Inicio > Mis eListas > encuentrohumboldt > Mensajes

 Índice de Mensajes 
 Mensajes 381 al 400 
AsuntoAutor
185/03 - SEXTO ENC Humboldt
187/03 - Aportes p Humboldt
188/03 - Problemas Humboldt
189/03 - La Global Humboldt
190/03 - El Sistem Humboldt
191/03 - Degradaci Humboldt
192/03 - Deterioro Humboldt
193/03 - Árboles y Humboldt
194/03 - Tierra de Humboldt
195/03 - La Percep Humboldt
196/03 - Desastres Humboldt
197/03 - Implicanc Humboldt
198/03 - Reflexion Humboldt
199/03 - La Distri Humboldt
200/03 - La Degrad Humboldt
201/03 - La cuesti Humboldt
202/03 - Estudio A Humboldt
203/03 - Desastres Humboldt
01/04 - SEXTO ENCU Humboldt
02/04 - Una mirada Humboldt
 << 20 ant. | 20 sig. >>
 
ENCUENTRO HUMBOLDT
Página principal    Mensajes | Enviar Mensaje | Ficheros | Datos | Encuestas | Eventos | Mis Preferencias

Mostrando mensaje 416     < Anterior | Siguiente >
Responder a este mensaje
Asunto:[encuentrohumboldt] 194/03 - Tierra del Fuego
Fecha:Viernes, 19 de Diciembre, 2003  21:55:21 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Ataque radial

 

"TIERRA DEL FUEGO. SOBRE PAISAJE Y CLIMA EN EL SUR ARGENTINO".

Conrado Santiago Bondel*

Las Golondrinas, Chubut, junio de 1999


"Y aquí notó bien que esta era tierra muy áspera y fría y porque veían de noche muchos fuegos, la llamó Tierra del Fuego". Del Cronista don Antonio de Herrera, en sus "Décadas (1601-1615)". En Juan Belza, 1978: 47. (El subrayado es propio y nos revela una percepción, aunque con matices, todavía vigente).


Resumen.

El trabajo responde a una síntesis que procura contribuir con la reparación de cierta lectura ingenua que, en general, se tiene sobre el peso como condicionante geográfico que le cabe al medio físico, en particular el clima, de la porción austral del país. Entendemos que buena parte de una serie de desatinos territoriales contemporáneos, inspirados en aquello de ‘poblar la Patagonia’ o de la similitud respecto de otras regiones más pobladas del planeta, se aclaran tanto en con la sub como con la sobrestimación de las condiciones ambientales surpatagónicas. Otro tanto ocurre a lo largo de la historia sureña, donde los fracasos reiterados en intentos de colonización dejan en claro el acierto comparativo en el modo de vida aborigen respecto de las aptitudes del medio físico. Así es que, desde las promociones económicas ‘huérfanas’ de enfoques ambientalmente realistas, hasta el costo social e individual de miles de personas, desanimadas, que no terminan de arraigar o necesitan de ‘premios’, se visualizan falencias de enfoque que tienen en la explicación geográfica un enemigo importante.

Se trata, entonces, de presentar un ordenamiento y su valorización explicativa de base en problemáticas físico-ambientales con foco en lo climático; es decir que no es ésta una monografía de raíz teórico-metodológica, simplemente se ha buscado poner énfasis en procesos y fenómenos ambientales que, entendemos, han tenido y aún mantienen un rol protagónico trascendente en el acontecer regional.

 

El contenido de esta contribución se corresponde parcialmente con segmentos de la obra antecedente, ‘Geografía de Tierra del Fuego. Guía docente para su enseñanza’ (1988 y 1995). Puesto que la distribución de la misma fue exclusiva para los docentes fueguinos, entendimos oportuno y útil extractar ciertos ítems con bastante aproximación, en especial de aquellos en los que no se justificaban modificaciones sustanciales.

 

 

Unas pocas aclaraciones.

Por diversas razones, nuestros territorios australes generan fuertes sensaciones y sentimientos difíciles de ignorar; expresiones como ‘la niña bonita’, ‘el norte de los argentinos’; hechos no tan lejanos en el tiempo, como los diplomas a quienes llegaban a Ushuaia, la entrega gratuita de pasajes para el ‘regreso’ anual con su familia a los empleados públicos o ser receptáculo de donaciones de toda índole por estar ‘allá lejos’, reflejan actitudes que seguramente se entremezclen con aquellas de pertenencia y abandono y, tal vez, con el sostenimiento imaginario que suponen ciertos lugares para las sociedades. En cierto modo, las distancias aún permiten que en nuestros días persista una opinión generalizada respecto del comportamiento de una naturaleza agresiva e inhóspita y que quizás, por la tenaz búsqueda de homólogos geográficos en otros lugares del mundo, aún no hemos dado con respuestas valederas y duraderas para convivir con ella. Su posición periférica, además, ha potenciado cualquier síntoma negativo y ya en la historiografía regional como en la mayor parte de los diagnósticos de corte político, parecen encontrarse siempre justificaciones ante el eventual fracaso o el necesario subsidio.

Como contrapartidas contemporáneas y favorables con relación a su posición periférica en el mundo, sobresalen su marcada originalidad geográfica-ambiental y el desarrollo turístico, incentivado no sólo por las bellezas naturales, sino que también por estar ‘en el confín’. Resulta por demás interesante proyectarse en tal sentido hacia el futuro, ¿qué papel en lo territorial tendrán (o quizás ya tengan) la excentricidad geográfica, la escasa contaminación relativa, la también relativamente baja presión demográfica, lo desafiante, hermoso y hasta sobrecogedor del extremo austral de América del Sur?.

Pero no es intención confundir al lector, pues el rumbo de esta presentación (que forma parte de un trabajo más amplio) apunta hacia el medio físico en su carácter de ‘disparador’ de una temática más amplia y comprometida. Si se quiere, esta pequeña digresión inicial solamente intenta justificar la insistencia en trabajar sobre cuestiones muchas veces dados por conocidos y que, aún con las obras incuestionables que en la materia existen, no terminan de reflejarse en el tipo de convivencia hombre-naturaleza, al menos desde que la colonización moderna pudo finalmente ‘anclar’ en la Patagonia.

