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Asunto:[encuentrohumboldt] 289/10 - DIFUSIÓN URBANO-RURAL EN LAS GRANDES METRÓP OLIS
Fecha:Viernes, 12 de Noviembre, 2010  07:48:17 (-0300)
Autor:Encuentro Humboldt <encuentro @..............org>

DIFUSIÓN URBANO-RURAL EN LAS GRANDES METRÓPOLIS.

(El caso de la región central de México).

 

 

HÉCTOR ÁVILA SÁNCHEZ[1]

 

 

 

Resumen

 

En la presente comunicación se plantea la existencia de los territorios urbano rurales, como ámbito de interacción derivada de la reorganización productiva y territorial que tiene lugar en el contexto de los procesos económico-sociales contemporáneos. En las expresión de tales  procesos, se reconoce la existencia de un ámbito propio, con diferencias en cuanto a lo urbano, con diferencias en cuanto a lo rural, que merece o requiere ser estudiado exprofeso. Si bien, la tendencia actual en los estudios está ampliamente influenciada por el enfoque de los estudios urbanos, los procesos económicos, políticos, culturales y territoriales que ahí se muestran aristas que pueden abordarse desde una óptica transdisciplinaria, en la que convergen los planteamientos de la geografía, la sociología rural, la antropología, el derecho, la economía y otras. Por tanto, el estudio de lo urbano-rural debe realizarse en la escala y dimensión adecuada, que permita vislumbrar el papel que tienen los fenómenos y procesos, en el ámbito regional en el que se manifiestan. Se analizan las discusiones en cuanto a teorías y metodologías que al respecto se han desarrollado en México y se ejemplifica esta situación mediante el análisis de los procesos que ocurren en la Región Central del país, como producto de la reestructuración productiva a partir de los años ochenta. Ahí, se ha constatado la existencia de una franja periurbana alrededor de la Corona Regional. Se reconoce a este proceso como urbanización difusa, que se expresa plenamente en la periferia metropolitana y la corona regional. Se concluye que estos espacios de interfase urbano-rural se presentan indistintamente en zonas metropolitanas, en ciudades medias o aún de menor tamaño, en el centro de México.

 

 

Abstract

 

 

This paper envisages the existence of rural urban areas, as a field of interaction derived from productive and territorial reorganization who takes place in social-economic contemporary processes. The expression of such processes, it recognizes the existence of its own sphere, with differences in urban, with differences in rural, or deserves to be studied exprofeso. While the current trend in research is largely influenced by the focus of urban studies, economic processes, political, cultural and territorial edges are shown there can be approached from a transdisciplinary lens, which converge the approaches of geography, rural sociology, anthropology, law, economics and others. Therefore, the study of the urban-rural should be in the proper scale and dimension, allowing a glimpse of the role the phenomena and processes at regional level in which they manifest. Discussions are analyzed in terms of theories and methodologies that regard have been developed in Mexico and this is exemplified by analyzing the processes occurring in the Central Region of the country as a result of the restructuring of production from the eighties. There, he has found the existence of a peri-urban fringe around the Corona Regional. Is recognized as diffuse urbanization process, which is fully expressed in the metropolitan periphery and the regional crown. We conclude that these spaces of urban-rural interface are presented either in metropolitan areas, medium cities or even smaller, in central Mexico.

 

 

 

 

 

Introducción.

 

En las sociedades contemporáneas las mutaciones socioeconómicas y tecnológicas, se expresan en nuevas formas de fragmentación, de cohesión, de interdependencia social y territorial. En la mayoría de los países latinoamericanos, el proceso tiene uno de sus principales referentes en el reacomodo de los grandes conjuntos regionales y los subespacios que los integran, conforme a la dinámica global en la economía y el territorio. Tiene como rasgos distintivos, el acelerado crecimiento urbano, el aumento de los flujos migratorios internos, la expansión de las urbes y la conformación de metrópolis y megalópolis en diferentes espacios en los que se vislumbra la conformación de metápolis, toda vez que se define la existencia de un ámbito único en el que convergen el empleo, la residencia y las actividades (Ascher, 1995, citado por Hiernaux y Carmona, 2003: 60). Se han consolidado nuevas formas espaciales con importantes cambios cualitativos como la fragmentación territorial de los procesos productivos que afectan a las áreas rurales; han surgido nuevos lugares centrales o redes de ciudades con mayor intensidad en las interacciones. Se trata de un modelo territorial flexible con pautas de dispersión desconcentradas, que incorporan a las ciudades pequeñas y las periferias rurales en los sistemas metropolitanos. Se intensifican las relaciones entre los centros urbanos de diferente rango, conformando mayores vínculos y constituyendo redes de interacción entre los subsistemas urbanos y rurales.

