin embargo hay que reconocer que no en todos los casos esta ciudad primada coincidía que los grandes centros mercantiles y financieros. La coincidencia inicial puede observarse en capitales como París o Londres, pero ciudades poderosas como las de Renania y Flandes no alcanzaron dicho rango y las capitales de los señoríos italianos, como hemos visto, solo se convirtieron en centros de Estados sin entidad territorial.

De cualquier manera, las capitales de los Estados modernos emergentes se van convirtiendo en centros de control de los territorios sobre los cuales la figura simbólicamente dominante del monarca ejercía una soberanía notoriamente autocrática. James señala que esta soberanía territorial es una característica del sistema estatal moderno inaugurado en esta etapa (James. 1984, citado por Taylor. 1994: 149). A partir del reconocimiento paulatino de estas soberanías dentro de un conjunto interestatal propio del sistema económico capitalista, estos Estados obtienen legitimidad en el sistema y se diferencian de las unidades políticas feudales, que solo ejercían una soberanía interna dentro de la legalidad de la jerarquía imperial.

Esta tendencia es la que, a su vez impone la necesidad de organizar administrativa y burocráticamente al territorio para su mejor control. Van apareciendo así las divisiones administrativas que, junto con la magnitud, diferencian a estos Estados de los señoríos o ciudades - Estado. Desde la capital y mediante la delegación de poderes, el monarca puede intentar controlar, mediante este sistema, el resto del territorio y ejercer su soberanía. Algunos de los Estados nacientes debieron apoyarse en el sistema de propiedad feudal para imponer estas divisiones (Inglaterra, Francia); sin embargo, el hecho que el Imperio Germánico no constituyera un Estado moderno se puede distinguir en el hecho que sus divisiones feudales no son representativas de una soberanía imperial real.

Estas modificaciones políticas, así como las sociales y económicas motivaron cambios cualitativos en la población europea. De las adhesiones de la población a la ciudad - patria o a todo el conjunto de la Europa cristiana, propias del Medioevo, se va pasando claramente al incremento de un sentimiento de pertenencia a los Estados modernos y, de alguna manera, a la soberanía de los monarcas. Es importante al respecto el esfuerzo realizado por éstos para unificar culturalmente a dichas poblaciones, única forma de asegurar la adhesión y mantener la soberanía sobre el territorio.

Al respecto, es esencial el papel jugado tanto por la soberanía sobre el territorio como por la unidad cultural y religiosa. Con respecto a esta última, desde el principio se vio la necesidad de unificar el sistema de comunicación de la población, es decir su idioma, y esta unificación fue realizada por la monarquía apelando a una lengua dominante, echando mano a claros principios etnocéntricos (imposición de la lengua del Loira, contra la lengua de "oc" o del sur o el celta - bretón, en Francia; expansión del castellano en los territorios ibéricos, a pesar de la existencia de otros idiomas como el catalán, el vasco o el gallego).

En los aspectos espirituales, la unidad cristiana frente a los avances musulmanes y bajo el paternalismo pontificio parecía indiscutible, aunque había sido motivo de numerosos cuestionamientos por parte de las bases religiosas o de grupos cuyos intereses chocaban con los del Papa o con los del monarca. Esto dio motivo a intervenciones represivas contra los herejes, verdaderas cruzadas que los reyes utilizaron en pos de la unidad cultural de la población.

Si no se tienen en cuenta estos fenómenos sociales y socio - territoriales, surge la tendencia a considerar que estos elementos unificadores se han ido presentando naturalmente, dando como resultando la existencia de grupos humanos conscientes de esa unidad y pasibles de la calificación de "naciones".

Es indudable que una visión común de la historia por parte de un pueblo resulta esencial para la conformación de una nación (Ziegler. 1980:35-37), pero esta visión surge después de muchos años de esfuerzos pedagógicos y, además, represivos, llevados a cabo en Europa por los monarcas para lograr la unidad en sus Estados.

De esta manera, sectores comprendidos dentro de las líneas fronterizas, pero que no encuadraban en esta concepción nacional, se van convirtiendo en minorías nacionales (a veces definidas como "minorías étnicas" a partir de la etnicidad impuesta como unificador nacional por los monarcas) con un sentimiento de pertenencia debilitado a partir de su propia perspectiva, pero más aún desde las monarquías y desde las poblaciones que adherían al concepto de nación impuesto por aquellas para la consolidación estatal.

Como se puede ver a partir de este caso particular, el proceso de análisis de la realidad político territorial puede aplicarse a cortes históricos que luego ser comparados y evaluados a la luz de la propuesta de estudio formulada en el trabajo específico y que servirá para poder vincularla a las particularidades socioeconómicas y culturales de la región en estudio.

 

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