 

En la región.

En la consideración de muchos, estamos seguros, la Patagonia y Tierra del Fuego suponen entidades territoriales desprendidas. El formar parte de un archipiélago, de constituirse en el extremo sur de la Argentina ‘poblada’ y de estar físicamente aislada del resto continental del país, de la Argentina medular, inducen con rapidez a pensar en un territorio autónomo en su condición geográfica. Ver a Tierra del Fuego como una singularidad será válido y saludable, pero ‘la isla’ no es más ni menos que una continuación hacia el Sur del ámbito geográfico patagónico. No puede escapar de la consonancia generalizada de los aspectos físicos y humanos de todo el extremo austral del continente, claro que con sus gradientes o transiciones (cf. Bondel, 1995: 3-4). Las lengas fueguinas, del lago Argentino o de Bariloche, forman un continuo, como así el relieve, vegetación, litoral, clima y hasta la tipología básica de la instalación humana. Es cierto que, por su heterogeneidad paisajística y pobre cohesión socio-económica, la Patagonia se nos presenta como un caso típico en que el objeto geográfico de estudio necesitará definirse más por su esencia que por sus contornos o límites físicos. Y entonces, la excentricidad de su localización, su ‘carga histórica’ y la originalidad del medio natural, serán determinantes en la definición regional.

 

 

 

EL ÁMBITO NATURAL EN SU CONDICIÓN DE MORADA PARA EL HOMBRE.

Ocuparnos del sector argentino de la Tierra del Fuego, por cierto no nos exime de la exigencia de considerar la naturaleza del archipiélago en su conjunto. Como es de suponer, para comprender muchos de sus aspectos ambientales, será preciso tener presente esta cualidad espacial unitaria con casi 70.000 km² y más de 800 km de extensión en su eje mayor WNW-ESE (unos 300 km en el sector argentino); aquí las delimitaciones las establece la naturaleza, en especial con la dinámica del mar y de la atmósfera, con la caracterización de biomas, con el relieve y sus formas y hasta con la disposición y tipo de costa. Aún así, será válido destacar que las islas más occidentales en territorio chileno (Desolación, Santa Inés, Cap. Aracena y adyacentes), forman una subunidad que prácticamente no se repite en el sector argentino. En ellas, lo distintivo es lo intrincado e inaccesible de sus costas, su clima en extremo riguroso y la falta de terrenos básicamente aptos para la instalación humana.

También, como ya adelantamos, el archipiélago continental más austral de América no debe suponer una discontinuidad territorial del continente. Por el contrario, el Estrecho de Magallanes no es más que una gigantesca brecha en la disposición de los Andes y la Patagonia extraandina, en cierto modo superficial y labrada por glaciares. En realidad se observa una moderación proporcional a la diferencia de escala, es decir, se reproduce la secuencia ambiental desde las nieves y hielos cordilleranos, al litoral más desprovisto sobre el Atlántico.

A este marco espacial se le suma, con una enorme trascendencia geo-ambiental, la posición hemisférica del área, con la Patagonia penetrando en cuña a través de las aguas australes a modo de península de escala continental; se constituye así del Oeste y desde Nueva Zelanda (46º Sur) en la única interferencia emergida a la libre circulación atmosférica y oceánica en latitudes medias-altas (aproximadamente entre los 45º y 60º). Con ello se puede inferir sobre las lógicas condiciones ambientales de singularidad asociadas con la homogeneidad climática del hemisferio austral derivadas del abrumador predominio de las masas oceánicas sobre las tierras emergidas.

Seguramente entre las condiciones del medio físico relacionados con la instalación humana, las climáticas son las de mayor peso, con temperaturas medias estivales apenas cercanas a los 10ºC, y su consecuente restricción como agente biológico y, por otra parte, con el peculiar comportamiento de las masas subantárticas de extraordinaria dinámica.

A modo de síntesis y sin jerarquizar un orden de importancia podemos destacar cinco aspectos ambientales surpatagónicos distintivos en el marco geográfico latinoamericano.

1- Condición marítima y excentricidad en su localización respecto de las superficies continentales emergidas.

2- El viento, con un notable predominio de los "fuertes occidentales" (‘rugientes’). Por su efecto potenciador de las bajas temperaturas, su fuerza y frecuencia, puede considerarse en los lugares expuestos como el principal factor restrictivo de vida (Cf.: Butland, G., 1957).

3- La luminosidad y sus efectos ambientales (fotoperíodo, balance energético, etc.); inviernos de noches prolongadas (de hasta 17 horas) y días muy cortos, con su contracara en verano.

4.- Las temperaturas, muy en consecuencia el aspecto anterior presenta bajas invernales, con medias entre -3°C y 2°C y absolutas extremas de -30°C o más; resulta destacable la falta de un verano notorio o ‘térmico’. La frescura del verano, sólo superada excepcionalmente, diferencia al Sur y parte de la Patagonia Andina del resto de la Región.

5.- Marcada presencia de hielo con sus consecuentes efectos ambientales, en particular por la intensidad y periodicidad (ritmo hielo-deshielo) durante buena parte del año.

Tal vez otro aspecto distintivo esté vinculada a cierta fragilidad ambiental generalizada. Desde el carácter monoproductor del bosque austral hasta los relativamente bajos saldos en el balance energético con la atmósfera nos llevan a esta sospecha. Pero debemos confesar que no hemos siquiera superado la etapa de observación como para ahondar en el tema. Vaya entonces como intuición, a sabiendas que desde hace unos años se sistematiza información en tal sentido.

Tampoco se nos escapa la recurrente anomalía respecto de la ‘capa de ozono’ y sus alcances en Patagonia. Para el caso, la situación preocupante de impacto regional parece todavía no ser posible de evaluar en profundidad, superado seguramente, por la incidencia de la temática en todo el planeta.