 

En efecto, interaccionan ciudades pequeñas y áreas rural-urbanas con funciones precisas en la dinámica del sistema urbano. En el caso de las zonas rurales, puede tratarse de microrregiones que crecen por contar con ventajas locacionales, aunque también se incorporan a las metrópolis, zonas rurales poco desarrolladas, no integradas a la lógica del modelo flexible y que mantienen situaciones de atraso y marginación. En estos espacios periféricos, tanto en los integrados a las nuevas lógicas productivas como en las marginales, continúa la práctica de la agricultura y las actividades ganaderas. Se producen situaciones y actividades específicas, derivadas del empalme o superposición de lo urbano, con fenómenos y manifestaciones propias de los ámbitos rurales, lo que genera una simbiosis con expresiones territoriales determinadas, concretas; dichas manifestaciones se expresan en situaciones muy específicas, en el contexto de las actividades productivas, de la cultura de quienes ahí habitan, del medio ambiente, la propiedad de las tierras, entre otras. Se trata del reconocimiento de territorios o ámbitos simbióticos, donde se expresan situaciones o actividades que son propias de cada uno de esos ámbitos, en un marco físico donde la presencia de la ciudad es determinante en la organización del territorio.

 

 

Metropolización, periferias y urbanización difusa.

 

El tema de la periferia de las ciudades ha sido una cuestión que ha ocupado a los estudiosos del Desarrollo Urbano. Richardson (1986), analizó en el contexto del “revertimiento de la polaridad”, los desplazamientos de la población y las actividades productivas desde el centro hacia la periferia. Se trata de pequeños núcleos fuera del área metropolitana, pero dentro del ámbito de influencia de la aglomeración.

 

Si bien hoy en día, se enfatiza que la articulación entre lo urbano-rural se expresa en un espacio con carácter propio, la idea en torno a la unidad entre el campo y la ciudad no es algo nuevo. Marx y Engels planteaban que la contradicción campo-ciudad constituía una situación intrínseca al modo de producción capitalista y se resolvería con el sometimiento del espacio rural y su gestión desde el  medio urbano. A finales del siglo XIX, F. Tönnies planteó las bases del concepto de dicotomía, retomadas posteriormente por Durkheim, en las que un espacio físico diverso, a su vez implicaba la existencia de un espacio social con diversidad de redes sociales. Hacia la década de los años 30, P. Sorokin y C. Zimmerman planteaban el concepto del continuum urbano-rural, como el espacio en el que se desarrollaban relaciones de reciprocidad entre la sociedad urbana y su entorno rural. De esa época datan los desarrollos de la Ecología Humana en la escuela de Chicago, que constituyeron las bases de la sociología urbana. Hacia mediados de la década de los años 60, Ray Pahl, abundaba, en pro y en contra, de los conceptos de dicotomía y continuum al analizar los procesos que ocurrían en las zonas de contacto entre lo urbano y lo rural en la periferia de Londres. Por su parte, H. Lefebvre afirmaba en los años 70, que las acciones y formas de vida (cultura, producción, política) de la sociedad urbana, iban más allá de los límites de las ciudades; en la sociología rural francesa, M. Jollivet y H. Mendràs, propusieron el concepto de convergencia y divergencia, bajo el cual lo urbano y lo rural son elementos complementarios, si bien reconocen el peso dominante del primero y el intercambio creciente entre ambos espacios, en términos de la economía, la movilidad, la naturaleza, la cultura, los avances tecnológicos y las nuevas relaciones entre el trabajo y el territorio. Por lo que toca a la geografía en ese país, el análisis de las relaciones campo-ciudad ya había sido abordada desde principios de los años 60 en la obra de P. George, E. Juillard y B. Kayser (LADYSS, 1998: 2-3).

 

Las manifestaciones territoriales y la evolución del fenómeno urbano, dieron lugar a la elaboración de teorías generales sobre la emergencia de un nuevo sistema de poblamiento. Se planteaba la existencia de un “retorno al campo”, posteriormente conceptuado bajo el término contraurbanización (Berry, 1976). La movilidad poblacional, sobre todo la función desarrollada por los commuters, era fundamental en el proceso. Hacia la década de los noventa, en cualquier país, constituían un elemento central en la dinámica de las periferias urbanas, en términos de la búsqueda de una mejor calidad de vida, así como por la descentralización de las actividades productivas y por el desarrollo de las actividades recreativas, de la segunda vivienda y/o las actividades turísticas y/o de esparcimiento. También se señalaba el “renacimiento” de las zonas no metropolitanas (Kayser: 1990); se insistía en una repartición menos concentrada de la población en la desconcentración y redistribución demográfica, así como la reestructuración regional de la economía y el espacio, (Champion, 1992).

 

El fenómeno de la involución demográfica y económica en las ciudades, en beneficio del campo, se fundamentaba sobre todo en estadísticas demográficas. En la literatura anglosajona las investigaciones se concebían desde el ámbito urbano; se reconocía la existencia de un declive urbano, aunque con diversos matices (como fase transitoria, como una tendencia duradera o bien, más bien como un arreglo estadístico). Desde la percepción rural los trabajos eran menos numerosos. Se identificaban bajo el concepto genérico de renacimiento rural, regeneración o recuperación rural (Cloke, 1985,  Kayser, 1990). Han tenido un énfasis mayor en los procesos e impactos culturales derivados de la llegada de nuevos habitantes al medio rural (cambio de hábitos, niveles de aceptación), dejando en un segundo plano las estadísticas demográficas.