Por supuesto que aquí no se agota el marco de referencia ambiental, pero otras características, como veremos en apretada síntesis, se observan en diferentes áreas, no ya como aspectos generales.

 

UN CLIMA ‘BRAVÍO’ SINGULAR.

Ya resultará evidente el porqué de la preeminencia atribuida al clima en la geografía física fueguina; con ello, entendimos como adecuado un tratamiento algo más explícito. Cabe agregar también que, son numerosos los trabajos que aportan información certera en materia climática ( entre otros: Butland, G. 1957; Dimtri, M. 1982; De Fina, A. y A. Ravello, 1979 y Burgos, J. 1984), pero valga la insistencia para contribuir a ‘desactivar’ los innumerables juicios de valor en la materia que hacen de la Patagonia Austral un extravagante sinónimo de los más disímiles lugares de la Tierra; desde ámbitos extremos de Norteamérica o Europa hasta la costa de California para el litoral santacruceño.

A modo de comparación respecto de otras regiones del mundo, es interesante remarcar que la franja templada del Hemisferio Sur es, en sus condiciones medias, más fría y húmeda que la correspondiente al Hemisferio Boreal. Resultarán sí cotejables ciertos lugares en latitudes más altas, pero aún así no encontraremos más que algunas afinidades climáticas; simplemente la combinación de temperaturas, vientos y precipitaciones de nuestra región no se repiten. Casos como el Sudoeste de Alaska (53ºN-58ºN), Norte de Escocia (58ºN) y de Noruega (60ºN), entre otros lugares, podrían equipararse a las naturaleza climática general de la región austral, pero alguna de las variables básicas presentará diferencias importantes. Resulta sugestivo, por cierto, que aquellas tierras no están mucho más pobladas que las nuestras.

Respecto de la clasificación climática, seguiremos a J. Burgos (1985) quien afirma, "...la porción más austral de Sudamérica, posee un clima regional singular que forma parte del clima subpolar del Hemisferio Sur." (100) y enfatiza luego el carácter insular de todo el Sur patagónico.

El carácter oceánico y la incidencia permanente a lo largo del año de los vientos occidentales definen un régimen climático uniforme, donde las mayores oscilaciones en el comportamiento meteorológico son de escasa envergadura y las temperaturas nos ubican entre los climas ‘sin verano’ (verano térmico). Esto ocurre, claro está, si abstraemos al clima de la fisiografía general de la Patagonia Austral. Cuando no es así, la realidad nos ofrece muchas veces verdaderos contrastes ambientales, aún en el caso en que los gradientes apenas son visibles. En la disposición y magnitud de la cordillera, rodeando en buena parte a las planicies orientales en arco convexo de Noroeste a Sudeste y con alturas cercanas a los 2500 metros, se fundamenta la esencia de estos contrastes. El efecto de ‘condensador orográfico’ justifica, entonces, que sobre las costas occidentales (en territorio chileno) se desarrollen ambientes hiperhúmedos y fríos, donde con frecuencia conviven inmensos glaciares que descienden de los campos de hielo, con el bosque subantártico, cuyo límite altitudinal apenas si alcanza los 350-450 metros sobre el nivel del mar.

Ushuaia, (1951-80). Lat. 54° 48’ S.; Long. 68° 19’ W.; h.:14 m.s.n.m..

Fuente: Servicio Meteorológico Nacional.

Meses

Temperaturas medias (°C)

Máx. min. med.

Días con

Precipit.

precipit.

(mm.)

Enero

13.4

5.0

9.2

15

56

Febrero

13.5

5.2

9.2

13

52

Marzo

12.2

3.8

7.9

14

51

Abril

9.5

2.0

5.7

12

41

Mayo

6.4

0.2

3.2

12

50

Junio

4.7

-1.2

1.8

11

38

Julio

4.6

-1.2

1.6

11

36

Agosto

5.8

-0.6

2.4

14

47

Setiembre

8.0

0.2

4.1

12

48

Octubre

10.2

2.2

6.2

12

36

Noviembre

12.0

3.5

7.8

13

44

Diciembre

13.0

4.8

8.8

14

48

Año

9.4

2.0

5.6

153

547

A ‘sotavento’, al oriente de los Andes, en sólo decenas de quilómetros es manifiesto el predominio de los ambientes subhúmedos y ocasionalmente hasta semiáridos. En realidad, casi sin cambios en los valores térmicos, las menores precipitaciones, así como también el notable efecto sobre los fenómenos asociados (heliofanía, humedad, evaporación, etc.), hacen que, exceptuando los grandes macizos montañosos, la Isla Grande se presente relativamente ‘acogedora’ para la instalación humana.

Por otra parte, el sector argentino en sí, si bien posee los ámbitos bien diferenciados entre boscosos y esteparios, y entre cordilleranos y de planicies; se distingue por la existencia de rasgos en buena medida más ‘suavizados’ con relación a las condiciones extremas.

Estación Río Grande, (1981-90).

Lat.: 53° 48’S.; Lon.: 67° 45’W.; altura: 22 m.s.n.m..

Meses

Temperaturas medias (°C)

Máx. mín. med.

días con

precipit.

precipit.

(mm.)

Enero

16.2

5.6

11.0

14

33.4

Febrero

15.9

5.3

10.4

12

28.7

Marzo

13.6

3.3

8.0

10

27.3

Abril

10.2

1.1

5.2

11

33.2

Mayo

6.3

-0.9

2.5

12

39.4

Junio

3.0

-3.0

0.0

8

25.2

Julio

2.9

-2.6

-0.2

7

25.5

Agosto

5.1

-1.9

1.2

7

21.5

Setiembre

8.5

-0.4

3.4

7

16.4

Octubre

11.5

1.7

6.3

8

18.5

Noviembre

13.8

3.4

8.6

10

29.0

Diciembre

15.4

4.8

10.1

11

32.8

Año

10.2

1.4

5.5

117

330.8

 

 

 

 

MAPA 1 Isobaras anuales

 

 

De todas maneras en materia climática resulta interesante destacar la influencia antártica decisiva. De forma esquemática y sencilla, puede entenderse que los vientos permanentes del Oeste en latitudes entre 40ºS y 60ºS, ‘capturan’ la constante emisión de pequeñas depresiones (ciclones) generadas en un frente polar entre 110º W. y 120º W. y que son atraídas con gran rapidez hacia el Este; estas depresiones se intercalan luego entre cuñas de aire marítimo subtropical del anticiclón del Pacífico Sur. Al enfrentarse con la costa occidental patagónica, las depresiones con su consecuente inestabilidad en el estado del tiempo, migran hacia el Sudeste, atravesando, las más de las veces, el continente sobre el archipiélago fueguino.

También son importantes las diferencias, particularmente invernales, entre aquellos sitios que reciban o no influencia marítima directa. Si bien carecemos de los datos de rigor, observaciones de invierno, junto con datos meteorológicos dispersos y evidencias ambientales (nieve-hielo, floración, comportamiento de los ríos), convalidarían la especulación sobre valores ocasionales extremos en el interior fueguino de hasta 10° C menos que sobre el litoral.

Pero la temperatura por sí sola no determina al clima. Como en toda la Patagonia, aquí el viento es un condicionante climático de primer orden. Como vimos, los vientos se corresponden con la circulación hemisférica del Oeste y su dirección, intensidad y regularidad, con variantes zonales, son básicamente coincidentes con los normales patagónicos. El reparo ha sido y es una cualidad excepcional de la geografía austral; una formación rocosa o una mata para el indio, como un diseño arquitectónico que contemple su incidencia en nuestros días, adquiere un valor poco menos que decisivo para el desenvolvimiento de la población.

Río Grande (1981-90): 29 km/h de velocidad media anual en la dirección más frecuente (380 por mil) de Oeste pleno; apenas 84 calmas por mil y más de 120 km/h de velocidad extrema, aunque con antecedentes superiores a los 200 km/h .

Ushuaia (1941-80): velocidades medias de las direcciones más frecuentes superan los 20 km/h (SW, W, NW y N); predominan los vientos de sudoeste (250 por mil); las calmas rondan las 500 por mil y las velocidades extremas excepcionales cercanas a los 200 km/h..

La influencia de los otros cuadrantes no resulta despreciable, tanto desde el Norte como del Este, los efectos especiales son de gran importancia (deshielos y humedad); y desde el Sur, por supuesto, el lógico enfriamiento generalizado. Los vientos más singulares, son los llamados por los navegantes williwaws, cortos y violentos que se corresponden con turbulencias huracanadas que aprovechan el relieve para encauzarse por los canales y valles profundos. Más usuales en primavera-verano, casi siempre arrastran consigo lluvias torrenciales.

Tal vez con las precipitaciones podamos integrar las condiciones de este clima austral. Para ello, deberemos valorar nuevamente la disposición de los Andes, que, aunque más bajos y penetrables que en el resto de la Patagonia, determinan violentos gradientes descendentes en los totales de Oeste a Este, y en menor medida, de Sudoeste a Noreste. En realidad, en la parte argentina de Tierra del Fuego, esta degradé tiene características menos bruscas; hecho entendible por la disposición casi Oeste a Este de la cordillera y la relativa lejanía de los altos cordones occidentales. En definitiva, los totales son relativamente bajos y varían de Norte a Sur, entre unos 300 mm en San Sebastián y Sara, hasta unos 600 mm en Lapataia y Año Nuevo. Como el resto de los elementos meteorológicos, también las precipitaciones tienen un reparto anual de tipo regular, con alguna disminución en primavera y sin estación seca.

Con las precipitaciones, uno de los aspectos con los que más se identifica a Tierra del Fuego es por sus nevazones; la nieve está presente en todo el archipiélago, aunque con menor cuantía en las áreas esteparias adyacentes al estrecho de Magallanes y a la bahía de San Sebastián. A título de ejemplo, Río Grande sólo cuenta con unos diez días con nieve por año; mientras que Ushuaia alcanza con normalidad los 45-50. En ambos casos las variaciones en esos totales pueden ser importantes. Por supuesto que en las montañas y valles interiores, las nevadas son mucho más importantes, quedando habitualmente más de la mitad del territorio fueguino cubierto por nieve desde mayo a setiembre.

 

LAS PRINCIPALES GEOFORMAS.

Por practicidad tomaremos a las principales formas del modelado como basamento del paisaje y, aunque para el caso le damos más un sentido de sostén o escenario que de estructura, entendimos que su importancia está fuera de discusión.

Para el caso, nos valdremos de dos ‘regiones’ ambientales:

a). AMBIENTE ANDINO (cordillerano-boscoso; litoral abrupto, entrecortado y canales marítimos).

b). AMBIENTE EXTRAANDINO (de serranías y planicies; de estepa y parque; litoral con predominio de costas altas y de gran dinámica hidrológica).

a) El ambiente andino, donde fuerza y belleza ‘van de la mano’.

Desde E. H. Kranck (1932) en adelante, se acepta diferenciar, en general, tres sistemas principales en los Andes fueguinos: la cordillera central, la cordillera de la costa y la cordillera marginal (ver entre otros: Caminos, R.., 1980; Camacho, H., 1967). De éstas, sólo la primera y la última se desarrollan dentro del sector argentino. Ambas se orientan de Oeste-Noroeste a Este-Sudeste, desapareciendo la central en la costa Sudeste, para resurgir por fin, en la Isla de los Estados.

La cordillera central respondería a una gigantesca estructura ígnea recubierta por los ‘hielos eternos’ del Oeste fueguino (Chile) y mayormente, y es lo típico en territorio argentino, por formaciones metamórficas antiguas (Paleozoicas (?), Jurásicas y Cretácicas). Culmina en los grandes macizos de Darwin y Sarmiento (Chile) con alturas que rondan los 2500 metros.

La cordillera marginal ocupa la franja montañosa al Norte de la gran depresión que ocupan el seno de Almirantazgo y el lago Fagnano (Kami); aquí prevalecen estructuras metamórficas plegadas y series sedimentarias de gran magnitud; series que se extienden hacia el Norte formando la base de las terrazas extraandinas. Son montañas de menores alturas que llegan a los 1100 m..