 

Los diferentes enfoques coinciden en que ocurre una fase de transición de una sociedad industrial a una post-industrial (Clean Break), donde los espacios rurales pueden ser “favorecidos” y en los cuáles es posible observar una urbanización difusa; espacios donde se pueden identificar una intensa interacción con los espacios rurales aledaños a las ciudades. Se fortalece la suburbanización hacia la periferia de las ciudades (Spillover); se manifiesta el desarrollo de estadios o ciclos espaciales (urbanización, suburbanización, desurbanización y reurbanización), así como los planteamientos sociológico-culturales en torno a la urbanización del campo (mercado de la tierra, medioambiente, estética y calidad de asentamientos, precio de viviendas, factores sociales y comunitarios) (Ferrás, 2007: 11-15). Dematteis (1998), ha considerado el contexto de la ciudad difusa, como la que corresponde al proceso de difusión reticular estructurado y a partir de relaciones entre ciudades medias y pequeñas, expresando la fragmentación de procesos territoriales y sociales.

 

Desde el punto de vista de la economía, más que la interacción urbano-rural, se ha considerado la existencia de los territorios de la periferia, exteriores, o en el margen (marge), a partir de la noción de sistema. El sentido y las modalidades de las transformaciones operan a partir de los centros, polos o ejes dinámicos, en su papel de motores principales del desarrollo. Desde este punto de vista, los espacios periféricos desarrollan funciones específicas para el sistema en el caso de los modelos gravitacionales y en numerosos planteamientos relativos a las polarizaciones urbanas y a la metropolización. La idea ha estado presente en el desarrollo de teorías macroeconómicas y geográficas, como la del sistema mundo de S. Amin; en las teorías de los polos de crecimiento planteadas por F. Perroux. (RITMA, 2001: 10-12).

 

Las transformaciones en el entorno territorial tanto del campo como las ciudades, hacían evidente las limitaciones en la dicotomía entre rural y urbano. Es cuando surge el concepto de periurbano[2], ante la evidencia de nuevas expresiones cada vez más patentes, sobre todo en el ámbito de la urbanización acelerada. En la literatura se reconoce a este ámbito territorial de distintas maneras: periurbano, exurbano, trazo urbana (“urban tract”, rururbano, franja urbana, semi-urbano y aún, suburbano), si bien se discuten las especificidades de sus contenidos (Drescher y Iaquinta, 2000: 4).

 

La idea o noción de periurbano se origina desde los años 70 en los países desarrollados, principalmente en Francia y en Gran Bretaña. A partir de entonces, los términos periurbano y urban fringe aparecen con regularidad en la literatura especializada, asociados a la necesidad de identificar nuevas formas de organización espacial. También se conceptualizaba bajo el término de franja urbano-rural como una transición entre las formas de vida rural y urbana (Yadav, 1987: 2).

 

Si bien en la literatura sobre el tema hay una referencia indistinta a la rurubanización y  a la periurbanización, algunos autores encuentran diferencias entre ambos conceptos, a partir del redespliegue y la diseminación de las ciudades dentro del espacio rural, sobre todo en los países desarrollados. La rururbanización es sobre todo, un momento o situación específica en que se manifiesta la expansión del hábitat urbano (Prost, 1994; Jalabert, et al, 1984). Se trata de una mutación territorial en la cual hay un cambio en las funciones territoriales de las zonas rurales, que paulatinamente van perdiendo sus componentes agrícolas y/o agrarios, en provecho de las características urbanas en definición (sean de tipo industrial o habitacional).

 

Los ruralistas, quienes defienden la existencia de procesos específicos como la rurbanización o la periruralidad, consideran al espacio rural con impulsos y dinámicas propias, aunque reconocen que la periurbanización como proceso de mutación del campo, participa de la desaparición del espacio rural tradicional (Banzo, 2005: 210). Desde la óptica del desarrollo rural, la periurbanización representa una solución de continuidad situada entre la vida rural y la gran concentración urbana, donde se difunde una nueva forma de vida marcada por los ritmos de la ciudad, sus expresiones políticas y culturales, y las actividades productivas de corte urbano. Dicha difusión descansa en la integración de los elementos espaciales y sociales del mundo rural, alterando profundamente su organización socioeconómica (Prost, 1991: 96)

 

La periurbanización a la vez experimenta una mutación territorial, pues incorpora  nuevos elementos del exterior, ajenos a la realidad rural. También se ha reconocido el proceso de recalificación territorial (Ibid. : 96-100), a partir de los nuevos roles que desarrollan los actores que intervienen en la construcción de los territorios. El territorio rural periurbano se recalifica porque pierde su rol de organizador de la vida local. Este rol que será asignado en lo sucesivo a nuevos actores y a nuevas fuerzas; el espacio, diversamente apropiado, se modifica profunda pero desigualmente; se organizan nuevos territorios y actúan nuevas fuerzas. Este ámbito de interacciones urbano-rurales, al formar parte del sistema de la economía urbana, recalifica las actividades humanas y a las fuerzas económicas regionales; su efecto en las redes de equipamientos e infraestructuras; en la movilización de los actores locales y la puesta en marcha de iniciativas endógenas y exógenas en torno a proyectos colectivos (RITMA, 2001: 11).