Ambas ‘cordilleras’, por otra parte, pierden altura en el sector argentino y las máximas sólo alcanzan 1500 m. para la primera, y 900 m. para la segunda. Sin embargo, resultan considerables los rangos en el relieve local donde predominan valores de 1300 m. para uno y de 600m. para otro, es decir, similares a los del resto de los Andes Patagónicos, especialmente en su vertiente oriental. Con aquél rumbo general WNW-ESE, entonces, se suceden sistemas alineados, separados entre sí por profundos valles glaciarios y sus tributarios, que, hacia el Oeste y Sur, en especial en tierras chilenas, están ocupados por el mar en forma de fiordos (senos) y canales.

En cuanto a las geoformas generales, tendremos que prácticamente todas están relacionadas a modelados con potente acción glaciaria. Por supuesto que los glaciares ocuparon y trabajaron un relieve preexistente, con montañas plegadas, valles tectónicos, fallas y fracturas, ríos y demás.

 

 

 

Gráfico 1: Paisaje glaciar

 

 

 

 

 

Fueron los glaciares cuaternarios quienes imprimieron su acción modeladora, y el estrecho de Magallanes, los canales Beagle (Onachaga), Magdalena, Cockburn, el seno del Almirantazgo, el lago Fagnano (Kami), entre muchísimos accidentes, son testimonios espectaculares. En definitiva, tenemos un modelado glaciario de gran desarrollo, con gigantescos valles de descarga de dirección dominante Oeste-Este, unas veces ocupado por el mar, como las bahías Lapataia y Ushuaia, y otras por lagos como el Escondido, San Ricardo y Roca; por enormes turbales, Carbajal, Tierra Mayor, Lashifasthaj, del río López, del Bonpland, o también de los llamados ‘cañadones’ (Andorra, del Toro, etc.). Por supuesto, es importante el número de geoformas relativamente menores; y hallamos así, ensenadas, caletas, valles transversales, morenas (morrenas), terrazas glacilacustres, etc., que en conjunto conforman un paisaje de relieve montañoso, morfología glaciaria y características periglaciares, entre un sinfín de valles pequeños, algunos colgantes, y tantos otros accidentes, muchos aún sin topónimo conocido, y todos de gran belleza.

Quizás los turbales, por extensión y magnitud, constituyan el rasgo más significativo desde el punto de vista ambiental, en la porción argentina de Tierra del Fuego. Turbales que con distintas rasgos se desarrollan tanto en la cordillera como en las planicies. En todo el entorno cordillerano, los musgos sfagnáceos (sphagnum), constituyen la expresión más típica, y su capacidad asombrosa de absorber agua se revela en las formas lobuladas, muchas veces por sobre el nivel de la superficie que bordea lo que queda de la laguna o cubeta donde comenzó a formarse. El proceso de turbificación, o lenta descomposición al abrigo del aire de la materia vegetal requiere de características ambientales especiales, entre las que sobresalen: vegetación hidrófila; subsuelo relativamente permeable; ambiente húmedo; temperaturas bajas que inhiben la descomposición (medias aproximadas a los 8°C) y renovación continua de las aguas superficiales.

Íntima será, además, la relación entre los turbales y la hidrografía andina, aunque es en los Andes donde deberán buscarse los aspectos directrices de la hidrografía zonal. De hecho, al tratar de definir él o los tipos hidrográficos cordilleranos podemos valernos de varios rasgos sobresalientes y comunes en los ríos surfueguinos:

-Reducido tamaño relativo de las cuencas; la configuración así lo impone.

-Alimentación mixta por lluvias y fusión de nieve y hielo.

-Regímenes torrenciales, de caudales variables con picos máximos dependientes de las nieves (primavera) y de lluvias torrenciales, que, si bien no periódicas, son bastantes asiduas. - Cursos superiores encajonados, de gran pendiente, con numerosos saltos y cascadas.

-Cursos medios (a veces inexistentes) e inferiores relativamente anchos, de escasa pendiente, con rupturas o escalones frecuentes y escasa profundidad.

-Cursos medios e inferiores de los mayores ríos con lagunas turbales

-Son abundantes los cursos cortos y torrenciales, muchos con desagüe directo al mar sin que alcancen a desarrollar una cuenca propiamente dicha.

La principal cuenca colectora interior la constituye el lago Fagnano, única del sector argentino que drena hacia el Oeste a través del río Azopardo (el segundo caudal fueguino luego del río Grande). El lago, tiene su pelo de agua a unos 90-95 metros sobre el nivel del mar y ocupa casi 600 quilómetros cuadrados (550 km2 argentinos), es decir de un tamaño similar al lago Nahuel Huapí (550 km2) en Río Negro-Neuquén. En cambio el Canal Beagle tiene en el Lashifasthaj y el Olivia a sus dos principales colectores, entre ambos drenan prácticamente todos los territorios que corresponden al gran valle Carbajal-Tierra Mayor-Lashifasthaj, en pleno corazón de la ‘cordillera central’. Cabe ponderar a los caudales comparativamente bajos, cuyos módulos medios rondarían los 6 m3/seg., con extremos medios entre 13 y 1 m3/seg.. Ríos como el López, Lapataia o el Pipo, también merecen destacarse. Todas éstos tienen un comportamiento acorde al conjunto ambiental en general, de modo que ocasionales aforos de 20, 30, y hasta más de 50 m3/seg., no deberán sorprendernos.

Y si de funcionamiento de cuencas se trata, será esta una buena oportunidad para resaltar la importancia del impacto ambiental provocado por la proliferación explosiva del castor (Castor canadensis), que muy lejos está de ser una cuestión meramente anecdótica y que se suma así, aún indirectamente, a las transformaciones provocadas por el hombre. El castor, sin enemigos o competidores desde su introducción, casi no ha dejado cuenca sin su presencia. Tal ha sido su movilidad geográfica con sus represas y talas sistemáticas, que nos animaríamos a distinguir para la evolución paisajística general, períodos ante-castor y post-castor. Con su acción, son otros ahora los niveles de base de los arroyos y ríos, la torrencialidad ha cambiado, el aporte sedimentario otro tanto, y, por supuesto, los cauces, lechos, interfluvios, etc., se suman a innumerables estanques y sectores del bosque afectados; en verdad el grado de impacto es tan manifiesto como para que sea otra la fisonomía del paisaje fueguino.

Siguiendo la clasificación tradicional de Cabrera y Willink (1973), en el archipiélago se presentan tres provincias fitogeográficas de tierra firme: la Patagónica, la Altoandina y la Subantártica, con los bosques más australes del planeta; en el mar, con sus franjas litorales más o menos anchas, se corresponde con el Dominio Oceánico magallánico. Cabe consignar que la vegetación en los extremos Oeste y Sur del archipiélago (Chile), con sus condiciones ambientales de singularidad, imponen en el marco de las dos últimas provincias sus propios tipos vegetacionales, la tundra magallánica y el desierto andino.

En el área andina que nos venimos ocupando, sobresale la presencia de tres grandes unidades de vegetación (distritos) pertenecientes a las tres provincias y en parte al dominio oceánico.

- Desierto andino (aprox. sobre los 600 m.s.n.m.). - Bosque magallánico perennifolio .

- Bosque caducifolio.

Los dos distritos boscosos, a diferencia del Desierto andino, presentan visibles efectos relacionados a la presencia humana y su actividad. En particular a aquella vinculada a la extracción maderera, a la ganadería y al crecimiento urbano.

 

 

b). Ambiente extraandino, de modalidad ‘patagónica’.

El calificativo ‘extraandino’ no define un único tipo de relieve, simplemente resulta una denominación tradicional apoyada en una tipología territorialmente externa a su propio ámbito. Hasta resultaría interesante una denominación más cercana a la estepa, las planicies y al Atlántico que le son intrínsecas en esencia. Pero a nuestros fines la designación más corriente, de momento, nos resuelve la tarea.

En realidad, salvando la franja transicional del parque fitogeográfico, el ambiente extraandino tiene en la estepa un carácter distintivo. El coirón (Festuca gracillima) es la especie dominante y otros pastos duros, arbustales de mata verde, mata negra y murtilla, se extienden sin solución de continuidad, en función de las formas y condiciones del terreno. Así, tendremos pastizales en general, con vegas en las áreas deprimidas, zonas de matorrales y sectores salinos con halófitas.

Como se adelantara, hacia el Sur del río Grande gradualmente hacia los Andes, el bosque de ñire va ganándole espacio a los pastizales para formar lo que es dable denominar parque fueguino. Aquí alternan bosques con praderas, las precipitaciones son progresivamente mayores, el relieve se torna más accidentado, y todo permite el desarrollo de una red hidrográfica considerable. Los ñirantales sólo cubren las vertientes con cierta pendiente, quedando los fondos de valle ocupados por turbales y pastizales, éstos, similares a los de la estepa y aunque más prodigiosos, no están exentos de una ‘interrupción invernal’ pronunciada.

Tenemos, entonces, un gran espacio con modelado de planicies, terrazas, serranías y lomadas, extendido desde el piedemonte andino hasta las aguas del estrecho de Magallanes y del Mar Argentino. Las acumulaciones marinas del Terciario son las responsables fundamentales de la topografía; rocas tipo margas y areniscas componen la base de un relieve escalonado y afectado intensamente por las acciones climáticas del Cuaternario. Fueron las glaciaciones y sus consecuencias las que, en casi todo el ambiente extraandino dejaron como huella en su retroceso mantos de rodados y depósitos de arenas y arcillas, cubiertos, las más de las veces, por otros depósitos más recientes. Las formas generales están dadas, entonces, por niveles aterrazados (fluvioglaciarios y fluviales), rebajados y, por lo tanto, suavizados por erosión. De este modo, las pendientes son moderadas, predominando su orientación hacia el Noreste (¿una peniplanicie ?).

 

 

Gráfico 2. Perfil topográfico Río Grande-Beauvoir.

 

 

 

En las costas sobresalen los acantilados que ‘caen’ al mar dando paso a una amplia plataforma de abrasión (‘restinga’). Los acantilados reflejan series sedimentarias que dan cuenta de miles de años de historia geológica de la zona, con abundantes fósiles (cabos Peña de 60m., Domingo de 95m., Santa Inés, del Medio, etc.).

Al Norte del río Grande, entonces, se desarrollan grandes extensiones esteparias mayormente llanas entre un grupo de serranías que escasamente superan los 300 metros de altura en el sector argentino (San Sebastián, Carmen Sylva). Tan sólo más al Oeste-Sudoeste, e inicialmente por sobre los 400 metros, comienza a desarrollarse el bosque propiamente dicho. Entre las bahías Inútil (Chile) y San Sebastián, se distingue una depresión importante, de origen glaciar, llamando la atención en la última, su fondo intermareal, cenagoso y con drenajes por doquier. A esta bahía la encierra la curiosa ‘península’ El Páramo, que responde, en realidad, a una particular disposición de rodados alineados en una estrecha faja de unos quince quilómetros de largo y apenas unos 100 metros en su principal angostura (flecha).

Otra peculiaridad del paisaje extraandino, lo constituye la gran cantidad de lagunas y pequeñas cuencas sin salida de fondo plano que se distribuyen entre el río Grande y la bahía de San Sebastián (de la Suerte, Ascher, de los Cisnes, Escondida, O'Connor, etc.).

Por otra parte y a pesar de lo moderado de las pendientes y las bajas alturas relativas, son visibles algunos movimientos masivos de laderas y activos focos de erosión. Seguramente la eventual recurrencia de períodos secos, la participación activa del hielo y el viento; y además, la incidencia del pastoreo ovino, se suman y demuestran cierta ‘fragilidad’ ambiental poco difundida (Cf.: Collantes, M. et al, 1990).