 

En los países del sur de Europa se entiende a la periurbanización como un proceso de transformación espacial, pero también como un modo de vida; como un espacio de vida y de innovación social, más que en términos morfológicos y funcionales (Banzo, 2005: 209-210). La existencia de esta interacción, entre lo urbano y lo rural, deriva en una serie de conflictos, que ocurren en todos los niveles y escalas, incluyendo a la familia, el vecindario, la comunidad y la región; tienen lugar, fundamentalmente, en las disputas por usos distintos del suelo: el residencial y el agrícola (Drescher y Iaquinta, 2000: 4). La existencia de los territorios responde a la construcción simbólica del espacio, de la manera en que lo experimentan los actores y en términos de sus prácticas sociales y espaciales, así como también por las múltiples relaciones sociales, espacialmente diferenciadas y condicionadas por sus historias individuales y proyectos (Bossuet, 2006: 215-216).

 

 

Los estudios urbano-rurales en México. 

 

 

Aún hasta finales de los años setenta, cuando en México se hacía la referencia a la periferia, se consideraba un espacio subordinado al ámbito central de la ciudad, muy lejano, pero fuertemente implicado con los componentes rurales adyacentes. En la actualidad, prevalece un nuevo modelo de expansión urbana en el contexto espacial de la metrópoli y de la ciudad-región. La globalización, mediante la expresión territorial de las megaciudades, ha favorecido un proceso de dispersión urbana, que se manifiesta en el desarrollo de nuevas y diversas actividades económicas (sobre todo servicios), así como el desarrollo de infraestructura urbana y del transporte, además de la desconcentración de funciones hacia ciudades medias y pequeñas, o bien hacia espacios rurales o urbano-rurales dentro de la región. Los procesos han conformado una estructura urbana policéntrica (por la proliferación de núcleos o lugares centrales de tamaño diverso), hacia las que se desconcentran funciones múltiples (Aguilar, 2006: 115-117). Fortalece la existencia de las periferias metropolitanas expandidas como los espacios alrededor de las áreas metropolitanas y donde se expresa la influencia directa de la gran ciudad; no tienen límites geográficos bien definidos (de 75 a 100 kilómetros). En estos espacios ocurre una intensa transformación de las áreas agrícolas periféricas hacia patrones de usos del suelo urbano-rurales muy discontinuos. El proceso encuentra su referente en un tipo de urbanización de base-regional, donde los procesos rebasan los límites de la ciudad, la metrópoli y operan en un espacio regional mayor (Aguilar, 2003: 22-25). Si bien se debe incorporar la escala de lo global (internacional), ésta deja de ser un elemento aislado y se encuentra ampliamente vinculado con lo local para explicar las modalidades del crecimiento urbano (Cruz, 2001: 108-109).

 

Los procesos de interacción entre el campo y la ciudad se han abordado a partir de diversas disciplinas, en las que el territorio constituye objeto central de estudio, principalmente desde la geografía y la antropología, la sociología, la economía y el urbanismo. Desde la década de los años ochenta se han analizado las transformaciones ocurridas por la urbanización acelerada, modificando las tradicionales relaciones entre ambos espacios. La creciente industrialización de los espacios rurales, principalmente en el centro y el occidente de México, reforzaba tal percepción. Dichos procesos transformaron la estructura económica y la imagen de los pueblos y su entorno rural, en zonas urbanizadas de reciente creación, producto del surgimiento de pequeñas empresas familiares (Avila, 2005). Sobre todo a fines de los años noventa abundaron los estudios, con intensos debates desde las distintas disciplinas señaladas. Se perfilaba ya una tendencia para el análisis del espacio rural y la búsqueda de nuevas definiciones en torno a un ámbito en plena transformación. Se rebasó la rígida dicotomía de lo urbano y lo rural, al subrayar más bien la intensa interacción entre ambos espacios y sus múltiples empalmes.

 

Haciendo una revisión de los distintos enfoques disciplinarios, desde el urbanismo hasta la sociología rural, Ramírez (2003), señaló al estudio de los procesos que ocurren en los espacios de transición, como “.....un intento de reconciliar un conflicto histórico entre lo rural y lo urbano”. Encuentra que los urbanistas han construido términos como megalópolis, ciudad-región, coronas regionales, nueva periferia, entre otros, en los que incorporan las interacciones urbano-rurales. Desde el punto de vista de lo rural, los estudios se remiten a la urbanización del campo, la nueva rusticidad y la agricultura urbana. Considera que, ya sea desde lo urbano o desde lo rural, dichos términos engloban lo que se ha denominado como Nueva Ruralidad. Establece que algunos enfoques disciplinarios, ampliamente fundamentados en las categorías del marxismo, son los que han analizado con mayor profundidad los procesos y las relaciones. Propone que, para estudiar las nuevas expresiones territoriales, es necesario “......regresar a las “viejas teorías para actualizarlas y ......... darle una dimensión más concreta y analítica a lo nuevo......” (Ibid., 2003: 67) 

 