Nos valdremos de los ríos de la estepa para redondear las particularidades ambientales del Norte, o mejor, del Noreste. Como es de imaginar, los caudales son poco importantes, en general, menos de 1 m3/seg., y se alimentan básicamente de las precipitaciones regulares, del orden de los 350 a 450 mm, en sus cabeceras. Éstas, ocupan alturas interiores en Chile que no sobrepasan los 400-500 metros. Hacia el Sur la fisonomía cambia, las cuencas tienen su origen en la Cordillera Marginal o en sus estribaciones, con ello, los ríos son otros, de caudales más importantes y relieve algo más accidentado. El río Grande transporta caudales importantes de unos 60 m3/seg. Promedio, con picos superiores a los 100 m3/seg.. En invierno, como buena parte de los ríos extraandinos, se congela casi todo su curso e, incluso en temporadas, lo hace en su totalidad.

En Península Mitre, con desniveles menores y predominancia de gigantescos turbales que se suman a otros rasgos ambientales que señalaremos enseguida, podría especularse con un ambiente encuadrado en la clasificación de ‘tundra isotérmica’ (Cf.: Pissano, E., 1977 y 1981 e informes PEOAF, del Museo del Fin del Mundo).

El ámbito marino, el costero, participa del paisaje austral de forma muy especial, siempre presente y a la vez casi inaccesible. La fuerza y muchas veces la violencia, al menos a escala humana, de sus olas y corrientes, imponen respeto y, a priori, inducirían a creer en mar de bajo potencial biológico. Sin embargo, lejos se está de ello y la Naturaleza desarrolla en ese ámbito una variedad notable de formas de vida que justamente parecen acogerse en el mar bravío.

Aunque, por otra parte, son reconocidas las frías aguas australes como de las más bravías del planeta, sin embargo, lo recortado de las costas proponen considerables abrigos, claro está, con excepciones en nuestro litoral. Aquí a los efectos de las fuertes corrientes, se le suman los de las mareas, progresivamente más potentes hacia el norte (hasta 7 metros en Espíritu Santo). También aquí es manifiesta la mutua relación hombre-medio, con diferentes resultados. Tal vez, las cacerías indiscriminadas de lobos marinos surjan como la evidencia más impactante, pero la relación contempla muchos otros aspectos a evaluar, desde las comunicaciones y la pesca hasta el petróleo o la soberanía territorial.

 

La fauna: un orientador geográfico

Si bien no trataremos la zoogeografía austral, terreno arduo por cierto, cabe destacar el interés que implica su abordaje para llegar a la comprensión de los complejos ambientales.

También algunas de las perturbaciones en la fauna silvestre provocadas directa o indirectamente por el hombre, son explicativos por excelencia. Tanto la persecución endiablada de lobos marinos, pingüinos, lobitos de río, como el desplazamiento forzoso de guanacos y zorros, han corrido a los sobrevivientes hacia muchas áreas que, en tiempos de bonanza serían esencialmente marginales a su hábitat; de ello surgiría, en parte, el límite impuesto a sus posibilidades de crecimiento poblacional. Pero no sólo se persiguieron nativos para su aprovechamiento o eliminación. Como en tantas regiones del mundo, la introducción de especies exóticas (conejo, castor, rata almizclera, trucha, ciervo, cabras y domésticos en general) tuvo un gran impacto, en particular, como ya vimos, con el castor y, en su momento, no menos importante con el conejo (Oryctolagus cunículus).

 

 

 

 

El extremo oriental, ‘arisco’ para con el hombre.

Un caso peculiar para el análisis geográfico lo constituyen la Península Mitre y el archipiélago Isla de los Estados; unos 4.000 km² que entendemos, está a la espera de un estudio profundo que explique la sumatoria de fracasos en lo que hacen a los emprendimientos desde los años de la colonización a esta parte.

Sirva de orientador un pequeño punteo descriptivo:

- Topografía ondulada que se corresponden con las estribaciones andinas en Península Mitre y con costas altas de difícil acceso. En Isla de los Estados, relieve andino pleno, abruptos faldeos y costas a pique recortadas a modo de fiordos.

- Condiciones climáticas de casi extrema moderación en los rangos medios de los climas templados-fríos-húmedos. Restaría considerar factores como frecuencia de tempestades o situaciones extremas.

- Condiciones físico-ambientales de vinculación con la denominada tundra isotérmica magallánica, y su correlato de turbales activo, lagunas y bosques (achaparrados las más de las veces).

-Condiciones marítimas peculiares, por la intensidad y frecuencia, respecto a la dinámica de las corrientes, marejadas y tempestades.

La instalación humana al presente es prácticamente nula, la excepción la constituyen dos pequeños (en magnitud económica) establecimientos ganaderos de carácter periférico y una serie de actividades relacionadas con una ganadería estacional de caza cimarrona, digna del mejor film de acción y el incipiente turismo aventura. Por el contrario, existen restos y antecedentes de ocupación, como las instalaciones loberas de Bahía Tethis, el aserradero de Puerto Español, el criadero de zorros plateados y visones del mismo puerto, la subprefectura de Buen Suceso, la estancia Policarpo, todos hoy abandonados y que, salvo en el caso de la caza lobera, encontrarían en el aislamiento físico respecto del resto de la Isla Grande una de las explicaciones más convincente a sus fracasos.

Por otra parte, la Isla de los Estados, con iniciativas de diversa índole, continúa prácticamente desocupada y territorialmente no regulada, sirviendo a la Armada como enclave militar y a los navegantes (cada vez más numerosos), como abrigo o meta de travesías.

 

RECAPITULANDO

Como señalamos al inicio, con este aporte aspiramos a contribuir para con una mejor interpretación del marco ambiental de la región, superadora del papel decorativo que tantas veces pareciera instaurarse o, según el caso, para desterrar de la región el también tantas veces cómodo determinismo geográfico. Se valora, eso sí, la participación de las condiciones geo-ambientales en los éxitos o fracasos, en las pruebas, cambios, gestiones y cuanto supone la actividad humana en el territorio (ver Bondel, 1995:3-4 y Liberali, A., 1998).