También se han analizado los procesos territoriales y de la periferia en las ciudades mexicanas, a partir de la dinámica de las actividades económicas (Sobrino, 2003: 99-127). Se ha delimitado el ámbito de lo rururbano, al considerar una serie de datos y umbrales en torno a la estructura del empleo y la Población Económicamente Activa en algunos municipios de la región central del país. El proceso se desarrolla en localidades rurales no mayores a 15 mil habitantes o más, donde continúa la práctica de las actividades agropecuarias, el comercio y la inserción en los mercados urbanos de trabajo. Ahí las actividades agrícola-ganaderas ya no son las principales, pero se mantiene el vínculo con la tierra, sobre todo en el contexto de la cultura campesina. A partir de esta mayor interacción entre el campo y la ciudad, se identifica indistintamente a la Nueva Ruralidad o la rurbanización, considerando nuevos y diferentes componentes como la diversificación ocupacional, la permanencia de algunas formas de tenencia de la tierra (ejidal y comunal), el desplazamiento de lo agrícola como base del sustento familiar, la demanda de los servicios urbanos en las zonas periféricas y la expansión de la mancha urbana en zonas rurales (Ibid.: 104-105).

 

Para analizar el crecimiento o expansión de las ciudades mexicanas sobre su ámbito rural inmediato, Delgado (2003) ha considerado la existencia de dos escalas geográficas: la producida por la expansión de la periferia conurbada y la expansión fragmentada, no conurbada. De ahí distingue la existencia de algunos procesos (económicos, sociales, demográficos), en torno a la difusión urbana. Las expresiones económicas se refieren a la relocalización de las actividades industriales y del sector servicios, que contribuyen en forma notable a la conformación de “cuencas de empleo”; la agricultura sufre modificaciones más de índole territorial que se expresan principalmente en los cambios en el uso del suelo y la convivencia de lo urbano con lo rural (Ibid.: 17). La difusión social contempla varios aspectos: la migración, los movimientos pendulares, la construcción de segunda residencia, la difusión del conocimiento y los polos de innovación, así como el turismo tradicional y el que se encuentra ligado a la naturaleza. Para este autor, los procesos anteriores han fortalecido la existencia de una franja de transición rural-urbana, donde se expresan territorialmente dos realidades socioeconómicas y políticas. Considera que la rurbanización es “……. La difusión de actividades y población urbana en ámbitos rurales alrededor de las grandes ciudades”; establece también que la “…… transición urbana-rural alude al gradual cambio demográfico de las localidades …….”, aunque  “….no en todas las localidades en transición existe rurbanización, pero es muy probable que esta se exprese”. Ubica a la rurbanización como parte inherente de la Nueva Ruralidad, que se manifiestan ambas en el espacio periurbano, al que caracteriza como “…… el territorio genérico que rodea a una gran ciudad, independientemente de que aloje o no procesos de rurbanización (Delgado, 2003a: 101-102).

 

Retomando categorías de la sociología y la antropología, se ha analizado la dinámica periurbana, a partir de la construcción identitaria que hacen los habitantes de su propio territorio, en tanto que proyecto de vida, de su cultura y de la manera en que lo aprehenden y lo utilizan (habitus). Se identifican con el mismo en términos de un campo simbólico y un patrimonio cultural que se constituye un lugar de aprendizaje y de preservación de la memoria colectiva. La antropología social se ha ocupado de los temas de la interacción urbano-rural, enfatizando sobre todo, en la cotidianidad y la formación de la identidad en los territorios urbano-rurales; sin embargo, por lo menos en México, aún se sabe poco de los procesos metropolitanos y de conurbación sobre las áreas que hace no mucho, eran aún rurales. La idea que privó durante mucho tiempo, de la dicotomía campo-ciudad, es decir, la existencia de pueblos tradicionales junto al surgimiento de ciudades dormitorio para las poblaciones citadinas, “.... resulta hoy demasiado simple para entender procesos, explicar dinámicas espaciales que parecen ser el resultado de dinámicas y articulaciones complejas.....” (Arias, 2002: 2-7). La sociedad rural, en la que actualmente la pluriactividad es una de sus características principales, ha adaptado sus tradiciones y recursos a los impulsos y actividades que les llegan del exterior, del ámbito urbano.

 

Un tema recurrente en el estudio de las periferias de las ciudades mexicanas es el que se refiere a la caracterización del “borde rural”. En el énfasis por fortalecer este punto de vista, se analizan diversas concepciones sobre los conceptos de suburbio, periferia, entre otros. En el caso mexicano, Ramírez (2008) encuentra más idóneo el concepto de “borde” como la que reconoce la orilla que circunda a la mancha urbana consolidada y parte medular de su transición, crecimiento y evolución. Señala como elemento fundamental a la centralidad, que implica la subordinación de la periferia al centro de la ciudad y la permanencia de dicotomías aún no superadas: centro-periferia, urbe-suburbio; concentración-dispersión; integración-marginación. Se destaca que las practicas de movilidad de las clases medias y altas hacia las periferias, han constituido  zonas de exclusividad y estatus social, al tiempo que se segregan de la pobreza y la marginación circundante. Estas zonas de segregación constituyen en la práctica, la privatización del espacio de circulación público; (conjuntos residenciales, countries, ciudades cerradas). De ahí que se plantea la pregunta, ¿la periferia constituye una zona de integración funcional del campo a la ciudad o de desintegración del entorno rural inmediato? (Ibid.)

 

Principalmente desde la Sociología Rural, la Nueva Ruralidad identifica una redefinición territorial profunda, en un contexto generalizado de crisis agrícola. De la manera en que se expresa actualmente, la Nueva Ruralidad está intrínsecamente ligada a los procesos de apertura de las economías nacionales. En la expresión del proceso agrícola, le corresponde una dualidad de territorios: los que ocupa el sector agroempresarial, por lo general cercanos a los mercados urbanos y con condiciones naturales idóneas; por otro lado, se fortalece la práctica de la agricultura familiar, localizada por lo general en los territorios más aislados y sobre todo en las periferias urbanas. La expansión de las ciudades y el crecimiento demográfico en zonas rurales del país han modificado el paisaje rural. Numerosas localidades rurales del centro de México, se encuentran difundidas en las zonas de alta densidad poblacional e inmersas en geografía de redes de ciudades, lo que las distingue de otras zonas rurales más aisladas. Tienen por ejemplo, mayores índices de Desarrollo Humano; las principales fuentes de ingreso son las actividades terciarias, el comercio y en menor medida la industria; la agricultura se ha convertido principalmente en autoconsumo. Las economías locales se dinamizan por las actividades no agrícolas; se fortalecen los espacios periurbanos, así como la heterogeneidad, la pluriactividad, los encadenamientos productivos sectoriales y las articulaciones periferia-metrópolis. La ruralidad que se urbaniza se relaciona con la inserción de los habitantes rurales en circuitos del consumo global, que resignifican la vida rural y campesina (Appendinni, 2008).

 

Una manifestación importante de esta nueva expresión lo constituye la práctica de la agricultura urbana y periurbana (AUP). En los países pobres, donde la agricultura se encuentra en una crisis profunda, las prácticas agrícolas urbanas y periurbanas constituyen una alternativa en la satisfacción de algunos requerimientos de las familias de los productores e inciden en la economía local, además de que es también un elemento dinamizador de la economía comunitaria (Cruz y Sánchez, 2001: 5). Desde la década de los años noventa, la práctica de actividades agropecuarias en diversas ciudades mexicanas ha reformulado las diferentes variables que inciden en el crecimiento económico (sobre todo en el empleo y las actividades productivas), en el mantenimiento de políticas de desarrollo sustentable y en la vida y las prácticas culturales de las comunidades locales (Torres, 2000: 9-15). En la periferia de las ciudades y metrópolis mexicanas, los pueblos, ejidos y comunidades agrarias que han sido absorbidos por la expansión de la mancha urbana, continúan practicando actividades agropecuarias y forestales que se adaptan a circunstancias diferentes a la agricultura tradicional de las zonas rurales (Canabal, 2000: 13-14). Se manifiestan nuevas formas en cuanto al uso de los recursos naturales y en cuanto a las relaciones de propiedad de la tierra, donde se conjugan los efectos perniciosos de nuevas disposiciones agrarias (sobre todo las modificaciones en cuanto a la propiedad de la tierra), al calor de procesos de urbanización acelerada.

 

 

Transformaciones territoriales en zonas periurbanas del Centro de México.

 

En la Región Central de México, como producto de la reestructuración productiva a partir de los años ochenta, la industria se dispersó y abandonó las áreas metropolitanas tradicionales, al tiempo que se relocalizaba la población y se fortalecía la terciarización de la ciudad interior. La población y las actividades no agrícolas se dirigieron (siguiendo las principales vías radiales de comunicación), hacia un mayor número de ciudades pequeñas, en detrimento de las áreas más pobladas (Delgado, 2003). En otros estudios (Galindo y Delgado, 2005), se ha constatado la existencia de una franja periurbana alrededor de la ciudad de México (de 100 a 120 kilómetros) denominada Corona Regional, que circunda a la región central del país, que está dispersa y fragmentada. Se reconoce a este proceso como urbanización difusa, que se expresa plenamente en la periferia metropolitana y la corona regional. Se concluye que estos espacios de interfase urbano-rural se presentan indistintamente en zonas metropolitanas, en ciudades medias o aún pequeñas del centro de México. Esta expansión se manifiesta en dos escalas geográficas: la producida por la expansión de la periferia conurbada y la expansión fragmentada, no conurbada, de los que se derivan las variaciones en los procesos productivos a los que ha dado lugar el fenómeno (Delgado 2003, Ob. Cit.).