Es verdad que abundan los mitos y exageraciones en cuanto al peso de la Naturaleza en ciertos espacios del ecúmene y con ello todavía hoy continúan las consabidas contradicciones entre aquella cualidad ventajosa en un sentido y desfavorable en otro, como ser distancias, nieve, frío, viento, el mar, la flora, la fauna, etc.. Pero también es cierto que hay quienes se apoyan en un determinismo económico-político implacable, donde el rol de la Naturaleza sólo juega un papel de proveedor de recursos, como si en geografía sustentabilidad y soporte fueran sinónimos.

Con Ushuaia tenemos un ejemplo puntual que realza la relatividad que siempre carga la valorización en geografía y que supone una continua revisión de los paisajes geográficos. Todo indica la actual capital fue uno de los sitios de ‘excelencia’ para los yamanas y sus antecesores (E. Piana, com. personal), en cambio también fue lugar temido y de especial castigo para las leyes argentinas por casi 50 años; mientras hoy es un atractivo turístico internacional de renombre. En definitiva, para cualquier explicación rigurosa y aunque sea una verdad de perogrullo, será ineludible contemplar las circunstancias territoriales en su complejidad, donde comportamientos y tecnologías conviven y convivieron con el medio ambiente en un devenir más o menos venturoso.

Creemos, en definitiva que el resurgimiento potencial de la geografía regional, basado en la demanda creciente de estudios locales para evaluaciones diagnósticas y su informatización, para estudios de impacto y riesgo ambiental, desarrollo de planes estratégicos, articulación productiva, etc., han incorporado un aire vivificante para la actividad profesional del geógrafo y nos permitirá, tal vez, ofrecer un rigor territorial en la escala que corresponda y sin cargas mitológicas que para la Patagonia Federico Daus nos advirtiera hace ya 30 años (1971: 171).

Bibliografía citada:

- Arg.. Servicio Meteorológico Nacional. "Estadísticas meteorológicas 1971-80". Bs. As., 1986.- Arg.. Servicio Meteorológico Nacional. "Estadísticas meteorológicas 1980-90". Bs. As., 1993.

- Belza, Juan. "Romancero del topónimo fueguino". Instituto de Investigaciones Históricas de Tierra del Fuego. Buenos Aires, 1978.

- Bondel, C. Santiago. "Tierra del Fuego (Argentina): la organización de su espacio". Ushuaia, CADIC/CONICET. 1985.- Bondel, C. Santiago. "Geografía de Tierra del Fuego. Guía docente para su enseñanza". Ministerio de Educación y Cultura de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Ushuaia, 1995 (2° Ed.).

- Brazol, Demetrio. "Bosquejo bioclimático de la República Argentina". Rev. Meteoros, Buenos Aires, 1957.

- Burgos, Juan. "Clima del extremo sur de Sudamérica. En: Transecta Botánica de la Patagonia Austral". Ed. Boelcke, Moore y Roig, Buenos Aires, CONICET, 1985.

- Butland, Gilbert. "The Human Geography of Southern Chile". London, The Institute of British Geographers. Publication Nº 24, 1957. 132 pag..

- Caminos, Roberto. "Cordillera Fueguina". Córdoba, En Geología Regional de la Argentina, Vol II., 1980.

- Collantes, Marta et al. "Efecto de la exclusión del pastoreo sobre la biomasa aérea de pastizales fueguinos". Informe inédito. Centro de Ecofisiología Vegetal, Buenos Aires, 1990.

- De Fina, A. y A. Ravello. "Climatología y Fenología agrícola". Ed. EUDEBA, Bs. As., 1979.

- Dimitri, Milán. "La Región de los bosques andino-patagónicos. Sinopsis general". Buenos Aires, I.N.T.A., 1982.

.- Cabrera, A. y Willink, A.. "Biogeografía de America Latina". O.E.A., Washington, 1973.

- Fernández, Jorge. Análisis de las causas concurrentes al fracaso de las colonias españolas de 1584 en el Estrecho de Magallanes". En "Culturas indígenas de la Patagonia", J. Roberto Brácenas (Editor). Turner Libros, S.A.. Sociedad Estatal Quinto Centenario, España, 1990. (pág. 63-107).

- Hoffmann, J. y Nuñez.. "Mapa Bioclimático de la República Argentina". Servicio Meteorológico Nacional. Buenos Aires. 1981.

- Islas, Federico . "Evolución comparada de bahías de la penísnsula Mitre, Tierra del Fuego". Revista de la Asociación Geológica Argentina, 49 (3-4): 1097-205. 1994.

- Iturraspe, Rodolfo, et al. "Hidrología y variables climáticas del territorio de Tierra del Fuego". Ushuaia, CONICET/CADIC, 1989.

- Kranck,, E.. "Geological investigations in the Cordillera of Tierra del Fuego". Acta Geographica 4 N° 2. Helsinski, (pp. 321), 1932.

- Laclau, Pablo. "Los ecosistemas forestales y el hombre en el sur de Chile y Argentina"; Boletín Técnico de la Fundación Vida Silvestre Argentina. Buenos Aires, 1997.

- Liberali, Ana M.. " De la geografía de los límites a la geografía de la integración". Centro de Estudios Alexander Von Humbold, Bol. 2. Buenos Aires. 1998.

- Moore, L.. "Flora de Tierra del Fuego". England, Ed. Livesey Shrewsbury, 1983.

- Pissano, Edmundo. "Bosquejo fitogeográfico de Fuego-Patagonia ", Anales del Instituto de la Patagonia, Vol XII., 1981.

- Prosser G., Natalie. "Tierra del Fuego". Buenos Aires, Ed. Shanamaiim, 1985.

-Tierra del Fuego. Museo Territorial. "Programa Extremo Oriental del Archipiélago Fueguino". Informes de campañas 1984-1985.

 

Las Golondrinas, junio de 1999


Ponencia presentada en el Primer Encuentro Internacional Humboldt. Buenos Aires, Argentina. Noviembre de 1999.