 

A partir de la década de los años noventa, se han desarrollado diversas investigaciones sobre transformaciones territoriales y mutaciones de los ámbitos de la producción agrícola, en el periurbano de las zonas y/o conglomerados urbanos que conforman la Corona Regional (figura 1) y que circundan a la zona metropolitana de la ciudad de México (ZMCM) (zonas metropolitanas de Puebla, Tlaxcala, Cuernavaca, Cuautla, Pachuca y Toluca). Algunas de las reestructuraciones territoriales de mayor magnitud han ocurrido en la zona metropolitana de Puebla, al suroriente de la ZMCM. Hechos como la construcción de un gran complejo comercial y habitacional en una zona de tradición agraria (proyecto Angelópolis), así como la paulatina transformación del patrón de cultivos en terrenos agrícolas de propiedad ejidales de la zona conurbada (Atlixco), que han modificado notablemente el rol y las funciones del entorno periférico metropolitano (Pérez, 2001; Pérez y Silva, 2003). Su evolución fortaleció la concentración urbano-regional y la proliferación del modo de vida urbano en el entorno periférico rural. La estrategia regional favoreció la instalación de industrias fuera de los límites del conglomerado urbano (corredores industriales) en tierras ejidales expropiadas; impulsó la infraestructura urbana (construcción de autopistas y carreteras, así como de un aeropuerto internacional, tendido de líneas eléctricas, gasoductos, conformación de áreas residenciales, etcétera), con lo que transformó la estructura territorial. Se prescindió de los territorios rurales considerados poco competitivos y sólo se impulsaron proyectos de integración de cadenas productivas agrícolas “modernas”, dejando fuera a mas del 80 % de la agricultura regional (Bernal, 2005).

 

Figura 1. Corona Regional de la Ciudad de México.

 

 

En el estado de Morelos, al sur de la ZMCM, la polarización de la estructura territorial de la entidad y de parte de las regiones vecinas, exclusivamente en el corredor Cuernavaca-Cuautla, reforzó el proceso de urbanización acelerada sobre las áreas agrícolas periféricas, con fuertes incidencias en el patrón de cultivos local y una intensa disputa por el uso de los recursos hídricos, originalmente para el riego agrícola y paulatinamente trasladados al abasto urbano (Avila: 1997, 2006). Se reconoce sin embargo, la existencia de prácticas agrícolas tanto al interior de la ciudad como en su periferia, que atienden determinadas expectativas de la población local, sea para la subsistencia o bien como actividad productiva establecida. De la misma manera, la implantación de ciudades o parques industriales, ha derivado en importantes impactos en la cultura y la vida cotidiana de las comunidades agrarias tradicionales, como es el caso de la creación de la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (Peimbert, 2003). Los cambios territoriales que se expresan en las ciudades morelenses acontecen no son más que una nueva expresión del carácter subsidiario que históricamente han tenido en torno a la gran metrópoli nacional (Avila, 2001: 11).

 

En la región de Texcoco-Chiconautla, al Oriente de la ZMCM, persiste con algunas dificultades, una amplia zona de producción agrícola y ganadera, que ha resistido el embate de la urbanización, si bien ha repercutido negativamente en cuanto a la calidad de las aguas utilizadas en el proceso (Navarro: 2000, 2005. El fracasado proyecto del nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México en esa zona hubiera derivado en importantes transformaciones del espacio rural y el medio ambiente. Para su construcción desaparecería una importante extensión de tierras con vocación agrícola, aproximadamente el 50% del total de la superficie. Dicho proyecto, finalmente cancelado en el año 2004, fue ampliamente cuestionado desde su creación, pues respondía más a requerimientos económicos y políticos del modelo de concentración urbana que ha desarrollado la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, que a un proyecto integral de ordenamiento territorial, donde se realizaran programas de uso y aprovechamiento sustentable del espacio en cuestión.

 

Otros procesos trascendentes ocurren en el Valle de Lerma-Toluca, al noroeste de la ZMCM, donde las políticas de desarrollo industrial y de construcción de infraestructura del transportes (principalmente la instauración del aeropuerto internacional de Toluca), transformaron el entorno agrícola y de propiedades ejidales en la zona. Sin embargo, de alguna manera continúa la práctica de la agricultura periurbana, demandada por el mercado urbano (Orozco, 2000,  2003).

 

En Hidalgo, al norte de la ZMCM, las transformaciones territoriales recientes de mayor importancia, han ocurrido en las ciudades de Pachuca y Tizayuca. Ambas ciudades desarrollaron veloces procesos de conurbación sobre terrenos de baja capacidad agrológica, donde se crearon numerosos fraccionamientos de viviendas unifamiliares. Destaca el caso de la ciudad de Tizayuca, que debido a las tendencias de su expansión, desarrolla importantes funciones dentro del sistema urbano que rige la zona metropolitana de la Ciudad de México (Fabre: 2003).

 

 

            Perspectivas de los estudios urbano-rurales.

 

 

La expansión urbana constituye un proceso evolutivo, inserto en la dinámica del modo de producción capitalista, cuyo ajuste del modelo productivo impacta en la construcción territorial. A partir de ahí se deben estudiar a fondo las interacciones entre lo urbano y lo rural y en la medida de lo posible, identificar los procesos específicos que ocurren en este espacio de transición, específicamente los ligados a la expresión periurbana, que establece vínculos en distintos escenarios: en lo productivo, en lo social (organizaciones de productores diversos, de asociaciones vecinales), en la parte física del territorio, en la gestión política y ciudadana de los espacios periurbanos, en la consideración de la salvaguarda y el patrimonio territorial, entre otros aspectos. Considero que la expansión urbana es una expresión de continuidad en la producción del espacio urbano, en la evolución hacia modelos territoriales espacialmente diferenciados, uno de los cuales es el periurbano.

 

En términos de contextualizar la existencia de los territorios rurales en la periferia de las urbes, se requiere caracterizarlos en términos de la crisis de la agricultura. Esta situación estructural da lugar, por una parte, a una determinada diferenciación espacial de lo rural, en términos de lo que ocurre en las áreas tradicionales de la producción agropecuaria y forestal, con procesos y luchas determinadas por la defensa y uso de tierras y aguas, a diferencia del ámbito rural inserto en la dinámica de las redes urbanas y periurbanas, donde las mutaciones se centran principalmente en los cambios en el uso del suelo y la degradación y disputa de las tierras y aguas (Appendinni, 2008). Esta dinámica está indisolublemente ligada a la evolución del espacio rural, que ha experimentado una vertiginosa transformación en las dos últimas décadas, a raíz de la crisis alimentaria y el ascenso de un nuevo orden agroalimentario y energético mundial. Una consecuencia principal se refleja en la condición de tales ámbitos en América Latina, transformados aceleradamente en espacios de conflicto y despojo (Rubio, 2009).  Analizar la dinámica de los espacios periurbanos, que experimentan ya estos procesos, requiere considerar este contexto socioterritorial.

 

Las tareas principales que se vislumbran en cuanto a la agenda de los estudios urbano-rurales, tiene que ver inicialmente, con la necesidad de ahondar en la discusión sobre las teorías, los conceptos, los métodos. Quizá sea éste uno de los nudos principales o mayores en los que se encuentra la discusión sobre este campo; los enfoques se realizan exclusivamente desde cada una de las disciplinas, con un somero desarrollo transdisciplinario. La cuestión está sobre todo en el reconocimiento de la heterogeneidad de los procesos que tienen lugar en el entorno urbano-rural; ocurren en contextos socioeconómicos diferenciados y por tanto, sus expresiones no son homogéneas; tal situación ha incidido en el escaso desarrollo y nitidez de la discusión conceptual .

 

La percepción de los fenómenos se ha hecho fundamentalmente desde el Urbanismo, lo que refuerza la ausencia de una visión integral de análisis; hasta el momento, cada disciplina especializa su análisis y prioriza el uso de sus herramientas particulares en la investigación. Deben ampliarse otras perspectivas, como por ejemplo desde la agronomía, donde se estudian las relaciones del proceso de producción, en torno a la demanda diaria de productos frescos por el gran mercado urbano; desde ahí establecen sus tipologías, o bien la degradación de las aguas y del tratamiento de los desechos sólidos que afectan a los suelos agrícolas ubicados en la ciudad y su periferia. También se deben fortalecer los aportes desde la Sociología Rural, para anlizar a profundidad el rol que desarrollan los actores sociales que participan de los procesos de innovación de las viejas prácticas o bien las estrategias de adaptación que ponen en práctica; también en lo que respecta a los movimientos de las organizaciones sociales periurbanas por la lucha y defensa de la tierra. Desde otras disciplinas ligadas a lo rural, también se incorporan importantes puntos de vista: los economistas rurales y/o agrícolas han enfocado su interés en la potencialidad de los espacios periurbanos en torno al acesso y vinculación a los mercados locales, regionales, nacionales y globales. Para los antropólogos se trata más bien de las formas de vida y los hábitos que cotidianamente realizan los habitantes del periurbano y a partir de los cuales aprehenden y se posesionan de su territorio, asumiéndolo como un patrimonio cultural. Los geógrafos a su vez, han enfatizado en la caracterización y representación espacial de las zonas de producción agrícola en las ciudades y su periferia, sobre todo en el diagnóstico y la prospectiva, tanto del entorno natural como de la frontera agrícola, incorporando al análisis herramientas como los Sistemas de Información Geográfica. También han incursionado en el análisis de la desconcentración industrial en zonas de periferia y en el movimiento de población desde las áreas centrales hacia el periurbano.

 

Existen otros temas de gran interés, a estudiar en esta nueva fase territorial (producción agrícola y forestal, cambios en el uso del suelo, degradación ambiental, cambios en la propiedad de la tierra, modificaciones paisajísticas, etcétera, como expresiones propias de este proceso de continuidad espacial y cuya dinámica estará presente aún por mucho tiempo, como corresponde a los procesos de larga duración, característico en la reestructuración socio-productiva y territorial que experimentamos.

 

 

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Ponencia presentada en el XII Encuentro Internacional Humboldt "El Capitalismo como Geografía", La Rioja, Argentina - 20 al 24 de setiembre de 2010.

 



[1] Doctor en Geografía. Investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM-UNAM). Cuernavaca, México. E-mail: ahector@servidor.unam.mx

[2] Inicialmente se retoma el concepto utilizado en la literatura francesa. Se refiere a la extensión continua de la ciudad y a la absorción paulatina de los espacios rurales que le rodean; se trata del ámbito de difusión urbano-rural e incluso rural, donde se desarrollan prácticas económicas y sociales ligadas a la dinámica de las ciudades. El elemento central en cuanto a la existencia del fenómeno, lo constituyen las relaciones que se establecen por la cercanía y proximidad con el entorno urbano.